PLUMA EN RISTRE, RUEDO DE PAPEL BLANCO…

PONENCIAS, CONFERENCIAS y DISERTACIONES.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 PLUMA EN RISTRE, RUEDO DE PAPEL BLANCO…[1]

    La pluma en ristre, el ruedo del papel blanco como escenario, y el pensamiento a punto de desbordarse, son tres elementos de una evidencia escrita que queda como testimonio que se acerca a la realidad para mostrarnos -ellos-, los escritores taurinos su verdad, su impresión sobre los distintos pasajes que han trascendido luego de hazañas logradas por hombres que, enfundados en el traje de luces han realizado para no quedar olvidadas.

   La crónica de toros tiene en México un largo camino donde miramos al recorrerlo distintos modos de concebirla: ya en verso, ya en prosa o en crónicas que se plasman en los diarios de circulación nacional, quedando muchas de ellas como auténticos modelos de creación. Pero también se proyecta mas allá si el análisis también requiere de un criterio más amplio tratado en ensayos, en polémicas donde se emiten todos los juicios de valor posible.

   Sin pretensiones de abordar ni de abundar en excesos, quiero más bien mostrarles un corto pero conciso panorama de quienes y, en qué forma han representado a la prensa taurina, desde tiempos coloniales y hasta nuestros días, dando preferencia a todos aquellos que han trascendido por sus conocimientos en el tema y en el dominio de la escritura como arte literario, pero también de opinión y de orientación que es, al fin y al cabo, uno de los propósitos de mayor aliento en todo cronista de toros o, en quien se precia de serlo.

   La crónica puede tener un fiel antecedente en las relaciones o descripciones de fiestas.

   Pero, ¿qué son las descripciones?

   Fuente indispensable del estudio de las fiestas son las Relaciones o libros en los que para común noticia y memoria se relatan los sucedidos en tan fasto acontecimiento. Generalmente se trata de obras de literatura laudatoria, en prosa unas y otras en verso y salvo raras excepciones de autor de talla, al igual que los sermones, las loas y los panegíricos, sus volúmenes forman un centón de apretados conceptos, expresados con fórmulas esteriotipadas.

   Tanto en las relaciones de fiestas profanas como en las religiosas las llamadas “grandes alegorías” (victorias, proclamaciones reales, entradas, esponsales, bodas, nacimientos, bautizos, etcétera, canonizaciones de santos, mojigangas teológicas, tomas de grado, máscaras, fiestas minervales, etcétera), existe por parte del autor del texto una decisión de ser exhaustivo, de dar el más mínimo detalle de los hechos y celebraciones en “tan señalado día”. Estas se dan durante toda la colonia y sobresalen como clara evidencia de las mismas:

   La Descripción en octavas reales de las fiestas de toros, cañas y alcancías con que obsequió México a su virrey el marqués de Villena en 1640, obra escrita por Doña María de Estrada Medinilla.

   Se dice históricamente que fray José Gil Ramírez es el primer cronista de toros (hacia 1713), pero debemos recordar que Gregorio Martín de Guijo en su Diario de Sucesos Notables (1648-1664) da las primeras muestras, o antecedentes de lo que luego sería en Ramírez una acabada reseña de las fiestas taurinas.

   A propósito de Gil Ramírez, esta es su obra: Esfera Mexicana, solemne Aclamación y festivo movimiento de los Cielos delineado (…), al feliz nacimiento del Serenísimo Sr. Infante D. Felipe Pedro…, Méx. Vda. de Miguel de Ribera, 1714.

   Incluyo una cuarta referencia -para terminar-, que es la del padre Joseph Mariano de Abarca, de la Compañía de Jesús, quien en 1748 vió publicar su obra: El sol en León. Solemnes aplausos conque, el Rey Nuestro Señor D. Fernando VI Sol de las Españas, fué celebrado el día 11 de febrero del año de 1747. En que se proclamó su Majestad exaltada al Solio de dos mundos por la Muy Noble, y Muy Leal Imperial Ciudad de México.

   Durante el siglo XIX nos encontramos con una crónica que va desarrollándose velozmente. Así tenemos la evidencia del periódico La Orden el cual, en su No. 50 del 28 de septiembre de 1852 nos presenta una larga reseña, cuyo cometido no fue más que darnos fe de la corrida donde actuó la cuadrilla de Bernardo Gaviño con 6 toros de Atenco. Pero no es, en esencia esa crónica que buscamos.

   Para 1884, y el 9 de noviembre sale a la circulación EL ARTE DE LA LIDIA cuyo director fue el señor Julio Bonilla, militar de carrera. Con este periódico se pone punto de partida a la historia de la prensa escrita en México y que luego, años más tarde aumentará notoriamente.

   Desde San Luis Potosí se mueve ya un inquieto muchacho, que pronto vendrá a la ciudad para estudiar la carrera de medicina. Se llama Carlos Cuesta Baquero. Con él arranca la que deberá considerarse una crónica profesional, una crónica de fondo, una crónica con estilo literario propio y que luego será mantenido por otro pequeño grupo de autores, a saber:

   Rafael Solana “Verduguillo”, Carlos Quiróz “Monosabio”, Carlos Septién García “El Tío Carlos” y Carlos Fernández Valdemoro “José Alameda”. Estas cinco columnas vertebrales han dado durante más de cien años un rumbo definido a legiones de aficionados que entendieron y han entendido su mensaje, lo han hecho suyo y han dado lugar especial a la hora de discutir una cultura taurina que, por estos días se ve bastante coludida en agresiones por parte de grupos que, repudiando la violencia del espectáculo, quieren acallarla con violencia.

ORLAS

   Voy a hablar del grupo de los cinco, personajes todos ellos cultivados en las letras y en el cotidiano oficio de escribir. Pero antes debo mencionar al “Centro Taurino Espada Pedro Romero”, lugar donde se congregaron periodistas de hace un siglo justo, pugnando todos ellos porque se diera una relevancia sin precedentes al periodismo taurino y a la traza literaria, en medio de una fiesta que tomaba un curso nuevo y distinto, con la incorporación y asentamiento definitivos del toreo moderno de a pie, a la usanza española y en versión moderna. Esta “falange de románticos” que asímismos se consideraban, estaba encabezada por Eduardo Noriega “Trespicos”, Pedro Pablo Rangel, el propio Dr. Carlos Cuesta Baquero, Rafael Medina, Antonio Hoffmann. Nos dice Cuesta Baquero: En el centro taurino, “allí nos congregamos por romanticismo -no con finalidad de obtener gajes y dinero- un grupo de aficionados adheridos al modo de torear que desarrollaban los hispanos.

   “En las sesiones, que eran semanarias, dedicándoles los domingos tres horas -desde las diez y media de la mañana a la una y media de la tarde- hacíase minucioso análisis de lo que los toreros habían practicado en la anterior corrida, igualmente que examinábamos las “reseñas” que eran publicadas en los periódicos. Tal disección crítica era basándose en los preceptos tauromáquicos contenidos en libros y periódicos docentes. (Sánchez de Neira”, “Sánchez Lozano”, “Cartilla de Pepe-Hillo”, “Arte de Francisco Montes”, alias “Paquiro”, “Arte de Torear” por Manuel Domínguez, etcétera”. Este movimiento ocurrió de 1889 a 1897 aproximadamente.

   Concluido este preludio romántico, pasemos a referir el papel de nuestro grupo de “los cinco”. El Dr. Carlos Cuesta Baquero, cuyo anagrama es “Roque Solares Tacubac” vivió y se formó en dos épocas distintas de la expresión del toreo, pero solo a una de ellas se adhirió, a la antigua. Desde la octava década del siglo pasado sus ideas y opiniones las emitió gracias a todo un conocimiento que cimentó  partiendo de lecturas a obras capitales de la tauromaquia. Tal es el caso de los trabajos de Sánchez de Neira, Sánchez Lozano, en donde pudo entender la concepción del toreo que se daba en España con muchos adelantos, respecto a México. Por esa razón tuvo la fortuna de vivir en medio de un ambiente donde la tauromaquia mexicana se explicaba por sí misma, con muy pocas reglas, y con el añadido de lo campirano, fiesta que distaba mucho de lo que era la española, aunque sin perder las bases técnicas. En ese ambiente fue penetrando lentamente hasta encauzar el criterio, las ideas, la opinión de muchos que entonces no eran más que meros espectadores y todo, gracias a un conocimiento amplio sobre la materia que pudo publicar en diversidad de periódicos e incluso, fundarlos (Como el “México Taurino”). Sus largas series sobre exposiciones tauromáquicas o las de biografías de otros tantos periodistas nos dan idea de su intención por dejar huella. Hecho a la forma antigua en cuanto a su modo de escribir, usa un estilo galano, galante también. Como decano de los periodistas taurinos hacia la década de los años 40 tuvo una polémica muy recordada entre los aficionados, y que sostuvo con Flavio Zavala Millet o “Paco Puyazo”, al respecto de la faena que enloqueciera a la afición aquel 31 de enero de 1942, cuando Silverio Pérez se consagró con “Tanguito” de Pastejé. Su posición fue la de respetar lo que había ocurrido, pero no dejaba de insinuar que el toreo no podía ser eso nada más. No podían olvidarse las raíces fácilmente.

   Amigo íntimo de Ignacio Sánchez Mejías y enemigo público de Rodolfo Gaona, logró de este último una desagradable experiencia que nada pudo enmendar. Y es que Gaona, luego de una terrible cornada sufrida en Puebla, allá por 1908 nunca llegó a manos del Dr. Cuesta Baquero quien ya lo esperaba prácticamente en el quirófano. Su decisión lo puso en otras manos, lo que a Cuesta le dolió hasta el alma y de ahí el resentimiento que nunca, nunca evitaría “Roque Solares Tacubac”.

   En cuanto a Rafael Solana “Verduguillo”, directriz de una importante publicación hacia la segunda década del siglo, de nombre “El Universal Taurino” (más tarde “Toros y Deportes”) logró darle a sus crónicas un sabor de suyo especial. Inteligentes, acertadas, sin olvidar el más mínimo de los detalles, dándole a ello el toque delicado de pinceladas literarias como pocos lo han logrado. “No me importa que se extienda”, esa puede ser la expresión que uno maneje al dar lectura a sus deliciosas reseñas que se ocupan de aquéllas brillantes temporadas recién reanudadas las corridas de toros, luego del decreto prohibitivo lanzado por Venustiano Carranza en 1916. Nadie, después de Rafael Solana ha podido darle a la crónica de toros ese sabor que, para su época fue algo común, debido a que muchas otras plumas gozaban del privilegio de una gran preparación intelectual, por lo que sus trabajos eran auténticas virtudes literarias.

   Carlos Quiróz “Monosabio” comenzó su trayectoria periodística a la par que con el siglo ahora agonizante. Escritor y crítico taurino como los otros aquí mencionados, fue un hombre polémico, tenaz para infundir en sus trabajos ese sello de originalidad, donde acometía contra todo y contra todos, en ese propósito incisivo, visceral con tal de crear dos frentes para la lucha de igual número de partidarios, a favor o en contra de este o aquel torero. Cuando opinaba sobre algún torero -y más si su actuación había dejado qué desear- no había fuerza que detuviera sus cáusticos comentarios, pero solo de esa manera era posible que un periodista dijera su sentir hacia la afición que lo leía en su “Página Taurina” de El Universal. Sus opiniones técnicas también eran voraces, pero efectivas. Ya lo decía con respecto del pase natural:

   El pase natural solamente debe darse con la izquierda. EXCLUSIVAMENTE CON LA IZQUIERDA. Y esto por causas de origen y de tradición. Llevar la muleta en la mano izquierda es lo debido, ya que es una defensa. Y también sirve a la preparación del golpe con el estoque -a la estocada- que naturalmente tiene que estar asido y llevado con la mano derecha vigorosa.

   Teniendo la muleta en la mano izquierda, el diestro al acometer el toro lo “empapa”. Y mediante un movimiento de la muñeca le marca la salida hacia el terreno a que ha de ir, para que el torero ocupe el que antes tenía el toro. La franela se extiende armoniosamente, suave, sencilla, con lentitud. El toro no sufre quebranto. Al diestro le bastó un movimiento simple, natural: la muñeca que se movió sin forzamiento, mandando el engaño. Por esto a este lance se llamó `pase natural o regular.

    Sus críticas feroces contra Alberto Balderas, el “torero de México” le ocasionaron luego un lamentable pero cómico incidente. Días antes de que se iniciara su desestima contra Balderas, algún otro periodistas en vez de llamarlo “Monosabio” le confirió peyorativamente el alias de “Monoburro”, por lo que la afición no tardó en reaccionar. Se sentó Carlos Quiróz en barrera de primera fila y desde el otro punto de la plaza comenzó a circular una paca de pastura, que llegó a posarse finalmente hasta donde se encontraba, en medio del natural bullicio general.

   Fundó un periódico que aun circula en nuestros días. Se trata de LA AFICION.

   La escuela CARLOS SEPTIEN GARCIA, forja nuevas generaciones de periodistas, partiendo del modelo a seguir que es el propio Septién, cronista taurino de altos vuelos, cuyos escritos nos remiten a una comprensión del estilismo, de la gracia para decir las cosas cuando se tiene una cultura y un bagaje que no se limita al sólo mundo en donde se tiene que exponer una idea. El “Tío Carlos” se universalizó en cuanto manera de formación personal, puesto que sus conocimientos no solo del tema taurino sino de muchos otros, daban la idea cabal de una riqueza envidiable. Nada mejor que analizar una de sus tantas crónicas para luego comentar.

 GLORIA DE “CLARINERO” Y “TANGUITO”

 31 de enero de 1943. Armillita, Silverio y Velázquez con toros de Pastejé.

 Al referirse a Fermín Espinosa, escribía:

   Equilibrio de fondo y de forma, de contenido y continente es lo clásico. Dominio de la materia para lograr con ella una serena armonía. Y esto, en toros, se llama Fermín Espinosa. Cuando Armillita tomó la muleta en la mano izquierda y el estoque en la derecha y caminó con naturalizad por el tercio hacia el cuarto toro de la tarde para ligar seis pases con la izquierda sin el menor “tanteo”, aguantando la embestida del fuerte Pastejé y empapándolo en su sabia muleta vigorosa, parecía que Fermín había salido, no del burladero de matadores, sino de alguna de las rancias páginas del clásico tratado taurino de Sánchez de Neira. Y es que para ese momento, Armillita sabía que podía torear así a un enemigo que no había permitido escarceos ni en el toreo de capa ni en los quites y que había pegado duro a los caballos peleando bravamente después de una desorientadora vuelta de grupas ante el primer cite.

   Luego la faena continuó, armoniosa, perfecta, justa. Toreo en redondo con la derecha de precisión asombrosa, toreo por alto, serio y fácil. Nueva serie de naturales rematados ahora -exacto alarde de sobria modernidad- con el afarolado a lo Gallo. Pases de latiguillo que parecían atar con rojo cordel imperioso al pastejeño. Y todo ello en un ruedo en el que, aparte el toro y el torero, no había otra cosa que un tajo de sol gozoso y triunfante.

   Se había cumplido ante nosotros la precisión de los mejores cánones taurinos. Cien años de torera experiencia habían acompañado al espada en su obra: perfección de terrenos, tiempo de las suertes, mando y pureza. Con la serena majestad de su faena, Fermín Espinosa -el de la clásica paternidad de una escuela de la que ha brotado Silverio- dejó escrita una nueva página dórica para la historia del toreo.

    Después de esto, ¿qué se puede decir?

   En el “Tío Carlos” se tiene uno de los estilos de crónica más depurados. La reseña a las corridas no debe ser algo sin más, excluyente. En ella deben atraparse los demonios que suelen andar sueltos durante la corrida, demonios del arte -entre lo apolíneo y lo dionisiaco- o demonios en su más llana expresión, cuando explota la plaza en un ¡olé! o en una bronca “infernal”. Hacer uso de nuestra lengua, mezclarla con los términos propios con que cuenta la fiesta de toros y procurar su dimensión total de entendimiento no consigo mismo, sino con los demás, es haber logrado esa comunicación perfecta que permite aliarse más a los recuerdos que al olvido de la memoria. Ante personajes como Carlos Septién García, simplemente una faena de mediana estatura es recordada por su sola construcción en el lenguaje que nos legó.

   Así de grande era don Carlos.

   Otro grande y genial a la vez era Carlos, que se puso José en memoria de José Gómez Ortega “Gallito” o “Joselito”, y se apellidaba Fernández Valdemoro, pero lo cambió por el de Alameda, en recuerdo de la Alameda de Sevilla, sitio de añoranzas y vivencias de su niñez. Me refiero a “José Alameda” que, siendo español, y llegado a México en 1940, hizo suyo a nuestro país, hasta hace unos años en que murió. Su obra legada es vasta. Nos dejó varios libros que van del ensayo a la poesía; y de la memoria a verdaderas historias.

   Su posición en los toros nos permite verlo como un auténtico historicista cuando opinaba: “Si no hubiera hombres capaces de jugarse la vida frente a un toro, no habría corridas ni, por consiguiente, crítica taurina.

   “A lo largo de una vida, que se va encauzando ya hacia su final, me ha tocado, sin yo buscarlo, conocer muy a fondo a la fiesta de los toros y a sus protagonistas, falibles como hombres, pero dignos de respeto por la índole misma de su profesión y de su riesgo”. De ahí quizás la célebre frase de: “Un paso adelante, y puede morir el torero. Un paso atrás, y puede morir el arte”.

   Repudiaba el terrorismo taurino empuñado desde la pluma, arma capaz de matar cualquier ilusión, sin necesidad de disparar. Sus trabajos en la crónica de toros sirven hoy de modelo, pues son eje central de una visión profundamente literaria. Intelectual sin tacha, gozaba y contaba de una cultura general superior, lo que no lo limitaba a la sola exposición de hechos que se deja ver en muchos seguidores suyos, que yo creo, son legión, pero aún no ha surgido uno solo a la altura de tan grande personaje.

   Nos vuelve a sorprender con esta sentencia:

   “En la crónica, hay que sorprender a los acontecimientos “in fraganti”, en su fragancia, que no está hecha para la eternidad”.

   Y el mismo nos da resumen perfecto en cuanto al nivel de la crítica en tres distintas etapas que llama clásicas:

1.-La crítica didáctica. Citemos, como ejemplo, a Sánchez de Neira.

2.-La crónica galana. Empieza con don Antonio Peña y Goñi, aderezada desde un principio por la hipérbole, que agracia la polémica. Culmina, añadida la pimienta de la ironía, en Mariano de Cavia “Sobaquillo” y de otro modo, el de la alegre vitalidad, en José de la Loma “Don Modesto”.

3.-La crónica pontificante, que personifican Gregorio Corrochano y Federico M. Alcázar, entre otros. Contemporáneo de ellos es César Jalón “Clarito”, pero éste incorpora más sales de la vida, para su ventaja, pues mejor es estar en lo vivo que en lo pintado.

   ¿Y porqué he dicho que Alameda es un historicista?

   Edmundo O’Gorman que ha dicho también “Yo soy el historicismo” apunta esta hermosísima experiencia suya:

 Quiero una imprevisible historia como lo es el curso de nuestras mortales  vidas; una  historia susceptible de sorpresas y accidentes, de venturas y desventuras; una  historia tejida de sucesos que así como  acontecieron pudieron no acontecer; una historia sin la mortaja del esencialismo y liberada de  la camisa de  fuerza  de una supuestamente necesaria causalidad; una historia sólo inteligible con el concurso de la luz de la imaginación; una historia-arte, cercana a su prima hermana la narrativa literaria; una historia de atrevidos vuelos y siempre en vilo como nuestros amores; una historia espejo de las mudanzas, en la manera de ser del hombre, reflejo, pues, de la impronta de su libre albedrío para que en el foco de la comprensión del pasado no se opere la degradante metamorfosis del hombre en mero juguete de un destino inexorable.

    Así que Alameda podrá haber dicho lo mismo pero en cuanto a la crónica, el legado, su legado que nos deja es inmenso, y muy valioso también.

   El poder supremo de la crítica y de la crónica taurina en México, encuentra sustento en estos cinco grandes personajes a quienes hoy, en breve, pero sincero homenaje no he querido olvidarlos, para que generaciones como la nuestra, todos los aquí reunidos, taurinos y no taurinos sepan que la fiesta no es de analfabetas, como calificara dura y peyorativamente José Bergamín. La fiesta posee valores humanos tan importantes como los que aquí he citado en una plática que deseo haya cumplido con el propósito de enriquecer su visión sobre una parte de la historia del toreo en México, la cual, en profundo análisis viene a resultar una historia paralela a la historia de México misma.

 MUCHAS GRACIAS


[1] Conferencia dictada el día 21 de junio de 1994, en la Unidad de Estudios Profesionales Zacatenco, México.

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