ESTADO E IGLESIA UTILIZAN UNA FIESTA “ORDENADA” GRACIAS A LOS DIVERSOS REGLAMENTOS PUESTOS EN VIGOR EN DIFERENTES ÉPOCAS.

MUSEO GALERÍA TAURINO MEXICANO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Las aplicaciones directas o indirectas de los reglamentos taurinos a través de los tiempos han sido aprovechadas también por instancias como la iglesia y el estado, quienes han encontrado una forma de beneficio que les otorga un “orden” conseguido luego de intensas jornadas donde se busca que la fiesta transcurra normalmente. Bajo esta situación que garantiza tranquilidad, ya lo dijimos, y en la medida en que la iglesia y el estado se acercan al espectáculo para celebrar a un santo patrón, la dedicación de un templo, canonizaciones y otros motivos religiosos, se procura obtener un bien común. Es decir, la mejora en obras públicas, al apoyo en la construcción de algún monumento o para beneficio de damnificados por algún efecto de la naturaleza (huracanes, incendios o temblores).

   Entendemos que el beneficio aportado por las corridas de toros no solo lleva implícito el gozo en sí mismo. El orden, tema obsesivo desde hace ya un buen número de años parece que encuentra estabilidad sin faltar los eternos vicios que lo vulneran así como quienes se encargan de criticar (al reglamento, por supuesto y a la parte encargada de afectarlo). Esto sucede en todos aquellos países donde la tradicional fiesta taurina sigue vigente.

   En España y en México las condiciones de aplicación de un reglamento y el destino que puede dársele para aprovechar el pretexto taurino resulta muy interesante para explorar los comportamientos sociales pero también el de las autoridades en los dos términos expresados.

   En el siglo XVIII el espectáculo taurino fue adquiriendo poco a poco visos de lo profesional y también de lo funcional por lo que las corridas de toros se sometieron a un esquema más preciso. A fines de aquel siglo logró constituirse en una diversión de la cual podían obtenerse fondos utilitarios para beneficencia de hospitales y obras públicas. Nueva España no fue la excepción.

   Las fiestas en medio de un “desorden”, lograban cautivar, trascender y permanecer en el gusto no sólo de un pueblo que se divertía; no sólo de los gobernantes y caudillos que hasta llegó a haber más de uno que se enfrentó a los toros. También el espíritu emancipador empujaba a lograr una autenticidad taurómaca nacional. Y se ha escrito “desorden”, resultado de un feliz comportamiento social, que resquebrajaba el viejo orden. Desorden, que es sinónimo de anarquía es resultado de comportamientos muy significativos entre fines del siglo XVIII y buena parte del XIX.

   Si bien, como en España se mostraron intentos por ajustar la lidia de los toros a aspectos técnicos y reglamentarios más acordes con la realidad, en México este fenómeno va a ocurrir y seña de ello es la aplicación de un reglamento en 1822, y luego en 1851 cuando sólo se pretende formalizar de nuevo la fiesta, pues el reglamento se queda en borrador.

   En 1812, al anuncio de la nueva Constitución gaditana, el desbordamiento para recibirla fue mayúsculo; sin embargo los toros no hicieron acto de presencia. Pero al conocerse que se suprimía documento de tal envergadura en 1814, el virrey Calleja oponente a la aplicación del mismo, mandó desde el 5 de agosto de aquel año, celebrar con “indescriptible júbilo” tal ocasión, que era doble en realidad, porque el rey Fernando VII ocupaba de nuevo el trono luego de la expulsión de los ejércitos invasores de España. Las celebraciones incluyeron una gran temporada de toros aunque

Los liberales, para quienes la supresión de la constitución era una grave derrota, vieron en estas corridas de toros un claro símbolo del regreso del viejo orden.

    En 1815, y justo en abril se realizaron fiestas a beneficio del vestuario de las tropas realistas en que se jugaron toros de “Atengo” escogidos y descansados, con la divisa de una roseta encarnada, y seis de Tenango que son de muy buena raza, también escogidos, y se señalarán con roseta blanca”. Tales corridas resultaron un total fracaso, por lo que, el virrey Calleja autorizó en junio del mismo 1815 otras cuatro corridas en que se lidiaron toros de “Atengo, con divisa encarnada, y cinco del Astillero y Golondrinas, con divisas de color caña”.

   Lo verdaderamente destacable en estos síntomas es una apreciación hecha por Juan Pedro Viqueira Albán en su libro ¿Relajados o reprimidos? Diversiones públicas y vida social en la ciudad de México durante el Siglo de las Luces en el sentido de que luego de las fiestas que Calleja respalda, será el que

 A partir de entonces (1814 y 1815) y hasta 1821 se realizaron corridas de toros cuyos beneficios se destinaron a vestir a los soldados del ejército realista. De esta forma la fiesta brava contribuyó al esfuerzo militar de la reacción.

F1150_01.04.1815

De la colección de documentos digitales reunida por el autor.

    Por ejemplo, el 18 de noviembre de 1860, se llevó a cabo un festejo en la plaza de toros de “El Paseo Nuevo” con el siguiente propósito:

 PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 18 de noviembre. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Cinco toros de Atenco. Corrida a beneficio de las familias pobres de esta ciudad. Toro embolado y fuegos artificiales. 

CARTEL_P. de T. PASEO NUEVO_18.11.1860

    También, el 16 de noviembre, pero de 1861 y en la PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 16 de noviembre. 6 toros de Atenco. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Corrida a beneficio Asistencia del C. Presidente de la República. Beneficio de las viudas, huérfanos y heridos de la Brigada Tapia, sobre unos hechos sangrientos ocurridos en Pachuca.

CARTEL_P. de T. PASEO NUEVO_16.11.1861

    O este otro festejo en 1862: PLAZA DE TOROS DEL PASEO NUEVO, D.F. Domingo 9 de noviembre. Cuadrilla de Pablo Mendoza. Toros de Atenco. Función extraordinaria a beneficio de los Hospitales de Sangre del Benemérito Ejército de Oriente.

CARTEL_P. de T. PASEO NUEVO_09.11.1862

    Como podemos ver, la fiesta se apegó a los requisitos de un sistema que, como el político, comenzaba a demostrar inclinación para aprovechar su motivo de congregación popular y de ese modo agenciarse beneficios (en el caso del vestido para la soldadesca del ejército realista, por ejemplo). Muchos años más tarde, en 1867, y a raíz de un fuerte huracán que pasó por las costas de Matamoros, las autoridades dispusieron celebrar una corrida para apoyar a los damnificados. Dicha corrida se efectuó el 8 de diciembre de ese año, participando entre otros, el diestro gaditano Bernardo Gaviño. Sin embargo, unos días antes, justo el 28 de noviembre, fue expedida la Ley de Dotación de Fondos Municipales cuyo artículo 87 ordenaba prohibir las corridas de toros por una falta administrativa.No se expidió el decreto con el fin exclusivo de abolir las corridas, sino para señalar a los ayuntamientos municipales cuales gabelas eran de su pertenencia e incumbencia. Por eso el decreto fue titulado LEY DE DOTACION DE FONDOS MUNICIPALES” y en él se alude al derecho que tienen los ayuntamientos para imponer contribuciones a los giros de pulques y carnes, para cobrar piso a los coches de los particulares y a los públicos y para cobrar por dar permiso para que hagan diversiones públicas (de las cuales la de toros resultó ser la más afectada).

   El propio Ignacio Manuel Altamirano comentaba sobre la “última corrida” lo siguiente:

 (…)Con esta corrida que se permitió a la caridad, concluyeron para siempre en nuestra capital las bárbaras diversiones de toros, a las que nuestro pueblo tenía un gusto tan pronunciado desgraciadamente. Los hombres del pueblo saben más de tauromaquia que de garantías individuales.

     Reanudada la fiesta en la ciudad de México, sitio exclusivo de la prohibición, aunque algunos estados hicieron suya la medida, condescendiendo con el “Patricio” Benito Juárez, la condición para derogar el decreto fue la de que los diputados Tomás Reyes Retana y Ramón Rodríguez Rivera, miembros de la Segunda Comisión de Gobernación del Congreso Décimo tercero, impusieron tres considerandos, a saber:

 Primera.-Solamente en un sentimentalismo exagerado y exclusivo a unos cuantos, puede fundarse la prohibición de un espectáculo del que la mayoría afirma debe señalarse como una costumbre nacional, determinada por una afición peculiar en nuestra raza. Afición en que se marcan nuestros predecesores históricos y el carácter e índole de nuestro pueblo.

Segunda.-El ejemplo del Distrito Federal al abolir las corridas de toros en 1867, no fué secundado, por largo tiempo, en los Estados de la Federación ni aun siquiera en los más limítrofes; y es ridículo para esa Ley que existan plazas de toros a inmediaciones de la Capital, favorecidas y concurridas por los habitantes de ésta, cuyo Tesoro Municipal paga en una de ellas -la del Huisachal- el servicio de policía, haciéndolo con sus propios gendarmes.

Tercera.-Las corridas de toros, consideradas bajo el punto de vista utilitario, tienen dos ventajas: son una diversión preventiva a los delitos porque proporcionan al pueblo distracción y la apartan de los sitios en que se prostituye, y además son fuente de recursos para los municipios.

    Bajo estas circunstancias se derogó el referido artículo 87, concediendo licencia para dar corridas de toros pagando los empresarios por cada licencia la cantidad de cuatrocientos y ochocientos pesos y dedicando el producto de estas licencias exclusivamente a cubrir parte de los gastos que originan las obras para hacer el desagüe del Valle de México.

   Claro, es de notarse la búsqueda por los beneficios en obras públicas proporcionada por espectáculos masivos como este. Pero también señalan el hecho de que la propia policía de la capital se tuviese que apostar en las cercanías con plazas del estado de México las muchas veces en que se celebraron corridas, implicando este asunto gastos excesivos que no producían ganancia alguna a las arcas públicas. Antes al contrario, gastos indebidos.

   Dentro de la comisión se encuentra Alfredo Chavero quien propone que: “Los empresarios pagarán por la licencia para cada corrida, el quince por ciento de la entrada total que haya”.

   Por lo tanto, la reanudación de las corridas de toros en el Distrito Federal ocurre el 20 de febrero de 1887 con el estreno de la plaza de San Rafael. El único espada fue Ponciano Díaz lidiando 6 toros de Parangueo. 

CARTEL_20.02.1887_S. RAFAEL_P. DÍAZ_PARANGUEO

Cartel: Plaza de Toros. 20 de febrero de 1887. Archivo Histórico del Distrito Federal. Ayuntamiento de la Ciudad de México, Diversiones Públicas, vol. 860, exp. 1, Tip. Callejón del Ratón N° 2. (58 x 17.1 cm).

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