LUIS G. INCLÁN, EMPRESARIO DE LA PLAZA DE TOROS “EL PASEO NUEVO”…

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 LUIS G. INCLÁN, EMPRESARIO DE LA PLAZA DE TOROS “EL PASEO NUEVO” EN PUEBLA Y LA CIUDAD DE MÉXICO. EN LA CAPITAL SE PELEA LAS PALMAS CON IGNACIO GADEA. (ANÁLISIS A SU OBRA ASTUCIA).

    Luis G. Inclán nacido en 1816 fue un hombre emprendedor, amante del quehacer campirano. Administra haciendas tales como Narvarte, La Teja, Santa María, Chapingo y Tepentongo poniendo en práctica conocimientos de la agricultura que le permitieron ser llamado en varias ocasiones a medir tierras, pero sobre todo, a administrar la plaza de toros de esta capital y en Puebla, cuando Bernardo Gaviño coqueteaba con la fama. Esto debe haber ocurrido entre la quinta y sexta décadas del siglo XIX.

   Este escritor, impresor, periodista y charro a la vez, tuvo el privilegio de publicarse asimismo “todos los recuerdos de cuanto había integrado su felicidad campirana”.

   Su quehacer literario incluye una excelente novela de costumbre: ASTUCIA. EL JEFE DE LOS HERMANOS DE LA HOJA O LOS CHARROS CONTRABANDISTA DE LA RAMA.

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    Tal novela, conjunto de estampas mexicanas de mediados del siglo XIX, cuya carga de valores son los de la injusticia social, es descubierta por Inclán en la persona de “Lencho” quien constantemente sentencia: “Con astucia y reflexión, se aprovecha la razón”. Los escenarios son diversos, pero nos detendremos en el actual estado de Puebla, sitio en que ocurren diversas jornadas, interesantes para nuestro estudio.

   En Inclán, como dice Salvador Novo no pasa desapercibido el mundo que retrató la Marquesa Calderón de la Barca, pero si está muy próximo a Payno e incluso a Zamacois, aunque todos “vibran (con) los estertores de la lucha entre contrabandistas y federalistas en que llega hasta la ciudad el eco remoto de un campo inconforme y desorientado”.

   De esta obra se ha escrito mucho. Sin embargo encuentro en Inclán a un autor con afición por los toros, un personaje ligado a las tareas del campo, a la charrería. Publica en 1860 “Reglas con que un colegial puede colear y lazar” así como “Recuerdos del Chamberín” en 1867. Cinco años más tarde la imprenta de Inclán saca a la luz “Coleadero en la hacienda de Ayala”. Además publica artículos en “La Jarana” de 1871 siendo más de una la crónica de festejos taurinos que salió de su exuberante pluma. No puede faltar en esta relación otra de sus obras, la cual, por cierto, descubrí hace muy poco tiempo en España. Se trata de:

Luis G. Inclán: ESPLICACIÓN DE LAS SUERTES DE TAUROMAQUIA QUE EJECUTAN LOS DIESTROS EN LAS CORRIDAS DE TOROS, SACADA DEL ARTE DE TOREAR ESCRITA POR EL DISTINGUIDO MAESTRO FRANCISCO MONTES. México, Imprenta de Inclán, San José el Real Núm. 7. 1862. Edición facsimilar presentada por la Unión de Bibliófilos Taurinos de España. Madrid, 1995.

   Don Luis es un guía perfecto en cuanto al personaje que combina el ejercicio charro con el taurino, cumpliendo un protagonismo ya como lazador o como ejecutante de suertes de la tauromaquia; ya como empresario de la plaza del Paseo Nuevo en Puebla, y la que lleva el mismo nombre, en la capital del país. Con toda seguridad conoce y vive de cerca con los actores principales del quehacer que por entonces destacan en el espectáculo tauriNº Es muy seguro que tratara con empresarios como Vicente del Pozo, José Jorge Arellano y con toreros como Ignacio Gadea (de a caballo), Bernardo Gaviño y Mariano González “La Monja”.

   En el capítulo Nº 12 de ASTUCIA el autor nos obsequia con una hermosísima reseña de los hechos ocurridos en el poblado de Tochimilco (con “T” señor tipógrafo) en el estado de Puebla. Vale muchísimo la pena trasladarlo hasta aquí, para lo cual, es necesario elaborar apuntes al calce que sirvan de complemento, y como nota aclaratoria de cuanto significaba el protagonista LENCHO o ASTUCIA, para el pueblo y para el lector que encuentra un sinnúmero de cosas por explorar y conocer.

   ASTUCIA que así fue bautizado Lorenzo, “Lencho” es el héroe de la obra, una especie de superdotado que pasa de una etapa preparatoria, con su carga de amor imposible a otra que es la de un sucesivo beneficio y reconocimiento por parte de los “gallones”, esos personajes de rompe y rasga, que imponían respeto. Cabezas de grupo o gavillas siempre al tanto de cometer nuevas fechorías.

   El día señalado para la fiesta presenta el escenario perfectamente preparado. ASTUCIA no podía dejar de recordar

 ¿Quién me había de decir hace como tres años que me ocupaba en sermonear a Alejo para que no fuera contrabandista de la rama, cuando pasábamos los días enteros entretenidos en estudiar suertes de tauromaquia entre las barrancas de las lomas de Tepuxtepec, sorteando el ganado bravo que podíamos arrinconar, que ahora él fuera quien me enjaretara a pertenecer a los valientes Hermanos de la Hoja?

 Esto nos hace recordar también otra cita que va así:

 (…)No todo estaba fincado en ser “contrabandista de la rama”. Otra de las ocupaciones para Lencho era estudiar suertes de tauromaquia, para lo cual el ganado bravo que se podía arrinconar se convertía en pieza indispensable.

    Llama Inclán en boca de Lencho “ganado bravo” a todos aquellos bovinos que pastaban en las lomas de Tepuxtepec (en Puebla) como sitio destinado para aquellos quehaceres que no son propiamente campiranos. Son taurinos. Inclán comparte como ya vimos estos dos divertimentos.

   ASTUCIA con Luis G. Inclán a su vera, o ¿Luis G. Inclán, en cierto modo pudo ser el mismísimo ASTUCIA? está enterado de los menesteres taurinos y no es ajeno a ellos, puesto que practica y estudia las suertes de tauromaquia como cualquier buen charro no solo apegado a sus normas, sino que busca mezclar suertes nacidas o practicadas en el campo llevadas a la plaza o viceversa. ASTUCIA o Lencho se descubre pues como un personaje acorde con el espectáculo que a mitad del siglo pasado era común denominador, con toda una serie de suertes ejecutadas a caballo por Ignacio Gadea fundamentalmente junto con algunos otros, como Lino Zamora, Alejo Garza “el hombre fenómeno” que faltándole los brazos desde su nacimiento, ejecuta con los pies unas cosas tan sorprendentes y admirables, que solo viéndolas se pueden creer: en cuya inteligencia, ofrece desempeñar las suertes siguientes:

1.-Ensartará una aguja de coser bretaña con una hebra de seda

2.-Prenderá la yesca con piedra y eslabón, encendiendo en ella un cigarro.

3.-Repetirá la tirada de la piedra con la honda.

4.-Barajará con destreza un naipe.

5ª y última. Escribirá su nombre, el cual será manifestado al respetable público.

   Y ¡A los toros!

   En medio de refranes tales como: “los mastines criollos y abajeños adonde afianzan el gaznate ahogan”, comienza el rito

 (…) mira, Pepe, en cuanto acabemos, te vas a ensillar mi prieto y que Reflexión se venga en el cuatralbo por si se ofreciere dar un piquetito, tráete debajo de la pierna mi espada, en la tienta el joronguito acambareño y procura representar tu papel para que le comamos el trigo al Buldog.

 ha pedido ASTUCIA a su amigo Pepe que ensille al “prieto”, alistando a Reflexión que se esté preparado “por si se ofreciese dar un piquetito”.

   Por lo importante de toda la descripción es mi deseo reproducirla con anotaciones al calce, mismas que buscarán complementar la reseña que hace del festejo con todos sus detalles Luis G. Inclán.

 -¿Qué te vas a meter a torear, Apolonio? -dijo la señora-, ya sabes que eso les causa mucho miedo a estas criaturas y si las hemos de llevar a mortificarlas, vale más que nos quedemos.

-No, señorita, yo no he de torear, ya tengo el tablado dispuesto para ustedes y yo me estaré por allí inmediato por si algo se les ofreciere; el amigo Astucia que está ahora en su mero tejocote, es el que ha de entrar y tengo empeño en que monte al Chocolín que me regalaron ensillado los amos de la hacienda de… si es tan bueno como bonito, seguramente que se tiene que agradecer.

-Por cierto de esos regalos, Apolonio, manos besamos que quisiéramos ver quemadas, esos mismos que así te regalan, por un lado te obsequian temiendo que caigas a sus haciendas y te despaches por tu mano, y por otro no perdonan medio para ver si consiguen exterminarte; Dios te libre de caer en desgracia, porque ellos serán los primeros en solicitar tu ruina.

-Conque, señorita, dentro de un rato se van yendo para la plaza, que las acompañe Joaquín y Tomás, allá las espero para acomodarlas, o si usted dispone que vuelva yo por ustedes, me vendré luego. -Reflexionó un rato y respondió:

-Nos iremos solas, pues aunque aquí nadie me conoce, ni yo tengo que perder, siempre será bueno que ningún extraño sepa que tienes familia, para que no nos vayas a arrastrar contigo en un caso desgraciado.

    Preparativos para un festejo que se antoja harto interesante, son los que se aprecian en el apunte anterior, donde Apolonio, ha tomado las providencias del caso, adecuando un “coso” que se ajuste a la corrida (¿y charreada a la vez?) que ya está levantando polvareda, porque allí, los charros van a demostrar lo mejor de su repertorio, admirados siempre por la grata presencia femenina en los tendidos.

   Los diálogos inmediatos me parecen tan curiosos, puesto que demuestran el carácter campirano que de seguro predominó y que recogió Inclán, probablemente matizados de mayor sabor a la hora de enfatizar el lenguaje, acompañado de floreos que resultan anacrónicos pero sabrosos al mismo tiempo. Esto es, la elocuencia se levanta y galopa.

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    Se despidieron los huéspedes. Pepe se fue a ensillar el Prieto y Astucia arregló los estribos de la magnífica silla que tenía puesta el Chocolín, montaron a caballo y se fueron para la plaza; ya estaba allí el Buldog montado en un bonito caballo bayo lobo, haciéndose el gracioso lazando a varios de a pie de los macutenos de Río Frío. Ninguno le había visto a don Polo el Colorado y se imaginaron que era del charro, confirmándose en ello al ver que su vestido era competente al lujo y magnífico aspecto de tan precioso caballo. Luego que llegó don Polo se arrimó el Buldog a saludarlo, dándose cierta importancia y diciendo con una sonrisa sardónica:

-No le doy la mano, señor don Apolonio, porque es el único a quien le alzo pelo, y estoy muy contento con tener mis tánganos en su lugar.

-No se haga chico, comandante, que usted no deja de tener sus fuerzas, ya me han contado que anda por ahí haciendo chillar a los hombres; lo que sucede es que muy bien sabe con quién se pone y hasta ahora no ha encontrado quien le dé a entender que donde hay bueno hay mejor.

-Eso es una verdad -dijo el Buldog-, y sin que se entienda que es fanfarronada, exceptuándose usted, con el que quiera me rifo.

-Permítame, comandante, que le diga, que es mucha vanidad, y que donde vea que le cogen el falso se le sale.

-Pues lo repito, no siendo con usted, con cualquiera me rifo -casi todos los que estuvieron en los gallos y presenciaron la escena de don Polo, estaban allí reunidos; no dudaron que Astucia le quitaría la vanidad a aquel hombre tan fatuo y todas las miradas se dirigían a él como incitándolo a que admitiera; Astucia haciéndose el indiferente veía con demasiado desprecio al Buldog, sonriendo irónicamente; don Polo le guiñó un ojo y sin esperar a más adelantó su caballo hasta ponerse frente al Buldog, diciendo con semblante poco serio:

-Señor comandante, ha barrido con todos sin exceptuar más que al amigo don Polo; como su reto a todos nos humilla, yo se lo acepto por honor de todos, aquí está mi mano, no me jacto de fuerzudo, pero no consiento que ronquen más que los que duermen, y el que me busca me encuentra -aunque no dejó de sorprenderse el Buldog, el prurito y sobre todo su vanidad, lo hicieron tomar la mano que se le presentaba y desde luego conoció que su adversario era pollo de cuenta, por lo que maliciosamente quiso al instante cogerlo desprevenido y dominarlo; Astucia que no era lerdo penetró su designio y anticipadamente le dio tan fuerte agarrón que no lo dejó poner en planta sus mañas y magullándole los dedos, jugándole los tanganitos atrozmente, le decía riendo:

-Apriete.

   El comandante soltó los estribos, se encogió en la silla, se mordía los labios, tenía el rostro lívido, las lágrimas asomaron a sus ojos y por más esfuerzos que hacía, no sólo no podía apretar, sino que ni defenderse le fue dado; por fin, le apretó otro poco Astucia, le dio otras jugadillas de tánganos y soltándolo dijo:

-Este pichón no es para mí.

-¿Qué hubo? -dijo don Polo.

-Que este señor comandante se está haciendo chico, contestó Astucia, no ha querido agarrarse como los hombres, y si piensa que yo le he de apostar algún interés se equivoca. Y les hizo del ojo a los que lo rodeaban.

-Me declaro insuficiente, señores, este caballero me ha hecho ver estrellitas, exclamó el Buldog sacudiéndose la mano y soplándose los dedos, retiro mis palabras y pido perdón a las personas que se creyeron insultadas.

-Basta con esta expontánea confesión, replicó Astucia, nadie se dé por ofendido, pero si quiere la revancha, aquí está la zurda.

-No, amigo… ¿cómo se llama?… para respetarlo.

-Gambino, servidor de usted -le contestó Astucia, que fue lo primero que se le ocurrió.

-Vamos al aserradero -dijo don Polo para evitar más explicaciones-, que abran las trancas, y les prevengo que no maltraten el ganado.

    Pues bien, la corrida va a empezar. Quedaron atrás preámbulos, fuegos cruzados, un repertorio de afrentas, retos, provocaciones y demás lindezas, propias de los hombres de campo, acostumbrados a tratos tan ásperos. ASTUCIA, con su carácter dominante y mandón, va a organizar las cuadrillas entre picadores, lazadores, toreros de a pie, coleadores, capoteros y locos tal y como veremos enseguida.

    Unos entraron a la plaza y otros se subieron a los tablados; el Buldog renegado los siguió, pero tenía tan adolorida la mano, que no podía ni componer su reata, Gambino y su criado se acompañaron llevándose el primero la ventaja en el manejo de la reata, que tiraba con mucho acierto, mientras que el comandante estuvo errando lazos encuartándose y siendo el más chambón de todos, luego que entorilaron se salieron y don Polo facultó al supuesto Gambino para que arreglara todo y no se volviera desorden.

-Señores -dijo Astucia- ¿les parece que improvisemos una cuadrilla?

-Sí, sí -contestaron varios de los entusiasta- para entrar.

-Pues párense aquí los que han de servir de picadores.

   Sólo tres se resolvieron.

-Completa aquí las paradas, Pepe, monta el Cuatralbo y proporciónate garrocha que cuando te toque yo cubriré tu lugar.

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 -Aquí están las picas- dijo Joaquín al asistente de don Polo que hacía tiempo había llegado con ellas.

-Corrientes, ármense, señores, y por este lado estamos completos, ¿usted, comandante, no quiere dar un piquetito?

-No, amigote, yo estaré de lazador.

   Enhorabuena, pues júntese aquí con don Polo, que entrará en el Chocolín para que me lo preste cuando se lo pida. A ver los coleadores fórmense. -Entresacó ocho y los numeró.

-Señores -les dijo-, cuando les toque su turno estén listo, yo los llamaré por sus números y mientras no se colee, se están aquí afuera paraditos. Ahora vamos a la cuadrilla de a pie, ¿quiénes gustan de acompañarme?

-Yo, señor amo -contestó Reflexión disponiendo su sarapito y alzándose las puntas de las calzoneras, -y yo, y yo -contestaron varios rancheros y peladitos.

-Fórmense, fórmense aquí en ala.- Eran otros ocho.

-¿Quién de ustedes banderillea? que dé un paso al frente.- Salieron tres.

-Completa aquí Reflexión, dos para cada toro, primera y segunda parada, los demás son capoteros, y cuidado con hacerse bolas. Nos faltan dos locos.

-Ahí andan los de los huehuenches y la danza, llámenlos -dijo don Polo.

   En un instante vinieron llenos de gusto, les advirtió Astucia su deber y estaban ya completas las cuadrillas.

-Ahora sólo me resta decirles lo que debemos hacer, vámonos todos al mesoncito para ensayarnos mientras se hace hora.

    Organizados y listos para la “corrida”, quieren estar lo mejor posible, con un ensayo previo.

    Las facultades concedidas y el aspecto de dominio que tenía Astucia hacían que todos se prestaran y obedecieran gustosos; allí solos en el mesón, les advirtió el cómo y lo que debían de hacer cada cual en su clase, mandó acomodar la música, se pusieron tranqueros en la puerta para que sólo entraran y salieran los que él determinara y coordinó con don Polo el modo de distribuir la diversión para hacerla lucida y variada, sin olvidarse del clarín de órdenes para la lumbrera del juez. A las tres y cuarto ya estaba todo listo, la plaza llena de gente y toda la concurrencia ansiosa de que comenzara la función.

    Ya todo se encuentra listo para comenzar el festejo. Inclán no ha omitido detalle sobre el modo en que se desarrollaban los festejos por aquel entonces, y es de suponerse que aunque fuera en una población como Tochimilco, no se podían quedar atrás para celebrar con todo el aparato la mencionada diversión. Como veremos a continuación, el modo con que fue discurriendo el festejo, nos da idea del típico desorden que de seguro imperaba en esos pequeños puntos provincianos, que no eran ajenos al universo de la tauromaquia.

    Por fin llegó un indio a avisar que ya estaba el señor Subprefecto en su tablado; se formaron todos en sus respectivas colocaciones y capitaneados por Astucia que iba a pie, con su joronguito doblado en el brazo izquierdo. Llegaron a la puerta de la plaza, sonó un formidable trompetazo que puso en alarma a todos los concurrentes, la música comenzó a tocar una descompasada marcha y se presentó Astucia seguido de sus cuadrillas, atravesando el circo, llenando con su presencia la plaza, causando mucho entusiasmo y obteniendo multitud de aplausos.

   Llegaron frente al tablado de las autoridades, formaron en ala, hicieron un saludo y en el mayor orden salieron los coleadores y dos de los picadores para su sitio designado. Un picador se paró en un lado del coso, el otro al segundo tiro, los peones cubrieron el redondel; el capotero fue al reto, y el capitán se puso tras del primer picador para defenderlo de un embroque.

   Como el toril no estaba en forma, sino que sólo era un simple chiquero, fue necesario lazar adentro al toro designado para sacarlo; le dieron al Buldog la reata con el toro amarrado; al tiempo de salir a la plaza estaba atravesado, fue el primer bulto que descubrió, y partiéndole directamente no le dio tiempo para salirse de jurisdicción, por lo que en su viaje le dio al caballo una quemada en la nalga, y el hombre por librarse soltó la reata y echó a correr causando mucha risa a todos, que se burlaban de su torpeza; uno de los de a pie tomó la punta de la reata, se la dio a don Polo y siguió otra bola de silbidos pues el dicho Buldog erró cuatro o seis piales, hasta que estando el toro ahogándose cayó al suelo y allí lo despojó Astucia de la reata que tenía en el pescuezo, diciéndole al picador:

   -Párese aquí, amiguito. Ahí va la muerte muchachos. Le dio un manazo al toro en la panza y arrancó extendiendo su joronguito al estribo izquierdo del picador, el toro se paró hecho un demonio, y le partió, lo recibió bien, pero todo se descompuso y antes que recargara la suerte y perdiera la silla, se metió Astucia quitándoselo con limpieza, gritando:

   -¡Bien, muchachos. Bien!

   Todos lo imitaron aplaudiendo, y el hombre que picó, se figuraba que efectivamente había quedado bien; así estuvo ayudando y defendiendo a todos, animándolos y aplaudiéndolos, pues siendo esa clase de entretenimiento su diversión favorita, se dedicó, aprendió y ejercitó en todo lo del ramo con empeño, por lo que el hombre estaba en su elemento.

 Ya intervinieron el capotero y el primer picador, luego de ciertas dificultades para que el primer toro estuviera en la arena, para lo cual se tuvo que emplear la reata y, a fuerza de tirones, sacarlo al ruedo. Después todo fue emplear jorongos entre las habilidades propias de quienes estaban convertidos en toreros de a pie, contando con que lo hacían también a caballo.

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    Los banderilleros no quedaron muy mal, a pesar de sólo hacerlo con una mano. Tocaron a muerte, armó Astucia con la muleta su joronguito, le dio Pepe su espada, pidió la venia, retiró la gente del circo y se presentó muy sereno a dar los pases; el bicho no había adquirido resabio, se presentó bien, humilló con franqueza, y con toda maestría le aplicó una buena estocada por el alto de los rubios, volvió sobre el bulto muy agraviado, le presentó Astucia la muleta, se contrajo, tosió con ansia, dio dos o tres oscilaciones y se clavó de cabeza al querer entrarle a la capa.

    Esta parte de la reseña, bien pudo firmarla cualquier buen cronista de la época, puesto que refleja con toda claridad, el carácter que por entonces proyecta el quehacer taurino, sustentado por sus formas más técnicas que estéticas, porque el propósito fundamental por entonces era el de liquidar al enemigo a la mayor brevedad posible, bajo las consiguientes normas establecidas, que ya vemos, no distan mucho de las puestas en práctica en España.

    Por largo rato estuvo la concurrencia aplaudiendo frenética; nunca se había visto por allí un diestro más inteligente, más simpático ni más bien recibido. De todas partes llovían galas, todos demostraban su júbilo de mil maneras; mandó a los locos que juntaran, y generalmente a todos dio las gracias por su benevolencia, al recoger su sombrero. Se fue para la puerta de plaza y gritó:

   -Uno y dos, a la puerta del toril. Tres y cuatro, sáquense ese toro para afuera a que lo destacen. Tráete mi prieto, Reflexión, y tú, Chango, guárdame por ahí ese dinero –cosa de cuarenta pesos en toda clase de moneda que recogieron los locos, a quienes les dio un puño de tlacos y medios a cada uno; trajo Reflexión el prieto, y le dijo:

   -Móntate, acompáñate con los coleadores, y si te dejas ganar la cola te prometo un dulce.

   Les echó un toro manso, al cual sólo Reflexión pudo llevarse merced al buen caballo que montaba, mandó que saliera aquella parada e invitado por don Polo que quería verlo maniobrar en el Chocolín, siguió otro toro de cola para él y el comandante que mandó meter un bonito caballo melado; como eran los más guapos, llamaban la atención, con la diferencia que el uno había merecido silbidos, y el otro multiplicados aplausos; en lo poco que había usado el Chocolín, conoció que no era de gran empuje, que se cargaba un poco en la rienda, y que era necesario aprovechar los primeros arranques.

   -¿La toma, o me la deja, comandante? –le dijo al Buldog al estar esperando a la res.

   -Como usted quiera –le respondió.

   -Esa no es respuesta.

   -Pues que la coja, el que pueda.

   -Este no es lugar para disputarla, comandante, si estuviéramos en el campo no le preguntaría.

   -Corrientes, peor para usted, -y en este momento salió el toro al redondel-, ambos partieron, sacó la ventaja el comandante. Astucia se embarreró y cuando pensaba el Buldog que lo había dejado atrás y trataba de cerrarle el claro, se le pasó por la derecha como un rayo, tomó la cola con la mano zurda y violentamente amarró, le pegó un grito al Chocolín y rodó el toro por el suelo un gran trecho. Fue universal el aplauso que ya rayaba en delirio, y al ver a Astucia perfectamente sentado en el Chocolín, que con cariño lo aquietaba, echando de cuando en cuando unos fuertes volidos, tascando con furor el freno y disparándose a cada instante, no había persona que no alabara a aquel charro tan bien montado.

   Se paró la res un tanto destroncada, la siguió el comandante solo, y a pesar de que no tenía competencia, sólo pudo medio trastornarla, pues abriéndose el caballo la estiró mal y de mala manera. Silbáronle los malditos que ya se habían propuesto hacerlo cuco. Volvió Astucia, le tomó el rabo, y sin gran dificultad le dio otra caída de chiflonazo y siguieron los aplausos; picando el Buldog se le pegó; pero ya el toro se había hecho remolón y en vano le metió tres arciones, no hacía más que cambiarle de dirección irritándolo más y más tanto silbido.

    En la anterior descripción, encontramos una extraña mezcla entre el picador y los coleadores, como si estos se atuvieran al tercio de quites. La suerte de colear se hizo tan común en los festejos de buena parte del siglo XIX, que formaba parte sustancial del programa y ya no podían sustraerse tan fácilmente de los mismos, puesto que tarde a tarde era más celebrada su presencia, por lo que no se les podía excluir tan fácilmente. Desde luego que realizaban suertes con su carga de lucimiento.

    Desde que Astucia se presentó y empezó a ser aplaudido, una viejecita hermana del señor cura empezó con la tentación de saber quién era, por lo que a cada momento y a cuantos podía les preguntaba con empeño:

-¿Quién es ese joven tan buen mozo y presentado? ¿Quién será?

   No faltó alguien que le contestara

-si mal no me recuerdo, me parece que oí decir que se llamaba Gavino, no Cutino, ello es que su apelativo va por ahí, no lo recuerdo bien.

-Gaviño querrá usted decir -repuso un fatuo que era tinterillo del juzgado de Letras y se daba importancia de conocer a todo el mundo.- Gaviño, sí, señor, el primer espada que trabaja en la capital, ¿no es así?

    El comentario se dispersó como reguero de pólvora y, en un santiamén todos los asistentes en la plaza vitoreaban al “charrito tan guapo (que) es Gaviño”.

-”¡Viva Gaviño! ¡viva Bernardo!”

   Cuando ya estaba el segundo toro, picado por ASTUCIA, que además banderilleó y le dio una buena estocada de vuela pie, las palmas atronaron como en la mismísima capital.

   Buldog, que era uno de los miembros de la “cuadrilla” no había estado del todo bien. Pero además, el hecho de que todo mundo ahora reconocía en “Lencho” a Gaviño, sirvió para que surgiera la envidia pero también la aclaración a todo aquel desconcierto.

    En uno de los intermedios vino el comandante agarrado del encoladito que afirmó que era Bernardo Gaviño, sosteniéndoselo a su buen amigo el Buldog que quiso salir de dudas.

   -Muy bien, Bernardo, muy bien -le dijo a Astucia cuando estuvieron enfrente del tablado en que estaba sentado con los pies descansando en las vigas que formaban el redondel.

   Astucia lo vio con indiferencia sin darse por enterado, entonces el tinterillo repitió sus alabanzas.

   -Bien, Bernardo, bien has quedado.

   -¿Con quién habla usted, señor mío?

   -Pues, ¿con quién he de hablar, chico, sino contigo?

   -¿Contigo? pues me gusta la confianza, y de veras que es ingeniosa la lisonja, ¿por quién me ha tomado usted, caballerito?

   -¿Cómo por quién? Por Bernardo Gaviño.

   -Está usted en un error, no me llamo Bernardo, y si lo fuera, ¿quién es usted para tutearme? ¿Qué, porque se presenta uno al público debe menospreciarlo cualquier charlatán?

   -Pues ¿no es usted Gaviño; -repitió aquel hombre medio cortado por la reprimenda- yo lo he visto torear en Puebla y otras plazas.

   -¿A mí?

   -Sí, señor, a usted.

   -Pues entonces permítame que le diga que miente más que un sastre; aunque me nombran Gaviño, jamás me he presentado a torear en plazas públicas de paga, el mentado diestro con quien usted me confunde, es torero de profesión, el único que se ha llevado en la República entera todas las simpatías, y merecido multiplicados aplausos con justicia; aquél es español, yo soy criollo, y la semejanza de apellido (recordemos que es Cabello) a nadie autoriza para que tan villanamente se nos trate con tal audacia, que se atreve a sostener en mis barbas su impostura.

    Hasta aquí la cita de Luis G. Inclán.

   Ahora, analicemos un poco esta apología que don Luis hace del gaditaNº Evidentemente Inclán es un gran aficionado y creo que no deja pasar la oportunidad de lanzar elogios al verdadero Bernardo Gaviño, que torea en Puebla y otras plazas. Pero además, lo describe como torero de profesión. En estas palabras ha forjado perfectamente el perfil de grandeza que Bernardo posee gracias a su popularidad: “Gaviño, sí señor, el primer espada que trabaja en la capital…” Con esto, aunque haya sido retratado dentro del contexto de la novela de costumbres mexicanas, percibimos el radio de acción que era capaz de alcanzar el diestro, siendo tal la resonancia de su fama no solo en la capital del país; también en la provincia: “El único que se ha llevado en la República entera todas las simpatías, y merecido multiplicados aplausos con justicia…”

   Bastaron los alardes de “Lencho” Cabello o lo que es lo mismo ASTUCIA, para que se convirtiera momentáneamente en el más importante torero del momento, por un error de identificación, mismo que sirvió de pretexto a Inclán para dejar testimonio de aquel toreo “a la mexicana” practicado por “Lencho”, junto con todo el significado de influencia ejercido, ahora sí, por Bernardo Gaviño y Rueda.

   Páginas adelante, y dentro del mismo capítulo, volvemos a encontrar un nuevo diálogo que va así:

 ¿Dime Lencho, en dónde has aprendido a sortear un toro, que ya pareces un diestro consumado?

   -¿Cómo en dónde?, con Alejo y otros varios amigos de las mesas de Tepuztepec; hace más de tres años nos reuníamos con los Ruices de los molinos y otros traviesos, nos largábamos a las estancias en donde siguiendo las reglas prescritas, en un libro que tengo titulado “La filosofía de los toros” y está bien explicado el arte de torear, escrito por Francisco Montes, nos ensayábamos, comenzamos por amanillar un toretillo con que sin riesgo estudiar las suertes de capa, y poco a poco fuimos adelantando hasta que nos atrevimos a lidiar toros de bastantes libras, puntales fresquecitos, y sin tener más guarida que librarnos con los zarapes capeando o practicando recortes y galleos. Prendíamos banderillas con espinas de nopal por rejoncillos, y con una espada de encina con la punta untada de cal dejábamos marcadas las estocadas a los toros para calificar las direcciones, algunos toros que matamos de veras por vía de ensayos, procurábamos ocultarlos y que los perros se los comieran para que cuando los vaqueros los encontraran ocuparan a los lobos, o si había tiempo los enterrábamos sin dejar ningún rastro.

   En una de estas diversiones nos sorprendió el caporal en la estancia de la cocina, precisamente cuando ya en la suerte estaba yo armado para recibir al toro con la espada; todos se sorprendieron aterrados con su presencia, menos yo que sin perder de vista al bicho le dije: -Estése quieto, yo lo pago –y al instante lo despaché con una buena metida; nos armó mitote, fuimos a la hacienda, y merced a la franqueza de los muchachos Retanas que me dispensaban aprecio, la cosa se quedó en tal estado. Ahí verás cuando se vuelva a ofrecer que útil es Alejo, lo mismo que Juan el muerto, y el fandango que competían con Reflexión; ya están contestado, marchemos.

    Inclán no es ajeno a la tauromaquia de Francisco Montes, puesto que da una precisa y exacta explicación sobre la forma en que un diestro interpretaba las suertes puestas al día en tal tratado técnico y estético, evidentemente adornadas de las típicas expresiones con que se lucían los toreros que surgían fundamentalmente del campo mexicano, y de los que hubo un amplio número de ellos, la mayoría desconocidos. Por esta, y por muchas otras razones, la novela de costumbres ASTUCIA, de Luis G. Inclán, nos permite entender el pulso campirano que se adhirió al que circulaba en las principales ciudades de nuestro país, al mediar el siglo XIX, pulso que se enriqueció gracias al permanente diálogo habido entre la plaza y el campo o viceversa.

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