UN CARTEL, CURIOSO ÉL; NOS REMONTA COMO VEO, A 1843 Y SU TOREO.

ANECDOTARIO TAURINO MEXICANO.

 UN CARTEL, CURIOSO ÉL; NOS REMONTA COMO VEO, A 1843 Y SU TOREO.

EL EXMO. AYUNTAMIENTO ORGANIZA UNA CORRIDA DE TOROS EN 1843, PARA CELEBRAR “SU FELIZ RESTITUCIÓN”.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Desde la creación del Ayuntamiento en la ciudad de México, esta institución dirigió sus propósitos al bien de la comunidad, afectada por una carga problemática y significativa. Fue así como el papel del Ayuntamiento giró en torno a los intereses económicos, y al uso que desde las diversiones públicas se hacía de ellos con fines políticos. La existencia del Ayuntamiento en la Ciudad de México fue de 1524 a 1928. Los primeros datos registrados se refieren a la traza de la ciudad y concesión de solares; posteriormente fue transformándose en un organismo de gobierno primordial para la ciudad, inmiscuyéndose en todos los asuntos posibles. Después vivió en un permanente salvamento de documentos que vivieron la angustia y la amenaza de desaparecer en medio de diversos atentados, hasta que ocurrió el famoso motín de mayo de 1692, en el que Carlos de Sigüenza y Góngora se convierte en el héroe que los recupera en medio del fuego y terminan siendo sometidos a riguroso registro y organización temática.

   Las diversiones públicas eran controladas por el gobierno, en el caso de la Ciudad de México, por el Ayuntamiento. Las prohibiciones en este ramo tienen muchas vertientes, una de ellas se refiere al temor que significaba para las autoridades el que la gente se divirtiera en lugares cerrados, lo privado no se puede controlar como lo público y no sólo en lo que a moral se refiere, también el pago de la licencia era primordial para las autoridades y en muchos sentidos lo que más le interesaba de las diversiones, aunque siempre cubierto con el velo de las buenas costumbres.

   Por eso, las diversiones públicas en el siglo antepasado tuvieron una rigurosa vigilancia del estado a través del Ayuntamiento de la Ciudad de México. No sólo se trataba de un control del espectáculo público por cuestiones morales y de seguridad, circunstancias de orden económico que impulsaban a la autoridad a pelear su inspección pues las ganancias para la institución por dispensar licencias eran jugosas. También procuraba intervenir en la parte de los beneficios económicos derivados de tales celebraciones, los cuales pudieron aplicarse fundamentalmente en la obra pública, e incluso para el apoyo de instituciones de beneficencia.

   En muchas ocasiones, hubo un permanente nexo entre las autoridades y los contratistas, y más tarde empresarios que organizaban importantes temporadas de toros, por lo cual previo acuerdo, se destinaba un porcentaje a obras públicas que si llegaron a utilizarse o tuvieron un buen fin, eso ya no me consta.

   Lo que es un hecho es lo que voy a contarles enseguida: una verdadera gema de la curiosidad. Resulta que en 1843 restituidas las funciones asignadas a los Señores Capitulares dentro del Exmo. Ayuntamiento, este no quiso dejar pasar el acontecimiento y organizó una corrida de toros, el domingo 19 de marzo en la plaza principal de toros de San Pablo. Recuperan su presencia como autoridad luego de haber padecido un escándalo en el teatro Nuevo México. El 7 de febrero de 1843 se presentó una función a beneficio (costumbre por la cual el empresario del teatro cedía parte de las ganancias de una noche al actor elegido) de la afamada actriz española María Cañete, quien posteriormente perdería el favor del público mexicano por haber accedido a presentarse ante ante los invasores norteamericanos, hecho que le costó inclusive el destierro voluntario temporal.

   El citado día se presentó la obra El Vizconde de Letorienes; María Cañete protagonizó el papel de una joven de 19 años, el asentista (nombre que recibía los empresarios de los espectáculos) del teatro era Manuel de la Barrera, a la sazón empresario o asentista también de la Real Plaza de toros de San Pablo. En el momento climático de la representación y cuando la gente aplaudía a rabiar se escuchó un ¡fuera! dirigido indudablemente a la actriz, María Cañete se turbó e intentó retirarse pero ante la ovación de sus seguidores olvidó el altercado y siguió agradeciendo. Unos cuantos días después, el 10 de febrero en una nueva función, entre los vítores se escuchó por segunda vez el ¡fuera! aderezado con un ¡muera la Cañete! Ante esta descortesía la dama respondió disculpándose por la interrupción a la que se había visto obligada noches anteriores, pensando que los gritos a eso se debían, pero los insultos continuaron hasta que se hizo necesaria la presencia de la autoridad. El regidor Salvador del Conde llamó a los disipadores del orden para que hablaran con él, pero solo le respondieron “que nada tenían que ver con el que presidía, ni éste era autoridad alguna respecto de ellos, pues que son militares”.

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Este es el cartel más cercano que he podido localizar con relación a la fecha aquí tratada. Tampoco se encuentra mencionado en la tira el nombre de la famosa actriz, la “Cañete”.

Sonia Pérez Toledo (Coordinadora): Gran Baile de Pulgas en Traje de Carácter: Las Diversiones Públicas en la Ciudad de México del Siglo XIX.México, Archivo Histórico del Distrito Federal, Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa, S y G Editores, S.A. de C.V., 1999. 122 p. Ils., fots., facs., p. 99.

    Esta respuesta desataría graves consecuencias, por un lado los militares reafirmaban su fuero y la prepotencia que le conferían sus grados en un momento en que la clase castrense se veía favorecida por los repetidos tiempos de guerra, y por otra parte, el Ayuntamiento se vería envuelto en una serie, a su juicio, de injusticias que lo obligarían a disolverse unos cuantos días después de lo narrado.

   En medio de un conflicto que no se resolvía, tuvieron que esperar al retorno del presidente provisional Antonio López de Santa Anna, quien mandó que el Ayuntamiento volviera a sesionar prometiéndole hacerle justicia.

   Los regidores recuperan sus derechos y Santa Anna se encargó de destituir al gobernador Luis Gonzaga Vieyra, además castigó a los militares que iniciaron el problema “después de haber probado que todo había sido obra del general Gabriel Valencia que se disgustó por no haber conseguido á ningún precio un palco para el beneficio celebérrimo”

   El problema iniciado por un despechado aficionado que mandó a los oficiales a causar desórdenes en el teatro, tuvo un final feliz para el Ayuntamiento de la Ciudad de México que fue agasajado para celebrar su reunión con una opereta pastoril titulada “Por la virtud y candor se logra gracia y honor”. Además -no podía faltar- se efectuó una función de toros también en su honor cuyo cartel habla por sí mismo:

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Cartel. Plaza de Toros. 19 de marzo de 1843. Archivo Histórico del Distrito Federal, Diversiones Públicas, Tomo 3, Núm. inventario 798, expedientes 110 al 203, 1843-1850.

    Como ustedes pueden apreciar, hay una fuerte carga de elementos políticos que superan en importancia a las propias “compañías de toreros” quienes intervinieron para deleite, no solo del público asistente, también de las venerables autoridades quienes se autocelebraban y autoelogiaban sin ningún empacho. Pero el mayor interés en esos momentos era divertirse, no en andarse fijando si el Señor Capitular por aquí, o que si el Señor Capitular por allá…

   Pero haciendo a un lado el carácter político con el que se realiza la función, veamos quienes se sumaron al acontecimiento. Allí está la compañía que efectuó el “Gran paseo de Mecos, conduciendo a la América en triunfo…” alegoría ésta de regular tamaño que llevada en andas por los diablos de la función adquiría una connotación muy especial, pues al llevar una bandera blanca con las armas nacionales y lanzar al unísono un viva al Exmo. Ayuntamiento, aquello debe haber sido espectacular. ¿Qué representaba el conjunto aquel? Lo mismo pudieron ser angelitos que soldados, o una procesión de figuras mitológicas. Pero no, fueron los “mecos” alegoría “a lo faceto” que enriqueció el fulgor de espíritu libertario en que puede pensarse que a la América se la llevó -literalmente- el diablo. Pero la América llevada en hombros por los demonios se adjudicaba el placer de que quien la cargara no representaba fracaso; al contrario, el propósito era triunfar, y si el triunfo se acompañaba de las armas nacionales, tanto mejor.

   Acompañado el conjunto aquel bajo los acordes de una marcha militar adquiría proporciones de una gran ceremonia, misma que concluía al colocar la América en el centro del ruedo como seña de la consumación, aquí sí, de los probables malos augurios que todavía se daban al pensar el destino de este fuerte continente con señales continuas de libertad.

   Cuando el ambiente estaba exaltado, salió de inmediato un “toro embolado” costumbre que se remonta al siglo XVIII. Y a ese toro se enfrentaron los mecos que demostraron su barbarie, imagen al fin del infierno, colocando saetas con flechas en lugar de banderillas, para darle muerte -imagínense- con una macana de fuego. El cuadro, arrebatador que ha de ver sido aquello se acerca más a la edad de piedra que a la civilizada que ya viven en ese 1843. Pero, independientemente de los prejuicios debo anotar que la espontaneidad o naturalidad con que se daban aquellos festejos, en momentos de intensa búsqueda del ser, deben haber sido notables por las mil y un expresiones al interior del toreo, que con eso daba a notar su posición, relajada, si se quiere, pero posición liberada al fin y al cabo.

   Se eligieron para tal ocasión “seis toros de la acreditada raza de Atenco”, hacienda de importante hegemonía por aquellas épocas, puesto que era una de las pocas capaces en surtir de ganado en forma constante y segura. Ya lo vemos en este par de cartas que, mutuamente se envían D. José Juan Cervantes y D. Francisco Javier de Heras, empresario que fue de la de San Pablo hacia 1846, ya que ni en 1847 y 1848 hubo toros, debido a los efectos causados por la invasión norteamericana a la capital del país:

 Sr. D. Francisco J. de Heras

Casa de U. Nov. 30 de 1848

Mi apreciable amigo

   Estimaré a U. tenga la bondad de decirme al Juez de esta 1º Si en las varias épocas que ha tenido U. negociación de Toros, es cierto que me ha comprado para las corridas ganado de la hacda de Atenco pagándome desde 29 hasta 407 cabezas. 2º Si así lo ha verificado no solo en corto número sino comprándome partidas hasta de 200 toros. 3º Si esta se (tran) sin dificultad a los potreros q. U. ha tenido en las inmediaciones de México y se conserban en ellas del mismo modo interin no se necesitan p.a las corridas. 4º Si por esto y por el conocimiento que las expresadas compras le han dado del ganado creo que sea de fácil realisación.

   Agradeceré a U. se sirva manifestarme sobre cada una de las anteriores preguntas mandando la que guste a su afmo. am.o q. B.S.M.

José Juan Cervantes.

 Sor. Dn José Juan Cerbantes.

Casa de U. y Dic. 1º/1848

   Muy Sr. mío y apreciado amigo: en contestación a la que antecede debo decirle: que no solo lo gasté en la plaza de toros de mi propiedad en Necatitlán, sino también en la de San Pablo pagándole a U. pr. cada cabeza hasta el precio de 45 p.s En cuanto a la 2ª hemos contratado todo el ganado del cercado de Atengo que he necesitado para mis corridas, y espero de su amistad que me facilitare muy pronto cuanto necesite. En cuanto a la 3ª es cierta en todas sus partes. Respecto de la 4ª no solo tiene estimación preferente a otro ganado. p.a la lid, sino aun p.a el tajón por el incomparable sabor de su carne.

Queda de U. afmo. y Atto S.

Q.S.M.B.

Francisco Javier de Heras (Rúbrica).

 Biblioteca Nacional, Fondo Reservado: Condes Santiago de Calimaya [B.N./F.R./C.S.C.] CAJA Nº. 35, exp.106s/n (f. 12v. y 13).

   En seguida salió la compañía de toreros que también, independientemente de sus suertes convencionales, se encargó del “salto sobre un toro”, “poner un par de banderillas parado sobre un barril”, “matar sentado en una silla”, suerte ejecutada por un tal Clavería y una suerte excepcional en sí misma. Veamos de que se trata:

   “Poner con las manos un par de flores, para quitarlas con los pies” fue una más de las suertes ejecutadas la tarde del domingo 19 de marzo de 1843. La verdad, muy complicado el asunto pues siendo la suerte “de la rosa”, terminó con un pasaje similar a “la mamola”, nada más que la suerte referida se efectuaba “a porta de gayola”, soportando en las plantas de los pies una olla normalmente llena de ceniza o de yeso, lo cual ocasionaba que el encuentro inmediato del toro que salía al ruedo era de suyo “explosivo”.

   Abundando sobre las suertes de “la rosa” y “la mamola”, Roque Solares Tacubac nos dice: 

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La suerte de la “rosa”. En: Revista de Revistas. El semanario nacional, año XXVII, Nº 1439, 19 de diciembre de 1937.

 SUERTE DE LA ROSA.-Entre las “suertes de cuarteos” (“recortes”) empleadas como lances para obtener aplausos, no como “remates” de lances aniquilando al toro, los toreros hispanos hacían uno denominado “a cuerpo escotero”, o sea sin llevar el capote. Tomaban la montera en la mano derecha y hacían el “recorte”. En el “centro de la suerte”, teniendo el toro doblado el pescuezo, intentando cornar, el torero ponía la montera sobre el testuz y la descendía a la frente y al hocico. En este remate siempre estaba de frente, viendo al toro. Los mexicanos modificaron el lance, dándole mayor vistosidad y peligro.

   A la modificación nombraron “suerte de la rosa”. Reemplazaron la montera por una rosa ficticia, hecha con papel. En el centro había un arponcillo, de menor tamaño que el de las banderillas, clavado en un palito de ocho centímetros y adecuado para que lo empuñase el torero. El comienzo de la “suerte” era igual al de la hispana, pero en “centro” de la misma, en el toreo a la mexicana, el diestro, haciendo media vuelta, daba la espalda al toro, a la vez que clavaba la rosa sobre el testuz. Ví en varias veces practicar esta suerte al banderillero potosino Inés Hernández alias “El Cuate”.

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La suerte de “La Mamola”, vieja estampa de una práctica común en las plazas de toros. En: Revista de Revistas. El semanario nacional, año XXVII, Nº 1439, 19 de diciembre de 1937.

    De la suerte de “hacer la mamola” apunta: Es “suerte” muy antigua. Tiene gracia y encierra peligro. Es necesario un toro “limpio”, no un marrajo ya toreado que sepa tirar cornadas. Si se “queda” el percance es seguro y casi siempre grave. Para hacer la “mamola”, el torero, antes de que abran el toril, se acuesta de espaldas al suelo frente a la puerta, a una distancia adecuada para ser visto por el toro en los momentos en que salga al ruedo. Levanta verticalmente las piernas, para sostener entre los pies una olla -”piñata”- llena con ceniza o yeso. En esa postura espera la embestida. El toro rompe con el testuz el cacharro y la ceniza o yeso le baña la frente, ojos y hocico, y queda igual que si lo hubieran enmascarado. El torero es volteado hacia atrás por el topetazo, y da una machincuepa. Esa es la suerte de “hacer la mamola”.

   Tampoco podemos olvidar al Exmo. Ayuntamiento que ocupó un vistosísimo palco adornado regiamente, todo lo cual dejó huella de la magna celebración. En cuanto a quienes formaron el cartel, no podemos dejar de pensar en los hermanos Ávila: Luis, Sóstenes y José María, toreros que se encuentran en activo desde 1808 aproximadamente, pero que se mantendrán, por lo que a noticias se refiere, hasta 1857. El diestro español Bernardo Gaviño, por aquel entonces anda muy activo en la Puebla de los Ángeles, como lo revela el siguiente dato:

 1842

 PLAZA PRINCIPAL DE TOROS DE SAN PABLO, D.F. (El Siglo XIX, No. 171, del domingo 27 de marzo de 1842).

Para esta tarde: Función a beneficio de la Cía de Gladiadores (la cuadrilla de Bernardo Gaviño). Habiendo sido contratada esta compañía para dar 14 funciones en la ciudad de Puebla, ha dispuesto para esta tarde su última corrida en esta capital, dedicada al público mexicano. Los toros que se han de lidiar son escogidos a toda prueba. Se ejecutarán varios lances, difíciles y peligrosos; los coleadores darán más realce a la función, ejercitando su destreza con dos toros que se tienen separados para el efecto. Un toro luchará con los perros que se le echen; y ocho figurones montados en burro y a pie, picarán, banderillearán y matarán otro toro.

 1843

 PLAZA DE TOROS PRINCIPAL DE PUEBLA, PUE. Bernardo Gaviño funge como empresario de la misma, comprometiéndose a cumplir un contrato de seis meses, a partir de noviembre de dicho año, tiempo en el que, seguramente actuó durante varias tardes.

    Pero el conjunto de toreros mexicanos, como el ya conocido Clavería, probablemente Andrés Chávez, y las mojigangas comunes en aquellas épocas, daban sustento al espectáculo que adquiría fuerza y relevancia, preparándose todavía para los tiempos en que, al estreno de una nueva plaza, la del Paseo Nuevo en 1851, la tauromaquia mexicana alcanzaría lo mejor de su expresión, sin duda, también apoyada y fomentada por el Ayuntamiento, institución encargada de las autorizaciones, pues “el pago de la licencia era primordial para las autoridades y en muchos sentidos lo que más le interesaba de las diversiones, aunque siempre cubierto con el velo de las buenas costumbres”.

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