CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Prometí regresar con algunos ejemplos sobre imágenes semejantes a las que hace unos días encontré en la edición digital de la emblemática revista española EL RUEDO del año 1945. Allí podemos enterarnos del curioso hecho en el que ante la nobleza demostrada por ciertos toros en los corrales de la plaza, en el campo; e incluso en el mismo ruedo, puede convertirse en una muestra cabal en donde la domesticación alcanza sus cimas más elevadas. El contacto entre seres racionales e irracionales como es el caso habido entre el hombre y el toro no sólo da para entenderlo como la manifestación denominada tauromaquia, que por siglos ha causado opiniones encontradas. Entre los muchos derivados que van produciéndose en su desarrollo, esta es una evidencia clara de que se produzca el contacto hombre-toro a tal punto que podamos saber, gracias a la fotografía de hechos como los que siguen:

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    En este caso, las imágenes corresponden a situaciones ocurridas en México. La primera imagen, quizá fue tomada a finales del siglo XIX y en la propia ganadería de Santín. Para ello fue preciso que el fotógrafo se colocara de tal modo que pudiese lograr un retrato sin demasiados movimientos, lo que se percibe en el hecho de que el caballerango de José Julio Barbabosa tuvo que detenerle el rabo para evitar que este se moviera en el cadencioso movimiento del ganado, sea para espantar moscas que como síntoma de tranquilidad… y vayan ustedes a saber si hasta de felicidad. La troje que está detrás no es un telón de fondo, ni tampoco se concibió como un montaje. Estaba ahí como un elemento más en la hacienda, mientras que se aprecian los pastos más o menos crecidos y, más a la derecha magueyes y hasta las “lloronas ramas” de un laurel. El Chinaco, de 4 años y 5 meses fue reducido, por alguna causa a la categoría de cabestro, y esto es probable a partir del hecho de que el propio ganadero tenía unos criterios no solo ortodoxos, sino también muy rigurosos en las notas de tienta, lo que hace suponer que la tremenda docilidad o mansedumbre de El Chinaco lo hayan conducido por ese camino de bondad, lo mismo sirviendo para la yunta que para conducir otros ganados.[1]

   La segunda imagen, “arrancada de un álbum…” nos permite observar a uno de los vaqueros asignados en Atenco, allá por 1910, dando de comer terrones de sal a una vaca, tan cerca de ella, que casi podían conversar juntos.[2]

   Del toro que estira “la gaita” hasta no más poder, sabemos que se trata de Tanganito, N° 65, semental de Pastejé, cuya procedencia estaba clasificada en la ganadería española de doña Carmen de Federico, antes “Murube”. Que fue padre de “Clarinero” y “Tanguito”, lidiados el 31 de enero de 1942 en “El Toreo” de la Condesa y que la afición de aquella época recordó permanentemente dada su bravura y nobleza respectivamente. Como llegó la hora de la comida, había que refrescarse con un poco de alfalfa, misma que le puso en el hocico Manuel Gómez, administrador de Pastejé allá por 1946.

   Y bueno, qué decir sobre el inusitado y célebre caso de “Bonito”. El 15 de junio de 2011 puse a disposición de mis amables lectores y “navegantes” un material que se ocupaba del caso a detalle (véase: https://ahtm.wordpress.com/2011/06/15/el-toro-bonito/). De la última imagen, hay varios detalles interesantes que destacar. Se trata de un ejemplar de Santín, de aquellos antiguos santineños o “toros mexicanos”, especie de ganado criollo, cuya crianza estuvo bajo la égida de José Julio Barbabosa, su propietario entre 1886 y 1930. Este ejemplar, era el toro N° 10 de 1917 y se jugó el 23 de diciembre de 1923 (es decir, contaba con 6 años al salir al ruedo). Su docilidad quedó demostrada en este retrato, al punto que su propio contendiente, Juan Anlló “Nacional II” no perdió la oportunidad de retratarse con él. Nacional segundo, vestido de civil y con mucha elegancia, salió de la tronera para aproximarse lo más que le fue permitido por la posición que en esos momentos tenía el “angelito” con cuernos, un toro grande, cabezón, y no tanto por lo descarado de la cuerna. Casi se sentó en los cuartos traseros, y ya tomada la foto, se aprecia la inocultable sonrisa nerviosa del valiente diestro, sonrisa que rubricó aquel gozoso momento en que dos especies sellaron una vez más su cercanía, la que por siglos ha sido permanente.


[1] José Francisco Coello Ugalde: APORTACIONES HISTÓRICO TAURINAS MEXICANAS Nº 25. HISTORIA SOBRE LA RAZA BRAVA DE SANTÍN. (Trabajo inédito). 252 p. Ils., fots., facs.

[2] Luis Barbabosa Olascoaga (Prólogo de José Francisco Coello Ugalde): APORTACIONES HISTÓRICO TAURINAS MEXICANAS Nº 123. “ATENCO y DON MANUEL”. Toluca, estado de México, 1988-2014. 166 h. Fots., retrs., cuadros (obra inédita ilustrada con fotografías de la colección del Arq. Luis Barbabosa Olascoaga –q.e.p.d.-).

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