TANTO PECA EL QUE MATA LA VACA, COMO EL QUE LE COGE LA PATA.

EDITORIAL.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Así de picante, y así de directo es este refrán que en México utilizamos mucho, justo en los momentos en que la complicidad se hace presente, y los platos rotos terminan siendo tirados y levantados por quienes se involucran en penoso pasaje que luego, con el tiempo, va a formar parte del anecdotario de los ridículos. Toda esa historia, hermoso botón de la ironía, serviría para una novela, o un cuento, como aquellos que en su momento, escribió con el propósito de “cachondearse un poco de los demás”, el mismísimo Jorge Ibargüengoitia, por ejemplo.

   Y es que nada de lo que se mostrará a continuación tiene desperdicio. Los detalles pueden ustedes leerlos en la nota que fue publicada en el portal “AlToroMéxico.com” apenas nada. (Véase: http://altoromexico.com/2010/index.php?acc=noticiad&id=18219)

   Lo vergonzoso del asunto comenzó con haber enviado a la plaza, la más antigua en nuestro país, que funciona desde 1680 y hasta nuestros días, el “hermoso” conjunto de becerros de San Marcos, propiedad de Marcos García Vivanco, como se aprecian a continuación:

LOS DE SAN MARCOS EN CAÑADAS_JALISCO_02.02

    Un juez de plaza que, seguramente no se enteró del entuerto, aprobó en primera instancia el imponente encierro. Y como se vendieran todos los boletos, y no había suficientes elementos para suspender el festejo, pues para eso intervino el Presidente Municipal, quien avisó que sería una pena que, habiendo invitado a otras autoridades del H. Estado de Jalisco, se hubiesen visto en la penosa necesidad de regresarlos a sus lugares de origen, sin haber ni siquiera gozado del festejo, y mucho menos beberse algún trago en los tendidos de la plaza.

   Muchachos, toreros, señores, como les haya dicho el Sr. Presidente Municipal, el caso es que no suspendan la corrida. Miren nada más cómo terminaríamos si se enteran de que en Cañadas, Jalisco, tierra de muchas tradiciones, se acaba de suspender una corrida por falta de elementos (de una corrida de toros, para empezar).

   Lo elemental, para no pensar nada mal al respecto, es que hubieran suspendido. Se entiende que el negocio estaba hecho. El boletaje vendido en su totalidad y las cuentas claras. Lo demás, es lo de menos.

   Y a darle… ¡que hay toros!

   Y los toreros, que se quedaron como el jamón del sándwich –ni pa´ya, ni pa´ca-, tuvieron que apechugar con el “numerito”. Y si lo hicieron, fue en aras de no quedar mal con el público, que es el que paga. Sin embargo, lo hicieron “bajo protesta” y aún así, se hicieron de una oreja, que pudieron ser las dos, según la nota porque el público las demandaba, pero el juez, viendo que aquello ya era la debacle, no las otorgó, para no hacer más evidente el fraude. La escandalera fue de órdago.

   Al final, el pagano fue el juez al que destituyeron ipso facto.

   Apenas había terminado de leer esta nota, cuando me recuperaba de la lectura que, muy temprano hice a la crónica de mi buen amigo Leonardo Páez, el cual, en uno de sus párrafos comentaba irónico, pero cuestionador también:

 Plaza semivacía y reflexión forzosa: de nada vale blindar, proteger y defender la llamada fiesta brava si taurinos y autoridades no encuentran la manera de preservar el elemento fundamental de ésta, la bra-vu-ra. Una lástima –¿o una vergüenza?– que en la asamblea anual de los ganaderos y en el rumboso foro mundial de la cultura taurina celebrados recientemente en Tlaxcala y en las Islas Azores, renombrados filósofos y plumas medio famosas se dediquen a teorizar sobre cómo defender la tradición tauromáquica, pero sin mencionar la degeneración de la casta en el comportamiento del toro “moderno”, al gusto de apoderados, figurines, empresas, autoridades y crítica, es decir, de la tauromafia que mangonea, no de un público tan impotente como ansiosos de emocionarse a partir del comportamiento de un toro con unos mínimos de codicia, de transmisión de peligro, de verdad tauromáquica.

   Por otro lado, el criterio empresarial de los falsos promotores, del degradado espectáculo, en la México y en el resto de las plazas, ¿en qué está pensando a la hora de contratar ganaderías?, ¿en el precio, en las gangas, en el pago a plazos, en la comodidad, en el tedio colectivo o en la puntilla de la fiesta?

   Carajo, defenderse de los ataques de los antitaurinos, parece más un despliegue de hipocresía que la defensa honesta de una tradición que demanda, en principio, la verdad inapelable de una bravura, a ver si se entiende, capaz de matar. Lo demás es lo de menos o tal vez pretexto etílico de acomplejados.[1]

    Es decir que, entre otras cosas, reuniones como las allí citadas, y que se desarrollaron en Tlaxcala o las Azores sirvieron para maldita la cosa, que no fuera ignorar la “degeneración de la casta en el comportamiento del toro “moderno”, al gusto de apoderados, figurines, empresas, autoridades y crítica, es decir, de la tauromafia que mangonea, no de un público tan impotente como ansiosos de emocionarse a partir del comportamiento de un toro con unos mínimos de codicia, de transmisión de peligro, de verdad tauromáquica”.

   Resuenan fuertes todavía esas palabras y esas verdades como auténticas catedrales, luego de que uno se entera de cosas del subdesarrollo taurino, como las que acaban de ocurrir en Cañadas, Jalisco. Es una lástima que el espectáculo taurino se convierta en botín de unos cuantos que terminan por echarlo a perder todo y venga, otra vez a levantar el tiradero.

   ¿Hasta cuándo?

3 de febrero de 2014.

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