CÓMO VA PASANDO EL TOREO MEXICANO DEL CAOS AL ORDEN DURANTE EL CURSO DEL SIGLO XIX.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Interesante a cual más, resulta la lectura de “Comunicados”, que emitieron “Los amantes de la policía”, ejercicio de fino encubrimiento en el que, ciertos personajes de la sociedad mexicana del primer tercio del siglo XIX enviaban a las diversas redacciones de las publicaciones periódicas que, por alguna circunstancia, seguían de cerca los acontecimientos de la vida cotidiana ocurridos en la ciudad de México, pero sobre todo en un país que ya emancipado para entonces, no pudo demostrar su capacidad, preparación ni madurez para emprender el difícil camino de la independencia. En todo caso, quedó sometido a los caprichos e intereses de potencias que, como los Estados Unidos de Norteamérica, veían en esa condición, un auténtico caldo de cultivo para crear ambientes de confusión, gracias, entre otras cosas, a la presencia del incómodo pero a la vez interesante personaje que fue, en esos momentos Joel R. Poinsett.

   En 1830, año en que funcionaban en la capital del país plazas como la de Necatitlán y la de la Alameda, permite observar las condiciones que privan en el espectáculo taurino, sometido al caos, al desorden, a una condición de desorden, aunque en el fondo es posible apreciar que existen condiciones para poner en marcha un proceso de afirmación, misma que se afianzaría pocos años después con la presencia de Bernardo Gaviño, quien gracias a la participación del portorealeño en importante número de festejos, ocurridos tanto en la Real Plaza de San Pablo como en la del Paseo Nuevo, tal circunstancia permitió que el toreo en México adquiriera matices profesionales más sólidos. El gaditano logró crear un estado de cosas en el que las expresiones más clásicas del toreo en su versión española, cohabitaran con los quehaceres y las prácticas del toreo que se practicaba en nuestro territorio, como vivo reflejo de un permanente diálogo habido entre los espacios urbano y rural. Esa comunicación entre el campo y la ciudad fueron de tal magnitud que el discurso taurino mexicano del XIX se elevó a cotas nunca antes concebidas.

   El siguiente texto, nos ayuda a entender parte de ese proceso, sobre todo en su etapa inicial.

 EL GLADIADOR, D.F., del 17 de junio de 1830, p. 2-4:

 COMUNICADOS

 Sres. Gladiadores. Muy sres. nuestros. Apenas nos hicimos independientes y adoptó la nación el sistema republicano, cuando las personas más insignificantes e inciviles comenzaron a blasonar de republicanas, como si poseyesen en grado heroico las virtudes cívicas y la ilustración que forman el carácter de un verdadero hombre libre, despreocupado y que sabe los respetos y consideraciones que debe a cada uno de los miembros que forman la sociedad a que pertenecen. Pero si entonces había un motivo para no creerlas, y dispensarles a muchos su grosero trato, hoy a los 10 años de independientes, y a los 6 de republicanos, debemos confesar que el tiempo se ha perdido, y que lo que ciertas gentes llaman ilustración, no es sino una refinada prostitución, un vivir desmoralizado que a cada paso ofende la moral pública, tanto en lo político, como en lo sagrado. La publicidad del portal de Agustinos y la de ciertas calles en que se hace de noche el más escandaloso tráfico, prueban demostrativamente el estrago lamentable de nuestras costumbres. Las concurrencias más públicas que se presentan con el fin de tener decorosas distracciones, abundan de espectáculos desagradables, y no faltan en ellas ilustrados, que perturben el orden e insulten a quien les da gana, desconociendo el respeto de una autoridad, la circunspección de un pueblo en su mayoría moderado, y por último la vida arriesgada de unos infelices que se ofrecen a los espectadores, y se exponen a la bravura de unas fieras, por divertir, en cambio de acudir a sus necesidades. Hablamos de los paseos públicos especialmente del de Santa Anita, y de la diversión de los toros. Pero sobre esos basta esta insinuación para despertar el celo de las autoridades, cuyos deberes están muy afectos a las ocurrencias de tales paseos, cuyas impúdicas faltas, callamos por no lastimar el pudor público que deseamos conservar.

   De la diversión de los toros diremos que el domingo último concurrimos a la plaza, cuyo numeroso concurso manifiesta la tranquilidad de un pueblo que escaseaba en la triste época de la administración pasada en la que los mexicanos solo se daban lugar para sentir los males de la patria. Hoy se divierten todos, seguros de que viven bajo la religiosidad de un gobierno que cuida de los pueblos, y antes parecerá que hacerles traición en su confianza. Inalterable era la quietud de la concurrencia, sin que sonase descompasada una voz siquiera, ni aun en aquella gente infeliz que es la más abundante y la que más expuesta está al desorden por su desgraciada educación, y hábitos inveterados. Mas por la parte opuesta en la que sí debemos presumir ilustración y finura, se alteró el orden por dos o tres paisanos que blasonan de ilustrados, bien educados, y visten como caballeros, aunque sus acciones les niegan abiertamente esta cualidad, pues todo el mundo vio en este último domingo, que como locos gritaban insultando con palabras bien groseras a Simón, porque no daba los toques de clarín cuando estos malcreados y descomedidos lo mandaban. Insultaban también con apodos y palabras ofensivas a algunos toreros, porque se desgraciaban en los lances, sin advertir que no es lo mismo charlar groseramente, que ponerse al frente de los toros; que estos eran muy bravos, y malísimos los caballos que no querían entrar o esperar el bote del toro, en lo cual no tiene culpa el picador que se ve precisado a sujetarse al capricho de un bruto, antes que exponerse a una desgracia con el toro, esperándolo contra todas las reglas del arte o la costumbre; que estos miserables amenazados de un gran peligro de perder la vida, se indisponen por cólera o vergüenza con esos insultos y provocaciones, y menos pueden cumplir en esos actos.

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Y bien, el pueblo se divierte que para eso no falta pretexto.

Aunque cuando se trataba de elegir la diversión era mucha la inquietud que se palpaba.

   ¿A dónde vamos hoy? se preguntaban.

   Y la respuesta fue: “¡Vamos a Necatitlán ¡Vamos a los toros!”

Fuente: CANCIONERO DE LA INTERVENCIÓN FRANCESA. Disco LP. México-INAH, 1986.

    ¿Pero quién ha autorizado a estos chachalacas sin educación a faltarle a nadie por infeliz que sea? ¿El lugar? No porque allí está un público reunido que demanda respeto y consideración en cualquier parte. ¿La diversión? No, porque esta solo lleva el fin de distraer y complacer a ese público. ¿La autoridad que allí manda en jefe? No, porque esa va a sostener el orden público y a escarmentar al que lo altere. ¿Los miserables toreros? No, porque estos en su clase y condición demandan el respeto que cualquier otro en la suya, y aún con respeto a la sociedad el pacto es mutuo, y por esto deberían ser reprendidos estos pobres, que suelen descuidarse y llamar o espantar al toro con palabras que ofenden la delicadeza y falta al respeto. ¿En qué consiste pues, la conducta de los que dan lugar a nuestra crítica? En su grosería, que vé como un zoquete a aquel magistrado que allí preside; al pueblo como a cualquier cosa y a los toreros como impedidos de responderles en aquel puesto.

   Lo mismo decimos de cierto capitán de granaderos que nombra a Guerrero el Dios de los pueblos, y llama en esa plaza la atención, no solo por usar de su uniforme y divisas con sombrero de petate, sino por sus descompasados gritos y descomedida conducta en una publicidad como esa, en que debía lucir la moderación militar y circunspección que tanto recomienda la ordenanza para que se haga apreciable un oficial.

   Concluiremos con observar el desorden que hay en los toreros, mezclándose los de a pie con los de a caballo, sin esperar el tiempo que corresponde a unos y otros, y que debe señalarse por el toque  del clarín cuando lo mande el jefe de la plaza. Mas este regidor que de todo se desentiende, parece que sólo va a divertirse, y entonces sería mejor que no ocupase el lugar que les está destinado, porque su abandono le pone en ridículo, supuesto que a todo, sea bueno o malo, se queda alabando el prodigio, y demostrando con esto su ineptitud.-Los amantes de la policía.

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