EDITORIAL.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 HOY, EL TOREO ES SUMMA DE TODAS AQUELLAS EXPERIENCIAS FORJADAS EN SIGLOS DE ANDAR Y ANDAR.

    Las presentes notas fueron escritas en 2003. Sin embargo, al releerlas, siguen sin perder actualidad, de ahí que convenga ponerlo a la consideración de los lectores de este blog.

    Recién he leído un artículo de José Carlos Arévalo, que demuestra ser una visión actualizada, una interpretación inteligente también del anquilosado y esclerótico argumento de la tauromaquia, como principio de las reglas del toreo de a pie que se dan la mano con el arte, así sin más.

   Dice Arévalo:

 El toreo de brega, o el de lidia, pues también la suerte de varas es toreo, es un medio, mientras que el toreo del matador en un fin. (…) Hoy la lidia tiene por objeto que el diestro cuaje al toro, se funda con su embestida y, como colofón, lo mate cuando el animal ha dicho todo lo que tenía que decir. Y, por supuesto, también su matador.

   Todos los miembros de la cuadrilla están a las órdenes del matador, median con el toro para que se preste, gracias a la brega, al toreo. Hacen un toreo que al buscar la eficacia se puede encontrar con el lucimiento…

    Y aquí lo destacado

 Toda la técnica taurómaca está en el toreo de brega: la colocación en el cite, la altura en la presentación del engaño, la distancia, el toque de la tela o de la voz, e incluso la quietud cuando el toro es bravo y hay que poderle o acostumbrarle a ir toreado (6TOROS6 Nº 383, 30 de octubre de 2001, p. 3).

    De pronto resultaba difícil entender que el toreo, tal y como lo apreciamos hoy día no empezara a tener válvulas por donde escapar y peor aún que no se le pudiera identificar, como ya ocurre, afortunadamente. Pero no solo es su identificación, se trataba de encontrar una explicación lógica, para intentar separarse de su razón convencional bajo la égida de Pepe Hillo y Paquiro, cuyos tratados han sido desde que surgieron dogma y principio con los cuales infinidad de diestros han logrado lo mejor de su expresión.

   ¿En qué medida la TAUROMAQUIA entendida como tal, permanecía o permanece estática en cuanto a su necesaria evolución respecto a los tiempos que han corrido, desde que surgió como un ejercicio de técnica y arte hasta hoy?

   Cualquiera me diría, entonces ¿no han valido de nada las aportaciones y enriquecimientos hechos por multitud de toreros vistiendo con su técnica y su arte las diferentes propuestas que hacen crecer nuevos ramajes en el árbol imponente de este ejercicio?

   Vayamos por partes. Lo primero que debo reconocer es que no ha sido en balde el papel desempeñado por distintas generaciones. Pero a donde quiero llegar es a la explicación de si siguen siendo útiles los tratados de 1796 y 1836 o ya se ha manifestado una natural separación de los mismos para depositarse en una nueva versión, o en aquellas nada más que corregidas y aumentadas.

   La Declaración de los Derechos del Hombre, surgida a fines del siglo XVIII, pretendía en sus contemplaciones originales la justicia del equilibrio, el respeto mutuo fuesen hombres o mujeres quienes desempeñaran en la sociedad actividades propias de su sexo. Esto, al cabo de los años sigue siendo algo que no ha sabido interpretarse, pues existen de por medio infinidad de prejuicios que han originado o provocado un repliegue de la mujer, misma que ha luchado a contrapelo para ubicarse en un lugar que le corresponde y aún así, todavía se tienen que enfrentar a la oscuridad de ciertos malsanos pensamientos.

   Viene el ejemplo como muestra de que lo convertido en principio elemental para cumplirlo como lo hacen los cristianos con los 10 mandamientos, no se cumplen a cabalidad. Podría haber leyes que son infranqueables, que sin ellas muchos principios simplemente no se cumplen. Esto posiblemente no pase en los toros. Los tratados, junto con los reglamentos han procurado normar y controlar el relajamiento propio de la fiesta y como tal, la de toros –en su concepto de a pie- sea la más vigilada. Aún así hay fugas.

   Pero estamos con el aspecto técnico, y debe reconocerse que se ha avanzado. Aquello que indicaron José Delgado y Francisco Montes, junto con otros diestros se ha puesto en práctica para corregir, y el acto correctivo es, en estos casos como aprovechar la embestida del toro para después entregarse a la plenitud que la técnica y el arte juntos son capaces de proyectar.

   Recuerdo una maravillosa frase aprendida en mi Facultad de Filosofía y Letras que dice: “La inteligencia y la profundidad no siempre van juntas”. La traigo a colación porque es muy probable que la inteligencia de la técnica y la profundidad del arte no siempre vayan juntas, aunque la condicionante “no siempre van juntas”, puede desaparecer en el éxtasis, en la cumbre, en el orgasmo maravilloso de una faena memorable, convirtiéndose aquella obra efímera, en piedra angular, en paradigma que fue capaz de romper con la norma y el principio.

   Es un hecho que la aportación de tantos toreros ha sido el resultado de cumplir con esos principios que, de tan asimilados parecen elementales, pero de tal complejidad que son asombran. Y ese hecho seguirá tan ligado a las viejas tauromaquias que ellos ponen al día, o la que resulte en los tiempos que nos toca vivir.

   El futuro nos atiza no una advertencia, sí la realidad que habrá de recibir y por eso la preocupación. Hoy, el toreo es summa de todas aquellas experiencias forjadas en siglos de andar y andar (más de algún traspiés se ha dado también). Y si todo este entorno lo establecemos en función de la técnica, porque el arte viene por añadidura, es debido a las etapas que sigue, luego de una exacta y precisa adecuación conforme a los diferentes periodos por donde ha transitado este maravilloso y fascinante ejercicio, adecuándose a estilos de torear, a embestidas diversas que provienen de tantas razas y castas, hasta llegar a conseguir dos cosas: pureza o comodidad. La economía de movimientos se une y hace alianza con el toreo. Hace un siglo la escenografía en el ruedo respecto a la de nuestro tiempo ha cambiado en la forma, no en el fondo. Un primer tercio demasiado largo, cuyo soporte era el exceso de capotazos, muchos quites e infinidad de puyazos con bajas en las cuadras era el tenor principal. Hoy, la sutileza de lances exactos, medidos, un recorte significativo en el castigo de los hulanos, sin faltar algunos quites, es la tónica.

   Ayer, el tercer tercio se limitaba nada más a preparar al toro para la estocada –entonces llamada suerte suprema-, con el toque de algunos pases sin ningún propósito de lucimiento. En nuestros días, la faena es larga, pródiga en series caudalosas de muletazos, donde la técnica se pone al servicio del torero, responsable de la continuidad y del arte que por sí mismo pretende desbordar.

   He aquí una puntual opinión que surge precisamente en los momentos en que el siglo XXI se ha puesto en marcha. Quizá sea con el tiempo uno más de los argumentos que aficionados o historiadores de las próximas generaciones tomen como referencia para encontrar un equilibrio, pero también un argumento para explicarse el fin o la continuidad del toreo como espectáculo en ese futuro que tanto me inquieta, tanto me desconcierta.

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