América Taurina, de Leopoldo Vázquez a revisión. (Quinta parte).

RECOMENDACIONES y LITERATURA.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Dice Vázquez, al respecto del Peal y Mangana:

   El peal es de poco más de una pulgada de ancho y su grueso el de la piel de un toro, que es de la que se saca, quitándole los extremos menos fuertes, cortándola después toda en círculo hasta llegar al centro del lomo. Es por tanto de una pieza que tiene generalmente de 30 a 35 metros de largo. Luego la curan y preparan de modo que queda sumamente flexible y de muchísima resistencia y duración.

   (…) Para la mayor consistencia tanto del peal como del lazo, es opinión general en los estados países que las pieles de que se hagan, sean castañas u obscuras, por ser menos porosas que las más claras; y que los toros de que se extraigan hayan sido muertos durante los cuartos menguantes de la luna.

   Ciertamente habrá alguna confusión, si para entender lo que pretende explicarnos Leopoldo Vázquez, en nuestro propio ámbito el peal tiene o tendría otras connotaciones, a saber:

Las faenas con la reata son:

 Pealar ganado caballar, que consiste en lazar únicamente los cuartos traseros o patas a un equino que va a toda carrera con el fin de detenerlo para cualquier cosa, esta faena no lastima al animal lazado y es muy educativa para el caballo del lazador al tiempo que resulta bastante difícil, entretenido y divertido a la vez que riestgoso, pues el chorrear (correr) de la reata que queda amarrada en el fuste resulta muy fuerte ya que el animal posee una fuerza descomunal sobre todo en sus cuartos traseros, así que ¡Dios guarde al charro que le caiga una coca!, esto es, que una vuelta de las que tienen en el mazo sujetado con la mano izquierda caiga sobrepuesta sobre otra haciendo un nudo, pues se corre el riesgo de amputarse uno o más dedos y en ocasiones la mano derecha completa. Sin embargo, no se conoce charro que no disfrute del sonido tan peculiar y del exquisito aroma que produce el chorrear de la reata en el fuste, pues característica de esta faena es la jumareda (humareda) con olor a pita y madera quemadas que producen un peal.

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Valioso exponente para entender de manera visual tales asuntos es el famoso pintor Ernesto de Icaza.

   Por otro lado

   Lazar ganado vacuno o caballar de la cabeza o mejor dicho, del pescuezo o gañote y a lo que comúnmente se le denomina “gañotear” o “tirar un lazo pescuecero”, o bien de los cuernos cuando es vacuno y el animal los tiene (lazo de cuernos limpios) con el fin de conducirlo o detenerlo. El lazo de las patas o cuartos traseros al ganado vacuno es generalmente el complemento del lazo cabecero pues lleva el fin de derribarlo, ya sea para marcarlo, curarlo, despuntarlo e incluso jinetearlo y a este lazo se le llama “peal”. Muy práctico y muy lucido es mirar una faena como esta en la que, estando el animal derribado por el lazo pescuecero y por el peal, el jinete que laza la cabeza se acerca al animal y sin desmontar le quita el lazo del gañote mientras su compañero mantiene bien tenso el peal, sin la ayuda de los charros de a pie como de ordinario se hace. (Estos datos los encontré al consultar la página de internet: http://www.pobladores.com/channels/gente/LAMANZANILLADELAPAZ/area/50).

 ERNESTO DE ICAZA_UN PEAL4

De nuevo don Ernesto de Icaza acude presto a darnos en emotivas pinceladas esos elementos de la vida cotidiana que se desarrollaron en el ámbito rural mexicano del siglo XIX.

    Ya en el Capítulo III, “Estado actual del toreo” Leopoldo Vázquez y de entrada apunta:

   En el primer tercio del corriente siglo, se han ido introduciendo en las corridas de toros que se celebran en los diferentes países de América el uso del estoque, las banderillas y las varas por diestros españoles al modo y en la forma que con ellas se hace uso en España, y que poco a poco fueron adoptando los hijos del país que se dedicaron a lidiar reses bravas.

   En unas se acercaron más que en otras a manejarlas como los españoles, siendo en la de picar en la que más se alejaron, puesto que tal suerte la practicaron y la practican sin parar a los toros, tal y como la efectúan los conocedores y mayorales de las ganaderías andaluzas en el campo.

   En la primera mitad del corriente siglo las corridas de toros se daban en la región mexicana con toros despuntados, después, poco a poco fueron lidiándose también algunos de puntas, y por último, se ha prescindido de los primeros por completo.

   Cuando los toros comenzaban a lidiarse en puntas se aumentó el precio de las entradas a las plazas y también se aumentó la asignación a los toreros encargados de su lidia.

   La tarifa ordinaria que por entonces regía para pago de los toreros, era la siguiente:

            Picadores, de 16 a 25 pesos.

            Banderilleros, de 12 a 30.

            Matadores, de 50 a 100.

   En el día los precios han sufrido, como en España, las consiguientes alteraciones, siendo los que en 1888 solían abonarse a los lidiadores:

            Picadores, de 16 a 40 pesos.

            Banderilleros de 20 a 60.

            Matadores, de 80 a 200.

   En la república mexicana, es en la actualidad (recuérdese que el libro se publicó en 1898) donde mejor se pagan toros y toreros.

   La ganadería que más hace pagar sus reses es la de Tepeyahualco, de que es dueño D. José María González Pavón, que cobra por cada toro 250 pesos mexicanos.

   A esta siguen las de Atenco, Santín, Piedras Negras, San Diego de los Padres, Cazadero y algunas otras, cuyas reses valen a 200 pesos.

   Las restantes se pagan según el nombre y crédito de las vacadas, variando su precio de 50 a poco más de 150.

   Los lidiadores cobran en México según la categoría que tienen, y más aún por el nombre de que disfrutan.

   Los espadas de cartel que tienen alternativa, cobran regularmente de 100 a 200 pesos libres y los matadores de novillos de 50 pesos en adelante.

   Los banderilleros y picadores del país cobran por corrida de 20 a 30 pesos libres.

   Los lidiadores españoles, creando disfrutan de un buen nombre en la península, al torear en México, cobran generalmente bastante más que los del país, y mucho más cuando emprenden el viaje ajustados por una empresa.

   Datos muy interesantes por cierto, cual si se tratara de una desclasificación de contratos en los que se integran cifras, cláusulas, condiciones y demás elementos que constituyen tales formas de expresión en una empresa. En este caso, la taurina.

   A continuación, da una amplia lista de un buen número de toreros españoles que realizaron su periplo en diversos países americanos, entre 1828 y 1897, aproximadamente, destacando los nombres de Bernardo Gaviño y Manuel Hermosilla.

 ERNESTO DE ICAZA_UN PEAL

Buena parte de estas escenas, además del campo, se vivieron en la plaza de toros. Detalle de una más de las geniales obras de Ernesto de Icaza.

    Aunque otra serie de elementos, todos ellos importantes, son los que dan soporte a su visión general sobre lo que para 1898, significaba el toreo en América ya en su primera gran etapa de consolidación.

   Hoy puede decirse que el toreo está en América en el periodo que tiende a perfeccionarse y ponerse al nivel de España, lo que no ha de tardar en realizarse muchos años, debido no solo a los diestros españoles sino a la creciente afición al espectáculo y a los distinguidos escritores taurinos que en América van con sus valiosos escritos encauzando la fiesta por el buen camino, corrigiendo a cada momento los defectos de que adolecen los diestros y alabando cuanto merece el aplauso de los buenos aficionados.

   Elogia en ese sentido el papel que desempeñaron los “más acreditados ganaderos” y luego torna a la explicación del que fue último reducto de las expresiones nacionales detentadas por uno de los más representativos diestros decimonónicos: Ponciano Díaz, que si bien no fue el único en dar a conocer suertes rurales en espacios urbanos, tuvo la fortuna de capitalizar en su persona al ídolo capaz de realizarlas en términos de gran finura. Es bueno recordar que entre otros personajes que fueron capaces de extender sus facultades y combinar el toreo de a pie con el de a caballo, expresión híbrida al fin y al cabo, estuvieron: Ignacio Gadea, Pedro Nolasco Acosta, Arcadio Reyes “El Zarco”, Agustín y Vicente Oropeza entre otros tantos que en plazas provincianas contaron y gozaron del mismo privilegio, pues sus cotidianas actividades en la plaza de las ciudades o las que se producían en el campo, hizo que su bagaje estuviese siempre dispuesto para que entraran en acción según fuese la ocasión. Por tanto, no es casual que Vázquez se ocupe de esas suertes campiranas, más como un distintivo de curiosidad nacional, que como parte de las labores que fueron común denominador en el campo.

   Entre las suertes del campo que los naturales de los diferentes países americanos han llevado a las plazas de toros como parte del espectáculo, o auxiliares del mismo figuran las siguientes.

   La de lazar, que con tanta destreza se ejecuta en México, se emplea algunas veces como parte de la diversión y en general para retirar de la plaza a los toros que no se prestan a la lidia operación que practican con suma brevedad y por lo tanto, es de mejores resultados que valerse del cabestraje para efectuarlo.

   El coleo a caballo a veces se efectúa en las plazas formando un número de la diversión.

   El montar toros, que se ejecuta en algunas regiones de la República Mexicana, es operación para la que se precisan mucho arrojo, habilidad grande y no poca fuerza, suele también formar parte de los espectáculos.

   Esta operación se practica después de enlazarlos, tirando de la guindaleta (que hemos visto su explicación al principio de la presente parte) hasta enfrontilarlos con un mueco que se fija en un punto de la plaza donde una vez sujetos se les coloca una banda ancha, a modo de cincha por la parte delantera del vientre cerca de los brazuelos, y por el nacimiento del costillar próximo al morrillo. Dicha cincha tiene en la parte superior un asa para que sirva de agarradero al ginete.

   Otras veces, en lugar de sujetarlos al indicado mueco se les derriba, y una vez en el suelo se les coloca la cincha.

   Una vez colocada esta cincha se deja al toro en libertad. El diestro que haya de montarle tendrá asida el asa, y antes de que el toro se reponga, montará sobre él, dejándose llevar a voluntad y en la dirección que tome el cornúpeto.

   A veces algunos lidiadores torean a la res, para mostrar mejor la habilidad del ginete para conservar el equilibrio en los movimientos rápidos que necesariamente ha de hacer al toro al verse con aquel impedimento encima e imitado por los lidiadores de a pie.

 CONTINUARÁ.

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