SOBRE RODOLFO GAONA, A LOS 89 AÑOS DE SU DESPEDIDA. (3ª ENTREGA).

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   En la peculiar rareza del inicio de un siglo que no tiene ninguna necesidad de partir de su principio elemental (ahí está el caso de que para el XXI, su crudo comienzo tuvo lugar el 11 de septiembre de 2001), esto va a ocurrir en el toreo mexicano. Poco más de 10 años bastaron para que la expresión nacionalista encabezada fundamentalmente por Ponciano Díaz fuera liquidada por la “reconquista vestida de luces”, que se estableció en México desde 1882. Ya sabemos que aquel grupo de diestros españoles encabezado por José Machío, Luis Mazzantini, Ramón López o Saturnino Frutos Ojitos, junto con la labor doctrinaria de la prensa cimbraron la estructura de la tauromaquia mexicana, resultante de una sustancia híbrida –a pie y a caballo-, enriquecida con los “aderezos imprescindibles” denominados mojigangas, ascensiones aerostáticas, fuegos de artificio y otros. El débil andamiaje que todavía quedaba en pie en el postrero lustro del XIX fue defendido por el último reducto de aquella manifestación. Me refiero de nuevo a Ponciano Díaz quien con su muerte, ocurrida el 15 de abril de 1899 se lleva a la tumba la única parcela del toreo nacional que quedaba en pie, pero que ya no significaba absolutamente nada. Era ya sólo un mero recuerdo.

   1901 amaneció para México dominado por la presencia torera española, en contraste con una floja puesta en escena de diestros nacionales, encabezados por Arcadio Ramírez “Reverte mexicano”, lo que representaba un desequilibrio absoluto, una desventaja en el posible despliegue de grandeza, mismo que se dejará notar a partir de 1905, con la aparición de Rodolfo Gaona.

   La del leonés no fue una presencia casual o espontánea. Surge de la inquietud y la preocupación manifestada por Saturnino Frutos, banderillero que perteneció a las cuadrillas de Salvador Sánchez Frascuelo y de Ponciano Díaz. Ojitos, como Ramón López decide quedarse en México al darse cuenta de que hay un caldo de cultivo cuya propiedad será terrenable con la primer gran dimensión taurina del siglo XX que campeará orgullosa desde 1908 y hasta 1925 en que Gaona decide su retirada.

   Rodolfo Gaona Jiménez, había nacido el 22 de enero de 1888 en León de los Aldamas, estado de Guanajuato. Con rasgos indígenas marcados, y sumido en limitaciones económicas, el muchacho, solo no tenía demasiado futuro. Se dice que Saturnino Frutos emprendió el difícil camino de buscar promesas taurinas en el bajío mexicano, sitio en el que estaba gestándose uno de los núcleos más activos, sin olvidar el occidente, el norte y el centro del país.

   El encuentro de Frutos y Gaona se dio en 1902, imponiéndose desde ese momento una rígida preparación, bajo tratos despóticos soportados entre no pocas disputas o diferencias por Rodolfo, único sobreviviente de una primera cuadrilla que luego se desmembró al no soportar el ambiente hostil impuesto por el viejo banderillero, convencido de la mina que había encontrado en aquel joven que lentamente asimiló el estudio. Pero sobre todo el carácter.

   El “indio grande”, el “petronio de los ruedos”, el “califa de León” y otras etiquetas determinaron y consolidaron la presencia de ese gran torero quien, como todo personaje público que se precie, también se involucró en algunos oscuros capítulos, que no vienen al caso.

   Rodolfo Gaona, el primer gran torero universal, a decir de José Alameda, rompe con el aislamiento que la tauromaquia mexicana padeció durante el tránsito de los siglos XIX y XX. Ello significó el primer gran salto a escalas ni siquiera vistas o comprobadas en Ponciano Díaz (9 actuaciones de Ponciano entre España y Portugal en su primera y única temporada por el viejo continente), no se parecen a las 81 corridas de Rodolfo solo en Madrid, repartidas en 11 temporadas, aunque son 539 los festejos que acumuló en todo su periplo por España. Sin embargo, los hispanos se entregaron a aquel “milagro” americano.

   Gaona ya no sólo es centro. Es eje y trayectoria del toreo aprendido y aprehendido por quien no quiere ser alguien más en el escenario. Independientemente de sus defectos y virtudes, Rodolfo –y en eso lo ha acentuado y conceptuado con bastante exactitud Horacio Reiba Ibarra-, sobre todo cuando afirma que Rodolfo Gaona es un torero adscrito al último paradigma decimonónico. Y es que el leonés comulga con el pasado, lo hace bandera y estilo, y se enfrenta a una modernidad que llegó al toreo nada más aparecieron en el ruedo de las batallas José Gómez Ortega y Juan Belmonte, otros dos importantes paradigmas de la tauromaquia en el siglo XX.

   Tal condición se convirtió en un reto enorme para el torero mexicano-universal, sobre todo en un momento de suyo singular: la tarde del 23 de marzo de 1924, cuando obtuvo un resonante triunfo con QUITASOL y COCINERO, pupilos de don Antonio Llaguno, propietario de la ganadería de San Mateo. Esa tarde el leonés tuvo un enfrentamiento consigo mismo ya que, logrando concebir la faena moderna sin más, parece detenerse de golpe ante un panorama con el que probablemente no iba a aclimatarse del todo.

   Los toros de San Mateo no significaron para Gaona más que una nueva experiencia, pero sí un parteaguas resuelto esa misma tarde: Me quedo con mi tiempo y mi circunstancia, en ese concepto nací y me desarrollé, parece decirnos. Además estaba en la cúspide de su carrera, a un año del retiro, alcanzando niveles de madurez donde es difícil romper con toda una estructura diseñada y levantada al cabo de los años.

   Es importante apuntar que la de San Mateo era para ese entonces una ganadería moderna que se alejó de los viejos moldes con los que el toro estaba saliendo a las plazas: demasiado grandes o fuera de tipo, destartalados y con una casta imprecisa. El ganado que crió a lo largo de 50 años Antonio Llaguno González recibió en buena medida serias críticas más bien por su tamaño –“toritos de plomo”- llegaron a llamarles en términos bastante despectivos. Pero en la lidia mostraron un notable juego, eran ligeros, bravos, encastados; incluso una buena cantidad de ellos fueron calificados como de “bandera”.

   Pues bien y a continuación, comparto con ustedes dos piezas de un amplio despliegue de poemas, corridos y otras expresiones materializadas en el verso y que le dedicaron a Rodolfo Gaona durante los años en que estuvo activo, y desde luego cuando su figura ya había trascendido. En mi trabajo: Tratado de la poesía mexicana en los toros. Siglos XVI-XXI,[1] sólo en ese periodo –de 1908 a 1925-, encuentro 61 muestras, lo que significa un interesante acopio y respuesta de los hacedores en este género literario. Por su importancia, tengo para el total conocimiento de su contenido, todos esos poemas.[2]

1908

   En la curiosa publicación de Ratas y Mamarrachos, aparecieron en su número correspondiente a octubre de 1908 unos interesantes versos que no me resisto a reproducir tal cual salió a la luz: 

Alma Española. A Rodolfo Gaona en su beneficio.

RATAS y MAMARRACHOS

Facsímil de Ratas y Mamarrachos. Col. Luis Ruiz Quiroz (q.e.p.d.).

 1925

 ODA FUNAMBULESCA

 

Musa errante y libre,

musa de mis cinco sentidos princesa y esclava,

armoniosamente risueños, tus coros

entona y levanta; que tu acento vibre

en los rojos triunfos de la fiesta brava,

la fiesta de toros.

 

I

 

Resuene el clarín,

redoble el tambor,

y entre un gran clamor,

inmenso, sin fin,

avanza en cortejo, con rítmico paso triunfal, la cuadrilla.

Tras las alguaciles marchan los infantes por el redondel.

el oro fulgura, resplandece y brilla,

en los alamares de la chaquetilla,

sobre los bordados de la taleguilla,

en el traje todo de sedas lucientes que viste el tropel.

Y cual dardo de oro que los aires cruza,

aun suene el agudo clangor (¿?) del clarín.

La tarde, como una andaluza,

lleva en los cabellos rosas de carmín.

 

II

 

Cubre el sol de púrpuras quemantes

la arena, las gradas, las claras lumbreras;

enciende en las roncas gargantas resecas las risas,

los gritos, las bromas,

de las muchedumbres compactas y fieras,

el loco entusiasmo latino de las viejas Romas.

Revienta en las almas deseos, cual rosas de pétalos rojos

que riega la linfa sensual y feroz de la raza.

Mil fiebres están en los ojos

buscando la traza

de antiguos empeños, de hazañas, de gesta…

y un trueno retumba en la plaza,

señal de la olímpica fiesta.

 

III

 

Rebota en la arena, ligero,

un fiero astifino,

listón, capuchino,

y a más botinero,

luciente por fino.

Muestra altivamente su testuz esbelto.

mientras su arrogancia suspende a la tropa

de los lidiadores,

magnífico el toro ruge y se contrae,

y allá una morena con hondos ardores

sueña en Pasifae,

y una rubia sigue por mares fenicios el rapto de Europa…

 

IV

 

Recogen las crónicas,

glorias maravillas,

navarras, recortes, verónicas

y los peregrinos cambios de rodillas

del flamante Califa leonés;

al hijo

de este propio suelo,

que a las elegancias del gran “Lagartijo”

aduna los modos sobrios de “Frascuelo”

el de quietos pies.

(Esto no pensaron de Aquiles los sabios Homeros

cuando en las ilíadas elogian al héroe de los pies ligeros…)

 

V

 

Contra el caballero del bravo torneo

arremete el toro trágico y puntal,

y se yergue luego llevando el trofeo

de un Cartago mísero en la cornamenta mortal y sangrienta,

sangrienta y mortal.

El niño despliega la capa,

afronta a la fiera, la engaña, la corre, la empapa

en vuelos que fingen vistoso abanico:

Y con regio porte

la gracia del chico

remata la suerte marcando un recorte,

castigo y quebranto de toros.

Y el cálido aplauso derrite

sus oros sonoros

que incesan la gloria del quite.

(Los ojos de “Ojitos” son de alcances largos

y maravillosos cual los ojos de Argos.)

 

VI

 

La tarde risueña, dorada, lujosa cual reina andaluza

que baja de un bello albaicín,

insensatos goces y sueños carnales despierta y aguza

con la risa loca que entreabre sus labios llenos de carmín,

y mira el torneo.

Con las banderillas, cual tallos de rosas,

avanza el artista bordando figuras airosas.

Resaltan los golpes de luz de su traje,

diseña, gentil, un paseo,

y cambiando el viaje,

en la misma cara del toro consuma el cuarteo.

Vinos dionisíacos

alegran las almas

y ruedan con palmas, tabacos,

tabacos y palmas.

Los címbalos cantan la gloria del Diestro

que un Olimpo surge por él redivivo.

(Emerson completa su libro maestro

registrando el último Representativo.).

 

VII

 

Viene el más supremo de los ejercicios

donde el arte justo del leonés se ensancha;

el arte supremo de los “Desperdicios”,

de los “Chiclaneros”, de los “Cara-Ancha”,

y de aquél gran Montes

que sobre ideales Giraldas triunfante se empina,

y, sol de la fiesta taurina,

descubre horizontes

que aún hoy ilumina.

El sin par Califa lleva en la substancia de su sangre criolla

finuras de esteta

que hubieran tentado la fuerte paleta

de Goya.

El sin par Califa

va por la alcatifa

que un himno sonoro

extiende a sus plantas de príncipe moro

vestido de oro.

Suspiran, suspiran las bellas,

y suerte que brinda,

merece fijar las estrellas

que tuvo en sus ojos la llama de Cava Florida.

La loca fortuna le sirve de esclava sumisa,

la gloria le da su embriaguez,

y la fama exclama con una sonrisa:

“Fuera un majo digno de alegrar los ocios de la reina Luisa

en las cortesanas, en las áureas fiestas reales de Aranjuez”.

 

VIII

 

Después de la fiesta,

cansada como una odalisca,

la tarde, en sus palcos aún resta

con enervamiento de esclava morisca.

Mas luego recoge sus briales

de reina andaluza: sus labios sensuales,

sus mejillas pálidas de seda rosada

perdieron su antiguo arrebol,

quién sabe a qué Alambras divinas se va enamorada

de un príncipe bello, y audaz, y valiente, tras la lumbrada

del sol.

 

Rafael López

CONTINUARÁ.

[1] Primero en José Francisco Coello Ugalde: Antología de la poesía mexicana en los toros. Siglos XVI-XXI. Prólogo: Lucía Rivadeneyra. Epílogo: Elia Domenzáin. Ilustraciones de: Rosa María Alfonseca Arredondo y Rosana Fautsch Fernández. Fotografías de: Fumiko Nobuoka Nawa y Miguel Ángel Llamas. México, 1986 – 2006. 776 p. Ils. (Es una edición privada del autor que consta de 20 ejemplares nominados y numerados).

Segundo en: (…): Tratado de la poesía mexicana en los toros. Prólogo: Lucía Rivadeneyra. Epílogo: Elia Domenzáin. Ilustraciones de: Rosa María Alfonseca. México, 1986-2014. 2055 p.

[2] Tengo el gusto de informarles que en un próximo trabajo, denominado: APORTACIONES HISTÓRICO TAURINAS MEXICANAS N° 136. CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO, Y OTRAS NOTAS DE NUESTROS DÍAS N° 60, reproduciré en su totalidad tales ejemplos.

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