A TORO PASADO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 DE LA INTERPRETACIÓN BÉLICA, A LA NTERPRETACIÓN ESTÉTICA DEL TOREO. REFLEXIONES PARA UN INMINENTE AÑO 2000, ÚLTIMO DEL SIGLO XX.[1]

 INTRODUCCIÓN

    En la ciudad de México, y a fines de 1886 se discutió en el Congreso la derogación del artículo 87 de la Ley de Dotación de Fondos Municipales, misma que, en 1867 prohibió las corridas de toros debido a razones económicas (la empresa de la plaza de toros del PASEO NUEVO no estaba al corriente en el pago de los impuestos). Tras casi dos décadas de condena, el 20 de febrero de 1887 la capital del país recuperaba esta diversión pública.

   Ese mismo año, se dio un fenómeno que comenzó a modificar radicalmente la forma en que las corridas de toros fueron a tomar un rumbo distinto, por lo que lentamente la tauromaquia a la mexicana fue diluyéndose para dar paso al toreo de a pie, a la usanza española en versión moderna, coyuntura afortunada porque el toreo nacional llegó a su natural estado de agotamiento, a pesar de que Ponciano Díaz Salinas era su principal abanderado, formando con esta manifestación un capítulo histórico que defendió a ultranza hasta su muerte. Pero esa defensa, más bien desarrollada en la provincia que en la propia capital, se sometió a las amenazas y luego se entregó, reducida a su mínima expresión, al nuevo y avasallante orden de cosas.

   Aquel toreo, ya perfectamente establecido convenció a muchos espectadores que luego se hicieron aficionados y asimilaron la expresión en su totalidad, gracias a la intensa campaña que operó en manos de un buen puñado de periodistas, que en realidad fueron los primeros convencidos de aquel nuevo amanecer, desplegándolo generosamente con sus conocimientos en diferentes tribunas como LA MULETA o EL TOREO ILUSTRADO.

   Así las cosas, al finalizar el siglo XIX, y al arribo del XX, el toreo en México presenta unas condiciones que producen el alistamiento de los diestros que no sólo les toca transitar en esos dos siglos, sino de aquellos que van arribando para colocarse en sitio de privilegio.

   Sin embargo, todo aquello se encontraba en un estado primitivo que fue evolucionando al ritmo en que los más representativos toreros iban dando a conocer su declaración de principios. En conjunto, el siglo XX ha sido escenario de importantes manifestaciones que empezaron en manos de Arcadio Ramírez y terminan con Jerónimo Aguilar e Ignacio Garibay.

   Bajo estas bases, pretendo explicar como, en medio de esa evolución, el toreo ha transitado de una expresión bélica y aguerrida a otra de carácter puramente estético.

   Arcadio Ramírez “Reverte mexicano”, mezcla, en su alias dos líneas: la influencia de Antonio Reverte, torero español que entonces visita nuestro país; y la de su propia mexicanidad, que fue la dominante, empezando por sus rasgos y sus orígenes. Su toreo era la más evidente manifestación del primitivismo en boga. Y si no trascendió, fue porque quedó rebasado por los diestros españoles que entonces seguían dispuestos a mantener su hegemonía, también bajo aquel mismo principio del toreo, con la diferencia de que los hispanos aventajaban a los nacionales en técnica, una técnica que asimiló con gran acierto y florecimiento…

 Rodolfo Gaona.

PASTOR y GAONA

 Rodolfo Gaona junto a Vicente Pastor, en 1912.

    Rodolfo no es un torero de generación espontánea. Surge, formado bajo el rigor de un viejo banderillero español, miembro de las cuadrillas de “Frascuelo” y Ponciano Díaz. Saturnino Frutos era su nombre. “Ojitos” el seudónimo con el que se le recuerda.

   Gaona, al recibir la enseñanza tan rigurosa por parte de Saturnino Frutos, hace suyas las lecciones emanadas del clasicismo de Francisco Montes, Cayetano Sanz y Rafael Molina “Lagartijo”; que, junto a su raza del más puro sello indígena, nos refleja, en conjunto, lo que parece ser una conquista espiritual. Nada se violentó y Gaona con su toreo, desentraña una identidad hasta ese momento oculta. El toreo en manos de Rodolfo alcanza la cima de una manifestación buscada desde mucho tiempo atrás. Afortunadamente, las condiciones de tiempo y espacio por las que deambula el “indio grande” permiten el desarrollo perfecto de su expresión, conceptuada en momentos de ruptura social. El Porfiriato como proyecto que pretende la gran nación luego de los vaivenes políticos y militares de mediados de siglo XIX, obtiene algunos importantes avances. Sin embargo, la Revolución cuestionó y abatió ese régimen con las armas. Nuevas expresiones culturales fueron dadas a conocer, entre otras, el resurgimiento del nacionalismo que se desbordó en manos de muchos artistas y creadores. Gaona fue uno de ellos. Es más, lo trascendió y, al internacionalizar su quehacer consigue, de una vez por todas “universalizar el toreo”. ¿En qué consiste esto?

   El recordado “José Alameda” abordó tal postulado que publicó en su libro Historia verdadera de la evolución del toreo con el siguiente planteamiento:

    Se dice que Gaona fue el que “universalizó” el toreo mexicano, el que abrió las puertas del ámbito internacional para los toreros de México… La consideración tiene que ser más amplia. Veamos: hasta entonces, todas las figuras del toreo habían sido nacidas en España; Gaona es el primero que, sin haber nacido en tierra directamente española, se hace figura del toreo mundial. Más tarde, vendrían Armillita y Arruza, y el venezolano César Girón y el portugués Manolo Dos Santos… Pero el primero: Rodolfo Gaona.

No digamos, pues, que Gaona “universalizó” el toreo mexicano: “universalizó” el toreo. Punto.

    Rodolfo Gaona despliega en su tauromaquia la riqueza técnica y estética con que se va conformando una nueva generación, de la que es punta de lanza, eje y mando. Sus faenas, además de ser obras de arte, se convierten en cátedras magistrales, y es modelo a seguir. En suma, consolida su Imperio, que lo extiende, prodigioso, por ruedos españoles. Allá, se le reconoce la enorme capacidad que acumula, a pesar de su competencia con José Gómez Ortega “Gallito” o “Joselito” enorme torero que, evidentemente no le convenía permitir el paso a nada ni a nadie.

   En aquella época se lidiaba un toro quizá más corpulento, que no daba pie a faenas de lucimiento, sino a una labor de mucho oficio, o lo que es lo mismo, riñonuda. Épocas en que se jugaron infinidad de toros españoles, en tanto que el ganado mexicano adquiría también una presencia en el panorama, resultado de grandes esfuerzos por parte de los ganaderos de bravo, quienes aprovecharon la productiva exportación de sementales y vacas que arrancó también en 1887.

   El diestro leonés manifiesta su expresión con insuperables adelantos y, para su época se conciben como de avanzada los lances que ejecuta a la “Verónica”, lances con los que parece convocar a los ángeles, dada la interpretación: los brazos desplazándose hacia arriba, vaciando con el toque que el toreo de esa época exige. La “gaonera” -su creación- se convirtió en paradigma por la búsqueda del perfecto equilibrio.

   Banderillando era un prodigio, porque no se concretaba al sólo compromiso de clavar los palitroques, sino de aplicarse en todos los terrenos, con suprema elegancia. El testimonio fehaciente de esta afirmación lo encontramos en las diferentes fotografías que se obtuvieron en esos momentos cumbres.

   Y desde luego, todo el quehacer muleteril estuvo sustentado por la elegancia más pura, con todo y que en su momento, la faena no alcanzaba el abundante y a veces hasta esteriotipado planteamiento actual, que, en aras de proyectar una supuesta belleza efímera, se olvidan de la profundidad que alcanzó “el petronio de los ruedos”, precisamente cuando se encontró con el toro Quitasol de San Mateo, aquella tarde del 23 de marzo de 1924 con la que se concibió el prototipo de faena moderna. Si “José Alameda” dio a Manuel Jiménez “Chicuelo” el atributo de haber logrado con “Corchaíto” de Graciliano Pérez Tabernero ese nivel, nosotros se lo damos -sobradamente- al leonés con aquella obra de arte, parteaguas emblemático de la consolidación de su toreo con todo el peso del pasado, pero también con la balanza perfectamente definida de lo que significaba -para Gaona mismo- la faena “moderna” que tanto acentuamos aquí.

   Se despidió, como ya todos sabemos, el 12 de abril de 1925 y a él, vino a sucederle una nueva generación de toreros, encabezada fundamentalmente por…

 José Ortiz y Fermín Espinosa “Armillita chico”.

    Alguna vez confesaba el desaparecido David Liceaga que los toreros de su generación tomaron a Gaona como modelo y pretendían ser como él. Claro, estuvieron sujetos a los cambios que se registraron, por lo que fácilmente se adecuaron a su tiempo. Ya había pasado por los ruedos la revolución de Juan Belmonte que le dio a la tauromaquia otro sentido y carácter. “Chicuelo”, otro de los forjadores de la faena moderna sigue en la escena y su influencia, en gran medida la continuaron otros dos grandes y geniales toreros de embrujo: Francisco Vega de los Reyes “Gitanillo de Triana” y Joaquín Rodríguez “Cagancho”, que desplegaron también su quehacer, en medio de esos característicos altibajos agitanados en los ruedos mexicanos.

   Desde luego, José Ortiz, el “orfebre tapatío” asimiló el toreo y lo enriqueció con un repertorio que lo pone más en práctica “El Juli” que nuestros propios toreros, habituados a la estandarización de la “chicuelina”, lance con el que pretenden ganar apenas unos pasos, pero no la batalla.

   Pepe Ortiz, junto a Fermín Espinosa, Jesús Solórzano y Heriberto García, los toreros post-revolucionarios, se suman al contingente de los artistas y creadores que México está viendo crecer en una época que busca rescatar los valores nacionalistas, expresados sobre todo por los geniales Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros, que tuvieron en grandes muros el mejor espacio para dar a conocer su obra, que hoy sigue siendo admirada por las nuevas generaciones. Aunque el nacionalismo en el toreo no se instala como un dogma, se le reafirma frente a la competencia que encuentran los toreros de nuestro país con los españoles. Por supuesto que afición y tauromaquia se benefician pues, como puede entenderse: Ortiz, creador interminable; Fermín, maestro si los hubo; Solórzano, un despliegue de arte y Heriberto dueño de vitalidad torera, en conjunto dieron supremacía al periodo que gestaron, denominado “edad de oro del toreo”.

FERMÍN ESPINOSA_ARMILLITA

Fermín Espinosa “Armillita”

    Y Fermín, catalogado como un matador de toros completo, poderoso, fue capaz de realizar faena a casi todo el ganado que lidió en su vida. La tauromaquia del saltillense continuó la ruta trazada por Gaona (claro, no se parece en nada a la sentencia idealista de Alfaro Siqueiros que manifestaba: “no hay más ruta que la nuestra”) en el sentido de lo completo, encabezando a los de su generación, hasta llegar a territorio español, donde continuarían con ese propósito de enaltecer el papel de los mexicanos en el extranjero. Desafortunadamente en los días previos a la guerra civil española, Marcial Lalanda hizo un extrañamiento público luego de que no le pareció a él y a otros toreros que varios carteles se formaran solamente con toreros mexicanos, entre ellos Fermín. Por supuesto que ardió Troya y los espadas nacionales materialmente fueron expulsados de territorio hispano. El trauma alcanzó entonces su máximo grado (con Gaona ya se habían visto ciertos intentos de bloqueo, que no prosperaron del todo, a pesar de que “Joselito” encaró personalmente el hostigamiento hacia el mexicano).

   Aquel capítulo determinó en gran medida el desarrollo de la “época de oro en el toreo nacional”, puesto que “Armillita”, Pepe Ortiz, Solórzano, Alberto Balderas, Lorenzo Garza, Luis Castro “El Soldado”, Carlos Arruza o Silverio Pérez, entre muchos otros, consolidaron a la tauromaquia mexicana, sin prescindir de la presencia espiritual (entiéndase técnica y estética) de la que la española había hecho para cambiar el rumbo en el quehacer nacional casi 50 años atrás a la presencia de este grupo de notables.

   La cúspide de todas las aspiraciones llegó al punto más alto de las jerarquías obtenidas por ese conjunto compacto y heterogéneo de matadores de toros, que no ha habido otro, el que, además tuvo la virtud de formarse bajo unos métodos precisos donde la personalidad arrolladora era uno de los argumentos con que solían -dentro y fuera de la plaza-, darse a conocer. Quien no recuerda a Lorenzo Garza, por ejemplo, yendo por la calle, causando verdadera conmoción, la misma que provocaba en la plaza ya con una faena de época, ya con una bronca de órdago que incluso, en varias ocasiones culminó en la cárcel, ante el preámbulo de una multitud desquiciada, lanzando insultos y cojines al diestro que a la siguiente actuación del neoleonés se le entregaba incondicionalmente luego de la victoria. Así de geniales podían ser los toreros de esa generación y que hoy nadie se acerca, ni por casualidad a esa épica con que sabían desenvolverse, mejor que un actor, en el escenario.

   Reanudadas las relaciones taurinas en 1944 y con la presencia de diestros españoles de nuevo en el panorama, aquel espectáculo seguía ofreciéndose “a la alza” que cuando se presentó…

 “Manolete”

 En 1945, el panorama estaba totalmente desquiciado, pero no en el sentido de desorden, sino en el que explica que la fiesta de toros en nuestro país ha llegado a un imprevisible límite, por lo armonioso de su respuesta.

   Nadie, por ese entonces quedó exento de conocer vida y obra de uno más de los “Califas” de Córdoba, como si con su presencia se vivieran los días de esplendor irradiado por imágenes vivas de la España que se asomaba a nuestro país para decirnos que su reconquista no era una casualidad. Nos mostraba y nos obsequiaba a uno de sus mejores hombres, ese torero que “conquistó”  de diferente manera a la de sus antecesores, a un pueblo que lo quiso y se apropió de él.

   Ya hemos visto que la ruptura ocasionada por el boycot encabezado fundamentalmente por Marcial Lalanda, alentó no sólo la época de oro, sino que también insufló el nacionalismo taurino, el cual fue de la mano junto a ese otro “nacionalismo”, el de Manuel M. Ponce, Carlos Chávez y Silvestre Revueltas, pero también al que supieron proyectar Agustín Lara, Lorenzo Barcelata y Joaquín Pardavé, cuyas influencias musicales afirmaron la esencia de una nueva forma de ser y de pensar, tan luego pasó el último recuerdo revolucionario, a pesar de que algunos se obstinan en mantener su utópica supervivencia.

   En aquel entonces, se llegó al extremo de etiquetar a Alberto Balderas como “el torero de México”, que es como decir de da Vinci, el genio de Italia. Balderas, José González “Carnicerito”, David Liceaga, Lorenzo Garza o Luis Castro “El Soldado” manifestaron su personalidad a base de una reciedumbre que siempre se impuso. Esto fue como volver a recuperar la mexicanidad.

   La muerte de Balderas el 29 de diciembre de 1940 conmovió a la afición y a la sociedad en su conjunto. Fue un duro golpe, menos a las aspiraciones de la torería toda que continuó su marcha demostrando capacidad que siempre iba a más. Nunca se estancó, al contrario, florecieron nuevas generaciones que dispuestas a declarar la guerra, se apostaron en sitios estratégicos. De ese modo surgió Silverio Pérez, como un nuevo Nezahualcóyotl que cimbró aún más el escenario, junto a Alfonso Ramírez “Calesero” y Fermín Rivera.

   La tauromaquia de estos tres grandes diestros tuvo la virtud de plantearse como una sublimación de la estética y la expresión mexicanas que no pueden dejar de fundarse, ni de fundirse en la influencia española la que, a pesar del aislamiento, fruto de la ruptura en las relaciones, desde 1936 y hasta 1944, no dejaba -ni dejará de notarse- en el ambiente. Es tan fuerte que aunque se le niegue o pretenda ocultársele, resurge siempre como Ave Fénix.

MANOLETE_PUBLICIDAD_MAYO 1944

El Ruedo- Madrid, suplemento taurino del 2 de mayo de 1944, p. 58

    Silverio, “faraón de Texcoco” fue en su época un artista distinto, aliado al mismo tiempo de la ortodoxia y la heterodoxia, circunstancias con las que desplegó su toreo enajenado también por un carácter lleno de altibajos, como los de un artista, que siempre lo fue. A Silverio se le debe el sello de un nacionalismo que si bien no dejó secuela, sí influyó con su estilo en las generaciones que le sucedieron. Lo mismo pasó con Alfonso Ramírez “Calesero”, dueño de grandes cimientos, aunque inestables. En una entrevista que le realicé, se sincera y declara:

   Sufrí y batallé mucho. Cornadas, obstáculos, que seguramente Dios les pone a las personas para ver si es verdad que va a desarrollar uno su valor, su inspiración, su poderío con el toro. Algo tiene que ver, pero yo sufrí muchísimo, porque pasaba el tiempo, lidiaba muchos toros no acordes a mi toreo. Entonces, la batalla fue intensa. El público me aguantó 20 años para que yo me pudiera consagrar como gran figura. Recuerdo aquellas “porras” en los tendidos de la plaza. Grupos muy selectos, con un comportamiento en la plaza como debe de ser. Escartín, Echegaray, auténticas personalidades. Ellos me decían “pavo real” y pasaba yo por allí: ¡Pavo Real!, venga, ¡sacúdete!. Un día quise dar una vuelta medio forzada y con la fuerza de un NO en sus dedos, me obligaron a desistir. La tarde en que toreo a MILAGRITO  de san Mateo, despidiéndome de novillero toreábamos: Gregorio García, Jesús Jiménez “Chicuelín”, Jesús Guerra “Guerrita” y yo. Después de tres pinchazos me dieron las dos orejas. Los de la porra me gritaban: ¡Pavo Real!, pasa, ven. Se quitaban las chaquetas, -puro casimir ingles- y las tiraban a la arena. ¡Písalas! reclamaban. Así me dieron tres vueltas. En la contraporra había un madrileño llamado Pedro Ledo, buen aficionado. Me decía: “Perfumita, Perfumita”, una gotita na má!”. Se conformaba con una gotita de arte.

   Esto da idea del artista en potencia que ya era Alfonso Ramírez.

   10 de enero de 1954, ¿reivindicación, resurgimiento, ultimátum del hombre al torero? ¿Qué pasó aquélla tarde trascendental en “El Calesero”?

   Esa tarde -sigue narrando “Calesero”-, aparte de que Dios me iluminó me tocaron en suerte dos toros a modo -porque a los dos toros los cuajé-, a pesar de los pinchazos, sólo me dieron una oreja, pero debí haberme llevado las cuatro y un rabo. Si no pincho a JEREZANO me llevo el rabo. Esa tarde, con la gracia de Dios que había marcado lo que iba a suceder, era la reaparición del maestro Fermín Espinosa “Armillita” después de dos años que se alejó de los ruedos y la expectación, grandiosa. Batallé mucho para conseguir esa oportunidad de torear la corrida y desde que salió mi primer toro la entrega fue absoluta (el toro se llamó CAMPANILLERO), a ese toro le di la larga cordobesa, que por cierto hay una cosa muy bonita. Después de seis años que ya agarré fuerza, salía yo de Cuatro Caminos de una corrida de toros del brazo de mi mujer. Estaba un hombre platicando con otro de espaldas a mí y comprendí que me reconoció. Y le dice al otro:

   -Mira quien viene ahí.

   Y seguí mi camino.

   -Y el otro le contestó al verme:

   -Hombre, lleva comiendo seis años de una larga cordobesa.

   -Como sería la larga.

ALFONSO RAMÍREZ_CALESERO

Alfonso Ramírez “Calesero” en templado natural con la derecha.

    No se me puede olvidar, cada vez que platico algo sobre esta ocasión sublime, me emociono mucho.

   ¿Fué un parteaguas en su vida?

   Si señor.

   El pasado quedó atrás y surgió un nuevo CALESERO.

   A tal grado que duré 12 años formando parte importante del grupo de toreros que sostuvimos la fiesta por aquel entonces.

   Ahora de recuerdos vive uno.

   “Calesero” legó al toreo mexicano muchas otras grandes faenas, como las de Guadalajara, León y Córdoba, Veracruz y en él aún se conservan las esencias gratas de un perfume que nunca ha de perder su encanto original.

   Por su parte Fermín Rivera, modelo de la vergüenza torera, enfrentó junto a Alfonso Ramírez el ímpetu de dos edades: la de oro, de donde surgieron y la de plata, a la que enaltecieron y enriquecieron con su participación. Surgir, apenas hacer ruido y triunfar frente a las grandes columnas de esa etapa dorada, era apenas como hacer tambalear el imperio que juntos construyeron tan grandes toreros. Sin embargo con esa herencia, asumieron el siguiente periodo que no los hizo menos por venir de una época que ya no correspondía a su momento. Al contrario, se les reconoció y supieron desenvolverse con naturalidad, por lo que su toreo como ejercicio espiritual trascendió a las esferas infalibles del olvido.

   El ganado que se lidiaba en esos momentos, también se fue adecuando a las condiciones que marcaban los toreros cuyo mando se consideraba definitivo para entender qué tipo de toro deseaban para la faena practicada entonces. Uno de los principales ganaderos que emprendieron tal compromiso fue Antonio Llaguno, quien se propuso crear y criar un toro acorde a los tiempos que se vivían. Desde el esplendor de Gaona, cuando se enfrentó a QUITASOL con el que realizó lo que puede considerarse el arranque de la faena moderna en México, a base de varios naturales ligados, Llaguno García comprendió que la casta del Marqués del Saltillo otorgaría momentos gloriosos al toreo mexicano. Claro, al esfuerzo impreso por este señor-ganadero se le debe un enorme agradecimiento que no termina, en virtud de que su obra alcanzó buena parte del campo bravo mexicano, mismo que enfrentó el fraccionamiento de la propiedad territorial y de siempre, las condiciones climatológicas adversas.

   Es cierto, a veces la estandarización ha podido más que la pasión. Comenzó a salir a las plazas un toro que resultaba justo. Justo en edad, en presencia, casta, bravura. Siendo cada vez menos ofensivo y dejando que desear en su juego. No fue común denominador en todas las ganaderías, sin embargo estas razones desplazaron a las ganaderías que comenzaban a resultar incómodas, afirmándose en el escenario otras, probablemente con un corte “comercial” más definido.

   A todo esto, no podemos olvidarnos del surgimiento de cuatro nuevas fuerzas:

 “Joselillo” y los “tres mosqueteros”

 Quienes se encargaron de darle cauce al toreo del inicio de la segunda mitad del siglo que fenece.

   En el caso de esta nueva generación de toreros nos encontramos con que irrumpieron en un momento en que las figuras colgadas del candelero, dan todo de sí. La guerra estaba declarada. “Joselillo”, dueño de una virtud a todas luces aguerrida, conmovió a la afición entera, manteniendo en un tiempo muy corto la atención de los aficionados. José Laurentino Rodríguez cada tarde se jugó materialmente la vida con una demostración de vergüenza torera, que casos como el suyo no se repiten todos los días. Por destino y por azar su muerte coincidió con las de “Manolete” en Linares y la de José González “Carnicerito de México” en Villa Franca de Xira, Portugal, ocurridas entre agosto y septiembre de 1947 y que sacudieron las conciencias de las multitudes, al grado que esos vacíos fueron muy difíciles de llenar.

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El Ruedo. Madrid, 2 de octubre de 1947, N° 171, p. 25

    Jesús Córdoba, Manuel Capetillo, Rafael Rodríguez y Paco Ortiz constituyeron la presencia dumasiana del toreo, al quedar etiquetados como “los tres mosqueteros” y D´Artagnan del toreo mexicano. Su presencia ocasionó una respuesta popular sin precedentes, porque como novilleros fueron capaces de llenar la plaza de toros “México” durante varias tardes, demostrando una capacidad que poco a poco les fue garantizando un lugar en la tauromaquia de nuestro país. Córdoba, por ejemplo, fue dueño de un privilegiado estilo que de tan perfecto se le cuestionó su frialdad. El estilo es el hombre, remarcaríamos. Por su parte Capetillo de alguna manera se convertía en sucesor directo de la expresión silverista, corregida y aumentada que ponderó a niveles donde dio aún más extensión y largura a los lances, pero sobre todo a los pases de muleta, abriendo el compás y acompañando con el giro y movimiento de la cintura para arriba, el recorrido de cada muletazo, que nos parece escuchar a “Paco Malgesto” cuando rubricaba con su narración cada uno de esos pases, que resultaban “¡h-o-n-d-o-s   y   p-r-o-f-u-n-d-o-s!”.

   Rafael Rodríguez “el volcán de Aguascalientes”, temerario al principio, después asimiló el toreo, e incluso hasta se perturbó porque la técnica aprendida se impuso a los arranques de valentía con que declaró su tauromaquia inicial.

   Y Paco Ortiz, que en la escena no fue el protagonista principal, en cambio fue para sus compañeros un alternante incómodo, pero en conjunto, estos grandes toreros, cada quien con una personalidad definida supieron ocupar un sitio, ganárselo a pulso. Fueron los encargados de dar la bienvenida a la segunda mitad del siglo XX, mientras otras enormes figuras que pertenecieron a la edad de oro tocaban a retirada (Jesús Solórzano, David Liceaga o Paco Gorráez). Fermín, Garza, “El Soldado”, Silverio, Procuna, “Calesero”, Luis Procuna, Gregorio García (entre otros) por su parte, decidieron permanecer algún tiempo más, siendo acogidos por la afición que siguió teniéndolos en buen concepto. La permanencia es buena, pero la sucesión es otro medio de ir encontrando a quienes serán las figuras del mañana.

   Hoy en día, el caso excepcional de Antonio Chenel “Antoñete”, “Curro” Romero y Rafael de Paula nos habla de una permanencia perfectamente balanceada. “Curro” con 40 años de alternativa y con la satisfacción de seguir siendo el torero predilecto -por lo menos- en Andalucía en lo general, y en Sevilla en lo particular, debe llenarlo de gusto porque no se ha puesto en práctica y ni se ha violentado ningún método de rechazo o repudio. Todo lo contrario, lo suyo es miel sobre hojuelas.

   Y sigue la mata dando…, que así dicen que dijo…

   Traspasada la frontera de la segunda mitad de este siglo que se nos va, poco a poco aparecieron nuevas generaciones de toreros que siguieron dándole fuerza y vigor al toreo en México. Llegó el momento en que

CCI12072013_0021 ESTO, del miércoles 5 de julio de 1967. Col. De Roberto Mendoza Torres.

 Amado Ramírez “el loco” y “Joselito” Huerta

 Se dispusieron a emprender la marcha que los llevó a cimas muy altas. Amado Ramírez, traicionado por sus locuras se rezagó, aunque no dejó de ser un torero consentido por la afición. En cambio “Joselito” Huerta, impuso su estilo sobrio y mandón frente a la cara del toro, proyectando su quehacer en ruedos nacionales y también del extranjero, donde puso muy en alto la bandera mexicana. Aquí y allá, lo mismo que otros enormes toreros, su capacidad fue valorada sin miramientos. Sus seguidores, por consecuencia, fueron legión.

   Por allí, les siguió muy de cerca Miguel Angel, “el güero” Miguel Angel, dueño de un arte a raudales, pero que la cornada de Sevilla del año 1954 vino a ocasionarle trastornos irreversibles, que acabaron con sus aspiraciones y las ilusiones de la afición que se mantuvo pendiente de su quehacer.

   Alfredo Leal, otro de los considerados artistas, consagró la tauromaquia con el toque de gracia que dictaba su espíritu, al grado de bordar con el capote y la muleta lo mejor del repertorio. En él, las escuelas sevillana, rondeña, o mexicana tuvieron un alumno adelantado. Desde Tlaxcala, Jorge Aguilar “El Ranchero” reivindicó el puro sabor de lo nacional en el toreo, puesto que su expresión se fundó en lo agreste de los surcos, lo árido de las montañas y los campos tlaxcaltecas, con sus toros bravos que entendió a plenitud, como lo hizo en el ruedo de infinidad de plazas, tanto en el país como en el extranjero, que para eso siempre andaba “fajado”, como dicen en mi tierra.

    En esas estábamos cuando de repente surgió inesperadamente otro gran torero que respondió al nombre de

 Manolo Martínez

 Quien vino a convertirse en el depositario común del toreo en nuestro país, en el último tercio del siglo.

   Vienen enseguida, unas notas a propósito de las aproximaciones o EL HILO CONDUCTOR DE LA TAUROMAQUIA ENTRE MANOLO MARTÍNEZ Y ENRIQUE PONCE.

   Sin afán de polemizar, sólo de aclarar, ofrezco a continuación mi postura sobre la discutida e interesante tesis que planteó el Lic. Julio Téllez en su programa TOROS Y TOREROS, en el sentido de que Enrique Ponce debe buena parte de su toreo a la influencia ejercida por el desaparecido Manolo Martínez.

   En la emisión del día 28 de febrero de 1999 hizo un planteamiento, que aún no termina, el cual sostiene que la tauromaquia de Enrique Ponce se encuentra enriquecida por el efecto manolomartinista, en cuanto a que el diestro neoleonés es hoy en día una fuente de inspiración, no sólo para el valenciano. Lo es para muchos de los toreros que forman parte de la generación inmediata a la que perteneció el torero mexicano. Y no se trata sólo de los nacionales. También del extranjero. Esto es un fenómeno similar al que se dio inmediatamente después de la despedida de Rodolfo Gaona en 1925; muchos toreros mexicanos vieron en “el petronio de los ruedos” un modelo a seguir. Querían torear, querían ser como él. No estaban equivocados, era un prototipo ideal para continuar con la tendencia estética y técnica impuesta durante casi veinte años de imperio gaonista. Sin embargo estaban llamados a ser representantes de su propia generación, por lo que también tuvieron que forjarse a sí mismos, sin perder de vista el arquetipo clásico heredado por Gaona.

   Pero el asunto no queda ahí. La tauromaquia tiende a renovarse, y aunque pudiera darse el fenómeno de la generación espontánea, en virtud de que algunos toreros importantes se formen bajo estilos propios, estos se definen a partir de cimientos sólidamente establecidos por diestros que han dejado una estela destacada que se mete en la entraña de aquellos quienes llegan posesionándose del control, para convertirse en nuevas figuras.

   En el mismo programa TOROS Y TOREROS, surgió una razón que explica el dicho anterior. En inteligente entrevista formulada a Julián López “El Juli” se le preguntó:

   -¿Quién es para tí el “paradigma de todas las virtudes”?

   A lo que contestó el joven espada:

   -Desde luego Manuel Rodríguez “Manolete”, José Gómez Ortega. Y luego refirió el nombre de otros personajes trascendentales en su formación.

MANOLO EN 1967

Manolo Martínez en 1967. Col. Roberto Mendoza Torres.

    Es decir: “El Juli”, Enrique Ponce o quien sea, no pueden hacer hablar sus tauromaquias si no las sustentan en el “abc”, en el vocabulario o las “reglas gramaticales” que dejaron a su paso los “paradigmas” que han ejercido poder y presencia en el toreo como expresión universal. Y digo universal porque ya no puede considerarse ni local, ni tampoco como resultado de una escuela específica, y mucho menos nacional. El toreo es en nuestros días una manifestación universal debida a la nutriente que circula por sus misteriosos vasos comunicantes cuyas salidas secundarias son las plazas de tienta. Las primarias, evidentemente son las plazas de toros.

   En esa permanente convivencia ha trascendido el quehacer taurino de la que no es ajena el público, la afición en su conjunto. Así como es testigo presencial de la consolidación mostrada por el torero que ha llegado a su punto de madurez profesional, también aprecia la puesta en escena de quien se incorpora como candidato a ser un modelo establecido. Y aún más, el “paradigma de todas las virtudes” para toreros de generaciones venideras que ocuparán sitio de privilegio.

   Y aquí surge el argumento que fortalece esta disección: las generaciones, el ritmo generacional con que también las sociedades han consolidado su presencia a través de los años, en un constante renovar que se genera. Hoy hablamos de “Pepe Illo”, de “Paquiro” o del “Guerra” porque dejaron a su paso la experiencia del quehacer taurino a fines del siglo XVIII; el primer tercio del XIX y finales de este. En sus “tauromaquias” se concentró la summa de sus correspondientes generaciones, recordando que summa es la reunión de experiencias que recogen el saber de una gran época.

   Se habla de las escuelas “rondeña” sustento que viene desde el esplendor de los Romero de Ronda, de estilo pulcro. La “sevillana” de “Cúchares”, salpicada de “duende”. Incluso se menciona la escuela “mexicana” del toreo. El caso de Silverio se revisa aparte.

   La sola mención de Silverio Pérez como uno de los representantes fundamentales de tal “escuela”, nos lleva a surcar un gran espacio donde encontramos junto con él, a un conjunto de exponentes que han puesto en lugar especial la interpretación del sentimiento mexicano del toreo, confundida con la de “una escuela mexicana del toreo”. La etiqueta escolar identifica a regiones o a toreros que, al paso de los años o de las generaciones consolidan una expresión que termina particularizando un estilo o una forma que entendemos como originarias de cierta corriente muy bien localizada en el amplio espectro del arte taurino.

   Escuela “rondeña” o “sevillana” en España; “mexicana” entre nosotros, no son más que símbolos que interpretan a la tauromaquia, expresiones de sentimiento que conciben al toreo, fuente única que evoluciona al paso del tiempo, rodeada de una multitud de ejecutantes. Que en nuestro país se haya inventado ese sello que la identifica y la distingue de la española, acaba sólo por regionalizarla como expresión y sentimiento, sin darse cuenta de su dimensión universal que las rebasa, por lo que el toreo es uno aquí, como lo es en España, Francia, Colombia, Perú o Portugal. Cambian las interpretaciones que cada torero quiera darle y eso acaba por hacerlos diferentes, pero hasta ahí. En la tauromaquia en todo caso, interviene un sentido de entraña, de patria, de región y de raíces que muestran su discrepancia con la contraparte. Esto es, que para nuestra historia no es fácil entender todo aquello que se presentó en el proceso de conquista y de colonia, donde: dominador y dominado terminan asimilándose logrando un producto que podría alejarse de la forma pero no del fondo, cuyo contenido entendemos perfectamente. La frase contundente de Silvio Zavala nos ayuda a comprender este complejo panorama:

   Los mexicanos tenemos una doble ascendencia: india y española, que en mi ánimo no se combaten, sino que conviven amistosamente.

   Entramos a terrenos más complejos, pues del orden generacional pasamos al sincretismo, argumento que si utilizamos con prudencia -para no perdernos en el mar de explicaciones-, resulta bastante útil si pretendemos manejarlo como elemento que nos aclare la superposición y fusión de circunstancias de distinta procedencia.

   Los toreros de estilo plenamente definido como Antonio Bienvenida o Antonio Ordóñez, surgidos ambos de familias con fuerte dosis de influencia taurina, aunque no se constituyan como efecto directo para un Enrique Ponce, torero cuya expresión experimentará la transición de siglos y de milenios también, acoge en su interior la misteriosa presencia de estos dos enormes “paradigmas”. Su razón no es torear como ellos, ser una réplica barata y estandarizada de los prodigios mencionados. Lo que sucede es que gracias a ellos se debe la respetable conducción del toreo por rutas más definidas, donde sus capotes son lienzos para la explicación de la belleza, soportados por una técnica impecable. Y luego, gracias al planteamiento original en sus faenas de muleta, que desarrollado devino obra maestra, permitió los grados de perfección que conocemos. Bajo este influjo escalaron sitios preponderantes en el toreo. Enrique Ponce, seguramente se mira en ellos a través de un espejo, pero sin que deje de ser el mismo Enrique Ponce plantado en su propio presente.

   El debate sobre la estética y la técnica que Ponce ha puesto en evidencia, se debe a que ha encontrado techo, límite en su quehacer. Esto no significa obstáculo, sin más. Es el reto a trascender otro nivel de expresión, totalmente nuevo, apoderándose de él con fuerza y dominio hegemónicos. Para él la consigna es NO CLAUDICAR. Dicen muchos que Ponce, torea “bonito”. Esa calificación, en el fondo ligera, o si se quiere “kitsch”,[2] puede interpretarse también peyorativa.

   Con todo esto, Enrique Ponce asume un enorme reto. También, y en esa misma proporción un riesgo. Como “figura” se le exige cada vez más, así se le exigió a Manolo Martínez y a muchos otros toreros de esta talla. Y Manolo, y los otros respondían, sabían que no perder el control y manejar la situación como el mejor estratega significaba volver a la normalidad después de la tormenta, disfrutando una vez más las mieles del triunfo, del afecto popular.

   Apenas retirado Manolo Martínez en 1982, surgen los novilleros Valente Arellano, Ernesto Belmont y Manolo Mejía, asidero de aspiraciones para el toreo en México el cual, momentáneamente quedó acéfalo pero que comenzaba a marcar un espacio difícil de llenar, en virtud de todos los efectos (malignos y benignos) del imperio impuesto por el diestro de Monterrey. Tres noveles que repitieron la historia de los otrora novilleros Córdoba, Capetillo y Rodríguez, al llenar una vez más la plaza “México”. La jornada más memorable de dicha tercia se remonta al 28 de noviembre de 1982, lidiando una novillada de la Venta del Refugio, tarde que resultó gloriosa en todos sentidos, porque con su ejercicio vinieron a darle aliento, un aliento que resultó efímero. Valente Arellano encontró al poco tiempo la muerte (estaba recién alternativado) y, como aquella sentencia de “los dos solos”, Mejía y Belmont no pudieron soportar el peso de sus orígenes, por lo que únicamente Manolo Mejía ha sobrellevado, hasta nuestros días la carga de aquel impacto, sometido a las terribles indecisiones, e incluso a las equivocaciones como aquella de autodenominarse el número uno, que trajo consigo demasiados dolores de cabeza. No queda más remedio que arrimarse cada tarde donde su nombre aparezca en los carteles, si no quiere verse desplazado por las generaciones de toreros mexicanos que van surgiendo en el panorama, cuya consistencia no amenaza con hacer demasiado daño, porque ha venido a menos su jerarquía, alejándose cada vez más la posibilidad de que surja el esperado Mesías del toreo.

   En un ambiente en el que la poca, escasa garantía de que muchos pretendientes a la borla de matador de toros tienen por lograr de una faena un modelo de todas las tauromaquias, es el resultado de la standarización en que ha caído ese afán por hacer del toreo la demostración de la ley del mínimo esfuerzo, lo que produce que tarde a tarde, y faena tras faena veamos el inconfundible cartabón de la ejecución de unos cuantos lances, a veces reducidos a “Verónicas”, chicuelinas y gaoneras. Un primer tercio en el que los picadores se obstinan en tapar la salida de los bureles ante la indiferencia, primero de la autoridad que lo permite y segundo, de los diestros que han olvidado el imprescindible “quite” y dejan esta labor en manos de sus cuadrillas. Muchos que saben banderillear dejan que la insistencia del público los obligue a lucirse en estas suertes, pudiéndolo hacer, incluso hasta de manera por demás humilde y discreta, antes de evitar que los aires de suficiencia se apodere de ellos. Muy cierto es que hay exponentes extraordinarios en este renglón, y no deben desperdiciar la oportunidad de lucir sus facultades. Y cuando llega el tercio de muerte, sabemos que buena parte de la faena depende del planteamiento inicial con que declaran sus propósitos por lucirse en el segmento de la lidia que gusta más en nuestros días. Sin embargo, buena parte de las faenas parecen estar cortadas con la misma tijera y, en muchos de los casos parecen no estar resueltas con el oficio que corresponde. Si a todo esto agregamos que, ante un afortunado desenlace con la espada, pero sin la congruencia que amerita el justo otorgamiento de apéndices, resulta que muchos de estos han sido concedidos sin el merecimiento que se refleja cuando al entregársele él o los apéndices al matador, el público valora y reclama lo parco o excesivo de aquélla premiación simbólica.

   El ganado, en nuestros días ha sufrido merma en presencia y bravura, donde la sospecha de la edad virtual nos hace entender que el camino no es el correcto. Es hora de entender que la fuerte competencia comercial y un mercado cada vez dirigido a la calidad total, no es ni debe ser lo que vemos en las plazas. O se logra, o estamos perdidos.

   Resulta importante hablar sobre los más recientes conflictos que han ocasionado los cierres temporales sobre todo de la plaza de toros “México”. Recordemos que durante 1998 la temporada de novilladas no pudo celebrarse, por lo que se perdió un importante capítulo de posibilidades en el sentido de atraer nuevos prospectos para ocupar sitios estratégicos en la sucesión taurina de nuestro país. La provincia sirvió como terreno suplente y adecuado en el que tuvo lugar una lenta gestación de novilleros que se enfilan a demostrar sus adelantos y capacidades. Buena parte de los matadores de toros, con Eulalio López “El Zotoluco” y Mario del Olmo a la cabeza, conducen el intento por afirmar la esperada reacción de desplazar el paréntesis que obstruye el paso definitivo y atestiguar así, la llegada de una fresca presencia dominante de toreros que han de ocupar las principales vacantes que existen en el escalafón ya no sólo de las figuras, sino incluso en el terreno de los mandones, sitio apartado para el que, con su discurso de mando y control se decida ocuparlo.

   En estos días previos a tan significativo tránsito secular y milenario (todavía falta que concluya el último día del año 2000, para el arribo al siglo XXI y el tercer milenio, respectivamente), soplan los vientos generacionales de algunos nuevos toreros que han de empuñar en el próximo espacio temporal la bandera del toreo mexicano. Ellos son: Federico Pizarro, Fernando Ochoa, Jerónimo Aguilar y hasta algunos novilleros como José Luis Angelino, Fermín Spínola, Oscar López Rivera, Cirilo Bernal o Israel Téllez quienes habrán de responsabilizarse de ser los continuadores de la trayectoria taurina mexicana, como dignamente la afición espera de ellos.

   En conjunto, esta parece ser la generación de toreros mexicanos que ingresará al siglo XXI, manteniendo -por un lado- la tradición; pero por otro, la esperada y anhelada consagración que tanta fe ha puesto en ellos la afición del país. Ojalá se cumpla el designio para que no vuelva a repetirse el fenómeno de una generación perdida. Ya no queremos vivir más la experiencia del desaliento.

   Este ha sido -a mi parecer- el recorrido taurómaco mexicano durante el siglo XX. Ocuparse de toda la torería es dedicar un auténtico tratado que no es el fin de la presente visión. Se han omitido muchos nombres, y ofrezco mis disculpas a muchos de los diestros no mencionados. He tratado de sustentar todo lo anterior con lo más representativo del quehacer taurino en nuestro país, durante toda nuestra centuria, cuyo papel dejó y ha dejado un peso de memoria digno de recordar, para encarar la visión que ahora concluyo.

México, diciembre de 1999


[1] El presente texto fue elaborado en el mes de diciembre de 1999.

[2] Jean Duvifgnaud: El juego del juego. México, 1ª ed. en español, Fondo de Cultura Económica, 1982. 161 p. (Breviarios, 328), p. 144 y 150.

   Como es sabido, la palabra aparece en Europa Central a fines del siglo pasado, para designar al “mal gusto” de las clases sociales que hasta entonces permanecían ajenas a la estética de las élites. Clases que por entonces ingresan, de manera más o menos fácil, en el mercado de la creación.

   Al parecer, el kitsch es la negación de la estética pero también es en sí una estética. Una estética sin “arte”, una libre investigación de lo imaginario hundida en la trama de la vida que, por primera ocasión, se siente “moderna”, es decir, contemporánea de sus propias ideas y necesariamente perecedera…

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