LOS TOREROS… HEMBRAS.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    En nuestros tiempos, cuando existe una peligrosa opinión masculina al respecto de lo que las mujeres deben hacer o decidir sobre su cuerpo, relacionando todo esto con el aborto, tema de difícil exploración, porque emana un espíritu misógino extremadamente radical, no puede ser la excepción el hecho de que también muchos hombres, incluidas algunas mujeres seguramente tradicionalistas, y cuyo sentido común no es congruente con la realidad, hacen que se viva un debate sobre el hecho del papel que el sexo femenino tiene en el toreo, protagonizando diversas actuaciones y vistiendo, en consecuencia el traje de luces. Tal es el caso de Raquel Martínez, torera mexicana que ha sido desplazada y relegada por ese tipo de opinión. Más tarde apareció en escena Cristina Sánchez y, aunque demostró tener la capacidad para enfrentar el acoso, este fue más efectivo que sus personales propósitos, por lo que tuvo que tomar la difícil decisión de retirarse, forzada, también porque en la medida de las pocas oportunidades no podía desarrollar su técnica y su estética de tal forma que se emparejara con el ritmo que los del sexo masculino sí iban acumulando, sin enfrentar demasiados obstáculos.

   Ello no es nada nuevo. El presagio de la decadencia moral y las costumbres durante el porfiriato, era el resultado –entre otras cosas-, de la presencia de “marimachos”, homosexuales, o de mujeres dedicadas a realizar actividades, consideradas propias de los hombres. De ese modo, un periódico de la época como es El Arte de la lidia, año III, México, domingo 9 de enero de 1887, Nº 11, emitió al respecto de este asunto la siguiente nota:

 Los toreros… hembras.

    Parece mentira que nos hallemos en el último tercio del siglo XIX. Nada está en su lugar, todo el mundo parte por camino distinto del que debe seguir. Decimos esto, ante la aparición de astros de la tauromaquia, del género femenino. La Fragosa, La Espartera, La Garbancera, La Servanta, La Navarra, Carmen Lucena y otras que, conceptuando que es igual dar muerte a un berrendo, que zurcir un par de calcetines, se han lanzado a los redondeles abrazando una profesión tan impropia del sexo con que la naturaleza las dotó.

   Tiempo hace, y no poco, que el toreo no se toma e serio; no se mira la importancia del riesgo que corren los hombres a él se dedican, y se cree que dejándose doce o catorce dedos de pelo en un mechón, arrancando del hueso occipital, ya es lo bastante para poder vestir de luces y decir en calés, colmados y tabernas.

   -Yo soy torero.

   ¡Qué engaño tan lamentable!

   ¿Cuántas y cuán diferentes condiciones se necesitan para poder decirlo y probarlo ante la apiñada muchedumbre de una plaza de toros? Cuánto es necesario hacer para demostrar que todo se hace a conciencia, que lo que se practica, obedece a principios fijos, y que el salir victorioso de una corrida que es un rato de buen humor de la Providencia, que da la mano a tal o cual desventurado, a quien muchas veces el mal querer de desalmados amigos obliga a vestir la ropa que tantos maestros tardaron en llevar y que tan justa estuvo a los mismos en tantas ocasiones.

 EL MONOSABIO_17.03.1888_N° 17

A través de la portada de El Monosabio, ¿se creaba la pregunta, patentizando la misma a partir del “amaneramiento” de los españoles, para el que luego fue motivo del texto que acompaña la presente entrega? Biblioteca “Miguel Lerdo de Tejada”. Col. Fondo Reservado.

    El permitir en un redondel la presencia de una mujer, es el desprecio absoluto de su sexo, la mujer tiene en el mundo otra misión que cumplir que la de sortear reses y matar añojos; tiene el del orden moral de su domicilio, las labores propias de su sexo, la educación de sus hijos en el temor de Dios, y considerar que su misión sobre la tierra se es otra que fomentar la familia y no andar errante de circo en plaza, expuesta a los dicterios de las masas, que no reparan ni ven más allá de que sus deseos se satisfagan, cueste lo que cueste, y caiga quien caiga.

   Aun recuerdo la infortunada matadora Martina García, aquella mujer anciana, casi decrépita que todas las veces que salía a torear, si no tenía la suerte de matar por cualquier parte al becerro, caía al suelo con la cara tinta en sangre, y en brazos de cuatro asistencias, que la trataban como si fuese un caballo herido, sin respetar la menor de las conveniencias, era conducida a la enfermería de la plaza y acostada como un meco en uno de los hules de los catres de curación.

   Una vez ha toreado en Madrid La Fregosa, su estreno fue unas contusiones tremendas, ocasionadas en la cara, que la obligaron a retirarse a la enfermería con el maxilar inferior casi partido.

   Otra, su rival, La Espartera, tuvo también necesidad de abandonar el redondel por haber sufrido de una grave cortadura.

   Si hombres duchos y experimentados en tan ruda faena sufren contratiempos de importancia, ¿qué no ha de ocurrir a seres débiles que no han nacido para la pelea, sino para el afecto y la tranquilidad?

   Gran parte de culpa tienen, y sentimos decirlo, las autoridades que conscientes y firman carteles de toros y novillos en que dichas desventuradas figuren, haciéndolo en perjuicio del arte, que requiere un poco más de formalidad y atención; pues cuando se trata de un espectáculo que por su índole puede costar la vida a un hombres, más atendible, si no tanto, será, que se respeto la de una débil mujer.

   Foméntese en buena hora la afición a los toros; salgan muchos y buenos toreros que practiquen con las reses las más arrojadas suertes; créense, si el espíritu y la marcha del siglo lo permiten, escuelas de tauromaquia; pero nunca jamás se permita que las mujeres abracen la profesión del toreo; humillando para ellas, denigrante para el que las ve, y que revela tan poca compasión en el que permite que se exhiban en los circos taurinos esas desgraciadas, a quienes ciega la ignorancia o la falta absoluta de sentido común.

   Hora es, pues, de que esos espectáculos desaparezcan de las plazas de toros, y de que las autoridades gubernativas no autoricen ningún cartel en que se haga pasar al público un mal rato, en vez de proporcionarle su solaz más o menos grande, dentro de su diversión favorita, el arte taurino.

 EL TIO CAPA.

    Para que se entienda el sentido de lo que hace un momento hemos leído, es necesario comprender que en aquella época, se llegó a manejar la idea de que la mujer poseía una menor capacidad en medio de su debilidad, docilidad y sumisión. El extremo fue que opinaran que la mujer tenía un cráneo más pequeño que el hombre, por lo que entonces, sus pensamientos no podían quedarse más que en casa. Los mensajes y opiniones se dirigían a señalar que sus limitaciones (las de la mujer en el porfiriato) eran tremendas. Parece que la epístola de Melchor Ocampo se respetaba y cumplía, como se respeta y se cumple “fielmente” hasta hoy. Y nada hay nuevo bajo el sol. Entre 1827 y 1834 estuvo de visita por nuestro país el viajero alemán Eduard Mühlenpfordft, quien en su obra Ensayo de una descripción de la República de México, referido especialmente a su geografía, etnografía y estadística, editado en Hannover en 1844, nos descubre una interacción cultural entre los descendientes de los conquistadores y de los conquistados. En las líneas que siguen, apunta la asimilación de conductas originales de los primeros por parte de los segundos:

 Entre los indios más prósperos observé ocasionalmente una costumbre notable, con la que al parecer se buscaba resaltar la condición especialmente elevada del varón, del señor de la casa; él come solo, en una cama bien provista de colchón, cojines, sábanas y cobijas. En cambio, la mujer, los hijos y demás personas toman sus alimentos en la cocina o en algún otro cuarto (…) En estas casas la mujer muestra una sumisión total ante el varón y nunca habla de éste sin llamarlo “el amo”. No sé si ésta ya era una costumbre entre los antiguos indios o la aprendieron de los españoles, que con frecuencia veían y trataban a sus mujeres indígenas o de color como seres de clase muy inferior.

    Este párrafo alude a una diferencia de comportamientos según el nivel social de los indios y refleja una estratificación no siempre registrada por otros observadores de la comunidad indígena de esos años, quienes solían hablar de ésta como de un todo compacto, sin contrastes al interior.

   Lo que sí es patente, -según anota José Enrique Covarrubias-, es una percepción de la síntesis cultural acarreada por la historia, que de esta manera no queda exclusivamente representada por los mestizos sino también por los indios. Esta aguda conciencia de Mühlenpfordft sobre las transformaciones sociales y culturales de la población autóctona me parece notable y la extraño, por cierto, en muchos defensores actuales de la indígenas, quienes hablan del indio actual como si fuera el mismo de hace 500 años. (José Enrique Covarrubias: VISIÓN EXTRANJERA DE MÉXICO, 1840-1867. 1. EL ESTUDIO DE LAS COSTUMBRES Y DE LA SITUACIÓN SOCIAL. Mühlenpfordft, Sartorius, Fossey, Doménech, Biart y Zamacois. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Doctor José María Luis Mora, 1998. 180 pp. (Serie Historia Moderna y Contemporánea, 31). (pp. 28).

   Como vemos, de ese tiempo a esta parte, poco ha cambiado la reflexión que sobre la mujer y sus “puntos débiles” se tiene al respecto de su participación abierta y decidida en actividades de la vida pública. Por lo tanto, debo decirles que estoy a favor de la presencia femenina en el toreo. La mujer ha tenido que enfrentar demasiadas calificaciones que minimizan su capacidad, una capacidad que ha podido demostrar en otros oficios, no solo en la casa, “con que la naturaleza las dotó”, como dice “El Tío Capa”. En el término de los iguales ha logrado colocarse en el ámbito profesional, pero el hecho de que no guste como un protagonista más en la fiesta de los toros, es porque seguramente absorbe o desplaza el sentido de rudeza, agresividad y demás adjetivos de la brutalidad que maneja sin dificultad el hombre. Si el asunto tuviera que ver con el hecho de que rebaja la imagen que para el torero tiene el traje de luces, no veo una razón clara que explique tal situación que sí razonan los prejuicios, logrando poner un tupido velo de contradicciones en la reflexión menor de quienes no se atreven a reflexionar con la mente y no con las vísceras.

   Este seguirá siendo un tema polémico y me parece que las mujeres que pretendan arriesgarse siguiendo los pasos a Raquel Martínez, Cristina Sánchez o Mari Paz Vega, tendrán que enfrentar el pensamiento primitivo de quienes no aceptan incorporarse por consecuencia, al pensamiento moderno.

 POST SCRIPTUM

    Termino con una reflexión, quizá reiterada, pero necesaria:

   Ha sido imposible desterrar el dogma misógino, que más que dogma parece ser estigma, parece profundizar tanto como entraña la marca de fuego y esta se hunde en una muy sospechosa actitud de aceptación, pero no de convencimiento. Convencimiento de la equivocación que ha dejado un patriarcado que navega incluso desde épocas muy primitivas, haciendo a un lado a la mujer, convirtiéndola en utensilio, artículo de placer y de desprecio ante sus enormes facultades que me empeño en ponerlas a la par que los hombres en una sociedad de iguales.

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