ENSAYO MAYOR SOBRE EL ORIGEN DE LA GANADERÍA EN MÉXICO. 2 DE 2.

MUSEO GALERÍA TAURINO MEXICANO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    ¿Qué pasó durante los primeros 100 años de colonia en América en cuanto a la ganadería se refiere? Estas son algunas de las condiciones bajo las cuales transitó aquel ámbito:

-Encomiendas otorgadas a los señores de la conquista.

-Nuevo régimen de tributos para la Corona.

-Políticas de congregación.

-Establecimiento de las repúblicas de indios.

-Reordenación demográfica y productiva de los antiguos territorios mesoamericanos.

-Otorgamiento de las mercedes a los nuevos colonizadores.

-Adaptación de la “experiencia ibérica” en el usufructo agropecuario de la tierra.

-Proceso de acumulación paulatina de las tierras por los señores de la Colonia, y

-La creación de haciendas y latifundios en el agro.

   Con todo lo anterior, ¿qué se debe apuntar sobre el verdadero origen de ATENCO, ganadería envuelta en ese mito que por años y años ha convencido a todos? Si el mito de verdad tiene razón y peso, solo resta aceptarlo. En caso contrario, los elementos que se han ido presentado a lo largo del presente registro de ideas permiten entender mejor la raíz o el origen no solo de la ganadería en términos generales, sino de Atenco en particular.

   Destacan aquí Gregorio de Villalobos, Hernán Cortés, Juan Gutiérrez Altamirano. Por ahora solo me ocuparé de Cortés y Altamirano. Aquel ya está en el valle de Toluca desde1525 y le escribe a su padre sobre las actividades a los que se dedica como el hombre que ha vivido al tránsito del conquistador al colonizador.

   Altamirano dedica poco tiempo a un encargo cedido por Cortés desde 1528 al verse envuelto en lío jurídico que lo lleva a la cárcel durante varios años, regresando a la vida normal solo para protegerse y defender los derechos de una propiedad que se mantuvo sometida a largo pleito.

   No es casualidad que hasta 1594 se sepa de algunas cabezas de ganado que en Atenco fueron negociadas por un tal Sebastián de Goya, lo cual deja entrever que pastaban buena cantidad de reses, mismas que desde tiempos tan lejanos como 1525 fueron incorporadas por Cortés como una mera necesidad del extremeño a gozar del repartimiento, pero sobre todo, a permitirse el privilegio de continuar con una forma de vida tal y como estaba concebida en España, respecto al hecho concreto de la ganadería.

   El ganado que se trajo de España cumplió y cubrió aquí, en un principio las condiciones de origen y desarrollo de la ganadería sin más propósito que el de no separarse de la vida para un grupo de nuevos pobladores (en América) llegaron provenientes de una España desarrollada en ese sentido.

   La producción de cabezas de ganado en forma inclusive fuera de control permitió a los nuevos señores ganarse un poder territorial, económico y hasta político, símbolos de hegemonía durante los primeros años de la Nueva España y durante el curso y esplendor de este en los tres siglos posteriores.

   No se tenían para entonces técnicas de selección. Todo se dejaba al albedrío y lo importante era el abasto y las pieles que se negociaban o traficaban inclusive en los constantes viajes emprendidos en las diversas rutas marítimas que se iban abriendo en señal de progreso y comunicación por diversas latitudes del modo comercial.

   En todo esto descubrimos que el ganado destinado a las fiestas no contaba con una selección previa. En todo caso podría insinuarse que en los momentos de ser enviados a la plaza se tomaban en cuenta aspectos tales como: presencia, algo de bravuconería que naturalmente tienen las reses en el campo. Por cierto dice Cesáreo Sanz Egaña que el toro es cobarde (obviamente habla del toro de lidia) pero su opinión, en algún sentido es generalizada?

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Archivo General de la Nación: Ramo: VÍNCULOS. Vol. 276, exp. Nº 4: “Autos fechos a Pedimento de D.a Catalina Pizarro hija natural de D.n Hernán Cortés Marqués del Valle contra D.a Juana de Zúñiga marquesa del Valle sobre ciertas escrituras y donación” (1557). Selección de diversas fojas, donde se realiza un interrogatorio a diversos habitantes de la zona del valle de Toluca, quienes afirman que, desde 1528, el Lic. Juan Gutiérrez Altamirano se había posesionado de tierras pertenecientes entonces al Marquesado del Valle de Oaxaca, y que luego fueron modificadas al entorno del que surge la encomienda –más tarde hacienda- de Atenco.

    Atenco, queda establecida desde el 19 de noviembre de 1528. Hasta 1594 se sabe ya de un reporte que arroja informe sobre las cabezas de ganado existentes entonces. No fue sino hasta 1652 en que se corren toros de dicha hacienda por lo que transcurren 124 años para que se conozcan datos fehacientes de toros destinados a fiestas caballerescas. De todas maneras, Atenco en 1528 o en 1652 sigue siendo tan antigua que no se le quita mérito de ser la primera en proporcionar reses para una diversión añeja como la ganadería misma.

   Las fuentes que respaldan el dicho se limitan a un legajo del ramo VÍNCULOS del Archivo General de la Nación, uno más del ramo TIERRAS y al que proporciona Nicolás Rangel en su HISTORIA DEL TOREO EN MEXICO. ÉPOCA COLONIAL 1521-1821.

   Sobre el ensayo de Pedro Romero de Solís “Cultura bovina y consumo de carne en los orígenes de la América Latina” hay un largo territorio de propuestas que, en gran medida se suman a las anteriores y enriquecen el panorama de las aclaraciones sobre un origen que luce cada vez más claro.

   Como apertura a sus reflexiones presenta la cita de una carta, fechada en 30 de octubre de 1583

 Por la cual sabemos que la autoridad eclesiástica de la isla (Española) notifica al regimiento de la ciudad un motu propio del papa Gregorio XIII, dirigido al rey de España, donde le prohibe que se corran toros en la totalidad de sus reinos. El cabildo de Santo Domingo reacciona inmediatamente y eleva una respuesta argumentando que “por agora no están obligados a guardarlo ni cumplirlo, porque en los reinos de Castilla no se admitió, antes se hizo grande ynstancia con S.S. que lo rrebocase, lo cual se hizo en cierta forma de manera q. en los reinos de Castilla se corren toros”.

AHT24RF1640 Archivo General de la Nación: Ramo: VÍNCULOS. Vol. 276, exp. Nº 4: “Autos fechos a Pedimento de D.a Catalina Pizarro hija natural de D.n Hernán Cortés Marqués del Valle contra D.a Juana de Zúñiga marquesa del Valle sobre ciertas escrituras y donación” (1557). Selección de diversas fojas, donde se realiza un interrogatorio a diversos habitantes de la zona del valle de Toluca, quienes afirman que, desde 1528, el Lic. Juan Gutiérrez Altamirano se había posesionado de tierras pertenecientes entonces al Marquesado del Valle de Oaxaca, y que luego fueron modificadas al entorno del que surge la encomienda –más tarde hacienda- de Atenco.

    Tanto en la Española como en México y Perú se corren toros desde temprana edad colonial en medio de la sorprendente rapidez con que se establece la exhibición nobiliaria de quienes empiezan detentando dicho control. Además, argumenta el autor que la práctica festiva implica mucho más que la simple reproducción de una costumbre metropolitana; esto es, “que para poder lidiar toros era preciso que existieran, previamente, ganaderías de vacunos, y en particular, de bravos”.

   Esta afirmación permite tener una apertura extraordinariamente relevante por tratarse de un dato que deja entrever la presencia del toro y del caballo en América que, además de estar reproduciéndose al amparo de un grupo profesional de vaqueros -nuevos personajes en estas tierras-, se lograba un propósito esencial que daba por resultado con la posibilidad del consumo de carne con quienes ya lo incluían en sus hábitos alimenticios y con los que iban a comenzar a hacerlo; es decir, el nuevo habitante español y la cultura indígena.

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Archivo General de la Nación: Ramo: VÍNCULOS. Vol. 276, exp. Nº 4: “Autos fechos a Pedimento de D.a Catalina Pizarro hija natural de D.n Hernán Cortés Marqués del Valle contra D.a Juana de Zúñiga marquesa del Valle sobre ciertas escrituras y donación” (1557). Selección de diversas fojas, donde se realiza un interrogatorio a diversos habitantes de la zona del valle de Toluca, quienes afirman que, desde 1528, el Lic. Juan Gutiérrez Altamirano se había posesionado de tierras pertenecientes entonces al Marquesado del Valle de Oaxaca, y que luego fueron modificadas al entorno del que surge la encomienda –más tarde hacienda- de Atenco.

     En seguida, irrumpe Romero de Solís con otra afirmación significativa:

los caballos y los toros- eran no sólo, como habremos de ver, animales estratégicos, sino también elementos clave en lo que podríamos denominar guerra psicológica: es decir, armas que por motivos culturales se transformaban en instrumentos de una eficacia insospechada.

    Y es que ante la novedad que resultó la presencia de ganado caballar y vacuno en tierras recién conquistadas se prestó para causar un ambiente de espanto de los naturales quienes veían, sobre todo con el caballo, una imagen divina ligada con el retorno de CE-ACATL-TOPILZIN-QUETZALCOATL.

   Más tarde el status de los nuevos pobladores se medía por la cantidad de caballerías que les era dado tener. Por eso las ACTAS CAPITULARES DE MÉXICO obligaban a cabalgar en las fiestas principales como la de San Juan, de Santiago o San Hipólito a todos los propietarios como señal de su poder que permitía entender lo importantes que podían ser estos personajes contando, entre sus propiedades, con un símbolo de grandeza. Por eso

 Sin duda alguna, la propiedad de los caballos era la condición necesaria para, adquiriendo nobleza y valía, poder tener acceso a las mercedes que otorgaban el rey o las autoridades locales; es más, mientras más “valía” se tuviera, más hechos de guerra, más caballos, más soldados, más indios se poseyeran, en mejor situación se estaba para alcanzar nuevas y mejores mercedes.

    A todo esto se agregaba un dominio mostrado participando en los torneos, juegos de cañas y más aún, el ejecutar con gallardía la suerte de alancear toros lo que daba mayor jerarquía al caballero que deseaba colocarse en sitio encumbrado. Estos aspectos alcanzaron en nuestras tierras unas condiciones distintas, dado el carácter aún reciente de la conquista y ahora de la colonización que otorgaba posibilidades crecidas a todos aquellos que con o sin linaje estaban en derecho de engrandecerlo o apenas adquirirlo.

   Con el tercer viaje de Colón, quien parte de Sanlucar de Barrameda un 30 de mayo de 1498 se embarcan catorce vacas y otros animales cuyo costo fue de 50,000 maravedíes. Supone nuestro autor que la mitad de esa punta de ganado pasó a Santo Domingo y la otra al continente “donde tuvieron que ser forzosamente abandonadas” y dejadas, probablemente a su suerte. Más adelante menciona la 5ª. Carta de Relación de Hernán Cortés, fechada en septiembre de 1526 y en la que cita el conquistador las órdenes que dió para que, a la brevedad, y con ayuda de varios barcos, se trajeran de la isla de Cuba y Jamaica para que “cargasen de carne, caballos y gente…”

   El 24 de junio del mismo año recibía al visitador Luis Ponce de León -a quien despachó de esta a la otra vida con hábil argucia- en medio de celebrada y recordada ocasión de regocijo de cañas y otras fiestas, además de estar “corriendo ciertos toros”.

   “Ciertos toros…”, ¿son otros toros; ¿Ni siquiera es el ganado que comienza a ser tan familiar en estas, sus nuevas extensiones?

   Por lo que deduce Romero de Solís y hemos deducido muchos es que se trata del cíbolo o bisonte americano, tan abundante al norte de Mesoamérica. Moctezuma tuvo uno en su zoológico. Pero nunca imaginó el emperador ni sus súbditos que embistieran y atacaran.

   Ya para 1529 es posible afirmar que en toda fiesta conmemorativa inmediata se corran siete toros, con la posibilidad de matar dos “y se den por amor de Dios a los monasterios e hospitales”.

 En nuestra opinión esta cita (la de que se corran siete toros y dos sean de muerte) es de gran importancia pues revela, con mayor certitud, que los que se lidian son toros -y no cíbolos- por el hecho mínimo de que solo se condenasen a morir dos animales, disposición que únicamente se puede explicar como una medida tendiente a proteger la vida de unos bóvidos en ese momento, tan escasos como necesarios.

    Es el mismo autor quien nos plantea lo que para mí significa el meollo del asunto. “No existían con toda seguridad toros bravos…, pero sí ganado vacuno asilvestrado “llamado comúnmente cimarrón”. Cimarrones son los negros o esclavos que ganaban la cima de las montañas inaccesibles, formando colonias que se excluían del trabajo esclavo.

   Más tarde comenzó una intensa explotación del ganado vacuno que -en la Española- en contubernio con los piratas alcanzaba las 600,000 cabezas, sustento de una ganadería que fue siendo abandonada por la falta de vaqueros para controlar los hatos porque ya daba elementos para una explotación extensiva e industrial.

   Atribuye el abandono al influjo de la sublevación de Roldán en 1496 cuando este, y su grupo robaron caballos y yeguas del “hato real”. Cuando el combatiente es vencido “se produce el abandono involuntario del ganado y el comienzo de su reproducción incontrolada”.

   Un fenómeno de esta naturaleza, por lo que se ve, tuvo peso que trascendió y se reflejó en la América recién colonizada, en manos de soldados quizás todavía influidos por episodios de caballería, nutriente para su orgullo como destino indescifrable.

   Precisa el autor la mayor posibilidad de ocurrencia con los caballos que con el ganado vacuno aduciendo -a su vez- que el origen de los cimarrones en La Española sea una consecuencia imprevista del aplastamiento de la rebelión de Roldán. “Cimarrón” se traduce primero en un abandono, la causa. Luego en un conjunto de animales asilvestrados y bravíos, dejados a la buena de Dios, la consecuencia. En todo esto va implícito el abandono por falta quizá de una infraestructura básica y porque los naturales poco conocían estos recursos o porque el español -como conquistador- víctima “de una demografía débil, pero dotados de una cultura técnica muy superior ya que eran los únicos que sabían tratar, conducir y manejar las peligrosas manadas de toros cimarrones”.

   Dentro de los muchos infortunios del indio está el de que se le prohibió “tener caballos bajo la pena de muerte” y por ende, saber montar a caballo. Así que sin las condiciones mínimas para operar en unos territorios poblados de toros, vacas o caballos poco podía hacer el indio, quedando aquello, como ya lo vimos, a expensas de nadie a lo cual vuelve a preguntarse Romero de Solís

 ¿no podrían servir, dichas manadas, para reconquistar material y culturalmente en territorio que ya anteriormente había sido conquistado por las armas? ¿No podemos pensar en la posibilidad de que las mencionadas toradas bravías satisficieron una función estratégica que iba más allá de proveer a los conquistadores de carne para su alimentación y cuero para su exportación?

   ¿Además, no podríamos pensar que, en la Nueva España, hubiera podido ocurrir un fenómeno semejante? Si los vacunos asilvestrados fueron, también, utilizados como armas estratégicas para apropiarse de las tierras de los indios ¿no se entiende muchísimo mejor esa sorprendente celeridad con que se instauran en México las corridas de toros?

    Bajo este contexto entendemos mejor lo mucho que ocurrió con el asentamiento de algo que no es el toro en cuanto tal, sino de un vacuno asilvestrado sin más. Del cómo de su utilización en las primeras representaciones caballerescas habidas en la Nueva España y de la forma masiva en que operó la reproducción de miles y miles de cabezas de ganado extendiéndose por todas las latitudes, incluyendo las que nos resultarían inverosímiles.

    Independientemente de todo esto, la primera representación debió ser todo un símbolo como espectáculo taurino auroral. En una plaza donde los aztecas celebraban un pintoresco ritual, engalanada con guirnaldas y banderolas, dispuestos los balcones que habían sido revestidos con las mejores galas, asomados y colocados los personajes según un orden jerárquico estricto, la irrupción del toro, las cabalgadas sobre los briosos corceles, el alanceamiento de los feroces animales, el embroque sobrecogedor, la salida airosa, la victoria, el derramamiento de sangre, todo ello, ante los ojos atónitos de los indios, iba más allá de la simple conmemoración de una victoria para convertirse en la ceremonia de la exposición propagandista de la sociedad conquistadora.

    El volumen de toradas se extendió desmesuradamente invadiendo el cultivo de los indígenas y por ende destruyéndolo. Dicha condición obligó a las partes, afectados y autoridades, a solucionar el problema que consistió en delimitar las estancias por medio de cercados mismos que, instalados sin la suficiente fortaleza eran derribados por el ganado que conseguía abrirse paso fácilmente hasta lugares tan lejanos de su mismo punto original de reproducción.

   En cierta medida encontramos un concepto que nos remite a entender que no había toros bravos en aquel momento, puesto que la infraestructura con todo su emblema de lo profesional llegará siglos más tarde. Lo que sí abundaba era un vacuno asilvestrado. Este ganado quedó controlado por los “grandes señores de ganados”, quienes en el aspecto de la administración siguieron la antigua tradición castellana, lo cual

 dio curso a ordenanzas reales que obligaban a dejar para pasto comunal los rastrojos de los cultivos de las comunidades indias, obligando a todo propietario a quitar los cercados una vez alzadas las cosechas. Aunque en España esa costumbre tendía a favorecer a los agricultores humildes e incluso a los que carecían de tierras pues el reservarles el derecho a los pastos les permitía mantener una ganadería de subsistencia, en Nueva España, por el contrario, estas disposición abrieron definitivamente los campos de los indígenas al ganado, generalmente asilvestrado, de los españoles, medida que jamás iba a compensar a los indígenas pues éstos, por el desconocimiento de la práctica ganadera, tenían una dieta alimenticia que no contemplaba la ingestión cotidiana de proteínas animales.

    ¿Que cuáles condiciones eran necesarias para el cultivo y/o la crianza del ganado vacuno?

   Evidentemente grandes extensiones, mínima mano de obra, escasos pastores indios, algún negro y un español a caballo eran suficientes para el cuidado de una gran vacada. Solo que ese cuidado se concentraba en espacios muy limitados frente a la expansión desmesurada del ganado que, en muy pocos años -luego de la conquista-, adquirió gran relevancia que como actividad no era para el blanco una actividad servil. Lo que en un principio significó bonanza, ya que se aprovechó de manera muy atractiva la venta de la carne, más tarde terminó abandonándose, incluso con el consiguiente resultado de la putrefacción. Incluso con el salario de un solo día se podía comprar casi una tonelada de carne (Zorita, Historia de la Nueva España X, cap. XIII). Y aquí viene algo de suma importancia:

 Hundido el precio de la carne la función de apropiación del suelo por medio de la ganadería cimarrona resulta aún más evidente: pronto empezará, como señala Chevalier, la formación de los grandes latifundios mexicanos al amparo de la multiplicación de los ganaderos bravíos.

    El crecimiento desmesurado de las manadas fue algo sin precedentes, a tal grado que “los ganados de todo género se multiplican mucho -como dice Paso y Troncoso- casi dos veces en quince meses” lo cual ocasionó invasión inmisericorde de tierras de cultivo, de pan llevar pero sobre todo, afectando el ritmo de vida establecido entre los indígenas quienes ya no pueden sembrar, ocasionando que el precio del maíz se elevara significativamente.

   Para apartar los animales surge el vaquero quien, en el siglo XVI creó el rodeo, forma puramente mexicana legalizada incluso por el virrey Enríquez en 1574. Consistía en una “batida circular sobre un territorio amplio en extensión cuyo propósito era concentrar el ganado en un punto “donde con la ayuda de una especie de garrochas, muy parecidas a las andaluzas, se apartaba el ganado que deseaban seleccionar”. Surgió con este nuevo personaje una expresión que acabó siendo nacional, mediando para ello una necesidad primero, la necesidad de un lucimiento no solamente limitado al campo, sino que además, era la plaza pública, la plaza de toros, el otro sitio para obtener el privilegio del aplauso. Y entre la plaza y el campo la expresión acabó transformada en una manifestación artística.

  El último aspecto que, a mi juicio toca Romero de Solís lo veo como una auténtica sentencia transformada en la declaración de principios que recibió Hernán Cortés en forma de instrucciones enviadas en la carta que, con fecha 26 de junio de 1523, le envió el rey de España y que publica Dominique Fournier en su trabajo “Del sacrificio taurino como estrategia civilizada”. En él descubrimos que Cortés amonestaba a todos los naturales de esas tierras… “quian grande abominación es comer carne umana, que para que tengan carnes que comer e de que se sustentan, más de los ganados que se han llevado a la dicha tierra mandaremos… llevar porque multiplique a ellos escusen dicha abominación…”

   En consecuencia, los señores de ganados utilizaron las grandes toradas no tanto para alimentar a los indios (quienes todavía no asimilan la nueva cultura) como para expropiar las tierras y marginarlos socialmente.

   Varias conclusiones salen a flote:

1.-El ensayo resulta del cuestionamiento habido para con Nicolás Rangel y su afirmación al respecto de los “doce pares de toros y de vacas seleccionados, de la casta navarra” que llegaron a la hacienda de Atenco en 1552. Por muchas razones debemos ver que Rangel no nos está engañando. Era un cauteloso revisor de documentos aún no catalogados y, por alguna causa omitió datos complementarios a la forma en que arribó al valle de Toluca ese grupo específico en unos momentos en los que el desarrollo y reproducción del ganado sale fuera de control, y ni las disposiciones, ni cercados mal construidos son suficientes para frenar ese crecimiento desbocado. Además, el hecho de que Rangel no se declarara ser aficionado a los toros del modo que lo dice al escribir su historia, nos enseña un sincero y transparente testimonio de verdad a la hora de justificar sin alguna intención, todo lo que sabe y ha leído sobre el origen de esta ganadería.

2.-Lo que es un hecho es que toros no los había en esos momentos, pero sí se definían los vacunos asilvestrados controlados por los señores de ganados, antecesores de los ganaderos. Ganadero y toro tal y como hoy se les define no los podemos ubicar en ese contexto hacia los siglos XVI, XVII y XVIII. Existen en su raíz más primitiva.

3.-En medio de la sobrepoblación se dieron mecanismos y condiciones que poco a poco alentaron el ritmo y el control. Si para 1620 pastaban alrededor de l,300,000 cabezas de ganado en una superficie de 77,000 km2, años más tarde, los fenómenos de la baja de comercialización de pieles y con ello la sobrepoblación de manadas en sitios inverosímiles, provocaron un sistema fuera de control que además, se una al estado de cosas habido con la baja de población a raíz de las epidemias o por el desplazamiento mismo que se dió como vimos en el último párrafo antes de estas conclusiones: En consecuencia, los señores de ganados utilizaron las grandes toradas (durante la conquistas) no tanto para alimentar a los indios (quienes todavía no asimilan la nueva cultura) como para expropiar las tierras y marginarlos socialmente.

   A continuación anexo un importante cuadro referido en la obra de Woodrow Borah, El siglo de la depresión en Nueva España que menciona el comportamiento que se dió con la sobrepoblación de las distintas cabezas de ganado establecidas en Nueva España, entre 1540 y 1630, y dicha sobrepoblación con el decremento de la población de indígenas y blancos que poblaron dichos territorios.

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 ORTEGA y PÉREZ GALLARDO, Ricardo. Historia genealógica de las familias más antiguas de México. Por don (…) Contador de primera clase en la Contaduría Mayor de Hacienda de la República Mexicana. Socio Honorario de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, de número de la Sociedad Científica “Antonio Alzate,” Oficial de Instrucción Pública de Francia, Socio Honorario del Consejo Heráldico de París y activo del Colegio Heráldico de Italia, Alceo Tirio entre los Arcades de Roma. Tercera edición corregida y aumentada con profusión de datos y documentos históricos e ilustrada con hermosas cromolitografías. La segunda edición de esta obra fue premiada con medalla en la Exposición Universal de St. Louis Mo., Estados Unidos de América. México, Imprenta de A. Carranza y Comp. 1908. 3 v. (Primera parte [Concluye] Tomo II).

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 A R C H I V O S   Y   C O L E C C I O N E S    P A R T I C U L A R E S

BIBLIOTECA NACIONAL, HEMEROTECA, FONDO RESERVADO, fondo CONDES SANTIAGO DE CALIMAYA.

 ARCHIVO GENERAL DE LA NACION:

-ramo: VINCULOS

 PUBLICACIONES PERIODICAS

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