LA TRASHUMANCIA DEL GANADO VACUNO EN MÉXICO DURANTE LA ÉPOCA COLONIAL.

MINIATURAS TAURINAS.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 LA TRASHUMANCIA COMO RECURSO DE CONSERVACIÓN

    Terminada la conquista, se dieron las condiciones para establecer un modus vivendi que garantizara –en nuevas tierras- permanencia entre los españoles que convivieron con los naturales, adecuados a su propio ritmo de vida. Entre ambos grupos se dio más tarde la fusión logrando en sus vidas un nuevo concepto que ni fue español ni americano del toro. Se obtuvo un pulso mestizo.

   El español, entre las variedades de que se hizo acompañar fueron las del ganado en sus diversas modalidades. Sin mayores dificultades comenzó el proceso de expansión que, al cabo de pocos años rebasó todas las expectativas.

   En el valle de Toluca se manifestó aquella revolución que superó lo previsible. Así comenzó la trashumancia.

   Es bien sabido que la trashumancia debe darse luego de cumplirse con ciertos patrones que son: establecimiento de ganados conformado por diversas razas. Cruzamiento entre otras y nuevas castas como resultado de los dos primeros. Así se fueron manifestando fenotipos muy definidos.

   México y su suelo.

JULIUS KLEIN_LA MESTA

   Ateniéndome al resultado que arroja mi tesis doctoral, misma que lleva el título: “Atenco: la ganadería de toros bravos más importante del siglo XIX. Esplendor y permanencia”, en ella, abordo el tema de la trashumancia en estos términos:

   El valle de Toluca, territorio generoso, fue espacio, desde el siglo XVI para el establecimiento y desarrollo de actividades agrícolas y ganaderas, recientemente establecidas por los españoles, inmediatamente después de la conquista.

   Es así como en 1526 Hernán Cortés nos revela un quehacer que lo coloca como el primer ganadero de México, actividad que desarrolla en el valle de Toluca mismo. En carta de 16 de septiembre de aquel año, Hernán se dirige a su padre Martín Cortés indicándole de sus posesiones en Nueva España y muy en especial “Matlazingo, donde tengo mis ganados de vacas, ovejas y cerdos…”

   Dos años más tarde haría lo mismo el Licenciado Juan Gutiérrez Altamirano, quien recibió en encomienda de parte del Capitán General, varios pueblos que con el tiempo señalaron el florecimiento de Atenco, hacienda cuyo esplendor y permanencia se alcanzó fundamentalmente en el siglo XIX. Es a Gutiérrez Altamirano a quien se le atribuye -entre no pocas dudas- haber traído las primeras reses con las que se formó Atenco, la más añeja de todas las ganaderías “de toros bravos” en México, cuyo origen se remonta al 19 de noviembre de 1528, conservándose en el mismo sitio hasta nuestros días y ostentando de igual forma –con algún cambio en el diseño- el fierro quemador original[1]. Afortunadamente en el desarrollo del presente trabajo, se podrán conocer los datos que evidencian dicha condición, solo que durante el siglo XIX. Esta hacienda tuvo la particularidad de que en menos de un siglo transitó entre la encomienda y su inmediata merced; el mayorazgo y el condado (de 1528 a 1616), como tres etapas alrededor de un mismo destino: la hacienda de Atenco. Se atiene a los principios de las nuevas condiciones durante el siglo independiente, vive todo su intenso y agitado transcurrir, así como un fenómeno de transición entre dos familias: una que devino decadencia (los Cervantes, continuidad de los Gutiérrez Altamirano) y otra que devino opulencia (los Barbabosa), independientemente de la acumulación de propiedades que cada una tuvo a lo largo de muchos años.

   Lo que en un principio fue la encomienda formada por Calimaya, y los pueblos de Metepec y Tepemaxalco, encomienda que por otro lado prosiguió bajo esas condiciones, por lo menos hasta 1721 (año en que por cierto estas se hacen realengas, perteneciendo al Rey), para la segunda mitad del siglo XIX poseía 3,000 hectáreas y 2,977 en 1903, por lo que se convirtió en una gran hacienda[2], cuya actividad central fue la de la crianza de ganados diversos, sobresaliendo el destinado a la lidia, así como de actividades agrícolas que incluían cosecha de diversas variedades vegetales y de aquello relacionado con otros ganados mayores y menores, así como la producción de cera y derivados de la leche, sin olvidar el hecho de que también se presentó una producción lacustre, aprovechándose las bondades proporcionadas por el río Lerma. Actualmente está sujeta al concepto de ex – ejido, y posee únicamente 98 hectáreas. Pero en el fondo, sorprende el hecho de que aún se mantenga, para lo cual acumula orgullosa un historial de 486 años.

   Emprender el estudio para el pleno conocimiento de una ganadería con este perfil, permite entender sus actividades al interior y al exterior de su espacio, donde se guarda un ritmo profundamente relacionado con la fiesta de los toros, diversión popular que requiere una frecuente presencia de ganado acorde a cubrir necesidades muy particulares, y que en la Nueva España, así como en el México independiente tuvieron un significado que se vinculó con actividades que llegaron a abarcar la participación en fastos religiosos y políticos. Alimentaron también las demandas que surgieron de diversas instancias hacendarias para satisfacer obras públicas, entre otros factores. De ahí la importancia de destacar en buena medida la presencia de esta hacienda ganadera, fuente fundamental para el espectáculo taurino decimonónico, el que durante esa centuria, tuvo una actividad sin precedentes. Los más de quinientos encierros, o grupos de toros enviados a diversas plazas desde Atenco (por lo menos entre 1815 y 1897), dan muestra del enorme potencial que tuvo esta hacienda mexiquense.

   Su primera aparición pública data del año 1652, el martes 3 de septiembre por motivo del cumplimiento de sus años. ¿De quién? Del virrey Luis Enríquez Guzmán, noveno conde de Alba de Liste y con toros, que “se lidiaron en el parque, con tablados que se armaron, y dieron los toros los condes de Santiago de Calimaya y Orizaba y fr. Jerónimo de Andrada”.

   Si bien fue hasta 1652 en que se sabe se corrieron públicamente toros de los condes de Santiago, entre 1528 y 1651 deben haber existido otros motivos de fiesta donde los primitivos toros de Atenco se emplearan en diversiones y fastos propios de la época, pero que no trascendieron, a falta de noticias precisas, perdiéndose todo rastro de ello. Asimismo, dentro de ese periodo, suceden comportamientos muy intensos en el desarrollo del ganado vacuno en lo general, puesto que habiéndolo traído los españoles representado en diversas castas, con el tiempo, estas se mezclaron y dieron como consecuencia otras nuevas y distintas, cuyo hábitat se generó en medio de una trashumancia (tarea que tiene por objeto obtener pastos naturales para el ganado, aunque aquí dicha “trashumancia” haya sido provocada o empujada por la enorme sobrepoblación que alcanzó lugares lejanos e insospechados, sin que dejemos de recordar los síntomas registrados durante el considerado “siglo de la depresión” (periodo que va de 1550 a 1650 aproximadamente) en la Nueva España, según W. Borah; así como el fenómeno del mercado que se activó de manera muy intensa por los rumbos de Guadalajara y el propio valle de Toluca. Entre otras cosas, la trashumancia orilló al ganado a condiciones que lo tornaron montaraz, mostrenco y cerrero.


[1] Isaac Velázquez Morales: “La ganadería del Valle de Toluca en el siglo XVI”. Ponencia presentada a la Academia Nacional de Historia y Geografía el 28 de agosto de 1997. En dicho trabajo, su autor muestra una relación de los fierros de ganaderías del Valle de Toluca, registrados ante escribano real al finalizar el siglo XVII, donde el de Atenco, ni siquiera insinua el rasgo característico del fierro que hoy día caracteriza a esa marca de fuego con la que se distinguen estos toros.

[2] Que en asuntos de dimensión, no puede compararse con una de las de mayor formato en el propio estado de México. Me refiero a La Gavia, la que, en sus mejores momentos, llegó a poseer hasta 165 mil hectáreas.

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