UNA HAZAÑA DE GAVIÑO CON MÁS DE 70 AÑOS…, Y OTRAS CURIOSIDADES.

ANECDOTARIO TAURINO MEXICANO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    A finales de 1884, el decano de los toreros en México, Bernardo Gaviño, quien afirmaba haber llegado a nuestro país desde 1829, fue contratado para torear varias tardes en la plaza de toros el Huisachal, donde fue a demostrar unas limitadas capacidades (que en su momento fueron vistas como una auténtica hazaña, puesto que en ese momento contaba con 71 años de edad), pero suficientes para liquidar a aquel “Charro”, toro que le tocó en suerte, y del siguiente modo:

(…) Llega la hora de que el Charro (así se llamó el toro) muera; el viejo Bernardo coje los trastos, y frente al departamento de sombra emprende su tarea: da unos ligeros medios pases de muleta y una media estocada que podría llamarse muy bien un corto volapié, ocasionó la muerte del bicho (con todo y que en aquellos momentos, matar de metisaca, “…es lo que agrada más en México”, N. del A.). Dianas, sombreros y puros caen al redondel y toda la concurrencia bate palmas al torero de más de 70 años. En general, todos quedan satisfechos de la bravura y buen juego de este toro.

El Arte de la Lidia, año I, Nº 6 del 21 de diciembre de 1884.

    Más adelante se hace el análisis en la sección LOS TOROS DEL DOMINGO de la misma publicación. COSTILLARES, autor de la colaboración a la muerte del primer toro a manos de Gaviño, escribe:

 (…) la muerte del primer toro, ejecutada por Bernardo Gaviño, quien si la hubiera hecho en Rusia lo hubieran mandado a las estepas siberianas a pasar dos o tres veranitos, temerosos de su rara habilidad o bien entendida malicia; pues más que una estocada pareció un golpe dinamítico de diestro nihilista; fue una muerte sistema Elison, convirtiéndose la punta de la espada en un carrete de Runkfort, que su solo contacto produce la muerte. Ha sido un golpe que hará que siempre se conserve el recuerdo del decano de los toreros. 

AHT24RF1835

 Este grabado se debe a Manuel Álvarez Manilla. Recrea a la perfección los hechos aquí recogidos.

   Por lo que, para imaginarnos aquel detalle, no me queda sino recordar la forma en que realizaba la suerte el diestro contemporáneo Jorge de Jesús Glison, pues, conforme a la opinión de COSTILLARES, aquel “golpe dinamítico” es idéntico a los que propinaba el “Glison” llegada la hora suprema, con el consiguiente toque de suerte que trajo consigo la muerte inmediata del enemigo enfrentado por el diestro gaditano, el cual se ganó un lugar en la memoria mediática de su tiempo, recordándolo en medio de singular emoción.

   Es posible apreciar que la suerte de “metisaca” era bien vista y hasta aplaudida por la afición de entonces, por lo que no es nada extraño que la hazaña de Bernardo se recordara en estos exaltados términos recogidos por El Arte de la Lidia. El mencionado recurso lo hizo suyo muchas tardes el diestro Ponciano Díaz, que también recogió sentidas ovaciones de sus seguidores, pues no habiendo de momento un esquema técnico que explicara la existencia de otras suertes con la espada (a pesar de que ya se conocían las tauromaquias de José Delgado, que tuvo en su poder el conde de la Cortina, y la de Francisco Montes, que editó –ilustrada, además- Luis G. Inclán en 1864), en buena medida los toreros de esa importante época sustentaron su tauromaquia gracias a una intuición que fue válida y aceptada también.

EL MONOSABIO_PORTADA y DETALLE

 EL Monosabio, periódico prohispanista en 1888, reconoció la presencia de Ponciano Díaz.

   Recuerdo que cuando José Machío, diestro español, de los primeros que llegaron a nuestro país en 1885, como fuerza precedente para la espectacular aparición de sus coterráneos dos años más tarde, tuvo que matar de metisacas, porque al intentar la suerte del volapié, inmediatamente fue reprochado por los asistentes.

   Y como hubo mojiganga, de esta apunta el mismo COSTILLARES:

 La mojiganga estuvo graciosísima, formada por indios caballeros en animosos rucios y un capitán en un jamelgo-sardina radical oposicionista, que no hacía caso para moverse ni a los espolazos del jinete, ni a las manifestaciones cariñosas, tales como naranjazos y jarros que le lanzaba el público, quien en su frenesí equivocaba la puntería y aporreó de lo lindo al que lo montaba.

     Otro de los beneficiados lanzó más de seis verónicas[1] y los bichos tendieron en la arena a cinco caballos tomando diez varas.[2] La música complaciente y los monos sabios[3] cuidadosos y entendidos con las mulitas.

     La concurrencia muy variada, descollando algunas flamencas de pegue.

     Dícese que para la próxima corrida del 21 de diciembre de 1884, se lidiará el ganado de Atenco que es, por su clase, el de Miura mexicano. Ya juzgaremos.

    Evidentemente, las mojigangas fueron compañeras inseparables en multitud de actuaciones donde Bernardo Gaviño participaba, quien las más de las veces incluía, traducidas en fascinantes manifiestos declarados en carteles evocadores, el desarrollo de tales funciones. En buena medida, fue el propio hispano quien las promovió y después estas se fueron haciendo imprescindibles en toda función taurina (e incluso extrataurina). Las mojigangas, hoy en día, forman parte de un intenso estudio de exploración e investigación que vengo desarrollando bajo el título: LAS MOJIGANGAS: ADEREZOS IMPRESCINDIBLES Y OTROS DIVERTIMENTOS DE GRAN ATRACTIVO EN LAS CORRIDAS DE TOROS EN EL MEXICANO SIGLO XIX, y del que no tardaré mucho en entregar cuentas.

UN CASAMIENTO DE INDIOS

 El título de la presente obra, fue motivo de varias mojigangas en los ruedos taurinos en aquel entonces. El grabado, se debe a la inspiración de Manuel Álvarez Manilla. Col. del autor.

    Hasta el momento he venido encontrando una suma de delirios, de festivos deleites solo explicados a la luz de las pocas fuentes que refieren su existencia, si para ello se cuenta con los escasos carteles de la época así como de las limitadas reseñas o crónicas que nos van mostrando un desarrollo casi onírico de aquellos acontecimientos.

   Por lo que puede apreciarse, la época de dominio y control por parte de Gaviño (1829-1870 aproximadamente); agregada a la de su espacio decadente del que todavía se registran algunos impulsos importantes y que llega hasta el año mismo de su muerte, 1886, demuestra que no es un torero más en el firmamento, como han querido hacerlo ver más de un aficionado a los toros. En mi concepto, Bernardo Gaviño y Rueda tuvo un significado y una proyección que se desplegaron en el territorio de la tauromaquia nacional, a la que si no enriqueció de modo visible, al menos sí articuló gracias a su permanencia y a su vigencia.

   Como se anota en la reseña de 1884, de que los toros de Atenco, que por su clase fueron considerados los Miuras mexicanos, me parece en lo personal una exageración. Si bien ya llegaban de España aires de algunas crónicas que daban cuenta de lo ocurrido con aquellos astados, no es posible que se hayan tenido en el mismo concepto, debido a que el ganado de Zahariche contaba con unas peculiares características que acrecentaban su velo de tragedia, en virtud de ser un toro duro, difícil para la lidia (aunque los miureños tuvieran algún rescoldo de sangre navarra). En tanto que los de Atenco, que para ese año de 1884 les era revelado un origen navarro bastante concreto, proyectaban un juego y una lidia de ejemplares auténticamente bravos, favoritos para muchos toreros como Gaviño o Ponciano Díaz, que los escogían por ser –en ese momento- una garantía y no un conflicto para sus personales propósitos. Eso sí, Atenco, en algún momento tuvo entre las diversas sangres con que se fue constituyendo en los últimos años del siglo XIX, algo de la raza miureña. Zalduendo –también casta navarra- alimentó las expectativas de la hacienda mexiquense con resultados poco satisfactorios, cuando es comprado un semental hacia 1894, hasta que en 1910 se definió con la adquisición de un pie de simiente de Felipe de Pablo Romero. En todo caso, veamos esto como un toque estrictamente publicitario, pero no comparativo.

   Por su parte, y ya en nuestro siglo, los toros de la hacienda de Malpaso fueron conocidos también, como los Miuras mexicanos. De seguro estos contaban con alguna característica que los hiciera poner al parejo con los que don Eduardo Miura criaba en su ganadería, la que, en poco más de 150 años de historia ha adquirido un notable peso de gloria, pero también un importante número de desgracias, que tuvieron origen con la muerte de José Rodríguez “Pepete” en el siglo XIX y llegan a su máxima cuando “Islero” segó la vida de uno de los más grandes toreros de todos los tiempos: Manuel Rodríguez “Manolete” en agosto de 1947, por mencionar los casos más connotados.


[1] Torear dando la espalda al toro.

[2] Entrar a la pica.

[3] Los muleteros.

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