NOVÍSIMA GRANDEZA DE LA TAUROMAQUIA MEXICANA.

RECOMENDACIONES Y LITERATURA.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

 PRIMEROS APUNTES DE LA NOVÍSIMA GRANDEZA DE LA TAUROMAQUIA MEXICANA.

    Antes de que tomara forma definitiva el que ya es un libro en toda forma desde 1999, hubo necesidad de elaborar algunos “bocetos” que hoy vengo a compartir con ustedes. El propósito es poner al día algunas pinceladas originales que luego definieron dicha publicación, inspirado por Francisco Cervantes de Salazar quien nos invita con su obra MÉXICO EN 1554 a recorrer las principales calles de la Nueva España guiados por Mesa, Gutiérrez, Zuazo, Zamora y Alfaro. Muchos años después, también  Bernardo de Balbuena y Salvador Novo escribieron GRANDEZA MEXICANA en 1604 y NUEVA GRANDEZA MEXICANA en 1946 respectivamente; intentando seguir sus pasos, presento a ustedes una NOVÍSIMA GRANDEZA DE LA TAUROMAQUIA MEXICANA ocupada en darnos santo y seña del toreo, desde el siglo XVI y hasta nuestros días.

   Así que esta NOVÍSIMA GRANDEZA DE LA TAUROMAQUIA MEXICANA promete sorprendernos a propios y extraños con sus relatos y sus historias llenas de sabor “a la mexicana”. En este caso, Montera y Zapatilla serán nuestros guías, quienes nos conducirán por plazas, calles y atrios de iglesias, escenarios de la fiesta taurina en diversas épocas. Nos llevarán a conocer también los recovecos de las haciendas y recorreremos con ellos el tortuoso camino que seguían los toros para llegar a su destino final en las diferentes plazas.

   Con Montera y Zapatilla nos enteraremos de cuanto sucedía en la vida cotidiana de los habitantes de la ciudad y del campo. De su calidad de entrometidos dependo para que estas entregas sean de su completo agrado; estarán cerca del palique callejero, de la mejor taberna o del café de moda… y desde luego, del chismorreo cerca de Palacio. Ya prometieron.

   Pues veremos y diremos.

   En México ciudad en el día 2 de noviembre del año de gracia milésimo novecentésimo y nonagésimo octavo.

MARCO HISTÓRICO

   Entre el 20 de abril de 1519 y el 13 de agosto de 1521 se desarrollaron los momentos más intensos de la conquista española que sojuzgó al poderoso Imperio Mexica, asentado desde 1325 en la ciudad de Tenochtitlan. Los mexicas aplicaron un control férreo sobre pueblos que terminaron siendo sometidos por vía del tributo, no cumplirlo significaba la guerra. Los totonacas y los tlaxcaltecas, entre otros, contribuyeron a su decadencia cuando hicieron alianza con los españoles.

   La capitulación de la gran ciudad de México-Tenochtitlan ocurrió el día de san Hipólito del año del señor de 1521, y a partir de ese momento comenzó el periodo colonial que abarcaría tres siglos de esplendor.

   Los nuevos pobladores que deciden su residencia definitiva en estas tierras, buscan no separarse de los hábitos con que nacieron y crecieron en la España de sus nostalgias. Por ello, los peninsulares intentaron continuar en la Nueva España con sus costumbres y tradiciones.

   Por otra parte, se enfrentaron dos religiones, por un lado la indígena politeísta, forjadora de grandes mitos como Ce Acatl Topiltzin Quetzalcóatl y la española, que empuñaba la cruz del cristianismo; lucharon para que una se convirtiera en la que dominara el carácter religioso en el nuevo entorno. Se impuso la religión católica, en algunos casos violentamente y su afirmación no fue absoluta. Quedaron huellas, rastros del culto prehispánico que incluso, hoy día mantienen en un sentido muy particular, un buen grupo de culturas indígenas dispersas en el país.

   Los nuevos pobladores se unen a la multitud de razas y etnias. Durante la colonia esta mezcla provocó una marcada diferencia entre grupos humanos, que vio su expresión en una tajante marca social: las castas.

009_1999

José Francisco Coello Ugalde: Novísima grandeza de la tauromaquia mexicana (Desde el siglo XVI hasta nuestros días). Madrid, Anex, S.A., Editorial “Campo Bravo”, 1999. 204 p. Ils, retrs., facs.

    Otros problemas tendrán que resolverse. Si bien Coyoacán es el sitio ideal para levantar la ciudad española, Cortés decide su construcción en el mismo lugar en que se alzaba la metrópoli azteca, destruyendo monumentos y pirámides, sirviendo aquellas piedras para cimientos y altos muros de multitud de nuevos edificios. El sitio, lacustre por naturaleza no soportó el peso, por lo que pronto se vieron rebasados por el agua. Los españoles talaron bosques, sus ganados iban en aumento y esto ocasionó la ruptura de los ciclos acuáticos. El dique construido desde la época de Netzahualcóyotl fue utilizado, pero resultó insuficiente a medida que la ciudad crecía. Las constantes inundaciones cubrían buena parte de la capital del reino.

   Desde 1524 fue erigido el Ayuntamiento en lo que después sería el centro político de la Nueva España, entidad que habría de enfrentar toda la problemática planteada -en principio- por la pugna de los conquistadores que buscaron recompensa a sus labores guerreras, como solución a su futuro. Más tarde, los miembros del Cabildo atendieron todo lo relativo a situaciones propias de una ciudad en crecimiento.

   Como un escándalo social de gran dimensión resultó el caso de los hermanos Ávila en 1566, que fueron a morir al cadalso, luego de llevar una vida marcada por la opulencia. Resulta que pretendieron conspirar contra el rey Felipe II, buscando separar la Nueva España de la metrópoli, propósito encabezado por Martín Cortés, marqués del Valle, quien se salvó de morir en iguales circunstancias de no haber sido por la orden que dio el virrey don Gastón de Peralta, Marqués de Falces. Sin embargo, Martín salió desterrado a España, en donde se las vería con el propio monarca para declararle los motivos de su levantamiento.

   Por otro lado, la mesta -herencia del proceso medieval-, fue un organismo encargado del incremento de la ganadería en la Nueva España que favoreció por mucho tiempo a los propietarios españoles; el aumento de cabezas de ganado, dañó al paso del tiempo la actividad agrícola porque las reses devoraban los pastizales afectando principalmente a los originales dueños de la tierra.

   En 1586 una plaza de toros ocupó por vez primera el sitio que se destinaba para el antiguo juego del Volador, desde esa fecha y hasta 1815 tomó el nombre de plaza de toros del Volador; esta construcción no era permanente pues se levantaba para servir como escenario determinado tiempo y luego se desmantelaba para dejar paso a un mercado conocido con la misma denominación. Quienes padecían verdadera angustia eran los estudiantes de la Universidad, ya que el primitivo edificio escolar se hallaba a un costado de aquella plaza por lo que ya podrán imaginarse el revuelo que causaba el anuncio de nuevas corridas de toros. 

NOVISIMA GRANDEZA DE LA TAUROMAQUIA MEXICANA

PRIMERA PARTE

De cómo el toreo de a caballo se representó por primera vez en la Nueva España. 

   Primer diálogo de Montera y Zapatilla guías de todas estas historias, quienes nos conducirán por plazas, calles y atrios de iglesias, escenarios de la fiesta taurina en diversas épocas. Nos llevarán a conocer también los recovecos de las haciendas y recorreremos con ellos el tortuoso camino que seguían los toros para llegar a su destino final en las diferentes plazas.

   Con Montera y Zapatilla nos enteraremos de cuanto sucedía en la vida cotidiana de los habitantes de la ciudad y del campo. De su calidad de entrometidos dependo para que estas entregas sean de su completo agrado; estarán cerca del palique callejero, de la mejor taberna o del café de moda… y desde luego, del chismorreo cerca de Palacio. Ya prometieron.

   Ya los vemos caminando en la majestuosa Plaza de la Constitución, el Zócalo capitalino muy de mañana llevando bajo el brazo ejemplares de la prensa diaria que menciona las crisis económicas, la contaminación, en fin todos aquellos problemas que hoy en día padece la población, asentada en esta gran megalópolis que es la ciudad de México. Por cierto, lo que ha dicho ZAPATILLA a MONTERA parece aprendido de aquella apreciación que Zuazo comenta a Zamora y Alfaro, personajes de la obra de Francisco Cervantes de Salazar en su México en 1554 al afirmar: “Estamos ya en la plaza. Examina bien si has visto otra que le iguale en grandeza y majestad.”

MONTERA. Me han dicho que para conocer mejor el toreo de a caballo, antes es preciso leer cuanto libro de caballería esté al alcance… Y mira que he conseguido algunos de ellos.

ZAPATILLA. Mientras hojeas tales maravillas, déjame decirte que también hay datos de la historia que nos hablan de un primer festejo ocurrido aquí muy cerca, mismo que pudo haberse celebrado en lo que hoy día son los terrenos del convento de San Francisco, justo el 24 de junio de 1526, noticia que entre otros, registró el propio conquistador Hernán Cortés, más o menos en estos términos: “Otro día, que fue de San Juan, como despaché este mensajero (para dar la bienvenida al visitador Luis Ponce de León), estando corriendo ciertos toros y en regocijo de cañas y otras fiestas…”; todo ello en su quinta Carta-Relación, que conoció al detalle el Rey Carlos V en España.

   Por cierto, el tal Ponce de León que llegó por aquellas fechas a tierras recién conquistadas, pretendía hacerle algunas revisiones a las cuentas y los gastos de don Hernando, pero… dicen las malas lenguas, que este lo mandó matar antes de que entrara en funciones.

MONTERA. ¿Y entonces, lo que ocurrió el 31 de octubre de 1522 en Coyoacán…? O también hay que sospechar del extremeño…

ZAPATILLA. Sí, recuerda que solo fue un juego de cañas. “Correr cañas” se decía habitualmente, eran una antigua forma de destreza hípica. Además torneos y justas son las primeras demostraciones deportivas de los españoles en tierras nuevas. Para ello fue necesario el elemento material que era suprema condición: el caballo. La moda caballeresca de los siglos XV y XVI estaba aquí. El español buscó defender la tradición medieval. Toros y cañas iban juntos, como espectáculos suntuosos y brillantes, en la conmemoración de toda solemnidad.

   Lo que pasa mi querido Monterilla es que en aquella ocasión las fiestas organizadas en Coyoacán fueron para celebrar la llegada de doña Catalina Xuárez Marcayda, esposa de Cortés a la que recibieron bastante bien, pero el gozo se fue al pozo y doña “Marcayda” amaneció muerta al día siguiente. Los dimes y diretes hablan sobre que Hernán Cortés la ahorcó y por eso lo consideran el primer “uxoricida” de la Nueva España. Pero la verdad, es que doña Catalina sufría del “mal de madre”, esto es, una epilepsia complicada con problemas menstruales.

   Y por otro lado, inmediatamente de que terminaron los difíciles tiempos de guerra, sostenida entre los aztecas contra el pequeño grupo de españoles con sus caballos, sus cañones y sus arcabuces, al cual se sumó un gran conjunto de indígenas que ya no podían soportar el tributo al que estaban sometidos desde Tenochtitlan, al terminar la cruenta batalla el día 13 de agosto de 1521 -día de San Hipólito-, dio inicio la colonización. Junto a los soldados se unieron poco más tarde los 12 misioneros franciscanos con quienes comenzó una cerrada batalla más: implantar la religión católica para cristianizar a muchos pueblos y grupos aborígenes con un culto formado por infinidad de deidades, muchas de las cuales eran adoradas con el sacrificio humano de por medio. Pero también, todos estos nuevos pobladores impusieron su vida cotidiana que les iba llegando lentamente de la España a la que muchos ya no regresarían.

MONTERA. Entonces, quieres decir, que para que hubiera fiestas de toros, eran necesarios los toros…?

ZAPATILLA. Efectivamente, como una verdad de Perogrullo. Aunque nos asalta la duda sobre los “ciertos toros” ¿Acaso no serían los “extraños toros mexicanos con pelaje de león y joroba parecida a la de los camellos” que asimismo los describe Cortés y cuyo parecido es igual al bisonte que tenía Moctezuma en su maravilloso zoológico?

MONTERA. De ese modo fueron llegando diferentes variedades de ganado no sólo de España, también de islas como la Española, las Antillas o de Cuba, al grado de que el mismo Cortés envió al valle de Toluca un buen número de ellas, tal y como lo había hecho tiempo atrás en la encomienda de Manicarao, allá en Cuba junto con Juan Xuárez Marcayda, su futuro cuñado.

   Y figúrate, que el capitán dejó escrito por ahí algo que lo descubre como el primer ganadero de México, actividad que desarrolla en el valle de Toluca. En carta de 16 de septiembre de 1526, Hernán se dirige a su padre Martín Cortés indicándole que ya cuenta con posesiones en Nueva España y muy en especial “Matlazingo, donde tengo mis ganados de vacas, ovejas y cerdos…”

   El “Matlazingo” al que se refiere el extremeño no es otro que el actual valle de Toluca, sitio que con el tiempo se acumularán historias que ya conoceremos, mi querido “ZAPATÓN…”

   Admirando el gran escenario, ZAPATILLA reflexiona sobre el enorme esfuerzo que se haría para que en 1528, 1529 y luego en 1538 celebraran fiestas en el mismo sitio donde ahora caminan quitados de la pena, oyendo el imponente repique de la Gran Doña María, la mayor de las campanas de Catedral, teniendo como telón de fondo el constante abatir del huéhuetl y los teponaxtlis que acompañan entre copal e incienso las danzas indígenas, interpretación de grupos que recuerdan a nuestros antepasados. Fue así como el Cabildo ordenó el 31 de julio de 1528: “que las fiestas de San Juan, Santiago, San Hipólito y Nuestra Señora de Agosto, se solemnicen mucho y que se corran toros y jueguen cañas…” Y un año después los mismos señores “mandaron que de aquí adelante todos los años, por honra de la fiesta del señor Santo Hipólito, en cuyo día se ganó esta ciudad, se corran siete toros, e que dellos se maten dos, y se den por amor de Dios a los monasterios e hospitales, y que la víspera de la dicha fiesta se saque el Pendón de esta ciudad, y que se lleve con toda la gente que pudiere ir a caballo acompañándole hasta la iglesia de San Hipólito…”

MONTERA. No seas malo, cuéntame lo que ocurrió ese año del señor de 1538, “se me cuecen las habas” por saber de todos aquellos sucedidos.

ZAPATILLA. Primero analiza esto que nos dice Fernando Benítez en ese libro que traes por ahí y que se llama, haber déjame ver…, se llama: LA RUTA DE HERNÁN CORTÉS:

 La traza de la ciudad obedece al espíritu de orden que priva en el Renacimiento. En el centro del tablero, el ancho cuadro de la Plaza Mayor, “a propósito para las fiestas a caballo y otras”: la caballería se asegura en esta forma su palenque y su liza. Allí se juegan bolos, se corren cañas y se libran torneos.

    Ahora vámonos a la Plaza Mayor en donde un día se improvisó como un verdadero bosque, con ramas y árboles corpulentos. Al siguiente la convirtieron en la ciudad de Rodas, con sus torres y palacios, y en aquel escenario soltaron unos toros que armaron gran revuelo entre los espectadores. Un día después hubo torneos y juegos de cañas del que resultó lastimado Juan Cermeño al recibir un bote en la pierna, del que nunca más sanó.

   No cesaban las fiestas, que por cierto celebraban las “Paces de Aguas Muertas”, concertadas por el emperador Don Carlos y el Rey de Francia Francisco I y el último día también se corrieron toros. El gran festejo terminó en medio de grandes banquetes ofrecidos por el virrey Antonio de Mendoza y el nuevo Marqués del Valle de Oaxaca don Hernando Cortés.

   Así que ya te imaginarás el prodigio que se armó en aquellas lejanas fechas que nos recuerda don Juan Suárez de Peralta en su magnífica obra Tractado de la Cavallería jineta y de la brida (…) año de 1580  al decirnos:

    No hay fiesta cumplida, ni juego valeroso, ni batalla grande donde él (el caballo) no se halle. Con ellos los reyes, príncipes y grandes señores defienden sus tierras y conquistan las ajenas.

 MONTERA. Ya es tarde, ya va a pasar el tranvía y quiero que demos una vuelta por este “centro de la ciudad” que es maravilloso. ¡Vámonos! 

NOVISIMA GRANDEZA DE LA TAUROMAQUIA MEXICANA

SEGUNDA PARTE

De cómo llegó el ganado vacuno a la Nueva España, de su asombroso crecimiento en el campo y su presencia en las plazas. 

   Segundo diálogo de Montera y Zapatilla, quienes admirados de ver tantos “aparadores” de pequeños y grandes comercios, se explican que en estos sitios, tal circunstancia es y ha sido la forma cotidiana de vivir y de convivir también de todos quienes habitamos esta gran ciudad.

   Ya he dicho en términos muy sencillos la manera en que los primeros ganados, en sus diversas variedades, llegaron a estas tierras recién conquistadas. Hernán Cortés aparece como el primer ganadero de México, actividad que desarrolla en el valle de Toluca. En carta fechada el 16 de septiembre de 1526, el capitán general de la Nueva España se dirige a su padre Martín Cortés indicándole que ya cuenta con posesiones en las tierras conquistadas, particularmente en “Matlazingo, donde tengo mis ganados de vacas, ovejas y cerdos…”

   El sitio de Matlazingo al que se refiere el extremeño no es otro que el actual valle de Toluca, lugar en el que meses más tarde surgiría la famosa hacienda de Atenco cedida en encomienda al Lic. Juan Gutiérrez Altamirano por su primo Hernán Cortés, en los siguientes términos:

 cuanto al tiempo que Don Fernando Cortés Gobernador que fue de esta N. España partió de ella, para ir a los reinos de Castilla, dejó a Vos el lic. Juan Altamirano el pueblo de Calimaya que es la provincia de Matalsingo con su sujeto para que os sirviesedes de ellos, según en la manera que el contenía, o servirá. Por ende, Yo en nombre de su Majestad deposito en vos el dicho Licdo. Altamirano el dicho pueblo de Calimaian con su sugeto, e las estancias de Metepeque e Tecamachalco (sic), que son junto a dicho pueblo de Calimaian, para que os sirváis de todo ello, en vuestras haziendas e granjerías conforme a las ordenanzas; e con cargo que tengais de los industrias en nuestra santa fe católica, fecha a diez e nueve de Noviembre de mill, e quinientos e veinte e ocho años. Alonso de Estrada. Rúbrica.

    Así inicia el historial de Atenco, localidad a la que llegó importante número de cabezas de ganado que con insólita rapidez creció, poblando no sólo aquel maravilloso lugar, se desbordó a tal grado que tocó puntos tan lejanos como Zacatecas.

   Sin embargo y a decir de Juan Suárez de Peralta autor del Tractado de la Cavallería jineta y de la brida (…) año de 1580, es probable que mientras se diera la adaptación correspondiente, las fiestas se efectuaran con los “toros de los chichimecas”

 escogidos, y bravísimos, que lo son a causa de que debe de haber toro que tiene veinte años y no ha visto hombre, que son de los cimarrones, pues costaban mucho estos toros y tenían cuidado de los volver a sus querencias, de donde los traían, si no eran muertos aquel día u otros (…)

    Otras tantas haciendas, como la formada por Diego Suárez de Peredo, conde del Valle, la de don Mateo de Molina. Así como las del conde Orizaba o de Fr. Jerónimo de Andrada, fueron consolidándose entre los siglos XVI y XVII, de igual forma que la del Conde de Santiago de Calimaya (léase: Atenco), que muy pronto sus toros se corrieron en las constantes y “públicas demostraciones de alegría”, no sólo en el centro político de la Nueva España. También en sus provincias y reinos más importantes.

   Las primeras fiestas “formales” fueron las celebradas los años de 1528 y 1529. Fue así como el Cabildo ordenó el 31 de julio de 1528: “que las fiestas de San Juan, Santiago, San Hipólito y Nuestra Señora de Agosto, se solemnicen mucho y que se corran toros y jueguen cañas…” En 1529 los miembros del ayuntamiento “mandaron que de aquí adelante todos los años, por honra de la fiesta del Señor Santo Hipólito, en cuyo día se ganó esta ciudad, se corran siete toros, e que dellos se maten dos, y se den por amor de Dios a los monasterios, e hospitales, y que la víspera de la dicha fiesta se saque el Pendón de esta ciudad, y que se lleve con toda la gente que pudiere ir a caballo acompañándole hasta la iglesia de San Hipólito…”

   Cuando en 1538 concluyó la guerra entre España y Francia y se firmaron las “Paces de Aguas Muertas”, la Plaza Mayor, ancho cuadro “a propósito para las fiestas a caballo y otras” fue escenario utilizado para conmemorar el acontecimiento. Al dar inicio los festejos, la plaza se improvisó como un verdadero bosque, con ramas y árboles corpulentos. Después la convirtieron en la ciudad de Rodas, con sus torres y palacios, y en aquel escenario soltaron unos toros que armaron gran revuelo entre los espectadores. Otro día hubo torneos y juegos de cañas del que resultó lastimado Juan Cermeño al recibir un bote en la pierna, del que nunca más sanó. En la última jornada también se corrieron toros. El gran acontecimiento terminó en medio de grandes banquetes ofrecidos por el virrey Antonio de Mendoza y el nuevo Marqués del Valle de Oaxaca don Hernando Cortés.

   En 1586 una plaza de toros ocupó por vez primera el sitio que se destinaba para el antiguo juego del Volador, desde esa fecha y hasta 1815 tomó el nombre de plaza de toros del Volador; esta construcción no era permanente pues se levantaba para servir como escenario determinado tiempo y luego se desmantelaba para dejar paso a un mercado conocido con la misma denominación. Quienes padecían verdadera angustia eran los estudiantes de la Universidad, ya que el primitivo edificio escolar se hallaba a un costado de aquella plaza por lo que ya podrán imaginarse el revuelo que causaba el anuncio de nuevas corridas de toros.

 

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