SOBRE RODOLFO GAONA, A LOS 89 AÑOS DE SU DESPEDIDA. (7ª ENTREGA).

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Según el cartel de la despedida de Rodolfo Gaona, la tarde del 12 de abril de 1925, el total de corridas toreadas por el leonés, desde su alternativa en Tetuán (Madrid), el 31 de mayo de 1908 y la célebre tarde abrileña, suman 806 festejos, con un total de 1807 toros estoqueados. La sustancia de cada temporada se revela en la estadística que fue incluida en la misma “tira”:

DETALLES DEL CARTEL_12.04.1925

Como puede observarse, no fueron temporadas caudalosas las suyas, sino medidas, equilibradas con lo cual mantuvo la constante, como no fue el caso de “Joselito” que en alguna temporada suya, la de 1918, donde tenía contratadas más de 100 corridas, sólo compareció en 80 de ellas. Sin embargo, eran los tiempos en que la declaración de guerra sostenida y enfrentada por José Gómez Ortega, Juan Belmonte y Rodolfo Gaona por aquellos años, antes de la muerte de “Joselito” se convirtió en un acontecimiento inigualable.

   En el mismo cartel, aparecen los nombres de 20 toros célebres con los que obtuvo faenas de consagración. Dichos toros se llamaron: Bordador, Sangre Azul, Curtidor, Herrero, Carbonero, Pincha sapos, Chalupero, Pirinolo, Revenido I, Revenido II, Quitasol, Cocinero, Beato, Faisán, Brillantino, Turronero, Pavo, Jorobado, Azote y Hortelano. Destaca el documento que “En Sevilla, el 21 de abril de 1912 toreó un toro de Gregorio Campos y esa faena quedó esperando quien la borre”. Y algo más: En México, la faena de “Revenido 1°”, de Piedras Negras, el 17 de febrero de 1924 mereció perpetuarse en bronce.

   ¿En qué consistió el papel protagónico del leonés para que en su época, y la nuestra también, fuera y siga siendo referente, paradigma del toreo?

   Rodolfo, en primera instancia fue forjado con toda la esencia de la generación anterior, la de “Lagartijo” y “Frascuelo”, gracias al importante puente que permitió el enlace entre aquel pasado emblemático y un presente de cuyos crisoles salía esa figura que aprendió y aprehendió todos los elementos que se conjugaban a partir de la herencia de Rafael Molina y Salvador Sánchez. Ese importante vínculo fue Saturnino Frutos “Ojitos”. El viejo banderillero de “Frascuelo” se unió a la cuadrilla de Ponciano Díaz, cuando el “torero con bigotes” obtuvo la alternativa en Madrid, el 17 de octubre de 1889. Así que para 1890 ya estaba en México, lo que seguramente sirvió para darse cuenta del caldo de cultivo en que se encontraba la tauromaquia, cuya transición estaba produciendo cambios radicales, de aquella expresión aborigen, para pasar y alcanzar aquella otra que se materializaba en el toreo de a pie, a la usanza española y en versión moderna.

   Al comenzar el siglo XX, “Ojitos” en una urgente itinerancia, buscaba y buscaba no solo el sitio, sino los potenciales alumnos para enseñanzas que, como las suyas ya se desbordaban, por lo que ese caudal vino a derramarse en León de los Aldamas. De esa experiencia, el primer gran paso fue la integración de la “Cuadrilla Juvenil Mexicana” de la que Gaona fue su primer espada. Pero las enseñanzas de Saturnino se convirtieron con el tiempo en rigor, en saña dictatorial, comportamiento ante el cual no hubo más remedio que el de una forzada separación entre el maestro y el discípulo. Sin embargo, “lo que bien se aprende, nunca se olvida…”, de ahí que Rodolfo Gaona, convertido en toda una figura del toreo, se encargara de proyectar todas aquellas experiencias al punto de que su toreo alcanzó las cimas de una expresión no sólo técnica. También estética, ingrediente indispensable en otro momento de transición, donde el toreo bélico de aquellos primeros años del XX, comenzó a aderezarse de elementos estéticos que fueron equilibrando las faenas en todas sus partes, de ahí que lo que más resalta en Gaona es precisamente su rotundidad en cuanto a la sublimación del toreo en términos de lo artístico, sin ignorar que existía una parte estructural indispensable en toda faena, y eso quedaba resuelto, lo sabía muy bien, gracias al poder y al mando. Su toque o aportación en términos de la impronta gaonista, fue la mejor de las ganancias para encauzar el toreo por senderos más apropiados. La suya no fue obra exclusiva. Tuvo que ser necesaria la comparecencia de otros tantos diestros con los que concretó las aspiraciones con que el toreo entraba en su etapa más moderna, más eficaz, con lo que se distanciaban lentamente de aquellos viejos procedimientos que practicaron verdaderos guerreros del toreo.

   Esa en buena medida, es la grandeza de Rodolfo Gaona, la cual llevó al extremo de lo paradigmático. Viejas fotografías apenas nos dan una idea de la dimensión de su toreo. El cine, en ese sentido nos ayuda muy poco, o casi nada, aunque también permite formarnos cierto panorama. Son las crónicas de algunas de las más importantes plumas de aquel entonces el complemento con el que podemos admirar el caso de un auténtico fenómeno del toreo. Recuerdo una declaración de David Liceaga, gran torero que formó parte de la “edad de oro del toreo mexicano” el cual decía: “Todos los toreros queríamos ser como Rodolfo Gaona, lo convertimos en modelo a seguir”. Ese patrón de comportamiento se convirtió en referente de entonces y hasta nuestros días, con la salvedad de que junto a Gaona aparecen también Fermín Espinosa y “Manolo” Martínez, cada uno en su espacio y en su tiempo.

   Me parece importante documentar la presente entrega con una serie de testimonios que dan cuenta de alguna de las tardes asombrosas en las que Rodolfo Gaona alcanzó la cumbre del toreo, y con ello, a partir concretamente de la crónica escrita por Rafael Solana “Verduguillo” entendamos de qué escala estamos hablando. Tal referencia proviene de El Universal Taurino, en su T. II, N° 64, fechado el lunes 1° de enero de 1923. ¡Que la disfruten!

GAONA TOREANDO A LA VERÓNICA.

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 CONTINUARÁ.

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