CRÓNICA DE ALGUNAS COSAS VISTAS y NO VISTAS. LA QUINTA.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   El largo festejo de ayer domingo, tuvo el pésimo inconveniente de una actuación, asimismo intrascendente (conste que no pretendo rimar) de parte de Mónica Serrano, cuyo despliegue mediático, cuyos gastos desproporcionados de publicidad se convierten en una ofensa para cierta posibilidad de ayuda a comunidades con pobreza extrema, luego del fracaso que se consumó en el fallido intento de compartir sus avances, que son bien pocos, en esto de rejonear toros. Convertida la celebración de esta tarde en un festejo mixto, lo único que lució de verdad fue su cuadra, hermosos caballos que siempre dejan una impresión de grandiosidad. De lo demás, nada. ¡Por supuesto que no fue nada! Fueron 45 minutos de sopor que se perdieron irremediablemente en ese afán de satisfacer viejas promesas cuando no se está en plenitud de facultades, ni de dominio. Si ese fue el arreglo entre la empresa y la administración de esta aspirante, se entienden los intereses que pueden privar en negocios como estos.

   Cuando ya eran las 17:17 comenzaba en verdad el festejo, en el cual pudimos ver toros en el ruedo, independientemente de que sólo el primero y el último de los de Barralva destacaron por presencia, su nobleza, su codicia. Y que es lo que en justicia demandamos los aficionados tarde a tarde, que tanto reclamo hacemos por una fiesta con peso especifico y no remedos, ni otros engaños a los que tanto nos viene acostumbrado –o pretende acostumbrarnos- la empresa de una plaza que no parece ser la más importante del país, sino la de un pueblo perdido por ahí, en nuestra geografía nacional.

   El resto de los ejemplares de los señores Álvarez Bilbao fue impecable, pero terminaron en condición de “mulos” con cuernos, que apenas dejaban notar que por sus venas corría sangre brava. Joselito Adame fue el mejor librado de la batalla, con saldo de dos orejas tras una faena en la que se impuso el corazón, la entrega, el mando y el dominio de un torero que viene a todo lo que da luego de su intensa temporada española, al igual que Saldívar y Silveti, aunque cada quien en tonos muy diferentes. El de Aguascalientes se impuso al primero de la tarde con sapiencia y aplomo, lo mismo con la capa que con la muleta, mostrando sólido aprendizaje que emocionó a la concurrencia, que apenas cubría poco más de media plaza, cuando el cartel era para arrebatarse los boletos cubriendo en su totalidad los tendidos… Cosas que no aprende la empresa a la hora de “vender” su producto.

   Tras el estoconazo que remató aquella faena, de la que por poco vende caro su vida en tremendo arropón que se llevó luego de aquel “tiempo muerto” en que se repuso entre esos alardes sobados de un toreo tremendista en el que, con “manoletinas” o “bernardinas” intentan con desmesura inaudita aprovechar las últimas embestidas, riesgosas sí. Temerarias, también, pero que son calca entre una faena y otra, escaseando la variedad y hasta el grado de dominio o de malicia para rematar lo bien arrematao…

   Me llamaron la atención dos personajes trajeados, eso sí, haciendo labor de “bar-man” en el callejón de la plaza “México”, mientras la consecuente y alcahueta autoridad del mismo sitio les permitía despachar la orden que llegaba de este o aquel contraburladero, sirviendo en unos vasos rojos con blanco bebidas generosas. Eficiente y patético servicio que ojalá se extienda hasta los tendidos donde a veces suelen fallar los “cerveceros” en medio de tantas peticiones del espumoso elixir. Insisto: la autoridad, sin autoridad… dan pena ajena.

   Arturo Saldívar no redondeó en su lote, a pesar de sus buenas intenciones, porque en una condición como la suya, creo que nadie estaría dispuesto a ceder nada de lo ganado a porfía, tarde a tarde, batalla tras batalla, y sobre todo ayer, que significaba, de haberse consumado, en un auténtico enfrentamiento con una tercia de lujo, como de lujo fueron varios de los pares de palitroques que los de las cuadrillas colocaron, luciendo habilidad y “asomándose al balcón”.

   Y si Diego Silveti apenas “cumplió” en su primero con dignidad, en el que cerraba plaza estuvo inconmensurable, un tanto cuanto apresurado, haciendo las cosas con pleno conocimiento de causa, hasta que llegó una tercera tanda de muletazos, sobre todo con la mano diestra, base de toda la faena, en donde citó, templó, mandó y ligó en forma impecable. Si bien, en la labor con el capote no pudo consumar nada en concreto, lo que pudo apreciarse en que ante las recias embestidas del hermoso castaño, no aplicó los principios establecidos en la ejecución a la “verónica”, quedando todo en un mero intento que para entonces, no representaba ni siquiera el boceto de lo que fue, ya en otro tono, la faena con la muleta.

   Entre Diego y su padre David se encuentran muchas referencias, muchas semejanzas. De las lejanas leyendas de su bisabuelo, del bravío andar de su abuelo, un abismo, una brecha parecen haberse abierto entre estas cuatro generaciones para definir lo que el toreo y su depuración y adaptación a los tiempos que corren, permiten encontrarnos, justo en estos momentos, con una interpretación en la que la estética es el marco de referencia para un torero que es la summa de toda esa experiencia acumulada en poco más de un siglo en el que la marca de fuego con la “S” de Silveti se ha convertido en trayectoria permanente de interpretaciones con fuerte carga de referencias cuyo surco parece garantizar un futuro prometedor, lleno de intensos y heroicos capítulos por venir.

   Finalmente, y sólo se trata de una pregunta a la autoridad: ¿Por qué sigue consintiendo que los picadores se empeñen en tapar la salida a toros que no ameritan semejante trato, cuando lo que deseamos todos es que la suerte de varas se ejecute como “marcan los cánones” y no con resultados como los de una indeseable y mala interpretación de las viejas tauromaquias, de las que nuestros antepasados –se dice-, vivieron intensamente, sobre todo cuando estaban presentes en el ruedo los señores del castoreño?

2 de diciembre de 2013.

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