DESDE FINES DEL SIGLO XVIII SE INCORPORA SANGRE ESPAÑOLA A UNA GANADERÍA MEXICANA: GUANAMÉ.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Hace poco encontré entre diversos documentos que he venido digitalizando, uno que, en su presentación mecanuscrita, redactó el Dr. Carlos Cuesta Baquero en febrero de 1937, con motivo de la publicación de un material suyo en Revista de Revistas. Ello debe haber ocurrido en alguno de los ejemplares que debieron circular a finales del mes de enero de aquel año. Lamentablemente no conozco su contenido, pero por todo lo que se podrá leer más adelante, uno puede sacar sus propias conclusiones. Me permito incluir a continuación dicho escrito:

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Hoja N° 1

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Hoja N° 2

   Por tales motivos, en esta ocasión me ocuparé de GUANAMÉ, ganadería que se constituye, en principio por sangre española a fines del siglo XVIII, por lo que debemos considerarla como una de las primeras con cimiento español, a reserva de este otro dato que nos proporciona Agustín Linares en su libro EL TORO DE LIDIA EN MÉXICO que nos dice sobre PARANGUEO:

    La enorme hacienda de san Nicolás de Parangueo, fundada por Vasco de Quiroga, ocupaba una cuarta parte del estado de Guanajuato, en el distrito del Valle de Santiago. Por estar rodeada de siete volcanes en actividad -posteriormente apagados-, tomó el nombre de Parangueo, que significa en tarasco “lugar rodeado de siete luminarias”. Desde muy antiguo, había en los bosques cercanos toros salvajes de gran fuerza y fiereza, que junto a los importados de Navarra por Vasco de Quiroga en 1536 -época de Felipe V-, y los de Valladolid -tiempos de Fernando VI-, fueron base de la ganadería. Sus primeros toros, de mucho poder, eran la pesadilla de los contratistas de caballos.

   No se puede precisar la fecha exacta en que se empezó a criar y fomentar el ganado, aunque algunos suponen fue en la indicada de 1536. Por falta de suficientes datos para comprobar de una manera fehaciente cuándo se inició la ganadería, admitiremos el lugar que se le adjudica, con las consiguientes reservas.

   Se ignora los propietarios que siguieron a Vasco de Quiroga, y posteriormente, sólo se habla del Conde de Santiago, tal vez de la familia dueña de Atenco. De este la adquirió en 1675 un probable descendiente de Juan Francisco Retana, llamado Pedro Bautista, de igual apellido.[1]

    Ahora bien, entre ese 1536 y el siguiente siglo va a darse un fenómeno que se conoce como el siglo de la depresión en la Nueva España, el cual se identifica con las actividades de la economía durante la colonia para conocer los comportamientos demográficos que se dieron en forma agresiva a causa de nuevas enfermedades, la desintegración de la economía nativa y las malas condiciones de vida que siguieron a la conquista. Este fenómeno tuvo su momento más crítico desde 1540 y hasta mediados del siglo XVII, mostrando bajos índices de población, entre los indígenas y los españoles (hacia 1650 se estiman 125,000 blancos en Nueva España y unos 12,000 indígenas). La población indígena alcanzó una etapa de estabilidad, luego de los efectos señalados, a mediados del siglo XVIII “aunque siempre a un ritmo menor que el aumento de las mezclas de sangre y de los no indígenas”.

   Es interesante observar que la explosión demográfica de cabezas de ganado mayor y menor contra un decremento sustancial de los indígenas y blancos, originó un estado de cosas donde dichos ganados mostraron no solo sobrepoblación sino que el hábitat se vulneró y se desquició lo cual no permite un aumento de la producción, pues los costos de abatieron tremendamente.

   Ese siglo de la depresión -con recuperaciones en distintas épocas-, tuvo también los efectos de todo aquello que no podía atenderse a nivel agrícola y ganadero por falta de mano de obra, lo cual provocó escasez y carestía; hambre y miseria. De lo anterior, conviene matizar dicha afirmación, cuando Enrique Florescano y Margarita Menegus afirman que

 Las nuevas investigaciones nos llevan a recordar la tesis de Woodrow Borah, quien calificó al siglo XVII como el de la gran depresión, aun cuando ahora advertimos que ese siglo se acorta considerablemente. Por otra parte, también se acepta hoy que tal depresión económica se resintió con mayor fuerza en la metrópoli, mientras que en la Nueva España se consolidó la economía interna. La hacienda rural surgió entonces y se afirmó en diversas partes del territorio. Lo mismo ocurrió con otros sectores de la economía abocados a satisfacer la demanda de insumos para la minería y el abastecimiento de las ciudades y villas. Esto quiere decir que el desarrollo de la economía interna en el siglo XVII sirvió de antesala al crecimiento del XVIII.[2]

   El estudio de Borah publicado por primera vez en México en 1975, ha perdido vigencia, entre otras cosas, por la necesidad de dar una mejor visión de aquella “integración”, como lo apuntan Andrés Lira y Luis Muro, de la siguiente manera:

 Hacia 1576 se inició la gran epidemia, que se propagó con fuerza hasta 1579, y quizá hasta 1581. Se dice que produjo una mortandad de más de dos millones de indios. La fuerza de trabajo para minas y empresas de españoles escaseó entonces, y las autoridades se vieron obligadas a tomar medidas para racionar la mano de obra y evitar el abuso brutal de los indígenas sobrevivientes.

   Por otra parte, la población mestiza había aumentado a tal grado que iba imponiendo un trato político y social que no se había previsto. Mestizos, mulatos, negros libres y esclavos huidos, al lado de criollos y españoles sin lugar fijo en la sociedad concebida como una organización de pueblos de indios y ciudades y lugares de españoles, alteraron el orden ideado por las autoridades españolas, en cuyo pensamiento sólo cabía una sociedad compuesta por “dos repúblicas, la de indios y la de españoles”.[3]

    Nueva España gozó en cierto momento de mejores condiciones incluso que España o Europa, pero su economía tan castigada ya no podía mantener una opulencia que se tornó absurda, en medio de la depresión.

   Pero ante todo esto debía haber soluciones. Se empezó por reducir el consumo pródigo de mano de obra. Contra el número significativo de construcciones religiosas del siglo XVI que fue importante y que ocupaba mucha mano de obra indígena. Y esto fue gracias al peonaje por endeudamiento mientras el encomendero formaba su hacienda.

   Todo aquel indígena que se incorporaba al trabajo en las haciendas, adoptaba la lengua española, se casaba con otros grupos indígenas, mezclando sangre, lo cual dio origen a una cultura híbrida. Esto, contribuyó a la formación de la nación mexicana, con todo y paradoja de peonaje por endeudamiento de por medio.

   Peonaje por endeudamiento y economía basada en el latifundio, como dos razones que surgieron de la depresión ya conocida, se proyectan “casi hasta nuestros días” provocando, entre otros efectos, la revolución de 1910.

   La continuidad de este fenómeno, ya como mera circunstancia que se mantiene en el carácter de una probable conexión, habida con la presencia del ganado cimarrón, ganado criollo, también se va a conectar con datos que nos proporciona José Julio Barbabosa, en este tenor:

    “Antigua de Atenco, mezclada con S. Diego de los padres, Atenco con Navarro (ví jugar este toro, p.a mi cualquier cosa) con Miura, Saltillo, Benjumea, Concha y Sierra y con toro de Ybarra, (feo pero buen torito), además, las cruzas de estos toros con vacas de S. Diego, por tanto no bajan de tener 12 clases diferentes de toros en el repetido Atenco, ¿cuál de tantas razas será la buena? “ [hacia mayo de 1898][4]

    Esta obra, la del señor Barbabosa, es, en sí misma esencial para desentrañar algunos de los oscuros pasajes que sobre el origen de su propia ganadería, y el de algunas otras, se nos presenta como una fuente primordial para el estudio de la ganadería de toros bravos en México.

   José Julio Barbabosa, dueño que fue de la hacienda de Santín, nos dice en notas manuscritas del año 1887 haber visto jugar toros de Guanamé, cuya cruza es de origen salamanquino, castellano y criollo. Al respecto anota que:

 “…el 6 del presente (noviembre de 1887) (se) dió una corrida en la plaza del Paseo a la q.e yo asistí y de la q.e hablaré algo, se jugaron 3 toros de Guanamé y dos Españoles, los de Guanamé cuya hacienda está cerca de S. Luis Potosí, son toros de muchas libras, buena presencia y bravos; en mi consepto son los mejores de todos los del bajío q.e hasta hoy he visto, se dise q.e esta raza fue traida esprofesamente de Andalucia para lid, los tres q.e vi jugar aunque a uno se desechó por abanto, repito q.e fueron bravos, no demostraron mucha ley, pues ni recargan, sin embargo siempre acuden al cite y por su grande corpulencia aunque no recargan repito, derriban a los picadores muchas veces, noté q.e no tuvieron los tres toros mencionados, un juego claro y noble, no sé acertivamente si dependerá de su edad, los toros pasaban de seis años cada uno; los dos Españoles fueron malos, a uno lo hecharon del redondel y el otro también lo merecía, sin embargo de q.e el público silbó esto pasó; vamos a la cuadrilla, de Diego nada digo por q.e ya di mi opinión antes cuando hablé de su beneficio, su segundo un tal “Zocato” peor q.e él, así pues creo q.e solo valen algo para los lances de capa y nada más, por q.e no vi, ni buena dirección, ni buenas estocadas, si en cambio se siguió una costumbre de estos espadas de España q.e tal vez á mí, por no tener refinado gusto, me fastidia y aburre estraordinariamente; la costumbre a q.e aludo es la siguiente: después de haber dado 2 o 3 pinchazos dan 1 ó media estocada, después por supuesto de haber dado al toro 30 ó 40 pases de muleta, porque hay q.e advertir que como nunca resiben al toro, sino q.e todas sus estocadas y pinchasos son á volapie, necesitan cansar al toro con la muleta hasta q.e este se queda parado para consumar la suerte de volapié, así pues sea por lo cansado, ó por los pinchazos y estocada, q.e creo q.e será por ambas cosas, tanto toros españoles como mejicanos se van a la barrera, y ahí van espadas, banderilleros y cuanta gente hay en el redondel á tirar su capa al toro a derecha, izquierda al frente y por donde se puede, el toro q.e está mal herido, y más q.e esto aburrido, con tanta capa, ahí lo tiene como una hora parado tirando cornadas al sin número de capas q.e como maldición del cielo llueven de las manos de los afamados diestros, y a mi exasperado, pues repito q.e a mí, en lugar de agradarme me choca este proceder, y no me explico para q.e es esa tormenta de capotazos; sin embargo me conformo reflexionando q.e si así lo hacen tendrán razones fundadas para ello, y si yo no las veo es por q.e yo soy profano y ellos maestros teóricos y prácticos; no puede creerse otra cosa puesto q.e al gran Mazzantini desde su primera corrida que dio en Puebla se le vio esta práctica, los banderilleros regulares, Saleri arrojado pero ningún aplomo, todas carreras brincos y saltos q.e para mi salían sobrando, los picadores q.e fueron mejicanos pasaderos haciéndoles favor, así pues creo q.e el público juzgaba bien al creer q.e Diego y su cuadrilla eran una medianía.[5]

    En 1937, cincuenta años después, Carlos Cuesta Baquero confirma el dicho y para eso va más allá, diciéndonos que don Bernardo de Gálvez (Conde de Gálvez, hijo de don Matías de Gálvez, virrey Nº 49, que gobernó durante el reinado del rey Carlos III del 17 de junio de 1785 al 30 de noviembre de 1786 en que murió. La audiencia gobernó hasta el 8 de mayo de 1787) fue quien trajo los toros españoles de lidia, “pie” de simiente en la hacienda de Guanamé, ubicada en el estado de san Luis Potosí.

   A Cuesta Baquero se lo contó Pedro Nolasco Acosta y quedó confirmado, desde 1882 cuando tuvo oportunidad de conversar con el señor Atanasio Hernández Soberón, propietario en su momento de la mencionada hacienda. El mismo afirmaba:

    Los toros bravos de mi ganadería “Guanamé” provienen de toros de lidia que importó de España el virrey Conde de Gálvez. Son toros de casta salamanquina y castellana”

 Y la reseña continua:

    Guanamé, extinta ganadería mexicana que tuvo prestigio durante los años que van de 1800 hasta los años mismos de la Revolución. Ubicada en el estado de san Luis Potosí era la predilecta de los aficionados potosinos. Estaba a una distancia de veinte leguas de la ciudad de san Luis, y a las plazas de toros de esa capital llevaban encierros de cinco o seis toros de Guanamé, domingo a domingo. Alrededor de 150 han de haberse lidiado anualmente. También enviaban algunas corridas -pocas, sólo tres o cuatro- a las plazas de Saltillo y Zacatecas. Cuando ya hubo ferrocarril entre san Luis Potosí y la ciudad de México, vinieron toros de Guanamé a las plazas “El Paseo”, “Colón” y “Bucareli”, pero no con frecuencia.

   El origen de esta vacada fue de toros españoles dedicados a la lidia, no de reses para el abasto. Los importó, con la finalidad de formar ganadería, el Conde de Gálvez, de nombre don Bernardo de Gálvez, hijo de don Matías. Ambos tuvieron el cargo de virreyes en la Nueva España y don Bernardo fue de los gobernantes que protegió la fiesta taurómaca. Por esto quiso hacerse ganadero, criando toros bravos en una de las extensas haciendas que poseyó en el entonces Departamento de San Luis Potosí.

   Realizó su propósito con reses salamanquinas. No está especificado de cuál de las numerosas vacadas de la provincia de Salamanca, si bien todas gozaban de aceptación en los cosos españoles, lidiándose frecuentemente en el de Madrid. Que los primitivos toros de Guanamé tuvieron de progenitores a reses salamanquinas, lo sé por conversaciones que tuve con el señor don Atanasio Hernández Soberón, propietario de la hacienda en el lapso de los años 1875 a 1884, como ha venido apuntando Roque Solares Tacubac.

   El citado señor Hernández Soberón y yo fuimos vecinos de domicilio, a una distancia de cien metros. Además, frecuentemente iba yo acompañando a mi amigo el espada potosino Pedro Nolasco Acosta, a pagar, en el despacho del señor Hernández Soberón, el valor de los toros que iban a ser lidiados. Hago estas aclaraciones debido a que uno de mis amigos muy apreciados publicó en un historial de las ganaderías bravas mexicanas que los toros de Guanamé eran descendientes de la ganadería castellana propiedad del Duque de Veragua.

   Los toros españoles importados -fuesen salamanquinos o castellanos veragüeños- estuvieron alojados en las dehesas potosinas después de fallecido el Conde de Gálvez, que los encargó en el último de los nueve años que tuvo de virreinato (de 1785 a 1794) [aquí aclaro que sólo gobernó poco más de un año, del 17 de junio de 1785 al 30 de noviembre de 1786 en que murió, por lo que fue en ese mismo periodo en que tuvieron que darse todas las condiciones deseadas por Gálvez N. del A.]. La descendencia de esos bureles estuvo apta para la lidia a comienzos del siglo XIX -1800- y la ganadería fue formada en la primera década, de 1800 a 1810. Esa es la antigüedad que tuvo.

    En párrafos que anteceden al presente, y donde se recogen observaciones hechas por Carlos Cuesta Baquero, quien da suficientes elementos de peso a testimonios orales que fue acumulando para conformar su propia idea sobre el origen y desarrollo de la hacienda potosina de Guanamé, misma que venimos conociendo. A continuación contamos con nuevas observaciones del mismo autor.

    Se conservó la casta, aunque no emplearon cuidados para refinarla. En Guanamé no se hacía tienta como es usual, ni de otra manera, ni aun la de pelele o dominguillo. Lo único que hacían era tener apartadas las camadas en potreros especiales, nombrados “El Burrito”, “Los Tajos”, y “El Estribo”. Los de este sitio eran toros de mayor confianza y elegidos para las corridas postineras, en las que era necesario que los bureles hicieran honor a la divisa y a su fama.

   Los toros de Guanamé eran corpulentos, de buen trapío -algo bastos, sin exageración como siempre fueron sus ascendientes- bravos y nobles. Excepcionalmente resultaba alguno marrajo. Por el aspecto imponente y por la resistencia que tenían, soportando la brega sin fatigas, causaban temor en los toreros, ya fuesen mexicanos o españoles. La costumbre de torearlos hizo que los lidiadores potosinos -Pedro Nolasco Acosta y compañeros- los vieran indiferentemente. Pero los toreros de otros lugares, que habían escuchado platicar de los toros potosinos, los deseaban. Por esto rehusaban contratos para torear en san Luis Potosí y sólo iban a esa ciudad cuando estaban urgidos de dinero, por no tener solicitud en otras plazas. Ir a san Luis Potosí considerábase realizar una hazaña.

   El temor aumentó desde que hubo las tremendas cogidas que motivaron el fallecimiento del incipiente torero aborigen Juan Aguirre y la muy grave lesión que sufrió el espada aragonés Nicanor Villa “Villita”, y pocos años después el trágico fallecimiento del novillero español Manuel Cuadrado “El Gordito”, nativo de Sanlucar de Barrameda, coterráneo de “Señó Manué” Hermosilla. Entonces, los toros de Guanamé adquirieron la fatídica nombradía de los miureños. Y así se les nombró: los miuras mexicanos. Gozaron de esa significación haciendo pareja con las reses de la ganadería de Atlanga.

   La repulsión de algunos espadas hacia los toros de Guanamé y la facilidad que, por medio de los ferrocarriles, surgió para sustituirlos por los de otras vacadas, aunque estuvieran lejanas de la capital potosina, hicieron que perdieran ese mercado. Tuvo escasa solicitud de corridas y dos Mariano Hernández Ceballos -propietario sucesor de don Atanasio Hernández Soberón- pretendió poner el remedio, haciendo un cruzamiento de vacas de su ganadería con sementales de Atenco. La finalidad era que los toros perdieran corpulencia, sin menguar en bravura. No consiguió lo deseado: prosiguieron igualmente corpulentos y siendo bravos, pero ya no pastueños, sino de genio, de temperamento.

   La Revolución vino a terminar con el problema, aniquilando la ganadería. Siendo muy numerosa, los jefes revolucionarios la eligieron para abastecedora de sus tropas. Diariamente llevábanse por ferrocarril numerosas reses que eran sacrificadas en lugares lejanos. Así terminó la ganadería de Guanamé, que en su divisa tenía los colores verde y negro.[6]

    En su época de mayor auge tal fue la apoteosis, que un número de LA MULETA dedicó una hermosa cromolitografía como memoria de aquel glorioso momento. Sin embargo, poco tiempo después, la de Guanamé vino a menos pues los fiascos se repitieron tanto que dejaron de comprarse encierros para las plazas de toros de la capital.

   Guanamé desapareció al comenzar el siglo XX, pero le queda el orgullo de ser la primer ganadería en que se cruzaron toros y vacas españoles, con toros y vacas netamente mexicanos.

   Personalmente puedo afirmar que si bien, luego de la conquista llegó ganado fundamentalmente para el abasto que, o procedía directamente de la península o ya se habían aclimatado en diferentes islas americanas que sirvieron como antesala y criadero al mismo tiempo, mientras concluía el proceso de conquista en cuanto tal, para dar paso al de la colonización. Este ganado como ya se insinuó -venido de la península ibérica- fue el que se reprodujo en una zona muy amplia (buena parte de mesoamérica), al grado de que atravesó una geografía accidentada. Consideremos el crecimiento desmesurado que alcanzó el ganado durante estos primeros años del desarrollo de la ganadería en México, de tal forma que fue imposible poner control, lo cual permitió que se extendiera hasta puntos tan alejados como Zacatecas. Así por ejemplo, el año de 1587 en los reportes marítimos se anota el movimiento de 74,350 cueros tan sólo de la Nueva España, mas 35,444 de Santo Domingo, dando un total de 99,794. Juan de Torquemada, autor de la Monarquía Indiana nos advierte que en sesenta estancias, tan sólo del valle de Toluca llegó a haber cerca de ciento cincuenta mil cabezas de ganado vacuno. ¡Una barbaridad! Allí fue donde se produjo un fenómeno que definiría como eclecticismo de castas.

   La turbulencia del ir y venir del ganado a partir del fenómeno de explosión demográfica durante el siglo de la depresión, debe haber causado no una crisis, sino un ciclo de retroalimentaciones que, al cabo de muchos años después resiente una condición de riqueza, pero también de un retorno renovado que pudo arrastrar serias evidencias de la casta navarra que tanta inquietud provocan en mis investigaciones acerca de esa presencia.

   Probablemente parte de esa sobrepoblación se quedó en san Luis y hasta pudo darse el caso de un regreso, que sufrió lógicas alteraciones, hasta su lugar de origen. En el caso recurrente de Atenco, esta hacienda probablemente dio cabida a ganado de casta, pero también destinado para el abasto que, en medio de esa mezcla caótica pudo haber logrado algún perfil característico y semejante al de la casta navarra, de la que se dice, tuvo su asentamiento en el valle matlazinca. Así recordamos las notas que José Julio Barbabosa nos proporciona y que aparecieron en la primera parte de este trabajo, sobre la relación que guardó Atenco, cuyos toros, a fines del siglo XIX eran resultado de una mezcla diversa de castas.

   Y aquel toro que nació y creció a la sombra del nevado de Toluca, guardó semejanzas con el navarro que se lidiaba en España. Las crónicas o reseñas, mucho menos todo el conjunto de datos que investigué directamente en el fondo conocido como CONDES SANTIAGO DE CALIMAYA, alojado en el Fondo Reservado de la Biblioteca Nacional, de la Universidad Nacional Autónoma de México, no nos dicen específica y particularmente de alguna insinuación que nos lleve a pensar que lo navarro está vigente.

   Para regresar con Guanamé y terminar con este hermoso asunto hoy ya solo dentro del mar de historias debo decir que, esta ganadería se localiza en el génesis de las que se van a consolidar estructuralmente con todo un conjunto de cruzamientos entre sangre española y mexicana. De Atenco planteo mis dudas, pues si bien se debe en gran medida a aquel fenómeno cíclico de la salida y el regreso de cabezas de ganado en dimensiones desproporcionadas durante el siglo XVI, y más tarde (como lo indica José Julio Barbabosa con esa apreciación de 1898, que debe estar sustentada por aquel o aquellos toro(s), hijo(s) del semental de Zalduendo que se adquirió en 1888), hay una señal navarra1 en Atenco, pero es hasta finales del siglo XIX en que se encuentra por primera vez una evidencia que así lo marca con fuerza. Se apunta que desde época lejana:

 “El propietario de la vacada se preocupó por cruzar sus reses criollas con sementales magníficos traídos de la península. Fueron de Ibarra2 los primeros que se trajeron; más tarde, don Rafael Barbabosa, padre de los actuales propietarios de la Hacienda, trajo también tres hermosos sementales y algunas vaquillas hispanas.

   “Continuó haciéndose la selección de toros y vacas; año con año se trabajaba activamente apartando los becerros y becerras que no hacían buena pelea en las tientas, mandando al matadero todo aquello que no fuera satisfactorio. Esta es la única manera de lograr tener una ganadería brava.

   “Falleció don Rafael, y no parece sino que su última recomendación a sus amorosos hijos fue: “No descuiden los toros bravos, sigan por el camino que yo les tracé, que sólo así podrán ver algún día la divisa de las haciendas que les dejo en lo más alto de la Catedral Taurina

   “Continuaron los trabajos y desvelos de los señores Barbabosa. Cada año eran más interesantes las tientas; a medida que la sangre iba siendo más pura, el número de toros y vacas que fallaban iba siendo menor, al grado de que en los últimos años bien pocas fueron las reses que hubo que desechar”.[7]

    Por su parte, José María de Cossío, dice en el tomo Nº 1 de su monumental tratado técnico e histórico LOS TOROS, p. 254:

    He aquí un ejemplo curioso: en el siglo XVI, el licenciado Juan Gutiérrez Altamirano, primo de Hernán Cortés, al que acompaña en la conquista de México, obtuvo como repartimiento el pueblo de Calimaya y otros anejos, en el valle de Toluca, con los que formó la magnífica hacienda de Atenco. Para poblarla hizo venir, entre otro ganado, doce pares de toros y vacas, seleccionados, de Navarra, que fueron la base de la famosa ganadería de Atenco, que han perdurado con crédito hasta nuestros días. Hoy ha experimentado cruzas que han hecho desaparecer sus características; pero de tiempo aun no muy lejano he oído decir a toreros que les lidiaron, como Antonio Fuentes y Rafael el Gallo, que conservaban las mismas características de los toros navarros españoles, y que una corrida de toros de Atenco se parecía a una corrida de Zalduendo o Carriquiri, como si fueran hermanos.

    Respecto a la ganadería de Ibarra, de don Eduardo Ibarra, tiene el registro de que por primera vez lidió en Madrid el 8 de febrero de 1885. Dichos toros proceden directamente de la casta Vistahermosa. Don Manuel Barbabosa preparó en mayo de 1912 un conjunto de notas intituladas: DATOS DE LA GANADERÍA DE SAN DIEGO DE LOS PADRES de la propiedad de los Señores Rafael Barbabosa Sucesores, vecinos de Toluca, Edo. de México. Extraigo algunas notas interesantes:

   Estos señores, ya con la simiente habida así como con el trato de los toreros que fueron viniendo a la república, entre los que se cuentan Juan Ruíz “Lagartija”, Manuel Hermosilla, “El Tortero”, Diego Prieto “Cuatrodedos”, dieron un impulso a la ganadería, pues ellos hacían algunas tientas y aún hacían la distribución del ganado. Más adelante, por los años de 1893 a 1897 Juan Jiménez “El Ecijano” dirigió la retienta de las vacas y el año de 1896 les vendió a los Sres. Barbabosa un toro de la ganadería de Ibarra que al ser lidiado en la plaza de Bucareli el año anterior se le perdonó la vida pero como el toro era ya viejo murió al poco tiempo habiéndose logrado poco de él.

   Hasta aquí un conjunto de nuevos datos, a partir de viejas historias que nos remiten ya no tanto al origen, sino al desarrollo mismo de la hacienda ganadera con fines y usos destinados a la plaza de toros todavía durante la colonia, pero que alcanzará sus mejores momentos, como inicio de ese sentido profesional que se atribuye, a partir de la ya reiterada “reconquista” española que se va a manifestar con todo su potencial, desde el año de 1887.


[1] Agustín Linares: EL TORO DE LIDIA EN MÉXICO. Prólogo de Renato Leduc. México, Talleres “Offset Vilar”, 1953. 258 p. Ils., retrs. fots., p. 33.

[2] Enrique Florescano y Margarita Menegus: “La época de las reformas borbónicas y el crecimiento económico (1750-1808)” (p. 363-430). En HISTORIA general de MÉXICO. Versión 2000. México, El Colegio de México, Centro de Estudios Históricos, 2000. 1104 p. Ils., maps., p. 365-6.

[3] Andrés Lira y Luis Muro: “El siglo de la integración” (p. 307-362). En HISTORIA general de MÉXICO. Versión 2000. México, El Colegio de México, Centro de Estudios Históricos, 2000. 1104 p. Ils., maps., p. 311. Además, véanse las páginas 316 y 317 del mismo texto que abordan el tema de “La población”.

[4] José Julio Barbabosa: 1/Orijen de la raza brava/de Santín, y algunas cosas notables/q.e ocurran en /ella/J(osé) J(ulio) B(arbabosa). Santín Nbre 1º/(18)86 (Manuscrito) 182 pp. (p. 133-4)

[5] Op. Cit., p. 45-8.

[6] LA LIDIA. Revista gráfica taurina año II, Nº 53 del 26 de noviembre de 1943.

[7] El Universal Taurino. Número extraordinario, Tomo III, Nº 81, del 2 de mayo de 1923, pp. 48.

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