EL TORO, ESE ELEMENTO DEL QUE SE BUSCARON LOS MEJORES RESULTADOS. (2 de 2).

MUSEO GALERÍA TAURINO MEXICANO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

CURIOSIDADES EN LA HISTORIA DEL TOREO MEXICANO EN EL SIGLO XIX, SIENDO UNA VEZ MÁS EL TORO, ESE ELEMENTO DEL QUE SE BUSCARON LOS MEJORES RESULTADOS.

   Algo destacable en la primer cita aportada por Juan Corona (que ya conocimos párrafos atrás) es la de la lucha de un toro y un león, aspecto que fue común en aquellas épocas. Las diversiones que tenían cierto prestigio por su carácter científico compartían su público con otras que presentaban espectáculos más feroces que instructivos pero que eran igualmente aceptadas.  Las luchas con animales fueron muy comunes en el siglo pasado, preferentemente se trataba de un pasatiempo para el pueblo, pero no dejaba de despertar curiosidad a la gente decente el ver luchar a un toro con un tigre.

   Pero más interesante aún son las luchas en las que enfrentaban a animales de diferente especie y que comúnmente se hacían en plazas de toros como la de San Pablo. En octubre de 1845 se envía una petición de licencia al Gobernador del Departamento para presentar ante el público mexicano una lucha de un toro de raza escogida con un león africano, la solicitud no se lleva al Archivo de la Ciudad de México (ACM) porque ya había sido rechazada por esa institución, sin embargo el gobernador del Distrito, Francisco Ortiz de Zárate, otorga la licencia y el ACM a su vez acepta no sin antes advertir que no está de acuerdo con que se ofrezcan “espectáculos de ferocidad”, pero finalmente los aprueba en repetidas ocasiones pues resultaba “inocente” la diversión y evitaba los riesgos del ocio. Existen más solicitudes del mismo tipo y aunque renuente, el ACM igualmente otorga los permisos como fue el caso de Bernardo Gaviño quien en el mismo mes, año y lugar enfrenta también a un toro con un león.

   Las luchas entre animales despertaban las pasiones del público, la violencia encumbrada  proporcionaba escapes traducidos en la gritería del pueblo que presenciaba el espectáculo, pero también se promovían liberaciones de tipo patriótico como la que nos narra Guillermo Prieto,  “la lucha de un torito mexicano con un tigre africano que se efectuó en la Plaza de toros de San Pablo”.  El evento se verificó en abril de 1838, los ánimos se encontraban alterados pues los franceses días antes, el 16 de abril, habían iniciado el bloqueo en el Puerto de Veracruz; la lucha significó mucho más que sólo un espectáculo, se trataba de salvar el honor nacional, pues aunque el tigre fuera africano representó de algún modo, el odio al extranjero. Se adaptó una jaula circular en el centro del ruedo que se comunicaba con el toril ofreciendo para los espectadores toda clase de seguridades, según el testimonio del autor.

TORO_UNA VARA EN EL RUEDO DE LA HACIENDA

Johann Salomón Hegi (1814-1896): “Corrida de toros”. Siglo XIX. Acuarela sobre papel. 54 x 74 cm. Col. Salomón y Brigitte Schäter, Zurich, Suiza.

Fuente: Gustavo Curiel, et. al.: Pintura y vida cotidiana en México. 1650-1950. México, Fomento Cultural Banamex, A.C., Conaculta, 1999. 365 pp. Ils, retrs., grabs., p. 183.

    La expectación que causó el anuncio de la diversión desbordó todo lo previsible, se montaron puestos fuera de la plaza, se hicieron versos alabando las aptitudes del torito mexicano,[1] las localidades se agotaron e incluso se expusieron los animales al público antes de la pelea para satisfacer la curiosidad de la gente:

 …aquella contemplación de las fieras produjeron efecto singular.

   Crearon partidos, despertaron simpatías vivísimas ya por el toro, ya por el tigre, convirtiéndose, sin saberse cómo, en remedo de insurgentes y gachupines, como un duelo entre Calleja y Guerrero, y aquello fue una gloria.

   Cada fiera tuvo su cohorte que daba cuenta de su posición, del estado de su salud y de su tristeza y alegría.  Al toro mexicano los léperos, a su modo, se esforzaban por hacerle comprender que le estaba encomendada la honra nacional.

   Las chinas encomendaban a Dios al torito, y si hubieran podido le habrían llenado de estampas y escapularios.

    Por fin llegó el día esperado, Guillermo Prieto continúa el relato detallado del extraordinario acontecimiento:

    El tigre vio con desprecio la llegada de su adversario; pérfido y como dormitando dejó pasar al toro; pero de repente un rugido espantoso y un salto tremendo anunciaron al terror de los bosques de Oriente; el tigre cayó sobre un lado del toro trepando sobre él enterrándole sus garras, haciendo brotar sobre su negra piel chorros de sangre…

   Rengueaba moribundo el noble toro, mientras los ojos del tigre despedían llamas y embarraba su hocico con siniestro gruñido con la sangre de su víctima.

   La música clamoreaba no se qué de feroz alegría.  La multitud abandonó sus puestos sin que se le pudiera contener, cercó la jaula y alentaba al toro con gritos, con súplicas y con ardientes lágrimas.

El toro parece que comprendió… y por un esfuerzo terrible, inexplicable, súbito y… acaso pudiera decir sublime, se sacudió impetuosísimo, desencajó al tigre de sobre sus lomos, lo derribó, y rapidísimo…más rápido que el más veloz relámpago, hundió una, y diez. Y mil veces sus aceradas astas en el vientre del tigre, regando sus entrañas por el suelo y levantando después su frente que aparecía radiosa con aquella inconcebible victoria.

    Y el final apoteótico:

   Una reunión considerable de personas se acercó al empresario pidiendo le permitiese pasear en triunfo al toro que había elevado tan alto el nombre mexicano. Se accedió, y entonces un paseo triunfal que no habrían desdeñado los Emperadores Romanos, se verificó, exhibiendo al toro entre vivas, músicas y cohetes por el espacioso barrio de San Pablo…[2]

    Los finales no siempre resultaron tan felices como en el caso anterior, en 1852 se presentó en la misma plaza una espectacular lucha en la que intervinieron no dos sino cinco animales: una leona, tres osos y un toro. La exhibición seguramente resultó impresionante pero su desenlace fue trágico, un espectador murió al ser alcanzado por un oso que saltó las graderías e hirió a otras treinta personas.[3]

GUADALUPE MORALES_DETALLE

 Guadalupe Morales: “Las primeras cuadrillas en México llegadas de España”. Siglo XIX. Óleo sobre tela. 60 x 83 cm. Col. Particular. Cortesía Galerías Agustín Cristóbal.

Fuente: Gustavo Curiel, et. al.: Pintura y vida cotidiana en México. 1650-1950. México, Fomento Cultural Banamex, A.C., Conaculta, 1999. 365 pp. Ils, retrs., grabs., p. 164. (Detalle).

 “Muchos hechos notables se registran en esa misma plaza de los toros de Atenco, -sigue narrándonos Juan Corona- entre ellos el de haberse suspendido en una de las corridas del mes de Abril del año 55 la suerte de varas por la razón de que el 1º y 2º toro inutilizaron á los cinco picadores después de haber matado 14 caballos. (Corona fue uno de los que ingresaron a la enfermería).

   “En la Plaza del Paseo Nuevo el año de 56 se jugaron toros de Atenco en competencia con los de la afamada Hacienda del Cazadero en varias corridas y casi en todas fueron vencedores los de Atenco sobre todo en la suerte de varas.

   “Esta competencia dio lugar á que se corrieran en el 58 en plaza partida las mismas ganaderías y en la segunda corrida el 2º toro de Atenco, castaño obscuro después de haber matado los cuatro caballos de los picadores que salieron rotó (sic) la barrera de la división se pasó adonde estaba jugando el toro del Cazadero y después de haber matado otro caballo de los picadores nada menos que el que montaba D. Juan Corona arremetió contra el toro del Cazadero dándole fuertes cornadas y poniéndolo en fuga. En estas corridas trabajaban como espadas Gaviño que era el que lidiaba los de Atenco y de Mariano González (á) La Monja, los del Cazadero.

   “En la época del Ymperio también dejaron muchos recuerdos á los aficionados por sus hazañas esas dos ganaderías pero siempre sobresaliendo Atenco.

   “Datos recogidos en Tenango.

   “En los años del 60 al 72 en las corridas de feria de Tenango también son innumerables las hazañas de los toros, de esa vacada aún todavía existen algunos empresarios como son D. Leandro Perdones (sic) (probablemente sea Paredones) vecino de México el Sr. D. Cosme Sánchez actual Presidente Municipal de Tenango D. Guadalupe Gómez vecino en la actualidad de México, y otro muchos que aun viven.

   “En enero del año 62 costó nada menos al empresario L.P. los tres días de feria la friolera de cuarenta y cinco caballos. Trabajó como espada D. Mariano González (á) La Monja.

   “El año 64 tocó trabajar á B. Gaviño los tres días de Feria y el último día o sea la última corrida quedó sin picadores por motivo de haber ingresado á la enfermería los cuatro que traía entre ellos el famoso Cenobio Morado. 32 jamelgos.

   “El 66 y 67 fueron tan notables las corridas de esos años que algunos de los que fueron testigos oculares las recuerdan con entusiasmo. En esa trabajaron Gaviño y Pablo Mendoza. El 2º toro de la última corrida cogió gravemente al picador Morado.

   “Del 68 al 73 en la misma plaza fueron indultados algunos toros á petición del público por admirar la ley y bravura hubo toro que recibió 22 picas y dejó en la arena 12 caballos de arrastre. Pero el que más llamó la atención en la 2ª corrida del año 72 fue el 3er toro castaño encendido, bragao, coliblanco y cornigacho ese toro dejó muertos en el redondel 16 caballos, cuatro tantas de picadores de a cuatro salieron al redondel y cuatro veces quedaron a pie los cuatro picadores. Era espada d. José Ma. Hernández.

   “Estos apuntes los he recogido de muchas personas que presenciaron esas corridas y que aún viven en Tenango.

   “Las corridas que he visto tanto en Tenango como en algunos otros redondeles del país también recuerdo algunos hechos notables de esos toros.

   “No se me olvidará lo de la Plaza de Tlalnepantla el 31 de octubre de 1886 el 4º toro al clavar la divisa el torilero Miguel Ramos fue enganchado del pecho por el toro saliendo y llevándolo en el pitón derecho hasta el otro extremo del redondel. Trabajaba como espada en esa corrida Ponciano Díaz.

   “En México, enero 4 de 1888, 4ª corrida de abono en la Plaza de Colón el 4º toro al ponerle un par Tomás Mazzantini hizo por el él bicho cogiéndolo en la barrera y aventándolo al tendido de sol.

   “En la Plaza del Paseo (México), fue cogido el 4 de diciembre de 1887 el espada Francisco Díaz (Paco de Oro), por el 1er toro, habiéndole quitado en pedazos la chaquetilla: ostentaba un traje azul y oro, y alternaba con Hermosilla.

   “El mismo Hermosilla fue cogido y volteado y enganchado de la pierna derecha en otra corrida en la misma plaza por el cuarto toro.

   “Esta ganadería á sido conocida en todo el país, y sus cornúpetos han visitado desde hace muchos años, casi todos los redondeles mexicanos. Es sin duda la que ha dado más toros de lidia desde su fundación no solo para los cosos (…)”

    En esas épocas no estaba especificado el nombre de la ganadería que suministraba los toros que habían de ser lidiados. Tales toros resultaban “cuneros”, según entonces nombraban los taurómacos a los bichos que no ostentaban “apellido” o sea nombre de la Hacienda donde habían estado desde la infancia,como también termina comentando el Dr. Cuesta Baquero, fuente de primerísima importancia para la elaboración de los presentes apuntes. Sin sus muy personales apreciaciones, de las que deben aplicarse algunas consideraciones para eliminar ingredientes venidos de la pasión y el uso de un lenguaje en desuso, pero entreverado, se tiene después una visión muy clara sobre el ambiente taurino que se desarrolló entre los últimos 15 años del siglo XIX y los primeros 15 del XX, tiempo en que maduró la primera gran etapa de la tauromaquia de a pie, a la usanza española en México, ni más ni menos.


[1] Raquel Alfonseca Arredondo.“Catálogo del Archivo Histórico del Distrito Federal. Ramo: “Diversiones Públicas en General. Las diversiones públicas en la ciudad de México durante la primera mitad del siglo XIX, un espejo de la sociedad”, Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Filosofía y Letras, 1998.114 p de estudio introductorio + 428 p. de catálogo.

[2] Guillermo Prieto: Memorias de mis tiempos, 6ª ed, México, Patria, 1976, (Colección México en el siglo XIX),  557 p., p. 110-113.

[3] Luis Reyes de la Maza: Circo, maroma y teatro (1810-1910), México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1985, 419 pp., p. 102.

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