LA ESPECTACULAR PUESTA EN ESCENA TAURINA EN EL VIRREINATO. (1 de 2).

ILUSTRADOR TAURINO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

I

    El sólo hecho de volver a contemplar ese magnífico trabajo novohispano conocido como “Alegoría de la Nueva España”, un conocido biombo anónimo que representa diversas vistas del recibimiento que hizo la ciudad de México a su virrey don Francisco Fernández de la Cueva en noviembre de 1701., da suficientes motivos para la elaboración de las presentes notas. Apreciemos detalles del mismo:

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Tríptico anónimo que representa diversas vistas del recibimiento que hizo la ciudad de México a su virrey don Francisco Fernández de la Cueva, duque de Alburquerque, en el Alcázar de Chapultepec, en 1702. Perteneció a los duques de Castro-Terreño. (Banco Nacional de México. Colección de arte).

    En la historia de esta ciudad, un sitio clave para su conformación, ha reunido a través de los siglos, episodios de grandeza y de tragedia. De honor y de privilegio.

   Chapultepec, el de los manantiales y los jardines abundantes, bosque eterno, sitio de recreo para muchos de los reyes aztecas y su corte, aparece ya en la “tira de la Peregrinación”, misma que nos presenta la llegada de los mexicas en el año 8-9 pedernal. A partir de aquel momento se engrandeció el imperio que adquirió enorme influencia de carácter político, económico, religioso y militar.

   Chapultepec es también el punto por donde pasó la estrategia española durante la conquista, cancelando aquella fuente de vida que alimentaba las redes hidráulicas trazadas por el rey Nezahualcóyotl, diseñadas para proveer a la ciudad México-Tenochtitlan y puesta a funcionar de nuevo cuando se valoró su capacidad, al grado de que durante los primeros años de la colonia, los canales fueron sustituidos por dos acueductos, para llevar el preciado líquido hasta su punto final: las famosas fuentes de la Tlaxpana y la del Salto del Agua, unos kilómetros más allá de donde surgía el vital elemento, al pie de los límites de la ampulosa capital de la Nueva España.

   Es decir, Chapultepec de alguna manera salía hasta la ciudad misma para refrescar y satisfacer las necesidades de muchos de sus pobladores.

   Bosque maravilloso, lugar de encuentros amorosos por un lado; escenario de guerra en 1847, por el otro, también encierra los secretos de una historia taurina qué contarnos. Diversos pasajes, que se vinculan con la época de la colonia y el México de principios de siglo XX hasta su final mismo, son las que enseguida presentaré en los siguientes apuntes que pretenden recrear sucedidos de un tiempo que ya pasó, y que hoy los sentiremos tan ligados a nuestro presente.

 ACONTECIMIENTOS TAURINOS EN CHAPULTEPEC

    Uno de los primeros españoles admirados del fabuloso portento que es en sí mismo el bosque de Chapultepec, fue Juan Suárez de Peralta, quien en el capítulo XII de su libro Tratado del descubrimiento de las Indias apuntó:

 Chapultepec, que es un bosque que está de México media legüechela, que entiendo, si en España su Majestad le tuviera, fuera de mucho regalo y contento, porque es un cerro muy gragoso, de mucha piedra y muy alto, redondo que parece que se hizo a mano, con mucho monte, y en medio de un llano, que fuera del cerro no hallarán una piedra ni árbol. Tiene dos fuentes lindísimas de agua, y están hechas sus albercas y hay en él mucha caza de venados, liebres, conejos y volatería la quisieren. Verdad es que a mano suelen echar muchos venados los virreyes, que tienen gran cuenta con él, y tienen su alcaide, que no es mala plaza. Es muy de ver; encima del cerro, en la punta de él, estaba un cu donde Moctezuma subía y los señores de México, a sacrificar, ahora está una iglesia, que en ella se suele decir misa.

    De este autor también es conocida la obra: Tractado de la Cavallería, de la Gineta y Brida (…) donde recogió la experiencia de los caballeros avecindados en la Nueva España desde tan temprana edad colonial y que se entregaron a la fascinación de los torneos caballerescos, como uno que, en especial, tuvo lugar en algún lugar del gran bosque de Chapultepec en 1551.

   Nos cuenta Suárez de Peralta que don Luis de Velasco, segundo virrey de la Nueva España, entre otras cosas se aficionó a la caza de volatería. Pero también, don Luis era

 “muy lindo hombre de a caballo”, jugaba a las cañas, con que honraba la ciudad, que yo conocí caballeros andar, cuando sabían que el virrey había de jugar las cañas, echando mil terceros para que los metiesen en el regocijo; y el que entraba, le parecía tener un hábito en los pechos según quedaba honrado (…) Hacían de estas fiestas de ochenta de a caballo, ya digo, de lo mejor de la tierra, diez en cada cuadrilla. Jaeces y bozales de plata no hay en el mundo como allí hay otro día.

    Estos entretenimientos caballerescos de la primera etapa del toreo en México, representan una viva expresión que pronto se aclimató entre los naturales de nuestras tierras quienes fueron dándole un sentido más americano al quehacer taurino que iba permeando en el gusto que fue no sólo privativo de los señores de rancio abolengo.

   El torneo y la fiesta caballeresca primero se los apropiaron conquistadores y después señores de rancio abolengo. Personajes de otra escala social, españoles nacidos en América, mestizos, criollos o indios, estaban limitados a participar en la fiesta taurina novohispana; aunque también deseaban intervenir. Esas primeras manifestaciones estuvieron abanderadas por la rebeldía. Dicha experiencia tomaría forma durante buena parte del siglo XVI, pero alcanzaría su  dimensión profesional durante el XVIII.

   El padre Motolinía señala que “ya muchos indios usaran caballos y sugiere al rey que no se les diese licencia para tener animales de silla sino a los principales señores, porque si se hacen los indios a los caballos, muchos se van haciendo jinetes, y querranse igualar por tiempo a los españoles”.

   Lo anterior no fue impedimento para que naturales y criollos saciaran su curiosidad. Así, enfrentaron la hostilidad básicamente en las ciudades, pero en el campo aprendieron a esquivar embestidas de todo tipo, obteniendo con tal experiencia, la posibilidad de una preparación que se depuró al cabo de los años. Esto debe haber ocurrido gracias a que comenzó a darse un inusual crecimiento del ganado vacuno en gran parte de nuestro territorio, el cual necesitaba del control no sólo del propietario, sino de sus empleados, entre los cuales había gente de a pie y de a caballo. Ejemplo evidente de estas representaciones, son los relieves de la fuente de Acámbaro (Guanajuato), que nos presentan tres pasajes. Uno de ellos muestra el empeño de a pie, común en aquella época, esta forma típica, consistía en un enfrentamiento donde el caballero se apeaba de su caballo para, en el momento más adecuado, descargar su espada en el cuerpo del toro ayudándose de su capa, misma que arrojaba al toro con objeto de “engañarlo”. Dicha suerte se tornaba distinta a la que frecuentaba la plebe que echaba mano de puñales. Sin embargo esto ya es señal de que el toreo de a pie comenzaría a tomar fuerza. Otra escena de la fuente de Acámbaro nos presenta el uso de la “desjarretadera”, instrumento de corte dirigido a los tendones de los toros. En el “desjarrete” se lucían principalmente los toreros cimarrones, que habían aprendido tal ejercicio de los conquistadores españoles. Otra escena nos representa el momento en que un infortunado diestro es auxiliado por otro quien lleva una capa, dispuesto a hacer el “quite”.

   En la continuación de la reseña de Suárez de Peralta se encuentra este pasaje:

    Toros no se encerraban (en Chapultepec) menos de setenta y ochenta toros, que los traían de los chichimecas, escogidos, bravísimos que lo son a causa de que debe haber toro que tiene veinte años y no ha visto hombre, que son de los cimarrones, pues costaban mucho estos toros y tenían cuidado de los volver a sus querencias, de donde los traían, si no eran muertos aquel día u otros; en el campo no había más, pues la carne a los perros. Hoy día se hace así, creo yo, porque es tanto el ganado que hay, que no se mira en pagarlo; y yo he visto, los días de fiesta, como son domingos y de guardar, tener muchos oficiales, alanos, que los hay en cantidad, por su pasatiempo salir a los ejidos a perrear toros, y no saber cuyos son ni procurarlo, sino el primero que ven a aquél le echan los perros hasta hacerle pedazos, y así le dejan sin pagarle ni aún saber cuyo es, ni se lo piden; y esto es muy ordinario en la ciudad de México y aún en toda la tierra.

 Y es que don Luis de Velasco, contaba

 con la más principal casa que señor la tuvo, y gastó mucho en honrar la tierra. Tenía de costumbre, todos los sábados ir al campo, a Chapultepec, y allí tenía de ordinario media docena de toros bravísimos; hizo donde se corriesen (un toril muy lindo); íbase allí acompañado de todos los principales de la ciudad, que irían con él cien hombres de a caballo, y a todos y a criados daba de comer, y el plato que hacían aquel día, era banquete; y esto hasta que murió.

    Al referirse Juan Suárez de Peralta a los “toros de los chichimecas”, nos está dando elementos para comprobar que en aquel tiempo era común traerlos desde aquellas regiones que hoy ocupan los estados de Coahuila y hasta el norte de Guanajuato. Dicho ganado no es sino el bisonte, búfalo ó cíbolo, como se le conoce al mamífero, animal cuadrúpedo, del orden de los rumiantes, llamado en Europa toro de México o mexicano, por parecerse a un toro ordinario, con la diferencia de que sus astas están echadas hacia atrás, y el pelo largo y parecido a la lana de un perro de aguas ordinario: es montaraz, poco domesticable, y andan en manadas en las espesuras de los bosques, especialmente en la provincia de Texas.

   Este tipo de ganado se “lidió” en la segunda semana de fiestas organizada en 1734 para celebrar la recepción del arzobispo-virrey Juan Antonio de Vizarrón y Eguiarreta, ocurrido en el mes de junio de aquel año. El dato que nos habla sobre aquella presencia se encuentra registrado en la “cuenta de gastos” que da fe de todo lo invertido en las mencionadas celebraciones. En la foja 59 aparece el siguiente dato: “Ytt. por siete pessos que se pagaron a los Baqueros que hizieron el encierro de los Sibolos, que se traxeron del R.l Alcázar de Chapultepeque, para lidiarse en la plaza, el último día de la Segunda Semana de la lidia de Toros”.

   Esto quiere decir que en algún lugar inmediato al Real Alcázar de Chapultepec se habilitó un corral donde fueron alojados los encierros que se lidiaban posteriormente en la plaza de toros del Volador, como resultado de que aquellas extensiones se prestaron para mantener pastando estos singulares “toros” que hicieron tan particulares aquellas fiestas, puesto que no se cuenta con otro tipo de dato al respecto de la presencia de “cíbolos” o “bisontes”, más que en estas fechas.

   Antes de tratar otros asuntos taurinos, es importante mencionar que, siendo Chapultepec un lugar de recreo, también fue propicio para la recepción preliminar de los virreyes, que luego ocupaban el palacio virreinal. Así, las obras de las casas reales, tuvieron un papel determinante, puesto que allí se congregaban en cita puntual un buen número de personajes de diferentes investiduras que quedaban al servicio de las ordenes del nuevo representante del rey. El Real Alcázar, primitivo edificio construido durante los años centrales del siglo XVII fue más tarde sustituido por el famoso “castillo”, tal y como lo conocemos hoy en día, obra puesta en pie a partir de 1789.

   Sobre las “Casas Reales” apenas si se cuenta con algunos datos, pero de lo que sí podemos estar seguros es de que su edificio fue levantado al pie del cerro, como puede apreciarse en un famoso biombo del siglo XVIII, del que más adelante daremos una amplia reseña.

   Sabemos que las “Casas Reales” o el “Real Alcázar” se ubicaba al pie del cerro, en la falda oriental del montículo que ocupó el antiguo palacio de Nezahualcóyotl, muy cerca de “los manantiales y alberca que surten de agua a México”. Fue construido allí en razón de que en la cima del cerro se encontraba la antigua ermita dedicada a San Miguel Arcángel, levantada desde 1552.

   Según Luis González Obregón: El Palacio en su primera pieza ostentaba pinturas de fábulas y paisajes, y un aparador de piezas de plata. En la segunda pieza, revestida de reposteros de terciopelo azul bordados, y en ella cuatro aparadores. A la derecha había otra pieza, aderezada de damascos, adornados con muchos pomos de agua de olor con cubillos de plata y otras vasijas necesarias para servir con aseo.

   Con el arribo del virrey Rodrigo Pacheco y Osorio, en 1624, el Palacio de Chapultepec sustituyó al pueblo de Guadalupe como sitio de recepción y recreo para los nuevos gobernantes antes de llegar a la capital. Pero fue tanto el derroche de estas ceremonias que la corona española le ordenó, en 1739, la suspensión de las mismas, y que en lo sucesivo los virreyes pasaran directamente de Guadalupe al Palacio Virreinal de México. La residencia quedó en el abandono hacia 1766, pues costear los gastos de restauración resultaba bastante excesivo.

   En dicho sitio fueron celebradas durante un buen número de años, diversos festejos en ocasión de dar la bienvenida al nuevo virrey en turno. Al parecer ello se desarrolló en los últimos años del siglo XVII y los primeros cuarenta del XVIII. Uno de los más célebres es la recepción del trigésimo cuarto virrey de la Nueva España, don Francisco Fernández de la Cueva Enríquez, Duque de Alburquerque, mismo que fue nombrado representante del Rey Felipe V en Madrid, el 28 de abril de 1702. Su cargo se extendió hasta el 15 de enero de 1711.

   El jueves 23 de noviembre de 1702, el nuevo virrey ya estaba en Chapultepec, luego de fastuosas recepciones en Veracruz, Puebla, la villa de Guadalupe y San Cristóbal Ecatepec. En Chapultepec recibió infinidad de comisiones, en compañía de su esposa doña Juana de la Cerda y Aragón, hija de los duques de Medinaceli.

   Al parecer, ese día fue el señalado para la “gran fiesta de recepción”, puesto que desde la mañana hasta la tarde desfilaron diferentes comisiones como las del cabildo eclesiástico, la Audiencia y demás tribunales. Por la tarde acudieron los comisarios de la Inquisición y de la Cruzada, que siempre se disputaban entre sí la primacía. De hecho, todos estos personajes aparecen fielmente retratados en el biombo que se analizará más adelante. Fue hasta el 8 de diciembre en que tuvo lugar la solemne entrada pública a la capital de la Nueva España, según orden expresa del nuevo virrey que extendió al Ayuntamiento.

   El biombo, como fuente histórica nos ubica en una época ambientada por la opulencia que detentó la parte de la nobleza la cual, en gran medida aparece reflejada en dicha recreación, sin faltar la parte del pueblo, que también tenía derecho a divertirse. El pintor anónimo supo reunir en su magnífica obra a todos esos 199 personajes, perfectamente identificados desde el punto de vista de su posición social, con todo el lujo de sus vestidos, o la austeridad en otros, sin prescindir de la parte constituida por los indígenas, que también fueron incorporados al biombo. Tal era el boato con que se recibía a un virrey por aquel entonces, que muchos creadores, en este caso un pintor, recogieron con su interpretación matizada en el mejor barroquismo posible, los detalles del acontecimiento. Así como existen las descripciones de fiestas que dan puntual informe sobre diversos festejos ocurridos en la Nueva España (actualmente hay evidencia de más de un centenar de estas “relaciones”); así también se cuenta con otro tipo de evidencias como es la del biombo, obra que, seguramente adornó los muros del Palacio Virreinal como testimonio, no sólo de la recepción, sino también de la pretendida unidad entre las instituciones que, con sus representantes allí remarcados, se integraban al espacio del desarrollo de una gestión más, procurando la alianza entre el estado y la iglesia, relación que entre ambos se mostró tirante por aquellas épocas.

   Es pues, este biombo la suma de elementos que, en torno a un pretexto, nos cuenta la manera en que, los allí reunidos celebran y se divierten; beben y danzan -hubo letra de canción que insinuaba-: “Hoy comamos y bebamos, que mañana ayunaremos…”. Y todo esto en el escenario majestuoso de un hermosísimo bosque de Chapultepec que resplandece como en sus mejores tiempos.

   Pero no fue la única fiesta. En 1715 hubo otra con motivo de la recepción del Marqués de Valero, don Baltazár de Zúñiga y Guzmán, que fue nombrado virrey de la Nueva España en Buen Retiro el 22 de noviembre de 1715. Fue hasta el 18 de junio de 1716 que hizo su entrada en el pueblo de Guadalupe, donde fue agasajado con banquete y fiestas. Los 15 días posteriores permaneció en Chapultepec y allí presenció tres días consecutivos de toros y otros espectáculos.

   Incluso, a raíz de dichas fiestas, Miguel Díaz de la Mora, Corregidor y miembro del Cabildo, hizo petición de ciertos informes acerca de los testimonios referentes de cincuenta años a esta parte de quien ha corrido con el gobierno, disposiciones, repartimientos y mando de las plazas de toros, con especialidad en los tiempos en que él ha sido corregidor y también de quien ha dado las plazas de toros en los recibimientos de los virreyes en el palacio de Chapultepec.

   Con motivo de las fiestas celebradas en 1720, el dinero resultante de las mismas, junto con el de la renta del estanco de la nieve, se utilizó para la construcción de la “arquería” del acueducto.

   El Marqués de Casafuerte, don Juan de Acuña y Bejarano fue nombrado virrey de la Nueva España en Aranjuez el 22 de abril de 1722. En aquel año no fue posible celebrar las fiestas acostumbradas en Chapultepec, pero sí en la plaza del Volador.

   Llegó el momento en que no era posible la celebración de fiestas en la plaza de toros levantada en el patio del Real Palacio de Chapultepec, debido a que los costos eran ya muy elevados, y los miembros del cabildo cuestionaban este asunto de continuo. En 1737 se promovió que ocurrieran en la del Volador. En 1739 se recuperó -momentáneamente- dicha costumbre.

   Todavía, bajo el reinado de Felipe V, gobernó el cuadragésimo primer virrey de la Nueva España, don Juan Francisco de Güemes y Horcasitas, primer Conde de Revillagigedo, del 9 de julio de 1746 al 9 de noviembre de 1755. Por aquellos años se registran algunas fiestas de toros en Chapultepec, como las que describe Artemio de Valle Arizpe:

 Vi salir, muy admirado, todos los equipajes y numerosas cargas de don Juan Francisco de Güemes y Horcasitas, conde de Revilla Gigedo. No fueron bastantes para conducirlos las doscientas mulas que se tenían preparadas. Me aseguran, y lo creo, que ninguno de los virreyes anteriores logró juntar como el, tan numerosas riquezas. Buena mina es el gobierno de este México cuando no hay esa cosa rara que se llama probidad.

   Nos trasladamos al palacio de Chapultepec, que estaba ricamente colgado y alhajado. Entre la suntuosa variedad de los muebles, sobresalían dos notables escritorios embutidos de plata que llegaban hasta el mismo techo: se les tenía valorado en quince mil pesos cada uno. En ese palacio de Chapultepec estuvo recibiendo el Virrey, con la cariñosa afabilidad que lo distingue, a todas las autoridades y, entre ellas, al Santo Tribunal de la Inquisición, que fue a presentarle con humildad sus respetos. ¡Qué hoscos, qué graves son esos señores! En el bosque tuvimos lindas fiestas de toros; en una hubo un monte carnaval, y sobre él se arrojó el populacho con alegre griterío cuando el Marqués hizo con el pañuelo la señal respectiva, despojándolo en un santiamén de todo el enorme cúmulo de cosas que lo llenaron: buenas ropas de hombre y de mujer, sacos de dinero, gran cantidad de comestibles, animales como ternerillas, cerdos, pavos, corderos, gallinas, palomas, y qué se yo cuántos otros más; en la siguiente corrida hubo cucaña, que nos dio mucho que reír, y el precioso y noble juego de la sortija, y en otra, unas carreras de moros y cristianos.

Para mayor información, pueden ustedes consultar:

José Francisco Coello Ugalde y Rosa María Alfonseca Arredondo: El bosque de Chapultepec: Un taurino de abolengo. Con la colaboración especial de la Lic. (…). México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2001. 69 p. Ils. (Serie Diversa).

011_2001

 CONTINUARÁ.

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