EDITORIAL.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Leo y veo con asombro el hecho de que en algún espacio de nuestra Universidad Nacional se ha dado la oportunidad para que Jesús Monterín, profesor del Instituto de Filosofía del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España, dicte varias conferencias como experto en el análisis al derecho de los animales. Activista reconocido, junto con Peter Singer o Leonardo Anselmi, estas ideas han ido permeando poco a poco entre la comunidad, que no sólo es la universitaria. También la de los ciudadanos comunes y corrientes que cada vez se perciben más informadas en el aspecto por y para erradicar tradiciones crueles contra los animales, mismas que, según lo dicho en una nota de Emir Olivares publicada en La Jornada del martes 22 de abril de 2014, p. 47: “…son necesarias para el progreso intelectual, cultural, moral y ético de un país…”

   Sin embargo, Mosterín plantea que en “el mundo actual mantener prácticas de maltrato contra esos seres vivos no representa prestigio alguno, por lo que ningún tipo de interés ni la corrupción (para permitir prácticas ilegales de maltrato) de unos cuantos se deben anteponer para resolver este problema”.

   Lamentable o deliberadamente, Mosterín olvida o quiere hacer olvidar que para que esas “prácticas” existan o procedan en medio de tan “denigrante” condición, es porque tales actividades se han procesado a lo largo de siglos, en medio de ciertos mecanismos de justificación que van de domesticar a integrar en complejos procesos rituales un paso denominado “sacrificio”.

   Más adelante, la misma nota refiere, en palabras del eminente pensador, que “México tiene una tradición bronca de violencia que ha impedido el desarrollo de una relación de simpatía y compasión con las criaturas que sufren. El conocimiento es fundamental para cambiar la mentalidad de la población, en un esfuerzo para ser más sabios, compasivos y no infligir padecimientos a otras especies”. Sin embargo, ese mismo conocimiento abarca o comprende también otros procesos que pone en práctica cierto pueblo, el cual convive con expresiones que va haciendo suyas para definirse culturalmente entre las demás naciones (proceso que puede tomar siglos de integración). Si estas manifestaciones culturales, de tradición, o que consolidan los “usos y costumbres” hasta el punto de quedar integradas a su forma de ser y de pensar se omiten en estudios de nivel superior, el horizonte de análisis queda incompleto.

   Y sigo con la nota:

   “Mosterín quien formó parte del debate que condujo a la abolición en 2010 de las corridas de toros en Cataluña, subrayó que el espacio que brinda la UNAM para esta reflexión es fundamental y una contribución necesaria para erradicar la crueldad. “Aristóteles, considerado el filósofo clásico más influyente de todos los tiempos, escribió más páginas acerca de los animales que de lógica, ética, metafísica o estética. Nos interesamos por los animales porque somos animales”.

   En efecto lo somos, pero nos separa o distingue el hecho de haber sido beneficiados en términos de evolución con la posibilidad de ser racionales, en tanto que lo irracional, que no le resta condiciones a las razas animales, los lleva a ocupar ese territorio en el que el “homo sapiens” supo, a lo largo de los siglos no solo evolucionar, sino domesticar, cuidar, mantener… También imponerse frente a los otros, e incluso llegar a estados de conciencia que hoy nos acometen convertidos en esa otra irracionalidad que es la de verse inmiscuido en sus propias redes, la de haber alcanzado tal nivel de conocimiento que, al ponerlo en práctica se traduce en guerras, cambio climático, presencia fuera de control de los gases de efecto invernadero y otros delirios como el que también ya forma parte en nuestras ideologías: esa globalización tocada de ideologías neoliberales y de modernidad que parecen negar el pasado, cuando es precisamente este elemento uno de los factores esenciales en nuestras vidas. Desconocer el pasado es desconocer lo que fuimos. Esa ausencia fulminante de otros tantos procesos que constituyeron a las sociedades son necesarias para entender, precisamente el pasado a la luz del presente, con vistas a tener una mirada ya no contemplativa. También de un modo fundamental para admirar el futuro en visión prospectiva, capaz incluso de poner control y equilibrio de nuevo a condiciones vitales como la naturaleza misma, de lo que hoy depende esa raza racional pero vulnerable como la humana; a la cual se suma, y de ello no puede haber negación alguna, también la raza animal y otras especies vegetales.

   Hace relativamente poco tiempo me ocupaba de la obra –imprescindible- con la que Francis Wolff[1] contribuye para conseguir, en momentos como los actuales, un contrapeso ante la acometida que significa sí, el legítimo ejercicio de la promoción de los derechos legales de los animales, cuando estas razas no son susceptibles de adquirir tales postulados, salvo que el hombre, en tanto ser racional e inteligente, sea capaz de establecer un cerco defensivo, pretendiendo con ello defender razas animales en peligro de extinción, por ejemplo. Sin embargo, muchos de estos grupos, desconocen la compleja dinámica que opera, por ejemplo en las unidades de producción agrícola y ganadera. Precisamente, una de las voces más autorizadas, es la del MVZ Pedro Martínez Arteaga[2] quien opina al respecto:

 En México existen 284 explotaciones ganaderas que crían (Bos taurus); Raza de  Lidia, muchas establecidas en el centro y altiplano mexicanos, caracterizadas por su aridez, escasa precipitación y producción de biomasa. La FAO afirma: “Un 60% de las tierras del mundo están sometidas al pastoreo directo extensivo, sosteniendo 360 millones de bovinos y 600 millones de ovejas y cabras”. Eso ha propiciado que nuestros ganaderos de bravo mexicanos hayan implementaron un manejo holístico de su rancho, consistente en la toma de decisiones que establecen metas concretas, incluye calidad de vida, favorecen la rotación de potreros y establecen una visión futura de conservación de la biodiversidad. Mediante investigaciones realizadas sobre biodiversidad, encontramos una distribución distinta en porcentajes, tanto vegetales como animales silvestres, al hacer una comparación de ranchos dedicados a cría de toros bravos  vs.  ranchos ganaderos dedicados al ganado domestico. La vegetación mixta (matorral) fue mayor en ranchos de bravo, cuantificamos una cobertura aérea de (14.2%) contra (6.7%) de ranchos de ganado para carne. La cobertura basal del pastizal fue mayor para ranchos de bravo (12.9%) contra (7.7%) de ranchos distintos. Respecto a la fauna silvestre encontrada en ranchos bravos fue de 42 especies, mientras que para ranchos productores de ganado distinto se encontraron sólo 29 especies silvestres. Las condiciones de los ranchos bravos han contribuido a mantener la biodiversidad en equilibrio (homeostasis) del ecosistema, por la mayor cantidad de biodiversidad encontrada, contra aquellos ranchos distintos. Los ranchos de bravo garantizan la interacción entre flora y fauna, proporcionando estabilidad del hábitat de sus especies. Sumémosle que nunca se sobre pasa la carga animal sobre el terreno; solo se crían los toros que son demandados, lo que a su vez nos garantiza una conservación del ecosistema, mientras que otros ranchos  sufren  sobre pastoreo y pérdida de biodiversidad.

    Por eso, con Wolff, por los valores que expone, de principio a fin pondera la composición alcanzada por este peculiar espectáculo el cual, al ser calificado de arcaico, se le ubica como una manifestación que, al cabo de los dos últimos siglos ha alcanzado su condición de madurez profesional, la de una representación profana, escénica, cargada de rituales y que también está sujeta a una normatividad, a un orden que le ha sido instaurado para mantener principios de legitimidad que justifican a plenitud, el centro de todo el origen ante su polémica presencia. Me refiero al sacrificio y muerte del toro, componente fundamental del espectáculo. Ese difícil trance para muchos es un llamado a la crueldad, sentido e intención que no se corresponde con la crueldad –o más aún, la tortura- que aduce una mayoría oponente, por venir de un significado cuya fuente originaria era y sigue siendo el ritual. Esa expresión, a lo largo de los tiempos probablemente ha sufrido los cambios en su forma, pero no en su fondo.

   El propio Wolff justifica ese punto como sigue:

    La tortura tiene como objetivo hacer sufrir. Que las corridas de toros impliquen la muerte del toro y consecuentemente sus heridas forma parte innegablemente de su definición. Pero eso no significa que el sufrimiento del toro sea el objetivo –de hecho no más que la pesca con caña, la caza deportiva, el consumo de langosta, el sacrificio del cordero en la fiesta grande musulmana o en cualquier otro rito religioso-. Estas prácticas no tienen como objetivo hacer sufrir a un animal, aunque puedan tener ese efecto. Si se prohibieran todas las actividades humanas que pudieran tener como efecto el sufrimiento de un animal, habría que prohibir un importante número de ritos religiosos, de actividades de ocio, y hasta de prácticas gastronómicas, incluyendo el consumo normal de pescado y carne, que implica generalmente estrés, dolor e incomodidad para las especies afectadas.

   Las corridas de toros no son más tortura que la pesca con caña. Se pescan los peces por desafío, diversión, pasión y para comérselos. Se torean los toros por desafío, diversión, pasión y para comérselos (obra citada, p. 20-1).

    Pero especialmente hoy, la globalización, el neoliberalismo, la modernidad, el totalitarismo y todas las ideas o posturas adoptadas por las sociedades modernas rechazan expresiones de esta dimensión, lo que resultan complicado pues los cimientos que mueven todo esto, se encuentran orientados hacia la modernidad, al futuro por lo que esa prospectiva les impide mirar todo aquello que nos constituye en tanto seres humanos (por eso humanidad y animalidad no pueden ir juntos, aunque lo pretendan) y que se encuentra con fuerte carga de concentración en el pasado. Si ese segmento temporal lo omite o pretende omitirlo deliberadamente, se pone de relevancia un enfrentamiento al natural conjunto de razones que en tanto fundamental al ser humano, deja ver que los complejos mecanismos integrales a los que se ha asociado hasta permiten admirar el punto en el que se ha llegado a ser lo que hoy somos. Pero esa articulación ha tomado siglos de fundir sociedades, de unirlas o dispersarlas. Entre todo ese andamiaje no debe faltar la presencia de la naturaleza, la de su uso conveniente o no. La de la domesticación, lo mismo de plantas que de animales y ahí precisamente en ese punto, cabe su convivencia con el toro.

   Lo demás, nos lo cuenta Francis Wolff con ameno y claro lenguaje, en su esfuerzo inteligente por darnos una auténtica lección que de seguro así podría ser como se experimenta en el aula, espacio educativo, académico con el que, como muchos maestros, cumplen con el compromiso de desplegar sus experiencias con los estudiantes futuros profesionales en potencia; quienes al ingresar a territorios como el de esta formación sensata e inteligente, terminen por compartir el conocimiento; como el que en 50 razones… se vuelve una auténtica lección de vida.

   Con todo lo expresado en párrafos anteriores, una vez más vuelvo a expresar mi confusión, pero también mi desilusión al respecto de ese rotundo rechazo del que fuimos objeto –el pasado 10 de abril- cuatro universitarios, de compartir nuestras experiencias como estudiosos de una expresión popular que, en este lado del mundo ya acumula casi cinco siglos de presencia en permanente estado de evolución, el cual se ha manifestado en diversas puestas en escena. No pretendíamos sino presentar temas elegidos previamente, de conformidad con los planes de estudios de una facultad que, como la de Ciencias Políticas y Sociales la cual se percibe abierta, libre y universal, cosa que al final no fue así.

   Celebro que la propia UNAM se convierta en el espacio más apropiado para difundir, debatir y analizar al interior de la misma, temas de este orden, y que ahora toque el turno a personajes como Jesús Monterín, pero también hago un abierto extrañamiento por el hecho de que en la propia institución que nos ha formado a lo largo de muchos años, se niege por otro lado, la posibilidad de plantear, como pudimos hacerlo cuatro universitarios quienes fuimos objeto de la censura, para hacer uso del espacio desde el que se dicta la cátedra y con ello, contribuir en su forma más legítima, al debate, análisis y reflexión, haciéndonos por tanto más libres y universales.

 25 de abril de 2014.


[1] Me refiero, no podía ser de otra forma al texto de Francis Wolff: 50 razones para defender la corrida de toros. 2ª ed. Córdoba, España, Taurología, editorial Almuzara 94 p.

[2] El Dr. Martínez Arteaga, pertenece al Departamento de Cirugía Experimental y Medicina Comparada de la Facultad de Medicina Humana y Ciencias de la Salud de la Universidad Autónoma de Zacatecas.

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