LA IMPORTANCIA y LA ESENCIA DE CIERTAS “MINUCIAS” TAURINAS (IX).

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. LA IMPORTANCIA y LA ESENCIA DE CIERTAS “MINUCIAS” TAURINAS (IX).

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

   Por sí solos, los siguientes datos tienen una importancia particular:

 LA RAZÓN DE MÉXICO, D.F., del 06.12.1864, p. 4: Señores redactores de La Razón.-Casa de vdes., Diciembre 5 de 1864.-Muy señores míos: Dígnense vdes. admitir e insertar en su ilustrado periódico, lo que paso a demostrar al ofrecerme su afectísimo, atento, seguro servidor Q. B. SS. MM.-Bernardo Gaviño.

   Muchos años ha que México es mi patria adoptiva, y grato siempre a su distinguida hospitalidad, he participado del sentimiento natural en sus pasados infortunios, así que del placer de actualidad por la esperanza fundada, que la nueva era prometer a sus futuros destinos.

   En efecto, por todas partes parece difundirse la luz que alumbra un porvenir risueño, consignado a la ilustrada dirección del Emperador Maximiliano I, cuya marcha política he podido notar con más precisión en este mismo periódico, número 40, tocada con fino tacto por el mexicano D. José Jorge Arellano, al invitarme para las cinco corridas de toros con que se propone obsequiar en prueba de gratitud a SS. MM.

   Jamás podía mostrarme indiferente a tan honrosa invitación, por lo que me propuse inmediatamente obsequiar los justos y patrióticos deseos del Sr. Arellano, ofreciéndole gustoso mis humildes conocimientos y servicios en el arte de la tauromaquia.

CARTEL_25.12.1864_PASEO NUEVO_BGyR_ATENCO

    Ya arreglado el negocio en la parte principal, preciso era que fuese informado de pormenores necesarios a tan espléndidas funciones, por lo que he podido advertir, con satisfacción; en los trajes lujosos de los toreros que me han sido presentados, la altura a que se encuentra la industria en el arte de pasamanería, por la tela de galón inventada por el mismo Sr. Arellano, y que hasta ahora no había logrado ver en ningún punto de los industriales que he visitado.

   Ahora, para concretar mi propósito, deseo que estas funciones tengan todo el lustre posible, a cuyo efecto procuraré con el mayor empeño reunir toreros y gladiadores que hagan honor a esta hermosa e ilustrada capital, para que nunca desmienta de su tradicional grandeza, y queden complacidos SS. MM., al prestar al pueblo mexicano el alto honor de su Soberana asistencia.

 LA RAZÓN, D.F., del 27.12.1864, p. 3: CORRIDAS DE TOROS. Las dos que se verificaron en la Plaza del Paseo Nuevo, las tardes de ayer y antier, estuvieron lucidísimas. Los toros eran de una bravura extraordinaria, y la compañía de lidiadores espléndidamente vestida, nada dejó que desear en punto a valor y destreza. El banderillero Andrés fue quien especialmente llamó la atención del público y arrancó entusiastas aplausos de la concurrencia, por su habilidad inaudita en arte tan difícil.

 LA RAZÓN, D.F., del 03.01.1865, p. 3: CORRIDAS DE TOROS. Por orden de 28 pasado, comunicada por el ministerio de la Guerra, el Emperador ha prohibido que la tropa parta la plaza con las corridas de toros, porque estas maniobras son extrañas a las instituciones militares, y menoscaban la dignidad de la fuerza armada, cuyo objeto es conservar la tranquilidad pública.

 EL SIGLO XIX, D.F., del 28.01.1852, p. 3: REMITIDO. Sres editores del Siglo XIX.-Casa de vdes., Enero 24 de 1852.-Muy Sres. míos: Mis amigos y un número considerable de adictos a la diversión de toros, me han comisionado para que dirija a vdes. esta, suplicándoles sirvan insertar en su apreciable periódico, lo que dijo el titulado “La Prensa” de la Habana en su núm. 7, del miércoles 7 de enero de 1846, con motivo de las corridas de toros que dio en dicha ciudad el acreditado y honrado Bernardo Gaviño en unión de sus discípulos los mexicanos: igualmente les he de merecer se inserte la octava que surcó los aires en aquella plaza la misma tarde citada; y también el soneto que se le dedicó a Gaviño en la hermosa ciudad de Veracruz y se halla en el núm. 5112 del Censor de aquella ciudad, del lunes 22 de agosto de 1842, cuyo original y los otros dos mencionados acompaño á vdes. para el fin indicado.

   El hacer esta publicación no es por espíritu de partido sino para que se vea que la fama de Gaviño no es adquirida en estos días y porque tenemos presente aquellito de: a César lo que es del César”.

   Reitero a vdes., Sres. editores, mi súplica protestándoles mi atenta consideración y aprecio.-Un mexicano.

 TOROS

    Una hermosa tarde, un tiempo sereno, y mucha afición han tenido a su favor, el bien plantao Gaviño y sus compañeros, el lúnes de esta semana. La corridilla mereció bien hacer el viaje a Regla, y en verdad que la buena gente ya sacaron para tomar una cañita, por prolongada que sea.

   A pesar de pesa es nadie disculpa el aumento en los precios, señor Gaviño, y para otra vez reciba vd. el consejo de un buen amigo: deje las cosas como se encuentran, que no debe ejercitarse mucho el oficio de redentor. Si estaba a cuatro reales la entrada dejarla, que nunca se recibe bien un aumento y lo mejor es tener a la gente contenta, que nada se pierde en ello.

   El resultado ha sido que a pesar del aumento en los precios, la plaza ha estado en la tercera corrida tan llena como en la segunda, bien repletita, valiendo seguramente (para los toreros) como hasta tres mil o tres mil quinientos pesos.

   Empezó a ir gente desde las doce de la mañana, pero era la una cuando algunos lograron entrar a la plaza, a tomar buen asiento, revestido de la paciencia de Job, porque hasta las cuatro y media no debía empezar la corrida, y es necesario tener afición a los toros para sobrellevar con calma semejante plantón.

   Desde las dos a las tres cargó la gran masa de gente crua, y a las cuatro apenas llevaban (ilegible) a Regla los vapores, porque ya habían cuantos entusiastas por la tauromaquia residen en la Habana.

   La levitilla blanca, sombrero de paja, un palito como una viga, y la plaza de toros.

   Estaban los tendidos cubiertos de gente hasta no caber más; por supuesto que allí no había tristeza: cada uno gritaba lo que se le antojaba, y los que no gritaban tenían que (ilegible), aunque no quisieran. La verdadera fusión está en una plaza de toros; allí no hay distinciones de color, de riqueza, de rango, de talento, de nada; cada uno es lo mismo que el vecino; el que quiere se desgañita, y el que no, calla a su capricho.

   Al aparecer en la plaza los picadores y toreros, y entre ellos el saleroso Gaviño, fueron saludados con una de esas señales de aprobación que siempre han sido peculiares a los tendidos de las plazas de toros, y que últimamente se van poniendo en práctica las noches de gran concurrencia en las altas localidades del gran teatro de Tacón.

   Se saludó a la autoridad y al público, cayó la llave mágica, se silbó un poquillo al que se presentara a recogerla, se abrió el toril y salió el toro…

   Ahí de los aficionados, ahí de Gaviño con su bello traje encarnado con bordeados, bellotas y borlas de oro.

   En la historia de cada toro preciso es ser breve, porque el día en que esto se escribe lo requiere así. El primero fue bien picado, fue cubierto de preciosas banderillas, y lo despachó de una buena, recibiéndole el señor Gaviño, que juro en Dios y en mi ánima que hace honor a Puerto Real, su patria. El respetable público se acaloró, y de buenas a primeras, entre gritos y golpes, y palmadas, y pañuelos y sombreros que se agitaban en el aire, arrojó al buen espada una blanquísima paloma, acompañada de una corona de laurel que el hijo de Puerto Real no titubeó en ponerla naturalmente sobre su frente. Hizo muy bien ¿no se la habían arrojado para él? ¿En qué otra parte colocar una corona de laurel? Siguió trabajando con su corona puesta, que le echaron una banda de raso azul con adornos de plata, que cogió también, y con la cual cruzó su pecho, con la misma serenidad que se ciñera la corona.

   El segundo toro fue un poco mejor que el primero; hizo perder los estribos a uno de los picadores, maltrató gravemente a un caballo, se vio adornado de lujosas banderillas verde y oro, y de primorosas moñas y estrellas, y por fin concluyó noblemente a manos de Gaviño, que recibió casi su último suspiro con la rodilla en tierra.

   El tercero era marrajo, espantadizo, y no entraba a la pica; los dos picadores le echaron el lazo, y a pesar de todas las tretas del toro, uno de ellos montó en él pero debe decirse en honor del bicho, que el jinete mexicano se vio obligado a dejar con mucha ligereza aquella cabalgadura. Se le pusieron un par de banderillas de fuego, y después de haber desmontado dos veces a un picador, echar sobre él su caballo y (ilegible) este el mismo toro, fue matado por Gaviño, que para esa clase de fregnos (sic) se pinta solo.

   El cuarto toro, pequeño, negro con una raya dorada en el lomo, bailarin y un tanto espantadizo,huía a la pica, pero los nenes de México le persiguieron hasta en su terreno, a pesar de haber ya recibido varias lecciones de los otros. Recibió mal algunas buenas varas, y por hacer algo notable, dio con uno de los picadores en el suelo y le hizo caer de cabeza y se creyó había quedado sin sentido, pero afortunadamente no fue así. Se le adornó con elegantes banderillas llenas de plumas y dorados, y le despachó de una buena uno de los banderilleros mexicanos.

   El quinto toro era templao; hizo algunas fechorías en los caballos y le mató, desde uno de ellos el más joven de los dos picadores. El público pidió que se le dieran, y se le cortó la oreja.

   El sexto toro, valiente y de desempeño, que estaba anunciado como de capeo y para aficionados, concluyó de una ligerísima estocada que le dio el señor Gaviño en la misma nuca, no dijo ni pio, y tal merced se la debió al público, que acordándose de los seis reales de marras, pidió que se le matase, y se mató.

   En conclusión, la corrida ha estado buena; los vapores han ganado mucho, y los cuatro mexicanos con el bravo Gaviño al frente han ganado más. Arece que el lunes próximo habrá una corrida extraordinaria, a beneficio de la familia del compañero que murió en esta ciudad de una calentura. Vengan corridas, y aunque sean a beneficio del sublime emperador de la China, hijo del sol y hermano de la luna. En diciendo toros, ahí, y que le haga buen provecho a Gaviño su corona de laurel y su banda de raso azul con vivos de plata.

 Al hábil torero Bernardo Gaviño, por su valor y singular maestría en el arte que profesa.

  Toro robusto que en la selva umbrosa

Con sus bramidos aterró al viajero,

Ostenta su poder altivo y fiero

En la plaza extendida y arenosa.

Mirad, mirad; con gracia portentosa

Bernardo el sin igual parte ligero;

Con denuedo le llama, y limpio acero

Sepulta en él su mano vigorosa.

Gaviño; a tu valor y bizarría,

Dones preciosos que concede el cielo,

Yo dedico mi lira en este día:

Verte alegre y feliz es lo que anhelo,

Mientras la fama, por el ancho mundo

Te proclama torero sin segundo.

 LA FAMA

 ¡Abre el sepulcro, y lánzate a la vida

Famoso Illo, célebre torero!

Corra tu sombra y el espacio mida

Que hay de esta Antilla al continente Ibero:

Vuela, sombra, la Habana te convida,

Ven a ver tu digno compañero

Entre el gozo de un pueblo entusiasmado,

Con el laurel del triunfo coronado.

 

ZAIDE

 EL RELÁMPAGO, D.F., del 01.08.1894, p. 3: Empresario de corridas de toros. Hay quien asegure que el torero mexicano Ponciano Díaz, obrando con una cordura que le elogiará la afición, ha decidido abandonar el redondel, dedicándose a empresario en su propia plaza, a la que hará venir una buena cuadrilla española; y se agrega que ha procedido ya a la compra de algunos toros de la península y arneses nuevos para los piqueros. Los sombreros para estos, los hacen en la casa de Zöly.

   Es siquiera una esperanza de que podamos ver algo parecido a corridas.

 CONTINUARÁ.

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