EL TORO MEXICANO EN EL SIGLO XIX.

ILUSTRADOR TAURINO.

 ACTIVIDADES COTIDIANAS Y QUEHACERES CAMPIRANOS EN LA HACIENDA DE ATENCO A MEDIADOS DEL SIGLO XIX, CON UN SÓLO PROPÓSITO: CREAR EL PERFIL DEL TORO BRAVO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    La hacienda de Atenco sigue siendo el mejor ejemplo de lo que significaba la búsqueda y definición del toro bravo durante el siglo XIX en México. No soslayamos al resto de las ganaderías por entonces en circulación, pero los datos con que nos hemos encontrado son sumamente ricos, por lo que nos dan un perfil y una idea por demás exacta de lo que fue el criterio de “selección” bajo el cual se sustentaron los personajes de la hacienda citada. Así tenemos como resultado la consulta y revisión hecha a la colección de documentos denominada: CONDES SANTIAGO DE CALIMAYA, reunida en el Fondo Reservado de la Universidad Nacional Autónoma de México.[1]

   Por ejemplo, para 1852, en plena época de influencia ejercida por Bernardo Gaviño, encontramos este interesante dato:

 18/2 Cervantes, José Ma. le informa a su hermano del éxito de una corrida de toros y del entusiasmo de su afición a esa clase de diversión. Méjico, enero 26 de 1852. 1f.

    “Con mucho gusto te participo que la corrida de toros ayer ha sido tan sobresaliente que por voz general se dice que hacía mucho tiempo que no se veía igual: los toros jugaron como uno leones y á cual mejor, diez y ocho caballos hubo entre muertos, heridos y lastimados Magdaleno y otros dos picadores”.

(…)Tu hermano José María.

    El asunto reseñado es muestra de una perfecta armonía que se encontró con los toros atenqueños, pues del resultado que nos indica José María Cervantes, aficionado y de los buenos, es que el toro salido de las dehesas del valle de Toluca encajaba perfectamente en el gusto común de aquel momento.

   Lo mismo pasó el 22 de febrero, con la pequeña diferencia de un incidente.

 18/6 Lebrija, José Manuel, le comenta una corrida de toros.-Méjico, febrero 23 de1852, 1f.

    “…la corrida de ayer fue muy buena, pero como el público a la vez de ignorante imprudente, hicieron meter el 5º toro porque no le entraba a la pica, que para los de a pie hubiera sido asombroso; según lo que vi fueron (…) nomás como 14 caballos”.

   José Manuel.

    Lo anterior indica que el 5º toro no fue del todo propicio para la suerte de varas, pero a pesar de que el público se mostró “ignorante e imprudente”, hubo “nomás como 14 caballos” muertos, cuando sólo era común ponerles anqueras a los caballos. La anquera es una cubierta de cuero (timbre) a manera de gualdrapa, que suele ponerse a los potros que se están amansando para la silla; cubre las ancas y la parte media de las piernas; tiene por objeto quitarles las cosquillas, asentarles el paso y educarles el tercio posterior. Suele forrarse interiormente con alguna tela de lana o de algodón; de su parte inferior penden unas piezas de hierro o de bronce calado o vaciado, de caprichosas formas, las cuales piezas se llaman higas (más comúnmente ruidos).

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“MANGANEANDO EN EL CAMPO”. Pintura de F. Alfaro.

ARTES DE MÉXICO, año XXIII Nº 200, México 1960, p. 22.

    En la carta que a continuación mostraré, se encuentra un dato de suyo importante. Se trata de la permanencia excesiva de los toros en los corrales durante varios días, lo cual ocasionaba una baja considerable de peso y presencia, e incluso, el inconveniente de que ese “ultimo toro” enviado a los corrales fuera o no de los enviados desde la hacienda, significaba un baldón para los señores hacendados, quienes así manifestaban, junto con el empresario, -a la sazón Vicente Pozo- su preocupación por lograr siempre complacer a la afición de entonces.

 18/3 Cervantes, José María, Sr., a su hijo  (José Juan Cervantes) informándole de la venta de 8 toros para una corrida.-Méjico, enero 19 de 1852. 1f.

    “Mi querido hijo

   Varias veces me han visto algunas personas con el fin de que me interesara contigo para que bendieras (sic) toros; más yo siempre me he escusado de tomar parte en estos negocios para dejarte obrar con toda libertad que es necesario, pero anoche no he podido excusarme en un compromiso de esta especie, pues el ministro Ynglés (sic) y el Español personas apreciables y con quienes llevo relaciones me han sorprendido pidiéndome ocho toros de Atenco para una corrida particular que van a dar próximamente los toreros españoles (…)”

   “Al Sr. D. José Juan Cervantes.

   “Muy estimado amigo y Sor. Escribo a V. en la misma plaza, al mismo tiempo de concluir la corrida, para manifestar a U. la notabilísima diferencia que ha habido en la corrida de hoy, comparada con la del domingo pasado en términos de haberse metido el último toro por no haber jugado absolutamente. No sabemos si será porque este estuviera enfermo, o porque tal vez se haya traído equivocadamente sin ser de los del juego del cercado.

   “Pero lo que si no tiene duda es que la permanencia aquí de una corrida los ocho días que pasan después de su llegada los rebaja de tal manera que perdemos el crédito U. y yo, y solo lo podemos remediar trayéndose corrida por corrida aun cuando sea para U. más molesto, y que tengamos que erogar algún gastito en los baqueros (sic) conductores. Ese es el objeto de la presente que llegará a manos U. a tiempo de que pueda dar sus órdenes para que solo venga ahora una corrida de seis toros en lugar de los 12 pedidos. Creo que en esto además de hacernos a nosotros un servicio muy particular que agradeceremos a U. debidamente el crédito del ganado se conservará intacto, como hasta aquí y no volveremos a tener otro disgusto como el de esta tarde”.

   Vicente Pozo. (Rúbrica).

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   Sin embargo, los años de 1857 a 1859 resultaron para la hacienda de Atenco tiempos muy difíciles, a raíz de intensas heladas  (18/79 Ortiz y Arvizu, Antonio, carta a José Juan Cervantes en la ciudad de México, le avisa de una fuerte helada que hechó (sic) a perder todas las siembras. Atenco, 22 de junio de 1857, 1f. “(…)Tengo el grandísimo sentimiento de manifestar a U. que anoche ha caído una helada tan fuerte, que nada absolutamente quedó de las sementeras de maíz ni aún en S. Agustín”. También: 18/122 Ortiz y Arvizu, Antonio, carta a José Juan Cervantes en la ciudad de México, le avisa que la mortandad de los animales amenaza porque no han cesado las heladas. Atenco, 1 de febrero de 1858, 1f. “La mortandad de animales de toda clase, está amenazando mucho con las heladas que no sesan (sic) aún”.) que ocasionaron pérdida de las cosechas, pero sobre todo, deudas, mortandad en las cabezas de ganado en general, el retraso en el pago de la raya de los trabajadores, el posible embargo de tierras de labor como San Antonio, y la presencia de un grupo de pronunciados que amenazaban atacar la hacienda, en mayo de 1858. De la reclamación que hizo Vicente Pozo sobre los toros de Atenco, al Sr. Conde de Santiago de Calimaya, en agosto de 1857, nadie mejor que Antonio Ortiz y Arvizu para explicarnos las razones:

 18/93 Ortiz y Arvizu, Antonio, carta a José Juan Cervantes en la ciudad de México, le avisa que él no cree que falten toros que el ganado se está corriendo aún (…). Atenco, 8 de septiembre de 1857.

    “Muy señor mío de todo mi aprecio y respeto:

   “Digo a la siempre grata de V.E. que no creo que nos falten toros como está U. informado por el Sr. Pozo; lo único que hay es que el ganado no ha descoyado (sic) con la prontitud de otros años en razón de el maltrato del pasto por el yelo (sic) y por eso apruebo que se metan por ahora al potrero en los términos que usted me indica tanto por lo dicho cuanto porque todavía están corriendo con las vacas”.

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    Luego vino una época de señaladas competencias, establecidas entre los ganados de Atenco y El Cazadero, mismas que ocasionaron un síntoma de orgullo entre todos quienes participaban en la crianza del ganado atenqueño. Veamos.

 18/113 Ortiz y Arvizu, Antonio, carta a José Juan Cervantes en la ciudad de México, le avisa de la remisión de 10 toros para una corrida que son de lo mejor según Cresencio, y que espera contestación con Zacarías.-Atenco, 9 de diciembre de 1857, 1f.

    “Muy Señor mío de todo mi afecto y respeto.

   “Llegó Tomás (¿Hernández?) con el objeto de que se hiciera la vaqueada (sic) de los toros para la corrida de la apuesta; pero como yo vine instruido de esa, ya con tiempo se había dispuesto todo lo concerniente para remitir los diez que hoy salen y que según Cresencio y todos es de lo mejor y aún Tomás quiso que recorriera el cercado para escoger alguno pero no encontró mejores que los expresados: se han puesto los medios: ahora falta la suerte (…)”

    Del documento aquí reseñado, destacan dos situaciones: la “vaqueada” y esa expresión de tranquilidad y satisfacción: “…se han puesto los medios: ahora falta la suerte…” Vaqueada es derivado de los trabajos que el charro tiene relacionados con el ganado mayor y que por lo común, es diestro en las faenas del jaripeo. Ya vimos que: Chilcualones=caudillo=caladores=caballerango=tentador, expresiones todas que dan en el personaje enterado de la vida del toro en el campo. Aplicados  estuvieron en el propósito por enviar lo mejor a la plaza para aquellas jornadas de competencia, misma que dejó entre aquellos que imprimieron su mejor esfuerzo donde “se han puesto los medios”. Del resultado que generara el espectáculo “ahora falta la suerte…” para sentirse complacidos de lo que significaba el juego de los toros en la plaza.

   Los dos documentos que a continuación reseño, tienen un profundo sentido de la realidad, y de la organización que se llevaba en Atenco para concretar con las tareas del herradero, el control de cabezas de ganado, pero también, y en el fondo, de lograr en medio de aquel quehacer, el fin último de calar y seleccionar a los toros enviados a las plazas.

 18/176 Ortiz y Arvizu, Antonio, carta a José Juan Cervantes en la ciudad de México, le avisa de los herraderos que hizo al ganado.-Atenco, 8 de septiembre de 1858, 1f.

    “El lunes y martes hize (sic) los herraderos que se compusieron de 114 vezerros (sic) incluso 18 de media señal y todo el vecerraje (sic) muy bonito y grande como nunca se había hecho sin duda alguna en razón de no haberse ordeñado. El de los potros ascendió a 37 cabezas y además 6 mulitas”.

 18/213 Ortiz y Arvizu, Antonio, carta a José Juan Cervantes en la ciudad de México, le avisa del herradero en la vaquería. Atenco, agosto 23 de 1859, 1f.

    “Hoy hice el herradero de la vaquería y asendió (sic) a 171 cabezas de fierro y 11 de media señal, todo el becerraje grande y muy gordo, de modo que me acordé mucho de U. y sentí que no lo hubiera visto”.

    Toda esta información representa la búsqueda, el asentamiento que lograron todos los involucrados en Atenco, respecto al serio compromiso por tener un toro digno para lidiarse en las plazas. Sin embargo

 18/163-B Tomás Hernández, carta a José Juan Cervantes en la ciudad de México, le avisa sobre la existencia de unos toros que a pesar de su mal color se puede disponer de ellos.-Atenco, abril 29 de 1862, 1f.

    En Atenco predominaba el toro con pelo colorado y rebarbo, típica influencia de sangre navarra (misma que pudo reafirmarse en el siglo XVIII, cuando llegó a la Nueva España un importante grupo de población vasco-navarra) la cual debe haber venido acompañado de su correspondiente modus vivendi, en el cual pudieron incluirse ganados de esa región específica. Que Tomás Hernández se esté refiriendo a toros “…que a pesar de su mal color”: ya de pelo negro, cárdeno o berrendo (en negro o en colorado), “se puede disponer de ellos”. Muy curiosa esta ocurrencia que quizá no casaba con el común denominador de los toros enviados a las plazas.

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    El documento que nos ocupa en la parte última de esta colaboración, revela una vez más el calificativo de “brabos” (sic) a toros que proceden de Atenco, en un año como el de 1869, cuando las corridas están prohibidas en la capital del país, más no en la provincia.

 6/18.8 Recibí de Dn. Pablo Mendoza la cantidad de doscientos pesos ($200) que pagó importe de cuatro toros brabos cuya cantidad dejo cargada en la cuenta del Sr. Dn. José Juan Cervantes y es correspondiente al deudo de los abonos vencidos. Y para seguridad del interesado le doy el presente en Toluca a 2 de mayo de 1869.

    Además, Pablo Mendoza es otro de los toreros que representaban a los diestros nacionales, junto a Mariano González “La Monja”, Toribio Peralta “La Galuza”, Tomás, José María y Felipe Hernández cuando Bernardo Gaviño se encuentra ausente de México, toreando en Perú.

   Con todos los datos hasta aquí anotados, tenemos ya una idea del quehacer en la hacienda de Atenco, mismo que nos ha mostrado cómo se efectuaban labores diversas tendientes a encontrar un toro con las condiciones necesarias para la lidia. La suma de experiencias que se concentraron en aquellas actividades nos dicen que el papel que jugó el administrador (en estos casos: José María Lebrija y Antonio Ortiz y Arvizu) en compañía de los ya conocidos vaqueros y caballerangos (caballericeros, o encargados de las caballerizas) fueron capaces de obtener los resultados que se traducen en datos que dan idea del acontecer cotidiano y campirano de la vida en una hacienda tan importante para la fiesta como fue, es y ha sido Atenco.


[1] Estos materiales forman parte de mi tesis doctoral (pendiente de su discusión). José Francisco Coello Ugalde: “ATENCO: LA GANADERÍA DE TOROS BRAVOS MÁS IMPORTANTE DEL SIGLO XIX. ESPLENDOR Y PERMANENCIA”. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Filosofía y Letras. División de Estudios de Posgrado. Colegio de Historia. (1996-2010). 251 p. + 920 p. (ANEXOS).

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