EDITORIAL.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Conforme avanza este 2014, se percibe con esperanza el hecho de que diversas ferias en otros tantos puntos del país se ponen en marcha. En su organización están incluidas, no podía ser la excepción, los festejos taurinos. En otros casos, como ocurre con el anuncio de la que será la nueva versión de la feria de Aguascalientes 2014, los aficionados ya se “relamen los bigotes” por presenciar esta o aquella tarde. Un fenómeno que se vivió por estos días fue el de la venta de boletos para la reaparición de José Tomás, y la despedida de Fernando Ochoa en la plaza de Juriquilla, Querétaro. En cosa de dos horas, se agotaron los boletos de aquella pequeña plaza provinciana, en donde para el 3 de mayo se consumará tal acontecimiento.

   Por tanto, estos síntomas dejan ver un estado si no de prosperidad absoluta, sí al menos de que tales ejemplos son indicativo de que, en medio de la crisis, la fiesta de toros en México se recupera en cuanto a actividad. Esperaríamos que los resultados se convirtieran en espejo de esa realidad para contar con la certeza de que las cosas se vienen haciendo bien… ¡ay!, hasta que salgan por “Toriles”… ¿qué se imaginan ustedes?

   Sin embargo, es de extrañar el hecho de que al ritmo en que se organizan este o aquel festejo, la feria o la temporada, el socavón de impulso a la cultura sigue creciendo. En ese sentido, la cultura taurina vuelve a ser marginada. Revisando los programas, no hay eventos de ninguna índole lo que en estos tiempos debería hacerse notar ad nauseam. Lamento que a los empresarios les pase de noche un tema sensible, necesario, indispensable, prioritario también, y que tendría que convertirse en una figura protagónica, obligatoria, organizada eso sí, por autoridades o conocedores de la cultura taurina, procurando con ello reconocer a los diversos hacedores que realizan un trabajo sensible y evitar con ello la presencia de improvisados o refritos. Es justo que también se genere poder de convocatoria y se realicen dichas actividades en espacios adecuados y no cualquier rincón a donde van a acudir, así lo digo “cuatro gatos”.

   La cultura taurina en estos momentos merece una elevación de importancia, pero el medio es muy poco dado a esos detalles. Prefieren que la “fiesta” transcurra, y al final hacer el balance de las pérdidas o las ganancias. Sin embargo, olvidan que hay un público al cual se deben, y muchas veces, esa afición en potencia, en la cual pueden estar muchos jóvenes, necesita información de primera mano para documentarse, para conocer y con ello evitar los extravíos que se producen por falta ya no digo de un amplio conocimiento, sino del mínimo indispensable para comenzar a adentrase en los misterios de este espectáculo secular, al menos en México; milenario en España, por ejemplo.

   La cultura taurina en México es en la actualidad un espacio marginal y desolador. Si no se estimula la producción, la obra, la creación de diversos artistas y exponentes ligados a la tauromaquia, estamos condenados a seguir viviendo de ejemplos que ya están lo suficientemente desgastados. ¡Cuánto olvido! Es necesaria una renovación, y no dudo que al convocarse actividades de tal índole, aparezcan esos creadores que, por nuevos en este medio, sorprendan con sus capacidades e inspiración en trabajos de alta valía.

   Me parece que también los ayuntamientos, las autoridades de aquellos sitios donde se celebran corridas de toros tendrían que involucrarse, pero no para curarse en salud, sino como una obligación institucional. Y qué decir de las Universidades y otras instancias académicas. Esto sería el elemento culminante con el cual se tendría la certeza de que al apoyar o impulsar la cultura taurina alcanzarían sus propósitos, los de incluir entre sus actividades, temas que, como el taurino también goza de componentes universales dignos de ser divulgados desde esa atalaya.

   Considero, como activista por y para la cultura taurina que esos temas son un auténtico misterio o tema “tabú” para quienes sólo se dedican a organizar festejos, ferias o temporadas taurinas en este país. Rara vez suceden, pero deberían ser una constante y hasta una obligación. Insisto, tampoco pueden improvisar y “sacarse de la manga” exposiciones montadas al vapor y sin calidad artística alguna, ni tampoco de dejar en el abandono a los artistas quienes muchas veces se las tienen que arreglar para resolver el problema de este o aquel evento, lo cual es un común denominador en este y otros ámbitos. Si desprecian la cultura, dejen que otros, con conocimiento de causa organicen ese segmento obligatorio, y ya verán cómo tendrán que suceder cosas y cambios importantes. Sin embargo, también se necesita categoría, sentido común y apoyo logístico para que ello suceda. De otra forma cualquier actividad sin esos elementos pierde todo su valor y su objetivo.

   Hoy día, con el quehacer que diversas personas han hecho suyo -en distintas partes del país- en torno a la búsqueda de que la tauromaquia sea declarada Patrimonio Cultural Inmaterial (PCI, por sus siglas), requiere que intervenga también este otro elemento, absolutamente indispensable, con el cual se pueda demostrar el grado de importancia que posee la tauromaquia, no sólo en el espacio urbano. También en el rural o la fusión de ambos. Se percibe que entender la fiesta taurina en Michoacán, o en Tlaxcala; incluso en Yucatán nos llevan a entender que se trata de una misma cosa; pero que su interpretación posee elementos que la hace diferente en cada uno de los estados que se citaron, o en el resto del país. de ese modo, contamos con una Tauromaquia expresada desde diversas puestas en escena. Por lo tanto, es lícito pensar que para entenderlas, se necesita un fundamento que las decodifique hasta desvelar su auténtica esencia. Ese es un trabajo que, con toda seguridad están haciendo infinidad de personas que se han comprometido con la cultura en sus distintas manifestaciones y gracias a ellos sería posible reconocerla en toda su dimensión.

   Autoridades, empresarios: allí tienen una tarea que resolver.

 4 de abril de 2014.

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