BANDERILLAS A CABALLO POR PARTE DEL CAPITÁN DE LA CUADRILLA.

ILUSTRADOR TAURINO. SOBRE SUERTES TAURINAS MEXICANAS EN DESUSO (XIII).

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    El acontecimiento a referir ocurrió el 15 de agosto de 1869 en la plaza de toros “El Montecillo” en San Luis Potosí. La figura protagónica aquella tarde fue Lino Zamora.

CARTEL_MONTECILLO_15.08.1869

Veamos en detalle el cartel de aquella ocasión.

PLAZA DE TOROS / DEL MONTECILLO / SORPRENDENTE CORRIDA / DOMINGO 15 DE AGOSTO DE 1869 / TOROS PADRES / DE ( GUANAMÉ / CUADRILLA ZAMORA.

   Deseoso de dar una prueba más de mi gratitud hacia el bondadoso público que me ha honrado en la función anterior (…) en vencer los obstáculos que se me han presentado, a fin de que la corrida que hoy tengo el honor de anunciar como segundo y último espectáculo que en esta vez daré en esta hermosa capital, por tener que marchar a la feria del Saltillo, dejo satisfecho el delicado gusto de mis favorecedores; para lograrlo, he tomado todo el empeño posible en traer los mejores toros de la acreditada raza de la hacienda de Guanamé, por ser los de mayor aceptación en esta ciudad, si consigo con esto, ser acreedor al beneplácito de la concurrencia, nada quedará que desear a su servidor

Lino Zamora

   La función guardará el orden del siguiente / PROGRAMA

1º La música que dirige el profesor D. León Zavala conducirá los carteles, situándose después en el frontispicio de la plaza a tocar las mejores piezas de su repertorio.

2º A las cinco de la tarde, cuando se presente el juez privativo, comenzará la lid de cinco valientes toros de / GUANAMÉ

3º El primero, segundo, tercero y cuarto toro, serán picados y banderillados con todo el lucimiento posible dándoles muerte el capitán de la cuadrilla en diferentes posiciones.

4º Por no haberse podido ejecutar en la función pasada el acto de banderillar a caballo por el capitán, en esta tarde se pondrá en ejecución con el toro que mayor se preste.

5º El último toro se embolará para el juego de los aficionados.

    Es de llamar la atención el conjunto de varios detalles, los que llevados a esa “puesta en escena”, crearon todo un atractivo en el que, seguramente la afición potosina –si es que las cosas salieron tan bien como aparecen planteadas en la tira de mano- terminó reconociendo las habilidades del diestro queretano. Lino ya era digámoslo más entrañablemente, un viejo conocido entre aquellos espectadores, pues se había presentado a torear en la misma plaza el 1° de octubre de 1865, lidiando como en esta otra ocasión, toros de Guanamé.[1]

   Como fuera tan atractivo aquel anuncio, y quedando en el ambiente una estela de imágenes sobre los que pudieron ser momentos heroicos del torero, esta otra presentación, además de su inicial poder de convocatoria, planteado en el cartel que acompaña las presentes notas, fue en aquella época un denominador común respecto al discurso en que pronunciaban el desarrollo de esta o aquella suerte, siempre y cuando el “toro se preste para realizarla”. Vemos por ejemplo en el punto N° 1 el desarrollo del “Convite”, para lo cual el profesor D. León Zavala “conducirá los carteles”. Tan luego se colocaron estos en lugar visible, se ubicó en el “frontispicio de la plaza a tocar las mejores piezas de su repertorio”.

   Del punto N° 3, se desconoce hasta ahora en qué consistían aquellas suertes en las que Lino Zamora terminaría “dándoles muerte (al primero, tercero y cuarto toros) en diferentes posiciones”. En “Un nuevo perfil sobre el diestro queretano Lino Zamora”[2] encontrarán ustedes algunos detalles más que podrían ayudarnos a entender en qué consistía aquella fascinación.

   Y además Lino, en los mismos términos que Pedro Nolasco Acosta, Ignacio Gadea, Ponciano Díaz o Arcadio Reyes “El Zarco”, también colocaba banderillas desde el caballo, como si con este alarde no le bastaran todos aquellos que ya había demostrado de una u otra forma en el ruedo, en forma solitaria o generando competencia, como la que enfrentó con Jesús Villegas “El Catrín”, en plazas guanajuatenses.

   Desde luego, y siguiendo los códigos o la usanza de aquella época, ningún espectáculo taurino de los de entonces no podía concluir con un buen “toro embolado”, con lo que la participación activa de todos los del pueblo que quisiesen intervenir, hacía de este colofón, uno de los remates más intensos, fuese porque el toro se prestara para embestir a más de uno, o también por el hecho de que ya buena parte de aquellos participantes bajaran al ruedo con más de un pulque encima, lo cual pudo haber sido una razón para que los accidentes, golpes y heridos se presentara en forma contundente. De ese modo, la fiesta taurina concluía, al calor de los últimos rayos del sol y el fermento del neutle que generaba, con toda seguridad, los gritos emocionados de aquella plebe que también se sentía partícipe en tarde de gloria.


[1] Desde luego tal afirmación se debe al hecho de que existe reproducción de esa actuación, aunque nada difícil sería pensar que entre 1865 y 1869 hubiese toreado otras tantas ocasiones, de las que por ahora no se tiene un registro puntual.

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