SOBRE SUERTES TAURINAS MEXICANAS EN DESUSO (VI).

ILUSTRADOR TAURINO. 

EL “MONTE PARNASO”.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    …habrá toro embolado, jineteo, manganeo, coleadero y “palo ensebado”. En esta forma se remataban muchos de los carteles taurinos decimonónicos, donde como fuentes esenciales de información, podemos enterarnos de auténticas “puestas en escena” ocurridas a lo largo de buena parte de ese espacio secular. De este tipo de efecto “parataurino”, ya se tiene razón, por lo menos desde 1738, como sigue:

 SALUTACIÓN

    Con gran acierto ha determinado esta ilustre Ciudad de Querétaro el dar principio a sus lícitas, honestas y festivas demostraciones de júbilo por la feliz conducta de sus aguas el día de hoy 19 de octubre; pues con motivo tan justo enmienda el error antiguo de los Romanos, introducido por Octaviano Augusto, que lo dedicó para las fiestas triunfales, en memoria de las insignes victorias que alcanzó de sus enemigos (…)

   Sigue la Descripción de las Fiestas que en agradecimiento de la conducción del agua hizo esta Ciudad.-El Coliseo para las comedias. Las corridas de toros, carro 3 de los panaderos y trapicheros. Carro 4 de los sastres. Perros de oreja, peleas de gallos, baile de la maroma. Palo ensebado. Carro 5 de los carpinteros y herreros.[1]

    Otro personaje, viajero extranjero, que hizo retrato de estas curiosas estampas, fue Luis de Bellemare, aunque mejor conocido como Gabriel Ferry “…para quien usos y costumbres, a pesar de estar tan distantes de los suyos, no son objeto sino de una amable curiosidad y de una fina e inteligente comprensión, llegó a México a raíz de la guerra de Independencia y tuvo oportunidad de recorrer el vasto territorio todavía sangrante de las mil heridas de aquella terrible conflagración”, como apunta el gran estridentista Germán List Arzubide. Proceden de su libro Escenas de la vida mejicana o La vida civil en México, un montón de visiones en las que no faltó el asunto taurino.

   En La vida civil en México se percibe un sello heroico que retrata la vida intensa de nuestra sociedad, lo que produjo entre los franceses un concepto fabuloso, casi legendario de México con intensidad fresca del sentido costumbrista. Tal es el caso del “monte parnaso” y la “jamaica”, de las cuales hace un retrato muy interesante.

   En “Perico el Zaragata” que es la parte de sus “Escenas de la vida mejicana” que ahora me detienen para su análisis, abre dándonos un retrato fiel en cuanto al carácter del pueblo; pueblo bajo que vemos palpitar en uno de esos barrios con el peso de la delincuencia, que define muy bien su perfil y su raigambre. Con sus apuntes nos lleva de la mano por las calles y todos sus sabores, olores, ruidos y razones que podemos admirar, sin faltar el “lépero” hasta que de pronto, estamos ya en la plaza.

 La plaza de Necatitlán presentaba un espectáculo tan raro como nuevo para mí. Los palcos de sol recibían de lleno los rayos de este temible astro en aquellas regiones, y detrás de las mantas y de de los rebociños extendidos para hacer sombra, el populacho, apiñado en pirámides caprichosas en las gradas del circo, se entregaba a un concierto abominable de gritos y silbidos. En la parte de la sombra los plumeros de los oficiales y los chales de seda de diversos colores ofrecían un golpe de vista que mitigaba hasta cierto punto la dolorosa impresión que acababa de producir la miseria y la desnudez que poblaba los palcos de sol. Cien veces había visto esta diversión y había contemplado igualmente a esa muchedumbre fatigada, pero no saciada de ver correr sangre, cuando a eso del anochecer, al terminar la corrida, sólo salían de aquellas gargantas irritadas exclamaciones roncas, cuando el sol hacía entrar sus rayos a través de las tablas mal unidas del anfiteatro, cuando el olor de los animales muertos en la lidia atraía encima de la plaza de toros bandadas de buitres hambrientos; pero nunca había visto el redondel transformado de la manera que lo había sido este día. Numerosas construcciones de madera llenaban el sitio destinado a las corridas; cubiertos de yerba, de flores y de aromática retama, esos tablados presentaban vasto campo de verdura, una especie de bosquecillo natural con sus avenidas misteriosas y varios callejones dispuestos para la circulación.

 LA VIDA EN MÉXICO_GABRIEL FERRY

Portada del libro consultado para esta ocasión.

 (…) Y ¿qué nombre dais a aquello? –pregunté a mi compañero, indicándole un árbol de cuatro o cinco metros de altura plantado con todas sus hojas en el centro de la arena y empavesado de pañuelos de color que flotaban en cada una de sus diferentes ramas.

   -Aquello es el Monte Parnaso –me respondió el franciscano.

   -¿Tendremos por ventura una ascensión de poetas?

   -No, que será de léperos, y de los menos ilustrados; veréis qué cosa más divertida.

   Al darme el padre esa respuesta, que tan solo me enteraba a medidas del suceso que íbamos a presenciar, los gritos de ¡toro! ¡toro! vociferados desde la galería devorada por el sol se hicieron por momentos más atronadores; las cocinas y los puestos de bebidas quedaron desiertos en un abrir y cerrar de ojos; interrumpiéronse los almuerzos y los restos de las verdes cabañas cubrieron el piso del redondel bajo el choque impetuoso de una bandada de léperos que se descolgaron a la plaza desde los palcos más elevados con el auxilio de sus mantas.

   En medio de esos furiosos que aullaban como endemoniados, destruyendo con sus saltos las frágiles cabañas de ramaje, vi sin que me causara sorpresa a mi antiguo amigo Perico. Sin él la fiesta no hubiera sido completa. Únicamente el Monte Parnaso con sus pañuelos de algodón campeaba solo en medio de los restos de toda especie que llenaban la plaza y poco tardó en ser el objeto a donde se dirigían las miradas y los esfuerzos de este populacho. Todos trataron a la vez de trepar a él para apoderarse de aquellos pañuelos que excitaban su codicia; pero como sucede siempre, los esfuerzos de los unos paralizan los de los otros, y el árbol permanecía derecho en su sitio sin que ninguno de los pretendientes pudiera asirse a su tronco. El clarín sonó casi en el mismo instante en el palco del alcalde y, abriéndose la puerta del chiquero, salió por ella el toro más magnífico que hubiesen podido producir las haciendas de las cercanías.

   Con gran pesar de los espectadores, que esperaban que los léperos tendrían que habérselas con un enemigo más temible, el toro era embolado.

   Los aspirantes a los premios del Monte Parnaso manifestaron, sin embargo, alguna vacilación y dirigieron hacia la parte del chiquero una mirada que revelaba cierta expresión de terror. Después de haber titubeado también algunos momentos, el toro corrió a galope hacia el árbol, que continuaba intacto en el mismo sitio. Algunos de los léperos echaron a correr y los otros, libres de tan numerosa concurrencia, pudieron trepar unos después de otros a las ramas del Monte Parnaso. Llegó el momento en que parecía inminente una catástrofe; el toro llegó al pie del árbol que protegía a los léperos dando al tranco furiosas y repetidas cornadas. El árbol empezó a inclinarse bajo el peso de los hombres que sostenía, y en el instante mismo en que Perico hacía una abundante recolección de pañuelos, el Monte Parnaso acabó de venirse al suelo, arrastrando en su caída un lío asqueroso de cuerpos humanos entrelazados.

   A la vista de esos infelices que, más o menos magullados y estropeados, se afanaban por el desasirse unos de otros y por desenredarse de las ramas que les sujetaban, los doce mil espectadores que llenaban la plaza reían frenéticamente y aplaudían con entusiasmo. El toro, por su parte, acabó de aumentar la confusión deshaciendo a cornada limpia aquella negra guirnalda y tuve el disgusto de ver al desgraciado Perico lanzado a más de diez pies de altura por el bravo animal y volver a caer sobre la arena en un estado de inmovilidad que me quitaba toda esperanza de continuar mis incompletos estudios de la vida mejicana bajo la dirección de tan hábil maestro (…).[2]

Nunca había sabido resistirme al atractivo de una corrida de toros -dice Ferry-; y además, bajo la tutela de fray Serapio tenía la ventaja de cruzar con seguridad los arrabales que forman en torno de Méjico una barrera formidable. De todos estos arrabales, el que está contiguo a la plaza de Necatitlán es sin disputa el más peligroso para el que viste traje europeo; así es que experimentaba cierta intranquilidad siempre lo atravesaba solo. El capuchón del religioso iba, pues, a servir de escudo al frac parisiense: acepté sin vacilar el ofrecimiento de fray Serapio y salimos sin perder momento. Por primera vez contemplaba con mirada tranquila aquellas calles sucias sin acercas y sin empedrar, aquellas moradas negruzcas y agrietas, cuna y guarida de los bandidos que infestan los caminos y que roban con tanta frecuencia las casas de la ciudad.[3]

    Y luego, en 1862, siendo tan popular dicha escena, no faltó periodista que la mezclara con los hechos que por ese entonces se desarrollaban en nuestro país:

 UNA AGUDA MADRE CELESTINA EN 1862 PUSO EN SERIOS APRIETOS A LORENCEZ, SALIGNY Y DEMÁS FRANCESES QUE LES ACOMPAÑAN.

EL PALO ENSEBADO

 

El palo ensebado

tiene una onza de oro

a que no la alcanzas

que te coje el toro.

 

Canto popular.

 

Mira el indio rudo

la linda cucaña

que tiene un escudo

que es el de España.

 

Lorencez lo mima.

con cariño ardiente,

Saligny lo anima

besando su frente.

 

El palo ensebado

tiene una corona

ya el indio ha llegado?

-Sí, como la mona.

 

Con dientes y manos

el indio se afianza,

no oís los enanos?

Ya empieza la danza.

 

El indio vacila,

la música suena,

y el marrazo afila

la gente del Sena.

 

Valor! Le repite

gozoso el guerrero,

arriba aunque grite

pues, el mundo entero.

 

-Y Márques, Zuloaga

los otros cadillos?

-Con indios de daga

se forman castillos.

 

Nosotros tenemos

cañones rayados,

nosotros vencemos

que somos aliados.

 

El pulque circula,

tlachique maldito!

lo escrito se anula

¡Qué viva el proscrito!

 

El palo ensebado

buen indio te espera,

un trono ha ganado

gascona gallera.

 

-No puedo.-Adelante,

si bajas, el toro

te cuerna al instante,

le dicen en coro.

 

El indio desnudo

de nuevo resbala.

-¡No aguanto! Ya sudo!

La cosa está mala!

 

-Arriba te digo

que ya vas llegando,

arriba mi amigo,

que vas progresando

 

El indio no escucha,

le falta el denuedo,

lo agobia la lucha

se cansa de miedo.

 

El toro embolado

se lanza a embestirlo

lo dejan cuitado,

forzoso es decirlo.

 

Y el ebrio abandona

así al candidato

que ve la corona

cual el queso el gato.

 

            D. Junípero.[4]

   Termino esta breve descripción, con una recreación, la que hizo en su momento el genial Antonio Navarrete, quien en su Tauromaquia Mexicana intentó seducir a la imaginación para que le permitiera entrar por territorios desconocidos en los cuales encontrar escenas que recrearan otros momentos vividos en las fiestas taurinas, como la que aquí se incluye a continuación:

 LA CUCAÑA_ANTONIO NAVARRETE

“El palo ensebado”, “cucaña”, o “monte parnaso” fue una representación novohispana que durante el siglo XIX adquirió fuerte protagonismo en las corridas, sobre todo durante la hegemonía de Bernardo Gaviño.

Antonio Navarrete. LA TAUROMAQUIA EN MÉXICO. POR: (…). TEXTOS, MANUEL NAVARRETE. Monterrey, Nuevo León, Pulsar Internacional, S.A., de C.V., 1996. 306 p. Lám. Nº 13. “La cucaña taurina”.


[1] Francisco Antonio Navarrete: Relación peregrina de el agua corriente, que para beber… goza la… ciudad de Santiago de Querétaro… México: José Bernardo de Hogal, 1739.

[2] Gabriel Ferry (Seud. Luis de Bellamare): La vida civil en México por (…). Presentación de Germán List Arzubide. México, Talleres Gráficos de la Nación, 1974. 111 p. (Colección popular CIUDAD DE MÉXICO, 23)., p. 27-8.

[3] Op. cit., p. 22-3.

[4] LA MADRE CELESTINA. PERIÓDICO JOVIAL Y FRANCO. Decidor y sandunguero, manso y humilde de corazón, redactado por algunos personajes célebres de la comedia popular. Los POLVOS, y comparsas de orates 2ª época, lunes 5 de mayo de 1862, N° 3.

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo ILUSTRADOR TAURINO

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s