LAS VOCES INTERIORES DEL EROTISMO TAURINO.

ILUSTRADOR TAURINO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Hasta hace un tiempo relativamente corto, se tenía un concepto bastante vago sobre lo que se había escrito en torno al tema del erotismo en los toros. Georges Bataille en un libro que tituló precisamente como L´erotisme, explica con acierto que aunque tratándose de un tema implícito en el ser humano, no se habían dado las condiciones para que alguien emprendiera tomar la pluma y ponerse a bordar sobre tan arriesgado tema. Bataille, autor de rupturas, sin prejuicios de ninguna especie tomó “al toro por los cuernos” y en otra de sus obras: “El ojo de Granero” se desbordó poniendo en el tapete de las discusiones todo un panorama sobre las reflexiones que para él significaron la muerte de este torero valenciano, pretexto que estalló en desbordadas alucinaciones, sólo propiedad de un personaje como Bataille, quien se hizo acompañar de varios interlocutores, pero esencialmente de uno de ellos: Mónica, una mujer que, junto a Bataille mismo, encontró la exuberancia del amor traducida en los pasajes eróticos más descabellados que, para comprenderlos, es necesaria la lectura de su trabajo.

   El erotismo es fuego que calcina, pero no consume, vuelve a revivir, incluso con mayor fuerza, si el episodio anterior ha dado elementos para buscar uno nuevo, sometido a los misterios que emanan de una fuente, manantial del que brotan infinidad de situaciones deliberadas, que no condicionan. Lo único que buscan es que queden consumados sus anhelos entre los seres que se han dejado arrastrar por su encanto.

   En el toreo, el tema del erotismo es tan extenso que, la summa de todas sus experiencias podemos apreciarla en la plaza, sitio en que se consagran esas fuerzas venidas del bien y del mal, en franca conversación maniquea, desarticulada al principio del acto; perfectamente estructurada al final del mismo, donde ya ha podido apreciarse el objeto, la causa de aquella escondida razón enfrentada entre toro y torero.

   Desde luego que el aspecto más representativo de la tauromaquia lo simbolizan el hombre y el toro, frente a frente, sin más propósito que un lucimiento racional consumado con la certera y mortal estocada, antes que verse sometido al riesgo que implica resultar herido por algún percance. Incluso, la muerte puede arribar en ambos casos si las cosas no se han dado conforme a un esquema que las normas más arraigadas han establecido.

   En nuestro país, debido a ciertas costumbres muy conservadoras, sumergidas en ese apoyo que ofrece el culto a una religión, se han cerrado muchas opciones para poder entender con mayor exactitud el significado erótico en el toreo.

   El erotismo, que nada tiene que ver con la pornografía es una expresión estética que nos representa al cuerpo desnudo y luego a este reunido con otro sea sexual, heterosexual u homosexualmente en creación constante de sus deseos, sobreviviendo después del vértigo, surgiendo de los abismos en que emprendieron su viaje hacia lo oscuro. Es, en sí mismo, una acumulación de circunstancias que el territorio de lo etéreo, la utopía explican a los amantes… También a los voyeuristas que admiran cobijados al amparo de deseos inhibidos detrás de las cortinas o de las ventanas. Pero unos y otros obtienen el privilegio del gozo, de la satisfacción tras haber emprendido el viaje con que el erotismo se creció ante nosotros para luego desaparecer.

   “Es algo que se aposenta en el aire, y luego desaparece…” Nos dijo Lope de Vega en una de sus obras. Pepe Luis Vázquez, torero del barrio de San Bernardo en Sevilla, dio a la frase distinta connotación, aunque sin perder la esencia que impuso (…) Esa frase dice: “El toreo es algo que se aposenta en el aire, y luego desaparece…”

   Y sin querer, caemos en el terreno erótico-taurino. La fiesta, por sí misma ofrece insinuaciones a veces obscenas, a veces tan extrañas que no alcanzamos a comprenderlas si no ponemos a funcionar el criterio del erotismo, puesto que se hacen presentes una serie de circunstancias que el lenguaje erótico se encargará de aclararnos. ¿No se han puesto a pensar, todos aquellos que asisten o han asistido alguna vez a presenciar una corrida de toros que el ruedo representa el laberinto del minotauro? ¿O que el rito del sacrificio pudiera estarse efectuando por sacerdotes que visten no una sotana sino un traje afeminado, muy entallado e insinuante, consumando así -luego de distintas ceremonias- la muerte?

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La Jornada de en medio. 30 de noviembre de 2013, p. 1

    Como ven, lentamente nos introducimos en terrenos cada vez más arriesgados, por llamarle de alguna manera, para entender que la tauromaquia no sólo es arte y técnica. También va implícito el sentido de esa armonía de cuerpos, del toro y del torero que parecen danzar en una constante aproximación al clímax. Y que las emociones provocadas por un bello lance, o por el pase de muleta también muy armónico, son destellos del deseo que nos provoca, hasta conseguir que todos aquellos quienes estamos en la plaza estallemos en el grito del ¡¡¡OLÉ!!!, que no es sino invocación a Ualá, al dios que se venera para celebrar el gozo y la alegría de algo que nos conmueve. Y luego esa conmoción es apenas una respuesta efímera que surge de los tendidos como resultado de celebración, circunstancia que nos hace recordar y gozar a través del tiempo todas esas ocasiones donde el triunfo de un torero fue representativo, haciéndolo depositar en la memoria para recordar “el bello trasteo”, la “formidable faena”, o “el triunfo de polendas” en alguna de esas célebres tardes en las que el torero se convierte en protagonista central.

  El erotismo que no necesariamente requiere de un tratado para explicarlo, es resultado de un instinto provocado por el deseo. Al cobijo de la oscuridad reúne los cuerpos. En este caso, iluminado por un radiante sol, y a partir de una hora específica (aquel otro erotismo no tiene hora) surge para cautivarnos o lo hace terrenable para todos los que asisten y presencian un acto de esta naturaleza. De fuerzas soterradas y enigmáticas al mismo tiempo nos arrastra y nos sacude por veredas que la misma emoción traza para conducirnos hasta el borde peligroso de lo que no podemos controlar.

   El erotismo es demasiado fuerte para comprenderlo de buenas a primeras. En un trabajo del que he hecho detenida lectura, y que se debe a la pluma del antropólogo Julián Pitt-Rivers, se nos presenta de repente esta apreciación cargada de interesantes elementos. Dice Pitt-Rivers, refiriéndose a la estocada:

 El acero, aún más fino que el pene de un bovino, le penetra en el lugar previsto, esa vagina que le ha proporcionado el picador sobre el mons veneris de su lomo. El torero, triunfando sobre la muerte, contempla su expiración y, cuando la cabeza del toro cae al fin sobre la arena, los tendidos se pueblan de pañuelos blancos, como el velo de la Santa Verónica, como la muleta en origen, mientras estallan los gritos y aplausos.

   ¡Violación del toro! Pero también violación del tabú, el que inspiró el miedo de los hombres ante la sexualidad femenina: ¡esa vagina-herida está ensangrentada!

   Este es un fuerte elemento de circunstancias aledañas al fundamento taurino visto con ojos de la explicación que va más allá de los lugares comunes y que apunta hacia el introvertido acontecimiento de un simple instante como el de la “suerte suprema”, del que pueden obtenerse informes tan complejos como claros de todo un vestigio que se va hasta tiempos muy lejanos que no quiero ni pretendo reiterar aquí, puesto que ya he elaborado un ensayo donde el desmenuzamiento a la obra del antropólogo en cuestión quedó más que explicada. Esos datos podrá encontrarlos en lector obsesivo, en un trabajo de mi autoría, que se encuentra en este blog denominado: NOTAS AL ARTÍCULO DE JULIAN PITT-RIVERS: EL SACRIFICIO DEL TORO. (https://ahtm.wordpress.com/2013/10/07/notas-al-ensayo-el-sacrificio-del-toro-de-julian-pitt-rivers/), en el que existen abundantes elementos con los cuales puede justificarse la razón de que la corrida o la fiesta de toros permanezca, aún en nuestros días, como resultado de soterradas conexiones entre el culto, el ritual, la veneración (que incluye valores religiosos); pero sobre todo el tránsito a través de siglos y siglos de adecuación y adaptación de la tauromaquia, producto final y summa de experiencias; summa, entendida como la reunión de datos que recogen el saber de una gran época.

     De entrada, nuestro autor apunta su primera justificación:

    El culto al toro parece haber existido desde siempre en los países mediterráneos; su forma actual más depurada es la corrida española, que ha dado lugar a una abundante literatura.

    Hoy día, la forma más depurada de todo ese proceso histórico es la corrida española, misma condición compartida por otros pueblos como el francés, el portugués y otros tantos del continente americano, donde particularmente se encuentra México. Y cada uno la practica, tratando de respetar una estructura que persigue –entre otros elementos- el discutido aspecto del “sacrificio” del toro, traducido con su muerte misma, en la plaza, a la vista de miles de asistentes que se convierten en cómplices o en admiradores de una profunda esencia.

   El arranque del siglo XXI, tiene los ojos puestos en la modernidad, una modernidad que de tan acelerada pierde de vista lo sustancioso de la vida. Y al perderla, la daña, por eso, lo cotidiano que pudiera ser la modernidad consume y agota –sin que lo apreciemos-, muchas de las condiciones sustentables de la vida misma, que parten de la generosa pero agredida naturaleza. En este mismo siglo XXI, la tauromaquia pervive, es decir, se afirma, independientemente de sus constantes conflictos y crisis a que la tienen sometida muchos de quienes detentan poder y control al interior de sus estructuras. Los muchos siglos de andar, que a veces se pierden en la noche de los tiempos, nos complican la existencia ya que ingresamos en el misterio por entender desde cuando se dan las primeras condiciones que integran la razón del espectáculo como tal, que parte desde la relación misma del hombre y el animal en su estado primitivo. Y nada más evidente que la pervivencia de diversas pinturas rupestres.

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