Archivo mensual: junio 2014

COSTUMBRES DE PROVINCIA. UNA CORRIDA DE TOROS.

ILUSTRADOR TAURINO MEXICANO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    En LA PATRIA ILUSTRADA, del 30 de noviembre de 1885, aparece un interesante escrito que se denomina COSTUMBRES DE PROVINCIA, la cual a su vez está tomado de otra edición (Ilustración Española y Americana-1883-tomo 2º, p. 186. Es decir, que en ese afán de tomar prestados ciertos textos durante aquella época, además de que en este caso era de procedencia hispana, se deja notar –para la época-, un cierto prejuicio en torno al propósito que en esos años tiene la fiesta de toros en nuestro país, las cuales contaban con una malísima reputación, sobre todo la que se está imponiendo por parte de una prensa liberal, que no coincide con su justificada presencia. De ese modo, en LA PATRIA ILUSTRADA, apareció publicada la siguiente e interesante recreación de “Una corrida de toros”, tomando como modelo o referencia las que ocurrían en España, y dejando muy mal paradas a las que se veían en México.

 LA PATRIA ILUSTRADA_30.11.1885_PORTADA

LA PATRIA ILUSTRADA_30.11.1885_p. 6

LA PATRIA ILUSTRADA_30.11.1885_p. 11 LA PATRIA ILUSTRADA_30.11.1885_p. 12

Tomado del portal de internet: Hemeroteca Nacional Digital de México.

   Nuestro “Querubín” podría ser, en primera instancia que Victoriano Salado Álvarez, el cual firmaba algunos de sus textos con dicho seudónimo, aunque tal afirmación no es posible que la asegure en su totalidad, debido a la constante y desgastante labor que asumieron muchos escritores en el ámbito del periodismo.

EL PAYASO

El payaso en el festejo…

    Conforme al texto aquí incluido, pareciera que el autor, quien comulga con la modernidad de aquellos días, parece no estar de acuerdo con el contenido de la que entonces era una puesta en escena de la tauromaquia, en plazas que por esos años fueron sucedáneas de las que habría en el Distrito Federal, espacio geográfico y político donde por entonces estaban prohibidas. Por tanto, es de suponer la plaza de toros en Puebla, la de Texcoco, Toluca, Tlalnepantla, el Huisachal; quizá la de Cuautitlán, pues en cualquiera de ellas el común denominador de lo que nos pinta, se desarrollaba sin grandes cambios.

   Habiendo hecho toda una disertación sobre los diversos tiempos en que la fiesta fue motivo de sanciones o prohibiciones, desde aquel año de 1101, en que recuerda la celebración de “una parodia caricaturesca del circo romano…” de aquellas lides taurinas, pasando por otro compendio de informes, muy útiles por cierto, pero que hoy no guardan la proporción histórica que muchos en aquel entonces habrían pretendido desde lo liberal de su posición ideológica, la cual establecía condiciones en que el rechazo hacia legados que dejó el paso de tres siglos de dominación española, provocó que esta cultura “dañara” de alguna manera la que fue la nuestra y originaria. De pronto muchos autores olvidaron el complejo proceso de mestizaje que amalgamó a ambas y permitió el resultado de otra nueva, distinta, incapaz de desentenderse de sus antepasados.

   Sobre su apreciación al festejo taurino, nos deja la sensación de que admiró el caos en toda su dimensión, empezando a citar aquellos nombres fantásticos con los que se identificaba a los toros, por ejemplo: Judas, Lucifer, Asmodeo, La Sierpe, El Huracán, La Pantera, El Cocodrilo… por cierto práctica muy común en el ganadero José Julio Barbabosa, quien llegó a bautizar así a sinfín de sus pupilos entre los años en que detentó el control de Santín, de 1886 a 1930.

   No falta su asombro ante el hecho de que “una murga que tocaba el Himno Nacional anunciando la presencia de un comisario del Municipio, que debía presidir la diversión”. Y agrega: “Nuestra bandera tricolor flotaba en el palco oficial, en la puerta del toril, en el cerviguillo de los toros. La Cruz, como para santificar el circo, se había colocado también en la parte más elevada de uno de los palcos”.

   Y allí estaba también el “payaso”, que recitaba estos versos:

 Ni el magnate en su grandeza, / ni el pobre en su triste hogar, / ni aún el toro en su fiereza, / han dejado de cargar / los cuernos en la cabeza.

LA MURGA TOCANDO EL HIMNO NACIONAL...

La murga interpretando el Himno Nacional…

    Confrontando su descripción con la de otras fuentes o periodistas (tal sería el caso concreto con las crónicas de Julio Bonilla en El Arte de la Lidia) no encuentro por ahora ninguna que se asemeje, lo que le da un tono de novedad, pues desde su perspectiva crea y recrea un conjunto de escenas sobre las cuales se desarrollaba la lidia por aquellos años previos a la llegada de los toreros españoles en forma masiva (esto a partir de 1887). En su descripción queda un extraño sabor de difícil asimilación hacia el que era un común denominador del espectáculo: el caos, y esa tremenda carga de escenas saturadas de dramatismo, sangre y agonía, la que sufrían por aquellos años cantidades importantes de caballos, cuando la suerte de varas no estaba legalizada en términos de la compasión hacia los equinos, mismos que habrían de ser beneficiados hasta el año de 1828 en España. Y luego, en 1930 cuando la disposición se extendió hasta los ruedos mexicanos.

PICADOR AL DESCUBIERTO

Caída al descubierto de un picador… Esta y las anteriores escenas corresponde a la imagen denominada: An old time bullfight at Tlanepantla, México.-From a Sketch by H. A. Ogden. The sham bullfight in the new amphitheatre, New York City, on july 31 st. 1880.

    El autor termina con la siguiente sentencia: “Esta no es una explicación satisfactoria. México debe imitar a los pueblos en el refinamiento de su civilización y no en la relajación de sus hábitos sociales.

   “Un español, gran hombre de Estado, decía que para el bienestar y la cultura del pueblo ibero era necesario pan y toros. Los norteamericanos quieren para el hermano Jonathan, pan, carne y vino. Nosotros, descendientes de dos grandes razas, la azteca y la española, solo anhelamos para el pueblo mejicano (sic) pan y escuelas”.

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LA IMPORTANCIA Y LA ESENCIA DE CIERTAS “MINUCIAS” TAURINAS (XVIII).

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Aquí otro interesante “manojo” de datos que han ido sirviendo para reconfigurar y entender de mejor manera el curso de la fiesta de los toros a través de estos casi cinco siglos de permanente andar por nuestras tierras.

EL POPULAR, D.F., del 16.09.1906, p. 3: La cuadrilla de Señoritas poblanas del empresario Rafael Muñoz, además de la corrida del día dieciséis en Celaya, en el presente mes y en Octubre (una tarde más), sin precisar fecha. N. del A.), deberá torear en plazas de los Estados de Guanajuato, Michoacán y Querétaro.

 EL POPULAR, D.F., del 3 de enero de 1907, p. 3: Con un lleno completo y gran animación se celebró el 30 de Diciembre (de 1906) en Celaya, la corrida a beneficio del Espada Arcadio Ramírez “Reverte Mexicano”.

   La corrida fue buena y la mejor de la temporada, pues los toros de La Labor fueron bravos y nobles.

   “Reverte Mexicano quedó superior matando, toreó de muleta desde cerca y con frescura despachó sus cuatro toros de cuatro buenas estocadas, haciéndose acreedor a entusiastas ovaciones toda la tarde.

 GACETA DEL GOBIERNO DE MÉXICO, 25 de marzo de 1819, p. 6, aparece mencionada la hacienda de Yeregé. Es el parte del capitán D. José Ignacio Sandoval quien, con los 54 caballos que V.S. se dignó poner a mis órdenes compuestos de 20 del primero de Ixtlahuaca a las del teniente D. Juan Maruri, 22 de este pueblo a las del sargento D. Mariano Almarás y 12 del Real de Tlalpujahua a las del sargento Domingo Feyjoó, y las instrucciones que para el intento tuvo a bien darme, me dirigí el 21 del corriente para ponerlas en planta a la hacienda de Tepustepec, recorriendo al tránsito los vados del río que media entre esta y aquella a fin de adquirir noticia de si los rebeldes que la noche anterior se habían encaminado al puerto de Medina, ya se habían regresado y pasado por ellos, o cojerlos al paso, cortándoles la retirada a sus guaridas del cerro de Puroahua, y no habiendo tenido noticia alguna de los bandidos de que se hallaban en aquellas inmediaciones, y sí de que el día anterior habían estado en la hacienda de Yeregé, dirigiéndose al puerto de Medina, y que de ahí pensaban recorrer las inmediaciones de Tlalpujahua y Real de Angangueo y reunirse en este último con otra gavilla; por tanto el 22 salí de aquella dirigiéndome a la de Yeregé y no variando las noticias anteriores seguí mi marcha al pueblo de Senguio, siempre con la esperanza de encontrarme con los rebeldes, si como se me había asegurado verificaban su marcha a Angangueo (…).

 LA SOCIEDAD, D.F., del 2 de noviembre de 1866, p. 2: Respecto de Ugalde (se refiere al General Gerardo Ignacio Ugalde Bravo) dice:

   “Este disidente fue a la hacienda de Santa Margarita, jurisdicción de Amealco, y propia del joven D. Vicente Valcarce, con el ánimo se entiende de libertar a las gentes de la hacienda, de sus caballos, dinero, armas y cualquiera cosa útil que los oprimiera. Mas el Sr. Valcarce no estaba de humor para sufrir atropellamientos que otros consienten; y repelió a balazos a los libertadores. Frustrado el golpe allí, con pérdidas de muertos y heridos, se marcharon a la hacienda de Yeregé, donde derrotaron a la familia del propietario, avanzándole sus muebles y ropa, de suerte que el Sr. de Yeregé pudo también decir: todo se ha perdido menos el honor, pues las personas no fueron ultrajadas. He aquí la diversa suerte que cabe a los hacendados, según su diversa actitud.

 Además:

 Antonio Reyes Cabrera “El Tordo”

 EL FUSIL

    En estos días de mayo en Huejutla, se celebran una serie de actos cívicos, para conmemorar la derrota de los imperialistas y franceses que en 1866 que habían tomado esa Ciudad, hecho de guerra en el que  Antonio Reyes “El Tordo”, tuviera una participación relevante y cuyos restos reposan en bajo su monumento a la entrada del Panteón Municipal.

   Antes de este evento, Huejutla tuvo fuerte presencia en estos hechos de guerra que así nos los cuenta la historia:

   En abril de 1865 el gobierno de Maximiliano celebró un convenio de pacificación con el coronel don Ignacio Ugalde que tenía su cuartel general en Huejutla; los guerrilleros sometidos debían recibir un mes de haber que pagaría la Aduana de Tampico con el visto bueno de Ugalde; en realidad las secciones que dependían de Ugalde no llegaron a deponer su actitud rebelde. Entre el 15 y 16 de junio los guerilleros Joaquín Martínez y Escamilla, entraron a Huejutla con 80 hombres, después de sostener un ligero tiroteo ya que se les pasó la guarnición, los jefes imperialistas tuvieron que huir. El 21 de noviembre el general Lamadrid salió de Tantoyuca con una columna imperialista respetable para obrar contra los nacionales, en combinación con el general Vicente Rosas Banda y el coronel Ulloa, comandante imperialista de la línea de Tlanchinol; el 22 en el Capadero y el día 23 de noviembre de 1865, ocupaba a Huejutla.

   En marzo de 1865, el Imperio había creado el Departamento de Huejutla En noviembre de este año de 1865, el imperialistas don Silverio Ramírez, como ya se ha dicho, había tomado a Huejutla y, se creía seguro en su ocupación de esta plaza.

   Y aquí se refiere la hazaña temeraria que realizó en Huejutla Antonio Reyes Cabrera, “El Tordo”, originario de Barrio Arriba, una de las cinco divisiones políticas de esa población huasteca. Fue de oficio zapatero, y. movido por un sentimiento patriótico, reunió a un reducido grupo que una versión estimó en sólo 23 hombres y otra 40; en su mayoría indígenas procedentes de Huejutla. de Coacuilco y de Ixcatlán. Tuvo la suerte de que doña Carlota Reyes le proporcionase valiosos datos e informes sobre el número de las fuerzas invasoras ocupantes del Huejutla, al mando del general imperialista Silverio Ramírez y del comandante Ignacio Labastida que se hallaba en parte del Convento y de la hoy Presidencia Municipal. En poder de esos informes, Antonio Reyes reunió  un grupo formado por Jesús Sánchez, Anselmo Gómez, Máximo Sánchez, Felipe Rivera, Ignacio Torres, Mariano Alcántara, Anselmo Cobos, Mariano Molino, Jesús Rodríguez, Froylán

   Zurita y Teodoro Sagaón, y algunos correligionarios bajo las órdenes de Petronilo Briseño, del barrio de Tahuizán ayudado por Carlota Reyes oriunda de Molango y comadre de “El Tordo”, comandante de la guerrilla a quien ese grupo de hombres lo nombraron su capitán. Preparó su plan de ataque; ya que también habían podido reunir algunas armas. Logrando esto, se retiró con su grupo a Tepeyacapa, a 20 kilómetros de Huejutla; se acordó lanzar el ataque en la madrugada del día 20 de mayo, en contra de las fuerzas de la Intervención y del Imperio que sumaban 400 hombres y que tenían tomada a Huejutla. Se tuvo que alterar la fecha del ataque, debido a una fuerte lluvia que mojó la pólvora y obligo a los valientes huejutlenses a retirarse a Chicualoya donde estuvieron todo el día 20 para que se secara la pólvora y rehacer estrategias por la fuerte lluvia que había caído.

   Se inició el asalto, a las dos de la madrugada del día 21 de mayo de 1866, sigilosamente rodearon el cuartel de los imperialistas e iniciaron furioso ataque, secundados por los otros patriotas huejutlenses. Así con el apoyo del grupo que mandaba don Petronilo Briseño (iban descalzos para no hacer ruido). Al primer disparo, cayó el cuerpo del centinela francés, se asaltaron a continuación los dos reductos citados, que cayeron en poder de “El Tordo” y de sus compañeros. De varios lados salieron refuerzos para auxiliar al improvisado ejército nacional. Los franceses y los imperiales huyeron, entre ellos Ramírez, pero Labastida fue apresado y se le ordenó gritase “¡Viva la libertad!” a lo que contestó “¡Viva el Imperio!” y repetido todo esto, uno de los nacionales le hundió un cuchillo y luego lo despojó del magnífico traje de charro, el que se dice después usó.

   Mientras tanto, Antonio Reyes gritaba “¡Victoria! ¡Hemos vencido! ¡Viva Huejutla!” y en ese momento una bala asesina le hirió de muerte por la espalda. En ese mismo lugar donde cayó, se levantó un monumento a su memoria en el lado sur de la Plaza de Huejutla.

   En 1943, el Congreso del Estado de Hidalgo, en un justo reconocimiento al héroe, y su participación en ese glorioso hecho de armas, expidió un decreto por el que esa Ciudad se denominaría “Huejutla de Reyes”; y en este 2007 en Sesión Solemne se inscribirá el nombre de Antonio Reyes Cabrera junto con los de otros distinguidos Hidalguenses que ya se encuentran en la Sala de Sesiones de esta H. Legislatura.

 (“La Huasteca Hidalguense”, por Joaquín Meade, 1949.-Centro Hidalguense de Investigaciones Históricas A:C:.- Presidente Arturo Herrera Cabañas)

 EL UNIVERSAL, D.F., del 28 de junio de 1950, p. 23: Demanda de Amparo contra actos del Departamento Agrario.

   En el Juzgado Primero de Distrito, en materia administrativa, se dio entrada ayer a una demanda de amparo, promovida por Amalio y Carlos Ballesteros González y María Ballesteros viuda de Durán, contra actos del Departamento Agrario.

   La dependencia demandada ordenó en un acuerdo de 5 de abril, que el caudal total de agua del manantial del poblado de Yeregé sea aprovechado por la comunidad de Tepuxtepec, del municipio de Coatepec, Michoacán.

   Por acuerdo presidencial de julio de 1948, el mismo Departamento declaró inafectables tres fracciones de la ex hacienda de Yeregé, donde se encuentran los manantiales que son el principal motivo de la demanda.

    Es de lamentar que ninguna otra información, por ahora, se haya encontrado sobre esta interesante hacienda ganadera, misma que fue capaz de nutrir de toros para las diversas fiestas que hubo, al menos,  en la última etapa del virreinato novohispano. Su actual propietario, el C.P. José Amalio Ballesteros, por más súplica que ha hecho con quien suscribe, no ha podido encontrar ese tipo de fuentes con las cuales poder establecer una panorámica más rica respecto a sus orígenes, desarrollo y consolidación. Ojalá que algún otro investigador o historiador, sobre todo de la región limítrofe entre los actuales estados de México y Michoacán pudieran encontrar documentos o referencias que sirvan para un ejercicio legítimo de reconstrucción histórica.

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MANO A MANO DE LORENZO GARZA y LUIS CASTRO “EL SOLDADO” EN CELAYA.

DEL ANECDOTARIO TAURINO MEXICANO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Antes de que los dos diestros, ya en plena efervescencia debido a sus rivalidades, tuviesen ocasión de presentarse “mano a mano” en la plaza de toros “El Toreo” de la Condesa, la tarde del 3 de enero de 1937, ambas figuras tuvieron la deferencia de aceptar la propuesta que el empresario de la plaza de toros de Celaya en turno les hizo para que actuaran el día 25 de diciembre de 1936; ya que para los celayenses tal fecha se convirtió por muchos años en la gran conmemoración… Era cosa de ver a qué nivel de dicha llevaban las fiestas de navidad por aquel rincón provinciano.

CARTEL_CELAYA_25.12.1936_GARZA-EL SOLDADO

    De aquel festejo, “El Eco Taurino”. México, 31 de diciembre de 1936, nos informa:

 Memorable triunfo de Garza en Celaya.

Celaya, dic. 25. Con un entradón formidable, como no hay memoria en ésta, se celebró la corrida de Navidad en la que torearon por primera vez mano a mano en México Garza y “El Soldado”. Lidiaron seis toros de Xajay, dos de los cuales resultaron bravísimos, el quinto y el sexto. Lorenzo Garza realizó una de las mejores faenas de su vida, logrando cuajar hasta 17 naturales. Mató estupendamente bien y cortó orejas y rabo. Salió en hombros. “El Soldado” no se dejó ganar la pelea en el sexto y también hizo una gran faena y cortó orejas logrando un éxito extraordinario.

(Aquella tarde, Luis Castro vistió de blanco y plata. Garza se enfundó en un traje grana y oro).

   Además, existe un curioso pasaje que me contó don Antonio Sabater como sigue:

 (Aquella tarde) Uno de los bureles llamado “Sembrador” fue estupendamente lidiado por Garza quien recibió del tendido de sol el siguiente grito: “¡a que no se lo das con la derecha”, refiriéndose el aficionado a que si tenía tan grandes virtudes con la izquierda, debía tenerlas con la mano diestra.

LORENZO GARZA EN PECULIAR CITE

Y aquí lo vemos, precisamente en aquella tarde que se alzó con un triunfo inolvidable. (Col. del autor).

   Por su parte, mi padre, el señor Jesús Gustavo Coello Ramírez (q.e.p.d.) recordaba este episodio así:

 Se pegaban programas anunciadores de la corrida. Los toreros entraban por la puerta grande de sombra, pasando por entre la gente para dirigirse al patio de cuadrillas. Alguna vez, entró por ahí Lorenzo Garza, vistiendo un terno canario y plata, en medio de fuertes aplausos y varios aficionados se daban el lujo de palmearlo, de tocarlo. Por cierto esa tarde, en la corrida de navidad del año 35´ se presentó la viuda de Miguel Gutiérrez a solicitar un óvolo, habiendo respondido de manera generosa la afición de Celaya.

    Como lo decía al comienzo de estos apuntes, con aquel ambiente, ambos toreros llegaron más que con los “ánimos caldeados” para volverse a ver las caras en ese otro “mano a mano”, en la capital del país.

Guillermo Ernesto Padilla: Historia de la plaza EL TOREO. 1907-1968. México. México, Imprenta Monterrey y Espectáculos Futuro, S.A. de C.V. 1970 y 1989. 2 v. Ils., retrs., fots., T. II., p. 164.

   Y por supuesto que no decepcionaron a la afición.

   10 años más tarde, Lorenzo Garza volvió a Celaya. Esto ocurrió el miércoles 25 de diciembre, acompañado por David Liceaga y “Morenito de Talavera” con 6 toros de Pepe Ortiz.[1]

   En poblaciones como Celaya y hace casi 80 años estaban presentes una serie de reminiscencias construidas a partir de valores tradicionales, ligándose de esa forma lo lúdico y la religión, hasta el punto de encontrar en expresiones como las corridas de toros el elemento culminante de aquellas conmemoraciones que poco a poco fueron diluyéndose hasta quedar en nada… salvo la recuperación que se procura hacer desde aquí, contando para ello con una interesante opinión que Luis Ramón Carazo acaba de hacer recientemente: “Hoy que prevalece la tecnología como vehículo para resolver las necesidades más dispares y las anécdotas y los hechos se propalan a la velocidad del rayo, que refrescante es contar con la existencia de un torero que parece ir en sentido contrario a la velocidad de nuestros tiempos actuales y gesta hechos inusitados”.[2] El texto de Luis Ramón abre una elogiosa opinión sobre “Morante de la Puebla”.

     El hecho es que intento confrontar todas aquellas condiciones posibles para entender, a través del tiempo cómo es que han cambiado muchos aspectos en la vida cotidiana de determinados sitios o espacios, con objeto de ir entendiendo muchos significados, códigos y secretos que siguen perpetuándose y representándose en la puesta en escena de la actual tauromaquia. De ese modo llegaremos a explicarnos mejor tantos y tantos significados que lleva prendido al pecho este espectáculo varias veces secular entre nosotros.


[1] La Fiesta, Nº 117, del 18 de diciembre de 1946. Celaya, miércoles 25 de diciembre de 1946. La tradicional corrida de navidad. Acontecimiento único. Lorenzo Garza, “El ave de las tempestades”, David Liceaga, que se despide como torero, y “Morenito de Talavera”, triunfador en la plaza “México”, con 6 preciosos toros de Pepe Ortiz.

[2] Disponible en internet, junio 24, 2014 en: http://desolysombra.com/2014/06/22/ocho-con-ocho-lo-antiguo-de-lo-moderno-por-luis-ramon-carazo/

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REAPARECE RODOLFO GAONA POR ESTOS LARES.

REVELANDO IMÁGENES TAURINAS MEXICANAS.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE

    Con apenas un año de diferencia, las dos páginas que dieron testimonio de las que se entiende fueron resultado de soberbias actuaciones, hablan en términos gráficos del paso imponente que Rodolfo Gaona estaba afirmando en España, sobre todo durante una época en la que la competencia con José Gómez Ortega o Juan Belmonte no era sólo eso. Era una auténtica “declaración de guerra”, conflicto que no quedaba en verse las caras con José y con Juan. Además, había que hacerlo con otra serie de figuras que destacaban en auténticas batallas, las que significaban para cada uno defender “a muerte” su parcela y así, hacer infranqueable el paso; porque en esos momentos de “temporada a la alza”, nadie habría deseado ceder espacio o terreno para que otro u otros llegaran y arrebataran el mando.

   Todo esto lo tenía muy claro el “Indio grande” que, en tanto torero mexicano enfrentó dura diferencia con los españoles. Rodolfo tenía en aquel territorio un complicado compromiso: el de salir airoso de cuanto festejo estuviese anunciado. Y la prensa, por fortuna, tuvo de él muy buena impresión. El sistema fotomecánico, como puede observarse había ganado en calidad y las imágenes que visten la reseña de uno y otro festejo, nos permiten entender que además hubo diseño con el cual se logró el consiguiente equilibrio estético; en este caso de Mundo Gráfico, revista de la cual provienen tan interesantes ejemplos.

MUNDO GRÁFICO_08.07.1914_ACTUACIÓN GAONA EN MADRID1

    El presente “revelado” no es otra cosa que compartir con ustedes el asombro que provoca el hecho de que, independientemente de nacionalidades, el toreo ganaba una figura más, consagrada precisamente en ruedos hispanos, y cuyos aficionados terminarían reconociendo sus enormes capacidades en términos y conceptos que lo acercaban, definitivamente a cumplir con la sentencia que muchos años después le concedería José Alameda, el cual calificó a Gaona como el primer gran torero mexicano de ordenes universales.

   Por aquellos años, y durante varias temporadas que realizó en España, “El Petronio de los ruedos” cosechó infinidad de triunfos que le concedieron el privilegio de ostentar el grado de “figura del toreo”. Si bien, tras la muerte de “Joselito” en mayo de 1920, sucedió un fenómeno que alteró a la tauromaquia, Juan Belmonte y Rodolfo Gaona tuvieron que seguir cada quien su camino, dejándose notar que con aquella pérdida, la de José Gómez Ortega se provocaba un giro imprevisto, un quiebre con el cual se puso en marcha una especie de recomposición tauromáquica. Incluso, nuevos alientos, en la persona de quienes ya estaban más que preparados para el inminente cambio generacional, tuvieron que posicionarse en condiciones no previstas antes de tiempo.

MUNDO GRÁFICO_22.09.1915_ACTUACIÓN GAONA EN MADRID

    A Gaona ya solo le quedaba padecer la triste jornada de Barcelona, en 1923, que si bien no marcó el ocaso del torero, sí el de un amargo adiós a aquella afición hispana con la que se amalgamó a tal grado que se “hizo querer”, quedando como prueba de ello sendos reportajes, recogidos en Mundo Gráfico, publicación que puede uno encontrar en la maravillosa página que administra la Biblioteca Nacional de Madrid, una de cuyas ligas nos lleva a la Hemeroteca, donde frente a un amplio despliegue de información, podemos andar por esos recovecos de la historia y encontrarnos con maravillas con las que ahora Gaona vuelve a ser tema de conversación… Por algo será…

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JUAN CORONA PICADOR DE TOROS, LA QUINTA CORONA Y UN HISTORIADOR EN CIERNE.

DE FIGURAS, FIGURITAS y FIGURONES.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

JUAN CORONA

Un retrato similar a este se reprodujo en la obra de Domingo Ibarra: Historia del toreo en México que contiene: El primitivo origen de las lides de toros, reminiscencias desde que en México se levantó el primer redondel, fiasco que hizo el torero español Luis Mazzantini, recuerdos de Bernardo Gaviño y reseña de las corridas habidas en las nuevas plazas de San Rafael, del Paseo y de Colón, en el mes de abril de 1887. México, 1888. Imprenta de J. Reyes Velasco. 128 p. Retrs.

    Juan Corona[1], el de la famosa “vara de otate” fue un personaje sui géneris del siglo XIX. Picador de toros, dueño de la famosa QUINTA CORONA a donde iban los habitantes de la ciudad de México a gozar de una deliciosa merienda, y a divertirse con las atracciones que allí mismo montó para esparcimiento de niños y grandes.

   Metido a asuntos empresariales, tuvo a su cargo durante algún tiempo la Plaza de Gallos en San Felipe Neri, allá por 1858, en donde llegó a exponer -bajo juramento- sus intereses para asegurar varias funciones, donde enfrentó “tres careados de diez pesos y las peleas que se convengan”, cobrando la entrada general a un real.

   Por otro lado, Corona se convierte -durante varias temporadas-, en el varilarguero de confianza del torero español Bernardo Gaviño, para quien tuvo muestras de apoyo y cariño. Aunque la tarde del 23 de mayo de 1853, sufrió una terrible cogida, por un toro de Queréndaro, cuya asta entró por la pierna derecha, y atravesando el asta, salió hasta la planta de la llave, por el hígado (según el parte facultativo).

   Como consecuencia de tan espantosa herida, Corona duró enfermo casi un año, siendo durante este tiempo asistido con extremo por el Dr. Mallet.

   Repuesto Corona un tanto y habiendo gastado durante su enfermedad casi todos sus ahorros, tuvo necesidad de trabajar, logrando reunir una suma que, aunque insignificante, fue bastante para que Juan pudiera establecer una zapatería y comprar algunas vacas.

   Corona abandonó por completo el toreo y trabajando sin descanso, después de grandes privaciones, con el honrado fruto de sus bastantes desvelos, compró la casa que habitó en el barrio de Jamaica y donde tanto los viajeros notables, como la mayor parte de los mexicanos, pudieron admirar en ella el curioso museo del que hace detallada reseña más adelante, José Juan Tablada.

   La época brillante que cubre el ahora mencionado comprende casi hasta el primer lustro de la segunda mitad del siglo XIX. Era una costumbre ejecutar la suerte montado en caballos que sufrían tremendas cornadas, auténticos costalazos de los que también muchos picadores padecían las consecuencias de los percances que era cosa común en aquella fiesta donde la suerte de varas todavía no contaba con el apoyo de los “petos”, los cuales se vieron y usaron en México, en forma primitiva durante el auge de Ponciano Díaz y, muchos años más tarde las leyes, pero también el sentido común de humanidad, impusieron que la cabalgadura estuviese protegida por un “peto”. Esto, a partir del año 1928 en España; dos años más tarde en nuestro país.

   Justo el 21 de diciembre de 1851 está haciendo su presentación en la plaza de toros el Paseo Nuevo la cuadrilla de toreros y toreadores “que acaba de llegar de España”, comandada por Antonio Duarte “Cúchares” y Francisco Torregrosa quienes resultaron todo un fiasco. En el programa se anuncia que “La montura de los picadores es igual a las que usan en España”. Seguramente esto significó un punto de atención muy especial entre los seguidores del “nacionalismo taurino”. Juan Corona, como ya sabemos, miembro de la cuadrilla de Bernardo Gaviño practicaba la suerte como era costumbre en aquellos tiempos, la cual era del gusto general. Fue por eso que “a partir de la sexta corrida efectuada en la Plaza del Paseo Nuevo, volvió a ser la cuadrilla de Bernardo Gaviño la que se encargó de la lidia de los toros, eliminados sagazmente los toreros españoles”[2]. La lira popular dedicó al varilarguero estos versos que acompañados de una guitarra, y bajo el compás del corrido trascendieron por todo el México taurino de entonces:

 El valiente Juan Corona

el de la vara de otate,

aunque la fiera lo mate

ha de picarlo sin mona.

 

De San Pablo en este día

la plaza se encuentra en ascuas,

porque se acercan las Pascuas

y el pueblo goce a porfía.

 

La Chole, por vida mía

no esquiva pisar la arena

de sangre toruna llena;

pues por complacer a todos,

ha de jugar de mil modos

con esas fieras, sin pena.

 

Porque su fama lo abona    (la de Juan Corona)

en el suelo mexicano,

dó se muestra muy ufano

de triunfar siempre de veras.

Y dominar a las fieras

con su brazo soberano.

 

Ha de haber monte Parnaso,

de muchas cosas provisto,

las que jamás habrás visto

aunque las tienes de paso.

 

Cien pantalones de raso

y otras muchas zarandajas,

entre cortantes navajas,

ha de tener en su mano,

para que saque ventajas.

 

El que busque distracción,

en San Pablo la hallará,

y no se arrepentirá

de ocurrir a esta función.

 

Allí no habrá tumultón

ni desorden, ni mal rato

el público hallará grato

cuanto en su obsequio ofrecemos,

pues todo precaveremos

porque haya gusto y no flato.

No es busca de novedades

corras pueblo a otras regiones,

porque las más ocasiones

encontrarás bojedades.

(. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .)

Qué diversión más barata

puede buscar un galán,

para que con poco afán

quiera obsequiar a su chata.

 

La paga no es patarata,

esta vez se ha disminuido,

porque la empresa ha querido

dar muestras de su adhesión,

probando así a la sazón

que os vive reconocido.

 México, diciembre de 1851[3].

SERÁ JUAN CORONA...

¿Será Juan Corona? Parte de la ilustración con que fue adornado un cartel taurino a mediados del siglo XIX para los festejos que con notable frecuencia se celebraban, tanto en la Real Plaza de toros de San Pablo como en la nueva plaza del Paseo Nuevo. Col. del autor.

    A decir de Carlos Cuesta Baquero (Roque Solares Tacubac), el último picador de “vara corta” que actuó en las plazas de toros de la ciudad de México y también en las de los estados, fue un español, sevillano, nombrado Juan Vargas alias “Varguitas”. Anteriormente hubo muchos y entre ellos el famoso mexicano JUAN CORONA, que hacía sus proezas usando una garrocha corta, de madera de otate. Por el detalle de la madera, le dieron el mote de “el picador de la garrocha de otate”. Tal picador fue hijo adoptivo de los abuelos del novillero Enrique Laison que actuó con cierta frecuencia en la tercera década del siglo pasado.

   Además, el señor Corona supo aprovechar el medio y hacer fortuna. Como ya dije, tuvo funcionando la QUINTA CORONA, lugar que seguramente también sirvió de resguardo a una de las colecciones de objetos y fetiches taurinos, que todo buen y loco aficionado llega a tener y a poseer. En el mismo terreno levantó una plaza de toros que llamó “Bernardo Gaviño”, en memoria del matador de toros a quien sirvió durante tardes memorables. La plaza fue refugio de ilusiones que sirvió aproximadamente cuatro años[4]. En algunas reseñas publicadas por aquí y por allá sabemos que contaba dicha colección con varias cabezas de toros que estoqueó Bernardo Gaviño. Algo de lo que se sabe muy poco es de las memorias que fue escribiendo y reuniendo en algunos cuadernos de los que se conservan visiones aisladas del toreo de su época, mismos que veremos más adelante. Sobre el “museo” de su propiedad, José Juan Tablada nos obsequia con un cuadro de recuerdos maravilloso e indispensable para conocer aquel recinto lleno de sorpresas y misterios. Veamos.

    Los “Indios Verdes” nos han llevado a orillas del Canal de la Viga y una vez allí mis propios recuerdos me hacen buscar en vano, entre las casas de la margen, una enjalbegada y modesta con jardincillo de arriates al frente, cuyo portón traspasado, brindaba hospitalaria, en su interior pintoresco, vasto entretenimiento a la ingenua curiosidad popular.

   Era la tal casa de encalados muros y bermejo piso de limpios ladrillos, la “Quinta Corona”, cuyo propietario, un viejito gordo, rosado y de cabeza blanca había formado con los recuerdos materiales de sus años mozos, un “Museo”, al principio de tauromaquia y con el transcurso del tiempo de curiosidades en general, con tan amplio criterio que por igual acogía a la obra de arte que al trofeo ensangrentado o al becerro de dos cabezas.

   No en vano la institución fué esencial y primitivamente emporio del arte de Cúchares, que su dueño tenía a orgullo el haber consumado todo un ciclo de hazañas con su fuerte brazo, cuando lanza en ristre como Esplandian o Amadis, fué picador de toros bravos en las edades casi homéricas de la tauromaquia nacional, bajo la capitanía del ilustre Bernardo Gaviño, al brillo de cuya leyenda sólo hace falta un rapsoda, émulo del docto Nicolás Rangel, que sobre el campo escarlata de esa vida esforzada haga resaltar las proezas con pluma de oro mojada en tintas de iris.

   En el corazón de esa epopeya cornuda y astifina, se colocaba el señor Corona, dueño del Museo de su nombre, sin vanidoso alarde ni presuntuosas jactancias, no quizás por mera modestia, sino porque todo énfasis le parecía vano y redundante.

   Enunciar el hecho era a su juicio bastante, como se le antojaba a un granadero de la Guardia Vieja napoleónica, al decir simplemente que había servido bajo el “Petit Caporal”.

   -Fui picador de la cuadrilla de Bernardo, decía el señor Corona ya manso y con aspecto monástico, casi venerable y al decirlo chispeaba en su silencio y en sus ojillos una elocuente línea de puntos suspensivos, que interpretados debidamente significaba esto:

   -Fui picador de toros bravos cuando la mínima púa de las garrochas exasperaba a la fiera en vez de lastimarla y quebrantarla; cuando se picaba lo mismo en los medios o en los tercios de la plaza que junto a las tablas; cuando los picadores no estábamos protegidos por armaduras férreas, ni teníamos en torno un estado mayor de peones y monosabios… Fui picador de toros bravos cuando éstos no se distinguían sutilmente en nobles y resabiosos y cuando a pesar de todo el caballo lucía, más por donaire que por defensa, una crinolina de cuero y era costumbre sacarlo ileso de las arremetidas del toro!

   Todo eso decía con su artificioso silencio el señor Corona y en seguida, acompañando al visitante, le hacía los honores de sus pintorescas colecciones.

   Ya he dicho que éstas eran heterogéneas y quizás por ello más curiosas.

   Cabezas disecadas de toros célebres; la espada con que Bernardo estoqueó su último toro; una garrocha con que el “Negrito Conde” y el mismo señor Corona habían picado centenares de reses, en todo el territorio, desde Alburquerque y Arizona hasta Quetzaltenango; Cartelones de corridas de toros y de peleas de gallos, pintados al temple o al óleo por pintores nuestros o por el “Aduanero Rousseau” o Larionov o la Gontcharova; una “sirena de los mares” injerto de mono y de pescado; buques con velamen y arboladura construidos dentro de botellas; la camisa ensangrentada de Lino Zamora y un bucle del cabello de: “Rosa, rosita, flor de alegría.-Ya murió Lino Zamora-Ya murió Lino Zamora-Pues así le convendría!”

   Y junto con todo aquello, miniaturas en marfil, viejas pinturas exornadas como iconos rusos en lámina de cobre; un pectoral de monja pintado por Cabrera, junto a una cuadrilla de toreros figurada por pulgas vestidas; un “gallito” del Real de Zacatecas junto a un San Francisco tallado en madera por algún discípulo de Alonso Cano…

   Museo memorable en donde lo monstruoso se equiparaba con lo bello en grado excelso, donde la extravagancia se hermana con un real descernimiento de lo bello artístico, Museo-Cafarnaum donde ví la obra maestra de la cerrajería colonial, una filigrana de hierro y plata junto a un frasco de alcohol conteniendo una solitaria de cuarenta varas y el sombrero galoneado de un heroico insurgente suriano, junto a una reata que tenía injertados como cuernos, dos espolones de gallo. ¿Qué fin correría aquel museo sui géneris cuya visita en mis mocedades era un rito obligado de los paseos a Santanita, tan clásico como libar el pulque de apio y saborear las enchiladas de pato en los frescos jacales, enmedio del florido pensil de las chinampas?[5].

    En cuanto a las “memorias” que fueron citadas algunos párrafos atrás, y gracias al mismo Juan Corona tenemos una idea más precisa del acontecer taurino ocurrido en la segunda mitad del siglo pasado (que, dentro de muy poco será antepasado).

    Algunos datos de la ganadería de Atenco, sacados por F. Llaguno de la Biblioteca que conservaba el Sr. D. Juan Corona propietario que fué de la Plaza de Toros “Bernardo Gaviño” situada á un lado de la Calzada de la Viga, en la Ciudad de México.

   De algunos manuscritos por el mismo Corona notable picador en aquella época y otros de algunos periódicos que se publicaban entonces.

    El año 1853 en la Gran Plaza de San Pablo cuando gobernaba Su Alteza Serenísima, se corrieron en muchas corridas ganado de Atenco cimentando más la fama de que ya gozaban entre los aficionados; pero el más notable de los hechos en ese año en una de tantas corridas, fué la lucha de uno de esos toros con un tigre de gran tamaño y habiendo vencido el toro al tigre, el público entusiasmado con la bravura del toro pidió el indulto y que se sujetara y una vez amarrado fué paseado por las calles de la capital en triunfo acompañándolo la misma música que tocó en la corrida.

   Muchos hechos notables se registran en esa misma plaza de los toros de Atenco, entre ellos el de haberse suspendido en una de las corridas del mes de Abril del año 55 la suerte de vara por la razón de que el 1º y 2º toro inutilizaron á los cinco picadores después de haber matado 14 caballos. Trabajaba en esa corrida como espada Gaviño (este hecho me lo relató el mismo Corona, porque fué uno de los que ingresaron a la enfermería).

   En la Plaza del Paseo Nuevo el año de 56 se jugaron toros de Atenco en competencia con los de la afamada Hacienda del Cazadero en varias corridas y casi en todas fueron vencedores los de Atenco sobre todo en la suerte de varas.

   Esta competencia dió lugar á que se corrieran en el 58 en plaza partida las mismas ganaderías y en la segunda corrida el 2º toro de Atenco, castaño obscuro después de haber matado los cuatro caballos de los picadores que salieron rotó  (sic) la barrera de la división se pasó adonde estaba jugando el toro del Cazadero y después de haber matado otro caballo de los picadores nada menos que el que montaba D. Juan Corona arremetió contra el toro del Cazadero dándole fuertes cornadas y poniéndolo en fuga. En estas corridas trabajaban como espadas Gaviño que era el que lidiaba los de Atenco y de Mariano González (á) La Monja, los del Cazadero.

   En la época del Ymperio también dejaron muchos recuerdos á los aficionados por sus hazañas esas dos ganaderías pero siempre sobresaliendo Atenco.

   Datos recogidos en Tenango.

   En los años del 60 al 72 en las corridas de feria de Tenango también son innumerables las hazañas de los toros, de esa vacada aún todavía existen algunos empresarios como son D. Leandro Perdones (sic) vecino de México el Sr. D. Cosme Sánchez actual Presidente Municipal de Tenango D. Guadalupe Gómez vecino en la actualidad de México, y otro muchos que aun viven.

   En enero del año 62 costó nada menos al empresario L.P. los tres días de feria la friolera de cuarenta y cinco caballos. Trabajó como espada D. Mariano González (á) La Monja.

   El año 64 tocó trabajar á B. Gaviño los tres días de Feria y el último día o sea la última corrida quedó sin picadores por motivo de haber ingresado á la enfermería los cuatro que traía entre ellos el famoso Cenobio Morado. 32 jamelgos.

   El 66 y 67 fueron tan notables las corridas de esos años que algunos de los que fueron testigos oculares las recuerdan con entusiasmo. En esa trabajaron Gaviño y Pablo Mendoza. El 2º toro de la última corrida cogió gravemente al picador Morado.

   Del 68 al 73 en la misma plaza fueron indultados algunos toros á petición del público por admirar la ley y bravura hubo toro que recibió 22 picas y dejó en la arena 12 caballos de arrastre. Pero el que más llamó la atención en la 2ª corrida del año 72 fue el 3er toro castaño encendido, bragao, coliblanco y cornigacho ese toro dejó muertos en el redondel 16 caballos, cuatro tantas de picadores de a cuatro salieron al redondel y cuatro veces quedaron a pie los cuatro picadores. Era espada d. José Ma. Hernández.

   Estos apuntes lo he recogido de muchas personas que presenciaron esas corridas y que aún viven en Tenango.

   Las corridas que he visto tanto en Tenango como en algunos otros redondeles del país también recuerdo algunos hechos notables de esos toros.

   No se me olvidará lo de la Plaza de Tlalnepantla el 31 de octubre de 1886 el 4º toro al clavar la divisa el torilero Miguel Ramos fué enganchado del pecho por el toro saliendo y llevándolo en el pitón derecho hasta el otro extremo del redondel. Trabajaba como espada en esa corrida Ponciano Díaz.

   En México, enero 4 de 1888, 4ª corrida de abono en la Plaza de Colón el 4º toro al ponerle un par Tomás Mazzantini hizo por el él bicho cogiéndolo en la barrera y aventándolo al tendido de sol.

   En la Plaza del Paseo (México), fué cogido el 4 de diciembre de 1887 el espada Francisco Díaz (Paco de Oro), por el 1er toro, habiéndole quitado en pedazos la chaquetilla: ostentaba un traje azul y oro, y alternaba con Hermosilla.

   El mismo Hermosilla fué cogido y volteado y enganchado de la pierna derecha en otra corrida en la misma plaza por el cuarto toro.

   Esta ganadería á sido conocida en todo el país, y sus cornúpetos han visitado desde hace muchos años, casi todos los redondeles mexicanos. Es sin duda la que ha dado más toros de lidia desde su fundación no solo para los cosos (…)

    Independientemente de todo lo que dedicó a recordar el viejo picador, estamos viendo en él a un hombre preocupado por una época que vivió intensamente, al grado de convertirse en un historiador en cierne, recogiendo los testimonios orales que estuvieron a su alcance y que hoy nos sirven para conocer otros detalles del apogeo impuesto por el gaditano, quien se convierte en una figura indiscutible, imponiendo su hegemonía a partir de aquel compartir las hazañas con los toros del conde de Santiago de Calimaya, que de seguro, eran toros propicios para el espectáculo en el que Gaviño fué protagonista principal.

   Volvemos con el imprescindible ROQUE SOLARES TACUBAC quien escribe sobre los picadores en tiempos de Juan Corona lo siguiente:

    Intencionalmente no por olvido, he dejado para los últimos párrafos ocuparme de los antiguos picadores de toros aborígenes. En ellos radicaba buena porción de “nuestro nacionalismo taurino” porque los considerábamos insuperables. Confundíamos sus cualidades de “charros caballistas” solamente igualadas por los gauchos argentinos y por los “cowboys” americanos del Sur de los Estados Unidos de Norteamérica, con las cualidades que ha de tener un picador de toros.

   Por tal confusión los antiguos picadores de toros eran en muchas ocasiones improvisados lidiadores, porque estaban personificados en los vaqueros que habían conducido a los toros desde el campo -desde la dehesa, según ahora dicen- hasta la plaza de toros. Esos vaqueros eran los actuantes de picadores durante la corrida. Y demostraban lo único que podían ostentar: saber de caballistas y valentía de hombres avezados al peligro. Pero, no podían ostentar saber de picadores de toros.

   Ciertamente que no siempre eran los picadores los mencionados vaqueros, sino que existían quienes al oficio de picar toros se dedicara, ciertamente que había exclusivos picadores de toros, pero en cuanto a saber taurino no estaban a gran altura encima de los mencionados ocasionales picadores. También tenían la indispensable cualidad de ser “caballistas” consumados y la no menos indispensable de ser valientes. A la vez eran hombres de corpulencia, de musculatura recia, a veces hercúlea, que mejor les servía para dominar al jamelgo, a la cabalgadura que para “castigar” a los toros, pues el modo que tenían de practicar la “suerte de varas” no era el adecuado para hacer tal castigo, aunque el picador fuese hercúleo.

   Su valentía quizá superada por su ignorancia, hizo que menospreciaran el adecuado traje para practicar los lances de “picar a los toros”. Traje que disminuye el peligro de las fracturas de los huesos en las caídas y que aleja al de las cornadas hiriendo en las piernas, especialmente en la derecha.

   La valentía superada por la ignorancia hacía presentarse vistiendo el traje de “charro”. Vistoso, bonito, adecuado para los jaripeos y la equitación en paseo de cabalgata, pero no apropiado para la tarea de picador de toros. Salían al redondel con su chaqueta de cuero, bordada con alamares de pita. Chaleco igualmente y de iguales adornos. Pantalón de casimir, de hechura ajustando al muslo y pierna, especialmente en la pantorrilla y tobillo. Cayendo hasta el empeine del pie, sobre el zapato de vaqueta delgada de color amarillo. La suela del zapato igualmente delgada, cual es la usual para pisar. En el calcañal de ambas piernas, la espuela vaquera, forjada en Amozoc o falsificada en León. En la camisa, roja corbata anudada en ancho lazo, con las puntas cayendo sobre el pecho. En la cabeza, el sombrero “charro”, de ancha ala, pero no consistente en exceso, no endurecida fuertemente, sino de modo débil por lo mismo teniendo blandura, doblándose. La copa de forma en consonancia con la moda “charra”, baja en una época, alta en otra y de forma cónica. Sujeta a la cintura y colgante un látigo, que llamaban “cuarta” y servíales para arriar al jamelgo, porque en aquellas épocas no estaban en uso lo que actualmente nombran “monosabios”.

   Lo único extraño que ofrecían al traje de “charro” era una bota de la forma llamada “Federica”, colocada sobre la pierna derecha. Esa bota -endeble defensa para las cornadas- subía por la parte anterior hasta arriba de la rodilla y en la posterior no llegaba a la corva. Así no impedía la flexión de la pierna y en las caídas era posible levantarse rápidamente, sin solicitar el auxilio para incorporarse, lo que entonces era completamente necesario puesto qué no había monosabios que dieran tal auxilio. La bota era de vaqueta y por adentro la reforzaban con papel grueso hecho dobleces. Tal era el atavío del jinete.

   La cabalgadura enjaezada con la silla de montar mexicana, aquella que tuvo por primer patrón la silla española usada en España en la provincia de Salamanca. Silla española modificada por uno de los virreyes -don Luis de Velasco, el primero de los que tuvieron estos nombres y apellido- gran caballista.

   No era admitida la silla de montar netamente española, usada en Andalucía en las faenas ganaderas de “tienta”, igualmente a “campo abierto” o en local cerrado, el “acoso” y el “derribamiento”. Se la ridiculizó diciendo era igual a la usada por los matarifes cuando montados en mulas llevaban las carnes de las reses sacrificadas en la casa matadero, a los expendios en las carnicerías. “El arnés nacional” era la silla mexicana de montar, según en una vez lo dijeron los periodistas.

   El caballo era regido por el freno con bocado mexicano, modificación del bocado que tiene el freno español. Las cabezadas y bridas igualmente “a la mexicana” formadas con angostas tiras de cuero unidas por hebillaje y las bridas también cuero redondel o de cordel, estando unidas en el extremo que corresponde a la mano del jinete. No quedaban desunidas, según las acostumbran manejar los picadores españoles.

   Lo único extraordinario que había en el arnés del caballo destinado al antiguo mexicano picador de toros, era una cubierta de vaqueta que cubría los encuentros del caballo, llegando abajo hasta cerca de la pezuña. Se entendía hacia los lados, tapando también los dos codillos de la caballería. Esa cubierta estaba sujeta con correas o cordones a lo que en la silla mexicana de montar, nombran “cabeza”. El caballo también llevaba lo que los “charros” nombran “anquera”. Es otra cubierta de cuero, que cubre las ancas y el nacimiento y parte de la cola, que resulta aprisionada sin tener movimiento. Así era evitado que el caballo molestara al jinete, dándole con la extremidad de la cola, cuando la movía. Forrado el caballo con las cubiertas, ofrecía un aspecto raro y curioso.

   A la cubierta anterior la llamaban en aquella época “coraza”. Años después fue muy criticada por los revisteros taurinos, hasta que lograron desaparecerla. Pero, actualmente ha resucitado, viniendo la resurrección y el nuevo nombre de allá de España. Le nombran PETO. Ha sido actualmente admitido, sin recordar que había sido desechado, cuando tauromáquicamente nos “agachupinamos”, cuando encontrábamos censurable todo lo característico de “nuestro nacionalismo taurino”. Actualmente nadie recuerda que el actual “peto” es solamente una modificación de aquel irónicamente nombrado BABERO, que originó una turbulencia.

   En antigua época hubo un picador mexicano que prefería para la construcción de sus “garrochas” la madera nombrada OTATE. De escaso peso -sumamente ligera- aunque resistente y teniendo extraño aspecto a causa de los nudos que tiene lo que hace la forma de cañutos. Ese picador se llamaba JUAN CORONA. Actuaba en la cuadrilla de Gaviño por el que tenía verdaderamente adoración. Corona dió motivo en sus lances taurinos a que la MUSA POPULAR cantara sus proezas, siendo uno de esas poesías (?) tiene la forma popular que nombran “corrido”. La letra es de métrica apropiada para hacer el relato cantado con acompañamiento de una musiquilla monótona. En ese “corrido” hay alusión a la famosa “garrocha” de otate, con la que el viejo picador había realizado muchas de sus proezas.

   Conocí a Corona ya anciano, retirado de los redondeles pero todavía en férvida afición por la Tauromaquia y todavía venerando a la memoria de Gaviño. Tuvo conmigo amenas conversaciones relativas a sucesos tauromáquicos de cuando era joven. En alguna de tales conversaciones llevóme ante un trofeo tauromáquico hecho con la cabeza de un toro de pinta negra -toro nombrado EL CASQUETE– dos garrochas, una de ellas la famosa de otate, recuerdo de época de mocedad y nombradía. La otra “garrocha” también era conmemorativa de algo digno de remembranza.

   Vivía el anciano ex-picador de toros en una “quinta” o sea granja, de su propiedad, teniendo el nombre de “Quinta Corona”. Ubicada en el lado oriente del “Canal de la Viga”, a pocos metros del “Puente de Jamaica”, en el pueblecillo de tal nombre. Corona era estimado por todos los moradores del mencionado pueblecillo porque el ex-picador era un benefactor, sosteniendo una escuela para dar instrucción de primera enseñanza a niños y niñas, igualmente que daba limosnas y trabajo en la granja a quienes lo solicitaban.

   En el piso alto del destartalado caserón que servía de domicilio, al que se llegaba por derruida escalera en el descanso de la que había un cuadro retrato de “tamaño natural”, representando a Gaviño en pintura al óleo, tenía el ex-picador un bonito museo de antigüedades tauromáquicas y de otra índole. Había algunas antigüedades verdaderamente valiosas y curiosas.

    Estas otras apreciaciones de un gran periodista como Carlos Cuesta Baquero, pendiente del devenir taurino a fines del siglo XIX y comienzos del XX son también de inapreciable interés, porque nadie mejor que ROQUE SOLARES TACUBAC quien se convierte en una autoridad en la materia y cuyos escritos, muchos de ellos inéditos (actualmente localizados y catalogados por un servidor) deberán revalorarse profundamente, en razón de que su contenido es de suyo muy importante. Cuesta Baquero llena una época que muchos autores valoraron, aunque desafortunadamente publicaciones como EL MONO SABIO, LA VERDAD DEL TOREO, EL CORREO DE LOS TOROS, LA MULETA, EL ZURRIAGO TAURINO entre otras más, hoy en día casi no existen sino en su mínima expresión, por lo que es difícil conocer aquel ambiente del que nos ofrece con toda su carga de valores este autor potosino que referimos con respeto y admiración. No olvidó un capítulo como el de la época maravillosa de Gaviño, estando Juan Corona como protagonista de la misma en medio de los quehaceres del antiguo “picador de toros”, vaqueros y caballistas que conocían el oficio como el mejor en su momento.

   Pero antes de terminar con toda esta visión acerca del personaje que nos convoca, permítanme invitarles, con programa en mano, a una más de sus celebraciones, efectuada el domingo 3 de marzo de 1895. En dicho documento, independientemente de todo un panorama que se inscribe como la “amena invitación” a los “juegos, música y sabrosas meriendas”, aparece en la sección dedicada a las NOTAS la siguiente y curiosa acotación:

 (…) No se admiten mujeres públicas, y con este objeto la autoridad pondrá un agente de la Inspección de Sanidad que vigile la entrada”.

    Es pues, el caso de Juan Corona la reunión de un hombre visionario, que no se conformó con acumular un papel protagónico en los ruedos. También lo hizo fuera de ellos cuando acometió la empresa de organizar diversas funciones de peleas de gallos, costumbre también bastante arraigada en la vida cotidiana de aquel México de mediados del siglo XIX. Y desde luego también tuvo un marcado interés por la memoria que iba grabándose en el curso del espectáculo taurino, al grado no solo de reunir fetiches que luego mostró a sus amigos en la QUINTA CORONA, sino que se preocupó por ir reuniendo auténticas curiosidades taurinas que puso por escrito y hoy es posible conocerlas en los manuscritos que luego recogió “F. Llaguno”, uno de esos aficionados que encontraron en las inquietudes de Corona, a un personaje dispuesto a legarnos la memoria viva de una época de suyo, maravillosa y fascinante. Para terminar, es preciso indicar que dicha información pude encontrarla gracias a los buenos oficios del Arq. Luis Barbabosa Olascoaga, quien me proporcionó copias de este valioso testimonio que ahora pongo a tu alcance, amable lector.


[1] Heriberto Lanfranchi: La fiesta brava en México y en España 1519-1969, 2 tomos, prólogo de Eleuterio Martínez. México, Editorial Siqueo, 1971-1978. Ils., fots. T. II., p. 660.

   JUAN CORONA. El picador de toros mexicano más famoso a mediados del siglo XIX. Murió hacia 1890, cuando ya llevaba algunos años que no picaba.

   Además:

Armando de Maria y Campos: Los toros en México en el siglo XIX, 1810-1863. Reportazgo retrospectivo de exploración y aventura. México, Acción moderna mercantil, S.A., 1938. 112 pp. ils., p. 49. Dice que falleció en 1888 a los 66 años.

[2] Lanfranchi: Op. Cit., T. I., p. 141.

[3] Maria y Campos, op. cit., pp. 55-56.

[4] Manuel Gutiérrez Nájera: ESPECTACULOS. Teatro, conciertos, ópera, opereta y zarzuela. Tandas y títeres. Circo y acrobacia. Deportes y toros. Gente de teatro. El público. La prensa. Organización y locales. Selección, introducción y notas de Elvira López Aparicio. Edición e índices analíticos Elena Díaz Alejo y Elvira López Aparicio. México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Filológicas, 1985. 287 pp. Ils., retrs., pp. 165.

   El 17 de diciembre de 1886, el Congreso de la Unión abrogó la prohibición de las corridas de toros en México; en consecuencia, y dado el aumento de la afición, en 1887 se construyeron nuevas plazas, entre ellas la “Bernardo Gaviño”. El 19 de mayo de 1887 se organizó una novillada para inaugurar dicha plaza en el barrio de Jamaica, con una cuadrilla de niños toreros, de la que era capitán Jesús Adame; picador, José Alfaro, y banderillero, “El Gallo”, de escasos diez años, así como Manuel Mejías Luján “Bienvenida”, banderillero español.

[5] José Juan Tablada: La feria de la vida (Memorias). México, Ediciones Botas, 1937. 456 pp., cap, XIX, pp. 165-8.

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LA IMPORTANCIA y LA ESENCIA DE CIERTAS “MINUCIAS” TAURINAS (XVII).

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO. 

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

LAS SIGUIENTES NOTAS REMEMORAN, EN DIVERSAS ÉPOCAS A JULIO BONILLA.

    Antes que otra cosa, debo destacar la figura de Julio Bonilla, para identificarlo plenamente.

  En 1884 surge el primer periódico taurino permanente: El arte de la lidia, cuya publicación supera los inicios del siglo XX. Sin embargo, para poder entender cómo se integró la crítica, de qué forma se hizo y quienes constituyeron ese sector aislado de opinión antes de la aparición de ese semanario, es obligada una minuciosa revisión que se analizará en los antecedentes. Noticias y registros sobre acontecimientos en torno a esta diversión pública ya los tenemos desde los años que siguieron a la conquista de México-Tenochtitlán, y durante todo el virreinato. Por lo tanto, conviene tener una visión de conjunto, misma que formará parte del disco que pone marcha a este proyecto.

   Con El arte de la Lidia encontramos el primer vocero que emitió en forma pública la circunstancia de una tauromaquia eminentemente nacionalista, puesta en práctica lo mismo en el ámbito rural que en el urbano. Solo que en sus páginas no hay claridad en cuanto a la decadencia, ese síntoma que registra de modo intermitente el toreo, debido a tres causas fundamentales:

1.-El fin de una época detentado por el longevo torero español Bernardo Gaviño, quien monopolizó el espectáculo durante el tiempo que se mantuvo vigente, lo que no fue poca cosa. Al contrario, el suyo fue un período de larga duración que va de 1829 a 1886 en nuestro país, con algunos lapsos fuera de él.

2.-La asunción de Ponciano Díaz quien se colocó entre 1880 y 1890 en lugar de privilegio, factor que favoreció El Arte de la Lidia por el sólo hecho de que su representante o apoderado, el Sr. Julio Bonilla fue el director de la publicación referida.

3.-El toreo de esa época perdió fuerza debido a un agotamiento natural, pero también al trillado y peligroso reciclaje al que fue sometido por toreros y cuadrillas que, descuidaron la puesta al día o renovación de suertes tauromáquicas.

   Un comportamiento así sólo apresuraba la desaparición de aquellas expresiones, por lo que de menos a más un frente de diestros hispanos entendió la necesidad de poner en marcha la reestructuración del espectáculo, misma que se convirtió en caldo de cultivo poniéndose en marcha el amanecer y en forma más correcta del toreo de a pie en México, sólo que a la usanza española en versión moderna. Si esto no fue capaz de vislumbrarlo el cuerpo de colaboradores de El Arte de la Lidia, si se verá logrado en publicaciones como La Muleta (1887-1889) primero; El Toreo Ilustrado (1895-1898), y El Noticioso (entre 1890 y 1900) después. Esto quiere decir que la prensa taurina tuvo, a partir de 1887 varios frentes con inclinaciones hispanistas unos y nacionalistas otros. Incluso, los hubo que cayeron en una patriotería recalcitrante. Todo esto ocurría con intensidad a partir de 1887, año que adquiere uno de los niveles más significativos para la historia del toreo en México, asunto que veremos en detalle más adelante.

   Los integrantes de aquel sector intelectual, al margen de sus personales inclinaciones, debieron contar con un sustento y una información de cultura general lo suficientemente básica para dedicar espacio y tiempo a una materia que resultaba nueva en el horizonte de un asunto que significaba la preparación de la que sería la primera generación de aficionados establecida en nuestro país. Con esto, no quiero decir que no los hubiera. En todo caso, lo que se trata de afianzar con el presente planteamiento es que quienes vieron toros, hasta antes de 1887, lo hicieron sin tener una idea cabal del significado técnico y estético que suponía su representación en las plazas de toros, a donde se desarrolló un espectáculo caótico, acompañado de un intento por demostrar que la tauromaquia, como soporte estructural existía de alguna manera.

   Es por eso que pudiéramos estar frente a una prensa marginal a la que no se le dio la misma atención que sí tuvieron otros títulos de la hemerografía no sólo capitalina. También nacional, por tratarse quizá, del sector noticioso que se encargaba de la cobertura de un espectáculo seriamente cuestionado por su naturaleza misma, la de la barbarie que no era afín a los principios de progreso que empezaban a aflorar durante el porfiriato, régimen que por otro lado estuvo de acuerdo en el impulso de la fiesta brava. Sin embargo, quienes integraban el cuerpo de colaboradores fueron personajes de alta escala literaria. Allí están los casos de Juan de Dios Peza, Rafael López de Mendoza, Eduardo Noriega, Pedro Pablo Rangel, Carlos Cuesta Baquero, Pedro González Morúa, Rafael Medina y otros de igual importancia. Sus ilustradores también contaron con el mismo nivel de importancia y sólo mencionaría a tres de ellos: P. P. García, réplica exacta del trabajo que Daniel Perea estaba haciendo en España, como colaborador de La Lidia, así como José Guadalupe Posada y Manuel Manilla.

    Ahora bien, en una primera apreciación, puedo adelantar que Julio Bonilla nació en Jalapa, Veracruz el 31 de marzo de 1855. Cursó estudios de Comercio, aunque su verdadera vocación estaba en las letras, hecho que quedó demostrado en un importante número de semanarios y publicaciones de aquel entonces.

   Poeta dilecto, en su obra quedó reflejada la bondad de su carácter, la penetración de su ingenio y la grandeza de sus pensamientos. Lamentablemente hay muy pocas evidencias de ese quehacer literario, lo que por ahora no me permiten tener una visión de su estilo.

   Abrazó también la carrera militar, para lo cual en 1880 ya era Subteniente. En 1885, Capitán y, en 1909, año de su muerte, se desempeñaba en el Departamento de Ingenieros de la Secretaría de Guerra y Marina, cumpliendo el alto puesto de Oficial Primero Jefe de una Sección con el grado de Mayor de nuestro ejército.

   El Diario, D.F., del 9 de marzo de 1909, al hacer reseña de la muerte de Julio Bonilla -ocurrida un día antes-, comentaba que: “En cuanto a los servicios prestados por el señor Bonilla a la Secretaría de Guerra y Marina, debemos decir que sí llegó a ocupar el grado de Mayor y a desempeñar el Despacho de una Sección del Departamento de Ingenieros de la propia oficina, fue debido a su constante trabajo e irreprochable comportamiento, mereciendo la estimación de sus jefes y compañeros”.

APUNTES HISTÓRICOS_JULIO BONILLA Julio Bonilla: Apuntes históricos sobre el origen del Colegio Militar de la República Mexicana. México, Secretaría de Guerra, 1884. Obra oficial, una de las pocas monografías sobre el tema. Listas de personal y alumnos. (Portada).

    A continuación incluyo una serie de notas que lo citan y que, por diversas circunstancias nos van permitiendo entender a este personaje con todo su perfil, no solo el del militar, sino como periodista, el quien enfrentó un lamentable desenlace.

 EL MONITOR REPUBLICANO, D.F., del 22.06.1880, p. 3: Julio Bonilla, Subteniente

 EL DIARIO DEL HOGAR, D.F., del 01.09.1885, p. 2: Capitán Julio Bonilla.

 EL DIARIO DEL HOGAR, D.F., del 25.04.1886, p. 1: En las plazas de Veracruz, Durango, Orizaba, Guanajuato, Toluca y Puebla hay el mismo furor taurino y los taurófilos se entregan a esa diversión azuzados por la elocuencia flamenca de Julio Bonilla, el Director del El Arte de la Lidia.

 EL CONTEMPORÁNEO, SAN LUIS POTOSÍ, del 01.03.1909, p. 2: México. Marzo 1º de 1909. Ayer, el Mayor Dr. Julio Bonilla, al estar disponiéndose a tomar el tren para asistir a la corrida de toros a beneficio de Vicente Segura, fue arrollado, cayendo bajo las ruedas y resultando con una pierna amputada. El herido fue trasladado al Hospital Militar, donde fue inmediatamente operado.

 EL DIARIO, D.F., del 01.03.1909, p. 2: FUE ARROLLADO POR UN ELÉCTRICO EL MAYOR DON JULIO M. BONILLA. EL ACCIDENTE SE DEBIÓ A LA AVARICIA DE LA EMPRESA DE TRANVÍAS.

   Ayer, en los momentos en que se disponía a tomar un tranvía para asistir a la corrida a beneficio de Vicente Segura, fue arroyado a las dos y media de la tarde, el señor Mayor don Julio M. Bonilla, Jefe de sección del Departamento de Ingenieros de la Secretaría de Guerra.

   Vivía en la Calle del Arco de San Agustín, 2.

 EL DIARIO, D.F., del 09.03.1909, p. 1: MURIÓ AYER D. JULIO BONILLA VÍCTIMA DE UN TRANVÍA.

   Ayer, a las dos y cuarenta minutos de la mañana, falleció el conocido revistero taurino señor Don Julio Bonilla, quien desempeñaba en el Departamento de Ingenieros de la Secretaría de Guerra y Marina, el alto puesto de Oficial Primero Jefe de una Sección con el grado de Mayor de nuestro ejército. (…)

   En cuanto a los servicios prestados por el señor Bonilla a la Secretaría de Guerra y Marina, debemos decir que sí llegó a ocupar el grado de Mayor y a desempeñar el Despacho de una Sección del Departamento de Ingenieros de la propia oficina, fue debido a su constante trabajo e irreprochable comportamiento, mereciendo la estimación de sus jefes y compañeros.

   Mañana, a las nueve de la mañana, se hará la inhumación, partiendo el cortejo fúnebre de la casa número 2 de la calle del Arco de San Agustín, siguiendo hasta el Panteón Francés.

 EL DISLOQUE, PUEBLA, PUE., del 16.03.1909, p. 1:

    D. Julio Bonilla, oficialmente ocupó importante puesto en la Secretaría de Guerra y Marina, adonde, por más de veinte años y con hoja de servicios sin mancha desempeñó varios puestos hasta llegar a Oficial 1º del Departamento de Ingenieros.

   En sus labores privadas se ocupó de asuntos de arte y taurinos, fue Director y fundador del semanario “El Arte de la Lidia” que vivió algunos años siendo muy estimado y leído en México, España y las Repúblicas Sud Americanas. Tuvo intervención en los negocios taurinos que se realizaron de mayor importancia, representó a diestros de renombre, y fue Secretario de D. Isidoro Pastor en la época de su apogeo. En diversas ocasiones regentenó las empresas de Burón, y fue Director de la única Agencia Taurina de la Capital, cuyo prestigio fue bien conocido.

 EL DISLOQUE, PUEBLA, PUE., del 06.04.1909, p. 3: La tarde del viernes 2 se verificó la corrida que generosamente fue organizada por los señores Alfonso E. Bravo y el Dr. Carlos Cuesta, a beneficio de la señora viuda e hijos del infortunado escritor taurino, querido compañero nuestro D. Julio Bonilla.

   Con un desinterés digno de todo elogio prestaron su valioso concurso los valientes matadores José Casanave “Morenito de Valencia” y Manuel Corzo “Corcito” este último allanó cuanta dificultad se presentaba demostrando el deseo que lo animaba de pagar este último tributo a su finado amigo. El mexicano Samuel Solís también se ofreció expontáneamente y las cuadrillas de los tres espadas también dieron evidente prueba de sus nobles y altruistas sentimientos. Los señores Barbabosa y el aplaudido aficionado y ganadero Romárico González contribuyeron a esta magna obra de fraternidad y de consuelo.

   El resultado del beneficio fue desgraciadamente desastroso, en lo que se refiere a la parte pecuniaria, pues no vamos a hacer crítica de los toreros que tan noble como desinteresadamente expusieron su vida con tan benéfico fin.

   La corrida no tuvo lucimiento porque ya se sabe que para ello no se presta el ganado de Atlanga, sin embargo merece decirse que José Casanave “Morenito de Valencia” se llevó las ovaciones de la tarde, que “Corcito” toreó con valentía y lucimiento, y con buena voluntad los novilleros Solís y “Machaquito de Valencia” y las cuadrillas; no obstante lo lluvioso de la tarde no decayeron los ánimos en la brava gente que había en el ruedo.

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PAN y CIRCO… PAN y TOROS. PAN y… ¿QUÉ SIGUE?

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 I

    La reciente medida con la que, en principio no se podrán utilizar animales en actos circenses, (…) obsequiar, distribuir, vender y en general efectuar cualquier uso de animales vivos, así como utilizarlos como premios en sorteos, juegos, concursos, rifas, loterías, para tomarse fotografías o cualquier otra actividad análoga”, el pasado 9 de junio los organismos involucrados, así como las fracciones parlamentarias de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal, consiguieron aprobar el dictamen de reformas a la Ley para la Celebración de Espectáculos Públicos en el Distrito Federal. Lo anterior no es sino un paso más, el más cercano que hasta ahora se ha dado para que este sector tan específico se encuentre cara a cara con el espectáculo de los toros el cual ha sido, de un tiempo a esta parte el motivo principal de sus propósitos, con objeto de lograr que se prohíban los festejos taurinos como forma contundente para cerrar el círculo de todas esas aspiraciones, las de grupos ecologistas, o de defensa de los animales.

   Lamentablemente se puede entender que el ritmo galopante de la modernidad, junto con efectos neoliberales y hasta la globalización misma, están causando un efecto devastador en la forma de ser y de pensar en nuestras sociedades modernas. Entiendo también que en todos esos ingredientes se viene sumando en cantidades importantes e irreversibles el efecto que viene provocando el cambio climático; sobre todo entre todas las razas animales; mismas que están sufriendo alteraciones que vulnera su hábitat al punto del desplazamiento de zonas selváticas o boscosas a espacios urbanos.

   Pero el hombre moderno está olvidando su pasado. Y peor aún, lo está negando, con lo que deja de reconocer infinidad de estructuras que lo constituyeron en tanto integrante de una sociedad al paso de los siglos. En ese sentido, una serie de fenómenos que ahora se replican con el caso de las reformas a la Ley para la Celebración de Espectáculos Públicos no es otra cosa que ese afán de alterar el sentido de una conciencia que ya no cabe en el nuevo recipiente de esta nueva forma de pensar, en la cual solo parece tener cabida el aquí y ahora pero no el pasado. Y en el pasado se encuentran contenidos los componentes esenciales de lo que somos en tanto humanos, con toda una suma de caracteres entre los cuales, nuestra convivencia con las diversas razas animales conservaba el arraigo de lo que, por miles de años ha sido la domesticación de ese conjunto de seres cuya vida quedó sujeta a los destinos y decisiones del ser humano.

 II

    Peter Singer primero, y Leonardo Anselmi después, se han convertido en dos importantes activistas; aquel en la dialéctica de sus palabras; este en su dinámica misionera. Han llegado al punto de decir si los animales son tan humanos como los humanos animales.

   Sin embargo no podemos olvidar, volviendo a nuestros argumentos, que el toreo es cúmulo, suma y summa de muchas, muchas manifestaciones que el peso acumulado de siglos ha logrado aglutinar en esa expresión, entre cuyas especificidades se encuentra integrado un ritual unido con eslabones simbólicos que se convierten, en la razón de la mayor controversia.

   Singer y Anselmi, veganos convencidos reivindican a los animales bajo el desafiante argumento de que “todos los animales (racionales e irracionales) son iguales”. Quizá con una filosofía ética, más equilibrada, Singer nos plantea:

   Si el hecho de poseer un mayor grado de inteligencia no autoriza a un hombre a utilizar a otro para sus propios fines, ¿cómo puede autorizar a los seres humanos a explotar a los que no son humanos?

   Para lo anterior, basta con que al paso de las civilizaciones, el hombre ha tenido que dominar, controlar y domesticar. Luego han sido otros sus empeños: cuestionar, pelear o manipular. Y en esa conveniencia con sus pares o con las especies animales o vegetales él, en cuanto individuo o ellos, en cuanto colectividad, organizados, con creencias, con propósitos o ideas más afines a “su” realidad, han terminado por imponerse sobre los demás. Ahí están las guerras, los imperios, las conquistas. Ahí están también sus afanes de expansión, control y dominio en términos de ciertos procesos y medios de producción en los que la agricultura o la ganadería suponen la materialización de ese objetivo.

   Si hoy día existe la posibilidad de que entre los taurinos se defienda una dignidad moral ante diversos postulados que plantean los antitaurinos, debemos decir que sí, y además la justificamos con el hecho de que su presencia, suma de una mescolanza cultural muy compleja, en el preciso momento en que se consuma la conquista española, logró que luego de ese difícil encuentro, se asimilaran dos expresiones muy parecidas en sus propósitos expansionistas, de imperios y de guerras. Con el tiempo, se produjo un mestizaje que aceptaba nuevas y a veces convenientes o inconvenientes formas de vivir. No podemos olvidar que las culturas prehispánicas, en su avanzada civilización, dominaron, controlaron y domesticaron. Pero también, cuestionaron, pelearon o manipularon.

   Superados los traumas de la conquistas, permeó entre otras cosas una cultura que seguramente no olvidó que, para los griegos, la ética no regía la relación con los dioses –en estos casos la regla era la piedad- ni con los animales –que podía ser fieles colaboradores o peligrosos adversarios, pero nunca iguales- sino solo con los humanos.

 III

    En buena medida, el pasado constituye alientos y desalientos entre los taurinos que gozan o cuestionan hechos heroicos o episodios, nutrientes para buena parte de la historia del toreo. Ahora bien, cuando es preciso valorar el presente nos queda un dejo de incertidumbre pues ante los hechos contrastados es más que evidente aquellos que hemos observado, sin necesidad de mayores comentarios, o como afirmaba Santo Tomás, “Hasta no ver, no creer”.

   En estos tiempos que corren queramos o no, formamos parte de la globalización. Los recursos actuales como el de la computación han llegado a unos extremos en los que no podemos sustraernos, a menos que se aplique el síndrome de “Robinson Crusoe” y la isla solitaria.

   Estos recursos han hecho suyos a la tauromaquia, expresión que sigue conservando anacronismos que, junto al ritual de sacrificio y muerte hoy siguen siendo blanco de opiniones a favor o en contra. La cobertura que alcanza y comprende a los toros se encuentra al alcance de todas las escalas sociales y espectros culturales, bajo las condiciones de acceso que así lo permiten.

   Aún así, y aquí comparto no sólo la pregunta sino la inquietud inherente a la misma: ¿cuál va a ser el futuro taurino? ¿Qué posibles escenarios podemos prever? Sobre todo porque no hay puesta sobre la mesa ninguna condición de seguridad.

   Que van a terminarse y a desaparecer un día, es creíble, pero para que eso suceda es evidente la presencia de elementos que produzcan o provoquen tal eliminación. Es deseable por tanto analizar aquí y ahora algunos paisajes que nosotros, aficionados a los toros con esta parte recorrida del siglo XXI tenemos que hacer, en aras de trabajar y analizar; evitando así, y en la medida de lo posible que ninguna amenaza ensombrezca ese futuro, por ahora, impredecible.

   Exceso de poder, falta de control y sensibilidad sobre la protección y resguardo de esa tradición, la presencia articulada y cada vez mayor de los antitaurinos. Aunque a veces opiniones como las de Rafael Herrerías son suficientes para explicar lo que sucede entre nosotros. Este personaje “non grato” ha dicho: “Para qué queremos antitaurinos. Con los taurinos tenemos”. Plazas semivacías, novillos y no toros, utreros y no novillos. Toreros, pero no figuras, telegramas y no crónicas, ausencia de plumas pertinentes y no excesos de folletineros son entre otros, las constantes con las que convive la fiesta de los toros. Cultura limitada, falta de especialistas en diversas materias no son, por ahora, suma de optimismo.

   A pesar de que Jorge Manrique ha sido nuestro aliado con aquello de que “todo tiempo pasado fue mejor”, nos encontramos que la verdad solo se le da a la fiesta de vez en cuando, de ahí que una embarcación llamada mentira, navegue a sus anchas por el océano taurino.

   Ahora bien, Crisis y porvenir de la ciencia histórica es un libro que, para muchos historiadores podemos entenderlo como paradigmático. Este trabajo de Edmundo O´Gorman, publicado por la Imprenta Universitaria en 1947, anuncia lo que después sería una de las obras más rotundas del historicista mayor: La invención de América, compendio de muchas razones que sirvieron para polemizar, debatir sobre si lo del descubrimiento de América fue un invento, encuentro, desencuentro o encontronazo de culturas. Y más aún, por el hecho de que con una obra así, se allanaba el camino matizado de ligerezas planteadas en ausencia del rigor. Sobre todo del rigor histórico.

   Crisis y porvenir de la ciencia histórica me ha servido de modelo o referente para ocuparme, frente a ustedes, de un asunto que nos llena de preocupación: el futuro y porvenir de la tauromaquia en México. Para ello es preciso aclarar lo siguiente. Según el Diccionario de la Real Academia Española:

Futuro: Es lo que está por venir;

Porvenir: Suceso o tiempo futuro. Situación futura en la vida de una persona, de una empresa, etc.

   Definitivamente no podemos fingir demencia cuando hemos sabido de los intermitentes periodos de crisis a que ha quedado expuesta la tauromaquia en nuestro país, por lo menos desde el siglo XIX y hasta nuestros días. Un intermitente cuestionamiento, aunque sin consecuencias mayores se dio en el virreinato en dos sentidos: uno el que provenía de la iglesia. Otro el que algunos representantes de la corona o el gobierno se opusieran, sobre todo en los momentos en que la Ilustración, ese peculiar fenómeno ideológico del siglo XVIII embestía poderosamente. Pero dicho comportamiento persiste hasta nuestros días, lo que es motivo para reflexionar y dejar sentado el hecho de que nos vemos obligados a cobrar conciencia sobre el futuro de las corridas de toros. De ahí que se haya puesto en marcha un proceso sin precedentes, para que por medio de una serie de razones y sólidos argumentos, sea posible que la UNESCO declare a la tauromaquia como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad.

   Con todo lo anterior, se tiene un marco de referencia para volcarnos en una revisión lo suficientemente rápida para entender la forma en que ha transitado la tauromaquia, desde los siglos virreinales hasta nuestros días, y con ello tener una mejor idea para construir un futuro sólido y confiable, contando así con la prospectiva más lógica y coherente que nos deje presupuestar lo por venir.

 IV

    Empeñados en defender un anacronismo en el presente, nos olvidamos del futuro. Y es que en estos tiempos de modernidad galopante, que lo mismo nos vemos afectados o beneficiados por la globalización que por el cambio climático o la hiperindustrialización que pronto nos pondrá ante una nueva generación de elementos donde la nanotecnología se moverá a sus anchas, la fiesta de los toros debe seguir vigente. Por eso, entre todo ese maremágnum de condiciones a que nos vemos sujetos, es preciso aclarar que también existen las corridas de toros. Y ese existir es como la supervivencia de un pasado que convive, se dirá que un poco incómodo con nuestro presente. Quienes nos hemos comprometido a la conservación, preservación y difusión de la fiesta de los toros, absolutamente convencidos de lo que hacemos y decimos, planteamos además que se trata de un espectáculo, una diversión, pero también de un ritual que pervive en apenas ocho países que por fortuna lo hacen suyo.

   No cabe pensar aquí más que de una manera en la cual se requiere información práctica para confirmar la fe de los creyentes y atraer a todos aquellos que, en principio tienen curiosidad e incluso, sienten animadversión por un misterioso fenómeno que posee la vigorosa razón del enfrentamiento de un ser racional con un animal. Y más aún. Ya dominado el toro se produce un espectacular como traumático desenlace que ocurre con el sacrificio y muerte de ese mismo animal.

   Este ritual sujeto a una fuerte carga de elementos simbólicos se desarrolla además, matizado de razones técnicas y estéticas que le otorgan significado peculiar. Pero, y aquí la pregunta: frente a todas las embestidas que ahora se producen contra los toros, ¿tiene este espectáculo garantías de pervivencia por el resto de los tiempos?

   Estoy consciente de que ese punto, dependerá, en buena medida, de la madurez en los trabajos que vienen realizándose con vistas a documentar el expediente que habrá de presentarse en algún momento a la UNESCO, con objeto de generar la declaratoria que permita elevar a la tauromaquia a patrimonio cultural inmaterial de la humanidad. En esa medida, es muy probable que se tengan condiciones de auténtico blindaje para cuidar, conservar, preservar pero sobre todo mantener en el punto de equilibrio más pertinente, a una fiesta inveterada como es la de los toros.

   Sabemos del largo recorrido milenario y secular de esta fascinante representación, la cual tiene en su haber legiones de partidarios y numerosos enemigos. Pero el enigma aquí planteado es sobre su incierto futuro. No nos convirtamos en convidados de piedra, sino en activos participantes en pro de esta manifestación. Desplegar todos sus significados y explicarlos a la luz de la realidad es una de las mejores tareas. Por eso es importante la difusión, siempre y cuando esta sea coherente y no una barata provocación.

   Termino apuntando que al menos, desde esta trinchera, el toreo en México va a seguir teniendo todo un tratamiento histórico que permita entender sus circunstancias a lo largo de 488 años de convivencia y mestizaje. Tres connotados historiadores me dan la razón:

-Los mexicanos tenemos una doble ascendencia: india y española, que en mi ánimo no se combaten, sino que conviven amistosamente. Silvio Zavala.

-No somos ya ni españoles ni tampoco indígenas, y sería un error gravísimo intentar aniquilar uno de los dos elementos, porque quedaríamos mancos o cojos. Elsa Cecilia Frost del Valle.

-La tensión que se instala en el desarrollo de México a partir de la conquista, surge también de la presencia de dos pasados que chocan y luego coexisten largamente, sin que uno logre absorber al otro.

Enrique Florescano.

 V

    Cierro estas consideraciones, agregando aquí una oportuna y puntual observación misma que fue publicada en La Jornada un día después de que los circos, en este caso los circos… el día de mañana, y a ese paso pueden ser los toros, ya pasaron a convertirse en una representación donde la ausencia de todos aquellos animales que constituían las diversas partes de aquel discurso de entretenimiento tendrán que ser sustituidas por otras expresiones, pues para muchos quedaba claro que quienes integran una compañía circense, se les ve como un conjunto de personas insensibles que le perdieron todo respeto a aquellos animales que completaban los actos que, por generaciones presentaron en sus temporadas, fijas o itinerantes. Cuanto se expresa en esa valiosa “Editorial”, deja claro que el propósito de la medida ya autorizada sacó a flote infinidad de intereses que atentan contra una tradición. Pero insisto, si esa medida que fue contundente se aplicó en un asunto como el ya reprimido, ¿qué va a suceder justo cuando el espectáculo taurino se tenga que enfrentar al que parecer ser un aparato represor perfectamente articulado?

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 18 de junio de 2014.

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