BÚSQUEDA Y DEFINICIÓN DEL TORO BRAVO EN LAS HACIENDAS Y EN LAS PLAZAS DURANTE EL SIGLO XIX EN MÉXICO.

ILUSTRADOR TAURINO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 BÚSQUEDA Y DEFINICIÓN DEL TORO BRAVO EN LAS HACIENDAS Y EN LAS PLAZAS DURANTE EL SIGLO XIX EN MÉXICO.[1]

    La fuente bibliográfica siempre indispensable como es La fiesta brava en México y en España. 1519-1969 de nuestro buen amigo Heriberto Lanfranchi[2] nos ayudará a explicar sobre los recursos que, durante el siglo XIX debieron aplicarse para la selección del ganado antes de la incorporación del toreo de a pie, a la usanza española, en versión moderna en nuestro país. Pues bien, los elementos con que se cuentan nos dicen lo siguiente:

 PLAZA DEL PASEO NUEVO. Domingo 30 de mayo de 1852. A las cuatro y media. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Toros de Atenco.

   “La corrida de hoy será amenizada con la presencia del toro León, que por hermoso y bravo pidió el público se conservara y que el dueño de la Hacienda de Atenco ha pedido para tenerlo de padre. Por consiguiente sólo sufrirá algunas suertes de capa, por el acreditado Bernardo Gaviño.[3]

 AHT24RF146 Gustavo Morales recreó la estampa conocida como “Deportes charros”. Seguramente dentro de esa realidad debe haberse desarrollado el popular torero de Atenco, y en sus inicios en el campo. Fuente: Cortesía de Guillermo Ernesto Padilla.

 PLAZA DEL PASEO NUEVO. Domingo 10 de octubre de 1852. Beneficio de don J. J. Cervantes. Siete toros de Atenco. Cuadrilla de Bernardo Gaviño.

   “El dueño de la hacienda ha escogido en su cercado siete toros de los destinados para padres. Colores: amarillos, mecos (es decir colorado con manchas oscuras, uno de los cuales tenía 10 años de edad). rayados y joscos.

(El Orden. N° 61, año I, del dom. 10 de octubre de 1852).[4]

 PLAZA DEL PASEO NUEVO. Domingo 3 de abril de 1853. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Seis toros e Atenco.

   (El Siglo XIX, No. 1555, del sáb. 2 de abril de 1853).

   “TOROS.-El domingo volvió el ganado de Atenco por su honor en la Plaza Nueva. En las Pascua vino flojo; mas antier estuvo bravísimo, sobre todo el 6º bicho, feo de color y endemoniado de hechos. Recibió más de  20 varas, casi todas buenas, y en uno de los piquetes echó al suelo a Juan Corona: después de embestir al caballo, se fue sobre el jinete, le metió el asta, todos creímos que en el casco por la parte del cerebro, pero fue en la chaqueta, quedando ileso el muchacho, quien acostado en la tierra, cogió el cuerpo del atenqueño y luchó con él más de seis segundos. El público pidió el toro y el juez se lo concedió vivo. Toda la cuadrilla estuvo muy afanosa y trabajó bien, sobre todo el hábil Bernardo, que es el verdadero padre de la compañía…”

(El Orden, N° 213, del martes 5 de abril de 1853).[5]

 CARTEL_13.12.1857_PASEO NUEVO_BGyR_ATENCO y CAZADERO1 Aviso. PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO.

Corrida de desafío con 1,000 pesos a los toros de Atenco, para el domingo 13 de Diciembre de 1857.

   Según indicamos en el anuncio anterior, fuimos invitados por los Sres. D. Rafael Vargas y D. Aristeo Calleja, para jugar una corrida de toros de Atenco contra otra de toros del Cazadero, con 1,000 pesos de apuesta, la que no tuvimos inconveniente en admitir, fiados en la calidad de nuestro ganado. No por esto desconocemos la bondad de los toros del Cazadero, y mucho menos hemos querido entrar en competencia con el señor propietario de dicha hacienda, a quien apreciamos y consideramos como merece, sirviéndole esta franca manifestación de una satisfacción amistosa.

   La corrida del Cazadero tendrá lugar el domingo próximo, y la nuestra se verificará hoy, jugándose en ella “seis soberbios toros” de la expresada raza de Atenco.

   Es por demás asegurar el empeño con que se ha hecho la elección de ellos, supuesto el objeto principal de la corrida, y todos saldrán señalados con lujosas moñas.

   Para decidir cual de las dos corridas merece el precio de la apuesta, se han nombrado por cada una de las partes interesadas, dos personas con el carácter de jueces, y un tercero para el caso de discordia, y el fallo que tuvieren a bien dar será admitido sin apelación alguna.

   Si fuere necesario que la cuadrilla tome algún descanso, en el intermedio de la corrida, se echarán “dos toros para coleadero”, y terminará la función con “un toro embolado” para los aficionados.

PAGAS

   Los boletos y lumbreras estarán de venta desde el viernes 11 del corriente, en la librería del Portal de Agustinos núm. 3; Tercena del tabaco frente a la Profesa; nueva sedería de la Sirena en el Empedradillo; Cerería del Hospital Real núm. 7; estanquillo del Puente de San Francisco; Agencia general mejicana, esquina del Coliseo y San Francisco, y los sobrantes se expenderán el día de la función, en las casillas de la plaza.

   Comenzará la corrida a las cuatro de la tarde.

Fuente: colección del autor.

   Abusando de las citas que aquí presento, podemos ver el sentido que lentamente fue dándose para lograr la selección del ganado. Ya lo vemos, era común que un toro resultara extraordinario para que, por su sólo juego se garantizara el indulto y por ende disponerlo para “padrear”. Asimismo, “El dueño de la hacienda ha escogido en su cercado siete toros de los destinados para padres”, entre los cuales hubo algunos toros de hasta 10 años de edad para el mismo propósito.

   De los acontecimientos del 3 de abril de 1853 encuentro uno muy semejante ocurrido el 28 de noviembre de 1852, cuando el Sr. José Manuel Lebrija, representante del Sr. José Juan Cervantes (dueño de la hacienda) le envía carta para informarle que “(…)los toros de esta tarde han estado más que buenos y el 5º como no había visto en mi vida pues volava (sic) los caballos como regiletes, en una de estas piruetas safó a Avila de la silla le dio dos vueltas en el aire y cuando cayó ya tenía dos heridas en las piernas, a otro picador lo lebantó (sic) con todo y caballo y cayó contra la vaya (sic) muy lastimado, a vox populi lo indultaron (…)”. Así que esta costumbre de indultar toros se sustentaba en características como las mencionadas y dichos toros regresaban a la hacienda a gozar de los privilegios de un “sultán” rodeado de su harén respectivo.

   Sin embargo, es en 1858 cuando encontramos una consideración de suyo importante:

(…)  A mediados del siglo XIX las exigencias del espectáculo taurino eran otras, la cría del ganado de lidia era también muy distinta y cualquier toro bravucón era apto para ser mandado a una plaza de toros para ser toreado y estoqueado. Aquellos ingenuos espectadores no se complicaban la vida y aceptaban gustosos cuanto les ofrecían los empresarios, siendo muchas veces atraídos a las plazas no por los toreros anunciados ni por el ganado que debían lidiar, sino por las mojigangas, los coleaderos y los toros embolados que eran el complemento de las funciones taurinas. Eran otros tiempos y otros gustos, muy distintos a los actuales, en los que ya no serían aceptadas con tanta facilidad aquellas sencillas, aunque a veces crueles, diversiones públicas que hacían las delicias de los aficionados capitalinos que vivieron hace más o menos un siglo.

 REPRESENTACIÓN DE UN TORO EN 1850

Esta es la representación dinámica de un toro, aparecida en un cartel de 1850.

   Evidentemente, “eran otros tiempos y otros gustos, muy distintos a los actuales”. El hecho de que los toros resultaran bravos, garantizaba el lucimiento del espectáculo. Sin embargo, el conjunto de invenciones causaban conmoción entre los asistentes que se divertían, aunque a veces llegaban al extremo de la reclamación. Es el mismo José Manuel Lebrija quien informa al conde de Santiago de los acontecimientos de la corrida efectuada el 26 de septiembre de 1852 en estos términos:

(…) el Domingo pasado comensó (sic) la función después de las cuatro se lidiaron 6 toros dos huvo (sic) de cola y el embolado de costumbre se terminó la función a las 6 y el público salió algo disgustado porque todavía havía (sic) luz tanto por esto cuanto por las reflecciones (sic) que me hizo Bernardo sobre que aparecería mesquino la corrida siendo por el dueño de la Hda. misma de los toros conviene pues que mande Vd. los 7 para la lid sin perjuicio del embolado y de los de cola y con respecto a prever la contingencia de que alguno pueda inutilizarse en el camino Vd. sabrá lo que combina y me lo avisa con oportunidad.

   Uno más de los aspectos con que se entretenía el público, pero en el fondo se buscaba establecer parámetros de comparación, era el de las “competencias” entre toros de las haciendas más afamadas. El caso más típico es entre Atenco y El Cazadero. Dicha situación tuvo lugar en la plaza de San Pablo el 20 de diciembre de 1857, imponiéndose una apuesta de mil pesos. No conforme la empresa del Paseo Nuevo, encabezada por Manuel Gaviño, hermano de Bernardo, anunció para el domingo 10 de enero de 1858 otra competencia similar, misma que creció en cantidad de toros “jugados”: ocho o diez toros “si hubiere tiempo para que se lidiaran todos los que la tarde permita”. En qué quedó el asunto, es un misterio. El hecho es que lograron realizar tales proezas presentando al público “una función digna de su buen gusto”.

   Otras ganaderías que lidiaron durante el XIX -al menos en su primer mitad- fueron:

-Guanamé

-Huaracha

-Tlahuelilpan

-Del Astillero

-Sajay

-Queréndaro

-Tejustepec

-Guatimapé

   Iniciada la segunda mitad del siglo que nos congrega, puede decirse que las primeras ganaderías sujetas ya a un esquema utilitario en el que su ganado servía para lidiar y matar, y en el que seguramente influyó poderosamente Gaviño, fueron san Diego de los Padres y Santín, propiedad ambas de don Rafael Barbabosa Arzate, enclavadas  en el valle de Toluca. En 1835 fue creada Santín y en 1853 San Diego que surtían de ganado criollo a las distintas fiestas que requerían de sus toros.

  Durante el periodo de 1867 a 1886 -tiempo en que las corridas fueron prohibidas en el Distrito Federal- y aún con la ventaja de que la fiesta continuó en el resto del país, el ganado sufrió un descuido de la selección natural hecha por los mismos criadores, por lo que para 1887 da inicio la etapa de profesionalismo entre los ganaderos de bravo, llegaron procedentes de España vacas y toros gracias a la intensa labor que desarrollaron diestros como Luis Mazzantini y Diego Prieto “Cuatro Dedos”. Fueron de Anastasio Martín, Miura, Zalduendo, Concha y Sierra, Pablo Romero, Murube y Eduardo Ibarra los primeros que llegaron por entonces. La familia Barbabosa, poseedora para entonces de Atenco, inicia esa etapa de mezcla entre el ganado criollo y uno traído ex profeso para la reproducción y selección, obligadas tareas de un ganadero de toros bravos. Por una curiosidad, puede decirse que Atenco recupera el honor de ser la ganadería de toros con el privilegio -ahora sí- del concepto profesional para la crianza y todos sus géneros del toro de lidia.

   Junto a esta ganadería y en 1874, don José María González Fernández adquiere todo el ganado -criollo- de San Cristóbal la Trampa y lo ubica en terrenos de Tepeyahualco. Catorce años más tarde este ganadero compra a Luis Mazzantini un semental de Benjumea y es con ese toro con el que de hecho toma punto de partida la más tarde famosa ganadería de Piedras Negras la que, a su vez, conformó otras tantas de igual fama. Por ejemplo: Zotoluca, La Laguna, Coaxamaluca y Ajuluapan.

   Día a día se mostraba un síntoma ascendente cuya evolución era constante. Quedaron atrás las manifestaciones propias de aquel toreo sin tutela, clara muestra por valorarse así mismos y a los demás por su capacidad creativa como continuidad de la mexicanidad en su mejor expresión. Tras la prohibición ya mencionada puede decirse que veinte años no significaron ninguna pérdida, puesto que la provincia fue el recipiente o el crisol que fue forjando ese toreo, el cual habría de enfrentarse en 1887 con la nueva época impuesta por los españoles, quienes llegaron dispuestos al plan de reconquista (no desde un punto de vista violento, más bien propuesto por la razón).


[1] Originalmente este material se publicó en la revista Matador, año 3, N° 5, febrero de 1998.

[2] Heriberto Lanfranchi: La fiesta brava en México y en España 1519-1969, 2 tomos, prólogo de Eleuterio Martínez. México, Editorial Siqueo, 1971-1978. Ils., fots.

[3] Op. Cit., T. I., p. 148.

[4] Ibidem., p. 151.

[5] Ibid., p. 162.

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