JOSÉ TOMÁS O LA SEDUCCIÓN DEL HEDONISMO…

A TORO PASADO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 JOSÉ TOMÁS O LA SEDUCCIÓN DEL HEDONISMO… Crónica al primer festejo de la temporada 2007-2008. Plaza de toros “México”. 4 de noviembre de 2007. Rafael Ortega, José Tomás y Alejandro Amaya con 6 toros de Barralva.

    Recientemente, José Tomás presentó en París, la edición de un libro en el que un buen conjunto de autores, dedican sus personales análisis para honrar al de Galapagar. El sólo nombre del volumen: “Diálogo con Navegante” es, por sí mismo, el recordatorio de aquella infausta tarde en Aguascalientes, donde al borde de la muerte, el personalísimo diestro adquirió una dimensión suprahumana que sigue latente, hasta nuestros días.

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   Hace poco más de siete años escribía la siguiente crónica… ¡Vaya por usted, maestro!

    Quienes aficionados ayer, en tanto historiadores, sociólogos, antropólogos u otras ciencias afines, pudimos presenciar y ser testigos en su auténtica dimensión, la del fenómeno tomista o tomasista, gozamos la oportunidad de comprender mejor esa dimensión que se torna misteriosa por desconocida (o enigmática más bien) como es el toreo. Mientras, a una gran parte del público asistente le ocurría un poco lo que alguna vez apuntó Pablo Neruda en un verso de los “20 poemas de amor…”: y es que estaba como ausente, nunca se dejó llevar como los amantes, tras la música callada del toreo (José Bergamín dixit), pero tampoco por el cántico marcial de las trompetas de la guerra, entonadas por el de Galapagar en el otro episodio bélico del que además fue incomprendido drama.

   José Tomás en su vuelta que tiene anhelos de Guillermo el Conquistador y de El Cid juntos, a pesar de salir a hombros de la plaza, se fue de la plaza misma en medio de cierto distanciamiento, resultado en primera instancia, de que su expresión se halla a varios años luz del común de los mortales, una expresión de tanta honestidad que tan prístina situación pasó de noche ante los asistentes que no disfrutaron a plenitud tal gesta, o al menos esa es la impresión que tengo para manifestar mi desconcierto pues por momentos la entrega era incondicional. Por otros reservada y hasta condicionada a no sé qué aura predispuesta por miles de asistentes que no guardaban la comunión de los “cabales”. Y no quiero caer con lo anterior en el purismo, ni tampoco en los lugares comunes que se dan la mano con esas bien trazadas y supuestas actitudes que debe mostrar el aficionado en cuanto tal.

   Sus lances de recibo a pies juntos, caudalosos y las gaoneras que no se parecen a las de Rodolfo Gaona mismo, sino que lindan con las de Joselillo o el tapatío Manuel Capetillo por ajustadas y atrevidas, eran suficiente material explosivo como para causar los primeros “daños” (y entiéndase por daño el nivel de locura y conmoción colectiva). Sin embargo ni siquiera había señal de alarma alguna. Y José Tomás en la demostración plena de saberse no solo dueño de la situación sino la reencarnación de Manolete y quizá hasta de Manolo Martínez y cuyos patrones personales quedaron de manifiesto en inmortal remembranza, nos demostró luego, en la pureza de aquella primera faena la seducción del hedonismo, el panegírico del minimalismo como muestra de que la misma capacidad de síntesis puede ser vista o entendida como una nueva lámpara de Diógenes, dispuesto a iluminar con ella el oscurantismo del toreo. Desató emociones pero no la tormenta alimentada por su impronta más personal de arrebatos y adjetivos a cual más llenos de admiración.

   Su estudio de ejecución trascendental con la muleta –insisto- no fue comprendido del todo, solo por aquellos que quedaron sometidos a la introspección de ese hombre que poco habla y lo demás lo dice en el ruedo. Aquello alcanzó las estaturas sinfónicas de Malher, aunque no me atrevería a citar a Bruckner para evitar discusiones vanas. Fijo como un faro en medio del mar citaba una y otra vez, enmendando lo justo, corriendo la mano, ligando como hacía tiempo no se veía tal alarde en torero hispano siempre predispuestos a los cánones de series cortas y el remate, siempre limpios, siempre justos. No. En José Tomás, la dimensión que fue adquiriendo su puesta en escena tuvo los indicios de evidentes razones conocidas que rasgaban, junto al aire frío los corazones emocionados de quienes se enteraron de que el milagro ocurría. Y en medio de toda aquella fascinante realidad, continuaba seduciendo, toreando por nota por uno y otro lado, rematando con el ímpetu del torero que ha logrado resumir la tauromaquia en nuestros tiempos, como una expresión perfecta, en donde además aplicó la difícil teoría del mínimo esfuerzo, eliminando los pasos entre los pases y concentrándose en torear. De pinchazo hondo y efectos fulminantes se quitó de en medio a su primer “enemigo” y como ondearan pañuelos de disculpa, los tendidos se tornaron palomar que reclamaban la oreja, que se concedió.

   Al salir el quinto de la tarde, con el cual podríamos decir que concluyó lo más relevante del festejo, luego de la desafortunada actuación de Alejandro Amaya quien vio regresar a los corrales a su primero luego de eternizarse en la suerte suprema, de la que ni él mismo salía de su asombro, y aunque en el sexto pudo levantar algo la cara para salir dignamente de la plaza, muchos de los asistentes ya habían decidido retirarse sin haber siquiera comprendido otro de los capítulos tomistas, ese en el cual nos demostró un hecho poco común. La faena parecía haberse excedido en tiempo, y hubo “aficionados” que reclamaron, reprocharon al juez de plaza impusiera los avisos reglamentarios de manera tajante, sin miramiento alguno, porque no comprendieron aquello de lo que fue capaz el torero español. Si bien lo recibió con verónicas de trámite, en las chicuelinas se recreó al grado de traer desde el olimpo mismo a Manolo Martínez, pues esa serie de lances, si bien rutinarios, se tornaron aires de renovación en manos de José Tomás. Al pasar a la muleta, en auténtica introspección, se dedicó a gozar el toreo, en atrevida actitud de intimidad. El de Barralva pasaba, y pasaba bien, con algunas asperezas, pero que no significaron ningún inconveniente para que José Tomás dictara una cátedra digna de unos cuantos que supieron comprender todo aquel sumum del toreo. Y ante los gritos de desacuerdo, la desesperada actitud alarmista de “aficionados” más bien preparados para un pega-pases que otra cosa, se deslumbraron tras aquella estocada en el tercio, donde ciertamente, con algún defecto, materialmente partió en dos al toro que salió muerto del encuentro. Los asistentes volvieron a reconocer aquella más que hazaña, gesta y reclamaron la concesión auricular, concedida sin miramiento alguno por la autoridad.

   De Rafael Ortega debemos decir que es dueño ya de una madurez torera que no desmiente luego de su largo andar por los ruedos, y aunque joven en edad, tiene 37 años, cuenta ya con 17 años de alternativa, lo que indica el haber asimilado con bastante solvencia la tauromaquia. Sin embargo, Rafael sigue manteniendo el tenor de ser ese diestro quien “a oreja por tarde” resuelve su destino justo cada ocasión –no en todas, desde luego-, pero es una especie de común denominador. Bien, muy bien con el capote. Traicionado por alguna carga de nervios no estuvo en lo buen banderillero que es y con la muleta terminó resolviendo de forma bastante correcta el término de sus faenas, sobre todo la del primero de la tarde, donde su mando y dominio se vieron muy a las claras. Iniciar y terminar todo su planteamiento en un mismo punto del ruedo habla de que él era el que mandaba y no el toro. Lo supo meter en la muleta, le corrió la mano, entusiasmó al cotarro pero siento que faltó ese puntito para alcanzar lo extraordinario. En la suerte de matar no fue lo certero que esperábamos y aunque la estocada tuvo los efectos deseados, no estuvo del todo bien colocada, aún así la petición de oreja se hizo notar en los tendidos y el juez tuvo que conceder lo que terminó siendo escondido por Ortega ante el reclamo de un sector del público que no estuvo conforme con aquel otorgamiento.

   Los de Barralva tuvieron la justa presentación, eran toros sin más, nada extraordinario y en el juego que demostraron se notó la aspereza y la casta, pero también la nobleza que permitieron, en conjunto el lucimiento de los toreros.

   Durante el curso de la tarde inaugural, vimos otros aspectos que son destacables. A las afueras de la plaza, se apostó un grupo más o menos numeroso quienes bajo el sonoro “cacerolazo” se hicieron ver y notar con sus protestas antitaurinas contra la barbarie, frente al asesinato que supone para ellos, el sacrificio y muerte de un toro, ritualidad metida hasta la médula milenaria y secular de un espectáculo que se conserva como tradición en países que han convertido tal expresión en una auténtica cultura, independientemente de todas las connotaciones que implica el factor que esos antitaurinos mismos reclamaban ruidosamente, distantes del conocimiento que supone entender la cultura occidental, e incluso oriental hasta la entraña misma. De otra forma es imposible hacer un reproche correcto si antes no cuento con los datos precisos para sustentarlo, y si para eso existe la salida fácil de los “gritos y sombrerazos”, pues tal actitud me parece poco afortunada.

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