UN DÍA COMO HOY… 19 DE NOVIEMBRE… DE 1856, NACE PONCIANO DÍAZ.

EFEMÉRIDES TAURINAS DECIMONÓNICAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

¡AHORA, PONCIANO!

   Hoy, 19 de noviembre de 2013, se cumplen 157 años del nacimiento de Ponciano Díaz Salinas.

    Desde el 1º de enero de 1877, ya aparece en un cartel el nombre de Ponciano Díaz, que anuncia la celebración de un festejo taurino ocurrido aquí, en Santiago Tianguistenco, y con el concurso, entre otros diestros, de: José María Reza, Miguel Castro Estevez, Juan Cid, Guadalupe Dorazco, Rafael Albarrán y otros, quienes se las entendieron con 6 de Atenco.

   Luego, en abril de 1879, el día 13 de ese mes, Bernardo Gaviño y Ponciano alternan en la plaza del Paseo Nuevo, en Puebla. Aquella jornada -discutible-, concede a la historia dos elementos de difícil interpretación. Uno que apunta al hecho sobre si Gaviño le otorgó o no una “alternativa” a Díaz Salinas, cuando el gaditano no era matador de toros, situación que no se estilaba cuando salió de su patria -y para siempre- en 1829. ¿Le hacía falta ostentar esa jerarquía? Desde luego que no. Con el hecho de ser el “Patriarca” le otorgaba otro tipo de derechos, concesiones y canonjías.

 PONCIANO DÍAZ_JOVEN

La presente “tarjeta de visita” fue mandada hacer por Ponciano Díaz al poco tiempo de que recibió una de las más serias cornadas, ocurrida en la plaza de toros de Durango, el 22 de abril de 1883. Imagen proporcionada por el Sr. Doroteo Velázquez Díaz (q.e.p.d.), sobrino nieto de Ponciano Díaz.

    El otro asunto tiene que ver con su directa influencia con el maestro y la ruptura dada entre ambos a partir también, de aquella fecha célebre (porque los dos están luchando en aquellos momentos por el control del poder); aunque el 1º de octubre de 1885 se reencontraron en la misma plaza, cuando Ponciano apuntaba a la fama y Bernardo a la decadencia.

   Años más tarde, el diestro de Atenco surcaba fronteras y el 12 de diciembre de 1884 actuando al lado de un grupo de hábiles caballistas en Nueva Orleans, justo cuando se celebró una feria de mucho renombre por aquellos lares. Para octubre de 1886, el “torero con bigotes” es un auténtico ídolo con vistas a asumir la categoría de MANDÓN (así, con mayúscula), nivel jerárquico de la mayor trascendencia, que se repitió en nuestro siglo con Rodolfo Gaona, Fermín Espinosa “Armillita” y Manolo Martínez.

   Ese año de 1886, un grito espontáneo y popular adquiere cada vez mayor resonancia y se desgrana en las plazas donde tiene oportunidad de actuar Ponciano Díaz Salinas. Cuando se le ve por las calles, vestido de paisano, quienes le reconocen, lo halagan con el famoso ¡Ahora, Ponciano! que, coloquialmente terminó convertido en un ¡Ora, Ponciano! que no solo fue grito. También fue arenga.

   ¿Cómo explica la prensa del momento, la calidez y conmoción cuando se deja escuchar ese “¡Ahora, Ponciano!”?

   Fue en El Arte de la Lidia, del mes de octubre de 1886 cuando buscaron la forma de explicar el origen de ese

 ¡Ahora, Ponciano!

    El pueblo ha tenido siempre palabras y frases que son la expresión de su admiración o de su cariño hacia ciertos hombres.

   Las palabras que van a la cabeza de este artículo son algo más que una frase, son un grito que se ha hecho tan popular como el simpático torero a quien lo dirige el pueblo en las corridas de toros; y ¿quién no lo ha oído con entusiasmo en los redondeles de la República? ¿Quién no lo conoce fuera de ellos? ¿Quién no lo comprende, o suele aplicarlo a cualquier escena donde hay algo de entusiasmo, de alegría, de arrojo o de peligro?…

   “¡Ahora, Ponciano!”… Y con este grito dirigido a Ponciano Díaz en la plaza, le significa el pueblo que se interesa por él, que está pendiente de sus movimientos en la lidia, que teme que el gallardo y valiente torero sea víctima de su mucho corazón, y en fin, que le avisa el momento más propicio para la suerte, como si quisiera ayudarle a salir airoso de ella. Y este grito no es lanzado por uno ni dos espectadores, sino por gran número de ellos.

   Tal vez algunos se pregunten: ¿La popularidad del torero es merecida? ¿Corresponde su fama a su mérito?… Responda por nosotros el éxito de todas las corridas en que ha trabajado, la infinidad de contratas que ha tenido en las plazas de la República, la opinión favorable de los inteligentes, el entusiasmo que produce su aparición en el redondel, y la simpatía y el cariño que le manifiestan todos los públicos de México.

   Agréguese a lo que él valga como torero y como matador, su simpática figura, su valor, su serenidad en todas las suertes que ejecuta, y además su carácter, su modestia y su honradez, y se comprenderá que Ponciano Díaz es hoy con justicia tenido como el primer torero mexicano.

   Y no hay que decir que en esto influya sólo el espíritu de nacionalidad, pues en primer lugar lo que aprecian y lo aplauden los extranjeros, lo mismo que los mexicanos, y después es bien sabido que en México se estima y aplaude todo lo bueno, y quizá con más entusiasmo lo extranjero que lo nacional.

   Así, pues, los muchos admiradores de Ponciano, como cariñosamente se le llama, van a tener el placer de verlo trabajar en la presente temporada que hoy se inaugura [precisamente fue la tarde del 17 de octubre de 1886, cuando se presentó Ponciano Díaz y su cuadrilla, lidiando 4 toros de Atenco] en la nueva y bonita plaza de Tlalnepantla, a cuya Empresa felicitamos, pues para corresponder a los vivos deseos del público, tuvo la feliz idea de contratar al joven y simpático matador, por lo que le auguramos a la Empresa y al espada mexicano un éxito brillante y al público una temporada llena de lucimiento y admiración.

   Tiempo era ya de que nuestro imparcial semanario dedicara unas líneas al primer espada nacional, al que durante la temporada y en el último tercio de la lidia, no dudamos que va a conquistar nuevos y merecidos aplausos por sus notables condiciones en el toreo mexicano.

   El Arte de la Lidia une gustoso su aplauso modestísimo al caluroso de los aficionados y de casi la totalidad de la empresa mexicana, y esta tarde oiremos en la plaza el expresivo y entusiasta grito de “¡Ahora, Ponciano!”

    Evidentemente en esta manifestación popular, trasciende un espíritu de nacionalidad que Ponciano apuró, haciéndose notar como el diestro formado en el campo, que llevó a las plazas todas aquellas expresiones propias de un territorio donde orgullosamente demuestra las enormes capacidades para dominar al toro. Y luego, en el ruedo, asimiló como torero de a pie el aliento de todo aquel significado de una tauromaquia que, después de la emancipación también se dio a notar con una esencia liberada de lo impuesto por tres siglos de presencia española, que no se perdió del todo, gracias a Bernardo Gaviño, quien supo manejarse inteligentemente en la escena, a partir de 1835 Y Bernardo, en México, hizo del toreo una expresión mestiza durante el siglo XIX, pues abrevó las formas de ser y de pensar de los mexicanos y a ellas unió su experiencia, comprendiendo que no hacerlo significaba condenarse a la marginación.

 PONCIANO DÍAZ_EN EDAD MADURA

Ponciano, en una imagen de gabinete, hacia 1895, antes de anunciar que se retiraba, aunque dicho “retiro” fue paulatino, ya que entre 1895 y 1899 todavía llegó a actuar en diversas ocasiones. Col. del autor.

    Ponciano Díaz Salinas, a quien recordamos hoy, a los 157 años de su nacimiento, no puede pasar desapercibido, si encontramos toda una estela de situaciones que lo proyectan como el diestro más popular habido en el último tercio del siglo XIX, al que la musa popular dedicó versos, que con su sola reunión dan para presentar un libro en toda forma. Diestro que, según el reporte de la prensa de la época y lógicamente de toda aquella localizada, actuó en 713 ocasiones no sólo en país, también en el extranjero, siendo países como los Estados Unidos de Norteamérica, Cuba, España y Portugal donde también sus aficiones lo vieron actuar y se rindieron ante él.

   A esta gran distancia temporal que nos separa de su muerte, pero conscientes de la trayectoria trazada por Ponciano Díaz, podemos concluir diciendo que se trata de un torero que surgió en un momento donde se dieron todas las condiciones para triunfar, como triunfó. Con un espectáculo sumido en la fascinación y la invención constantes, en la incorporación y mezcla del toreo en sus diversas expresiones -a pie y a caballo-. Pero también tuvo que luchar para defender la trinchera, lucha que comenzó con Gaviño, primero su maestro; después su más declarado enemigo. Más tarde enfrentó la llegada de los diestros españoles, a quienes ayudó muchísimo una prensa que entendió la trascendencia del cambio. Dejar de poner los ojos en el toreo al estilo del país, con bajonazos y mete y sacas, para fijarlos en la frescura de una tauromaquia moderna, de a pie y a la española, que impusieron aquel grupo de nuevos “conquistadores”, esa fue la consigna. De ahí que se llegara a plantear, en El Toreo Ilustrado de 1895 que

(…) la evolución ya se había impuesto, pese a unos cuantos que todavía quedan, como quedan algunas tardes nubladas cuando se aleja el estío.

   Dura fue la campaña y tenaz la fatiga; pero al fin, el progreso se ha impuesto, y aunque todavía se queman algunos cartuchos en defensa de lo atrasado, de lo malo y de lo nocivo, aunque todavía hay unos cuantos desbandados que pregonan la falsedad en el arte, y con esta bandera tratan de sofocar el gusto de la afición, ya no hay temor de que sus ideales se impongan, ni esperanza de que sus absurdos se realicen.

   El único y tenaz enemigo que hoy tiene la afición en México, es el antiguo espada y novel empresario Ponciano Díaz…

   Como vemos, una lucha, la más intensa, la más terrible fue ésta, la que tuvo que enfrentar Ponciano, al incorporarse el toreo moderno desde 1887, mismo que no aceptó y en todo caso solo coqueteó con él, prefiriendo quedarse con todo su pasado, hasta que murió, un 15 de abril de 1899.

   Vaya nuestro recuerdo, nuestro reconocimiento y también nuestra reflexión para entender a Ponciano Díaz en sus diferentes perfiles, que fueron de la más grata acumulación de glorias y triunfos, a la más amarga decadencia; porque hay que entenderlo más que como un “héroe de bronce”, como un hombre de carne, hueso y espíritu, cuya personalidad llena uno de los capítulos de la vida popular más intensa de fines del siglo XIX en México.

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