UN NUEVO PERFIL SOBRE EL DIESTRO QUERETANO LINO ZAMORA.

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

    Anteriormente ya me había ocupado del asunto,[1] aunque parece pertinente ocuparse una vez más del personaje con nuevos e interesantes datos, aporte necesario para comprenderlo mejor.

   Valentín F. Frías, autor queretano escribió un importante número de obras históricas, siendo Leyendas y Tradiciones Queretanas la que hoy nos detiene para su respectiva interpretación.

   El capítulo Nº XXX de las Leyendas…, refiere a un personaje que por sus andanzas bien merece una amplia biografía capaz de mostrarnos como era su época, el medio donde se desenvolvió y todo ese carácter protagónico que como torero ostentó durante su época de mayor auge.

   Buena parte de los rasgos de Lino Zamora, están concentrados en los “Legítimos versos de Lino Zamora traídos del Real de Zacatecas”, donde la voz de la poesía popular nos presenta el trágico fin que tuvo el diestro, luego de enfrentar un intenso triángulo amoroso, sostenido entre Prisciliana Granado, Braulio Díaz y el propio Zamora.

   Buena parte de ese perfil lo encontramos en una fabulosa novela de costumbre escrita por Bernardo Jiménez Montellano. La virgen de Espadas. México, Librería de Manuel Porrúa, S.A. 1957. 133 p. (Biblioteca Mexicana, 20). Allí nos dice la forma en que profesionalmente se movía de aquí para allá en unos rumbos que dominó y controló como su feudo absoluto.

   Lino, por los datos que proporciona don Valentín nació en Querétaro y no en Guanajuato como se tenía la idea. Pero porqué no comenzar con los apuntes del Sr. Frías.

    Veamos. 

LINO ZAMORA

Por qué llamar cultura a la barbarie

Del siglo que agoniza; y sus deberes,

Huella cuando gritando enronquecido

Sediento de emociones y placeres

El hombre en redondel envilecido?

Que la arena de sangre humee caliente

¡¡Mentira!!… es un error el tal progreso

Y en donde quiera que la lid se encuentre

Es segura señal de retroceso.

   Para abrir boca plasma unos versos que pertenecen a la producción de Francisco Sosa: EPÍSTOLA A UN AMIGO AUSENTE, rasgo de un autor casado con la modernidad que no puede concebir lo primitivo y salvaje de un espectáculo secular que permanece en la forma de ser del mexicano, como una costumbre a la cual cuestiona poéticamente.

    Las lidias de toros, como dice Ortiz de la Vega en sus artículos publicados en “El Telégrafo” de Madrid en 1840, son diversión en la cual tienen relación tres brutos: los lidiadores, el público y los toros; y aún cuando me parece exagerado, no por esto dejo de concederle razón; pero qué vamos a hacer, es diversión hereditaria de nuestros padres los españoles, con la única diferencia que para aquellos sólo era verdadera diversión que de tarde en tarde se hacía, y eso sólo en las solemnidades de grandes acontecimientos; y para nosotros es un refinado vicio que cada día toma mayores incrementos.

    Probablemente don Valentín Frías era antitaurino, o tomaba prestados ciertos argumentos como el de este párrafo para darnos a entender que interpretaciones como la de Ortiz de la Vega son posibles en la medida en que el espectáculo taurino ostenta estos incómodos valores en los que la supervivencia de la barbarie se codea con la tradición o la costumbre, “diversión hereditaria de nuestros padre los españoles” -los reconoce como tales-; “y para nosotros es un refinado vicio que cada día toma mayores incrementos”. Precisamente adquiridos, si nos remitimos a la época en que realiza estos apuntes, cuando la presencia del toreo toma un carácter de peso contundente a finales del siglo XIX, justo a la llegada de los toreros españoles que establecen un nuevo capítulo de expresión para dicha diversión pública que asume el carácter de formalidad.

    Desde la conquista hemos tenido entre nosotros esa diversión, pero como llevo dicho, muy morigerada; así vemos que la llegada de los Virreyes era celebrada inusitadamente entrando en el programa las corridas de toros.

    Sobrio, parco o reservado es el carácter que tuvieron aquellas fiestas durante el tiempo de los virreyes, a decir del autor queretano. Probablemente hayan comenzado con aquel carácter, pero terminaban desarrollándose en medio de un boato indescriptible, que las mismas relaciones de fiestas no alcanzan a darnos la dimensión real con que celebraban fastos por motivos diferentes, durante varios días, rompiéndose con solemnidades que lo único que provocaban era poner un obstáculo inmediatamente retirado para dar paso a las “festivas demostraciones”, que de eso existe un buen cúmulo de reseñas, fascinantes todas ellas, a la hora de relatarnos en detalle, parte a parte, el desarrollo de las mismas.

    Aquí en esta ciudad (se refiere a Querétaro) con motivo del estreno del templo de la Congregación hubo algunas corridas de toros del 12 al 20 de mayo de 1680, las cuales dio y organizó el Br. D. Juan Caballero y Osio y se dieron en la plaza del Recreo (hoy parte del jardín Zenea) con un redondel formado de vigas.

   Los toros fueron de las haciendas de dicho señor y con la singularidad que cada corrida era de una de sus haciendas y de un color, enteramente iguales, lo cual le fue muy celebrado.

   Concluidas las corridas, los toros se regalaban por su orden a los conventos, y algunos de la refacción los echaban fuera para que los cogiera el que quisiese.

   Todo lo concerniente a estas fiestas fue costeado por el mismo D. Juan Caballero y Osio. Pero qué más; si el templo fué a sus expensas, ¿por qué las fiestas no lo habrían de ser?

    Frías ya nos da un antecedente claro de lo que significaba un acontecimiento como el estreno de un templo, que no podía pasar por alto. Había que trascenderlo a los niveles que se dieron, y si para esto hubo un mecenas, un verdadero capitalista que proporcionó los recursos para celebrar la ocasión, pues D. Juan Caballero y Osio fue el encargado de hacerlo. Encontramos por los datos referidos que además era un hacendado en potencia, puesto que proporcionar para los varios días de fiesta los toros que procedían de sus haciendas, significaba una imagen de opulencia, de riqueza, de esplendor, símbolo positivo para este benefactor que seguramente la ciudad de Santiago Querétaro encontró al hombre rico que patrocinara no solo el estreno de un templo, también a la figura que detentando poder, lo reflejaba organizando, financiando y asegurando con sus propios toros, el desarrollo de una buena cantidad de corridas para celebrar la ocasión.

    Después en octubre de 1738, cuando el Marqués de la Villa del Villar (del Aguila) introdujo la agua a esta ciudad se organizó por el mismo Marqués una corrida de toros como era costumbre, en celebración de tan singular acontecimiento.

    En aquella ocasión, una fuente testimonial como es la RELACIÓN PEREGRINA de Francisco Antonio Navarrete es muestra prodigiosa de la riqueza con que magnificaban un acontecimiento como el de la introducción del agua a una ciudad, entonces toda una novedad que no podía pasarse por alto, sin omitir hasta el más mínimo de los detalles. Así nos dice el autor como era la ciudad de Querétaro, los sitios por donde a partir de ese momento pasaría el agua, es decir: la alberca, los arcos, la atarjea, la Pila de la Cruz, la Pila de la Plaza de Arriba, la Pila de la Plaza de Abajo; la Pila de las Monjas. Y luego el desbordamiento de las fiestas “que en agradecimiento de la conducción del agua hizo esta ciudad” donde no faltaron las corridas de toros celebradas los días 20, 21, 22 y 23 de octubre de 1738.

    En 1820, cuando la jura de la Constitución del año de 1812 (sic) por Fernando VII, se celebraron en esta ciudad con muestras de regocijo dichos acontecimientos[2] siendo una de ellas la corrida de toros.

    En muchas otras partes del naciente México se celebraron corridas de toros, como era la costumbre, aunque existieran algunas circunstancias, como aquella de 1812, en la que al anuncio de la nueva Constitución gaditana, el desbordamiento para recibirla fue mayúsculo; sin embargo los toros no hicieron acto de presencia. Pero al conocerse que se suprimía documento de tal envergadura en 1814, el virrey Calleja oponente a la aplicación del mismo, mandó desde el 5 de agosto de aquel año, celebrar con “indescriptible júbilo” tal ocasión, que era doble en realidad, porque el rey Fernando VII ocupaba de nuevo el trono luego de la expulsión de los ejércitos invasores de España. Las celebraciones incluyeron una gran temporada de toros aunque

 Los liberales, para quienes la supresión de la constitución era una grave derrota, vieron en estas corridas de toros un claro símbolo del regreso del viejo orden.[3]

    Más tarde ocurrieron otras en magnitud esplendorosa, en la ciudad de México.[4]

   Nos sigue contando Valentín Frías que “A mediados de este siglo, de tal manera se ordenaron las corridas de toros, que ya no tomaba parte en ellas la gente noble, sino sólo servían como hoy, para saciar la sed de sangre del exigente público”.

   “Lino Zamora fue general en su arte e hizo época; pero capital jamás llegó a hacer como los lidiadores de nuestros días”.

   Esto parece indicar que entre los lidiadores de aquel tiempo no existieron fundamentos que les garantizara estabilidad ni posición económica segura, fundando su presencia en un factor de valores ciertamente romanticistas, en que valía más la fama adquirida que los dineros ganados, mismos que iban a perderse en placeres efímeros en vez de formar pingüe capital.

    Entonces la gente de su clase se veía y trataba como a gente baja, no como hoy que los altos funcionarios organizan banquetes en honor de un lidiador y se tiene a muy alta honra dar un apretón de manos a Ponciano[5] o Mazzantini.[6]

    ¡Imagínense lo que significaría estrechar la mano de Mazzantini o de Ponciano! Esto se convertía en todo un acontecimiento, y seguramente era noticia que podía masticarse por varios días, entre la familia y los amigos.

   Valentín Frías justifica plenamente el quehacer del diestro queretano apuntando que “lidió en toda la República”, hecho significativo que rompe, en principio con la idea que se tenía de que muchos de los toreros de aquel entonces, incluyendo Lino, estaban convertidos en “señores feudales” del toreo que los hubo, desde luego, pero también hubo otros que trascendieron, irrumpieron y se apoderaron de otros terrenos que no eran propiamente los suyos. Complementa la idea diciendo que “si hoy en nuestro furor taurino hubiera vivido, sin temor de duda que habría dejado muy atrás a nuestros lidiadores”. Lino

 Era de cuerpo regular, bastante gordo, de grande abdomen, de bigote entrecano, de rostro ceñudo, color entre cobrizo y apiñonado y amistoso con todos.

 En cuanto a su quehacer, el propio Valentín Frías nos dice:

    Su arrojo y sangre fría eran extraordinarios. Mataba los toros a su antojo: hincado, parado, sentado en una silla con los ojos vendados; en una palabra, como se le dijese. Banderillaba como el que más; y con otra gracia, que lo hacía con la boca, a caballo y banderillas de pulgada.

   Para la capa era especial y sin andar con figuras al aire con la capa; llegando a cansar al toro sin cambiar de lugar.

   Para el piquete fue siempre muy diestro y de grande empuje, y multitud de veces, caído su caballo se quitaba los toros a pie sobre parado después de sostener larga lucha.

   El tecnicismo actual sin duda fue desconocido para él; pero como práctico, Querétaro no ha tenido otro.

    Esto es, Lino Zamora se delineó conforme a su época, en que la intuición natural les daba a aquellos toreros un carácter propio, representativo. Recordamos la competencia que sostuvo con Jesús Villegas en la plaza de Guanajuato, en 1863, donde la pelea que sostuvieron no se quedaba en lo realizado en un toro. Al siguiente, y al otro esa pugna no permitía decidir quién podía estar por encima pues sus actos desembocaban en provocación tras provocación, siendo el público el que más contento quedaba.

   Lino Zamora estableció su domicilio en la calle de SALSIPUEDES, casa en la que vivió con Longinos, su madre quien, en esa época

 era una viejecita de buenas costumbres, la cual tenía la devoción de tener constantemente una lámpara ardiendo en el templo de Santa Teresa al Señor del Aposentillo que allí se venera, y de quien era muy devota.

   Siempre que había corrida, encargaba mucho a Cornelio Gómez, uno de los discípulos más queridos de Lino, que no olvidase prender las velas de cera a Nuestra Señora de los Dolores, que para el objeto le daba, y las cuales ardían en una pieza interior de la plaza. Mientras la corrida. Quizá esta devoción de la pobre viejecita hizo que no llegaran los bichos a darle una cogida de fatales consecuencias en el discurso de su carrera; pues si bien es cierto que su muerte fue trágica, pero fue debido a intrigas con su asesino Braulio.

    Encontramos semejanzas con el caso de Ponciano Díaz, que si bien, no se comprometió en matrimonio, tuvo en su madre doña María de Jesús Salinas una vocación, y un amor ejemplares. Edipo hizo suyo a Ponciano, pues el afecto fue tal que profesó algo más allá del amor materno y consagró para doña María de Jesús una casa que se levantó en terrenos de la plaza de toros BUCARELI. Cuando murió, en abril de 1898, Ponciano se sintió vacío, y lo que ya venía siendo una acumulación de daños en su organismo, al caer en la tentación de la bebida, seguramente se aceleró al morir el 15 de abril del año siguiente.

   Lino Zamora si no fue agraciado y su físico francamente “no le ayudó” para conquistar a una mujer, igual que lo hizo con los públicos, se involucró en el desdichado triángulo amoroso junto a “Presciliana” como lo señalan los versos que rememoran las hazañas y la tragedia del torero queretano. Pero también, allí estuvo Braulio Díaz, diestro que tiempo después salió libre, tras haber purgado la pena por haber cometido el asesinato de Lino. Braulio se dedicó a recuperar seguramente popularidad, toreando en los rumbos de Michoacán y Guanajuato.

   Y pasando a otro tema, V. Frías se ocupa en esta, su visión sobre el toreo en Querétaro, de otros asuntos, como las plazas de toros existentes ahí.

    En cuanto a edificios propios para el objeto, sólo se han conocido en esta ciudad tres: la plaza de madera que existió en la calle de Huaracha y la cual concluyó en el sitio; la que poco después hizo D. Silvestre Méndez de cal y canto, y que se titula Plaza de Occidente, la cual está ya muy deteriorada, y la que hubo a principios de este siglo, de las calles “Las Machuchas” y “Tauromaquia” frente a la alameda, de donde sin duda le vino el título a esta calle.

   Actualmente, se está concluyendo una por varios accionistas, frente al cuartel del Estado en la Calzada Colón, y que se cree atraerá la atención del público por su solidez y elegancia.

    Esta plaza fue “reedificada” en 1897 y sin modificaciones se conservó hasta abril de 1962, según nos dice Heriberto Lanfranchi.

   Y para concluir con las apreciaciones de don Valentín F. Frías, que nos sigue intrigando sobre su inclinación o no a la fiesta de los toros, vía sus comentarios, nos dice

    Las generaciones venideras verán en nuestro delirio y pasión por las lides de toros, el atraso de nuestra época; no obstante el decantado progreso de nuestro siglo que agoniza (notas que escribió cuando el siglo XIX terminaba su trayecto).[7]

    De todas formas, el perfil que nos ofreció sobre Lino Zamora descubre nuevas luces sobre el ser humano, el torero, el personaje que resultó ser este protagonista de una época de suyo apasionante, llena de todas las virtudes deliberadas de la tauromaquia mexicana durante el siglo pasado que vamos descubriendo paso a paso y apasionándonos también, latido a latido. 

LINO ZAMORA


[1] Véase: https://ahtm.wordpress.com/2011/09/14/de-figuras-figuritas-y-figurones/ “De Figuras, Figuritas y Figurones, N° 4. “Sobre Lino Zamora” (14 de septiembre, 2011).

[2] El advenimiento de Fernando VII al trono de vuelta de Francia y la jura de la Constitución.

[3] Juan Pedro Viqueira Albán: ¿Relajados o reprimidos? Diversiones públicas y vida social en la ciudad de México durante el siglo de las luces. México, Fondo de Cultura Económica, 1987. 302 p. ils., maps., p. 49.

[4] Heriberto Lanfranchi: La fiesta brava en México y en España 1519-1969, tomos, prólogo de Eleuterio Martínez. México, Editorial Siqueo, 1971-1978. Ils., fots. (Vol. 1, p. 119).

“…Estando próximas las corridas de toros que en celebridad de la feliz restitución de nuestro amado Soberano, el señor don Fernando VII, al trono de sus mayores, han de ejecutarse en esta capital, y debiendo observarse en ellas por parte del público, todo lo que existen el buen orden, y constituye la inocente alegría y diversión, como corresponde al alto objeto en cuyo obsequio se celebran estas funciones, y a la idea que debe formarse de un pueblo ilustrado, he resuelto que se cumpla y ejecute lo siguiente:

1.-Luego que la tropa acabe de partir la plaza, no quedarán en ella por motivo alguno sino los toreros. En el caso de que algún aficionado quisiere ejecutar alguna suerte o habilidad,  pedirá permiso, y sólo estará dentro del circo, el tiempo necesario para lucir su destreza: por consecuencia, nadie bajará a la plaza hasta después de muerto el último toro, a excepción del tiempo que dure el embolado, si lo hubiere.

2.-Los capataces de cuadrillas de toreros, antes de salir a la plaza, se presentarán con su gente al señor alcalde del primer voto, para que éste vea por sí mismo si hay alguno ebrio, en cuyo caso no le permitirá torear y lo pondrá en arresto.

3.-En las vallas ni entre barreras, no quedará paisano ni militar alguno que no esté destinado expresamente a dicho paraje.

4.-No se arrojarán absolutamente a la plaza desde las lumbreras y tendidos, cáscaras de fruta ni otras cosas, que a más de ensuciar la plaza, pueden perjudicar a los toreros. Tampoco se escupirá ni echará nada de lo referido sobre las gradas, que pueda incomodar a los que se sienten en ellas.

5.-Los espectadores no abstendrán de proferir palabras indecentes ni contra determinada clase de personas, pues además de ser contra la moral, perjudican a la buena crianza.

6.-Estar libre y expedito el tránsito de las calles del puente de Palacio, Portaceli, Universidad y Palacio, no colocándose en ellas puesto alguno de frutas ni otro efecto cualquiera, ni sentándose gentes en las banquetas y puertas de todo este círculo, y evitándose que por su ámbito se formen corrillos y queden gentes paradas a ver las que suben y bajan a los tablados, de lo que cuidarán las respectivas centinelas.

7.-Será también del cargo de ellas y de las patrullas y rondas, destinadas a los mismos parajes, impedir las entradas de coches y caballos a las inmediaciones de la plaza, sin embargo de que se pondrán vigas en las bocacalles del puente de Palacio, San Bernardo, Portaceli, rejas de Balvanera y Universidad.

8.-Acabada la corrida de la tarde, se cerrarán inmediatamente las puertas de la Plaza, y a nadie se permitirá entrar ni permanecer en ella, a excepción de los cuidadores.

9.-De ningún modo se harán tablados y se formarán sombras en las azoteas de las casas del contorno de la Plaza, sin exceptuar la Universidad, Ni el Real Palacio, si consentirá que se agolpe gente en ellas, para evitar una desgracia. De lo cual se encargarán las patrullas y rondas, avisando al vecino de la casa donde se observe este abuso, a fin de que lo remedie, y de no hacerlo, se dará parte al Sr. Alcalde de primer voto, para que tome providencia.

10.-Renuevo las prevenciones de mi bando de 13 del corriente sobre prohibición de armas, y se abstendrá de llevarla de cualquier especie, todo aquel que por su clase o destino no deba portar las permitidas.

11.-Los que puedan llevar armas de las no vedadas y estén colocados cerca del callejón de entrebarreras, sean militares o paisanos, no usarán de ellas en modo alguno contra los toros que salten la valla, ni nadie los apaleará ni atormentará, pues es contra la diversión de los demás espectadores, y es de la incumbencia de los toreros hacer salir al animal del callejón.

12.-Para evitar los robos y las violencias durante la corrida, en los demás puntos de la población, rondará en este tiempo los alcaldes menores sus respectivos cuarteles, repartiéndose entre ellos la comisión por días, de manera que en cada una anden por lo menos ocho rondas en el término del espectáculo, sin perjuicio de las patrullas que se destinarán al mismo fin.

13.-El que faltare a cualquiera de los artículos indicados, quedará sujeto a la pena corporal o pecuniaria que se le impondrá en el acto, según las circunstancias de la persona y de la falta, aplicándose las segundas a beneficio de los fondos de la Cárcel Diputación, sin que valga fuero alguno, por ser materia de policía y buen gobierno.

14.-Para el pronto castigo de los infractores, en lo relativo a lo anterior de la Plaza, habrá un juzgado en ella misma, compuesto de uno de los señores alcaldes de la Real Sala del Crimen, cuyo turno arreglará el señor gobernador de ella, un escribano y un ministro ejecutor de justicia: procediendo dicho señor magistrado a la imposición de penas en el acto, según la calificación que hiciere del delito.

15.-El sargento mayor de la plaza auxiliará con la fuerza armada al señor Juez, en los casos que lo necesite, y concurrirá por su parte a que los individuos militares observen el buen orden en los mismos términos que se previene para el paisanaje, impidiendo que ningún individuo militar salga a torear.

Y para que nadie pueda alegar ignorancia, mando que publicado por bando en este capital, se remita a las autoridades que corresponda. Dado en este Real Palacio de México, a 24 de enero de 1815. Félix María Calleja. Por mandato de S.E.”.

La cuadrilla que se encargó de la lidia de los toros fue la siguiente:

Capitán: Felipe Estrada.

Segundo espada: José Antonio Rea.

Banderilleros: José María Ríos, José María Montesillos, Guadalupe Granados y Vicente Soria. (Supernumerarios: José Manuel Girón, José Pichardo y Basilio Quijón).

Picadores: Javier Tenorio, Francisco Álvarez, Ramón Gandazo y José María Castillo.

Como quedó dicho, fueron ocho las corridas celebradas:

“AVISO.-Con el objeto de celebrar la feliz restitución al trono de Nto. católico monarca, el señor D. Fernando VII, han comenzado antes de ayer las ocho corridas de toros dispuestas por la Nobilísima Ciudad para los días 25, 26, 27, 28, 30 y 31 del corriente enero, y 1o. y 3 del próximo febrero”. (Diario de México, No. 27, tomo V, del viernes 27 de enero de 1815).

[5] La noche del 31 de mayo de 1897 que pernoctó en la finca que es a mi cargo, con motivo de dos corridas de toros que le vendí para estrenar su nueva plaza de Tlalpan, me refirió su carrera aunque a grandes rasgos. Después de referirme sus triunfos alcanzados en España, no menos que los obtenidos en la Capital y las principales ciudades de la República, llegando a ser el ídolo del pueblo, me refirió cómo la autora de sus días no sólo no le evitaba que siguiese en esa carrera, sino que gozaba grandemente cuando toreaba, sin dejar apenas corrida alguna a la que dejase de asistir. También le oí decir tenía ya diez y ocho heridas mortales recibidas, y cuarenta y siete leves; y sin embargo de tener ya algunos miles de pesos, continuaba por gusto en la lidia. En la época a que me refiero, representaba unos treinta y cinco a cuarenta años, pero bien conservado. Nunca fué casado y murió en este año (parece que en marzo) en su casa de México donde hace tiempo residía.

[6] Tan trocados andan ya los papeles, que la prensa de la Capital llegó a decir que se trataba de hacer diputado a Ponciano. ¡Cuánto obscurantismo!

[7] En una corrida a que asistí, fuí testigo de cómo el olor de la sangre y el frenesí, hacen olvidar todo. En el toro embolado un pobre fue arrojado por el bicho a lo alto y al caer y permanecer casi muerto, nadie se cuidó de él, y siguió la música y la lidia pasando sobre aquel casi cadáver el bicho y la multitud en medio de una gritería y desorden espantoso. Alguien se bajó y poco a poco con intervalos lo fué arrastrando, hasta colocarlo tras de un burladero. Ni la policía se cuidó de él. Indignado sobremanera y renegando de la tan mentida civilización moderna, me alejé con intención de no volver a un redondel, y lo he cumplido.

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