LA TAUROMAQUIA NO ES DELITO.

EDITORIAL.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Sorprende la actitud oportunista y articulada que están tomando diversos personajes en torno a su postura antitaurina. Estas voces provienen, en su mayoría de ciertos representantes que forman parte de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal, como Ariadna Montiel Reyes o Jorge Gaviño Ambríz, del Partido de la Revolución Democrática y el Partido Nueva Alianza, respectivamente.

   Todo esto parece venir de un movimiento casi de relojería, pues casualmente en Perú ha entrado en escena Leonardo Anselmi, quien incluso, incitando a la violencia el asunto ya no sólo fue una confrontación verbal, sino corporal, lo que produjo un desagradable choque entre grupos a favor y en contra, con balance de varios heridos.

   Casualmente también se produce tal reacción luego de que apenas el domingo 27 de octubre comenzó la “Temporada Grande” en la plaza de toros “México”.

   Sucede en unos momentos en que la especie de un silencio cómplice sigue sin emitir una razón sobre la ya vieja petición hecha por los grupos taurinos interesados en su defensa, la cual se realizó en tiempo y forma ante las autoridades pertinentes, con objeto de considerar a la tauromaquia como Patrimonio Cultural Inmaterial lo cual, en buena medida se debe a la actitud razonada que pueda prestar el estado como garante de este anhelo que no es otra cosa que la conservación de un patrimonio, de un legado cultural.

   El frente opositor avanza, y lo hace exponiendo sus razones en términos como los que siguen:

 Al pronunciarse a favor de abolir las corridas de toros en la ciudad de México, la secretaria de la Comisión de Gobierno de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal (ALDF), Ariadna Montiel Reyes, del grupo parlamentario del PRD, consideró la posibilidad de abrir nuevamente el debate en el organismo, donde ya se presentó en comisiones una iniciativa, así como otra del PRI para prohibir el uso de animales en los circos.

Al participar en el foro: “Bandera blanca”, organizado por el partido Nueva Alianza, la legisladora afirmó que en este momento la sociedad está sensibilizada en cuanto al respeto y el cuidado de los animales y “en esta legislatura hay un ánimo muy importante de todas las bancadas para avanzar en ese sentido”.

Para el diputado de Nueva Alianza en el DF, Jorge Gaviño Ambriz, en este “la batalla está ganada, se va a acabar la fiesta brava, el problema es cuándo”, e instó a quienes no simpatizan con las corridas, que afirmó son el 73 por ciento de los capitalinos según una encuesta de Parametría, que pidan a los diputados “si son capaces de tomar, ahora sí, al toro por los cuernos. Esta legislatura tiene una disyuntiva, la ALDF o pasamos de noche o pasamos de día”.

Refirió que de más de 30 naciones en las que se practicaba el toreo, en solamente 7 continúan las corridas que comparó con “el circo de la roma en decadencia”, donde la gente se levantaba y gritaba cuando el león de un zarpazo atravesaba a un esclavo y afirmó que la discusión no es tan simple, como piensan algunos que creen en la fiesta brava y “nos dicen: si no les gusta no vayan a las corridas y déjenos a nosotros disfrutar nuestra fiesta”.

Al hablar sobre el ámbito legislativo, señaló que la ley de protección animal que propuso a la Asamblea Legislativa es un primer paso en la sensibilización ciudadana sobre el maltrato animal, y permitió avanzar en lo relativo a los animales de compañía.

Quienes están a favor en tema de las corridas de toros ahora no pueden decirlo abiertamente, lo hacen con recelo, pues permea un ambiente de cercanía, y en el que se trabaja con paso firme, la diputada Montiel enfatizó que es necesario que a la brevedad se dictamine la iniciativa propuesta por la Diputada Karla Valeria Gómez sobre la prohibición de animales en circos, como seguimiento de esta estrategia de sensibilización.

Respecto a la abolición de las corridas de toros enfatizó que se consolida un bloque impenetrable de diputados que coinciden con la necesidad de suprimir las corridas de toros.

Citó como ejemplo una encuesta de una destacada empresa en la que se evidencía que los capitalinos no participan mayoritariamente en las corridas de toros, enfatizó la necesidad de limitar la participación de los niños en espectáculos violentos. (Datos que se deben a la nota del reportero Ángel Bolaños).[1]

    Y es que ante la ensoberbecida frase de “la batalla está ganada, se va a acabar la fiesta brava, el problema es cuándo” que emitió un muy ambiguo Jorge Gaviño Ambríz, político de vieja habilidad comprobada, cuya labia y buena condición de tribuno permiten que se arme de valor, contando para ello con la parafernalia de la parametría y no con los signos vitales de lo que las fibras sensibles puedan enterarse hasta qué punto se metió en la entraña de nuestra forma de ser y de pensar esta expresión, al entrar en mestizaje dos culturas en principio opuestas; más tarde asimiladas, al punto de fundirse y resultar de todo lo anterior una nueva cosmovisión.

   Estas actitudes responden a los dictados que comienzan a imponer el neoliberalismo, la postmodernidad y la globalización, todo junto, como en un coctel que termina “seduciendo” al primer trago de esta arma ideológica de nuevo cuño, tan explosiva como fulminante, al punto de querer terminar con expresiones y raíces culturales, como si con ello procuraran un bien, pues todo parece apuntar al hecho de que en el fondo también están provocando el surgimiento de un estadio de barbarie hambrienta de ganar creyentes y convencidos cuando la humanidad necesita, entre muchas otras cosas, del equilibrio. Si en ese equilibrio puede participar la corrida de toros, como suma de elementos que ha reunido en condiciones milenarias y que se mantienen en un tiempo que ya no le corresponde, por su anacronismo natural; pero que pervive por razones inexplicables. Por tanto, dejemos que muera la tauromaquia, pero en forma natural, sin eutanasias ni métodos que aceleren su final en forma precipitada, pero indebidamente inapropiada.

   Aducen, entre otros argumentos, el hecho de que la niñez es blanco perfecto para ser inoculados de violencia a tan temprana edad en la vida. Sus argumentos, sus pruebas, dicen tenerlos en estudios científicos en donde se comprueba que es en tal etapa cuando los infantes pueden quedar “dañados” al ser testigos de tamaña dimensión de violencia, la que se dice que se genera en las plazas de toros. Sería interesante saber por qué esta “violencia” y no otras todavía más terribles, no se consideran en sus estudios, si son aquellas las que ponen en entredicho el destino de los niños (la familiar, la escolar, la urbana, la mediática, la que se produce en las redes sociales, o la de género que son más dañinas que la que pretenden abolir en aras de hacer una limpieza, justo en unos momentos en que este país se vio severamente dañado por un corte presupuestal destinado a la cultura. Sin cultura sustentable no hay país ni sociedad garantizados. Allí está el caso verdaderamente emblemático en el que personajes de la talla de Arturo Márquez, compositor mexicano de música de concierto, tuvo que salir a escena para demandar más presupuesto a la cultura, pues en ese elemento se garantiza una apertura plena a lo universal, a todo lo que ha significado la obra, la creación, en que el hombre, el ser humano y todo el conjunto de sociedades han hecho para bien o para mal en lo que hasta hoy es o representa el grado de civilización en que nos encontramos. Y en todo lo dicho anteriormente, se encuentra implícito el destino de aquel sector infantil que a la vuelta de muy pocos años, va a ocupar el espacio que empezaremos a dejar los adultos, o quizá los viejos porque nuestra capacidad ya se redujo, y son ellos, en tanto jóvenes quienes han de ocuparse en la nueva toma de decisiones. En eso les debe ir la vida a los representantes de la sociedad, integrados, como en este caso a la Asamblea Legislativa del Distrito Federal, o la de cualquier otro estado del país, pues el telón de fondo que nos hace vulnerables como es la cultura, sin más, no nos garantiza nada en la medida en que el estado, el gobierno la estimulen, la fomenten en forma más que digna, indispensable. Lo demás, pueden ser discusiones draconianas, donde se crean, recrean o inventan “nudos gordianos”, suficientes como para entrar en debates de vida y muerte y donde el protagonismo de algunos representantes de muchos sectores de la sociedad está desbocado, por lo menos ahora en que han vuelto a verse insuflados por el solo hecho de retomar un caso que fue necesario archivarlo, por condiciones políticas (pues se elevó a grados importantes de riesgo durante las elecciones del año 2012) y es momento de desempolvarlo, de ponerlo en acción, como si con ello se resolvieran los grandes problemas nacionales o, como es el caso, de una localidad específica tal cual es el Distrito Federal.

   Veremos cuáles son los pasos que van mostrando las partes, y si verdaderamente los aficionados a los toros en estos casos, lejos de mostrar debilidad con lugares comunes, asume actitudes más razonadas, coherentes y suficientes también para demostrar que la tauromaquia no es delito. En todo caso, la tauromaquia es, en tanto expresión cultural, patrimonio y legado para un pueblo que desde hace casi 500 años integró a su forma de ser y de pensar lo intangible y lo valioso que es el toreo como manifestación y summa de experiencias humanas, milenarias o centenarias, que se concentran, no podía ser de otra forma en una tarde de toros.

30 de octubre de 2013.

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