EL TORO, ESE ELEMENTO DEL QUE SE BUSCARON LOS MEJORES RESULTADOS. (1 de 2).

MUSEO GALERÍA TAURINO MEXICANO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 CURIOSIDADES EN LA HISTORIA DEL TOREO MEXICANO EN EL SIGLO XIX, SIENDO UNA VEZ MÁS EL TORO, ESE ELEMENTO DEL QUE SE BUSCARON LOS MEJORES RESULTADOS.

 I

    No puedo sustraerme de golpe y porrazo con el propósito de estos apuntes que buscan delinear el cómo y el porqué se mantuvo vigente la ganadería de toros “criollos”, “autóctonos”, todavía sin ese giro o cambio radical operado en el año de la reanudación del espectáculo en el D.F. (al quedar derogado el art. 87 de la Ley de Dotación de Fondos Municipales, que sancionó las corridas, prohibiéndolas, de 1867 a 1886).[1]

   Los señores hacendados, pero sobre todo sus administradores hicieron un gran esfuerzo que hoy les reconocemos, en la medida en que fueron ellos quienes abastecieron de ganado la gran cantidad de corridas efectuadas por entonces. Ya lo decía Mathieu de Fossey:

 Repítense (las corridas) cada domingo y todos los días de fiesta estas funciones, por manera que se cuentan hasta ciento al año. ¡Así deben ascender a quinientos o seiscientos el número de los toros que en ellas se degüellan, viniendo a ser de este modo el empresario de estas diversiones uno de los principales abastecedores de las carnicerías de la capital…! [2]

TORO_RUGENDAS_1833

Toro embistiendo a un picador. (Detalle).Corrida de toros en la Plaza de San Pablo, John Moritz Rugendas, 1833. Óleo sobre cartón. Fuente: Colección del Museo Nacional de Historia, Castillo de Chapultepec, México.

   A dicha estas visiones, debe agregarse la que, en su momento aportó Brantz Mayer. En ella se percibe la impresión que le causó asistir a un espectáculo taurino al comenzar la cuarta década del siglo XIX:

 Sacaron a la plaza otros cinco toros; pero casi todos ellos resultaron cobardes. Y a pesar de eso, a ninguno dio muerte el matador a la primera estocada, lo que menoscabó la buena opinión que de sus habilidades tenía la chusma. A algunos animales los cogieron de la cola: los coleadores, inclinándose sobre el elevado arzón de la silla y deteniendo bruscamente sus caballos, hacían revolcarse en el suelo a los toros. Pero los así humillados eran los cobardes más consumados. A otros les enredaban el lazo en los cuernos o en las patas, lo que me dio ocasión de apreciar la pericia que alcanza la mayoría de los jinetes mexicanos en el manejo de tan útil instrumento. Uno de los toros saltó por encima de la empalizada para caer en medio de los espectadores, no lejos de donde yo estaba; pero el animal era tan para poco, que al parecer se sintió más contento de escapar de la muchedumbre que la muchedumbre de él. En vista de ello, lo sacrificaron de manera muy ignominiosa.[3]

    Aquel festejo, con toda seguridad debe haber sido el que se verificó en la PLAZA PRINCIPAL DE TOROS DE SAN PABLO, el 2 de febrero de 1842: Bernardo Gaviño y cuadrilla. Corrida en obsequio del Exmo. Sr. general presidente, benemérito de la Patria, D. Antonio López de Santa Anna.

TORO_IGNACIO CUMPLIDO

Apunte de Heredia. La impresión de debe a Ignacio Cumplido. Proviene de un libro editado en 1842.

    Lo destacable en todo esto es la visión de un extranjero acerca de los toros como espectáculo al que acude llamado por la curiosidad. Pero nos informa del hecho de haberse lidiado toros que, a sus ojos resultaron “cobardes”. Probablemente. En esa época, toro que no cumplía ciertos requisitos establecidos por la costumbre entonces en boga, era lazado, y si “el animal era tan para poco” como aquel que saltó la barrera, pues los asistentes de seguro, tuvieron que conformarse al igual que Mayer, a ver una “bueyada” en términos coloquiales, pero taurinos al fin y al cabo.

   Lógicamente el espectáculo y su contenido tuvo que ir evolucionando, y el resultado fue patente en corridas posteriores al año que hemos revisado. Algo por aclarar es que en la reseña ni en la ficha localizada, se menciona el ganado que se lidió en el mencionado festejo.

   Por otro lado, dice Carlos Cuesta Baquero que en cuanto a los “atenqueños” de entonces, (eran los) procedentes de la casta navarra que había en la vacada propiedad de don Nazario Carriquiri (en España). “Atenqueños” mejores que los actuales (su observación fue escrita hacia 1920 N. del A.) porque aunque más pequeños eran de mayor bravura, codicia y resistencia en la lidia, conservando hasta el final lo que los actuales aficionados nombran “nervio y temperamento”. He aquí otras características de tan singular raza:

    Y si nos adentramos en el siglo XIX, el año de 1876 es editado un libro, por dos aficionados, titulado Historia de las principales ganaderías de toros de España, en él se dice:

“Ganadería de Vicente Pérez de Laborda.

   Tudela (Navarra)

   Hierro P

   Divisa blanca.

   Esta ganadería, una de las más notables de Navarra, debió tener su origen hacia los últimos años del siglo pasado, pues por los años 1815 a 1820 se corrían ya toros de ella en varias plazas de España y eran los que entonces gozaban de más fama y prestigio en las Capitales del Norte de la Península y aun en la plaza de Madrid.

   Su fundador lo fue D. Felipe Pérez de Laborda, padre de D. Vicente, y lo hizo con la cruza de las mejores reses que existían en Navarra, sin que tuviese parte en aquella cruza raza alguna de otras provincias.

   D. Felipe Pérez de Laborda estuvo algunos años asociado en compañía de D. Antonio Lizaso.

   El tipo más generalizado en las reses de esta ganadería es el de pequeño y sus pelos varían notablemente.

   El más común es el retinto, habiendo muchos aldinegros o albardados y algunos castaños claros; son cornialtos, de poca alzada en general y muy finos.

   En condiciones de lidia, han sido reputados generalmente por duros al hierro en la suerte de varas, voluntarios y nobles para las demás suertes, y todos llegan a la muerte en el mejor estado, pues son muy raros los que toman las tablas para su defensa”.

–: pág. 153. A mediados del siglo XIX el toro navarro de tres ganaderías: José Guendulain, Francisco Lizaso y Pérez de Laborda y Nazario Carriquiri van conservando la casta del toro navarro, pequeño, muy ligero y nervioso, muy pegajoso, de mucha sangre y bravo.

   Pero don Nazario Carriquiri, que no era ganadero navarro, no tenía por qué mantener este ideal (de no querer variar la casta) y fue acoplándose a las circunstancias y fue variando poco a poco su ganadería y el pelo de sus reses, que hasta entonces era colorado, castaño retinto y verdugo, para irse dando cárdeno, negro, morcillo bragado y lucero, pasando del toro chiquito al toro grande.[4]

    Incluir esta nota es importante porque permite corregir ciertas condiciones que se le dan a don Nazario al atribuirle la continuidad del toro navarro en el esplendor de su casta, cosa que, como ya vimos, no ocurrió, aplicando un criterio distinto de selección que originó lo que ya comprobamos.

   Los toros atenqueños tenían los caracteres del tipo de su antigua casta, entonces todavía no bastardeaba con el malhadado cruzamiento que después hicieronla. Eran pequeños, de pinta aleonada, rizosos del morrillo, melenos, enjutos de los cuartos traseros y no hondos sino algo zancudos (Cuesta Baquero).

TORO_ENTRANDO A MATAR

Salomón Hegi (1814-1896): “Cuadrilla española en la plaza de toros”. Siglo XIX. Acuarela sobre papel. 54 x 74 cm. Col. Salomón y Brigitte Schäter, Zurich, Suiza. Fuente: Gustavo Curiel, et. al.: Pintura y vida cotidiana en México. 1650-1950. México, Fomento Cultural Banamex, A.C., Conaculta, 1999. 365 pp. Ils, retrs., grabs., p. 183.

    De la etapa de definiciones, pasamos a otra que ya nos dice cómo se comportaban los toros, cómo eran sus características, qué juego ofrecían en la plaza. Para ello, demos lugar a unos apuntes elaborados por Juan Corona, picador de toros que perteneció a la cuadrilla de Bernardo Gaviño a mediados del siglo XIX. Se trata de: Algunos datos de la ganadería de Atenco, sacados por F. Llaguno de la Biblioteca que conservaba el Sr. D. Juan Corona propietario que fue de la Plaza de Toros “Bernardo Gaviño” situada á un lado de la Calzada de la Viga, en la Ciudad de México. De algunos manuscritos por el mismo Corona notable picador en aquella época y otros de algunos periódicos que se publicaban entonces. Por el interés de los mismos, dejemos a Corona que haga reseña de todos aquellos recuerdos.

    El año 1853 en la Gran Plaza de San Pablo cuando gobernaba Su Alteza Serenísima, se corrieron en muchas corridas ganado de Atenco cimentando más la fama de que ya gozaban entre los aficionados; pero el más notable de los hechos en ese año en una de tantas corridas, fue la lucha de uno de esos toros con un tigre de gran tamaño y habiendo vencido el toro al tigre, el público entusiasmado con la bravura del toro pidió el indulto y que se sujetara y una vez amarrado fue paseado por las calles de la capital en triunfo acompañándolo la misma música que tocó en la corrida.

    En realidad, sobre la “Gran Plaza de San Pablo” pocas referencias se han encontrado de aquel año. Ofrezco en cambio, datos que revelan la lidia de toros de ATENCO en aquel año, pero en la plaza del PASEO NUEVO:

 PLAZA DEL PASEO NUEVO. Domingo 16 de enero. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. 6 toros de Atenco.

 PLAZA DEL PASEO NUEVO. Domingo 23 de enero. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. 6 toros de Atenco. En tal festejo

    “Se presentará por primera vez en esta capital una notabilidad en el ARTE para BANDERILLEAR A CABALLO,  el famoso IGNACIO GADEA, quien desempeñará esa suerte con el caballo ensillado, poniendo también algunas flores en la frente, y después en pelo, arrojando atrevidamente la silla, sin apearse, colocará otros pares de banderillas. Teniendo además la habilidad de COLEAR de una manera enteramente nueva y desconocida en esta capital, dará también una prueba de ella”.[5]

 PLAZA DEL PASEO NUEVO. Domingo 3 de abril. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. 6 toros de Atenco.

 PLAZA DEL PASEO NUEVO. Lunes 25 de abril. Segunda magnífica y extraordinaria función en honor del general D. Antonio López de Santa Anna. Nueve toros de Atenco. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Actuación de Ignacio Gadea.

 PLAZA DEL PASEO NUEVO. Domingo 6 de noviembre. Seis toros de Atenco. Cuadrilla de Bernardo Gaviño.

 PLAZA DEL PASEO NUEVO. Domingo 11 de diciembre. Corrida extraordinaria a beneficio de la Hacienda de Atenco y dedicada al Exmo. Sr. Presidente de la Nación, Benemérito de la Patria, don Antonio López de Santa Anna, y a su digna esposa Excma. Sra. doña Dolores Tosta de Santa Anna. Siete toros de Atenco. Cuadrilla de Bernardo Gaviño.

 PLAZA DEL PASEO NUEVO. Domingo 18 de diciembre.Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Seis toros de Atenco. Espectáculo de indios seminoles y florideños.

 PLAZA DEL PASEO NUEVO. Domingo 25 de diciembre. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Seis toros de Atenco.

    Lógicamente, es Bernardo Gaviño quien acapara actuaciones, que pudieron ser muchas más, pero la información proporcionada por la prensa de entonces se limita a estos datos.

CONTINUARÁ.


[1] Véase José Francisco Coello Ugalde: APORTACIONES HISTÓRICO TAURINAS MEXICANAS Nº 15. “Cuando el curso de la fiesta de toros en México, fue alterado en 1867 por una prohibición. Sentido del espectáculo entre lo histórico, estético y social durante el siglo XIX”. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Filosofía y Letras. División de Estudios de Posgrado. Colegio de Historia, 1996. Tesis que, para obtener el grado de Maestro en Historia (de México) presenta (…). 221 p. Ils., fots.

[2]  Mathieu de Fossey: Viaje a México. Prólogo de José Ortiz Monasterio. México, CONACULTA, 1994. 226 pp., ils. Cap. V, p. 129-137.

[3] Brantz Mayer: México lo que fue y lo que es, por (…). Con los grabados originales de Butler. Prólogo y notas de Juan A. Ortega y Medina. Traducción de Francisco A. Delpiane. 1ª ed. en español. México, Fondo de Cultura Económica, 1953. LI-518 pp. ils., retrs., grabs. (Biblioteca Americana, 23)

[4] Vicente Pérez de Laborda Villanueva: Historia de una Ganadería Navarra de Toros Bravos en el Siglo XIX de Tudela (Navarra), p. 14.

[5] Heriberto Lanfranchi: La fiesta brava en México y en España 1519-1969, 2 tomos, prólogo de Eleuterio Martínez. México, Editorial Siqueo, 1971-1978. Ils., fots. T. I.,p. 150-1.

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