EN PRO Y EN CONTRA: VISIÓN DE VIAJEROS EXTRANJEROS…

MUSEO GALERÍA TAURINO MEXICANO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

EN PRO Y EN CONTRA: VISIÓN DE VIAJEROS EXTRANJEROS Y AUTORES MEXICANOS, RESPECTO AL TOREO DE LA PRIMERA MITAD DEL SIGLO XIX. (ENSAYO).

    Como ya se sabe, las raíces españolas no se perdieron con la emancipación, pues la presencia en el escenario del torero gaditano Bernardo Gaviño y Rueda, garantizó este aspecto, aún cuando Gaviño fue el único español en México entre 1835 y 1886 que hizo del toreo una expresión mestiza, lo que dejó una ruta que se convirtió en modelo; y aunque algunos diestros nacionales hicieron suyo ese esquema, también prefirieron seguir toreando con creatividad, al amparo de invenciones permitidas tarde a tarde.

   Antes de continuar, es conveniente acercarnos un poco a la visión que tuvieron en esa época inicial del México independiente una serie de personajes, tanto nacionales como extranjeros, y cuyas plumas dejaron evidencia de diversos pensamientos. Veamos.

   El primer ministro de los Estados Unidos de Norteamérica ante México, Joel R. Poinsett presencia lo que es una stravaganza mexicana en 1822, misma que pasa a sus Notas sobre México.[1] Donde apunta sus visiones taurómacas hace de entrada un símil entre la plaza de San Pablo y la de Madrid porque “es exactamente igual y casi tan grande” (ésta con aquella. N. del A.). Y abre fuego con su opinión adversa al toreo.

En el redondel hay un círculo de cinco o seis pies  de  alto, con estrechas aberturas, en donde se refugian los atormentadores del toro cuando éste les persigue.[2]

Atormentadores o victimarios que para el caso es lo mismo, trabajan como puede entenderse, al servicio de la tortura, misma que observan

damas bien vestidas, que demuestran mayor interés por el tormento y muerte de un toro, del que vos, con vuestros prejuicios, habríais de considerar como decoroso en el sexo débil.[3]

   Las mujeres por lo que puede observarse acuden sin mayor recato y sin demostración alguna de compasión a los toros, un espectáculo lleno ya de escenas y cuadros con singular dramatismo sangriento.

   Por aquel entonces circula en México un folleto que reproduce fielmente las ideas de León de Arroyal y su PAN Y TOROS[4] mismo que encuentra segunda voz en otro opúsculo salido de la imprenta de Arizpe en 1822. Se trata del Mexicano. Enemigo del abuso más seductor.[5]

   Estas posiciones de nuestros visitantes, influyen en el espíritu de antepasados como José Joaquín Fernández de Lizardi o Carlos María de Bustamante, para ajustarlos a la época de esa presencia ideológica. Ya me referiré a ellos en su momento.

   C.C. Becher, originario de Hamburgo dejó en sus Cartas sobre México[6] su visión sobre las corridas de toros, presenciadas seguramente a principios de 1832 y en la cual sin mostrar señales de desaprobación va siguiendo y apuntando con detalle de buen centroeuropeo la lidia del toro.[7]

   W.H. Hardy visita México en 1825. Justo el 10 de diciembre llega a Maravatío Grande. Celebraba la población el “aniversario de su constitución”, y llamado por la curiosidad llega hasta la plaza de toros

justo a tiempo de ver el último toro aguijoneado a muerte por los patriotas pueblerinos, armados de lanzas en la Plaza Grande; el recinto estaba rodeado de grandes bancos donde se sentaban señoras bien vestidas, de todas las edades para ver ese espectáculo y aplaudir todo acto de crueldad cometido por los combatientes. Me alejo rápidamente de ese desagradable espectáculo, lamentando que madres e hijas se embotaran con él, ya que tiende a apartarles del cumplimiento de los oficios humanitarios que son el atributo de su sexo.[8]

   No cabe en Hardy la menor duda de desagrado, de rechazo, recriminando de pasada el hecho de mujeres asistentes que deterioran sus mentes en vez del “cumplimiento humanitario” que manda en su sexo.

   Poinsett, C.C. Becher., W.H. Hardy nos han demostrado hasta ahora una visión en la que

El viajero anglosajón, por ejemplo, que escribe sobre México está definiéndose; está expresando su ser por su contrario, por el no-ser. Es decir, el viajero describe lo que ve, lo que él no es; lo que él ni su país jamás podrán ser ya sea para bien o para mal, por exceso, o por identificación.[9]

   Y es que la realidad hace que impere en ellos un espíritu de profundo rechazo con las conformaciones americano-españolas. No es lo que México muestra, es toda aquella herencia hispana resultante la que en el fondo se recrimina pero que no se desaprovecha la acción para atacar lo retenido por los propios mexicanos.

   Continuando con estos personajes que son para el trabajo un aporte significativo, traigo ahora a Gabriel Ferry, seudónimo de Luis de Bellamare, quien visitó nuestro país allá por 1825, dejando impresoen La vida civil en México un sello heroico que retrata la vida intensa de nuestra sociedad, lo que produjo entre los franceses un concepto fabuloso, casi legendario de México con intensidad fresca del sentido costumbrista. Tal es el caso del “monte parnaso” y la “jamaica”, de las cuales hace un retrato muy interesante.

   En Perico el Zaragata que es la parte de sus Escenas de la vida mejicana que ahora me detienen para su análisis, abre dándonos un retrato fiel en cuanto al carácter del pueblo; pueblo bajo que vemos palpitar en uno de esos barrios con el peso de la delincuencia, que define muy bien su perfil y su raigambre. Con sus apuntes nos lleva de la mano por las calles y todos sus sabores, olores, ruidos y razones que podemos admirar, sin faltar el “lépero” hasta que de pronto, estamos ya en la plaza.

Nunca había sabido resistirme al atractivo de una corrida de toros -dice Ferry-; y además, bajo la tutela de fray Serapio tenía la ventaja de cruzar con seguridad los arrabales que forman en torno de Méjico una barrera formidable. De todos estos arrabales, el que está contiguo a la plaza de Necatitlán es sin disputa el más peligroso para el que viste traje europeo; así es que experimentaba cierta intranquilidad siempre lo atravesaba solo. El capuchón del religioso iba, pues, a servir de escudo al frac parisiense: acepté sin vacilar el ofrecimiento de fray Serapio y salimos sin perder momento. Por primera vez contemplaba con mirada tranquila aquellas calles sucias sin acercas y sin empedrar, aquellas moradas negruzcas y agrietas, cuna y guarida de los bandidos que infestan los caminos y que roban con tanta frecuencia las casas de la ciudad.[10]

   Y tras la descripción de la plaza de Necatitlán, el “monte parnaso” y la “jamaica”,[11] la verdad que poco es el comentario por hacer. Ferry se encargó de proporcionarnos todo prácticamente, aunque sí es de destacar la actitud tomada por el pueblo quien de hecho pierde los estribos y se compenetra en una colectividad incontrolable bajo un ambiente único.

   Mathieu de Fosey, otro de nuestros visitantes distinguidos no deja pasar la oportunidad de retratar -literalmente hablando- los acontecimientos de carácter taurino que presencia en 1833 pero que aparecen hasta 1854 en su obra Le Mexique. El capítulo IV se ocupa ampliamente del asunto y recogemos de él los pasajes aquí pertinentes. Durante su tiempo de permanencia -que fue de 1831 a 1834- no dejaron de darse corridas, (especialmente en una plaza cercana a la Alameda) pero no había en él esa tentación por acudir a uno de tantos festejos hasta que

Acabé por dejarme convencer; pero la primera vez no pude soportar esta escena terrible más de media hora… [Algún tiempo después volvió…] y acabé por acostumbrarme bastante a las impresiones fuertes que tenía que resistir hasta el final del espectáculo…[12]

   En esa visión se encierra todo un sentido por superar la incómoda reacción que opera en Fosey quien, al ver esos juegos bárbaros, tiene que pasar al convencimiento forzado por “acostumbrarme bastante a las impresiones fuertes” propias del espectáculo que presencia en momentos de intensa actividad “demoníaca” (el adjetivo es nuestro) pues es buen momento para apuntar justo el tono bárbaro, sangriento de la fiesta, mismo que se pierde en una intensidad de festivos placeres donde afloran unos sentidos que propone Pieper así:

Dondequiera que la fiesta derrame incontenible todas sus posibilidades, allí se produce un acontecimiento que no deja zona de la vida sin afectar, sea mundana o religiosa.[13]

No nos priva de un retrato que por breve es sustancioso en la medida en que podemos entender la forma de comportamiento entre protagonistas.

A veces actúan toreros españoles, pero no son superiores a los mexicanos, ni en habilidad ni en agilidad. Estos están acostumbrados desde la infancia a los ejercicios tauromáquicos, en los campos de México, igual que los pastores de Andalucía en las praderas bañadas por el Guadalquivir, y saben descubrir como ellos en los ojos del toro el momento del ataque y el de la huida. A caballo lo persiguen, le agarran la cola y lo derriban con gran facilidad; a pie, lo irritan, logran la embestida y lo esquivan con vueltas y recortes. Este juego casi no tiene peligro para ellos…[14]

   De esto emana el propósito con el que la fiesta torera mexicana asume una propia identidad, nacida de actividades que si bien se desarrollan con amplitud de modalidades cotidianas en el campo, será la plaza de toros una extensión perfecta que incluso permitirá la elegancia, el lucimiento hasta el fin de siglo con el atenqueño Ponciano Díaz, sin olvidar a Ignacio Gadea, Antonio Cerrilla, Lino Zamora y Pedro Nolasco Acosta, fundamentalmente.

   Los prejuicios van de la mano con nuestros personajes quienes no ocultan -unos-, su desaprobación total; y otros diríase que a regañadientes aceptan con la mordaza debida el festivo divertimento, porque una “nefasta herencia española” lastima el ambiente por lo que fue y significó la presencia colonial “desarraigada” pues, como dice Ortega y Medina:

los sedimentos hispánicos son sacados a la superficie (por esta suma de viajeros y otros que cuestionan las condiciones del México recién liberado), expuestos a la luz crítica de la razón liberal protestante y extranjera para ser abierta o veladamente censurados como muestra de un pasado histórico y espiritual antediluvianos, antirracionales; es decir, de un pasado que mostraba huellas de animosidad, de oposición, de manifiesta tendencia a ir contra la corriente.[15]

   El espíritu crítico seguirá siendo la manera de su propia reacción[16] y ya no se detendrá para seguir acusando una fobia que por progresista no se adecua a primitivos comportamientos de la sociedad mexicana que aun no se deslinda de toda una estructura, consecuencia del rechazo o, para decirlo en otros términos es esa visión de pugna entre lo liberal y lo conservador, terreno este que se somete a profundas discusiones puesto que entenderlo a la luz de una razón y de una perspectiva concreta, es llegar al punto no de la pugna como tal; sí de una yuxtaposición, de esa mezcla ideológica que se detiene en cada frente para proporcionarse recíprocamente fundamentos, principios, metas que ya no reflejan ese absoluto perfecto pretendido por cada grupo aquí mencionado desde su génesis misma.

   En la continuación de nuestros apuntes, Brantz Mayer, es el que en México as it was and as it is (México lo que fue y lo que es) deja fiel retrato de este panorama, comprendiendo en sus pasajes descriptivos el comportamiento popular y lo propiamente taurino. El que fuera secretario de la legación norteamericana en México entre 1841 y 1842, afirma que las corridas de toros, “al lado del de los terremotos y el de las revoluciones, formaba la principal diversión de los mexicanos de la época”.[17]

   Al llegar a la plaza nos refiere una asistencia de ocho mil espectadores aproximadamente.

La parte del edificio expuesta a los rayos del sol se dejaba a la plebe; la otra mitad se reservaba para los patricios, es decir, para los que pagasen medio dólar, con lo cual adquirían el derecho al lujo de la sombra (…)

   Siento gran repulsión por estas exhibiciones brutales; pero creo que es deber del hombre del ver un ejemplar de cada cosa durante su vida. En Europa presencié disecciones, y ejecuciones mediante la guillotina; y, fundando en este mismo principio, asistí en México a una corrida de toros.

Y a la corrida, donde por cierto llega tarde Brantz, pues ya

los picadores los estaban aguijoneando [a los toros] con sus lanzas, mientras los seis matadores, ágiles y ligeros, vestidos con trajes de vivos colores, lo provocaban con sus capas rojas, que hacían ondear a pocos pasos de los cuernos de la bestia; y cuando esta embestía contra el trapo, podían ellos lucir su habilidad, evitando los golpes  mortales de los cuernos. Después de hostigar al animal durante diez minutos con capas y lanzas, sonó una trompeta; al punto le clavaron en el cuello doce banderillas, o lancetas adornadas de papel dorado y de flores, haciendo que el animal se precipitase con furia contra su agresor, al sentir cada nuevo pinchazo del arma cruel.

   Hecho esto, la cuadrilla se puso en círculo, y el toro quedó en medio bufando, escarbando la tierra, moviendo la cabeza a uno y otro lado, viendo por doquiera un enemigo armado que apuntaba hacia él su lanza y bramando para que no se atreviesen a atacarlo. Pero a la verdad ya estaba domado.

   Otro toque de clarín, y dos matadores, apartándose del grupo, se adelantan con cautela y clavan en la piel del cuello del animal dos lanzas rodeadas de fuegos artificiales. Bufando, bramando, llameando y crepitando se puso el toro a dar brincos por la arena, azotándose con la cola y embistiendo a ciegas a cuanto se le ponía por delante.

   Al tercer toque de trompeta, salió a la plaza el matador principal, que ahora se presentaba por primera vez, y se adelantó hacia el palco del juez para recibir la espada con que acabaría con el animal. Entretanto se habían consumido los fuegos de artificio, y el animal estaba acorralado contra la barrera sur del teatro. Allí se le veía jadeando de cansancio, de rabia y desesperación. El matador, un andaluz vestido de gala, con medias de seda y traje ajustado, color de púrpura con bordados de abalorios, era hombre de contextura hercúlea; y su figura varonil, en la plenitud de la perfección del vigor y la belleza humana, formaba hermoso contraste con la enorme masa de huesos y músculos de la bestia.

   Enrolló su capa en la vara corta que llevaba en la mano izquierda, y se acercó al toro, empuñando en la diestra el afilado estoque. El toro, enfurecido a la vista de la capa roja, se precipitó hacia él. En el punto en que el animal se detuvo para embestirlo, el matador, saltando hacia la izquierda con brinco de ciervo y recibiendo en la punta de su espada todo el choque del peso y del impulso del animal, se la enterró en el corazón, y sin ninguna convulsión lo dejó muerto a sus plantas. Ante el éxito del golpe, el público estalló en aplausos. El matador sacó del cuerpo del animal su espada ensangrentada, la envolvió en su capa y, haciendo un saludo a la multitud, la devolvió al juez.[18]

   Y sigue narrando Mayer otros detalles de la corrida, hasta volver a caer en algunos de proporción ya conocida. No cabe en él la menor duda del rechazo que se convierte en una descripción pormenorizada de cada fase de la lidia, en la que no deja de resaltar el cruel sentido propio del espectáculo, pero resultado al fin y al cabo de ese formular la fiesta a partir de connotaciones muy definidas: lanzas rodeadas de fuegos artificiales, el método de hostilidad por parte de los toreros en masa frente a la víctima, el exceso de los puyazos y los caballos que, despanzurrados vuelan por los aires con los picadores y otras lindezas. Sin embargo

sacaron a la plaza otros cinco toros; pero casi todos ellos resultaron cobardes. Y a pesar de eso, a ninguno dio muerte el matador a la primera estocada, lo que menoscabó la buena opinión que de sus habilidades tenía la chusma.[19]

  La “chusma” calificativo peyorativo de otro sinónimo de pueblo, es ese estrato que Brantz Mayer mira ignominiosamente en desacuerdo de los factores de moral y humanidad que en el hombre forman parte sustancial de su entidad como ser.

   Para la gran mayoría, el toro es la víctima central y por tanto, la figura que en un momento determinado debe recobrar su importancia, inclusive como parte de un ataque suyo hacia los toreros, para lo cual no faltó un irlandés, vecino de Mayer en la corrida a la que asiste[20] y quien al presenciar la suerte de varas con sus ingratos y aparatosos resultados no dudó en exclamar a todo pulmón: “¡Bravo Bull!” Thompson -embajador norteamericano- era de la misma idea favorable para con el toro.

   Sin embargo, con quien se llega a extremos de crítica feroz es con Latrobe quien ridiculiza y menosprecia la fiesta a este grado:

La ceremonia (corrida) ha sido descrita y cantada en prosa y en verso usque ad nauseam. Si en España es una brutal e inhumana exhibición en donde, después de todo se realiza con cierto riesgo para la gente que toma parte en ella a causa de la fuerza y vigor del noble animal, que es el blanco del cruel deporte, aquí no sucede así, pues el espectáculo resulta diez veces más denigrante porque de todos los toros que he visto el mexicano es el más débil y sin braveza.[21]

   Y si Penny cuestionaba la presencia de mujeres en los toros, como lo hizo W.H. Hardy, buscándose ellas el detrimento a sus sentimientos femeninos, fue una mujer, la Marquesa Calderón de la Barca quien en la novena carta de La vida en México deja amplísima relación de una corrida presenciada a principios de 1840.

En aquella ocasión, a pesar de quedar deslumbrada por el brillo de un espectáculo cuya “gran belleza” no pudo dejar de reconocer, todavía sintió ciertos remordimientos por haber gustado sin excesivas náuseas de esa repugnante forma de atormentar a un animal hacia el cual, sobre todo atendiendo a que su peligrosidad la rebajaba el hecho de que las puntas de sus pitones se hallaran embotadas sentía mayor simpatía “que por sus adversarios del género humano”.[22]

   Esta mujer, Frances Erskine Inglis, escocesa de nacimiento, con unas ideas avanzadas y liberales en la cabeza acepta el espectáculo, se deslumbra de él y hasta construye una famosísima frase que nos da idea precisa de cómo, sin demasiados aspavientos como los demostrados por otros europeos y anglosajones, comulga con la fiesta. La frase va así: “Los toros son como el pulque. Al principio les tuerce uno el gesto, luego les toma uno el gusto…”. Su posición en definitiva es moderada, no escancia hieles de descrédito hacia lo español, como lo hizo Hall quien condenó a la nación española por la introducción de la sangrienta y salvaje fiesta, cuyo solo objetivo era

desmoralizar y embrutecer a los habitantes de la colonias, y con la esperanza de así poderles retener con más seguridad bajo el yugo.[23]

   En el fondo, y como deseo de afinidad entre estos viajeros hay en el ambiente algo que  Ortega y Medina trabajó perfectamente en un ensayo mayor titulado: “Mito y realidad o de la realidad antihispánica de ciertos mitos anglosajones”.[24] De siglos atrás permaneció entre las potencias inglesa y española una pugna de la cual se entiende el triunfo de aquélla sobre ésta dada su superioridad, frente a la realidad del hombre. Un nuevo caldo de cultivo lo encontró ese enfrentamiento luego de abierto el espacio hispánico y toda su proyección en América, al surgir la “Leyenda negra” sustentada por esos pivotes del ya entendido mito, de la Brevísima Relación de la Destrucción de las Indias (Sevilla, 1542) por Bartolomé de las Casas, cuyo sentido de liquidación es cuanto se cuestiona y se pone en entredicho por quienes quisieron acusar la obra hispánica en la América en el pleno sentido de su colonización.

   Todo ello sirvió como pretexto para desacreditar la obra española -dada la perspectiva de la Inglaterra isabelina-, por lo cual se generó un anhelo de desplazamiento de aquel retrógrado sistema para implantar el inglés. Uno de los promotores del desprestigio es Richard Hakluyt “El Joven” que parece gozar mefistofélicamente al recrear las matanzas “millonarias” de indígenas por parte de españoles sin virtud alguna.

   La campaña bien intencionada en hacer ver la superioridad inglesa muy por encima del retraso español siguió su marcha sin agotarse, en términos de Oliverio Cromwell juzgando “a todos los hispanos de crueles, inmorales y envidiosos”.

   Pero hay algo aún más importante, dentro de las consecuencias de aquel fenómeno, pues

toda esta tremenda propaganda apuntada y descargada puritanamente contra España y los españoles fue anticipando y condicionando las futuras fobias de sus herederos norteamericanos y fue también utilizada y aprovechada por éstos para justificar sus exacciones contra los españoles y mexicanos de aquende y allende el Atlántico.[25]

   Luego de la independencia quedaron residuos coloniales -vicios de la sociedad- difíciles de desarraigar. Se ve también que al intento de deshacerse de la gran estructura establecida durante tres siglos por España, había que conformar ese llamado neoaztequismo como afirmación o reivindicación de algo que quedó oculto mientras operó aquel sistema peninsular, cuando no se acaba de entender y asimilar que ya para ese entonces somos “americanos de raíz india o hispánica”. En tanto el español parece abandonarse de América para dejar abierto el espacio a las aspiraciones particulares del mexicano.

   Bajo toda esta perspectiva, podemos entender la posición guardada por aquellos viajeros que expresaron y manifestaron su descrédito total a aquel resto de la barbarie.

   Cerramos aquí la presencia de nuestros personajes con una hermosa cita que recoge Juan A. Ortega y Medina refiriéndose a B. Mayer:

(quien) estuvo a punto de apresar algo del significado trágico del espectáculo cuando lo vio como un contraste entre la vida y la muerte; un “sermón” y una “lección” que para él cobró cierta inteligibilidad cuando oyó al par que los aplausos del público las campanas de una iglesia próxima que llamaba a los fieles al cercano retiro de la religión, de paz y de catarsis espiritual.[26]

   Y si hermosa resulta la cita, fascinante lo es aquella apreciación con la que Edmundo O’Gorman se encarga de envolver este panorama:

Junto a las catedrales y sus misas, las plazas de toros y sus corridas. ¡Y luego nos sorprendemos que a España de este lado nos cueste tanto trabajo entrar por la senda del progreso y del liberalismo, del confort y de la seguridad! Muestra así España al entregarse de toda popularidad y sin reservas al culto de dos religiones de signo inverso, la de Dios y la de los matadores, el secreto más íntimo de su existencia, como quijotesco intento de realizar la síntesis de los dos abismos de la posibilidad humana: “el ser para la vida” y el “ser para la muerte”, y todo en el mismo domingo.[27]

   En lo relativo a nuestros autores y sus ideas contrarias a la fiesta, encontramos en José Joaquín Fernández de Lizardi al primero de ellos, no sin antes mencionar de pasada al virrey Félix Berenguer de Marquina, único representante monárquico que, públicamente se declaró antitaurino -en afán protagónico- y quien se encarga de asentar en documentos y oficios una idea de la cual no desistió. Va así:

No creo que un Virey debe procurar atraerse la voluntad y el conocimiento del público que ha de mandar, por fiestas, que, como la de Toros, originan efectivamente irreparables daños y perjuicios en lo moral y político.[28]

   Sin embargo, la mencionada corrida se llevó a efecto[29] con el natural sobresalto, y enojo de parte de este curioso personaje, al cual lo recuerda un cáustico pasquín sobre una pila, siempre seca, que mandó hacer en la plaza de Santo Domingo:

Para perpetua memoria

nos deja el virrey Marquina

una fuente en que se orina

y aquí se acabó su historia.

   La actividad taurina vuelve a ser afectada entre 1805 y 1807 debido a la Real Cédula que expidió el Rey Carlos IV en 1805, “por la cual se prohíben absolutamente en todo el reino, sin excepción de la Corte, las fiestas de toros y novillos de muerte, con lo demás que se expresa”.

   En tanto continuó su curso -normalizado de nuevo- en los años de la intensa lucha libertaria, y sin que esto afectara demasiado a la fiesta, aparecieron los escritos del ya citado Fernández de Lizardi, quien es firme depositario de las ideas ilustradas y todo lo que esto implica. Por eso, el “Pensador Mexicano” propone mejor que nadie las ideas de sus colegas y de su tiempo en esta forma:

Dicen que los toros son un espectáculo bárbaro y unos residuos del gentilismo… Que es un suplemento de los gladiadores de Roma, que es una diversión sangrienta y propia para hacer corazones feroces y desnudar a los simples de toda idea de sensibilidad, acostumbrándolos a ver derramar sangre ya de brutos y alguna vez de hombres.[30]

   Debemos entender que la posición de los ilustrados era la de cuestionar en la fiesta su origen de muchos males sociales. Y si en la Nueva España se daba ya el fenómeno, en España y con Feijoo, Clavijo, Cadalso, Campomanes y Jovellanos su propuesta cimbra los sentidos sociales, aunque sin provocar ningún cisma, como veremos a continuación.

   De estos personajes apenas si nos ocupamos de ellos en el capítulo anterior y es menester ampliar su posición para entenderlos y así de nuevo, recuperar en Lizardi la línea ya emprendida.

   Benedicto Jerónimo Feijoó fija en su Teatro crítico una actitud crítica -común en el siglo XVIII para los ilustrados-, que se opone a la corrida de toros en la que los motivos utilitarios hacen detener a este personaje en sus apuntes de la Honra y provecho de la Agricultura siendo incisivo de tal modo, que sus ideas llegaron a

oídos del conde de Aranda quien encontró buen pretexto para hacer declarada defensa (en opiniones a nivel de Consejo) sobre los males que caían sobre la agricultura, ocasionados por la fiesta torera.

   En cuanto a José Clavijo y Fajardo, se incluyen en el tomo IV de su obra El Pensador apuntes que involucran a los toros.

Yo voy a tratar de nuestras fiestas de toros, y no temo ni los gritos tumultuosos de un pueblo ciego ni las piedras que acostumbra a arrojar el rencor.[31]

   José Ma. de Cossío, gran polígrafo español dedicado a la fiesta de toros dice que Clavijo funda sus razonamientos en tres bases de orden y estructura lógica

Las corridas le parecen reparables, “por lo tocante a la religión, que en ellas se advierte vulnerada. Por lo que mira a la humanidad y decencia, que sufren mucho en semejantes espectáculos. Y por lo relativo a la política en los graves perjuicios que traen al Estado.[32]

   Y si crítico se comporta Clavijo, doblemente crítico lo es José Cadalso mismo que, en 1768 y en sus Cartas marruecas descarga su ira contra la tauromaquia. Dichas “Cartas…” quieren o pretenden ser réplica de las Lettres persanes que Montesquieu hiciera aparecen en 1721.[33]

   El supuesto marroquí va ofreciendo una panorámica  de la cuestión social vista en la península española. La parte LXXII es toda ella una censura a lo taurino.

Desde ahora -dice el moro Gazel- te puedo asegurar que ya no me parecen extrañas las mortandades de abuelos nuestros, que dicen sus historias, en las batallas de Clavijo, Salado, Navas y otras, si las ejecutaron hombres ajenos a todo lujo, austeros de costumbres y acostumbrados, desde niños a pagar dinero por ver derramar sangre, teniendo esto por diversión y aún por ocupación dignísima de los primeros nobles. Esta especie de barbaridad los hacía, sin duda, feroces, acostumbrándolos a divertirse con lo que suele causar desmayos a hombres de mucho valor la primera vez que asisten a este espectáculo.[34]

Y es que a decir de Cossío, todo el planteamiento de Cadalso se sustenta en puros motivos de sensibilidad.[35]

   Ahora bien, si con estos personajes se pronuncia la ilustración, Juan Jacobo Rousseau en sus Considerations sur la Governement de Pologne (Cap. III) apuntaba:

Abundancia de espectáculos al aire libre, en que las clases sean distinguidas con esmero, pero en que todo el pueblo goce igualmente, como acontecía entre los antiguos, y en que la juventud noble ostente a veces su brío y agilidad. Las corridas de toros no han contribuido poco a mantener cierto vigor en la nación española.[36]

Viniendo de Rousseau -uno de los grandes elementos del iluminismo-, toda esta concepción sobre la fiesta no repercutió en gran medida como hoy repercute con grupos fundamentalmente ecologistas (no es casualidad que España pretenda hoy en día incorporarse a la modernidad por la vía de la Comunidad Económico Europea. Así consiguió un avance cuando superó la guerra civil y ahora lo hace por el lado de estos nuevos horizontes, rebosantes de progreso), que someten a opinión la “barbarie de la fiesta”, concepto este que alcanzó con Jovellanos otras dimensiones, que al fin y al cabo no fueron de peligro. “El mayor nombre que los antitaurinos esgrimen contra la fiesta de toros es el egregio de don Gaspar Melchor de Jovellanos”.[37]

   A el se atribuye el folleto Pan y Toros, esa oración apologética en defensa del estado floreciente de la España, dicha en la plaza de toros por D.N. el año de 1794[38] cuando la realidad es que León de Arroyal es su padre intelectual. En su informe sobre “los juegos, espectáculos y diversiones públicas usadas en lo antiguo en las respectivas provincias de España” hace severa crítica sobre el mal destino de la agricultura en tierras que cada vez son más ociosas y en todo caso, para beneficio de esa situación, propugnando por la pequeña propiedad individual que atañe, de pasada, a las ganaderías dedicadas a la crianza de toros bravos que en aquella época, alcanza una fuerza sin precedentes.

   En junio de 1786 el Supremo Consejo de Castilla convoca a la Real Academia de la Historia para proporcionar los usos y costumbres en los espectáculos públicos. Jovellanos es el elegido pero hasta diez años después lo da a conocer y lo publica. La fiesta torera se revisa con ligereza pero remarca que no es provechosa en ningún sentido a la educación pública. Se remite a fuentes como las Partidas de Alfonso X el Sabio y luego se encamina por entre la Edad Media. No olvida aquel pasaje que Fernández de Oviedo refiere sobre la Reina Católica.[39]

Alude luego a las prohibiciones eclesiásticas y a la vigente de Carlos III, ordenada “con tanto consuelo de los buenos espíritus como sentimiento de los que juzgan las cosas por meras apariencias”; censura en la que aparece implícito un juicio desfavorable de la sensibilidad de los aficionados y un reconocimiento de los atractivos visuales, o acaso de otro orden menos material, de la fiesta. Argumenta a continuación, tratando de probar que ni por su frecuencia, ni por su generalidad, puede considerársele como nacional, y niega -y aquí es donde creo que pisa terreno más firme (dice Cossío)- que el arrojo y destreza de unos cuantos hombres puede servir de exponente del valor y bizarría españoles. Afirma, sin tratar de profundizar en sus razones, que no sufre la nación daño alguno, en el orden moral ni en el civil, por la supresión de las corridas, y termina con este párrafo condenatorio, que tampoco apoya en razón alguna, pues sin duda las da por supuestas: “Es pues, claro que el Gobierno ha prohibido justamente este espectáculo, y que cuando acabe de perfeccionar tan laudable designio, aboliendo las excepciones que aún se toleran, será muy acreedor a la estimación y a los elogios de los buenos y sensatos patricios”.[40]

   Seductores parecen ser todos los planteamientos jovellanianos, aunque sin muchos seguidores, pero suficientes para establecer un marco ideológico que la ilustración se encargó de promover entre los hombres de la avanzada intelectual española.

   Regresamos de nuevo a México.

   Había pasado una época en la que ni ciertas disposiciones promovidas por virreyes, como es el caso de Bucareli,[41] don Alonso Núñez de Haro y Peralta[42] y, aunque poco afecto, también incluimos a don Manuel Antonio Flores[43] alteraron los intereses del espectáculo. Antes al contrario, varias temporadas, como la de 1769 y 1770[44] (78) o la de 1787[45] proporcionan a la Real Hacienda fondos para obras públicas que tal es el caso en las dos mencionadas.

   Esto es indicativo de que la Corona solapaba al espectáculo y así mantuvo ese esquema hasta que, iniciado el siglo XIX, las medidas aplicadas para frenar todo ese sentido se dejaron notar fuertemente. Recordamos una vez más la cédula de 1805 y de ese año, hasta 1809 la actividad taurina quedó privada. Apunta Viqueira:

Vemos pues, que el siglo de las luces luchó denodadamente contra la fiesta estamentaria, y lo hizo no porque el Estado no necesitase desplegar a la vista del pueblo el orden jerárquico que regía en principio a la sociedad, sino porque los toros, por no estar a tono con la época, habían dejado de ser el lugar indicado para hacerlo.[46]

Todo este análisis necesita reflexión. Tarde o temprano los ataques a un espectáculo bárbaro, primitivo, promotor de graves perjuicios necesitaba un alto. Con ilustrados como los ya conocidos es posible que influyeran enormemente en el monarca para llevar a efecto un anhelo que durante todo el último tercio del XVIII estuvo madurando. La fiesta ya no es estamentaria, es del pueblo que la ha profesionalizado a través de una paga que recibe porque va conformando lentamente su estructura en sentidos más formales.[47] Por otro lado, este fue un espectáculo que prestó hasta un determinado momento su apoyo para la recuperación de las arcas, para obras públicas y otros fines benéficos. Finalmente, si todo ello reflejó algún regreso a la barbarie (para las mentes ilustradas), por otro lado ésta es resultado de los progresos manifiestos en la sociedad misma que acepta el avance, no el retroceso. Y la acepta por formar parte de su entorno que es, en consecuencia, uno más de los sustentos de la vida cotidiana.

   Volviendo a los efectos ilustrados, la fiesta pudo recuperarse con cierta normalidad después de que quedó disuelto el último reducto de la medida del año 1805. El proceso emancipador trajo consigo aparte de la posibilidad indispensable de liberación, un intenso movimiento taurino no solo en la capital; también en el interior.

Se siente que fueron utilizados con el fin de desviar el interés de los mexicanos en medio de la batalla por la razón política de llamar la atención del pueblo a objetos indiferentes, (y) que ocurran en su consternación e impiden que su imaginación se corrompa.[48]

   Eso por un lado. Por el otro, es legítimo hablar y escribir de que seguía siendo un espectáculo, una diversión que ya no solamente quedaba en el pueblo. El mexicano como ente y como ser empezaba, a partir de la independencia misma a sustentar con su propia expresión y su entendimiento un toreo que se queda con nosotros y al que se le da su legitimidad al seguirlo apuntalando en lo que a técnica se refiere. Una técnica que es auténticamente española. El arte y su expresión se lo dieron ellos bajo unas connotaciones bien particulares.

   En 1812, al anuncio de la nueva Constitución gaditana, el desbordamiento para recibirla fue mayúsculo; sin embargo los toros no hicieron acto de presencia. Pero al conocerse que se suprimía documento de tal envergadura en 1814, el virrey Calleja oponente a la aplicación del mismo, mandó desde el 5 de agosto de aquel año, celebrar con “indescriptible júbilo” tal ocasión, que era doble en realidad, porque el rey Fernando VII ocupaba de nuevo el trono luego de la expulsión de los ejércitos invasores de España. Las celebraciones incluyeron una gran temporada de toros aunque

Los liberales, para quienes la supresión de la constitución era una grave derrota, vieron en estas corridas de toros un claro símbolo del regreso del viejo orden.[49]

   Y aquí la actuación literaria por parte de Lizardi, -con quien regresamos- el que, de inmediato, manifestó en los periódicos en forma velada su oposición a la restauración del absolutismo. Y restaurarlo significaba en cierta medida, volver al viejo orden. Así en sus famosas Alacenas de frioleras: La conferencia de un toro y un caballo,[50] Sobre la diversión de toros[51] y Las sombras de Chicharrón, Pachón, Relámpago y Trueno (conferencia)[52] consiguió con prudencia y mesura un ataque a la fiesta puesto que sus argumentos van dirigidos a mencionar que era un entretenimiento de gentes bárbaras, ignorantes y feroces.

   Desde ese momento queda demostrado que la fiesta de toros apoyada y recuperada por Calleja sucede a las amenazas de suspensión permanente más que de liquidación definitiva, aplaudida por los liberales. Calleja, en momentos de dificultad social y política asume una posición contradictoria a los hechos, mismos que se desarrollan de tal forma que generan un estado de cosas que se van a integrar a las condiciones que están dando pie a la independencia.[53]

   Félix María Calleja del Rey era un militar frío que combatió a los rebeldes, en compañía del virrey Venegas y apoyado por el obispo Abad y Queipo. Sabía lo que pasaba y según Bustamante “como llevaba mucho tiempo de residir en el reino (su esposa era de San Luis Potosí) y conocía las costumbres del país, se amoldaba a ellas y al lenguaje”. Por eso no desconocía que la casi totalidad de los habitantes de la Nueva España deseaba, desde tiempo atrás, sacudirse el yugo hispano. Ese fruto comienza a madurar desde 1808.

   La fiesta como estructura colonial va a mostrar los últimos reductos de un esquema que empieza a ser sometido a novedosas implantaciones, surgidas de una expresión y una afirmación nacional. Esta -ya lo hemos visto- se define a partir de los primeros intentos de una “fiesta selvática” en cuanto manera de sus características particulares que se desbordan desde el inicio del segundo tercio del siglo XVIII. Así el XIX da cabida a ese espectáculo, mezcla de un concentrado en el ruedo, sitio de representaciones que reflejó el orden de cosas similar al adquirido por la independencia y su transcurrir. Y luego, gracias a que el movimiento provee a la nación de un ser que le corresponde, bajo el conflicto de toda una historia de bandazos, llega un momento de respiro apenas leve -con la República Restaurada-, y prosigue por senderos de una dictadura que preparó el terreno a otra nueva revolución, de siglo XX.

   Lo verdaderamente destacable en estos síntomas es una apreciación hecha por Juan Pedro Viqueira Albán en el sentido de que luego de las fiestas que Calleja respalda, será el que

A partir de entonces (1814 y 1815) y hasta 1821 se realizaron corridas de toros cuyos beneficios se destinaron a vestir a los soldados del ejército realista. De esta forma la fiesta brava contribuyó al esfuerzo militar de la reacción.

Pero aun más importante es que

A principios de 1821, unos meses antes de la consumación de la Independencia, la plaza de San Pablo fue destruida por un incendio. El monumento que la reacción había levantado durante su precaria restauración, desapareció así presa de las llamas.[54]

   La fiesta quedó liberada de cualquier amenaza. Su curso estaba garantizado a pesar de que la plaza de San Pablo sufrió ese percance recuperando su actividad hasta 1833. En ese periodo comprendido de 1821 a 1833 varias plazas hicieron las veces de sucedáneos: Don Toribio (1813-1828), Plaza Nacional de Toros (1823-al 9 de mayo de 1825, fecha en que comenzó a incendiarse, cebándose las llamas en aquella enorme construcción de apolillada madera, con tal actividad, que en poco tiempo quedó reducida a cenizas), Necatitlán (1808?-1845) y Boliche (1819-?).

   Pero en el ambiente quedaba un tufillo de inconformidad, de repulsión que se aceleró  a  la  sola  presencia del folleto PAN Y TOROS publicado en México en 1820.[55]

Se trata de una violentísima diatriba contra las costumbres y gobierno de los españoles en esa época, hecha con criterio progresista, pudiéramos decir, y antitradicional, y en ella la afición y gremio taurinos sufren el mismo violento ataque que las demás clases, profesiones y ministerios de los españoles, si bien más pormenorizado y acre.[56]

   Dicho texto encuentra réplica inmediata en El mexicano. Enemigo del abuso más seductor[57] firmado por las iniciales F.P.R.P. cuya confirmación encuadra en las propias experiencias nacionales. Nos detendremos a un análisis del mismo.

   Transcurre el año de 1822, la idea ya planteada por el texto de León de Arroyal ha penetrado y nada más iniciar su lectura es entender el espíritu liberal de la ya flamante nación misma que

está tan dignamente empeñada en difundir la ilustración, en desarraigar la crueldad, en hacer disfrutar los dulces y benéficos efectos que produce un Gobierno sabio, justo y equitativo, y en inspirar ideas francas y generosas, a este mismo tiempo digo, se vean multiplicadas como nunca, unas diversiones muy propias para empapar en la crueldad para hacer criar callos en los corazones más sensibles, haciéndoles perder su natural compasión, y para enervar las más dulces sensaciones de las fibras más dispuestas?(…) Ya se ve que hablo de las feroces y sangrientas corridas de toros.[58]

   He aquí a un liberal exaltado con ideas y sugerencias correctivas, emprendiendo labor y campaña que consiga erradicar los males de una sociedad que ya conforma la nación mexicana. Ello no niega aquella condición planteada por fr. Servando Teresa de Mier, mismo que inscribe en un presentimiento:

Protestaré que no he tenido parte en los males que van a llover sobre los pueblos de Anáhuac. Los han seducido para que pidan lo que no saben ni entienden, y preveo la división, las emulaciones, el desorden, la ruina y el trastorno de nuestra tierra hasta sus cimientos.[59]

   Los acontecimientos del siglo XIX americano se ven coludidos en intenso comportamiento, por agitadas reacciones que provienen de su seno y fuera de él; creando un sistema de confusión que por décadas vivió muy en particular el estado mexicano, luego de lograr su independencia formal. Con aquel esquema, la sociedad se manifestó, en apego a lo que significó tal conjunto de expresiones, que no solo fueron políticas. Se dejaron ver en las calles, en las costumbres, pero principalmente en un espectáculo, como son las tradicionales corridas de toros, mismas que parecen encerrar un profundo vínculo de aquellos órdenes, estrictamente políticos con los de sentido social. Es por eso que en la plaza lograban actuar de forma intensamente natural.

   Línea a línea aprovecha el anónimo autor en armar un revuelo de cajas destempladas, pues nada hay que se le escape y acusa al espectáculo de

Que se consume el dinero en asalariar hombres temerarios y desalmados que no dudan competrar su existencia, exponiendo a sus miserables familias a los horrores del hambre y desnudez, pudiendo proporcionarse una subsistencia cómoda, tranquila y útil a su patria![60]

   La idea del progreso, la ilustración, florecen con toda su fuerza, pretendiendo liquidar un pasado reciente, cuyos tres siglos permitieron el arraigo de aspectos diversos que nuevas sociedades y nuevos tiempos fueron aceptando como parte misma de su ser; un nuevo ser que al pretender despojarse de esos “aspectos diversos”, solo consiguió perpetuarlos a la nueva fisonomía nacional, a pesar del ansioso deseo en el que

Ojalá y los beneméritos Representantes de la nación en el Soberano Congreso, dicten la compasiva ley que exterminando para siempre tan sangrientos espectáculos arranque para siempre la cruel piedra del escándalo para los extranjeros todos que tanto por ella nos vilipendian.[61]

   Tal intención fue mostrada en momentos posteriores por Carlos María de Bustamante en 1823, por una comisión del periódico “El siglo XIX” en 1845, y con los planteamientos de 1867. Asimismo las de José López Portillo y Rojas o el decreto de Venustiano Carranza que ya veremos y analizaremos cada una a su debido tiempo.

   No quisiera concluir el vistazo a las notas de F.P.R.P. sin antes incluir el soneto con que remata su opúsculo.

S O N E T O

 

Ved aquí para siempre ya extinguida,

Sangrienta diversión que fué dictada,

Por la barbarie más desapiadada,

Del siglo de crueldad empedernida.

Que vil preocupación envejecida,

Mantuvo con tenacidad porfiada,

A pesar de verla ya tan odiada,

Y de la culta Europa aborrecida.

Mas sabia ilustración ya le condena,

Aboliéndola alegre y compasiva,

De la Española gente que sin pena,

Proclama ya gozosa á la atractiva,

Dulzura, á la que en fin á boca llena,

Con deliciosa voz dice que viva.

 

F.P.R.P.[62]

 LA OPINIÓN ADVERSA QUE CARLOS MARÍA DE BUSTAMANTE TUVO DE LOS TOROS.

   Transcurre 1823, apenas recién publicado el “Aguila Mexicana”, Carlos María de Bustamante arremetió contra el espectáculo de toros.

   “La Aguila Mexicana” fue vocero de los yorkinos y fundada por Germán Nicolás Prissette. En su número 14 del 28 de abril apareció el siguiente

   COMUNICADO. Principio es sabido que los tiranos cuando quieren  que  los  pueblos  no  conozcan  sus grillos ni sus desgracias, los tienen sumergidos en diversiones, ellas les hacen olvidar la libertad, les hacen prescindir del recobro de sus derechos, a tal estado y tan lamentablemente puso Iturbide al pueblo de México. Se horroriza mi corazón sensible a tanta desgracia; y más cuando ve que introdujo unas diversiones que las naciones cultas miran con horror, que solo sirven para encallar (sic) los corazones, para ver con frialdad el asesinato, la sangre y la muerte; tal es, público respetable (a quien dirijo estos mal ordenados renglones) las corridas de toros, que si queremos que los pueblos del orbe nos tengan por cultos, es de precisión absoluta abolirlas de nuestra patria. En ellas no reina más que el desorden, la disolución, el lujo y lo fatuo, y por último, cuán poco lisonjero es para una joven tierna, para un delicado niño, el ver que un hombre atrevido se presente con serenidad al frente de una fiera, que resiste su choque, y que después de estar lidiando con ella, la inmola a la punta de una espada: estas impresiones feroces se arraigan en su corazón, y he aquí como se forman los hombres insensibles al dulce encanto de las artes, al hermoso atractivo de la virtud.

   “¡Mexicanos!, desterremos de nuestro país estas bárbaras diversiones, substituyamos a ellas la que resulta de la agricultura, veamos allí uncidos para librar la tierra, esos animales que dan alimento al hombre laborioso, y no exponiendo la vida de nuestros paisanos. Quiero pasar en silencio, porque son notorias las faltas y excesos que contra la moral pura se cometen, y reducir este comunicado para impetrar del Gobierno, que esa plaza de toros que nos está quitando la vista hermosa de la de Armas,[63] se destruya, y si tuviese parte alguna en el valor de ella, o por mejor decir el de las maderas, se emplee en una biblioteca pública de libros modernos, que tanta falta nos hace, y de los que emana la sabiduría, reemplácese lo que demuestra nuestra estupidez, con lo que haga efectiva una ilustración y cultura. ¡Ojalá mis votos sean oídos!, y vea yo cumplidos los deseos que me animan en favor de mi patria, para la que existo solamente. M.B.

   “NOTA.-He oído por opiniones de liberales y serviles, que se le trata de pegar fuego a la plaza; si el Gobierno no la hace quitar, sentiría cualquier desgraciado suceso. Quítese, pues, este estorbo. B.”[64]

   Bustamante es un historiador del periodo independentista y sus visiones destacan continuamente las características de los personajes excepcionales de su época. Y aún más: la historia para Bustamante estará constituida por la puntual y detallada narración de todos aquellos hechos de los hombres que atendieron a acelerar o retardar el plan trazado por la Providencia. De todo esto, seguramente se deriva el calificarlo como el mitómano de la historia decimonónica en su primera mitad. Y todo cuanto encontramos aquí no es más que reflejo de esa visión ilustrada (pero de una ilustración falta de rigor, que cae en el populismo) que recogieron muchos en aras de darle a la nueva identidad su propia esquema, que no se logró del todo. Como no se logró que su “Comunicado” hiciera daño.

Carlos_Ma.Bustamante

Carlos María de Bustamante. Disponible abril 28, 2014 en: http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/1/1d/Carlos_Ma.Bustamante.JPG

   Inmediatas y sintomáticas se fueron mostrando las expresiones de esas nuevas estructuras sociales, vestidas con ideas propias del progreso que desarmonizaban con el legado colonial roto apenas unos años atrás. En 1826, la “Gaceta Diaria de México” y en su número 57, tomo II del 26 de febrero publica un proyecto de ley para abolir las corridas de toros en el Estado de Zacatecas.[65]

   Llama la atención aquí, una nueva réplica del opúsculo PAN Y TOROS cuya influencia en México fue determinante para dirigir las ideas por caminos distintos que aseguraran un bienestar y un cambio de la mentalidad seriamente influida por todos aquellos sentidos heredados por tres siglos españoles en México.

   Se siente por la parte del Sr. Murguía -autor de dicha propuesta- un prurito, un temor al “qué dirán” cuando apunta: “no nos expongamos los americanos, así como los españoles, a la crítica justa de las naciones cultas”. Parece ser esta una actitud poco congruente, (el dilema de O’ Gorman de liberales vs. conservadores nos ayuda a explicar este comportamiento) temerosa quizás de las leves garantías que ofrece en esos momentos la condición de un periodo comprendido entre 1824 y 1835 donde puede verse bien a las claras el sistema variable de aplicación no de un programa; sí de varios que emergieron como lógica respuesta de proporcionar a México posibilidades que no basamentos concretos para asegurarle prosperidad y confianza por alcanzar los objetivos trazados. Ahora que “objetivos” no se perfiló uno como respuesta real a los problemas. Fueron muchos, y en el peor de los casos, alteraron la marcha; liquidaron el proyecto de nación adecuado durante cuarenta y seis años. Esto es, tomando en cuenta el año de consumación independentista al de la República Restaurada.

   Hacia 1845, una comisión del periódico “El Siglo XIX” se reunió a discutir severamente el comportamiento y las consecuencias que arrojaba por entonces el espectáculo de toros al considerar que eran (un) indicio seguro de varvarie (sic). Entre los integrantes de la comisión que lanzó la iniciativa se encuentran redactores como Manuel Payno, entre otros. Y es que la idea ilustrada aún se respira profunda y potente, deseosa de trascender y de marcar un hito en las aspiraciones que se orientan hacia el progreso.

   Otro grupo que remarca la índole discriminatoria de y para la fiesta es encabezado por Antonio García Cubas, Alfredo Chavero, José T. de Cuellar e Ignacio Manuel Altamirano, mismo con el que culminamos la visión de los autores nacionales para llegar a la confrontación final del presente capítulo, en cuanto idea de rechazo o aceptación hacia el espectáculo.

   Acercarse a El libro de mis recuerdos de García Cubas[66] es encontrarnos con una proporción amplificada de ese debate antitaurino sustentado en posiciones muy ilustradas. Abundante es su apreciación y por ello acudiremos a citas bien específicas -que no por seleccionadas- pierden el valor de su idea.

   De entrada se refiere a un tipo de costumbre “que permanecen estacionarias”, sostenidas a su vez por el bajo pueblo. Y que siguen estando en el gusto general sin poderse desarraigar. Los recuerdos de nuestro autor se remontan a octubre de 1853, una tarde en la cual la función taurómaca se dedicó en honor de Santa Anna. Pormenorizada descripción nos da idea del ambiente, sin que por ello falte una serie de elementos que enriquecen la concepción del ejercicio de esta técnica y su estética. Hasta que desemboca en apreciaciones tan parecidas a las de PAN Y TOROS y de las de Chavero,  que veremos  más adelante.

(…)el espectáculo de la corrida de toros es para mí horripilante, y lo considero como indigno de la cultura de un pueblo, tanto como la bárbara costumbre de los boxeadores de la ilustrada Inglaterra, y de la no menos culta nación norteamericana. Tal es mi opinión.[67]

No niega García Cubas oposición, paralelismo a las ideas que son lugares comunes en muchos que, como él traslucen sus pretensiones bien manifiestas de progreso.

   Toro y caballo son las víctimas con las cuales no satisfecho el hombre de llevarles al “cruento sacrificio”, les martiriza y se convierte en modelo de la crueldad. Pero, ¿y el torero?

Ese me causa doble pena, porque a la vez tiene que atender a la fiera toro y a la fiera público. Este nunca se halla contento, por más que aquél demuestre valentía y arrojo y se esfuerce en complacerle procurando ejecutar las suertes con la mayor limpieza. Una cogida que le dé el toro puede acabar con su vida; pero una cogida del público lo lastima y lo ultraja con sobrada injusticia.[68]

   Ese público que naufraga entre licores, gritos, denuestos y que pierde toda compostura, es el público de una corrida de toros, donde no se marca con mucha claridad eso de las diferencias sociales pues unos y otros se demuestran en feroz rivalidad para nada y para nadie, la mejor especie del repertorio de gritos.

   Es la idea de estos “cuadros de costumbres” insistir con afanes de ilustración, enfocar mejor los recursos destinados a un vestigio del pasado que el de fijarlos en la instrucción educativa. Por eso

La patria tiene necesidad del valor de sus hijos, pero no de ese valor brutal, sino el que infunde la dignidad, bellísimo don que sólo se adquiere por medio de las virtudes cívicas.[69]

   Pero es aún más importante un juicio crítico que García Cubas vierte al declararse enemigo total de las corridas de toros por lo que pretende encauzar por la senda civilizadora a los hombres de su tiempo, cosa que no pudo conseguir. Ese ideal a continuación reproducido no deja de mostrar formas comparativas de un pasado que por supuesto ya no existe; pasado de cuyo contenido se extrae la suma de modelos nefastos, los cuales van a ponerse en la balanza de los juicios enfrentados: pasado y presente como forma de advertencia. Historia correctiva o demoledora de principios que sobreviven en una y otra generación sin que hábitos o arraigos, a pesar de su intención de arrancarlos de raíz, desaparezcan.

Hase dicho en favor de las corridas de toros, parodiando la primera proposición de la famosa ley de la gravitación, que “la virilidad de un pueblo está en razón directa de sus espectáculos”,[70] falsa proposición, porque en el presente caso, la segunda, que se ha omitido, destruye por completo a la primera enunciada. Esa segunda proposición es: “y en razón inversa del cuadrado de la inmoralidad”, la que tiene su comprobación en los mismos hechos declarados, que fueron la causa de la destrucción del poderoso imperio, minado en sus cimientos por la moral cristiana y herido de muerte por los pueblos germanos, viriles y vigorosos, sin estar habituados a los sangrientos espectáculos de los Calígulas, Nerones y Domicianos.[71]

   Hombres casados con la idea del progreso continuaron mostrando un afán persistente, del que tarde o temprano encontrarían una respuesta, como la hallaron en su momento los ilustrados españoles ya conocidos de nosotros. Uno más, abanderado de la idea conformadora y a su vez hombre íntegramente preparado es Alfredo Chavero, cuyo papel en la monumental obra México a través de los siglos dirigida por Vicente Riva Palacio, lo coloca en lugar reconocido. Chavero -de quien se han encontrado nexos con la masonería- nos deja en sus Obras[72] vivo relato de su visita a Colima[73] hacia 1864 sin omitir sus reacciones al presenciar una corrida de toros.

   En tal descripción es notable una ambivalencia en cuanto conceptos rechazo y aceptación a la fiesta que él presencia. En el Manzanillo los hombres de ese momento y esa circunstancia “se entregan al placer y a las fiestas hasta consumir su último centavo”.

   Los más “guapos muchachos” van a capear y jinetear toros. El autor describe por otro lado esa original y nacional muestra de vestir, de enriquecer el espectáculo. Ya estamos en la plaza y Chavero diserta:

Los toros son entre nosotros la sola diversión del pueblo. Luchar con fieras fue para los romanos la última señal de degradación. El César, después de recibir a las legaciones victoriosas, pensaba que esos hombres libres y valerosos podrían recordar las glorias de la República y los mandaba a entretenerse con los sangrientos espectáculos del circo. El circo sería también para distraer el hambre del pueblo.[74]

   Tal parece -en estos apuntes- florecer la erudición absoluta al referir con la toma de modelos (lugares comunes), ese sentido de confrontar a la luz del pasado unos hechos que siguen estando activos en el presente, con sus naturales transformaciones; aunque en el fondo ocurra lo mismo. “No hemos avanzado mucho. Se mata bestialmente o con educación y decencia, pero se sigue matando”.[75]

   Ese acudir de continuo a las civilizaciones o culturas como la de los griegos o los romanos, es ir retomando de ellas sus vicios, sus males públicos, lo degradante en una palabra que puede tener una sociedad en cualquier tiempo en que ésta se estructure. Y mientras mayor sea el grado de descomposición o de barbarie -en nuestro caso-, mayor será por lógica, la manera de su severo juicio. A todo ello

Además, sus instintos valerosos [de los hombres], y, si se quiere decirse, sangrientos, necesitaban contentarse de alguna manera. Pero no fue el hombre arrojado a la fiera, no: fue el hombre luchando con ella y venciéndola, el hombre que satisfacía sus instintos de valor, el pueblo que educaba su corazón y lo fortalecía; mas ya con el menor sacrificio  posible  de humanidad.

   Los toros han venido a ser un progreso en la historia.[76]

¿Pero es ya tiempo de que se dé otro paso más en esa senda, y los suprimamos? Aquí entra una cuestión social, no ajena de este lugar: describimos costumbres, y debemos examinarlas.[77]

   Recordar: 1864 como año de las impresiones manifiestas en Chavero, las cuales no niegan ese sentido liberal que se acusa en el texto ahora analizado. No se aleja en ningún momento del juicio dado a un efecto del pasado. Es más, sugiere como lo hace F.P.R.P. y luego también García Cubas la ya permanente solución a ese problema:

cuando el pueblo no está instruido, y por lo mismo, no tiene manera de entretener su inteligencia y sus instintos, los gobiernos deben hacerlo. La diversión pública llena ese vacío; pero para ser eficaz, es indispensable que sea una diversión del agrado del pueblo. Bajo este aspecto son necesarios los toros. Suprimidlos y el pueblo, sin ese espectáculo, donde desahogue sus instintos de matar, se irá a matar a sí mismo.[78]

   Y en seguida, su ambivalencia o contradicción. Luego de pronunciarse en contra del espectáculo, nos sorprende un sentido  de resignación pues así como exalta al pueblo del Manzanillo -que como otros- cuenta también con mejor instinto que los gobernantes más sabios, “recibió, según habíamos dicho, a los toros, con las mayores muestras de regocijo”. Y poco más adelante proporciona una corta pero bien elaborada reseña de la fiesta desarrollada aquella tarde en esa costa mexicana.

   Y bien, falta por incluir a José T. de Cuellar y a Ignacio Manuel Altamirano. De aquel[79] y de este[80] contamos con apreciaciones cuyo giro no deja de perder el tono de la posición liberal. “Facundo”, el de la Linterna mágica, autor que recrea costumbres mexicanas no parece ser más que un vocero de las opiniones vertidas por el público, y del cual salió aquella nota cuyo objeto era desarraigar el toreo vísperas del anuncio oficial de prohibición. Altamirano -a su vez- y en ese año de 1867 cambia la espada por la pluma (que de hecho fue su primera ocupación y que nunca había abandonado) se propone a ser el impulsor de la cultura nacional y funda el periódico El Correo de México al lado de Ignacio Ramírez y de Alfredo Chavero, quienes pugnaron por el respeto a la Constitución del 57 y se opusieron al reformismo de Juárez. Apoya la independencia de Cuba, funda la sociedad de Libres Pensadores, entre otras muchas actividades.

   En nuestro siglo, el borde de toda consideración de ataque lo encontramos en ¡Abajo los toros! de José López Portillo y Rojas, escrito en 1906 y presentado como una protesta ante el inminente anuncio de que una plaza de toros sería levantada en el curso de 1907. En la portadilla de la obra que además se encuentra dedicada al general de división Porfirio Díaz “cuyo nombre es saludado con aplauso y pronunciando con respeto por el mundo civilizado” pide, proclama que “sea suprimida en México, la bárbara, sangrienta y bochornosa diversión de los toros”.

   El autor de La Parcela que pertenece a la generación realista (el realismo nació como contrapeso de la subjetividad ensoberbecida, como intento de armonizar el mundo interno con el externo) manifiesta una idea bien contraria al espectáculo -como la que hoy pudieran abanderar la sociedad protectora de animales, entidades ecológicas y otros grupos contrarios a la fiesta-. Como por ejemplo la siguiente arenga que a la letra dice:

¿Por qué hemos de vivir condenados a llevar a cuestas el sambenito de los toros, sólo por ser de origen español? ¿No hemos dado el grito de Dolores? ¿No conquistamos nuestra independencia a costa de once años de lucha? Pues si nos hemos emancipado de la antigua metrópoli en lo político, no hay motivo para que continuemos uncidos a ella, en sus vicios y defectos. Imitemos a los españoles en lo que tienen de bueno: en su patriotismo, en su energía, en su ardiente amor al arte y a la belleza; no en sus defectos, máculas y deficiencias. No parodiemos a los malos poetas, que, no pudiendo igualar a Byron en la inspiración, le imitan en la borrachera.[81]

Al acercarse al espíritu fprpniano, López Portillo y Rojas, en una exaltación desmedida y en pleno clímax de su obra apunta

Es cuestión de patriotismo y de bien parecer extirpar de nuestro suelo esa planta venenosa y parásita: una medida de esa especie, alcanzará incalculable resonancia entre los pueblos cultos, y hará más en favor de México, que un número crecido de libros, opúsculos y periódicos laudatorios, nacionales o extranjeros.[82]

   La posición guardada por López Portillo y Rojas es comparable con aquella que mostraron los liberales, puesto que en los toros no encuentra muestra congruente de ilustración, y nuestro autor llama a la realidad, convoca a los sentimientos humanitarios, como lo hicieron los liberales del México a mitad del XIX. “Resto vergonzoso de la antigua barbarie, es un anacronismo en el siglo XX; y no se explica cómo ese monstruo sangriento y feo, pueda alentar en época como la nuestra, tan poco a propósito para su supervivencia”.[83] Deseaban aquellos hombres de avanzada, y con todas sus fuerzas, erradicar las herencias de un pasado como el colonial, que tanto daño hizo a la integridad del mexicano como ser, desviándole de sus auténticas realidades. Sólo que nunca repararon que el arraigo de toda esa “nefasta herencia” quedaría latiendo en unas concepciones muy particulares de la vida social. La iglesia, a pesar del golpe de 1859 y 1860 -con las leyes de reforma- preservó su institución, alterada sí, pero resultante del esplendor español en América, aunque  su participación en la vida social fue disminuyendo lentamente. Y entre otros muchos aspectos, las corridas de toros, las cuales permanecen a pesar de los muchos intentos de liquidación que en torno a ella se han perpetrado.

   Y así como se manifiestan ideas de barbarie y de regresión al estado salvaje cuando se habla de toros, también es menester el que se incluya a ese orden de cosas una idea que osciló entre seguidores de la ilustración y quienes sancionaron a la fiesta con su freno de 1867; esto es: la explotación económica que se mostró más notoriamente entre las clases sociales bajas.

¡Que se consuma el dinero en asalariar hombres temerarios y desalmados que no dudan comprometer su existencia, exponiendo á sus miserables familias a los horrores del hambre y desnudez, pudiendo proporcionarse una subsistencia cómoda, tranquila y útil a su patria![84]

Y es que, efectivamente los costos de las corridas de toros en aquellos años eran demasiado elevados. Ya vemos que por ejemplo, en la corrida del 3 de noviembre de 1867, entradas de sol y sombra general -las más económicas que se ofrecen en una plaza de toros-, tienen un costo de $2 y $10 respectivamente, mientras que la galería en el Teatro Nacional en una función de ópera tenía precio de hasta $0.75. Así también, un adicto a las bebidas generosas pagaba por

un decimal, una de a dos, una chica, o una catrina, que costaban respectivamente uno, dos, tres y seis centavos; o un pinto, tres tlacos (equivalente a cuatro y medio centavos).[85]

   Y justo en 1867 se lanzó un decreto que prohibía las loterías ó rifas públicas

Considerando: que las loterías deben considerarse entre los juegos prohibidos y perjudiciales a la sociedad, porque consuman las economías del fruto del trabajo de las clases menesterosas; y porque con el incentivo de un lucro grande, aunque improbable, debilitan el estímulo de trabajo, que es la base del bien social.[86]

   De esta última parte, considerada como de las ideas que propone José López Portillo y Rojas y la de factor económico, se recoge una impresión en donde dos son los conceptos que manejan aquellos seguidores de progreso e ilustración como frente de ataque hacia las corridas de toros: el tono bárbaro y salvaje que tiene de suyo tal espectáculo y esa razón de explotación que exprime y azota a las clases bajas de la sociedad mexicana del siglo XIX. Pero también hay que ser razonables en apuntar que la realidad es que no se trata del peso total de las circunstancias aquí analizadas. La suma de hechos y acontecimientos contemplados en nuestro estudio, nos hacen pensar en estructuras o superestructuras a las cuales se les proyecta un perspectivismo lógico para procurar conclusiones efectivas.

   En cuanto a la prohibición que impuso Venustiano Carranza en 1916, el tópico que domina es la causa del dispendio a que llegaba el pueblo, gastando sumas que no tenían, así como de la notable barbarie predominante en el espectáculo. La medida fue derogada en 1920, días después de la muerte del de Cuatro Ciénegas en Tlaxcalantongo.

   Ante todo, la postura del conjunto de autores reunidos aquí, parte de la ideología liberal-ilustrada cuyo comportamiento se fraccionó en varias partes, a saber:

a)La posición anglosajona como realidad antihispánica cuya ascensión se nutre en gran medida, de la “Leyenda negra”, sentido este que desde el siglo XVI es vigente; se incentiva con los principios y pretensiones del siglo XIX e incluso, con la aparición de la “Brevísima Relación…” del padre las Casas. Una editada en Puebla hacia 1821, y otra en México de 1822, con un discurso preliminar de fray Servando Teresa de Mier. Ello precisamente, al culminar la guerra independentista que es como la disposición del terreno al cultivo de la idea por parte de viajeros extranjeros quienes, en su mayoría rechazaron la fiesta de toros, adoptando la posición ilustrada de suprimirla y de ver por la civilización. Sentido retomado asimismo, por nuestros escritores.

b)El propio sentir de aquellos mexicanos influidos de ilustración y liberalismo, aspecto este último cuya pretensión fue lograr esa imitación extralógica vista en los Estados Unidos como auténtica prosperidad social que va en oposición al modo de ser heredado de la colonia. Su tesis también propone en los mismos términos del anterior, el exterminio de las diversiones, criticándolas severamente y sugiriendo a las autoridades el decreto de su prohibición.

c)Hay una tercera posición que, en gran medida es afín a un principio establecido por Edmundo O’Gorman en el siguiente tenor:

Tenemos dos tesis correspondientes a dos tendencias que se combaten como opuestas por sus respectivos objetivos, y fundadas en dos visiones diferentes del devenir histórico; pero dos tesis que acaban postulando lo mismo, a saber: hacerse de la prosperidad de los Estados Unidos, pero sin renunciar al modo de ser tradicional por estimarse éste como de la esencia de la nueva nación. Ambos quieren, pues, los beneficios de la modernidad, pero no la modernidad misma.[87]

Y sigue el autor proporcionando a nuestros argumentos las específicas posiciones de unos y otros puesto que

la visión progresista ilustrada que sustenta a la tesis liberal no es sino una versión desacralizada de la visión providencialista católica que sirve de cimiento a la tesis conservadora.[88]

   Quienes quedan perfectamente encuadrados aquí son aquellos que muestran comportamiento ambivalente (caso muy claro de Chavero o de José T. de Cuellar). Repudian pero aceptan. Repudian como prurito moral. Aceptan como irremediable sentido de ver pasar frente a ellos el curso de una fiesta que, alterada o no, seguiría su marcha.

   El resumen del comportamiento social en estas visiones nuestras y ajenas, es remarcar -sin proponérselo-, el gusto, la aceptación que se da en las masas para con el espectáculo, aun y cuando existan de por medio multitud de formas para lograr su ingreso (es decir, llegando al extremo de dejar sin comer a la familia y de empeñar hasta lo último disponible en las manos con tal de hacerse presentes en la plaza); así como de manifestarse: “Dénsele, con ofensa de la civilización, para que vocifere y se enloquezca, las corridas de toros…” (García Cubas).


NOTA IMPORTANTE: Me reservo el derecho de incluir las notas a pie de página, debido a la presencia de ciertos personajes que pretenden hacer suyo estos materiales, con sólo dar “clic” a sus empeños y teclear “Supr” o “Delete” para quitar el nombre del autor original, atribuyéndose de esa forma textos que no les pertenecen.

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