Archivo mensual: abril 2014

 EL TORO DURANTE EL SIGLO XIX MEXICANO.

EFEMÉRIDES TAURINAS DECIMONÓNICAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

   En el curso del siglo XIX se puede hablar de un sentido orientado hacia la profesionalización en cuanto  carácter de selección y cruzas que definen al criador de reses bravas. Todo ese proceso adquirió una auténtica revolución a partir de 1887 (año en que se reanudan las corridas de toros en la capital, luego de derogarse la sanción que precisamente es la que estudiamos), cuando se importa ganado español en grandes proporciones. No es despreciable el hecho de una incursión similar casi un siglo antes, cuando el dueño de El Cazadero -D. Raimundo Quintanar- adquirió lo menos dos toros andaluces que estuvieron en dicha ganadería de toros criollos desde 1794, así como en Guanamé propiedad a principios del XIX de D. Matías Gálvez, sobrino del virrey D. Bernardo Gálvez quien adquirió por esas épocas toros salmantinos desconociéndose otro tipo de detalles.

   El registro ganadero permite observar una notable presencia de toros para las diversas fiestas en la capital. Por supuesto, no he terminado de anotar el hecho de una idea en la que la citada profesionalización pudiera estar presente en cuanto queja por el juego de los astados. Más bien ésta inició su demostración luego de derogado el artículo 87 de la ley de Dotación de Fondos Municipales, a finales de 1886. En ese momento el ganado sufre un descuido de la selección natural hecha por los mismos criadores luego del corte de actividades taurinas iniciado en 1867.

   Es la obra de Heriberto Lanfranchi la que nos respalda ahora para enumerar las ganaderías de los años que preceden el acontecimiento central de nuestro estudio.

   En 1815, y justo en abril se realizaron fiestas a beneficio del vestuario de las tropas realistas en que se jugaron toros de “Atengo” escogidos y descansados, con la divisa de una roseta encarnada, y seis de Tenango que son de muy buena raza, también escogidos, y se señalarán con roseta blanca”.

   Tales corridas resultaron un total fracaso, por lo que, el virrey Calleja autorizó en junio del mismo 1815 otras cuatro corridas en que se lidiaron toros de “Atengo, con divisa encarnada, y cinco del Astillero y Golondrinas, con divisas de color caña”.

   1816. En San Pablo y para celebrar las fiestas de la Pascua se escogieron “seis toros despuntados, de ganado escogido de Durango, Tepustepec y Puquichamuco, que se distinguirán por las divisas azul, encarnada y amarilla, y el último será embolado para los aficionados”.

   En 1824 se lidiaban toros de Atenco en la Plaza Nacional de Toros.

   Tendrá que pasar un largo receso para que en 1839 volvamos a saber de referencia en cuanto a ganado y es el 1 de septiembre cuando en la Plaza Principal de Toros de San Pablo se lidian bureles de Huaracha y Tlahuililpa. El 12 de diciembre siguiente y en el mismo coso se jugaron astados del Astillero. Sin lugar a dudas, Atenco surtirá con toros las distintas y continuas corridas que se efectuaron en la plaza de San Pablo, en la cual un 26 de octubre de 1851 volverán los de La Huaracha y se presentan los de Molinos de Caballero.

   El Infierno que es una fracción de Atenco se presenta en la misma plaza el 21 de diciembre de 1851.

   Con el 23 de noviembre de 1851 se inicia la etapa de una plaza más como fue la del Paseo Nuevo. Aquella tarde Bernardo Gaviño y Mariano González “La Monja” se las entendieron con cinco toros de El Cazadero.

   En San Pablo y el 11 de enero de 1852 fueron de Sajay (Xajay) los toros e incluso volvió a lidiarse “El Rey de los Toros!” que habiéndose jugado el día 1 de aquel mes fue indultado de morir, por su incomparable bravura, y el cual fue el que inutilizó en pocos momentos a todos los picadores de la plaza y a uno de los chulillos, en dicho día.

   Guatimapé vuelve a lidiar luego de conquistar un triunfo el 8 de febrero de 1852 en la de San Pablo.

   Queréndaro se presentó el 25 de julio de 1852 en la misma plaza.

   El 29 de mayo de 1853 y en el Paseo Nuevo se lidiaron toros de Queréndaro, San José del Carmen y San Cristóbal.

   De la hacienda de Tejustepec [sic] fueron los estoqueados el 13 de agosto de 1854 en el Paseo Nuevo.

   En la tarde del 13 de febrero de 1859 la del Paseo Nuevo fue escenario para la lidia y muerte de toros: uno del Rincón de San Gaspar y así, respectivamente uno de: la Isleta, del Tulito, del Tomate, de las Fuentecillas y del Tejocote, todos de las estancias de Atenco.

   Bajo estas apreciaciones puede uno darse cuenta de la cantidad de ganaderías  que  surtieron  de toros  desde 1815 al año en que ocurre el corte de actividad en la capital, esto en 1867. Merece atención especial el caso de Atenco, propiedad de José Juan Cervantes, hacienda que en cantidades importantes surtió de toros a las fiestas desarrolladas en las dos plazas conocidas. Las extensiones territoriales propiedad del señor Cervantes, uno de los últimos descendientes del condado de Santiago de Calimaya abarcan sin enajenarse aun, las posesiones que recibió el Licenciado Juan Gutiérrez de Altamirano, primo de Hernán Cortés al recibir aquél de este, el repartimiento de Calimaya y sus sujetos.

   En esa forma entendemos la participación directa de la ganadería, de la cual en sentido lato -vuelvo a insistir- no hay en ella un aspecto profesional en cuanto tal. Las crónicas refieren en muy contadas ocasiones el caso de mansedumbre en las reses y ello hace pensar por supuesto, de la participación del criador al proporcionar un toro con características afines a una lidia acostumbrada por entonces.

 ATENCO, CASO ESPECIAL.

El valle de Toluca, territorio generoso, fue espacio desde el siglo XVI para el asentamiento y desarrollo de actividades agrícolas y ganaderas, recién establecidas por los españoles, en los años inmediatamente posteriores a la conquista.

En 1526 Hernán Cortés revela un quehacer que lo coloca como uno de los primeros ganaderos de la Nueva España, actividad que se desarrolló en el valle de Toluca. En una carta del 16 de septiembre de aquel año Hernán se dirigió a su padre Martín Cortés haciendo mención de sus posesiones en Nueva España y muy en especial “Matlazingo, donde tengo mis ganados de vacas, ovejas y cerdos…”

            Dos años más tarde, y por conducto del propio Cortés, le fueron cedidas en encomienda a su primo el licenciado Juan Gutiérrez Altamirano, los pueblos de Calimaya, Metepec y Tepemajalco, lugar donde luego se estableció la hacienda de Atenco.[1]

Es a Gutiérrez Altamirano a quien se le atribuye, haber traído las primeras reses con las que se formó Atenco, la más añeja de todas las ganaderías “de toros bravos” en México, cuyo origen se remonta al 19 de noviembre de 1528, la cual se conserva en el mismo sitio  hasta nuestros días y ostenta de igual forma, con algún cambio en el diseño el fierro quemador de la       peculiar.[2]

En la hacienda de Atenco se pusieron en práctica las nuevas condiciones de crianza. La propiedad cambió a lo largo de los siglos de una familia a otra, inicialmente de los Gutiérrez Altamirano, pasó a la familia Cervantes y para el siglo XIX a la de los Barbabosa. Cada una de las familias contribuyó al fortalecimiento de la hacienda y a aumentar su extensión a lo largo de cuatro siglos.

            Durante la segunda mitad del siglo XIX la hacienda contaba con 3,000 hectáreas y 2,977 en 1903 cuando esta propiedad se convirtió en una gran hacienda,[3] cuya actividad central fue la de la crianza de ganados diversos, del que sobresale el destinado a la lidia (motivo este que merece una atención especial en el presente trabajo), así como de actividades agrícolas, la producción de cera y los derivados de la leche, sin olvidar el hecho que también hubo una producción lacustre, ya que se aprovechó el paso del río Lerma. Actualmente se administra bajo el concepto de ex–ejido y cuenta sólo con 98 hectáreas, por lo que sorprende el hecho que esté vigente después de un historial de 479 años.

            A través de esta tesis se pretende conocer en forma por demás precisa, la actividad que desarrolló Atenco a lo largo del siglo XIX, alcanzando un lugar destacado en la crianza de toros bravos. De ahí que se considere el presente como un estudio de caso.[4]

Se busca mostrar en este trabajo como se dio en Atenco la reproducción y crianza de ganado bravo, mismo que fue aprovechado para estimular la fiesta brava. La hacienda de Atenco como muchas otras de la época era agrícola y ganadera, pero para el caso particular de esta tesis interesa destacar el desarrollo de todos aquellos quehaceres relacionados con la reproducción y crianza de toros para la lidia. No obstante, debe decirse que los toros de Atenco fueron en buena medida la base en los ingresos de la hacienda. Pero ante todo, deberá entenderse el significado de Atenco como el nutriente principal de la fiesta taurina decimonónica, ya que no hubo, en una buena cantidad de años, otro hacienda que se le comparara en la dinámica que podremos comprobar de manera gráfica, misma manera que sintetiza el importante volumen de ganado que tan peculiar unidad de producción fue capaz de aportar.

En segundo lugar nos interesa explicar los cambios que se dieron en la fiesta brava y la manera en que la Hacienda de Atenco y sus propietarios influyeron en ella. Para comprender mejor estos cambios introducidos en la cría de ganado así como en la fiesta brava, es menester iniciar nuestro estudio con los antecedentes inmediatos, es decir la manera en como se desarrolló en sus orígenes esta fiesta en la Nueva España, para luego analizar los más de quinientos encierros[5] de toros enviados a diversas plazas y desde Atenco, entre 1815 y 1897, en donde la hacienda muestra su potencial.

Sabemos que se corrieron públicamente toros de los Condes de Santiago en 1652, [6] pero es de suponer que en los años anteriores, los hacendados se dieron a la tarea de traer toros de diversas castas, las cuales con el tiempo se mezclaron y dieron origen a otras nuevas y diversas, cuyo hábitat se generó en medio de una “trashumancia”, tarea que tuvo por objeto la obtención de pastos naturales para el ganado.

Pocos escritores se han ocupado tanto del tema específico de la hacienda atenqueña en lo general, así como de los asuntos relacionados con la crianza de ganado bravo en lo particular. Entre ellos se encuentra Flora Elena Sánchez Arreola y su tesis ya anotada en esta introducción, así como el seguimiento hecho por el señor Antonio Briones Díaz, actual propietario de la ganaderíaespañola de Carriquiri, quien ha manifestado gran interés acerca de los orígenes de la casta navarra a través de varias investigaciones.[7] En correspondencia que mantengo con él afirma que “no cabe duda que el envío de España a través de Francisco Javier Altamirano de las primeras reses bravas de casta Navarra que fueron proporcionadas por el Marqués de Santacara o por sus descendientes”, dio lugar al comienzo del toro bravo de Ultramar.

Al citar a Francisco Javier Altamirano, debe referirse al sexto conde de Santiago, Juan Javier Joaquín Altamirano y Gorráez Luna, Marqués de Salinas VII; Adelantado de Filipinas, quien, de 1721 a 1752 detentó el control –entre otras propiedades- de la hacienda de Atenco. Es, el sexto conde de Santiago el posible responsable de la negociación de la compra de una punta de ganado que ha causado confusión acerca del verdadero origen de la simiente que dio fundamento a la ganadería de toros bravos que aquí se estudia y que no deberá perderse de vista.

Como contraparte, existe la tesis manejada por el historiador Nicolás Rangel, a partir de un documento revisado, en Historia del Toreo en México (Época colonial: 1529-1821). Dice que en el año de 1552 llegaron al valle de Toluca “doce pares de toros y de vacas, que sirvieron como pie de simiente…” lo que contrasta con el dicho del periodista taurino Servolini, publicado en El Arte de la Lidia en 1887, del cual veremos más adelante cómo se descubre curioso pasaje que aclara, en parte el enigma sobre la integración original que tuvo el ganado de lidia en Atenco.

En el siglo XIX mexicano, las fiestas requerían ganado cada vez más propicio para el toreo tanto a pie como a caballo que entonces se practicaba, por lo que fue común solicitarlo a diversas haciendas, no todas especializadas en el ramo. Estaban El Cazadero, Santín o Parangueo; más tarde, se sumarán Piedras Negras, de Tlaxcala o San Mateo de Zacatecas.

Una tauromaquia híbrida que predominó durante ocho décadas, hasta que se generó a partir de 1887 un nuevo concepto evolutivo en la tauromaquia en nuestro país, como lo veremos en los capítulos II y IV de esta tesis, fue el detonante que provocó no sólo entre los hacendados, sino en administradores y vaqueros identificarse con tareas de selección del ganado, tal vez, de una manera arcaica o intuitiva, pero todos ellos convencidos en obtener un toro que embistiera conforme a los nuevos esquemas que iba exigiendo el espectáculo que tuvo particulares manifestaciones en cuanto a su libre y abierta expresión técnica y estética, respecto de la tauromaquia española, lo cual generó, no sólo entre sus protagonistas, sino en el pueblo mismo, manifestaciones de orgullo eminentemente nacionalistas, evidenciadas en diversas demostraciones que, las más de las veces, terminaban a golpes, con plazas semidestruidas o incendiadas, entonando el grito de batalla: “¡Ora Ponciano!”,[8] justo en el tiempo en que este torero mexicano estaba convertido en el ídolo popular de la afición.

La mayoría de aquellas expresiones taurinas surgieron desde el campo y fueron a depositarse en las plazas, en una convivencia entre lo rural y lo urbano que dio a todo ese bagaje un ritmo intenso, que disfrutaron a plenitud por los aficionados y espectadores de ese entonces.

Evidentemente, las raíces españolas no se perdieron con la emancipación, pues la presencia en el escenario del torero gaditano Bernardo Gaviño y Rueda, garantizó este aspecto, aún cuando Gaviño fue el único español en México entre 1835 y 1886 que hizo del toreo una expresión mestiza, lo que dejó una ruta que se convirtió en modelo; y aunque algunos diestros nacionales hicieron suyo ese esquema, también prefirieron seguir toreando con creatividad, al amparo de invenciones permitidas tarde a tarde.

La tauromaquia en México a partir de 1887 llegó a ser profesional cuando quedó establecido el toreo a pie, a la usanza española en versión moderna, misma que desplazó prácticas del toreo híbrido y “a la mexicana” que ya resultaban inapropiadas, tanto en el campo como en la plaza.

El concepto criollo e intuitivo de la crianza del ganado se elevó entonces a niveles nunca antes vistos. Superados los primeros problemas de consanguinidad, e incluso los de adquisición de sementales viejos e impropios para los fines de selección y cruza que se fijaron aquellos nuevos criadores de toros de lidia, se tuvo oportunidad de conseguir una absoluta definición en el juego, estilo, presencia y rasgos particulares de los toros que buscaba cada uno de los recientes ganaderos, para distinguirse en medio del enorme escenario con el que se daría recepción a las nuevas formas de expresión en el toreo mexicano, que, como quedó dicho, a partir de 1887 logró obtener un nivel mayor, lo que dio garantía para seguir el paso de la tauromaquia desarrollada en España que muy pronto se le declaró la “guerra” en los ruedos, con la presencia de diestros tan importantes como Rodolfo Gaona o Fermín Espinosa Armillita, quienes se “levantaron en armas” en los primeros cincuenta años del pasado siglo XX.

Lo más destacado al pretender hacer una investigación de la hacienda de Atenco es entender el ritmo de su actividad interna y verlo reflejado después en la externa para colocarla como una de las haciendas ganaderas más importantes en el siglo XIX, independientemente de su historia iniciada tres siglos atrás y que, por fortuna, ha llegado hasta nuestros días.

No se debe olvidar que la importancia de ésta radica en el enorme esfuerzo aplicado en la crianza de ganado de lidia cuya práctica, en diferentes épocas, logró que se efectuaran diversas pruebas en el campo como la tienta, selección de sementales, afortunadas en su mayoría porque ello permitió ir dando lustre a la ganadería de bravo en México donde la intuición jugó un papel destacado que incluso resultó tan benéfica para la propia hacienda de Atenco, ya que sus toros fueron demandados permanentemente para cientos y cientos de corridas, tal y como lo apunta el administrador Román Sotero en Atenco, el 22 de enero de 1847 cuando afirmó: (…) De ganado del cercado contamos hoy con 3000 cabezas, entre ellas [hay] muchos toros buenos para el toreo.[9] La crianza y sus diversos resultados en la plaza de toros se convierten en la parte medular del trabajo, por tratarse de actividades cotidianas realizadas al interior de Atenco, por lo menos en el período de este estudio.

Por lo tanto, la participación de diversos toreros, significó un punto de referencia para mejorar la casta entre el ganado atenqueño. De ahí que en el espacio decimonónico mexicano se desarrolló una actividad taurina muy intensa, en la cual los toros de Atenco tuvieron una permanente participación de gran importancia en el espectáculo, sin que por ello se menosprecie el papel de otras haciendas.

Entre los años 1815 y 1897 Atenco tuvo su época de máximo esplendor, ya que se han podido documentar más de 500 diferentes encierros enviados a las plazas; también es importante destacar la permanencia de esta ganadería, que pasó del terreno informal de la intuición al profesional, por lo que durante esos 82 años, la hacienda fue muy solicitada por varias empresas tanto de la capital como del interior del país por tener un estilo definido en cuanto a las actividades destinadas a la selección y cría de toros bravos.

Quienes se han ocupado de este tema hasta hoy, no han investigado cuáles fueron las razones por las cuales Atenco pudo ser capaz de satisfacer las múltiples solicitudes hechas por las diversas empresas capitalinas y foráneas para celebrar corridas de toros durante el siglo XIX; tampoco es claro cuál fue el pie de simiente que definió las características de casta del toro bravo atenqueño para el siglo XVI.

La presente investigación[10] tiene como fin aclarar estos aspectos de manera puntual, con base en documentos como los consultados en el fondo: Condes de Santiago de Calimaya localizado en la Biblioteca Nacional, custodiado por la Universidad Nacional Autónoma de México. Este acervo ha sido consultado por el señor Alejandro Villaseñor y Villaseñor, a principios del siglo XX; la doctora Margarita Loera Chávez, así como el maestro Ignacio González-Polo y la licenciada Flora Elena Sánchez Arreola.

De igual forma hemos consultado archivos como los de la Sucesión Barbabosa, de José Ignacio Conde, el Histórico del Distrito Federal, o el Archivo Geeral de la Nación que fueron y han sido de enorme utilidad.

En cuanto a la bibliografía más pertinente a este tema hemos revisado los trabajos de Nicolás Rangel, Armando de Maria y Campos o Heriberto Lanfranchi, así como auténticos estudios de fondo como los de Benjamín Flores Hernández, Pedro Romero de Solís, Carlos Cuesta Baquero, Vicente Pérez de Laborda, Cesáreo Sanz Egaña y Juan Pedro Viqueira Albán.

También, hemos consultado otras fuentes bibliográficas para analizar a las haciendas mexicanas y su funcionamiento, particularmente desde la perspectiva de unidades de producción agrícola y ganadera.

En este sentido están las obras de Narciso Barrera Bassols, Frank Tannenmbaum, François Chavalier, Margarita Loera, Margarita Menegus, Manuel Miño Grijalva, George MacCutchen, Herbert Nickel, y la tesis de licenciatura de Flora Elena Sánchez Arreola –de bastante utilidad-, entre otras muchas.

En cuanto a la hemerografía, simplemente era una condición revisar paso a paso el comportamiento de la hacienda de Atenco en los diversos avisos que, sobre diversiones públicas registraron, no siempre de forma periódica o consuetudinaria. En todo caso es posible percibir una serie de ausencias obligadas por los constantes cambios de dirección o de alianza política, que no en todos los casos eran convenientes, pues ello obligaba a la aplicación de ciertas mordazas o restricciones que limitaban a sus directores a cambiar el rumbo de línea periodística, que repercutía en asuntos –probablemente vagos-, como el del registro constante de las diversiones mismas, que solo en circunstancias bastante convulsas, dejaban de darse.

La investigación requirió del sustento del trabajo de campo, que consistió en permanentes visitas a la hacienda y sus alrededores, debido a que los pocos documentos localizados en esa labor, fueron proyectando una historia fragmentada que ahora plantea esta hacienda, causada, entre otras razones, por la administración de tres familias en más de cuatro siglos y medio, pero también a robos, incendios e incluso, hasta indiferencia, lo que ha provocado que muchos papeles se hayan dispersado a lo largo de 478 años, lo que ha dado origen a fantasías, por lo que fue difícil reunir la información de varias fuentes y que ha servido de soporte a este trabajo.

   En el capítulo uno de este trabajo, después de una visión general sobre el entorno geográfico, histórico y de las operaciones internas y externas, se explicará la importancia de Atenco durante el siglo XIX debido a la constante crianza de cabezas de ganado a partir de una selección autóctona, de la que se aprovechó sobre todo el origen criollo de los toros multiplicados en la región del valle de Toluca. Esto también fomentó el esplendor de Atenco por la frecuencia con que se enviaron los encierros, fundamentalmente a plazas del centro del país, nutriendo y enriqueciendo de forma consistente aquella fiesta taurina decimonónica.

Serán protagonistas permanentes Bernardo Gaviño, torero español radicado en nuestro país y muy cercano a Atenco, además de los Cervantes y los Barbabosa, propietarios de la mencionada hacienda.

   El torero de origen gaditano tuvo un papel determinante, puesto que a lo largo de su prolongada trayectoria se enfrentó en 391 ocasiones al ganado de Atenco; esto representa un elemento con el que se demuestra no sólo el vínculo amistoso con José Juan Cervantes, Michaus, Ignacio Cervantes Ayestarán y Rafael Barbabosa Arzate respectivamente. También en el momento de intervenir en las decisiones para elegir un ganado que era propicio al ejercicio tauromáquico puesto en práctica por el diestro hispano.

   Atenco respondió a lo largo de casi cuatro siglos, cubriendo las necesidades planteadas por el espectáculo taurino, por lo que estaba presente una buena organización, a pesar del dispendio y banca rota, propiciado por Martín Ángel Michaus,[11] tío de Juan José, último conde de Santiago de Calimaya, a quien le sucedió Ignacio Cervantes Ayestarán. La administración se reforzó con la ayuda de los caporales, de ahí que la ganadería asegurara el intenso movimiento de toros en las plazas donde eran lidiados.

            El capítulo número dos es una extensa revisión del espectáculo taurino durante el siglo XIX, para ofrecer una visión de conjunto acerca de lo que era antes y después de la independencia. También se hará una revisión de lo que significó la misma “independencia” como propiedad exclusiva del espectáculo al emanciparse del control que había impuesto el proceso técnico y estético de origen español en los tres siglos anteriores, así como la fuerte carga de costumbres, consecuencia de ese entretejido, lo que dio como resultado una tauromaquia tanto urbana como rural, ricamente aderezada que le otorgaron otro estilo, sin faltar la predominante participación de Atenco.

En el capítulo número tres se hará saber la forma en cómo Bernardo Gaviño desempeñó un papel protagónico dentro y fuera del ruedo. Este torero influyó de manera muy particular en los destinos de la hacienda ganadera de Atenco. Personaje de interesantes características alrededor de la tauromaquia fue protegido por el último conde de Santiago de Calimaya con quien efectuó gran parte de los cambios registrados no sólo en Atenco, sino también dentro de la fiesta brava en México.[12]

Una parte atractiva es la que surge al analizar el rico espectro de testimonios propios del “Fondo Conde Santiago de Calimaya”, de ahí que bajo “Volumen, método y eficacia” se valoran estos tres instrumentos para medir la importancia de la hacienda de Atenco, en cuanto a ganado bravo se refiere. Por lo que este capítulo se convertirá en la idea básica de la presente investigación. Volumen, método y eficacia representan tres factores de evaluación para interpretar casi 100 documentos del mencionado fondo, los cuales arrojaron una información que sustenta los datos elaborados por los administradores de la hacienda. El criterio no lo expresan ellos, es consecuencia de buscar su explicación después de diversas coincidencias relacionadas con el comportamiento mismo del ganado, tanto en el campo como en la plaza. Estas permitieron reflexionar acerca de la posibilidad para adecuar criterios muy concretos. De ahí que los tres conceptos propuestos, resultarán convenientes para tratar de entender, finalmente, la crianza de toros de lidia al interior de la hacienda.

La tesis de la tesis o idea básica pretende poner de relieve la técnica desarrollada para la crianza de toros bravos en Atenco, que pasó de lo meramente intuitivo a lo profesional por medio de la aplicación de métodos y experiencias acumulados a lo largo de la centuria en que se desarrollaron tales prácticas llevadas a cabo por administradores y vaqueros experimentados, que se amalgamaron a las valiosas sugerencias que aportaron los propios toreros que, con notoria frecuencia, se enfrentaron a aquellos toros. Con toda seguridad, Bernardo Gaviño de tanto encontrarse con el ganado atenqueño logró entenderlos mejor que nadie. Su buena amistad con los propietarios, los administradores y hasta con los mismos vaqueros, debió haberle permitido sugerir valiosos comentarios para corregir y mejorar las condiciones ofrecidas en las plazas a donde eran enviados.

Vale mencionar hasta aquí que todo este estudio se encuentre fundado en la exitosa empresa que dedicó un tiempo muy importante a la crianza de toros bravos que, como se comprobará con otros datos, fue una actividad cotidiana desde los siglos virreinales y se consolidó durante el XIX, etapa de su mejor período de producción.

Para llegar a todas las consideraciones anteriores ha sido necesario enfrentar el uso indebido de ciertos historiadores o aficionados a la historia que lograron, con muy pocos elementos, convencer a una mayoría importante de aficionados al espectáculo taurino, al grado de aceptar “a pie juntillas” varias suposiciones sin sustento o que adolecen del mismo cuando tratan de explicar origen y desarrollo de una hacienda que comenzó su actividad pocos años después de concluida la Conquista y de la que se tienen noticias más claras en el año de 1557.[13] Sin embargo, fue durante el siglo XIX cuando ocurrieron acontecimientos importantes para el estudio de la hacienda. De ahí que en esta tesis se pretenda desmitificar el argumento de la génesis de la hacienda de Atenco con pocos documentos mal interpretados.

En el capítulo número cuatro se analizará el surgimiento de una ganadería “profesional” bajo la égida y control de la familia Barbabosa, en la que Rafael jugó un papel determinante, al enfrentar diversos cambios que se dieron en la ganadería de Atenco en el último cuarto del siglo XIX. Se debe recordar que en 1911 se incorpora un nuevo pie de simiente que propició otras condiciones en el devenir de esta hacienda en por lo menos, los cuarenta años siguientes, para lo cual la obra de Luis Barbabosa Olascoaga es importante.[14]

            Se incluyen asimismo, imágenes de importante valor histórico e iconográfico y varias gráficas que respaldan algunos de los argumentos expuestos en los ANEXOS, sección del trabajo de investigación que reúne significativa concentración de datos, para entender que Atencofue la ganadería de toros bravos más importante del siglo XIX, poseedora además de dos atributos que consolidan su enorme peso histórico: elesplendory la permanencia.

Éste es un breve referente de la magnitud de producción de ganado de la hacienda de Atenco en el mejor de sus períodos, 1815-1900, que abordaré en la presente investigación.

El período en estudio podría resultar en consecuencia muy largo: 82 años cabales. Sin embargo, se puede afirmar que, el ritmo de vida específico al interior de Atenco fue respondiendo a un patrón de comportamientos irregulares pero no radicales. Las altas y bajas en su producción de cabezas de ganado, sobre todo entre los años 1850-1860; 1863-1867 y 1885-1888 nos dan una lectura favorable. Los otros años reflejan las irregularidades a que quedan expuestas este tipo de unidades de producción tan específica como la de crianza de ganado de casta, o ganado para la lidia.

Finalmente, quiero agradecer la valiosa recomendación que emitió a lo largo de la discusión de esta tesis todo el sínodo mismo que dirigió, revisó, cuestionó y sugirió los cambios convenientes para conseguir el mejor resultado posible con el que ahora este trabajo sale al “ruedo”. Con tales argumentos, creo estar en posibilidad para “recibir el doctorado”[15] con todos los honores.

CONCLUSIONES GENERALES

   A lo largo de toda la investigación, misma que se realizó en un término aproximado de 20 años, la parte fundamental del estudio fue entender el intenso movimiento representado en el manejo de ganado vacuno para la lidia, el cual ocurrió en medio de perfecta armonía de administradores con vaqueros y otros empleados, sin que faltaran casos aislados de rebelión como el de Tomás Hernández y Agustín Lebrija (1862-1863), donde aquel quiso apoderarse del control, habida cuenta de su profunda experiencia como vaquero por una parte; como torero por otra. Lo demás se concentra en los frecuentes altibajos que sometieron a dicha hacienda, lo mismo desde el punto de vista de los resultados que presentaba el ganado en la plaza, como por el conjunto de factores naturales que hicieron mella en las cosechas, o por el efecto ocasionado por enfermedades en el ganado.

   Dije en la “Introducción” que: durante el siglo XIX se manifestó una actividad taurina muy intensa, en la cual los toros de Atenco participaron permanentemente, siendo importantes para el desarrollo del espectáculo, sin que por ello se menosprecie el papel de otras haciendas. Esta tesis afirma de manera contundente el esplendor y la permanencia de Atenco, mismos que quedan perfectamente comprobados a lo largo de la misma, con el rico sustento documental que en buena medida fortalece lo dicho hasta aquí.

   De esa manera, el fundamento de Método, volumen y eficacia se convirtió en la parte central de la tesis, debido a que la lectura de diversos documentos, cuya fuente central fue el Fondo Condes Santiago de Calimaya, expresó una serie de líneas en las que pudo entenderse el diferente comportamiento de los ganados a partir de importantes apreciaciones hechas por los administradores de la hacienda de Atenco, con lo que fue posible determinar varios patrones de actividad que decidieron no solo los términos cuantitativos. También cualitativos en cuanto a los fines con los cuales pretendieron sustentar una “casta” adecuada para que los toros fueran lidiados en diversas plazas, bajo el principio de que resultaran apropiados para el tipo de tauromaquia puesta en práctica durante el período 1815-1897, en el cual se detecta el mayor índice del comportamiento de los ganados atenqueños destinados a las plazas de toros.

   Existió un espíritu sólo respaldado por la intuición, pero movido por la condición comercial que significaba la venta permanente de toros y encierros a las plazas que los requirieran. Nada fue motivo de la casualidad. Ojalá que la lectura de todo aquel que se acerque a entender el comportamiento de la hacienda de Atenco en período tan específico, permita valorar su significado, con el cual se puso en marcha el resultado de  actividades tan específicas al interior de esta hacienda ganadera.

   Ya desde mi tesis de maestría[16] la que, en compañía de otros trabajos de investigación[17] que corresponden a la biografía de dos toreros singulares, pero no por ello ajenos al tema de esta investigación doctoral. Me refiero a Bernardo Gaviño y Ponciano Díaz, se presentaron fuertes vínculos de información que dieron en consecuencia con la tesis doctoral, pues entre ellos se encontraban diversas circunstancias de lo que significó el siglo XIX mexicano, espacio temporal por el que siento especial atractivo.

   En definitiva, estamos frente al caso específico de una hacienda ganadera que, en tanto unidad de producción perfectamente articulada, se convirtió para las empresas taurinas y los diestros entonces en ejercicio, en la de mayor solicitud, por lo menos entre el período 1815-1897, donde encontramos comportamientos verdaderamente admirables, por lo que el balance supera el medio millar de encierros, entendiéndolo bajo el criterio que va de 2 y hasta 10 toros por tarde, ya que era muy variable este síntoma, aunque 5 o 6 son los valores promedio.

   Como ya se vio, al surgir esta unidad de producción agrícola y ganadera en 1528, pronto se estabilizó en ella todo un esquema capaz de aprovechar los recursos naturales, bastante generosos por cierto, independientemente de los diversos episodios de crisis naturales, o aquellos surgidos por motivo de invasiones, como la de 1810 en que la hacienda sufrió una merma considerable.

   Sin embargo, con el apoyo de algunos de sus propietarios, la recuperación encontró estabilidad, en tanto que al mando de otros, sólo mostraron indiferencia y todo ello, en conjunto nos habla de una notable capacidad donde Atenco volvía por sus fueros. Esta no fue una extensión territorial de grandes extensiones (3,000 hectáreas en sus mejores momentos y durante el siglo XIX).

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PLAZA DE TOROS EN EL CEDRAL, S.L.P.

Domingo 12 de septiembre de 1897.

Compañía de aficionados. Capitán: Francisco Gómez.

Estado de conservación: Bueno. Cartel en seda. Ejemplar único y curioso.

La comisión de festividades, á nombre del R. Ayuntamiento, da un voto de gracias a los Señores D. Francisco M. Coghlan y a D. Rafael Salín, quienes bondadosamente prestaron la madera para la plaza de toros lo mismo que al señor D. Joaquín de la Maza Ramos, por la benevolencia con que se sirvió proporcionar el ganado para las corridas.

José J. Sánz José G. Viramontes.

Colección: Museo Taurino Mexicano. Responsable: Lic. José Antonio Carmona Niño.

   Independientemente de los balances bastante positivos que se dieron en el aprovechamiento de las diversas cosechas, así como de la explotación de los afluentes del río Lerma; o de los derivados de la leche, entre otros; el comercio con ganado vacuno de casta se convirtió en un factor preponderante para la manutención de la hacienda. Para ello fue necesaria la aplicación de diversos métodos intuitivos primero; de los más adecuados y convenientes después, y en medio ya de manejos de selección más apropiados, con los que administradores y vaqueros fundamentalmente pusieron en práctica labores con vistas a elegir el ganado que habría de enviarse a las diferentes plazas. Como pudo verse, se llegó a dar el caso de encontrar un comparativo de los toros que pastaban ya sea en el cercado, el potrero o el llano, tres diferentes espacios dotados de pastos que marcaban diferencias específicas, con las cuales esperaban tener el balance de la lidia, para entonces ubicarlos en el más conveniente, sin que para ello faltaran los ejercicios cotidianos de la vaqueada o el rodeo y otros, como el de escoger el ganado en función de su pelaje. Aunque no dudo que estuvieran considerados aquellos otros aspectos que fueron propios del resultado en la plaza, fuera porque alguno muy bravo sirviera como factor influyente de línea sanguínea o “reata” para poner los ojos en la vaca que parió ese animal y las otras crías. Eso, de alguna manera debe haber servido como un elemento decisivo en la “selección” del ganado, junto con detalles como los de su presencia en conjunto.

   En el proceso de investigación con el que culmina esta tesis, hubo necesidad de precisar un período representativo en la dinámica que mostró Atenco: 1815-1897. Estos 82 años, señalan el tiempo de mayor actividad, lo cual no quiere decir que antes o después de ese espacio no hayan ocurrido otros acontecimientos, quizás igual o más documentados. Sin embargo, y a título personal, me parecen los más contundentes a partir de la participación ejercida por dos toreros fundamentales en toda esta historia: Bernardo Gaviño y Ponciano Díaz, los que dieron un auge sin precedentes, por lo que el esplendor y la permanencia quedan perfectamente demostrados.

   No hay duda: Atenco, habiendo surgido en 1528, y hasta hoy que aún permanece en su condición de ex – ejido, tuvo durante el siglo XIX sus momentos de mayor brillo, los cuales fueron sometidos a una profunda interpretación, de la cual espero la serena, fría y cerebral  crítica de sus posibles lectores.

   Es probable que estas “Conclusiones” no sean suficientes. Para ello, considero que todo el trabajo de tesis se ve complementado con siete anexos que hacen de este trabajo no necesariamente un documento inaccesible, sino atractivo en sí mismo, dado que en dicha parte se incluyen una importante cantidad de imágenes, cuadros, gráficas, tablas y otros elementos que lo consolidan como una investigación a fondo, sobre el curso y comportamiento que manifestó esta hacienda durante el siglo XIX mexicano. Explicada desde las condiciones que adquirió como “Encomienda” en el siglo XVI, hasta quedar sometida a los diversos vaivenes políticos, económicos y sociales del siglo XIX, es posible entender estos y otros complejos fenómenos en los que se vio involucrada.

   De igual forma, la fama que adquirió en los años que van de 1815 a 1897 hace verla como una hacienda ganadera poseedora de unas capacidades notables, gracias al tipo de toros que allí se criaron; gracias a la participación de personajes tan notables como Bernardo Gaviño, Ponciano Díaz; José Juan Cervantes y Michaus, o Juan Cervantes Ayestarán, lo mismo que los señores Barbabosa y los diversos administradores que controlaron ese importante centro de actividades agrícolas y ganaderas. De otra forma sería imposible entender todo el movimiento que se dio con el ganado en plazas de la capital del país, así como de otras tantas en los estados alrededor del corazón político de México, donde los toros de Atenco simbolizaron y constituyeron un emblema representativo en el capítulo de la evolución sobre la crianza del ganado destinado a la lidia, crianza que supone una intuición deliberada por parte de administradores, pero también de vaqueros que estuvieron a la búsqueda del toro “ideal” para momentos tan representativos como los del siglo XIX, donde el toreo “a la mexicana” se elevó a alturas insospechadas de una independencia taurina tan cercana pero también tan ajena a la que se desarrollaba al mismo tiempo en España, país del que llegaban los dictados de la moda. Solo que, el aislamiento producido por la emancipación de México y España hizo que uno y otro concepto artístico se desarrollaran por separado, durante los años que van, más o menos de 1810 a 1880, momento este último en que comenzó a registrarse un síntoma nuevo y necesario también: Me refiero a la reconquista vestida de luces, que debe quedar entendida como ese factor el cual significó reconquistar espiritualmente al toreo, luego de que esta expresión vivió entre la fascinación y el relajamiento, faltándole eso sí, una dirección, una ruta más definida que creó un importante factor de pasión patriotera, chauvinista si se quiere, que defendía a ultranza lo hecho por espadas nacionales –quehacer lleno de curiosidades- aunque muy alejado de principios técnicos y estéticos que ya eran de práctica y uso común en España.

   Por lo tanto, la reconquista vestida de luces no fue violenta sino espiritual. Su doctrina estuvo fundada en la puesta en práctica de conceptos teóricos y prácticos absolutamente renovados, que confrontaban con la expresión mexicana, la cual resultaba distante de la española, a pesar del vínculo existente con Bernardo Gaviño. Y no solo era distante de la española, sino anacrónica, por lo que necesitaba una urgente renovación y puesta al día, de ahí que la aplicación de diversos métodos, tuvieron que desarrollarse en medio de ciertos conflictos o reacomodos generados básicamente entre los últimos quince años del siglo XIX, tiempo del predominio y decadencia de Ponciano Díaz, y los primeros diez del XX, donde hasta se tuvo en su balance general, el alumbramiento afortunado del primer y gran torero no solo mexicano; también universal que se llamó Rodolfo Gaona.

   De esa forma dicha reconquista no solo trajo consigo cambios, sino resultados concretos que beneficiaron al toreo mexicano que maduró, y sigue madurando incluso un siglo después de estos acontecimientos, en medio de períodos esplendorosos y crisis que no siempre le permiten gozar de cabal salud.


NOTA IMPORTANTE: Me reservo el derecho de incluir las notas a pie de página, debido a la presencia de ciertos personajes que pretenden hacer suyo estos materiales, con sólo dar “clic” a sus empeños y y teclear “Supr” o “Delete” para quitar el nombre del autor original, atribuyéndose de esa forma textos que no les pertenecen.

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EN PRO Y EN CONTRA: VISIÓN DE VIAJEROS EXTRANJEROS…

MUSEO GALERÍA TAURINO MEXICANO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

EN PRO Y EN CONTRA: VISIÓN DE VIAJEROS EXTRANJEROS Y AUTORES MEXICANOS, RESPECTO AL TOREO DE LA PRIMERA MITAD DEL SIGLO XIX. (ENSAYO).

    Como ya se sabe, las raíces españolas no se perdieron con la emancipación, pues la presencia en el escenario del torero gaditano Bernardo Gaviño y Rueda, garantizó este aspecto, aún cuando Gaviño fue el único español en México entre 1835 y 1886 que hizo del toreo una expresión mestiza, lo que dejó una ruta que se convirtió en modelo; y aunque algunos diestros nacionales hicieron suyo ese esquema, también prefirieron seguir toreando con creatividad, al amparo de invenciones permitidas tarde a tarde.

   Antes de continuar, es conveniente acercarnos un poco a la visión que tuvieron en esa época inicial del México independiente una serie de personajes, tanto nacionales como extranjeros, y cuyas plumas dejaron evidencia de diversos pensamientos. Veamos.

   El primer ministro de los Estados Unidos de Norteamérica ante México, Joel R. Poinsett presencia lo que es una stravaganza mexicana en 1822, misma que pasa a sus Notas sobre México.[1] Donde apunta sus visiones taurómacas hace de entrada un símil entre la plaza de San Pablo y la de Madrid porque “es exactamente igual y casi tan grande” (ésta con aquella. N. del A.). Y abre fuego con su opinión adversa al toreo.

En el redondel hay un círculo de cinco o seis pies  de  alto, con estrechas aberturas, en donde se refugian los atormentadores del toro cuando éste les persigue.[2]

Atormentadores o victimarios que para el caso es lo mismo, trabajan como puede entenderse, al servicio de la tortura, misma que observan

damas bien vestidas, que demuestran mayor interés por el tormento y muerte de un toro, del que vos, con vuestros prejuicios, habríais de considerar como decoroso en el sexo débil.[3]

   Las mujeres por lo que puede observarse acuden sin mayor recato y sin demostración alguna de compasión a los toros, un espectáculo lleno ya de escenas y cuadros con singular dramatismo sangriento.

   Por aquel entonces circula en México un folleto que reproduce fielmente las ideas de León de Arroyal y su PAN Y TOROS[4] mismo que encuentra segunda voz en otro opúsculo salido de la imprenta de Arizpe en 1822. Se trata del Mexicano. Enemigo del abuso más seductor.[5]

   Estas posiciones de nuestros visitantes, influyen en el espíritu de antepasados como José Joaquín Fernández de Lizardi o Carlos María de Bustamante, para ajustarlos a la época de esa presencia ideológica. Ya me referiré a ellos en su momento.

   C.C. Becher, originario de Hamburgo dejó en sus Cartas sobre México[6] su visión sobre las corridas de toros, presenciadas seguramente a principios de 1832 y en la cual sin mostrar señales de desaprobación va siguiendo y apuntando con detalle de buen centroeuropeo la lidia del toro.[7]

   W.H. Hardy visita México en 1825. Justo el 10 de diciembre llega a Maravatío Grande. Celebraba la población el “aniversario de su constitución”, y llamado por la curiosidad llega hasta la plaza de toros

justo a tiempo de ver el último toro aguijoneado a muerte por los patriotas pueblerinos, armados de lanzas en la Plaza Grande; el recinto estaba rodeado de grandes bancos donde se sentaban señoras bien vestidas, de todas las edades para ver ese espectáculo y aplaudir todo acto de crueldad cometido por los combatientes. Me alejo rápidamente de ese desagradable espectáculo, lamentando que madres e hijas se embotaran con él, ya que tiende a apartarles del cumplimiento de los oficios humanitarios que son el atributo de su sexo.[8]

   No cabe en Hardy la menor duda de desagrado, de rechazo, recriminando de pasada el hecho de mujeres asistentes que deterioran sus mentes en vez del “cumplimiento humanitario” que manda en su sexo.

   Poinsett, C.C. Becher., W.H. Hardy nos han demostrado hasta ahora una visión en la que

El viajero anglosajón, por ejemplo, que escribe sobre México está definiéndose; está expresando su ser por su contrario, por el no-ser. Es decir, el viajero describe lo que ve, lo que él no es; lo que él ni su país jamás podrán ser ya sea para bien o para mal, por exceso, o por identificación.[9]

   Y es que la realidad hace que impere en ellos un espíritu de profundo rechazo con las conformaciones americano-españolas. No es lo que México muestra, es toda aquella herencia hispana resultante la que en el fondo se recrimina pero que no se desaprovecha la acción para atacar lo retenido por los propios mexicanos.

   Continuando con estos personajes que son para el trabajo un aporte significativo, traigo ahora a Gabriel Ferry, seudónimo de Luis de Bellamare, quien visitó nuestro país allá por 1825, dejando impresoen La vida civil en México un sello heroico que retrata la vida intensa de nuestra sociedad, lo que produjo entre los franceses un concepto fabuloso, casi legendario de México con intensidad fresca del sentido costumbrista. Tal es el caso del “monte parnaso” y la “jamaica”, de las cuales hace un retrato muy interesante.

   En Perico el Zaragata que es la parte de sus Escenas de la vida mejicana que ahora me detienen para su análisis, abre dándonos un retrato fiel en cuanto al carácter del pueblo; pueblo bajo que vemos palpitar en uno de esos barrios con el peso de la delincuencia, que define muy bien su perfil y su raigambre. Con sus apuntes nos lleva de la mano por las calles y todos sus sabores, olores, ruidos y razones que podemos admirar, sin faltar el “lépero” hasta que de pronto, estamos ya en la plaza.

Nunca había sabido resistirme al atractivo de una corrida de toros -dice Ferry-; y además, bajo la tutela de fray Serapio tenía la ventaja de cruzar con seguridad los arrabales que forman en torno de Méjico una barrera formidable. De todos estos arrabales, el que está contiguo a la plaza de Necatitlán es sin disputa el más peligroso para el que viste traje europeo; así es que experimentaba cierta intranquilidad siempre lo atravesaba solo. El capuchón del religioso iba, pues, a servir de escudo al frac parisiense: acepté sin vacilar el ofrecimiento de fray Serapio y salimos sin perder momento. Por primera vez contemplaba con mirada tranquila aquellas calles sucias sin acercas y sin empedrar, aquellas moradas negruzcas y agrietas, cuna y guarida de los bandidos que infestan los caminos y que roban con tanta frecuencia las casas de la ciudad.[10]

   Y tras la descripción de la plaza de Necatitlán, el “monte parnaso” y la “jamaica”,[11] la verdad que poco es el comentario por hacer. Ferry se encargó de proporcionarnos todo prácticamente, aunque sí es de destacar la actitud tomada por el pueblo quien de hecho pierde los estribos y se compenetra en una colectividad incontrolable bajo un ambiente único.

   Mathieu de Fosey, otro de nuestros visitantes distinguidos no deja pasar la oportunidad de retratar -literalmente hablando- los acontecimientos de carácter taurino que presencia en 1833 pero que aparecen hasta 1854 en su obra Le Mexique. El capítulo IV se ocupa ampliamente del asunto y recogemos de él los pasajes aquí pertinentes. Durante su tiempo de permanencia -que fue de 1831 a 1834- no dejaron de darse corridas, (especialmente en una plaza cercana a la Alameda) pero no había en él esa tentación por acudir a uno de tantos festejos hasta que

Acabé por dejarme convencer; pero la primera vez no pude soportar esta escena terrible más de media hora… [Algún tiempo después volvió…] y acabé por acostumbrarme bastante a las impresiones fuertes que tenía que resistir hasta el final del espectáculo…[12]

   En esa visión se encierra todo un sentido por superar la incómoda reacción que opera en Fosey quien, al ver esos juegos bárbaros, tiene que pasar al convencimiento forzado por “acostumbrarme bastante a las impresiones fuertes” propias del espectáculo que presencia en momentos de intensa actividad “demoníaca” (el adjetivo es nuestro) pues es buen momento para apuntar justo el tono bárbaro, sangriento de la fiesta, mismo que se pierde en una intensidad de festivos placeres donde afloran unos sentidos que propone Pieper así:

Dondequiera que la fiesta derrame incontenible todas sus posibilidades, allí se produce un acontecimiento que no deja zona de la vida sin afectar, sea mundana o religiosa.[13]

No nos priva de un retrato que por breve es sustancioso en la medida en que podemos entender la forma de comportamiento entre protagonistas.

A veces actúan toreros españoles, pero no son superiores a los mexicanos, ni en habilidad ni en agilidad. Estos están acostumbrados desde la infancia a los ejercicios tauromáquicos, en los campos de México, igual que los pastores de Andalucía en las praderas bañadas por el Guadalquivir, y saben descubrir como ellos en los ojos del toro el momento del ataque y el de la huida. A caballo lo persiguen, le agarran la cola y lo derriban con gran facilidad; a pie, lo irritan, logran la embestida y lo esquivan con vueltas y recortes. Este juego casi no tiene peligro para ellos…[14]

   De esto emana el propósito con el que la fiesta torera mexicana asume una propia identidad, nacida de actividades que si bien se desarrollan con amplitud de modalidades cotidianas en el campo, será la plaza de toros una extensión perfecta que incluso permitirá la elegancia, el lucimiento hasta el fin de siglo con el atenqueño Ponciano Díaz, sin olvidar a Ignacio Gadea, Antonio Cerrilla, Lino Zamora y Pedro Nolasco Acosta, fundamentalmente.

   Los prejuicios van de la mano con nuestros personajes quienes no ocultan -unos-, su desaprobación total; y otros diríase que a regañadientes aceptan con la mordaza debida el festivo divertimento, porque una “nefasta herencia española” lastima el ambiente por lo que fue y significó la presencia colonial “desarraigada” pues, como dice Ortega y Medina:

los sedimentos hispánicos son sacados a la superficie (por esta suma de viajeros y otros que cuestionan las condiciones del México recién liberado), expuestos a la luz crítica de la razón liberal protestante y extranjera para ser abierta o veladamente censurados como muestra de un pasado histórico y espiritual antediluvianos, antirracionales; es decir, de un pasado que mostraba huellas de animosidad, de oposición, de manifiesta tendencia a ir contra la corriente.[15]

   El espíritu crítico seguirá siendo la manera de su propia reacción[16] y ya no se detendrá para seguir acusando una fobia que por progresista no se adecua a primitivos comportamientos de la sociedad mexicana que aun no se deslinda de toda una estructura, consecuencia del rechazo o, para decirlo en otros términos es esa visión de pugna entre lo liberal y lo conservador, terreno este que se somete a profundas discusiones puesto que entenderlo a la luz de una razón y de una perspectiva concreta, es llegar al punto no de la pugna como tal; sí de una yuxtaposición, de esa mezcla ideológica que se detiene en cada frente para proporcionarse recíprocamente fundamentos, principios, metas que ya no reflejan ese absoluto perfecto pretendido por cada grupo aquí mencionado desde su génesis misma.

   En la continuación de nuestros apuntes, Brantz Mayer, es el que en México as it was and as it is (México lo que fue y lo que es) deja fiel retrato de este panorama, comprendiendo en sus pasajes descriptivos el comportamiento popular y lo propiamente taurino. El que fuera secretario de la legación norteamericana en México entre 1841 y 1842, afirma que las corridas de toros, “al lado del de los terremotos y el de las revoluciones, formaba la principal diversión de los mexicanos de la época”.[17]

   Al llegar a la plaza nos refiere una asistencia de ocho mil espectadores aproximadamente.

La parte del edificio expuesta a los rayos del sol se dejaba a la plebe; la otra mitad se reservaba para los patricios, es decir, para los que pagasen medio dólar, con lo cual adquirían el derecho al lujo de la sombra (…)

   Siento gran repulsión por estas exhibiciones brutales; pero creo que es deber del hombre del ver un ejemplar de cada cosa durante su vida. En Europa presencié disecciones, y ejecuciones mediante la guillotina; y, fundando en este mismo principio, asistí en México a una corrida de toros.

Y a la corrida, donde por cierto llega tarde Brantz, pues ya

los picadores los estaban aguijoneando [a los toros] con sus lanzas, mientras los seis matadores, ágiles y ligeros, vestidos con trajes de vivos colores, lo provocaban con sus capas rojas, que hacían ondear a pocos pasos de los cuernos de la bestia; y cuando esta embestía contra el trapo, podían ellos lucir su habilidad, evitando los golpes  mortales de los cuernos. Después de hostigar al animal durante diez minutos con capas y lanzas, sonó una trompeta; al punto le clavaron en el cuello doce banderillas, o lancetas adornadas de papel dorado y de flores, haciendo que el animal se precipitase con furia contra su agresor, al sentir cada nuevo pinchazo del arma cruel.

   Hecho esto, la cuadrilla se puso en círculo, y el toro quedó en medio bufando, escarbando la tierra, moviendo la cabeza a uno y otro lado, viendo por doquiera un enemigo armado que apuntaba hacia él su lanza y bramando para que no se atreviesen a atacarlo. Pero a la verdad ya estaba domado.

   Otro toque de clarín, y dos matadores, apartándose del grupo, se adelantan con cautela y clavan en la piel del cuello del animal dos lanzas rodeadas de fuegos artificiales. Bufando, bramando, llameando y crepitando se puso el toro a dar brincos por la arena, azotándose con la cola y embistiendo a ciegas a cuanto se le ponía por delante.

   Al tercer toque de trompeta, salió a la plaza el matador principal, que ahora se presentaba por primera vez, y se adelantó hacia el palco del juez para recibir la espada con que acabaría con el animal. Entretanto se habían consumido los fuegos de artificio, y el animal estaba acorralado contra la barrera sur del teatro. Allí se le veía jadeando de cansancio, de rabia y desesperación. El matador, un andaluz vestido de gala, con medias de seda y traje ajustado, color de púrpura con bordados de abalorios, era hombre de contextura hercúlea; y su figura varonil, en la plenitud de la perfección del vigor y la belleza humana, formaba hermoso contraste con la enorme masa de huesos y músculos de la bestia.

   Enrolló su capa en la vara corta que llevaba en la mano izquierda, y se acercó al toro, empuñando en la diestra el afilado estoque. El toro, enfurecido a la vista de la capa roja, se precipitó hacia él. En el punto en que el animal se detuvo para embestirlo, el matador, saltando hacia la izquierda con brinco de ciervo y recibiendo en la punta de su espada todo el choque del peso y del impulso del animal, se la enterró en el corazón, y sin ninguna convulsión lo dejó muerto a sus plantas. Ante el éxito del golpe, el público estalló en aplausos. El matador sacó del cuerpo del animal su espada ensangrentada, la envolvió en su capa y, haciendo un saludo a la multitud, la devolvió al juez.[18]

   Y sigue narrando Mayer otros detalles de la corrida, hasta volver a caer en algunos de proporción ya conocida. No cabe en él la menor duda del rechazo que se convierte en una descripción pormenorizada de cada fase de la lidia, en la que no deja de resaltar el cruel sentido propio del espectáculo, pero resultado al fin y al cabo de ese formular la fiesta a partir de connotaciones muy definidas: lanzas rodeadas de fuegos artificiales, el método de hostilidad por parte de los toreros en masa frente a la víctima, el exceso de los puyazos y los caballos que, despanzurrados vuelan por los aires con los picadores y otras lindezas. Sin embargo

sacaron a la plaza otros cinco toros; pero casi todos ellos resultaron cobardes. Y a pesar de eso, a ninguno dio muerte el matador a la primera estocada, lo que menoscabó la buena opinión que de sus habilidades tenía la chusma.[19]

  La “chusma” calificativo peyorativo de otro sinónimo de pueblo, es ese estrato que Brantz Mayer mira ignominiosamente en desacuerdo de los factores de moral y humanidad que en el hombre forman parte sustancial de su entidad como ser.

   Para la gran mayoría, el toro es la víctima central y por tanto, la figura que en un momento determinado debe recobrar su importancia, inclusive como parte de un ataque suyo hacia los toreros, para lo cual no faltó un irlandés, vecino de Mayer en la corrida a la que asiste[20] y quien al presenciar la suerte de varas con sus ingratos y aparatosos resultados no dudó en exclamar a todo pulmón: “¡Bravo Bull!” Thompson -embajador norteamericano- era de la misma idea favorable para con el toro.

   Sin embargo, con quien se llega a extremos de crítica feroz es con Latrobe quien ridiculiza y menosprecia la fiesta a este grado:

La ceremonia (corrida) ha sido descrita y cantada en prosa y en verso usque ad nauseam. Si en España es una brutal e inhumana exhibición en donde, después de todo se realiza con cierto riesgo para la gente que toma parte en ella a causa de la fuerza y vigor del noble animal, que es el blanco del cruel deporte, aquí no sucede así, pues el espectáculo resulta diez veces más denigrante porque de todos los toros que he visto el mexicano es el más débil y sin braveza.[21]

   Y si Penny cuestionaba la presencia de mujeres en los toros, como lo hizo W.H. Hardy, buscándose ellas el detrimento a sus sentimientos femeninos, fue una mujer, la Marquesa Calderón de la Barca quien en la novena carta de La vida en México deja amplísima relación de una corrida presenciada a principios de 1840.

En aquella ocasión, a pesar de quedar deslumbrada por el brillo de un espectáculo cuya “gran belleza” no pudo dejar de reconocer, todavía sintió ciertos remordimientos por haber gustado sin excesivas náuseas de esa repugnante forma de atormentar a un animal hacia el cual, sobre todo atendiendo a que su peligrosidad la rebajaba el hecho de que las puntas de sus pitones se hallaran embotadas sentía mayor simpatía “que por sus adversarios del género humano”.[22]

   Esta mujer, Frances Erskine Inglis, escocesa de nacimiento, con unas ideas avanzadas y liberales en la cabeza acepta el espectáculo, se deslumbra de él y hasta construye una famosísima frase que nos da idea precisa de cómo, sin demasiados aspavientos como los demostrados por otros europeos y anglosajones, comulga con la fiesta. La frase va así: “Los toros son como el pulque. Al principio les tuerce uno el gesto, luego les toma uno el gusto…”. Su posición en definitiva es moderada, no escancia hieles de descrédito hacia lo español, como lo hizo Hall quien condenó a la nación española por la introducción de la sangrienta y salvaje fiesta, cuyo solo objetivo era

desmoralizar y embrutecer a los habitantes de la colonias, y con la esperanza de así poderles retener con más seguridad bajo el yugo.[23]

   En el fondo, y como deseo de afinidad entre estos viajeros hay en el ambiente algo que  Ortega y Medina trabajó perfectamente en un ensayo mayor titulado: “Mito y realidad o de la realidad antihispánica de ciertos mitos anglosajones”.[24] De siglos atrás permaneció entre las potencias inglesa y española una pugna de la cual se entiende el triunfo de aquélla sobre ésta dada su superioridad, frente a la realidad del hombre. Un nuevo caldo de cultivo lo encontró ese enfrentamiento luego de abierto el espacio hispánico y toda su proyección en América, al surgir la “Leyenda negra” sustentada por esos pivotes del ya entendido mito, de la Brevísima Relación de la Destrucción de las Indias (Sevilla, 1542) por Bartolomé de las Casas, cuyo sentido de liquidación es cuanto se cuestiona y se pone en entredicho por quienes quisieron acusar la obra hispánica en la América en el pleno sentido de su colonización.

   Todo ello sirvió como pretexto para desacreditar la obra española -dada la perspectiva de la Inglaterra isabelina-, por lo cual se generó un anhelo de desplazamiento de aquel retrógrado sistema para implantar el inglés. Uno de los promotores del desprestigio es Richard Hakluyt “El Joven” que parece gozar mefistofélicamente al recrear las matanzas “millonarias” de indígenas por parte de españoles sin virtud alguna.

   La campaña bien intencionada en hacer ver la superioridad inglesa muy por encima del retraso español siguió su marcha sin agotarse, en términos de Oliverio Cromwell juzgando “a todos los hispanos de crueles, inmorales y envidiosos”.

   Pero hay algo aún más importante, dentro de las consecuencias de aquel fenómeno, pues

toda esta tremenda propaganda apuntada y descargada puritanamente contra España y los españoles fue anticipando y condicionando las futuras fobias de sus herederos norteamericanos y fue también utilizada y aprovechada por éstos para justificar sus exacciones contra los españoles y mexicanos de aquende y allende el Atlántico.[25]

   Luego de la independencia quedaron residuos coloniales -vicios de la sociedad- difíciles de desarraigar. Se ve también que al intento de deshacerse de la gran estructura establecida durante tres siglos por España, había que conformar ese llamado neoaztequismo como afirmación o reivindicación de algo que quedó oculto mientras operó aquel sistema peninsular, cuando no se acaba de entender y asimilar que ya para ese entonces somos “americanos de raíz india o hispánica”. En tanto el español parece abandonarse de América para dejar abierto el espacio a las aspiraciones particulares del mexicano.

   Bajo toda esta perspectiva, podemos entender la posición guardada por aquellos viajeros que expresaron y manifestaron su descrédito total a aquel resto de la barbarie.

   Cerramos aquí la presencia de nuestros personajes con una hermosa cita que recoge Juan A. Ortega y Medina refiriéndose a B. Mayer:

(quien) estuvo a punto de apresar algo del significado trágico del espectáculo cuando lo vio como un contraste entre la vida y la muerte; un “sermón” y una “lección” que para él cobró cierta inteligibilidad cuando oyó al par que los aplausos del público las campanas de una iglesia próxima que llamaba a los fieles al cercano retiro de la religión, de paz y de catarsis espiritual.[26]

   Y si hermosa resulta la cita, fascinante lo es aquella apreciación con la que Edmundo O’Gorman se encarga de envolver este panorama:

Junto a las catedrales y sus misas, las plazas de toros y sus corridas. ¡Y luego nos sorprendemos que a España de este lado nos cueste tanto trabajo entrar por la senda del progreso y del liberalismo, del confort y de la seguridad! Muestra así España al entregarse de toda popularidad y sin reservas al culto de dos religiones de signo inverso, la de Dios y la de los matadores, el secreto más íntimo de su existencia, como quijotesco intento de realizar la síntesis de los dos abismos de la posibilidad humana: “el ser para la vida” y el “ser para la muerte”, y todo en el mismo domingo.[27]

   En lo relativo a nuestros autores y sus ideas contrarias a la fiesta, encontramos en José Joaquín Fernández de Lizardi al primero de ellos, no sin antes mencionar de pasada al virrey Félix Berenguer de Marquina, único representante monárquico que, públicamente se declaró antitaurino -en afán protagónico- y quien se encarga de asentar en documentos y oficios una idea de la cual no desistió. Va así:

No creo que un Virey debe procurar atraerse la voluntad y el conocimiento del público que ha de mandar, por fiestas, que, como la de Toros, originan efectivamente irreparables daños y perjuicios en lo moral y político.[28]

   Sin embargo, la mencionada corrida se llevó a efecto[29] con el natural sobresalto, y enojo de parte de este curioso personaje, al cual lo recuerda un cáustico pasquín sobre una pila, siempre seca, que mandó hacer en la plaza de Santo Domingo:

Para perpetua memoria

nos deja el virrey Marquina

una fuente en que se orina

y aquí se acabó su historia.

   La actividad taurina vuelve a ser afectada entre 1805 y 1807 debido a la Real Cédula que expidió el Rey Carlos IV en 1805, “por la cual se prohíben absolutamente en todo el reino, sin excepción de la Corte, las fiestas de toros y novillos de muerte, con lo demás que se expresa”.

   En tanto continuó su curso -normalizado de nuevo- en los años de la intensa lucha libertaria, y sin que esto afectara demasiado a la fiesta, aparecieron los escritos del ya citado Fernández de Lizardi, quien es firme depositario de las ideas ilustradas y todo lo que esto implica. Por eso, el “Pensador Mexicano” propone mejor que nadie las ideas de sus colegas y de su tiempo en esta forma:

Dicen que los toros son un espectáculo bárbaro y unos residuos del gentilismo… Que es un suplemento de los gladiadores de Roma, que es una diversión sangrienta y propia para hacer corazones feroces y desnudar a los simples de toda idea de sensibilidad, acostumbrándolos a ver derramar sangre ya de brutos y alguna vez de hombres.[30]

   Debemos entender que la posición de los ilustrados era la de cuestionar en la fiesta su origen de muchos males sociales. Y si en la Nueva España se daba ya el fenómeno, en España y con Feijoo, Clavijo, Cadalso, Campomanes y Jovellanos su propuesta cimbra los sentidos sociales, aunque sin provocar ningún cisma, como veremos a continuación.

   De estos personajes apenas si nos ocupamos de ellos en el capítulo anterior y es menester ampliar su posición para entenderlos y así de nuevo, recuperar en Lizardi la línea ya emprendida.

   Benedicto Jerónimo Feijoó fija en su Teatro crítico una actitud crítica -común en el siglo XVIII para los ilustrados-, que se opone a la corrida de toros en la que los motivos utilitarios hacen detener a este personaje en sus apuntes de la Honra y provecho de la Agricultura siendo incisivo de tal modo, que sus ideas llegaron a

oídos del conde de Aranda quien encontró buen pretexto para hacer declarada defensa (en opiniones a nivel de Consejo) sobre los males que caían sobre la agricultura, ocasionados por la fiesta torera.

   En cuanto a José Clavijo y Fajardo, se incluyen en el tomo IV de su obra El Pensador apuntes que involucran a los toros.

Yo voy a tratar de nuestras fiestas de toros, y no temo ni los gritos tumultuosos de un pueblo ciego ni las piedras que acostumbra a arrojar el rencor.[31]

   José Ma. de Cossío, gran polígrafo español dedicado a la fiesta de toros dice que Clavijo funda sus razonamientos en tres bases de orden y estructura lógica

Las corridas le parecen reparables, “por lo tocante a la religión, que en ellas se advierte vulnerada. Por lo que mira a la humanidad y decencia, que sufren mucho en semejantes espectáculos. Y por lo relativo a la política en los graves perjuicios que traen al Estado.[32]

   Y si crítico se comporta Clavijo, doblemente crítico lo es José Cadalso mismo que, en 1768 y en sus Cartas marruecas descarga su ira contra la tauromaquia. Dichas “Cartas…” quieren o pretenden ser réplica de las Lettres persanes que Montesquieu hiciera aparecen en 1721.[33]

   El supuesto marroquí va ofreciendo una panorámica  de la cuestión social vista en la península española. La parte LXXII es toda ella una censura a lo taurino.

Desde ahora -dice el moro Gazel- te puedo asegurar que ya no me parecen extrañas las mortandades de abuelos nuestros, que dicen sus historias, en las batallas de Clavijo, Salado, Navas y otras, si las ejecutaron hombres ajenos a todo lujo, austeros de costumbres y acostumbrados, desde niños a pagar dinero por ver derramar sangre, teniendo esto por diversión y aún por ocupación dignísima de los primeros nobles. Esta especie de barbaridad los hacía, sin duda, feroces, acostumbrándolos a divertirse con lo que suele causar desmayos a hombres de mucho valor la primera vez que asisten a este espectáculo.[34]

Y es que a decir de Cossío, todo el planteamiento de Cadalso se sustenta en puros motivos de sensibilidad.[35]

   Ahora bien, si con estos personajes se pronuncia la ilustración, Juan Jacobo Rousseau en sus Considerations sur la Governement de Pologne (Cap. III) apuntaba:

Abundancia de espectáculos al aire libre, en que las clases sean distinguidas con esmero, pero en que todo el pueblo goce igualmente, como acontecía entre los antiguos, y en que la juventud noble ostente a veces su brío y agilidad. Las corridas de toros no han contribuido poco a mantener cierto vigor en la nación española.[36]

Viniendo de Rousseau -uno de los grandes elementos del iluminismo-, toda esta concepción sobre la fiesta no repercutió en gran medida como hoy repercute con grupos fundamentalmente ecologistas (no es casualidad que España pretenda hoy en día incorporarse a la modernidad por la vía de la Comunidad Económico Europea. Así consiguió un avance cuando superó la guerra civil y ahora lo hace por el lado de estos nuevos horizontes, rebosantes de progreso), que someten a opinión la “barbarie de la fiesta”, concepto este que alcanzó con Jovellanos otras dimensiones, que al fin y al cabo no fueron de peligro. “El mayor nombre que los antitaurinos esgrimen contra la fiesta de toros es el egregio de don Gaspar Melchor de Jovellanos”.[37]

   A el se atribuye el folleto Pan y Toros, esa oración apologética en defensa del estado floreciente de la España, dicha en la plaza de toros por D.N. el año de 1794[38] cuando la realidad es que León de Arroyal es su padre intelectual. En su informe sobre “los juegos, espectáculos y diversiones públicas usadas en lo antiguo en las respectivas provincias de España” hace severa crítica sobre el mal destino de la agricultura en tierras que cada vez son más ociosas y en todo caso, para beneficio de esa situación, propugnando por la pequeña propiedad individual que atañe, de pasada, a las ganaderías dedicadas a la crianza de toros bravos que en aquella época, alcanza una fuerza sin precedentes.

   En junio de 1786 el Supremo Consejo de Castilla convoca a la Real Academia de la Historia para proporcionar los usos y costumbres en los espectáculos públicos. Jovellanos es el elegido pero hasta diez años después lo da a conocer y lo publica. La fiesta torera se revisa con ligereza pero remarca que no es provechosa en ningún sentido a la educación pública. Se remite a fuentes como las Partidas de Alfonso X el Sabio y luego se encamina por entre la Edad Media. No olvida aquel pasaje que Fernández de Oviedo refiere sobre la Reina Católica.[39]

Alude luego a las prohibiciones eclesiásticas y a la vigente de Carlos III, ordenada “con tanto consuelo de los buenos espíritus como sentimiento de los que juzgan las cosas por meras apariencias”; censura en la que aparece implícito un juicio desfavorable de la sensibilidad de los aficionados y un reconocimiento de los atractivos visuales, o acaso de otro orden menos material, de la fiesta. Argumenta a continuación, tratando de probar que ni por su frecuencia, ni por su generalidad, puede considerársele como nacional, y niega -y aquí es donde creo que pisa terreno más firme (dice Cossío)- que el arrojo y destreza de unos cuantos hombres puede servir de exponente del valor y bizarría españoles. Afirma, sin tratar de profundizar en sus razones, que no sufre la nación daño alguno, en el orden moral ni en el civil, por la supresión de las corridas, y termina con este párrafo condenatorio, que tampoco apoya en razón alguna, pues sin duda las da por supuestas: “Es pues, claro que el Gobierno ha prohibido justamente este espectáculo, y que cuando acabe de perfeccionar tan laudable designio, aboliendo las excepciones que aún se toleran, será muy acreedor a la estimación y a los elogios de los buenos y sensatos patricios”.[40]

   Seductores parecen ser todos los planteamientos jovellanianos, aunque sin muchos seguidores, pero suficientes para establecer un marco ideológico que la ilustración se encargó de promover entre los hombres de la avanzada intelectual española.

   Regresamos de nuevo a México.

   Había pasado una época en la que ni ciertas disposiciones promovidas por virreyes, como es el caso de Bucareli,[41] don Alonso Núñez de Haro y Peralta[42] y, aunque poco afecto, también incluimos a don Manuel Antonio Flores[43] alteraron los intereses del espectáculo. Antes al contrario, varias temporadas, como la de 1769 y 1770[44] (78) o la de 1787[45] proporcionan a la Real Hacienda fondos para obras públicas que tal es el caso en las dos mencionadas.

   Esto es indicativo de que la Corona solapaba al espectáculo y así mantuvo ese esquema hasta que, iniciado el siglo XIX, las medidas aplicadas para frenar todo ese sentido se dejaron notar fuertemente. Recordamos una vez más la cédula de 1805 y de ese año, hasta 1809 la actividad taurina quedó privada. Apunta Viqueira:

Vemos pues, que el siglo de las luces luchó denodadamente contra la fiesta estamentaria, y lo hizo no porque el Estado no necesitase desplegar a la vista del pueblo el orden jerárquico que regía en principio a la sociedad, sino porque los toros, por no estar a tono con la época, habían dejado de ser el lugar indicado para hacerlo.[46]

Todo este análisis necesita reflexión. Tarde o temprano los ataques a un espectáculo bárbaro, primitivo, promotor de graves perjuicios necesitaba un alto. Con ilustrados como los ya conocidos es posible que influyeran enormemente en el monarca para llevar a efecto un anhelo que durante todo el último tercio del XVIII estuvo madurando. La fiesta ya no es estamentaria, es del pueblo que la ha profesionalizado a través de una paga que recibe porque va conformando lentamente su estructura en sentidos más formales.[47] Por otro lado, este fue un espectáculo que prestó hasta un determinado momento su apoyo para la recuperación de las arcas, para obras públicas y otros fines benéficos. Finalmente, si todo ello reflejó algún regreso a la barbarie (para las mentes ilustradas), por otro lado ésta es resultado de los progresos manifiestos en la sociedad misma que acepta el avance, no el retroceso. Y la acepta por formar parte de su entorno que es, en consecuencia, uno más de los sustentos de la vida cotidiana.

   Volviendo a los efectos ilustrados, la fiesta pudo recuperarse con cierta normalidad después de que quedó disuelto el último reducto de la medida del año 1805. El proceso emancipador trajo consigo aparte de la posibilidad indispensable de liberación, un intenso movimiento taurino no solo en la capital; también en el interior.

Se siente que fueron utilizados con el fin de desviar el interés de los mexicanos en medio de la batalla por la razón política de llamar la atención del pueblo a objetos indiferentes, (y) que ocurran en su consternación e impiden que su imaginación se corrompa.[48]

   Eso por un lado. Por el otro, es legítimo hablar y escribir de que seguía siendo un espectáculo, una diversión que ya no solamente quedaba en el pueblo. El mexicano como ente y como ser empezaba, a partir de la independencia misma a sustentar con su propia expresión y su entendimiento un toreo que se queda con nosotros y al que se le da su legitimidad al seguirlo apuntalando en lo que a técnica se refiere. Una técnica que es auténticamente española. El arte y su expresión se lo dieron ellos bajo unas connotaciones bien particulares.

   En 1812, al anuncio de la nueva Constitución gaditana, el desbordamiento para recibirla fue mayúsculo; sin embargo los toros no hicieron acto de presencia. Pero al conocerse que se suprimía documento de tal envergadura en 1814, el virrey Calleja oponente a la aplicación del mismo, mandó desde el 5 de agosto de aquel año, celebrar con “indescriptible júbilo” tal ocasión, que era doble en realidad, porque el rey Fernando VII ocupaba de nuevo el trono luego de la expulsión de los ejércitos invasores de España. Las celebraciones incluyeron una gran temporada de toros aunque

Los liberales, para quienes la supresión de la constitución era una grave derrota, vieron en estas corridas de toros un claro símbolo del regreso del viejo orden.[49]

   Y aquí la actuación literaria por parte de Lizardi, -con quien regresamos- el que, de inmediato, manifestó en los periódicos en forma velada su oposición a la restauración del absolutismo. Y restaurarlo significaba en cierta medida, volver al viejo orden. Así en sus famosas Alacenas de frioleras: La conferencia de un toro y un caballo,[50] Sobre la diversión de toros[51] y Las sombras de Chicharrón, Pachón, Relámpago y Trueno (conferencia)[52] consiguió con prudencia y mesura un ataque a la fiesta puesto que sus argumentos van dirigidos a mencionar que era un entretenimiento de gentes bárbaras, ignorantes y feroces.

   Desde ese momento queda demostrado que la fiesta de toros apoyada y recuperada por Calleja sucede a las amenazas de suspensión permanente más que de liquidación definitiva, aplaudida por los liberales. Calleja, en momentos de dificultad social y política asume una posición contradictoria a los hechos, mismos que se desarrollan de tal forma que generan un estado de cosas que se van a integrar a las condiciones que están dando pie a la independencia.[53]

   Félix María Calleja del Rey era un militar frío que combatió a los rebeldes, en compañía del virrey Venegas y apoyado por el obispo Abad y Queipo. Sabía lo que pasaba y según Bustamante “como llevaba mucho tiempo de residir en el reino (su esposa era de San Luis Potosí) y conocía las costumbres del país, se amoldaba a ellas y al lenguaje”. Por eso no desconocía que la casi totalidad de los habitantes de la Nueva España deseaba, desde tiempo atrás, sacudirse el yugo hispano. Ese fruto comienza a madurar desde 1808.

   La fiesta como estructura colonial va a mostrar los últimos reductos de un esquema que empieza a ser sometido a novedosas implantaciones, surgidas de una expresión y una afirmación nacional. Esta -ya lo hemos visto- se define a partir de los primeros intentos de una “fiesta selvática” en cuanto manera de sus características particulares que se desbordan desde el inicio del segundo tercio del siglo XVIII. Así el XIX da cabida a ese espectáculo, mezcla de un concentrado en el ruedo, sitio de representaciones que reflejó el orden de cosas similar al adquirido por la independencia y su transcurrir. Y luego, gracias a que el movimiento provee a la nación de un ser que le corresponde, bajo el conflicto de toda una historia de bandazos, llega un momento de respiro apenas leve -con la República Restaurada-, y prosigue por senderos de una dictadura que preparó el terreno a otra nueva revolución, de siglo XX.

   Lo verdaderamente destacable en estos síntomas es una apreciación hecha por Juan Pedro Viqueira Albán en el sentido de que luego de las fiestas que Calleja respalda, será el que

A partir de entonces (1814 y 1815) y hasta 1821 se realizaron corridas de toros cuyos beneficios se destinaron a vestir a los soldados del ejército realista. De esta forma la fiesta brava contribuyó al esfuerzo militar de la reacción.

Pero aun más importante es que

A principios de 1821, unos meses antes de la consumación de la Independencia, la plaza de San Pablo fue destruida por un incendio. El monumento que la reacción había levantado durante su precaria restauración, desapareció así presa de las llamas.[54]

   La fiesta quedó liberada de cualquier amenaza. Su curso estaba garantizado a pesar de que la plaza de San Pablo sufrió ese percance recuperando su actividad hasta 1833. En ese periodo comprendido de 1821 a 1833 varias plazas hicieron las veces de sucedáneos: Don Toribio (1813-1828), Plaza Nacional de Toros (1823-al 9 de mayo de 1825, fecha en que comenzó a incendiarse, cebándose las llamas en aquella enorme construcción de apolillada madera, con tal actividad, que en poco tiempo quedó reducida a cenizas), Necatitlán (1808?-1845) y Boliche (1819-?).

   Pero en el ambiente quedaba un tufillo de inconformidad, de repulsión que se aceleró  a  la  sola  presencia del folleto PAN Y TOROS publicado en México en 1820.[55]

Se trata de una violentísima diatriba contra las costumbres y gobierno de los españoles en esa época, hecha con criterio progresista, pudiéramos decir, y antitradicional, y en ella la afición y gremio taurinos sufren el mismo violento ataque que las demás clases, profesiones y ministerios de los españoles, si bien más pormenorizado y acre.[56]

   Dicho texto encuentra réplica inmediata en El mexicano. Enemigo del abuso más seductor[57] firmado por las iniciales F.P.R.P. cuya confirmación encuadra en las propias experiencias nacionales. Nos detendremos a un análisis del mismo.

   Transcurre el año de 1822, la idea ya planteada por el texto de León de Arroyal ha penetrado y nada más iniciar su lectura es entender el espíritu liberal de la ya flamante nación misma que

está tan dignamente empeñada en difundir la ilustración, en desarraigar la crueldad, en hacer disfrutar los dulces y benéficos efectos que produce un Gobierno sabio, justo y equitativo, y en inspirar ideas francas y generosas, a este mismo tiempo digo, se vean multiplicadas como nunca, unas diversiones muy propias para empapar en la crueldad para hacer criar callos en los corazones más sensibles, haciéndoles perder su natural compasión, y para enervar las más dulces sensaciones de las fibras más dispuestas?(…) Ya se ve que hablo de las feroces y sangrientas corridas de toros.[58]

   He aquí a un liberal exaltado con ideas y sugerencias correctivas, emprendiendo labor y campaña que consiga erradicar los males de una sociedad que ya conforma la nación mexicana. Ello no niega aquella condición planteada por fr. Servando Teresa de Mier, mismo que inscribe en un presentimiento:

Protestaré que no he tenido parte en los males que van a llover sobre los pueblos de Anáhuac. Los han seducido para que pidan lo que no saben ni entienden, y preveo la división, las emulaciones, el desorden, la ruina y el trastorno de nuestra tierra hasta sus cimientos.[59]

   Los acontecimientos del siglo XIX americano se ven coludidos en intenso comportamiento, por agitadas reacciones que provienen de su seno y fuera de él; creando un sistema de confusión que por décadas vivió muy en particular el estado mexicano, luego de lograr su independencia formal. Con aquel esquema, la sociedad se manifestó, en apego a lo que significó tal conjunto de expresiones, que no solo fueron políticas. Se dejaron ver en las calles, en las costumbres, pero principalmente en un espectáculo, como son las tradicionales corridas de toros, mismas que parecen encerrar un profundo vínculo de aquellos órdenes, estrictamente políticos con los de sentido social. Es por eso que en la plaza lograban actuar de forma intensamente natural.

   Línea a línea aprovecha el anónimo autor en armar un revuelo de cajas destempladas, pues nada hay que se le escape y acusa al espectáculo de

Que se consume el dinero en asalariar hombres temerarios y desalmados que no dudan competrar su existencia, exponiendo a sus miserables familias a los horrores del hambre y desnudez, pudiendo proporcionarse una subsistencia cómoda, tranquila y útil a su patria![60]

   La idea del progreso, la ilustración, florecen con toda su fuerza, pretendiendo liquidar un pasado reciente, cuyos tres siglos permitieron el arraigo de aspectos diversos que nuevas sociedades y nuevos tiempos fueron aceptando como parte misma de su ser; un nuevo ser que al pretender despojarse de esos “aspectos diversos”, solo consiguió perpetuarlos a la nueva fisonomía nacional, a pesar del ansioso deseo en el que

Ojalá y los beneméritos Representantes de la nación en el Soberano Congreso, dicten la compasiva ley que exterminando para siempre tan sangrientos espectáculos arranque para siempre la cruel piedra del escándalo para los extranjeros todos que tanto por ella nos vilipendian.[61]

   Tal intención fue mostrada en momentos posteriores por Carlos María de Bustamante en 1823, por una comisión del periódico “El siglo XIX” en 1845, y con los planteamientos de 1867. Asimismo las de José López Portillo y Rojas o el decreto de Venustiano Carranza que ya veremos y analizaremos cada una a su debido tiempo.

   No quisiera concluir el vistazo a las notas de F.P.R.P. sin antes incluir el soneto con que remata su opúsculo.

S O N E T O

 

Ved aquí para siempre ya extinguida,

Sangrienta diversión que fué dictada,

Por la barbarie más desapiadada,

Del siglo de crueldad empedernida.

Que vil preocupación envejecida,

Mantuvo con tenacidad porfiada,

A pesar de verla ya tan odiada,

Y de la culta Europa aborrecida.

Mas sabia ilustración ya le condena,

Aboliéndola alegre y compasiva,

De la Española gente que sin pena,

Proclama ya gozosa á la atractiva,

Dulzura, á la que en fin á boca llena,

Con deliciosa voz dice que viva.

 

F.P.R.P.[62]

 LA OPINIÓN ADVERSA QUE CARLOS MARÍA DE BUSTAMANTE TUVO DE LOS TOROS.

   Transcurre 1823, apenas recién publicado el “Aguila Mexicana”, Carlos María de Bustamante arremetió contra el espectáculo de toros.

   “La Aguila Mexicana” fue vocero de los yorkinos y fundada por Germán Nicolás Prissette. En su número 14 del 28 de abril apareció el siguiente

   COMUNICADO. Principio es sabido que los tiranos cuando quieren  que  los  pueblos  no  conozcan  sus grillos ni sus desgracias, los tienen sumergidos en diversiones, ellas les hacen olvidar la libertad, les hacen prescindir del recobro de sus derechos, a tal estado y tan lamentablemente puso Iturbide al pueblo de México. Se horroriza mi corazón sensible a tanta desgracia; y más cuando ve que introdujo unas diversiones que las naciones cultas miran con horror, que solo sirven para encallar (sic) los corazones, para ver con frialdad el asesinato, la sangre y la muerte; tal es, público respetable (a quien dirijo estos mal ordenados renglones) las corridas de toros, que si queremos que los pueblos del orbe nos tengan por cultos, es de precisión absoluta abolirlas de nuestra patria. En ellas no reina más que el desorden, la disolución, el lujo y lo fatuo, y por último, cuán poco lisonjero es para una joven tierna, para un delicado niño, el ver que un hombre atrevido se presente con serenidad al frente de una fiera, que resiste su choque, y que después de estar lidiando con ella, la inmola a la punta de una espada: estas impresiones feroces se arraigan en su corazón, y he aquí como se forman los hombres insensibles al dulce encanto de las artes, al hermoso atractivo de la virtud.

   “¡Mexicanos!, desterremos de nuestro país estas bárbaras diversiones, substituyamos a ellas la que resulta de la agricultura, veamos allí uncidos para librar la tierra, esos animales que dan alimento al hombre laborioso, y no exponiendo la vida de nuestros paisanos. Quiero pasar en silencio, porque son notorias las faltas y excesos que contra la moral pura se cometen, y reducir este comunicado para impetrar del Gobierno, que esa plaza de toros que nos está quitando la vista hermosa de la de Armas,[63] se destruya, y si tuviese parte alguna en el valor de ella, o por mejor decir el de las maderas, se emplee en una biblioteca pública de libros modernos, que tanta falta nos hace, y de los que emana la sabiduría, reemplácese lo que demuestra nuestra estupidez, con lo que haga efectiva una ilustración y cultura. ¡Ojalá mis votos sean oídos!, y vea yo cumplidos los deseos que me animan en favor de mi patria, para la que existo solamente. M.B.

   “NOTA.-He oído por opiniones de liberales y serviles, que se le trata de pegar fuego a la plaza; si el Gobierno no la hace quitar, sentiría cualquier desgraciado suceso. Quítese, pues, este estorbo. B.”[64]

   Bustamante es un historiador del periodo independentista y sus visiones destacan continuamente las características de los personajes excepcionales de su época. Y aún más: la historia para Bustamante estará constituida por la puntual y detallada narración de todos aquellos hechos de los hombres que atendieron a acelerar o retardar el plan trazado por la Providencia. De todo esto, seguramente se deriva el calificarlo como el mitómano de la historia decimonónica en su primera mitad. Y todo cuanto encontramos aquí no es más que reflejo de esa visión ilustrada (pero de una ilustración falta de rigor, que cae en el populismo) que recogieron muchos en aras de darle a la nueva identidad su propia esquema, que no se logró del todo. Como no se logró que su “Comunicado” hiciera daño.

Carlos_Ma.Bustamante

Carlos María de Bustamante. Disponible abril 28, 2014 en: http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/1/1d/Carlos_Ma.Bustamante.JPG

   Inmediatas y sintomáticas se fueron mostrando las expresiones de esas nuevas estructuras sociales, vestidas con ideas propias del progreso que desarmonizaban con el legado colonial roto apenas unos años atrás. En 1826, la “Gaceta Diaria de México” y en su número 57, tomo II del 26 de febrero publica un proyecto de ley para abolir las corridas de toros en el Estado de Zacatecas.[65]

   Llama la atención aquí, una nueva réplica del opúsculo PAN Y TOROS cuya influencia en México fue determinante para dirigir las ideas por caminos distintos que aseguraran un bienestar y un cambio de la mentalidad seriamente influida por todos aquellos sentidos heredados por tres siglos españoles en México.

   Se siente por la parte del Sr. Murguía -autor de dicha propuesta- un prurito, un temor al “qué dirán” cuando apunta: “no nos expongamos los americanos, así como los españoles, a la crítica justa de las naciones cultas”. Parece ser esta una actitud poco congruente, (el dilema de O’ Gorman de liberales vs. conservadores nos ayuda a explicar este comportamiento) temerosa quizás de las leves garantías que ofrece en esos momentos la condición de un periodo comprendido entre 1824 y 1835 donde puede verse bien a las claras el sistema variable de aplicación no de un programa; sí de varios que emergieron como lógica respuesta de proporcionar a México posibilidades que no basamentos concretos para asegurarle prosperidad y confianza por alcanzar los objetivos trazados. Ahora que “objetivos” no se perfiló uno como respuesta real a los problemas. Fueron muchos, y en el peor de los casos, alteraron la marcha; liquidaron el proyecto de nación adecuado durante cuarenta y seis años. Esto es, tomando en cuenta el año de consumación independentista al de la República Restaurada.

   Hacia 1845, una comisión del periódico “El Siglo XIX” se reunió a discutir severamente el comportamiento y las consecuencias que arrojaba por entonces el espectáculo de toros al considerar que eran (un) indicio seguro de varvarie (sic). Entre los integrantes de la comisión que lanzó la iniciativa se encuentran redactores como Manuel Payno, entre otros. Y es que la idea ilustrada aún se respira profunda y potente, deseosa de trascender y de marcar un hito en las aspiraciones que se orientan hacia el progreso.

   Otro grupo que remarca la índole discriminatoria de y para la fiesta es encabezado por Antonio García Cubas, Alfredo Chavero, José T. de Cuellar e Ignacio Manuel Altamirano, mismo con el que culminamos la visión de los autores nacionales para llegar a la confrontación final del presente capítulo, en cuanto idea de rechazo o aceptación hacia el espectáculo.

   Acercarse a El libro de mis recuerdos de García Cubas[66] es encontrarnos con una proporción amplificada de ese debate antitaurino sustentado en posiciones muy ilustradas. Abundante es su apreciación y por ello acudiremos a citas bien específicas -que no por seleccionadas- pierden el valor de su idea.

   De entrada se refiere a un tipo de costumbre “que permanecen estacionarias”, sostenidas a su vez por el bajo pueblo. Y que siguen estando en el gusto general sin poderse desarraigar. Los recuerdos de nuestro autor se remontan a octubre de 1853, una tarde en la cual la función taurómaca se dedicó en honor de Santa Anna. Pormenorizada descripción nos da idea del ambiente, sin que por ello falte una serie de elementos que enriquecen la concepción del ejercicio de esta técnica y su estética. Hasta que desemboca en apreciaciones tan parecidas a las de PAN Y TOROS y de las de Chavero,  que veremos  más adelante.

(…)el espectáculo de la corrida de toros es para mí horripilante, y lo considero como indigno de la cultura de un pueblo, tanto como la bárbara costumbre de los boxeadores de la ilustrada Inglaterra, y de la no menos culta nación norteamericana. Tal es mi opinión.[67]

No niega García Cubas oposición, paralelismo a las ideas que son lugares comunes en muchos que, como él traslucen sus pretensiones bien manifiestas de progreso.

   Toro y caballo son las víctimas con las cuales no satisfecho el hombre de llevarles al “cruento sacrificio”, les martiriza y se convierte en modelo de la crueldad. Pero, ¿y el torero?

Ese me causa doble pena, porque a la vez tiene que atender a la fiera toro y a la fiera público. Este nunca se halla contento, por más que aquél demuestre valentía y arrojo y se esfuerce en complacerle procurando ejecutar las suertes con la mayor limpieza. Una cogida que le dé el toro puede acabar con su vida; pero una cogida del público lo lastima y lo ultraja con sobrada injusticia.[68]

   Ese público que naufraga entre licores, gritos, denuestos y que pierde toda compostura, es el público de una corrida de toros, donde no se marca con mucha claridad eso de las diferencias sociales pues unos y otros se demuestran en feroz rivalidad para nada y para nadie, la mejor especie del repertorio de gritos.

   Es la idea de estos “cuadros de costumbres” insistir con afanes de ilustración, enfocar mejor los recursos destinados a un vestigio del pasado que el de fijarlos en la instrucción educativa. Por eso

La patria tiene necesidad del valor de sus hijos, pero no de ese valor brutal, sino el que infunde la dignidad, bellísimo don que sólo se adquiere por medio de las virtudes cívicas.[69]

   Pero es aún más importante un juicio crítico que García Cubas vierte al declararse enemigo total de las corridas de toros por lo que pretende encauzar por la senda civilizadora a los hombres de su tiempo, cosa que no pudo conseguir. Ese ideal a continuación reproducido no deja de mostrar formas comparativas de un pasado que por supuesto ya no existe; pasado de cuyo contenido se extrae la suma de modelos nefastos, los cuales van a ponerse en la balanza de los juicios enfrentados: pasado y presente como forma de advertencia. Historia correctiva o demoledora de principios que sobreviven en una y otra generación sin que hábitos o arraigos, a pesar de su intención de arrancarlos de raíz, desaparezcan.

Hase dicho en favor de las corridas de toros, parodiando la primera proposición de la famosa ley de la gravitación, que “la virilidad de un pueblo está en razón directa de sus espectáculos”,[70] falsa proposición, porque en el presente caso, la segunda, que se ha omitido, destruye por completo a la primera enunciada. Esa segunda proposición es: “y en razón inversa del cuadrado de la inmoralidad”, la que tiene su comprobación en los mismos hechos declarados, que fueron la causa de la destrucción del poderoso imperio, minado en sus cimientos por la moral cristiana y herido de muerte por los pueblos germanos, viriles y vigorosos, sin estar habituados a los sangrientos espectáculos de los Calígulas, Nerones y Domicianos.[71]

   Hombres casados con la idea del progreso continuaron mostrando un afán persistente, del que tarde o temprano encontrarían una respuesta, como la hallaron en su momento los ilustrados españoles ya conocidos de nosotros. Uno más, abanderado de la idea conformadora y a su vez hombre íntegramente preparado es Alfredo Chavero, cuyo papel en la monumental obra México a través de los siglos dirigida por Vicente Riva Palacio, lo coloca en lugar reconocido. Chavero -de quien se han encontrado nexos con la masonería- nos deja en sus Obras[72] vivo relato de su visita a Colima[73] hacia 1864 sin omitir sus reacciones al presenciar una corrida de toros.

   En tal descripción es notable una ambivalencia en cuanto conceptos rechazo y aceptación a la fiesta que él presencia. En el Manzanillo los hombres de ese momento y esa circunstancia “se entregan al placer y a las fiestas hasta consumir su último centavo”.

   Los más “guapos muchachos” van a capear y jinetear toros. El autor describe por otro lado esa original y nacional muestra de vestir, de enriquecer el espectáculo. Ya estamos en la plaza y Chavero diserta:

Los toros son entre nosotros la sola diversión del pueblo. Luchar con fieras fue para los romanos la última señal de degradación. El César, después de recibir a las legaciones victoriosas, pensaba que esos hombres libres y valerosos podrían recordar las glorias de la República y los mandaba a entretenerse con los sangrientos espectáculos del circo. El circo sería también para distraer el hambre del pueblo.[74]

   Tal parece -en estos apuntes- florecer la erudición absoluta al referir con la toma de modelos (lugares comunes), ese sentido de confrontar a la luz del pasado unos hechos que siguen estando activos en el presente, con sus naturales transformaciones; aunque en el fondo ocurra lo mismo. “No hemos avanzado mucho. Se mata bestialmente o con educación y decencia, pero se sigue matando”.[75]

   Ese acudir de continuo a las civilizaciones o culturas como la de los griegos o los romanos, es ir retomando de ellas sus vicios, sus males públicos, lo degradante en una palabra que puede tener una sociedad en cualquier tiempo en que ésta se estructure. Y mientras mayor sea el grado de descomposición o de barbarie -en nuestro caso-, mayor será por lógica, la manera de su severo juicio. A todo ello

Además, sus instintos valerosos [de los hombres], y, si se quiere decirse, sangrientos, necesitaban contentarse de alguna manera. Pero no fue el hombre arrojado a la fiera, no: fue el hombre luchando con ella y venciéndola, el hombre que satisfacía sus instintos de valor, el pueblo que educaba su corazón y lo fortalecía; mas ya con el menor sacrificio  posible  de humanidad.

   Los toros han venido a ser un progreso en la historia.[76]

¿Pero es ya tiempo de que se dé otro paso más en esa senda, y los suprimamos? Aquí entra una cuestión social, no ajena de este lugar: describimos costumbres, y debemos examinarlas.[77]

   Recordar: 1864 como año de las impresiones manifiestas en Chavero, las cuales no niegan ese sentido liberal que se acusa en el texto ahora analizado. No se aleja en ningún momento del juicio dado a un efecto del pasado. Es más, sugiere como lo hace F.P.R.P. y luego también García Cubas la ya permanente solución a ese problema:

cuando el pueblo no está instruido, y por lo mismo, no tiene manera de entretener su inteligencia y sus instintos, los gobiernos deben hacerlo. La diversión pública llena ese vacío; pero para ser eficaz, es indispensable que sea una diversión del agrado del pueblo. Bajo este aspecto son necesarios los toros. Suprimidlos y el pueblo, sin ese espectáculo, donde desahogue sus instintos de matar, se irá a matar a sí mismo.[78]

   Y en seguida, su ambivalencia o contradicción. Luego de pronunciarse en contra del espectáculo, nos sorprende un sentido  de resignación pues así como exalta al pueblo del Manzanillo -que como otros- cuenta también con mejor instinto que los gobernantes más sabios, “recibió, según habíamos dicho, a los toros, con las mayores muestras de regocijo”. Y poco más adelante proporciona una corta pero bien elaborada reseña de la fiesta desarrollada aquella tarde en esa costa mexicana.

   Y bien, falta por incluir a José T. de Cuellar y a Ignacio Manuel Altamirano. De aquel[79] y de este[80] contamos con apreciaciones cuyo giro no deja de perder el tono de la posición liberal. “Facundo”, el de la Linterna mágica, autor que recrea costumbres mexicanas no parece ser más que un vocero de las opiniones vertidas por el público, y del cual salió aquella nota cuyo objeto era desarraigar el toreo vísperas del anuncio oficial de prohibición. Altamirano -a su vez- y en ese año de 1867 cambia la espada por la pluma (que de hecho fue su primera ocupación y que nunca había abandonado) se propone a ser el impulsor de la cultura nacional y funda el periódico El Correo de México al lado de Ignacio Ramírez y de Alfredo Chavero, quienes pugnaron por el respeto a la Constitución del 57 y se opusieron al reformismo de Juárez. Apoya la independencia de Cuba, funda la sociedad de Libres Pensadores, entre otras muchas actividades.

   En nuestro siglo, el borde de toda consideración de ataque lo encontramos en ¡Abajo los toros! de José López Portillo y Rojas, escrito en 1906 y presentado como una protesta ante el inminente anuncio de que una plaza de toros sería levantada en el curso de 1907. En la portadilla de la obra que además se encuentra dedicada al general de división Porfirio Díaz “cuyo nombre es saludado con aplauso y pronunciando con respeto por el mundo civilizado” pide, proclama que “sea suprimida en México, la bárbara, sangrienta y bochornosa diversión de los toros”.

   El autor de La Parcela que pertenece a la generación realista (el realismo nació como contrapeso de la subjetividad ensoberbecida, como intento de armonizar el mundo interno con el externo) manifiesta una idea bien contraria al espectáculo -como la que hoy pudieran abanderar la sociedad protectora de animales, entidades ecológicas y otros grupos contrarios a la fiesta-. Como por ejemplo la siguiente arenga que a la letra dice:

¿Por qué hemos de vivir condenados a llevar a cuestas el sambenito de los toros, sólo por ser de origen español? ¿No hemos dado el grito de Dolores? ¿No conquistamos nuestra independencia a costa de once años de lucha? Pues si nos hemos emancipado de la antigua metrópoli en lo político, no hay motivo para que continuemos uncidos a ella, en sus vicios y defectos. Imitemos a los españoles en lo que tienen de bueno: en su patriotismo, en su energía, en su ardiente amor al arte y a la belleza; no en sus defectos, máculas y deficiencias. No parodiemos a los malos poetas, que, no pudiendo igualar a Byron en la inspiración, le imitan en la borrachera.[81]

Al acercarse al espíritu fprpniano, López Portillo y Rojas, en una exaltación desmedida y en pleno clímax de su obra apunta

Es cuestión de patriotismo y de bien parecer extirpar de nuestro suelo esa planta venenosa y parásita: una medida de esa especie, alcanzará incalculable resonancia entre los pueblos cultos, y hará más en favor de México, que un número crecido de libros, opúsculos y periódicos laudatorios, nacionales o extranjeros.[82]

   La posición guardada por López Portillo y Rojas es comparable con aquella que mostraron los liberales, puesto que en los toros no encuentra muestra congruente de ilustración, y nuestro autor llama a la realidad, convoca a los sentimientos humanitarios, como lo hicieron los liberales del México a mitad del XIX. “Resto vergonzoso de la antigua barbarie, es un anacronismo en el siglo XX; y no se explica cómo ese monstruo sangriento y feo, pueda alentar en época como la nuestra, tan poco a propósito para su supervivencia”.[83] Deseaban aquellos hombres de avanzada, y con todas sus fuerzas, erradicar las herencias de un pasado como el colonial, que tanto daño hizo a la integridad del mexicano como ser, desviándole de sus auténticas realidades. Sólo que nunca repararon que el arraigo de toda esa “nefasta herencia” quedaría latiendo en unas concepciones muy particulares de la vida social. La iglesia, a pesar del golpe de 1859 y 1860 -con las leyes de reforma- preservó su institución, alterada sí, pero resultante del esplendor español en América, aunque  su participación en la vida social fue disminuyendo lentamente. Y entre otros muchos aspectos, las corridas de toros, las cuales permanecen a pesar de los muchos intentos de liquidación que en torno a ella se han perpetrado.

   Y así como se manifiestan ideas de barbarie y de regresión al estado salvaje cuando se habla de toros, también es menester el que se incluya a ese orden de cosas una idea que osciló entre seguidores de la ilustración y quienes sancionaron a la fiesta con su freno de 1867; esto es: la explotación económica que se mostró más notoriamente entre las clases sociales bajas.

¡Que se consuma el dinero en asalariar hombres temerarios y desalmados que no dudan comprometer su existencia, exponiendo á sus miserables familias a los horrores del hambre y desnudez, pudiendo proporcionarse una subsistencia cómoda, tranquila y útil a su patria![84]

Y es que, efectivamente los costos de las corridas de toros en aquellos años eran demasiado elevados. Ya vemos que por ejemplo, en la corrida del 3 de noviembre de 1867, entradas de sol y sombra general -las más económicas que se ofrecen en una plaza de toros-, tienen un costo de $2 y $10 respectivamente, mientras que la galería en el Teatro Nacional en una función de ópera tenía precio de hasta $0.75. Así también, un adicto a las bebidas generosas pagaba por

un decimal, una de a dos, una chica, o una catrina, que costaban respectivamente uno, dos, tres y seis centavos; o un pinto, tres tlacos (equivalente a cuatro y medio centavos).[85]

   Y justo en 1867 se lanzó un decreto que prohibía las loterías ó rifas públicas

Considerando: que las loterías deben considerarse entre los juegos prohibidos y perjudiciales a la sociedad, porque consuman las economías del fruto del trabajo de las clases menesterosas; y porque con el incentivo de un lucro grande, aunque improbable, debilitan el estímulo de trabajo, que es la base del bien social.[86]

   De esta última parte, considerada como de las ideas que propone José López Portillo y Rojas y la de factor económico, se recoge una impresión en donde dos son los conceptos que manejan aquellos seguidores de progreso e ilustración como frente de ataque hacia las corridas de toros: el tono bárbaro y salvaje que tiene de suyo tal espectáculo y esa razón de explotación que exprime y azota a las clases bajas de la sociedad mexicana del siglo XIX. Pero también hay que ser razonables en apuntar que la realidad es que no se trata del peso total de las circunstancias aquí analizadas. La suma de hechos y acontecimientos contemplados en nuestro estudio, nos hacen pensar en estructuras o superestructuras a las cuales se les proyecta un perspectivismo lógico para procurar conclusiones efectivas.

   En cuanto a la prohibición que impuso Venustiano Carranza en 1916, el tópico que domina es la causa del dispendio a que llegaba el pueblo, gastando sumas que no tenían, así como de la notable barbarie predominante en el espectáculo. La medida fue derogada en 1920, días después de la muerte del de Cuatro Ciénegas en Tlaxcalantongo.

   Ante todo, la postura del conjunto de autores reunidos aquí, parte de la ideología liberal-ilustrada cuyo comportamiento se fraccionó en varias partes, a saber:

a)La posición anglosajona como realidad antihispánica cuya ascensión se nutre en gran medida, de la “Leyenda negra”, sentido este que desde el siglo XVI es vigente; se incentiva con los principios y pretensiones del siglo XIX e incluso, con la aparición de la “Brevísima Relación…” del padre las Casas. Una editada en Puebla hacia 1821, y otra en México de 1822, con un discurso preliminar de fray Servando Teresa de Mier. Ello precisamente, al culminar la guerra independentista que es como la disposición del terreno al cultivo de la idea por parte de viajeros extranjeros quienes, en su mayoría rechazaron la fiesta de toros, adoptando la posición ilustrada de suprimirla y de ver por la civilización. Sentido retomado asimismo, por nuestros escritores.

b)El propio sentir de aquellos mexicanos influidos de ilustración y liberalismo, aspecto este último cuya pretensión fue lograr esa imitación extralógica vista en los Estados Unidos como auténtica prosperidad social que va en oposición al modo de ser heredado de la colonia. Su tesis también propone en los mismos términos del anterior, el exterminio de las diversiones, criticándolas severamente y sugiriendo a las autoridades el decreto de su prohibición.

c)Hay una tercera posición que, en gran medida es afín a un principio establecido por Edmundo O’Gorman en el siguiente tenor:

Tenemos dos tesis correspondientes a dos tendencias que se combaten como opuestas por sus respectivos objetivos, y fundadas en dos visiones diferentes del devenir histórico; pero dos tesis que acaban postulando lo mismo, a saber: hacerse de la prosperidad de los Estados Unidos, pero sin renunciar al modo de ser tradicional por estimarse éste como de la esencia de la nueva nación. Ambos quieren, pues, los beneficios de la modernidad, pero no la modernidad misma.[87]

Y sigue el autor proporcionando a nuestros argumentos las específicas posiciones de unos y otros puesto que

la visión progresista ilustrada que sustenta a la tesis liberal no es sino una versión desacralizada de la visión providencialista católica que sirve de cimiento a la tesis conservadora.[88]

   Quienes quedan perfectamente encuadrados aquí son aquellos que muestran comportamiento ambivalente (caso muy claro de Chavero o de José T. de Cuellar). Repudian pero aceptan. Repudian como prurito moral. Aceptan como irremediable sentido de ver pasar frente a ellos el curso de una fiesta que, alterada o no, seguiría su marcha.

   El resumen del comportamiento social en estas visiones nuestras y ajenas, es remarcar -sin proponérselo-, el gusto, la aceptación que se da en las masas para con el espectáculo, aun y cuando existan de por medio multitud de formas para lograr su ingreso (es decir, llegando al extremo de dejar sin comer a la familia y de empeñar hasta lo último disponible en las manos con tal de hacerse presentes en la plaza); así como de manifestarse: “Dénsele, con ofensa de la civilización, para que vocifere y se enloquezca, las corridas de toros…” (García Cubas).


NOTA IMPORTANTE: Me reservo el derecho de incluir las notas a pie de página, debido a la presencia de ciertos personajes que pretenden hacer suyo estos materiales, con sólo dar “clic” a sus empeños y teclear “Supr” o “Delete” para quitar el nombre del autor original, atribuyéndose de esa forma textos que no les pertenecen.

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 LA AFIRMACIÓN DE LO MEXICANO EN EL TOREO A LA ESPAÑOLA.

EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Lo inconcebible pero terrenable al fin y al cabo fue y sigue siendo el hecho de que las corridas de toros, convertidas en herencia y fruto del contacto habido desde el momento mismo de la conquista española, con toda su carga de sinsabores y demás circunstancias, siga  en el gusto de amplios sectores populares de nuestro país, ahora que estamos en plena revisión y celebración del Bicentenario de la Independencia y Centenario de la Revolución mexicanas. Ese hecho tuvo durante el periodo virreinal una importante participación que por sí sola es motivo de diversas revisiones, a cual más de importante y apasionante también. Sin embargo, lo que nos interesa en este momento es saber porqué un espectáculo como el taurino, tuvo la virtud durante buena parte del siglo XIX en aceptar o asimilar el ingrediente específico de lo mexicano como carácter esencial de su constitución, para luego, durante el desarrollo de todo el siglo XX y lo que va del XXI, se haya convertido en toda una manifestación, incluso de órdenes universales.

   El proceso de emancipación, evidentemente no fue un hecho casual. Se fue gestando en la medida en que las condiciones que privaban en una Nueva España desgastada, agobiada por diversas medidas económicas que implementó la corona (las Reformas Borbónicas), como remedio para paliar los gastos de diversas guerras, pero sobre todo del deterioro monárquico que estaba fracturando seriamente las estructuras de esa composición detentada por los borbones, a la par que se dejaban ver con fuerza inusitada los principios ilustrados[1] que ejercieron fuerte influencia entre quienes tuvieron una fe ciega por aquella doctrina. El hecho es que una de las víctimas de ese ambiente ideológico fueron los festejos taurinos, calificados de anacrónicos, salvajes, y que nada tenían que ver con el progreso establecido a la luz de las ideas del iluminismo, vertiente estimulada por importantes pensadores franceses, que luego encontró en los españoles y hasta en los novohispanos, el eco pertinente.

   Sin embargo, España seguía debatiéndose entre diversos destinos, dos de ellos ya señalados aquí: sus constantes enfrentamientos bélicos y su deterioro económico. De esa forma se encontró con el arribo del siglo XIX. Y tal circunstancia en buena medida fue causa y efecto para que su principal colonia o virreinato, México, estuviese siendo sometido a fuertes rigores impuestos en la sobreexplotación de sus metales, lo que originaba el envío de fuertes remesas de plata, lo que originó, entre otras cosas, un desequilibrio económico y el malestar social por consecuencia. Hasta aquí, sólo hemos mencionado dos, entre muchos otros factores que fueron la suma de inestabilidad que fue preparando de alguna manera el terreno de lo que unos años más tarde sería el movimiento de independencia.

   Mencionadas las “Reformas Borbónicas”, estas fueron una serie de estrategias cuyos principios estuvieron presentes en el desarrollo de los intereses materiales y el aumento de la riqueza de la monarquía mediante cambios importantes en aspectos fiscales, militares y comerciales, así como el fomento a diversas actividades productivas, según nos lo afirma de nueva cuenta Luis Jáuregui.

   Quienes implantaron aquel principio en forma que parecería demoledora, fueron los virreyes, sobre todo a partir de los que, bajo el reinado de Carlos III, expresaron su convencimiento sobre el nuevo patrón de comportamiento, y hasta llegaron algunos de ellos a aplicar medidas restrictivas en el caso de las corridas de toros, como fue el caso concreto de Carlos Francisco de Croix (25 de agosto de 1766 al 22 de septiembre de 1771); frey Antonio María de Bucareli (23 de septiembre de 1771 al 9 de abril de 1779); Martín de Mayorga (del 23 de agosto de 1779 al 28 de abril de 1783). Luego ocurrió lo mismo con Manuel Antonio Flores (del 17 de agosto de 1787 al 16 de octubre de 1789) y el más representativo de ellos: Félix Berenguer de Marquina (del 30 de abril de 1800 al 4 de enero de 1803), quien fue alter ego, en este caso de Carlos IV.

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Archivo Histórico del Distrito Federal. Diversiones públicas, Vol. 855, exp. 51: Sobre las órdenes que han de observarse para el arreglo de las corridas de toros en la plaza de Xamaica.-Fojas 7. (Enero de 1814. 24 x 16 cm).

    Circunstancias como las mencionadas en los párrafos anteriores, deben haber ocasionado la infiltración de diversos aspectos donde el carácter americano primero; mexicano después, se hicieron evidentes a la luz de una expresión que no quedaba reducida al espacio de las plazas de toros. También se articulaba en los ámbitos rurales. Dicho en otras palabras: La mayoría de aquellas expresiones taurinas surgieron desde el campo y fueron a depositarse en las plazas, en una convivencia entre lo rural y lo urbano que dio a todo ese bagaje un ritmo intenso, que disfrutaron a plenitud por los aficionados y espectadores de ese entonces.

   A la luz de aquel escenario tan particular, surgieron toreros cuyos nombres, hoy casi olvidados, fueron capaces de dejar una estela de popularidad que recuperamos en nombres tales como el Capitán: Felipe Estrada, y su segundo espada: José Antonio Rea.

   O banderilleros como: José María Ríos, José María Montesillos, Guadalupe Granados y Vicente Soria. (Supernumerarios: José Manuel Girón, José Pichardo y Basilio Quijón). Entre los picadores estaban: Javier Tenorio, Francisco Álvarez, Ramón Gandazo y José María Castillo. No podemos olvidar a los hermanos Ávila (José María, Sóstenes y Luis) quienes sostienen el andamiaje del toreo mexicano, un toreo que vive con ellos relativas transformaciones que fueron a darse entre los años de 1808 y 1857, largo período en el que son dueños de la situación.

   La figura torera nacional alcanza en aquellas épocas un significado auténtico de deslinde con los valores hispanos, al grado de quedar manifiesto un espíritu de autenticidad misma que se da en México, asumiendo significados que tienen que ver con esa nueva razón de ser, sin soslayar los principios técnicos dispersos en el ambiente. No sabemos con toda precisión el tipo de aspectos que pudieron desarrollarse en la plaza; esto es de las maneras o formas en que pusieron en práctica el ejercicio, en por lo menos la fase previa a la presencia del torero gaditano Bernardo Gaviño y Rueda. Debemos recordar de pasada, el todavía fresco carácter antihispano que prevalece en el ambiente. Pero después de él -a mediados del siglo XIX- va a darse una intensa actividad no solo en la plaza, también en los registros de plumas nacionales y extranjeras mismas que revisaremos más adelante. Y puede quedar constancia de ciertas formas, entendidas como la extensión de todo aquel contexto al que nos referíamos en la primera parte, cuando se hizo recuento de quehaceres taurinos y parataurinos muy en boga hacia fines del siglo XVIII. Si bien, como en España se mostraron intentos por ajustar la lidia de los toros a aspectos técnicos y reglamentarios más acordes con la realidad, en México este fenómeno va a ocurrir y seña de ello es la aplicación de un reglamento en 1822,[2] y luego en 1851 cuando sólo se pretende formalizar de nuevo la fiesta, pues el reglamento se queda en borrador.[3] Todo ello ocurre bajo una despreocupación que es lo que va a darle al espectáculo un sello de identificación muy especial, pues la fiesta[4] cae en un estado de anarquía, de desorden, pero como tales, muy legítimos, puesto que anarquía y desorden que pueden conducir al caos, no encaminaron a la diversión pública por esos senderos. De pronto el espectáculo empezó a saturarse de modalidades poco comunes que, al cabo del tiempo se aceptaron en perfecta combinación con el bagaje español. No resultó todo esto un antagonismo. Muy al contrario, se constituyó ese mestizaje que se consolidó aun más con la llegada de Bernardo Gaviño en 1835, conjugándose así una cadena cuyo último eslabón es Ponciano Díaz.

   Parece todo lo anterior una permanente confusión. Y sí, efectivamente se dio tal fenómeno, como resultado de sacudirse toda influencia hispánica, al grado de llevar a cabo representaciones del más curioso tono tales como cuadros teatrales que llevaron títulos de esta corte: “La Tarasca”, “Los hombres gordos de Europa”, “Los polvos de la Madre Celestina”, “Doña Inés y el convidado de piedra”, entre muchos otros. A esta circunstancia se agregan los hombres fenómenos, globos aerostáticos y hasta el imprescindible coleo,[5] todo ello salpicado de payasos, enanos, saltimbanquis, mujeres toreras sin faltar desde luego la “lid de los toros de muerte”. Esto es la base y el fundamento del toreo español, que finalmente no desapareció del panorama.

   Con toda la mezcla anterior -que tan solo es una parte del gran conjunto de la “fiesta”-, imaginemos la forma en que ocurrieron aquellos festejos, y la forma en que cayeron en ese desorden y esa anarquía auténticamente válidos, pues de alguna manera allí estaban logradas las pretensiones de nuestros antepasados.


[1] Luis Jáuregui: “Las Reformas Borbónicas”. En: Nueva Historia Mínima de México Ilustrada Secretaría de Educación del Gobierno del Distrito Federal, El Colegio de México, 2008. Colegio de México, 551 p. Ils., fots., maps. p. 197 y 199. Las características principales del movimiento ilustrado son la confianza en la razón humana, el descrédito de las tradiciones, la oposición a la ignorancia, la defensa del conocimiento científico y tecnológico como medio para transformar el mundo y la búsqueda, mediante la razón y no tanto la religión, de una solución a los problemas sociales. En pocas palabras, la Ilustración siguió un ideal reformista. Su aplicación fue un proceso de modernización adoptado en el siglo XVIII por prácticamente todos los monarcas europeos, de ahí la forma de gobierno conocida como “despotismo ilustrado”.

[2] El jefe superior interino de la provincia de México Luis Quintanar expidió el 6 de abril de 1822 un AVISO AL PUBLICO que pasa por ser uno de los primeros reglamentos (aunque desde 1768 y luego en 1770 ya se dispusieron medidas para el buen orden de la lidia).

[3] Archivo Histórico de la Ciudad de México. Ramo: Diversiones Públicas, Toros Leg. 856 exp. 102. Proyecto de reglamento para estas diversiones. 1851, Reglamento de toros, 5 f.

[4] Josef Pieper. Una teoría de la fiesta, p. 17. Celebrar una fiesta significa, por supuesto, hacer algo liberado de toda relación imaginable con un fin ajeno y de todo “por” y “para”.

[5] Heriberto Lanfranchi. La fiesta brava en México y en España. 1519-1969, T. I., p. 128.

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CONVIVIENDO CON HIDALGO, ALLENDE Y MORELOS EN LOS TOROS…

ILUSTRADOR TAURINO. SOBRE SUERTES TAURINAS MEXICANAS EN DESUSO (XIV).

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Como bien llegué a afirmarlo en mi libro Novísima grandeza de la tauromaquia mexicana, al ocuparme de estos personajes, me parece oportuno traer hasta aquí dichos apuntes.

 HIDALGO, MORELOS Y ALLENDE ENTRE LANCE Y LANCE POR LA LIBERTAD, SE DAN TIEMPO PARA IR A LAS PLAZAS DE TOROS

    Nueva España en el avanzado siglo XVII, invadida de anhelos libertarios pronto fue llamada América Septentrional. Al interior de la misma, suena con estrépito la consigna: “Yo no soy español, sino americano”. Y es que los modelos de la revolución francesa y la independencia norteamericana violentaron la nuestra. México en cuanto tal alcanzará ese preciado nombre -entre otros-, gracias a una tercia de polendas: Miguel Hidalgo y Costilla, José María Morelos y Pavón e Ignacio Allende, figuras que encabezan un paseíllo acompañados por cuadrillas impetuosas y decididas. Aquella jornada crucial en la madrugada del 16 de septiembre de 1810, representó la culminación de una gran época, pero el inicio de otra también con enorme peso histórico.

   El espíritu de arrogancia mexicana comenzó a manifestarse con los hijos de los conquistadores en el siglo XVI, que alentaron al optimismo nacionalista y que hicieron suyo los criollos novohispanos. Una evidencia de esto es no sólo la veneración a la virgen de Guadalupe. Dicha imagen enarbolada en pendones escoltó los ejércitos que combatieron al mal gobierno. Esta es la posición militar. La intelectual recibe alientos enciclopedistas desde Europa hasta moldear formas demócratas y liberales, maduras plenamente ya muy avanzado el siglo XIX. De ese modo, Hidalgo decía que realizando la independencia se desterraba la pobreza para que a la vuelta de pocos años disfrutaran sus habitantes de todas las delicias de este vasto continente.

   Por su parte el Capitán Ignacio Allende comentaba al cura de Dolores: “No puede ni debe usted, ni nosotros, pensar en otra cosa que en la propia ciudad de Guanajuato que debe ser la capital del mundo”.

   Y Morelos, que tuvo andanzas de arriería y desempeño de labores sacerdotales en Carácuaro y Nocupétaro (Michoacán), atribuía a la “Emperadora Guadalupana” que (por ella)… estamos obligados a tributarle todo culto y adoración… y siendo su protección en la actual guerra tan visible… debe ser honrada y reconocida por todo americano”.

   Concluyendo: la realidad nacional que descubre la posibilidad de una patria, provoca entre los criollos la necesidad de desligar a México del imperio español. O lo que es lo mismo: su independencia, sin más.

   Hidalgo, Morelos y Allende, héroes de bronce en la historia patria, se relacionan con quehaceres taurinos practicados antes y durante la guerra emprendida.

   Por ejemplo, en 1800 fueron lidiados en la plaza de Acámbaro, Guanajuato, 80 toros de la hacienda de Jaripeo, ubicada en Irimbo, rincón michoacano. Aquellos bureles eran propiedad de don Miguel Hidalgo, el que también administró con buen tino otras dos haciendas en el mismo rumbo: Santa Rosa y San Nicolás. Morelos, por su parte, era “atajador”, el arriero que va delante de las mulas pero que además sabía lazar algunos toros cerreros. En cuanto a Allende, se conoce un pasaje poco más amplio, del que daré cuenta en seguida.

 Charro y torero

    Allende auténtico que es el charro, al igual que lo es el torero. El primero sustenta la bella tradición que encuentra muy escasas semejanzas en lo redondo del planeta, siendo sus características un conjunto de virtuosismos (cuya pormenorización causaría la gestación de abultados volúmenes) que, en resumen, motivan la conjugación airosa del hombre y del bruto y que denomínase, con épicos acentos, el charro mexicano. El segundo contiene en su castiza acepción una sutil sugerencia en la que la fiereza del animal y el don de mando y temple del humano que le presta alientos de gloria representan la más objetiva, colorida, afiebrada fiesta del valor.

El teniente de dragones muda con amplia satisfacción el uniforme galoneado por el atavío del charro, y los domingos, cuando menos, pasea al ritmo de los remos del bruto de gran alzada que con el cuello erguido, las grupas relucientes, las crines cepilladas, hace sonar sus herrados cascos en el empedradillo de la rúa principal de San Miguel el Grande. También la mangana es en sus manos una forja de siluetas y arabescos de fugaces vida, y en el coleadero -puños de acero y rabos de hierro- el charro pone de manifiesto una cuasi profesión en la que se doctora sólo el alumno constante y entusiasta que aúna a la perseverancia los dones particulares de destreza, competencia y pericia. Muchos fueron los malos golpes sufridos en el rudo aprendizaje, muchos y seguidos, hasta que sólo sobrevinieron aquellos en los que las causas accidentales intervienen con el sello de inevitables. Entre contusiones y sangrías, vergüenzas y rabietas, Ignacio logró al fin alcanzar la borla de maestro de charrería. De ahí a significarse en el dramático arte de Cúchares sólo había un paso, el mismo que dió sin prevenciones mayores; y largar el rojo trajo ante los cuernos sobrecogedores de los toros de sangre asesina fué asunto de cotidiana entrega en el sumun de actividades entusiastas de Allende. En encierros improvisados por los hacendados del Bajío, en formales corridas de festividad religiosa, en los extensos llanos de la región, aun en patios y corrales, aquel teniente era el torero tras del cual iban los vítores entusiastas del espectador.

Cuando la gesta de 1810 se inició, la Nueva España perdió un representativo de la virilidad charra y torera, pero México ganó, en cambio, un paladín de su libertad eterna.

Durante veinte días, cuyo eje es el 29 de septiembre, la villa parece una enorme feria. Tras la procesión, misas, rosarios, sermones y bendiciones, el festejo de sabor pagano, sobresaliendo las corridas en las que se lidiaban “los toros más famosos por su bravura y en el último día toreaban de las personas decentes o notables, todas las que querían, repartiéndose las comisiones con arreglo a su inteligencia o humor, por lo que había capitán, toreros, locos, lazadores y picadores, haciéndose con este motivo mucha mayor la concurrencia… Siendo capitán, como debe suponerse, don Ignacio Allende”.

Cierta vez, semejante al todo circunstancial esbozado y apoyado en el testimonio del historiógrafo sanmiguelense Benito Abad Arteaga, en que al inquieto milite tocó en suerte matar un toro, se produjo un fenómeno que los espectadores explicaron como una sencilla demostración del don intuitivo de la bestia que olfateaba en Ignacio al temible adversario que habría de dar con sus pellejos en el destazadero. Que era un toro de bandera nadie lo dudaba al verle embestir con el máximo de su poder a los de a caballo, hacer con bríos por el capote, mostrar limpia acometida a la incitación de los banderilleros, pero “esquivaba de alguna manera la presencia de Allende que lo llamaba para matarlo, pues sólo daba el primer bote y no el segundo, que es en el que hace lance el torero”.

El público, entre el que sobresalía el elemento femenino, principió a tomar la cosa a chunga, con la consiguiente reacción airada del “capitán” que no encontraba oportunidad de perfilarse y hundir el acero en la cruz del sagaz bruto. Los gritos de: ¡Ese bien te conoce! ¡Esta noche cenan juntos! ¡Le han asustado las patillas, teniente! ¡No le matas ni con un cañón! ¡Arriba el torito vivales!, encendieron el ánimo de Ignacio, máxime cuando el mal pensado cuadrúpedo eludió, ya decididamente, el encuentro, y volviendo el rabo prefirió beber los vientos de la distancia. Los espectadores tuvieron la humorada de correr apuestas, en mayoría favorables al bicho, sobre su problemático fin.

Secamente, Ignacio dió orden imperiosa a jinetes e infantes para que redujeran, dentro del un círculo de carne protegida por los chuzos de los picadores, el espacio privativo de la res y él entró al mismo seguro de que ya nada le impediría salir airoso del lance.

A un paso del burel que con las pezuñas removía nerviosamente la tierra del coso, alargó la siniestra hasta tomarle de un cuerno, tendió la espada y, tras la diestra armada, llevó el peso de su robusta humanidad. El estoconazo fue fulminante. El animal, herido de muerte, dejó escapar por el hocico una bocanada de sangre negra, dobló los remos y se desplomó a la sombra de su victimario.

Tras el estupor general, el público desgranó en honor de Ignacio de Allende la más estruendosa de las ovaciones escuchadas en aquel lugar de la Nueva España amparado por la presencia emocionada de San Miguel.

Fausto Antonio Marín: “Mocedades de Ignacio Allende”, 1951.

    Pocos son los datos que se conocen de la insurgencia torera. Ellos son, en todo caso, forjadores de la nueva patria que revelará un siglo sumido en los contrastes más diversos, reflejados en acontecimientos que la tauromaquia nacional también consideró como suyos, porque a partir de esa coyuntura adquirió forma y cuerpo hasta quedar definida al final del siglo que ahora nos congrega.

   Algunos otros toreros de la época, héroes o no fueron:

   Francisco Álvarez, José María Castillo, Mariano Castro, José de Jesús Colín, Onofre Fragoso, Ramón Gándara, Guadalupe Granados, Gumersindo Gutiérrez, José Manuel Luna, Agustín Marroquín, Rafael Monroy, José Pichardo, Basilio Quijón, Guadalupe Rea, Nepomuceno Romo, Vicente Soria, Xavier Tenorio, Juan Antonio Vargas, Cristobal Velázquez y Miguel Xirón.

   Durante los años de la independencia de México surgió una buena cantidad de personajes del más variado repertorio. Uno de ellos “El torero Luna” salta a la fama por ser quien, en octubre de 1810 aprehendió cerca de Acámbaro a los coroneles realistas García Conde y Rul y al intendente Merino “cuando iban rumbo a Valladolid (hoy Morelia), enviados por el virrey -don Francisco Xavier Venegas-, como nos dice José de Jesús Núñez y Domínguez en su Historia y tauromaquia mexicanas.

   Al parecer su nombre completo era José Manuel Luna, torero profesional de a caballo. Intervino en las corridas en el Paseo de Bucareli desde diciembre de 1796 hasta febrero de 1797, y siguió toreando en varias plazas del interior del virreinato durante la primera década del siglo XIX. Iniciada la lucha de Independencia se incorporó a las filas insurgentes bajo el mando directo de Ignacio Aldama. En lo militar es uno más de los dirigentes estratégicos que junto a los mismos jefes insurgentes mantienen en alto la iniciativa de liberación.

   Supone Núñez y Domínguez que “el torero Luna” perdió la vida en la batalla de Aculco, ocurrida el 6 de noviembre de 1810, puesto que resultó ser muy sangrienta.

   Por su parte Leopoldo Zamora Plowes en su sabrosísima comedia mexicana Quince uñas y casanova aventureros, nos dice de Luna lo siguiente:

Años después [a los hechos de Aculco] Luna, que estaba a las órdenes del general Mier y Terán, aprehendió a Rosains, que había sido secretario de Morelos y que a la muerte de este [ocurrida en Ecatepec el 22 de diciembre de 1815] se hizo intolerante a sus desmanes.

   Esto es, todavía lo encontramos con un lustro de diferencia a lo último señalado por Núñez y Domínguez, cumpliéndose con la sentencia del bardo José Zorrilla quien, en su Juan Tenorio apuntaba: “los muertos que vos matáis, gozan de cabal salud”. Es el mismo Zamora Plowes quien no da una versión que confrontada con la de Núñez y Domínguez adquiere otro cariz. Sin embargo, si no murió en la batalla de Aculco, ¿abandonaría el belicoso principio de la emancipación -convencido de que no podría continuar, para abrazar las filas de su verdadera vocación? Eso no lo sabemos y peor aún, cuando hay un vacío de información de por medio.

   Un espectáculo taurino durante el siglo XIX, y como consecuencia de acontecimientos que provienen del XVIII, concentraba valores del siguiente jaez:

    Lidia de toros “a muerte”, como estructura básica, convencional o tradicional que pervivió a pesar del rompimiento con el esquema netamente español, luego de la independencia. Montes parnasos o cucañas. El llamado monte carnaval, monte parnaso o pirámide, consistente en un armatoste de vigas, a veces ensebadas, en el cual se ponían buen número de objetos de todas clases que habrían de llevarse en premio las personas del público que lograban apoderarse de ellas una vez que la autoridad que presidía el festejo diera la orden de iniciar el asalto.

   Pero también estaban: el coleadero, jaripeos, mojigangas, toros embolados, globos aerostáticos, fuegos artificiales. O representaciones teatrales, como por ejemplo:

   Los hombres gordos de Europa, los polvos de la madre Celestina, la Tarasca, el laberinto mexicano, el macetón variado, los juegos de Sansón, las Carreras de Grecia (sic) o el Sargento Marcos Bomba, todas ellas mojigangas.

   Hombres montados en zancos, mujeres toreras. Agregado de animales como: liebres, cerdos, perros, burros y hasta la pelea de toros con osos y tigres. Benjamín Flores Hernández en su tesis de licenciatura: “Con la fiesta nacional. Por el siglo de las luces”(1976)nos ofrece un rico panorama al respecto:

   Lidia de toros en el Coliseo de México, desde 1762, lidias en el matadero, toros que se jugaron en el palenque de gallos, correr astados en algunos teatros; junto a las comedias de santos, peleas de gallos y corridas de novillos. Ningún elenco se consideraba completo mientras no contara con un “loco”. Otros personajes de la brega    -estos sí, a los que parece, exclusivos de la Nueva España o cuando menos de América- eran los lazadores. Cuadrillas de mujeres toreras, picar montado en un burro, picar a un toro montado en otro toro, toros embolados, banderillas sui géneris. Por ejemplo, hacia 1815 y con motivo de la restauración del Deseado Fernando VII al trono español anunciaba el cartel que “…al quinto toro se pondrán dos mesas de merienda al medio de la plaza, para que sentados a ellas los toreros, banderilleen a un toro embolado”; locos y maromeros, asaetamiento de las reses, acoso y muerte por parte de una jauría de perros de presa. Dominguejos (figuras de tamaño natural que puestas ex profeso en la plaza eran embestidas por el toro. Las dichas figuras recuperaban su posición original gracias al plomo o algún otro material pesado fijo en la base y que permitía el continuo balanceo). En los intermedios de las lidias de los toros se ofrecían regatas o, cuando menos, paseos de embarcaciones. Diversión, no muy frecuente aunque sí muy regocijante, era la de soltar al ruedo varios cerdos que debían ser lazados por ciegos; la continua relación de lidia de toros en plazas de gallos, galgos perseguidores que podrían dar caza a algunas veloces liebres que previamente se habían soltado por el ruedo, persecuciones de venados acosados por perros sabuesos, globos aerostáticos, luces de artificio, monte carnaval, monte parnaso o pirámide, la cucaña, largo palo ensebado en cuyo extremo se ponía un importante premio que se llevaba quien pudiese llegar a él.

   Allende fue objeto de otras apreciaciones, como la que dejó impresa Guillermo Prieto en uno de sus peculiares versos, que van así:

 Era don Ignacio Allende…

 

Era don Ignacio Allende

alto, rubio bien plantado,

cuello erguido, ancha la espalda,

suelto y poderoso el brazo,

crespa, alborotada furia.

Andar resuelto y con garbo,

ver audaz, azules ojos,

ardientes, limpios y claros,

jinete entre los jinetes,

cual soldado, temerario,

complaciente en los festines,

cometido en los estrados,

lidiando toros, prodigio,

de caballeros dechado.

De la Reina el Regimiento

le vio capitán bizarro,

y a la par le festejaban

las ciudades y los campos. 

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Ignacio Allende, torero y militar al mismo tiempo.

Fuente: “CAMPO BRAVO”, año 5, Número 23, julio-septiembre, 1999.

 Guillermo Prieto.[1]


[1] Sandra Molina Arceo: Charlas de café con… Ignacio Allende. México, Grijalbo, Random House Mondadori, S.A. de C.V., 2009. 175 p., p. 9.

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¿CÓMO ERAN LOS FESTEJOS TAURINOS AL COMENZAR EL SIGLO XIX MEXICANO?

EFEMÉRIDES TAURINAS NOVOHISPANAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    1801 fue recibido por los novohispanos en medio de apacible ambiente, aunque no sin ocultar cierta inquietud por los hechos que estaban ocurriendo en España, a raíz de que dicho imperio invadía Portugal el 16 de mayo. En tanto, de este lado del mundo, gobernaba el discutido quincuagésimo virrey don Félix Berenguer de Marquina, cuyo periodo abarcó del 30 de abril de 1800 al 4 de enero de 1803. Y lo calificamos de “discutido”, pues el bueno de don Félix era un antitaurino declarado, además de contar con otros arranques peculiares, tan atrevidos, que hasta quedaron plasmados en un famoso pasquín:

 Para perpetua memoria,

Nos dejó el virrey Marquina

Una fuente en que se orina,

Y aquí se acabó su historia.

    Obtuso que era el hombre, se negó a gastar más de lo permitido en su recepción, y en otras ocasiones más, aunque se mantiene la duda sobre si ocurrieron ciertas fiestas de toros, y más aún si las prohibió por medio de un famoso decreto. Sucede que en 1800, en ocasión del arribo del virrey Félix Berenguer de Marquina, se replanteó el tema a partir de que éste consideró pertinente cancelar las fiestas en su honor, debido a la complicada situación financiera que vivía España a causa de las constantes guerras. Ante tal proposición los regidores le recordaron que sus antecesores Pedro Castro y Figueroa y Miguel José de Azanza habían sido homenajeados con corridas de toros en 1740 y 1798, respectivamente, cuando la Corona española enfrentaba contiendas con Gran Bretaña. Tampoco se habían suspendido los festejos en 1794, a la llegada del virrey Miguel de la Grúa y Branciforte, no obstante la guerra contra Francia.

    Según los regidores, las corridas podían celebrarse aun en tiempos de guerra. Tal aprobación, por supuesto, procuraba reservar el derecho de estos funcionarios a la asignación, manejo y custodia de los fondos para la recreación. La conveniencia de las corridas y los beneficios económicos que producían para la ciudad resultaban incuestionables desde la perspectiva de los regidores. A las ganancias monetarias había que agregar los beneficios producidos por tales celebraciones, en las que cobraba un especial significado el inicio de un nuevo período gubernativo. El reino español y su colonia novohispana ratificaban su grandeza, su poderío político y económico en cada arribo de un virrey; la ocasión era propicia para fortalecer la cohesión interna y el orden social.

   La oposición del virrey Marquina contradecía otras prácticas fomentadas por sus antecesores. Las corridas de toros, bajo la égida de los regidores, podían convertirse en medios para obtener recursos para la urbanización de la capital del virreinato. Así lo pensó en 1743 el virrey Pedro Cebrián y Agustín, conde de Fuenclara, cuando le propuso al Ayuntamiento la celebración de una lidia anual cuyo producto se aplicaría a las obras públicas. De proceder semejante, el virrey Carlos Francisco de Croix, marqués de Croix, determinó en 1768, con el concurso del Ayuntamiento, la realización de una serie de corridas con el fin de recaudar fondos para el presidio de San Carlos. Los alcances económicos para ambos gobernantes resultaron totalmente opuestos; mientras en la gestión del virrey marqués de Croix las corridas produjeron 24, 324 pesos, destinados a labores de limpieza, el conde de Fuenclara enfrentó la negativa del Ayuntamiento para la realización de las lidias y la obtención de recursos aplicables en mejoras urbanas.[1]

    Las ganancias obtenidas en 1768 durante el gobierno del marqués de Croix parecen la mejor refutación a los comentarios adversos que Hipólito Villarroel formularía años más tarde.[2] Sin embargo, el éxito financiero taurino resultó impredecible: junto a las ganancias de 1768 se registraron ingresos menores, que fundamentaban las apreciaciones de Villarroel sobre el tiempo invertido y el escaso margen de beneficios. Ante evidencias tan contrastantes, la realización de corridas como parte de la presencia gubernativa en la administración de los espacios recreativos, ocupó la atención de cronistas, regidores, virreyes, consejeros y religiosos; se transitó desde las propuestas de cambio hasta las de fomento de un mayor número de corridas. La necesidad de una reforma era evidente; correspondía a la autoridad emprenderla buscando la conciliación de intereses y la preservación del orden social.[3]

   Sin afán alguno de contradecir a A de V-A, pero tampoco de quedarnos con la incógnita sobre la contundente afirmación al respecto del “decreto” que Marquina pudo haber firmado o no, están ese otro conjunto de razones ya planteadas por Vásquez Meléndez, a partir del expediente donde se le informó con acuciosidad al nuevo virrey de las otras circunstancias en que otros tantos virreyes pudieron aprobar sus recepciones estando España en momentos sociales, políticos y militares ciertamente difíciles. Félix Berenguer de Marquina, navegante reconocido, Jefe de Escuadra en la Marina Real para mayor abundamiento, es acusado de su poco sentido común no sólo en asuntos como el que se trata aquí. También en otros donde sus decisiones eran de vital importancia, pero donde solo salía a lucir un impertinente carácter obtuso y cerrado.

VIRREY MARQUINA

Félix Berenguer de Marquina.

    Es cierto, cuatro meses tenía de gobernar la Nueva España el señor Berenguer de Marquina, y ninguna señal era clara, conforme a la costumbre inveterada ya, de celebrar, entre otras razones, con fiestas de toros, la recepción del nuevo virrey. Este se rehusaba dando razones de todo tipo, con lo que entre pretexto y pretexto, se iba pronunciando más su antitaurinismo. Y es que esas razones las fundaba a su preclara idea de pensar que se sacrificaban gruesas sumas de su peculio, antes que permitirlas, afán, insisto de unos propósitos que buscaban reafirmar la posición austera en que ubicaba su gobierno.

   Tras las razones ya expuestas por varios funcionarios del ayuntamiento, quienes todavía manifestaron el “que se verifiquen las Corridas de Toros, con motivo del Recibimiento del Excelentísimo Señor Virrey Don Félix Berenguer de Marquina…, a razón de que para celebrarlas, se reintegrarían siete mil pesos “en que pudieron exceder los gastos de su recibimiento” mismo.

   Planteados, como ya se sabe los argumentos por parte de los funcionarios del Ayuntamiento sobre que en otras ocasiones, fueron recibidos entre fiestas algunos virreyes, no obstante las circunstancias bélicas enfrentadas por España, vinieron algunos más de esta índole:

 No siendo por lo mismo opuesta a las actuales circunstancias la Corrida de Toros que debe celebrarse, en obsequio de la venida de V.E., tampoco podrá pensarse ser contraria a la más buena moral. Ella es una diversión bien recibida, propia y adaptable al carácter de la Nación que la prefiere a otras muchas; se hace a la luz del día, en el Teatro más público, a la vista de la Superioridad y de todos los Magistrados, en el centro de la Ciudad, autorizada por la asistencia de todos los Tribunales Eclesiásticos y Seculares, y se toman cuantas precauciones y seguridades son necesarias y correspondientes al buen orden, a la mejor policía, a la quietud pública y a cuantos extremos puede y debe abrazar el más sano gobierno y las más acertadas providencias, sobre las que se vigila y cela con el mayor empeño, para combinar la diversión y el decoro.

   Ni menos puede temerse aumente las indigencias y necesidades del público, así porque los pobres, que son la parte que más las siente, son libres a dejar de disfrutarla por falta de proporción, o porque no les acomode; como porque, por el contrario, muchos de ellos logran la ventaja de tener en qué ocuparse, y en qué vencer los jornales que tal vez no ganarían no presentándoseles igual ocasión; causa principal porque es tan plausible y de aprecio el que cuando se padecen escaseces y necesidades, se proporcionen obras públicas en que la gente trabaje y gane algún sueldo con qué ocurrir a el socorro de sus miserias. La parte del vecindario que concurre a las funciones de Toros, es muy corta con respecto al todo de la población de esta Capital y lugares fuera de ella, de donde vienen muchas familias a lograr este desahogo, gastando gustosos el desembolso que puede inferirles, y disfrutándose con ello el que gire algún trozo de caudal que, a merced de igual diversión, se gasta y comercia, sin estarse estancado en los que sin ese motivo lo retendrían en su poder; de lo que es indudable, resulta beneficio al público, tan constante, que cuantos saben lo que es en México una Corrida de Toros, y aun la Superioridad ha conocido, que con ventajas del Común se halla un considerable comercio, sirviendo de arbitrio a muchos que con él buscan y utilizan en ese tiempo para la atención de sus obligaciones, resultando por lo mismo, que el gasto o desembolso que hacen los sujetos pudientes y de facultades, presenta a algunos la ocasión de logar las de que carecían.

   Por otra parte, es también muy digno de atención, el que estando mandado por S.M. y con particulares encargos el que se manifieste el regocijo en los recibimientos de los Excelentísimos Señores Virreyes, lo cual cede en honor y decoro del Soberano a quien representan, y sirve de que el pueblo, a quien por lo regular es necesario le entre por los ojos, con demostraciones públicas, el respecto y reconocimiento que es debido, forme concepto de la autoridad para que la venere; a que se agrega, que sobre que en la función de Toros se ostentan como en ninguna otra, el decoro y atención que se dedican al Jefe Superior del Reino, es también muy a propósito para que el público le conozca y sepa a quien debe respeta y obedecer (…) Sala Capitular de México, Septiembre 2 de 1800.[4]

    Estas son, entre muchas otras razones, las que expuso el pleno del Ayuntamiento, encabezado para esa ocasión por los siguientes señores: Antonio Méndez Prieto y Fernández, Ildefonso José Prieto de Bonilla, Ignacio de Iglesias Pablo, Antonio Rodríguez de Velasco, Juan Manuel Velázquez de la Cadena, León Ignacio Pico, Antonio Reinoso de Borja, El Marqués de Salinas y Francisco Sáez de Escobosa.

   Dichos señores, en respuesta a petición hecha por el propio Berenguer de Marquina al respecto del oficio fechado en 2 de septiembre,[5] les envía este otro, tres días después, donde

 Espero me avise a qué cantidad ascendieron los gastos de mi entrada en esta Capital, y que me remita V.S. copia de los Reales Cédulas que cita.[6]

 Y la respuesta que encontró de los comisionados fue que de los tres días del recibimiento, ocurridos el 30 de abril, 1º y 2º de mayo en su Real Palacio, se gastó la cantidad de $13,142.00 pesos… Así que, para la pretendida fiesta de recepción, incluida la lidia de toros, el tozudo Marquina les contestó a los graves señores lo siguiente:

 Sin embargo de que examinado y premeditado todo, me ocurría no poco que decir, si tratara por junto la materia, estimo preferible limitarme a manifestar que todo lo que se entiende por adorno de Palacio, o más propiamente hablando, de la habitación de los Virreyes, me fue preciso comprarlo o tomarlo en traspaso a mi antecesor, por el crecido precio que en la actualidad tienen todas las cosas (…);

 Además

 No creo que un Virrey deba procurar atraerse la voluntad y el conocimiento del público que ha de mandar, por fiestas, que, como la de Toros, originan efectivamente irreparables daños y perjuicios en lo moral y político, a pesar de cuantas reflexiones intenten minorarlos: y antes bien, me parece que producirá mayor veneración, amor y respeto a la alta dignidad que representa, el concepto que forman de sus desvelos, por el bien y felicidad común, y su conducta y proceder, integridad y pureza.[7]

    Como vamos viendo hasta ahora, las intenciones para convencer al señor Berenguer se estrellaban día con día con argumentos a favor y en contra. Pero el “Magnífico decreto” no aparece por ningún lado, a menos que todos los pronunciamientos del que fuera el quincuagésimo quinto virrey de la Nueva España vayan construyendo en sí mismos el revelamiento convertido en graciosa ocurrencia de nuestro autor.

   A todo lo anterior se agrega otra nueva razón con la que

 Me obligo a contestar a los diputados de esa N. Ciudad, cuando hicieron verbalmente en su nombre la expresada solicitud, que se difiere para cuando se hiciera la paz, y no encontrando motivos que justamente persuadan deberse variar esta determinación, me veo imposibilitado de poder complacer a V.S. accediendo a la instancia que repite en su mencionado oficio; pero, como al propio tiempo que deseo combinarlo todo, es mi ánimo y constante voluntad, no perjudicar en lo más mínimo a los vasallos del Rey Nuestro Señor ni a las rentas públicas del cargo de V.S., le remito 7,000 pesos para que con ellos se cubra el exceso de los gastos de mi entrada, sobre los 8,000 asignados, esperando que cuando V.S. haya liquidado la cuenta respectiva, me la pasará para completar lo que aun faltare, o para que se me devuelta el sobrante si hubiere.

   Cesando así la principal causa que precisaba a V.S. a reiterar y esforzar su instancia para el permiso de la Corrida de Toros, cesa por consecuencia el motivo de volver a tratar del asunto, que por ahora queda terminado con esta resolución.

   Dios, etc., 11 de septiembre de 1800.-A la Nobilísima Ciudad”.[8]

    Y por supuesto, como apunta el propio Rangel, es ocioso todo comentario que se haga a estos documentos. Su sola lectura retrata fielmente al antitaurómaco Señor Marquina. En otro asunto semejante, se encuentra su mismo comportamiento para no permitir unas corridas de toros, ocurridas en Jalapa, claro, siempre bajo difíciles estiras y aflojas.[9]

   Veamos el caso de Jalapa. Como primer punto, habrá que aclarar que fue el propio Cura párroco de Jalapa, Gregorio Fentanes quien pidió al virrey Marquina no permitiera las corridas en esa población, a pesar de la defensa que para tales festejos hiciera el abogado de aquel Ayuntamiento, Marcelo Álvarez.

 Como es de suponerse, el Virrey anti-taurómaco negó de plano que en lo sucesivo se verificaran tales fiestas sin permiso previo, no obstante que desde tiempo inmemorial se efectuaban sin ese requisito; pero se había propuesto suprimir la fiesta brava, y no importaba el pretexto que invocara a fin de lograrlo…[10]

    En el debate originado entre las tres autoridades, todavía tuvo arrestos el Ayuntamiento para plantear lo siguiente:

 Y para que ningún requisito se heche de menos, patrocinan la costumbre los de la licencia Superior de este Gobierno. Este virtualmente la tiene concedida (la autorización para las corridas de toros) en la aprobación del abasto de carnes de aquella Villa. El Señor Intendente de la Provincia, instruido de lo que se ejecuta, se decide por la continuación de un uso que no lastima, y sí consulta a la remoción de otros daños. Por todo lo cual, suplico a la prudente bondad de V. Exa., se digne mandar suspender los efectos de la Orden de diez y siete de febrero de este año (1801), concediendo su superior permiso para que en la primera venidera Pascua se lidien Toros en el modo y forma que van referidos; librándose al intento el despacho correspondiente.

   A V. Exa. suplico así lo mande, que es justicia: juro etc.-Don Felipe de Castro Palomino, (Rúbrica).-Marcelo Álvarez, (Rúbrica).

   Este ocurso tan bien razonado y un tanto irónico, pasó al Asesor General, quien dijo, que sin embargo de las reflexiones que contiene, la materia era de puro Gobierno y que la Licencia que solicitaba el Ayuntamiento de Jalapa, pendía únicamente del Virrey; que en atención al concepto que su Excelencia tenía formado de semejantes solicitudes y de los daños que por lo regular se originaban de ellas, resolviera lo que le pareciera. Y el decreto que siguió a esta consulta fue: “Habiendo respecto de Jalapa las mismas justas consideraciones que he tenido para denegar igual solicitud a esta Ciudad, no ha lugar a la instancia del Cabildo de dicha Villa.-México, Noviembre 25 de 1801. (Rúbrica del Virrey)”.[11]

    Hasta ahora, y antes de terminar con este pasaje, no hay evidencia alguna sobre lo que A de V-A afirma en una de sus tradiciones, leyendas y sucedidos del México virreinal. Sin embargo, con el propósito de apelar a la última instancia, me parece oportuno incorporar aquí lo que resultó ser una más de las minuciosas revisiones a los documentos custodiados por el Archivo General de la Nación.

   Y no sólo se dedicó a rondar por aquí y por allá, buscando qué corregir entre los males de la sociedad. También, se empeñó en prohibir, junto con el Santo Oficio lo que cierta ocasión tuvo oportunidad de apreciar, causándole incomodidad. Se trataba ni más ni menos que de una representación anónima de cierto baile que estaba tomando fuerza entre los del pueblo, y que denominaban el jarabe gatuno, que por cierto se bailaba maullando y remedando los movimientos del gato, y que por sus insinuaciones y provocaciones, le parecía bastante escandaloso, como también a los de la Inquisición, quienes llegaron a decir cosas como las que siguen:

 (…) que la gente disoluta para calmar el temor de los incautos y (para) disfrazar su diabólica intención de perder las almas redimidas por Jesucristo desfiguran o inventan de nuevo el baile y las coplas, prohibimos todo el que se le parezca y convenga, por palabras, acciones y meneos, en el objeto de provocar a lascivia, aunque se diferencie la canción, el nombre y la figura; y del mismo modo cualquiera copla de este género, a pesar de cualquier disfraz de que se valga la malicia para burlar nuestras providencias y evadir las penas impuestas en los edictos del Santo Oficio… Y mandamos que luego que este nuestro edicto llegue a vuestra noticia, o de él supiéredes de cualquiera manera, no bailéis dicho Jarabe gatuno, ni cantéis sus coplas, ni cualquiera otro y otras que se parezcan, y que traigáis y exhibáis ante Nos o ante nuestros comisarios las citadas coplas y traslados de ellas (17 y 23 de junio de 1801).

    En tanto, La Gaceta de México, daba a conocer diversas noticias, como uno de los pocos medios de difusión de la época, aunque no se olvidó de dar de vez en vez alguna de carácter taurino.

   Las plazas de toros que por entonces funcionaban eran las del Volador, la plazuela de los Pelos, Tarasquillo o la de Necatitlán. Desde finales del siglo XVIII funcionaba en otro sector de la ciudad, el barrio de San Pablo, una plaza que con el tiempo se convertiría en espacio importantísimo, al menos hasta 1864, último año del que se tiene registro. Nos referimos a la que conocemos como la Real Plaza de toros de San Pablo.

   Y entre las ganaderías, se contaba con las que siguen:

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Fuente: Benjamín Flores Hernández: “Con la fiesta nacional. Por el siglo de las luces. Un acercamiento a lo que fueron y significaron las corridas de toros en la Nueva España del siglo XVIII”, México, 1976 (tesis de licenciatura, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México). 339 p., p. 225-7.

   En el ambiente continuaba ese aire ilustrado que por fin encontró modo de coartar las diversiones taurinas, por lo menos de 1805 a 1809 cuando no se sabe de registro alguno de fiestas en la ciudad de México. Y es que fue aplicada la Novísima Recopilación, cédula que aparece en 1805 bajo el signo de la prohibición “absolutamente en todo el reino, sin excepción de la corte, las fiestas de toros y de novillos de (sic) muerte”. En el fondo se pretendía

 Abolir unos espectáculos que, al paso que son poco favorables a la humanidad que caracteriza a los españoles, causan un perjuicio a la agricultura por el estorbo que ponen, a la ganadería vacuna y caballar, y el atraso de la industria por el lastimoso desperdicio de tiempo que ocasionaban en días que deben ocupar en sus labores.[12]

    Y bien, bajo todo este panorama, ¿qué era del toreo ya no tanto en el curso del siglo XVIII, tan ampliamente conocido; sino el que se desarrolla en el siglo XIX?

   El toreo va a mostrar una sucesión en la que los protagonistas principales que fueron los caballeros serán personajes secundarios en una diversión casi exclusiva al toreo de a pie, mismo que adquiría y asumía valores desordenados sí, pero legítimos. Es más,

 En una corrida de toros de la época, pues, tenía indiscutible cabida cualquier manera de enfrentarse el hombre con el bovino, a pie o a caballo, con tal de que significara empeño gracioso o gala de valentía. A nadie se le ocurría, entonces, pretender restar méritos a la labor del diestro si éste no se ceñía muy estrictamente a formas preestablecidas.[13]

 Hasta antes y durante el movimiento de independencia, pocos son los festejos celebrados en tiempos que ya son turbulentos. Pero la guerra dio paso al ocio y entre batalla y batalla, los más importantes caudillos encabezaban este o aquel espectáculo, siguiendo la lógica del Fiscal de la Real Hacienda quien, en noviembre de 1813 estaba de acuerdo con los espectáculos públicos, por la razón “política de llamar la atención del pueblo a objetos indiferentes, que ocurran en su consternación e impidan que su imaginación se corrompa”.

   Con la salida de los ejércitos invasores de España y la asunción al trono de Fernando VI en 1814 fue motivo para que una vez más se lidiaran toros, a pesar de que el virrey Félix Ma. Calleja no muy afecto a tales divertimentos los autorizó, encargando al cabildo del ayuntamiento la organización de los mismos. Dicha orden iba en sentido contrario a la costumbre del Ayuntamiento que se ocupaba de esto. Pero el hecho es que, al darse la orden era una forma de humillar a quienes habían apoyado las reformas liberales. Todos ellos, los criollos liberales, formaban el cuerpo oficial y representativo del corazón político de una Nueva España sumergida en la transición por la independencia. Aunque tal fue la pugna entre esto y aquel, que Calleja pronto decretó la desaparición del ayuntamiento electo, para reinstalar al anterior un grupo más nutrido de españoles, por lo que les evitó la carga molesta a que se enfrentaban.

   Lo anterior se convirtió en el soporte en que las corridas de toros y sus aderezos se desarrollaron durante el siglo XIX.

   A su vez, las fiestas en medio de ese desorden, lograron cautivar, trascender y permanecer en el gusto no sólo de un pueblo que se divertía; no sólo de los gobernantes y caudillos que hasta llegó a haber más de uno que se enfrentó a los toros. También el espíritu emancipador empujó a lograr una autenticidad taurómaca nacional. Y se ha escrito “desorden”, como resultado de un feliz comportamiento social, que resquebrajaba el viejo orden. Desorden, que es sinónimo de anarquía, resultado de comportamientos muy significativos entre fines del siglo XVIII y buena parte del XIX.

   Finalmente, ¿qué toreros estaban actuando por aquéllas épocas?

   Un rotulón de la época nos aclara el asunto:

 “…Estando próximas las corridas de toros que en celebridad de la feliz restitución de nuestro amado Soberano, el señor don Fernando VII, al trono de sus mayores, han de ejecutarse en esta capital, y debiendo observarse en ellas por parte del público, todo lo que existen el buen orden, y constituye la inocente alegría y diversión, como corresponde al alto objeto en cuyo obsequio se celebran estas funciones, y a la idea que debe formarse de un pueblo ilustrado, he resuelto que se cumpla y ejecute lo siguiente:

1.-Luego que la tropa acabe de partir la plaza, no quedarán en ella por motivo alguno sino los toreros. En el caso de que algún aficionado quisiere ejecutar alguna suerte o habilidad,  pedirá permiso, y sólo estará dentro del circo, el tiempo necesario para lucir su destreza: por consecuencia, nadie bajará a la plaza hasta después de muerto el último toro, a excepción del tiempo que dure el embolado, si lo hubiere.

2.-Los capataces de cuadrillas de toreros, antes de salir a la plaza, se presentarán con su gente al señor alcalde del primer voto, para que éste vea por sí mismo si hay alguno ebrio, en cuyo caso no le permitirá torear y lo pondrá en arresto.

3.-En las vallas ni entre barreras, no quedará paisano ni militar alguno que no esté destinado expresamente a dicho paraje.

4.-No se arrojarán absolutamente a la plaza desde las lumbreras y tendidos, cáscaras de fruta ni otras cosas, que a más de ensuciar la plaza, pueden perjudicar a los toreros. Tampoco se escupirá ni echará nada de lo referido sobre las gradas, que pueda incomodar a los que se sienten en ellas.

5.-Los espectadores no abstendrán de proferir palabras indecentes ni contra determinada clase de personas, pues además de ser contra la moral, perjudican a la buena crianza.

6.-Estar libre y expedito el tránsito de las calles del puente de Palacio, Portaceli, Universidad y Palacio, no colocándose en ellas puesto alguno de frutas ni otro efecto cualquiera, ni sentándose gentes en las banquetas y puertas de todo este círculo, y evitándose que por su ámbito se formen corrillos y queden gentes paradas a ver las que suben y bajan a los tablados, de lo que cuidarán las respectivas centinelas.

7.-Será también del cargo de ellas y de las patrullas y rondas, destinadas a los mismos parajes, impedir las entradas de coches y caballos a las inmediaciones de la plaza, sin embargo de que se pondrán vigas en las bocacalles del puente de Palacio, San Bernardo, Portaceli, rejas de Balvanera y Universidad.

8.-Acabada la corrida de la tarde, se cerrarán inmediatamente las puertas de la Plaza, y a nadie se permitirá entrar ni permanecer en ella, a excepción de los cuidadores.

9.-De ningún modo se harán tablados y se formarán sombras en las azoteas de las casas del contorno de la Plaza, sin exceptuar la Universidad, Ni el Real Palacio, si consentirá que se agolpe gente en ellas, para evitar una desgracia. De lo cual se encargarán las patrullas y rondas, avisando al vecino de la casa donde se observe este abuso, a fin de que lo remedie, y de no hacerlo, se dará parte al Sr. Alcalde de primer voto, para que tome providencia.

10.-Renuevo las prevenciones de mi bando de 13 del corriente sobre prohibición de armas, y se abstendrá de llevarla de cualquier especie, todo aquel que por su clase o destino no deba portar las permitidas.

11.-Los que puedan llevar armas de las no vedadas y estén colocados cerca del callejón de entrebarreras, sean militares o paisanos, no usarán de ellas en modo alguno contra los toros que salten la valla, ni nadie los apaleará ni atormentará, pues es contra la diversión de los demás espectadores, y es de la incumbencia de los toreros hacer salir al animal del callejón.

12.-Para evitar los robos y las violencias durante la corrida, en los demás puntos de la población, rondará en este tiempo los alcaldes menores sus respectivos cuarteles, repartiéndose entre ellos la comisión por días, de manera que en cada una anden por lo menos ocho rondas en el término del espectáculo, sin perjuicio de las patrullas que se destinarán al mismo fin.

13.-El que faltare a cualquiera de los artículos indicados, quedará sujeto a la pena corporal o pecuniaria que se le impondrá en el acto, según las circunstancias de la persona y de la falta, aplicándose las segundas a beneficio de los fondos de la Cárcel Diputación, sin que valga fuero alguno, por ser materia de policía y buen gobierno.

14.-Para el pronto castigo de los infractores, en  lo  relativo  a lo anterior de la Plaza, habrá un juzgado en ella misma, compuesto de uno de los señores alcaldes de la Real Sala del Crimen, cuyo turno arreglará el señor gobernador de ella, un escribano y un ministro ejecutor de justicia: procediendo dicho señor magistrado a la imposición de penas en el acto, según la calificación que hiciere del delito.

15.-El sargento mayor de la plaza auxiliará con la fuerza armada al señor Juez, en los casos que lo necesite, y concurrirá por su parte a que los individuos militares observen el buen orden en los mismos términos que se previene para el paisanaje, impidiendo que ningún individuo militar salga a torear.

Y para que nadie pueda alegar ignorancia, mando que publicado por bando en este capital, se remita a las autoridades que corresponda. Dado en este Real Palacio de México, a 24 de enero de 1815. Félix María Calleja. Por mandato de S.E.”.

   La cuadrilla que se encargó de la lidia de los toros fue la siguiente:

Capitán: Felipe Estrada.

Segundo espada: José Antonio Rea.

Banderilleros: José María Ríos, José María Montesillos, Guadalupe Granados y Vicente Soria. (Supernumerarios: José Manuel Girón, José Pichardo y Basilio Quijón).

Picadores: Javier Tenorio, Francisco Álvarez, Ramón Gandazo y José María Castillo.

    Como quedó dicho, fueron ocho las corridas celebradas:

 “AVISO.-Con el objeto de celebrar la feliz restitución al trono de Nto. católico monarca, el señor D. Fernando VII, han comenzado antes de ayer las ocho corridas de toros dispuestas por la Nobilísima Ciudad para los días 25, 26, 27, 28, 30 y 31 del corriente enero, y 1o. y 3 del próximo febrero”. (Diario de México, No. 27, tomo V, del viernes 27 de enero de 1815).

    ¿Y la clase de suertes que se practicaban, cuáles eran las más populares?

 EL JARABE: BAILE POPULAR MEXICANO

Por GABRIEL SALDIVAR

del Ateneo Musical Mexicano

    Llegando al XIX aparece un Jarabe que se ha hecho famoso, el Jarabe Gatuno, por haber sido objeto de prohibición de parte de las autoridades civiles, religiosas e inquisitoriales, en edictos firmados por el virrey, el arzobispo y los inquisidores mayores, respectivamente. Por la descripción que de sus movimientos y evoluciones hacen los expresados documentos, se piensa inmediatamente en las danzas de origen africano, y no sería remoto, si algún día aparece su música, que se descubra alguna influencia negra, ya que este elemento fue de gran importancia social en la época que nos ocupa.

   Por 1813, era el Jarabe una de las canciones guerreras de los insurgentes; y después transcurre un silencio hasta el año de 1839, sin que en la literatura nacional, encontrara en mis investigaciones, cita alguna de este canto vernáculo; es en este año cuando la Calderón de la Barca, acompaña a sus cartas las melodías del Jarabe Palomo, El Aforrado, Los Enanos y menciona El Canelo, El Zapatero y alguno más que no recuerda nuestra memoria, publicados en Nueva York en 1843; con la circunstancia de que ya entonces se bailaban en las canoas del Paseo de Santa Anita, el célebre paseo de tiempos remotos; y vuelven a mencionarse por Zamacois en sus versos “Un Baile Leperocrático”, publicados en el “Calendario Impolítico para 1853”, que reprodujo en “El Jarabe” (1861) y anónimo en el artículo “La China” de “Los mexicanos pintados por sí mismos”, resaltado en el “Calendario Universal para el año de 1858”; en la Opera Cómica de Barilli estrenada en 1859, y en “El Libro de mis Recuerdos”, de García Cubas que, aunque publicado en 1904, se refiere a la segunda mitad del siglo XIX, aludiéndose en todos ellos a los cantos que acompañaban al baile.

   Durante el Imperio de Maximiliano, se le da importancia a la canción mexicana del pueblo, y fue entonces cuando se hicieron muchos arreglos de los aires populares, lo cual viene a repercutir al fin del siglo con la impresión cuidadosa en cuanto a las melodías, esto es, sin modificaciones esenciales aunque sin mucha justeza en la armonización, ya por que no se tomara en cuenta la producida por los músicos del pueblo, de una riqueza contrapuntística intuitiva, pero que los investigadores que hasta ahora hemos tenido, están todavía muy lejos de estudiar concienzudamente, sin que esto quiera decir que no los haya, muy capaces, pero el caso es que si han efectuado trabajos de esa naturaleza, no los han dado a conocer debidamente; pues sólo tengo noticia del que a fines del siglo pasado, en 1897, diera a la estampa el Lic. Juan N. Cordero, aunque trata someramente el Jarabe; obra muy poco conocida de nuestros músicos y tengo a satisfacción haber sido el primero que consultara el ejemplar que existe en la Biblioteca del Conservatorio, ya que sus pliegos estaban aún cerrados, probablemente desde hacía cuarenta años.

   Entre los primeros jarabes impresos, anoto los “jarabes Mexicanos” para guitarra, de la imprenta de Murguía y Cía., incluidos en las ilustraciones; los arreglos de Julio Ituarte, medio siglo después de las Variaciones sobre el tema del jarave (sic) Mexicano de José Antonio Gómez, y la Colección de 30 jarabes y sones dispuesta por Miguel Ríos Toledano, como las más importantes que hasta la fecha hayan salido de las prensas nacionales. Después, por 1905, Castro Padilla hace la selección de los nueve aires del Jarabe Oficial, y Felipa López, maestra tapatía de baile, la de los pasos del mismo, procediendo ambos sin apegarse a la tradición, y lo que es más, haciendo a un lado el buen gusto; a lo cual sin hacer ninguna alusión, responde José de J. Martínez con su Verdadero Jarabe Tapatío, publicado en 1913 por Enrique Munguía, obra integrada por varios sones populares de Jalisco y formada según es tradicional en aquella región.


NOTAS IMPORTANTES:

Las notas aquí incluidas provienen del trabajo –inédito- de José Francisco Coello Ugalde: APORTACIONES HISTÓRICO TAURINAS MEXICANAS Nº 62. “ARTEMIO DE VALLE-ARIZPE Y LOS TOROS”. 598 p. Ils., retrs., fots., grabs., facs.

Por lo tanto, me reservo el derecho de incluir las notas a pie de página, debido a la presencia de ciertos personajes que pretenden hacer suyo estos materiales, con sólo dar “clic” a sus empeños y y teclear “Supr” o “Delete” para quitar el nombre del autor original, atribuyéndose de esa forma textos que no les pertenecen.

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EL CRIOLLISMO Y LA TIBETANIZACION: ¿EFECTOS DE LO MEXICANO EN EL TOREO?

PONENCIAS, CONFERENCIAS y DISERTACIONES.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    La presente es una disertación que fue redactada desde hace varios años, con motivo de una reflexión respecto de ciertos aspectos presentes en forma ideológica o espiritual que pudieron haber influido de una u otra forma en los procesos de integración y consolidación en el toreo mexicano de los siglos pasados. Comparto con ustedes dicha experiencia.

    Un tema que de siempre me ha causado especial inquietud es el de la forma en que los americanos aceptaron el toreo, tras el proceso conquistador, lo hicieron suyo y después le dieron interpretación tan particular a este ejercicio convirtiéndose en una especie de segunda sombra que ya de por sí, proyectaba el quehacer español. Segunda sombra pues sin alejarse del cuerpo principal se unía a la estela de la primera, dueña de una vigencia incontenible. Solo que al llegar a América y desarrollarse en nuevos ambientes se gestó la necesidad no tanto de cambios; sí de distintas interpretaciones. Y esto pudo darse -seguramente- por dos motivos que ahora analizo: el criollismo americano y la “tibetanización” desarrollada en la península ibérica.

   Entendemos al criollismo como un proceso de liberación por un lado y de manifestación de orgullo por el otro, cuando el mexicano en cuanto tal, o el criollo, -incluso el indio- se crecen frente a la presencia dominante del español en nuestro continente. Maduran ante las reacciones de subestimación que se fomentan en la España del siglo XVIII que ve en el americano a un ser inferior en todos sentidos, incapaz de ser comparado con los hombres de espíritu europeo, que son los que ocupan los cargos importantes en la administración, cargos a los cuales ya puede enfrentarse el criollo también.

   David A. Brading nos dice que “las raíces más profundas del esfuerzo por negar el valor de la conquista se hallan en el pensamiento criollo que se remonta hasta el siglo XVI”. Desde entonces es visible la génesis del nacionalismo o patriotismo criollos que va a luchar por un espacio dominado por los españoles, tanto europeos como americanos, los cuales disfrutaban de un virtual monopolio de todas las posiciones de prestigio, poder y riqueza.

   Poco a poco fue despertándose un fuerte impulso de vindicación por lo que en esencia les pertenece pero que el sistema colonial les negaba. De esa manera el criollo y el mestizo también buscan la forma de manifestar un ser, una idea de identidad lo más natural y espontánea posible; logran separarse del carácter español, pero sin abandonarlo del todo, hasta que comenzó a forjarse la idea de un nacionalismo en potencia. De ahí que parte del planteamiento de la independencia y de la recuperación de la personalidad propia de una América sometida esté dada bajo los ideales del patriotismo criollo y el republicanismo clásico que luego buscaron en el liberalismo mexicano sumergido dentro del conflictivo pero apasionante siglo XIX.

   La asunción del criollo a escena en la vida novohispana es de suyo interesante. Quizás confundido al principio quiere dar rienda suelta a su ser reprimido, con el que se siente afín en las cosas que piensa. Y actúa en libertad, dejándose retratar por plumas como sor Juana o Sigüenza y Góngora, por ejemplo. No faltó ojo crítico a la cuestión y es así como Hipólito Villarroel en sus “Enfermedades que padece la Nueva España…” nos acerca a la realidad de una sociedad novohispana en franca descomposición a fines del siglo XVIII y cerca de la emancipación. Pero es con Rafael Landivar S.J. y su Rusticatio Mexicana donde mejor queda retratada esa forma de ser y de vivir del mexicano, del criollo que ya se identifica plenamente en el teatro de la vida cotidiana del siglo de las luces.

   Precisamente en su libro XV Los Juegos aparece una amplia descripción de fiestas taurinas. La obra fue escrita en bellos hexámetros, es decir: verso de la métrica clásica de seis pies, los cuatro primeros espondeo o dáctilo, el quinto dáctilo y el sexto espondeo. Es el verso épico por excelencia.

   El poema nace en un clima espontáneo que armoniza los divergentes elementos de tres mundos: el latino, el español y el americano, amalgamados en la psicología del poeta bajo los fuegos vehementes del trópico guatemalteco, su cuna, y transidos por el espíritu de la altiplanicie mexicana, en la cual se desarrolló al arte y a la sabiduría.

RUSTICATIO MEXICANA

    En el libro X: “Los ganados mayores” se apunta la vida del toro bravo en el campo. Pero, desde luego es el libro XV en el que se incluyen las peleas de gallos, las corridas de toros campiranas y las carreras de caballos.

     Nada, sin embargo, más ardientemente ama la juventud de las tierras occidentales como la lidia de toros feroces en el circo. Se extiende una plaza espaciosa rodeada de sólida valla, la cual ofrece numerosos asientos a la copiosa multitud, guarnecidos de vivos tapices multicolores. Sale al redondel solamente el adiestrado a esta diversión, ya sea que sepa burlar al toro saltando, o sea que sepa gobernar el hocico del fogoso caballo con el duro cabestro.

   Preparadas las cosas conforme a la vieja costumbre nacional, sale bruscamente un novillo indómito, corpulento, erguida y amenazadora la cabeza; con el furor en los ojos inflamados, y un torbellino de ira salvaje en el corazón, hace temblar los asientos corriendo feroz por todo el redondel, hasta que el lidiador le pone delante un blanco lienzo y cuerpo a cuerpo exaspera largamente su ira acumulada.

   El toro, como flecha disparada por el arco tenso, se lanza contra el enemigo seguro de atravesarlo con el cuerno y aventarlo por el aire. El lidiador, entonces, presenta la capa repetidas veces a las persistentes arremetidas hurta el cuerpo, desviándose prontamente, con rápido brinco esquiva las cornadas mortales. Otra vez el toro, más enardecido de envenenado coraje, apoyándose con todo el cuerpo acomete al lidiador, espumajea de rabia, y amenaza de muerte. Mas aquél provisto de una banderilla, mientras el torete con la cabeza revuelve el lienzo, rápido le clava en el morrillo el penetrante hierro. Herido éste con el agudo dardo, repara y llena toda la plaza de mugidos.

   Mas cuando intenta arrancarse las banderillas del morrillo y calmar corriendo el dolor rabioso, el lidiador, enristrando una corta lanza con los robustos brazos, le pone delante el caballo que echa fuego por todos sus poros, y con sus ímpetus para la lucha. El astado, habiendo, mientras, sufrido la férrea pica, avieso acosa por largo rato al cuadrúpedo, esparce la arena rascándola con la pezuña tanteando las posibles maneras de embestir. Está el brioso Etón, tendidas las orejas, preparado a burlar el golpe en tanto que el lidiador calcula las malignas astucias del enemigo. La fiera, entonces, más veloz que una ráfaga mueve las patas, acomete al caballo, a la pica y al jinete. Pero éste, desviando la rienda urge con los talones los anchos ijares de su cabalgadura, y parando con la punta metálica el morrillo de la fiera, se sustrae mientras cuidadosamente a la feroz embestida.

    El padre Rafael Landívar nació en la ciudad de Guatemala el 27 de octubre de 1731. En el curso de 1759 a 1960 Landívar pudo haber enseñado retórica en México, pero sus biógrafos se inclinan a que lo hizo en Puebla y en 1755 en México. El autor habla de su obra:

 Intitulé este poema Rusticatio mexicana (Por los campos de México), tanto porque casi todo lo que contiene atañe a los campos mexicanos, como también porque oigo que en Europa se conoce vulgarmente toda la Nueva España con el nombre de México, sin tomar en cuenta la diversidad de territorios.

 Viene ahora la continuación al libro XV:

 Pero si la autoridad ordena que el toro ya quebrantado por las varias heridas, sea muerto en la última suerte, el vigoroso lidiador armado de una espada fulminante, o lo mismo el jinete con su aguda lanza, desafían intrépidos el peligro, provocando a gritos al astado amenazador y encaminándose a él con el hierro. El toro, súbitamente exasperado su ira por los gritos, arremete contra el lidiador que incita con las armas y la voz. Este, entonces, le hunde la espada hasta la empuñadura, o el jinete lo hiere con el rejón de acero al acomete, dándole el golpe entre los cuernos, a medio testuz, y el toro temblándole las patas, rueda al suelo. Siguen los aplausos de la gente y el clamor del triunfo y todos se esfuerzan por celebrar la victoria del matador.

   Algunas veces el temerario lidiador, fiándose demasiado de su penetrante estoque, es levantado por los aires y, traspasadas sus entrañas por los cuernos, acaba víctima de suerte desgraciada. El toro revuelca en la arena el cuerpo ensangrentado; se atemoriza el público ante el espectáculo y los otros lidiadores por el peligro. Sucédense luego nuevas luchas, por orden, cuando se desea alternarlas con el fin de variar.

   Los mozos, en efecto, suelen aprestar para montarlo, un toro sacado de la ganadería, muy vigoroso, corpulento y encendido en amenazas de muerte. Uno de aquellos le sujeta en el lomo peludo los avíos, como si fuera caballo, y le echa al pescuezo un lazo; sirviéndose luego de él, impávido, a manera de larga brida, sube a los broncos lomos del rebelde novillo, armado de ríspidas espuelas y confiando en su fuerza. El animal, temblando de coraje, se avienta en todos sentidos, luchando violentamente por lanzar al jinete de su lomo. Ya enderezándose rasga el aire con los corvos cuernos, ya dando coces en el vacío arremete furibundo a todo correr, contra los que se le atraviesan; y cuando intenta saltar el redondel, alborota las graderías de los espectadores espantados.

   Como el líbico león herido por penetrante proyectil, amenaza con los colmillos, los ojos feroces y las mandíbulas sanguinarias, tiembla, se mueve contra sus astutos adversarios mostrando las garras, y ya se lanza por el aire con salto fulmíneo, ya corriendo velozmente fatiga a los cazadores; lo mismo el toro, encolerizado por el extraño peso, trastornando la plaza embiste ora a unos, ora a otros. Pero el muchacho sin cejar se mantiene inconmovible sobre el lomo, espoleándolo constantemente.

   Y aun también, el muchacho jinete blandiendo larga pica desde el lomo del cornúpeta, manda a los de a pie sacar otro astado de los corrales y a puyazos lo empuja gozoso por todo el llaNº Atolondrado al principio por la novedad, huye precipitadamente de su compañero enjaezado vistosamente.

   Pero aguijoneando su dorso por la punzante pica, se enfurece encendido de cólera, embiste a su perseguidor, y ambos se trenzan de los cuernos en bárbara lucha. Mas el robusto jinete dirime la contienda con la pica, y continúa persiguiendo a los toros por la llanura, hasta que con la fatiga dejen de amenazar y doblegados se apacigüen.

    Toda ella es una hermosa, soberbia y fascinante descripción de la fiesta torera mexicana, con un típico y profundo sabor que, desde entonces comienza a imprimirle el criollo, deseoso por plasmar géneros distintos al tipo de fiesta que por entonces domina el panorama. Ese aspecto se determinaba desde luego por lazos de fuerte influencia española que aún se agita en la Nueva España en vías de extinción.

   A la pregunta de qué, o cómo es el criollo, se agrega otra: ¿quién permite el surgimiento de un ente nuevo en paisaje poco propicio a sus ideales?

   Una respuesta la encontramos en el recorrido que pretendo, desde la Contrarreforma hasta el siglo XVII en España concretamente.

   Este movimiento católico de reacción contra la Reforma protestante en el siglo XVI tiene como objeto un reforzamiento espiritual del papado y de la Iglesia de Roma, así como la reconquista de países centroeuropeos como Alemania, Países Bajos, Dinamarca, Suecia, Inglaterra instalados en la iglesia reformada. Pero la Contrarreforma fue a alterar órdenes establecidos. Italia fue afectada en lo poco que le quedaba de energía creadora en la ciencia y la técnica.

   José Ortega y Gasset escribió en la Idea del principio en Leibniz su visión sobre los efectos de aquel movimiento. Dice:

 Donde sí causó daño definitivo la Contrarreforma fue precisamente en el pueblo que la emprendió y dirigió, es decir, en España.

    Pero en el fondo la Contrarreforma al aplicar una rigurosa regimentación de las mentes que no era más que la disciplina al extremo logró que el Concilio de Trento celebrado en Italia de 1545 a 1563 restableciera -entre otras cosas- el Tribunal de la Inquisición. Por coincidencia España sufría una extraña enfermedad.

 Esta enfermedad -dice Ortega- fue la hermetización de nuestro pueblo hacia y frente al resto del mundo, fenómeno que no se refiere especialmente a la religión ni a la teología ni a las ideas, sino a la totalidad de la vida, que tiene, por lo mismo, un origen ajeno por completo a las cuestiones eclesiásticas y que fue la verdadera causa de que perdiésemos nuestro imperio. Yo le llamo “tibetanización” de España. El proceso agudo de esta acontece entre 1600 y 1650. El efecto fue desastroso, fatal. España era el único país que no solo necesitaba Contrarreforma, sino que esta le sobraba. En España no había habido de verdad Renacimiento ni por tanto, subversión. Renacimiento no consiste en imitar a Petrarca, a Ariosto o a Tasso, sino más bien, en serlos.

    El fenómeno es fatal pues mientras las naciones europeas se desarrollan normalmente, la formación de España sufre una crisis temporal. Por tanto esto retardó un poco su etapa adulta, concentrándose hacia adentro en sus progresos y avances. En España lo que va a pasar entonces es una hermetización bastante radical hacia lo exterior, inclusive -y aquí nos fijamos con mayor atención- hacia la periferia de la misma España, es decir, sus colonias y su imperio.

   Coincide la tibetanización española -en la primera mitad del siglo XVII- con el movimiento criollista que comienza a forjarse en Nueva España.

   ¿Serán estas dos tremendas coincidencias: criollismo y tibetanización, puntos que favorezcan el desarrollo de una fiesta caballeresca primero; torera después con singulares características de definición que marcan una separación, mas no el abandono, de la influencia que ejerce el toreo venido de España? Además si a todo esto sumamos el fenómeno que Pedro Romero de Solís se encargó de llamar como el “retorno del tumulto” justo al percibirse los síntomas de cambio generados por la llegada de la casa de Borbón al reinado español desde 1700, pues ello hizo más propicias las condiciones para mostrar rebeldía primero del plebeyo contra el noble y luego de lo que este, desde el caballo ya no podía seguir siendo ante la hazaña de los de a pie, toreando, esquivando a buen saber y entender, hasta depositar el cúmulo de experiencias en la primera tauromaquia de orden mayor: la de José Delgado “Pepe-hillo”.

   Si el criollo encontraba favorecido el terreno en el momento en que los borbones -tras la guerra de sucesión- asumen el trono español, su espíritu se verá constantemente alimentado de cambios que atestiguará entre sorprendido y emocionado. Dos casos: la expulsión de los jesuitas en 1767, compañía que la Contrarreforma estimuló y en la Nueva España se extendió por todos los rincones y provincias. La ilustración, fenómeno que, bloqueado por las autoridades novohispanas y reprobado ferozmente por el santo Oficio sirvió como pauta esencial de formación en el ideal concreto de la emancipación cuyo logro al fin es la independencia, despierta desde 1808.

   Todo esto, probablemente sea parte de los giros con que la tauromaquia en México haya comenzado a dar frutos distintos frente a la española, más propensa a fomentar el tecnicismo, ruta de la que nuestro país no fue ajeno, aunque salpicada -esta- de “invenciones”, expresión riquísima que dominó más de cincuenta años el ambiente festivo nacional durante el siglo pasado.

   Probablemente el comportamiento de la fiesta de toros durante el siglo XIX sea tema de nuevos capítulos. Sin embargo, es mi deseo proponer nuevas interpretaciones, independientemente de todo el estudio que he dedicado en mi tesis de maestría,[1] con la cual obtuve el grado correspondiente por la Universidad Nacional.


[1] José Francisco Coello Ugalde: APORTACIONES HISTÓRICO TAURINAS MEXICANAS Nº 15. “Cuando el curso de la fiesta de toros en México, fue alterado en 1867 por una prohibición. Sentido del espectáculo entre lo histórico, estético y social durante el siglo XIX”. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Filosofía y Letras. División de Estudios de Posgrado. Colegio de Historia, 1996. Tesis que, para obtener el grado de Maestro en Historia (de México) presenta (…). 221 p. Ils., fots.

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 ¡CUIDADO CON LAS OBSESIONES DE LA AUTORREGULACIÓN! CRÓNICA DE LA CORRIDA DEL 29 DE OCTUBRE DE 2000.

A TORO PASADO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   He leído algunas de las crónicas que nos dan el testimonio sobre lo que fue el desarrollo de la corrida inaugural de la temporada 2000-2001 en la plaza de toros “México”. Los apuntes nos dan idea del futuro incierto, del desastre que se avecina en tanto puedan seguir ocurriendo hechos lamentables como el de la tarde del 29 de octubre de 2000. Quiero destacar que también hice acto de presencia, pero tal parece haber ocurrido en medio de una ausencia, en virtud de la larga, infumable y tediosa tarde-noche en que tuvo que desmenuzarse un festejo que, ausente de la trascendencia, no pasará a la historia.

   Me llama la atención el hecho de un persistente afán impulsado por el empresario Rafael Herrerías en seguir imponiendo sus caprichos ante la imposibilidad de autoridades por aplicar un freno a estas obsesiones de autorregulación por encima de la ley, y un paciente “laissez faire” de la afición, conforme con lo presentado.

   Los programas anunciaban dos ejemplares de Manuel Martínez para Andrés Cartagena (rejoneador), quien al enfrentarse a su primero, un utrero indigno que apenas despertó algunas protestas aisladas, presagiaba con el segundo algo peor, por lo que los hilos herrerianos se movieron a toda velocidad, saliendo en quinto lugar otro del mismo talante, ahora de las dehesas de Teófilo Gómez el cual respondió con un juego fatal de toda fatalidad.

   En cuanto al ganado tlaxcalteca de Rancho Seco, teníamos buenas referencias, se publicaron cromos con los que nos dimos cuenta de que se trataba de una corrida con todas las de la ley. Independientemente de su juego “aplomado” en lo general, donde solo el segundo y más aún el sexto evitaron la hecatombe, salvaron el honro apenas con una calificación mínima aprobatoria. En el ruedo parecía otro encierro. Jesús Dávila me confesaba que él tenía que valorar tres distintas versiones, una al llegar el lote de los toros a los corrales de la plaza. Otra, cuando se realiza el sorteo y una más cuando van saliendo uno a uno los seis ejemplares al ruedo.

   En este caso, Salvador Ochoa pasó por el mismo proceso, agregándole una cuarta versión, la de la reseña del encierro en la ganadería, justo en los momentos previos para ser embarcado con rumbo a la plaza. De la primera a la cuarta etapa se deben haber visto notables cambios, pues no solo pierden peso, sino hasta la apariencia en la edad (opinión, la mía, muy subjetiva) pero el hecho es que conforme fue saliendo el encierro al redondel, este ya no aparentaba aquella edad manifiesta a la vista del primer balance, por lo que ya resultaba una sospecha. Eso, habrá de confirmarse con el examen post-mortem.

   Ese mozuelo que es Andrés Cartagena, a pesar de haberse enfrentado a dos indignos ejemplares, dejó un buen sabor de boca, pues ha sido capaz de demostrarnos que también puede estar a la altura del ejercicio puesto en práctica por el navarro Pablo Hermoso de Mendoza. Ambos han remontado el arte del rejoneo a sitios de privilegio, ocupados en su momento por Antonio Cañero, Simao Da Veiga, Álvaro Domecq Joao Moura. De mantener ese tenor habremos de presenciar una permanencia de nuevos esplendores, mientras no se deteriores con lo que la autorreguladora empresa capitalina en rebeldía pretenda seguir imponiendo.

   Cartagena es un perfecto receptor del gusto popular pues se sabe manejar con soltura y desahogo en la escena. Superó con creces la incertidumbre del principio, cuando un encuentro entre ajenos deviene conversación gozosa o silencio desperdiciado. Apostó por lo primero y se encontró con una respuesta popular inmediata, misma que le tributó su admiración y su aplauso. Y no fue para menos. La cuadra de caballos toreros le viene muy bien, a pesar de que con el que abrió plaza tuvo que declararse en medio de una arena polvorosa y viajera con todas sus habilidades, adornándose entre piruetas, cabriolas, toques a la grupa y al estribo. En ambos colocó: un par de banderillas a dos manos, banderillas cortas al relance, una bajo la suerte del “violín”, espectaculares a cual más, ganándose ovaciones entregadas y sinceras de la afición que hizo más de media entrada.

   Fallidos desenlaces no le permitieron más que una salida al tercio en su segundo, luego de recibir dos avisos desde el palco presidencial. Ojalá que en próxima actuación las cosas mejoren en todos sentidos, deseando por nuestra cuenta que lo haga con ganado más digno de su prestancia.

   De Federico Pizarro y Jorge Mora no puedo apuntar sino una intrascendencia y un desagradable panorama de virtudes que se quedaron apagadas. No más.

   Juan Bautista, aunque francés de origen, tiene metida en la entraña sangre torera que lo eleva pues posee maneras, escuela e idea de lo que es el ejercicio de la tauromaquia. Confieso haberlo visto solo en el de la confirmación y no puedo decir otra cosa que no sea que hay escuela. En el del cierre del largo, muy largo festejo, cuando un buen sector de los asistentes iniciamos el éxodo en plena noche, y quienes decidieron quedarse, disfrutaron de sus virtudes a la luz de las lámparas, convenciendo, no de manera absoluta, que eso ya será en otra ocasión. Pudo alzarse con un triunfo traducido por lo menos en una oreja, pero la espada fue traidora, quedando reducida esa hazaña al tributo de la ovación popular.[1]

 POST SCRIPTUM

    En sesión ordinaria de la Comisión Taurina del Gobierno del Distrito Federal, efectuada el 31 de octubre de 2000, he podido enterarme de los resultados del examen post mortem, cuyo balance es, de suyo, desalentador.

 BEBETO (Manolo Martínez) 4/2 ¿?

JABATO (Rancho Seco) 2/10

APOSTADOR (Rancho Seco) 4/3

CARTUJO (Rancho Seco) 3/7

BETO (Teófilo Gómez) 2/10

TROVADOR (Rancho Seco) 3/10

HORTELANO (Rancho Seco) 3/10

CAPELLÁN (Rancho Seco) 3/10

    Es decir, que, a excepción –dudosa- del de Manuel Martínez, ninguno de los toros jugados en la primera corrida de la temporada cumplió cabalmente con lo indicado en el reglamento taurino vigente, en cuyo

 ARTÍCULO 36. Las reses que se lidien en corridas de toros deberán reunir los requisitos siguientes:

 I          Proceder de ganaderías de cartel o de aquellas que deseen adquirirlo;

II         Haber cumplido cuatro años de edad, no pasar de seis y estar inscritas en el Registro Obligatorio de Edades de los Astados;

III       Pesar como mínimo cuatrocientos cincuenta kilos en pie a su llegada a la plaza, si ésta es de primera categoría, o cuatrocientos kilos en pie a su llegada a la plaza, tratándose de plazas de segunda y tercera categorías;

IV       Presentar las condiciones de trapío indispensables en el toro de lidia;

V         Tener sus astas íntegras y reunir las condiciones de sanidad necesarias para ser lidiadas, y

VI       No ostentar defectos de encornadura que les resten peligro o trapío.

    Todos estos requisitos deberán ser comprobados a la luz del día por los médicos veterinarios, el Juez de Plaza y el Inspector Autoridad.

   La fracción II ha sido absurdamente violentada. Tenemos perfecta idea de lo que tendrá que ocurrir en lo sucesivo, a pesar de que en carta enviada por parte de la Delegación “Benito Juárez” se ha pedido un sospechoso “sigilo” que nos limita a convertirnos en cómplices de tan descarada actitud, por parte del ganadero que, amparándose en el registro obligatorio de edades, pero sobre todo en aquel testimonio que, bajo protesta de decir verdad, argumentan presentar un ganado digno para la plaza más importante del país. No ha sido el caso, pero tampoco pueden permitirse más abusos de quienes se sintieron ofendidos en su momento y hasta retiraron -como medida de protesta- el medio de seguir ofreciendo festejos, faltándoles a estos su principal materia prima: el toro.

   Ya vemos, no solo se ofendieron, sino que siguen violentando y burlando su propia palabra: la de cumplir cabalmente con algo con lo que precisamente no pueden cumplir. Solo espero que se nos permita desahogar las pruebas pertinentes para aplicar y sancionar debidamente a quienes atentan contra el espectáculo de ese modo tan desagradable y mezquino.

BRAVÍO

Lo único que pedimos los aficionados es que salga al ruedo un toro con la presencia que se encuentra representada en un ejemplar como el de la imagen. Desde luego que se trata de un toro idealizado, pero que es posible encontrarlo en la medida en que las partes logren o pretendan cumplir con sus propósitos. De otra forma, será imposible, y asimismo continuarán consumándose los fraudes a la vista de aficionados y autoridades.


[1] Notas elaboradas por el autor el 3 de noviembre de 2000.

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