PONCIANO DÍAZ SALINAS: “MITAD CHARRO Y MITAD TORERO”.

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 PONCIANO DÍAZ SALINAS: “MITAD CHARRO Y MITAD TORERO” (CONFERENCIA)[1]

HOMENAJE A LOS 115 AÑOS DE SU MUERTE. (1899-2014).

    Hoy, en representación de mi país que es México, vengo a platicarles de un torero que vino a torear a estas mismas tierras, allá por 1889 e incluso, recibió la alternativa de matador de toros en la desaparecida plaza de la Carretera de Aragón, el 17 de octubre de aquel año, nada menos que de Salvador Sánchez “Frascuelo” y como testigo, Rafael Guerra “Guerrita”, quienes lidiaron toros de Veragua y Orozco.

   Me refiero a Ponciano Díaz Salinas, nacido en la hacienda de Atenco, la más antigua de todas las ganaderías de mi país, y que incluso, hoy día persiste, reducida a su mínima extensión (solo cuenta con 93 hectáreas), pero que durante 472 años cabales, ha mantenido su papel protagónico, luego de que el conquistador Hernán Cortés concediera en encomienda a su primo, el Lic. Juan Gutiérrez Altamirano amplias extensiones del Valle de Toluca para desarrollar en dicho sitio las primeras aventuras en la cría de ganado vacuno, junto a la actividad agrícola, que se mantuvo y se mantiene hasta nuestros días.

Ponciano Díaz Salinas: a cien años de su muerte y una estela de recuerdos.

 Ponciano Díaz fue el único torero mexicano que, en los últimos años del diecinueve, consiguió contraponer la popularidad de los españoles. Muy pronto se convirtió en ídolo.

 Daniel Cosío Villegas, Historia Moderna de México. El Porfiriato.

    Este 15 de abril de 1999 (como hoy, 15 de abril de 2014) recordamos en justo homenaje, el centenario de la muerte del torero mexicano Ponciano Díaz Salinas, “el torero con bigotes”, el diestro de Atenco, presentándoles un perfil de su personalidad.

   Ponciano Díaz Salinas nació el 19 de noviembre de 1856 en la famosa hacienda de Atenco. Hijo de Guadalupe Albino Díaz González “El Caudillo” y de María de Jesús Salinas. Pronto se dedicó a las tareas campiranas propias de su edad. Se sabe que el 1º de enero de 1877 viste por primera vez el terno de luces en Santiago Tianguistenco. Sus maestros en el arte propiamente dicho son su padre, el diestro español Bernardo Gaviño, Tomás Hernández “El Brujo” y José María Hernández “El Toluqueño”.

   Es importante destacar sus habilidades como charro, fue diestro con la reata y como jinete, a tal punto que se hizo “caballerango”, el hombre de todas las confianzas del señor Rafael Barbabosa Arzate, propietario de Atenco y más tarde de sus hijos. Esto es, gozaba de un conocimiento notable sobre toros y caballos, así como de las labores del campo. Muchas de sus habilidades las puso en práctica en cuanta plaza se presentó, para beneplácito y admiración de todos.

   Imprescindible en los carteles, se le contrató para estrenar la plaza de “El Huisachal” el 1º de mayo de 1881. Toreó por todos los rincones del país y también en el extranjero pues en diciembre de 1884 actuó en Nueva Orleans y entre julio y octubre de 1889 lo encontramos en Madrid, Puerto de Santa María y Sevilla. Precisamente en Madrid, el 17 de octubre recibió la alternativa de matador de toros siendo su padrino Salvador Sánchez “Frascuelo” y el testigo Rafael Guerra “Guerrita” con toros del Duque de Veragua y de Orozco. En Portugal se presentó en Porto y Villafranca de Xira. En diciembre del mismo año toreó en la plaza “Carlos III” de la Habana, Cuba.

   Ponciano Díaz al viajar a España trasladó las formas del toreo que fueron comunes en México y resultaron novedades por allá. Mientras tanto, el público de la Ciudad de México fue aleccionado por la prensa, proporcionándole ésta, los principios básicos de la tauromaquia a través de publicaciones como “La Muleta” o “La verdad del toreo”; la primera de ellas fue antiponcianista declarada, pero influyó en el nuevo criterio de la afición que se estaba formando.

   Entre México y otros países, el torero de Atenco, sumó durante su etapa de vigencia y permanencia 713 actuaciones, registradas y comprobadas luego de exhaustivas revisiones hemerográficas y otras fuentes de consulta; aunque esa cifra es muy probable que aumente como resultado de que muchos periódicos de la época  desaparecieron o simplemente no dejaron testimonio de su paso por lugares diversos de la provincia mexicana.

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Tarjeta de visita, retrato que se le hizo a Ponciano Díaz poco tiempo después del serio percance que tuvo en Durango el 22 de abril de 1883. Es propiedad de los descendientes de D. Doroteo Velázquez Díaz, sobrino nieto de Ponciano Díaz.

    Ponciano Díaz estrenó su plaza “Bucareli” el 15 de enero de 1888. Nunca alternó con Luis Mazzantini más que en un jaripeo privado 5 días después de la inauguración. En la tarde del estreno de la plaza de toros “Bucareli”, Joaquín de la Cantolla y Rico, furibundo poncianista, descendió al ruedo en su globo aerostático “el Vulcano” para abrazar al torero. También, la compañía de ópera italiana que entonces visitaba la ciudad, se sumó al festejo para cantar un himno triunfal mientras se realizaba el desfile de cuadrillas. Y las hojas de “papel volando”, las coronas de laurel, las bandas tricolores, las palmas entusiastas de miles de poncianistas se hicieron presentes durante aquella célebre jornada.

   El “torero bigotón” fue el diestro más representativo de lo nacional, mezclando sellos de identidad con los aceptados desde los tiempos del español Bernardo Gaviño, además de la influencia de otros peninsulares que llegaron a nuestras tierras desde 1885. Vestía de luces y mataba al volapié o hasta recibiendo, pero siempre quiso mantener su formación de torero mexicano a pesar de la campaña periodística prohispanista, que le ocasionó, una pérdida de popularidad que ya no volvería a recuperar jamás.

   La vigencia de Ponciano Díaz como el “torero mandón”, sin olvidarnos de los hermanos Ávila, de Jesús Villegas, de Pedro Nolasco Acosta o de Lino Zamora se va a dar potencialmente durante la octava década del siglo XIX.

   Dueño de especial carisma se convierte en un símbolo popular, al grado de que fue considerado “ídolo”, imagen elevada entre versos, canciones, zarzuelas y el típico grito de batalla lanzado por sus seguidores que fueron legión. Me refiero al de “¡Ora Ponciano!”. Más de 45 diferentes versos se han encontrado, todos los cuales giran para celebrar o idolatrar a este personaje popular de fines del siglo XIX. Un ejemplo de estos versos es el siguiente:

Yo no quiero a Mazzantini

ni tampoco a “Cuatro dedos”

al que quiero es a Ponciano

que es el rey de los toreros.

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 El presente retrato le fue hecho a Ponciano Díaz cuando comenzaba a convertirse en un gran ídolo del pueblo mexicano. (Ca. 1886). Revista Sol y Sombra. Semanario taurino Nacional, del 19 de abril de 1943.

    Ese grito, considerado un llamado a la exaltación se queda plasmado en infinidad de obras, como la que escribió el gran poeta Juan de Dios Peza, juguete teatral que llevó música del maestro Luis Arcaraz y que fue un resonante éxito, a tal grado que luego de varias representaciones, tuvo que salir a escena el propio matador agradeciendo las muestras de afecto desbordadas por un público que lo transformaba cada vez más en el héroe del momento.

   Un hecho similar ocurrió con la representación de la zarzuela “Ponciano y Mazzantini” con letra del también autor mexicano Juan A. Mateos y música de José Austri, aunque en esta ocasión se llegó a las manos para elegir al mejor torero. A grado tal que se intentó contratar el Gran Teatro Nacional, con objeto de que en dicho escenario se verificasen varias corridas de toros nocturnas donde alternarían Luis Mazzantini y Ponciano Díaz. Así se sabría quien era el mejor.

   Manuel Manilla y José Guadalupe Posada, grandes artistas populares, después de burilar sus gestas y sus gestos, se encargaron de apresurar en las imprentas la salida de “hojas volantes” donde Ponciano Díaz volvía a ser noticia.

   Tanta era la popularidad del “diestro de Atenco” que incluso tuvo un club denominado “Sociedad Espada Ponciano Díaz” que presidió el general Miguel Negrete, héroe de la batalla del 5 de mayo en Puebla. Más de una vez, el citado militar recibió sendas llamadas de atención por salir enarbolando el pendón de la sociedad, enfundado en su mismísimo traje de batalla.

   La devoción por el torero de Atenco creció tanto, que en mayo de 1888 fue propuesto para ocupar el cargo como diputado al Congreso de la Unión:

    A los hijos de Toluca, Tianguistenco y de Galeana les suplicamos se fijen y den su voto para diputado al Congreso de la Unión a Ponciano Díaz pues no por ser torero pierde el derecho de ciudadano. Pruebas ha dado de moralidad y circunspección, para ser acreedor al voto de sus conciudadanos para ejercer dicho cargo. Vidal Tovar, Francisco Tovar, Adolfo Tovar, Luciano Almazán, Encarnación Valencia, Juan Arreguín, Luis G. Díaz, Cástulo Ramírez, Juan Corona, Cenobio García.

    Por fortuna para la “Asamblea Nacional y para el buen concepto de la Nación”, la petición no prosperó, pero quedó asentada como un precedente que hoy nos resulta curioso y anecdótico. La idolatría de la que fue objeto este torero quedó plasmada en una frase utilizada cuando alguien presumía de más y  que habla por sí misma:

   “¡Ni que fuera usted Ponciano!…”

   También las enfermedades utilizaron la fama del torero, en 1888 hubo una epidemia de gripe a la que se le llamó “el abrazo de Ponciano”.

   Don Quintín Gutiérrez socio de Ponciano Díaz y abarrotero importante, distribuyó una manzanilla importada de España con la “viñeta Ponciano Díaz”.

   En las posadas, fiesta tradicional que acompaña al festejo mayor de la navidad, al rezar la letanía contestaban irreverentemente en coro: “¡Ahora, Ponciano!” para sustituir el “Ora pro nobis”.

   Don José María González Pavón y el general Miguel Negrete obsequiaron al diestro mexicano los caballos “El Avión” y “El General” y fue el mismo Ponciano Díaz quien se encargó de entrenarlos. Con esos dos jamelgos lució lo mejor de su repertorio en ruedos españoles.

   El cine también tuvo como protagonista al “valiente torero”. Los señores Churrich y Moulinie, representantes de los Lumière en México filmaron una primitiva película en Puebla, allá por agosto de 1897 que titularon: “Corrida entera de la actuación de Ponciano Díaz”. En fin, sólo faltaba que Ponciano vistiera la casaca de don Porfirio y que este luciera un buen sombrero jarano para que las cosas llegaran a terrenos de lo inverosímil.

   Debemos recordar tres detalles que pintan por sí mismos el perfil del espada atenqueño. Uno de ellos refleja la popularidad del diestro al comparársele con la aceptación hacia los curados de Apam; el otro, aunque suene irreverente, se relaciona con la competencia en términos de fama entre el culto a la virgen y su propio prestigio. El tercer asunto tiene que ver con una sabrosa anécdota que contaba el filósofo Porfirio Parra en estos términos:

   En efecto, habemos dos Porfirios: don Porfirio y yo. El pueblo respeta y admira más a don Porfirio que a mí. Qué le vamos a hacer.

   Aunque tengo mi desquite.

   También hay dos Díaz: Ponciano y don Porfirio, el pueblo le hace más caso a Ponciano que a don Porfirio.

MÉXICO TAURINO, AÑO 2, Nº 25, 14 dic. 1905

Ponciano Díaz montando, probablemente a su famoso caballo “El Avión”. Revista México Taurino, Año 2, N° 25 del 14 de diciembre de 1905.

 Así entendemos una vez más la notoriedad del “torero con bigotes”.

   Ponciano Díaz cuya cuna fue Atenco, ganadería de historial hasta entonces tres veces centenario, se formó como el perfecto jinete y el mejor lazador para las constantes tareas que exigían las jornadas cotidianas del lugar. A su vez, su padre, tíos y hermanos también estuvieron ligados con aquellos quehaceres y pronto fueron hábiles no solo en lazar y pialar, también -sólo algunos de ellos- en torear. Por supuesto que Ponciano asimiló todo aquel esquema ganando terreno, haciéndose de arraigo entre el pueblo por lo que este lo elevó a estaturas insospechadas.

   Aquellas formas de lidiar, hoy en día quizás causen curiosidad o repudio. Pero en su época así era como se toreaba: “a la mexicana”, sello original de lo que el campo proyectaba hacia las plazas sin olvidar las bases de la tauromaquia española, que no quedaron desplazadas gracias a la participación del torero gaditano Bernardo Gaviño y Rueda.

   En 1885 “El Diario del Hogar” daba la siguiente noticia: “Podemos asegurar que ninguno de los toreros extranjeros que últimamente han toreado en esta capital está a la altura de Ponciano Díaz”. Probablemente fue el primer diestro que rompió con la tradición, según la cual, los toreros de provincia tenían el monopolio de su plaza; Ponciano Díaz logró apoderarse de su público pues era un torero de aceptación nacional.

   Por otra parte, el diestro Gerardo Santa Cruz Polanco, ante la incertidumbre que mostró Ponciano Díaz en cuanto a su estilo de torear (siguiendo los cánones españoles o a la usanza mexicana) protestó de una manera singular. Encabezó una cuadrilla formada netamente al estilo mexicano, la llamó “Cuadrilla Ponciano Díaz”. Le reprochó su actitud quizás en estos términos: “Ponciano, así como eres así debiste haber seguido”. En medio de esa tormenta se desató el último capítulo de la vida torera de Ponciano Díaz.

   En 1887 su tauromaquia se enfrentó a la “reconquista” de los diestros españoles, quienes abanderados por José Machío, Ramón López y Mazzantini mismo, impusieron el toreo de a pie, según la tradición española y en su versión más moderna. Esto ocurría exactamente en los momentos en que las corridas de toros en el Distrito Federal fueron reanudadas, luego de haber estado prohibidas cerca de 20 años. A todo ello se unieron poco a poco grupos de aficionados, como el “Centro taurino Espada Pedro Romero” encabezados por Eduardo Noriega “Trespicos” y Carlos Cuesta Baquero “Roque Solares Tacubac”, quienes emprendieron intensa campaña periodística, fomentando los principios de ese toreo. Poco a poco el público fue aceptando la doctrina, rechazando el quehacer de los diestros nacionales.

   Para Ponciano Díaz, este acontecimiento marcó una sentencia definitiva, y aunque abraza por conveniencia aquel concepto, prefiere no traicionar sus principios nacionalistas, llevándolos hasta sus últimas consecuencias. Es decir, una pérdida de popularidad y de interés de parte de sus seguidores. Dos fueron sus refugios: la provincia y la bebida.

   Ponciano Díaz en su papel de empresario no tuvo mucha suerte. Compró ganado de procedencia sospechosa, el cual terminaba lidiándose en su plaza de “Bucareli”. Dichos toros, o remedo de estos, eran mansos, ilidiables y pequeños, lo que puso en evidencia la escasa reputación con que contaba Ponciano Díaz luego de varios años de ser considerado el torero más querido de la afición mexicana. Lástima que su fama se convirtiera en infortunio, y lo que pudo ser una trayectoria llena de pasajes anecdóticos de principio a fin, sólo se conservó fresca durante algunos años.

ORLAS

   La vida rural y urbana se encontraron fuertemente ligadas al propio acontecer de Ponciano Díaz Salinas. Es importante destacar que en lo rural personajes de la ganadería tales como los caudillos, vaqueros y caballerangos, dueños de una destreza a toda prueba, desarrollaron actividades que dieron brillo e intensidad al conjunto de labores propias del campo.

   En la ciudad, independientemente de los acontecimientos políticos o económicos del momento, el pueblo quiere divertirse, y qué mejor manera de hacerlo que acudiendo a las corridas de toros, donde va a encontrarse con un mosaico de situaciones que llegan directamente del campo y se depositan en las plazas, escenarios donde el arte y la técnica se dan la mano, igual que lo campirano y lo taurino.

   Las historias que se relacionan con las corridas en donde actuaba Ponciano Díaz, nos cuentan que demostraba buena voluntad para agradar.  La innovación en el modo de herir (pasar del mete y saca al volapié), hizo que renaciera la idolatría  por el torero, fue puesto  no sólo al nivel de los “gachupines” sino por encima de ellos. Eso dijeron sus partidarios, sin considerar que su modo de torear en lo relativo al manejo del capote y la muleta era el mismo porque no podía modificarlo.

   Cuando Ponciano Díaz dio alguna corrida a su beneficio en la plaza de toros COLÓN, su público fiel lo ovacionó durante quince minutos, en los cuales los concurrentes, especialmente los de localidades de “sol”, estuvieron vitoreando al “torero adorado sobre todos los toreros habidos y por haber”. Así se expresó el periódico “El arte de la lidia”  agregando que Ponciano “era amado sobre todos los existentes y sobre los venideros”, no estando entonces prevista la aparición de Rodolfo Gaona. Fue ésta una auténtica muestra de patriotería que perdió totalmente los estribos.

   Los tendidos de las plazas, además de estar colmados de entusiastas aficionados, sirvieron para que las modas imperantes aprovecharan las pasarelas de los cosos de SAN RAFAEL, PASEO, COLÓN, COLISEO o BUCARELI para mostrar el repertorio de rasos y sedas, sobre todo, en vestidos de gran elegancia lucidos por algunas de las mujeres de la sociedad, que comienzan a acudir a las corridas; también los sombreros de bombín o los populares “de piloncillo” estuvieron presentes.

  A partir de 1885, la reconquista taurina desplazó poco a poco un nacionalismo taurino cuyo último reducto fue Ponciano Díaz, pues habiendo tantos toreros de estilo común al que el atenqueño abrazó, se rindieron ante ese nuevo amanecer o terminaron -como terminó Ponciano- en el refugio provinciano, en donde el citado “nacionalismo” dio sus últimas boqueadas.

   Con el siglo que terminaba, también se fue Ponciano Díaz (15 de abril de 1899). El torero nacional que gozó de popularidad sin igual, enfrentó la llegada y asentamiento del nuevo amanecer taurómaco, conducido por los toreros españoles Luis Mazzantini y  Ramón López.

 Ha concluido ya su historia…

Ya no existe aquel Ponciano;

el arte también concluye

y lloran los mexicanos.

    Todo tipo de poetas, mayores y menores le han escrito al amor y a la muerte; a la razón de ser feliz y a la soledad. Parecen temas de nunca acabar porque son de ordenes universales,  siempre presentes en todas las épocas.

   Hubo en el último tercio del siglo XIX un auténtico personaje popular al que poetas de esas dos vertientes lo cantaron y lo repudiaron; lo elevaron a niveles nunca concebidos y lo hundieron casi hasta el fango. Ponciano Díaz Salinas es su nombre. El romanticismo y el modernismo con sus distintas corrientes amen de otro género, el lírico-musical “que el pueblo de México ha venido cultivando con amor desde hace más de un siglo: El corrido” (Vicente T. Mendoza: El corrido mexicano) fueron elementos de exaltación presentes en aquellos momentos.

   Con excepción de Francisco Sosa en su Epístola a un amigo ausente (1888), el mayor número de las composiciones dedicadas al torero son de auténtica raigambre popular, producto de lo que les mandara su inspiración, una inspiración sincera e ingenua; o combativa y de advertencia.

   De hecho, en los tiempos del esplendor porfirista y los primeros del desorden revolucionario el modernismo comienza, evoluciona y muere entre los últimos veinticinco años del siglo pasado y el primer cuarto del XX. Quedan, como es lógico resquicios de un romanticismo decadente que gusta todavía en nuestro tiempo, como lo hacen esas grandes expresiones surgidas en otras épocas.

   Una cantidad respetable de composiciones emanadas de dichos estilos, se han localizado repartidas en diversas publicaciones que van desde las hojas volantes hasta lo registrado en libros afines o no al tema en estudio. Es por esto que vale la pena reunir ahora todo ese contexto o citar las más curiosas sin olvidar las fuentes bibliográficas que registren cada uno de esos testimonios.

   Según nuestras revisiones, el número de poemas o corridos escritos por y para Ponciano Díaz supera los 40. Además, y fuera ya de la temática se localizan también otros pocos ejemplos sobre libretos de zarzuelas que si bien, llevan implícitos el orden de composición asumida en el verso o en el poema como tal, no entran a formar parte de esta semblanza.

   A continuación, y para terminar, presento a ustedes un claro ejemplo de aquella poesía popular consagrada al “Gran torero Ponciano”:

 Alcanzó muy alta fama,

fue de mucha valentía;

en muchas plazas toreó

con valor y gallardía.

 

Su fama no desmintió,

pues en las plazas de España

manifestó que era bueno,

y de paso buena espada.

 

Desde su muy tierna edad

se dedicó a ser torero,

pues nacido y creado fue

allá en la hacienda de Atenco.

 

Su padre bien lo enseñó:

fue charro a prueba cabal,

y en lazo y en la cola

no tuvo ningún rival.

 

Banderilleaba a caballo

a cualquier bicho rejego,

y esto lo subía de fama

y aquilataba su precio.

 

Como torero moderno

alcanzó bastantes glorias,

y en las plazas que lidio

dejó muy gratas memorias.

 

Por la muerte de Gaviño,

que fue excelente torero,

su puesto ocupó Ponciano

con bravura y con denuedo.

 

Muy hábil diestro salió:

nunca desmintió su fama,

y en el arte de la lidia

hizo muy grandes hazañas.

 

Si antes de morir Gaviño

hubiera visto a Ponciano,

hubiera sido el primero

en tratarlo como hermano.

 

Se acabaron los toreros

de aquella época pasada,

en que había diestros muy buenos

y de veras se lidiaba.

 

Ponciano fue de esa plaza,

siempre lidio con limpieza,

no tenía miedo a los toros

al empuñar la muleta.

 

No hubo plaza en que no fuera

de todo el mundo apreciado,

luego que se presentaba

gritaban: “¡Ahora, Ponciano!”

 

Siempre con trajes lucidos

salía, pues, al redondel,

y los vivas a Ponciano

era lo que había que ver.

 

Aun el mismo Mazzantini

su valor con él midió,

y tuvo el gusto Ponciano

de ser un buen toreador.

 

En Jalisco, en Monterrey,

en Coahuila, en Zacatecas,

en Puebla y en muchas partes

sus glorias están aún frescas.

 

En Puebla tuvo la gloria

de que el público entusiasta

quitó las mulas al coche

para llevarlo a la plaza.

 

Bandas y coronas tuvo,

como se dice, de a bola,

porque siempre fue simpático

y elogiado a toda hora.

 

fue un hijo muy obediente,

a su madre quiso mucho,

y quizá la muerte de ella

lo hizo bajar al sepulcro.

 

Esa parca fiera y cruel

del mundo se la ha llevado,

pero nos deja recuerdos

a todos los mexicanos.

 

Ha concluido ya su Historia:

y no existe aquel Ponciano,

el arte también concluye

y lloran los mexicanos.

 

Mas en esa losa fría

que deposita sus restos,

nuestros recuerdos reciba

rezándole un Padre Nuestro.

 

Los toreros españoles

también deben de sentirlo,

pues lo trató con aprecio

y se mostró buen amigo.

 

Adiós, querido Ponciano,

nos dejas gratos recuerdos,

y desde el punto en que estés

te enviaremos nuestro afecto.

 

En fin, se acabó Ponciano,

ya no volverá a torear:

ha pasado ya a la historia:

duerme para siempre en paz.

    Hasta aquí la semblanza del torero mexicano Ponciano Díaz Salinas que, como vemos, tuvo la oportunidad de trascender su quehacer no solo a nivel nacional. También lo hizo en el extranjero y aquí, en España no fue la excepción. Espero que al ocuparme de él en lo que para nosotros los mexicanos consideramos a España como la “cuna del toreo”, haya quedado recuperada su figura, como la que en su momento alcanzó otro “mexicano universal”: Rodolfo Gaona, diestro que tuvo la fortuna no solo de alternar -entre otros- con “Joselito” y Belmonte, sino de haber formado con ellos la recordada “época de oro del toreo”.

   Es mi deber como mexicano, pero también como historiador decir que la actuación de los diestros connacionales en España ha sumado importantes capítulos, de lo cual espero, en otra ocasión, poderles contar lo que significaron para la tauromaquia.

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Imagen incluida en el libro de Mario Colín: El corrido popular en el Estado de México. Dibujos de Jesús Escobedo. México, Imprenta Casas, S.A., 1972. 556 p. Grabs., ils. (Biblioteca Enciclopédica del Estado de México, XXV).

 MUCHAS GRACIAS.


[1] Conferencia dictada en la II Feria Internacional del Toro (Sevilla, España) el 13 de abril de 1999. A 15 años de diferencia, no ha perdido sustancia, por lo que vale la pena su puesta al día, motivo suficiente para homenajear al personaje que hoy se aborda.

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