“…LA HISTORIA DE MACONDO ES LA DE LA FAMILIA BUENDÍA Y AL REVÉS”.

RECOMENDACIONES y LITERATURA.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Al margen de sus polémicas posturas, al margen de sus diferencias con el propio García Márquez, Mario Vargas Llosa logra en la más reciente edición de Cien años de soledad, un espléndido acotamiento que va de su caudalosa pluma en honor de la otra también no menos caudalosa y celebrada inspiración del autor colombiano.

   Vargas Llosa en su apunte y sin proponérselo –o quizá sí-, nos enseña que la historia, el tiempo, el hombre, el espacio, están metidos hasta la médula en Macondo, en la familia Buendía, en Úrsula Buendía y otra multitud de seres… Y en fin, en cien años contados a la luz de tragedias y alegrías; tribulaciones y hasta en aquella que el ahora autor español llama “lo real imaginario”, matizado de lo mágico, lo milagroso, lo mítico-legendario y lo fantástico.

   Una novela que ya alcanza sin ningún problema niveles de universal tiene lo que en Llosa es para Márquez el lujo de describir una realidad total, enfrentar a la realidad real una imagen, que es su expresión y negación que es entonces lo antinómico del asunto. A lo largo y ancho de los Cien años de soledad, García Márquez se permite imbricar a ese universo de personajes que arribaron a Macondo para establecer todo un sistema de vida, de convivencias que se detuvieron abruptamente al concluir un periodo específico que marcó en forma deliberada el colombiano. Así, personajes que no se conocían traban relación, hechos independientes se revelan como causa y efecto de un proceso, todas las historias anteriores son mudadas en fragmentos de esta historia total, en piezas de un rompecabezas que solo aquí se arma plenamente para, en el instante mismo de su definitiva integración, desintegrarse, como advierte Vargas Llosa.

   Cada personaje como un pequeño sistema, construye historias, obsesiones y al unirse en el todo universal de la obra que cuenta suma de acontecimientos en una región específica llamada Macondo, se circunscribe a ese territorio y es por ese territorio –denominado mundo por Vargas Llosa-, a partir del hecho de que para ese mundo existen dos dimensiones: la vertical (el tiempo de su historia) y la horizontal (los planos de la realidad). Es quizá por eso, continua diciendo el autor de Los jefes que con este doble movimiento envolvente va surgiendo la totalidad, esa realidad que, como su modelo, consta de una cara real objetiva (lo histórico, lo social) y de otra subjetiva (lo real imaginario) como dos historias, obsesión de sus continuadores al pretender dar con la panacea de la historia absoluta cuando lo único a lo que es posible llegar o acercarse es a una historia relativa, sometida a su vez a los designios de ideologías, posturas, criterios de los otros hombres a los que se pretende develar un determinado asunto.

    Como la familia Buendía sintetiza y refleja a Macondo, Macondo sintetiza y refleja (al tiempo que niega) a la realidad real: su historia condensa la historia humana, los estados por los que atraviesa corresponden, en sus grandes lineamientos, a los de cualquier sociedad, y en sus detalles, a los de cualquier sociedad subdesarrollada, aunque más específicamente a los latinoamericanos, que es el punto –y hasta aquí otra cita más de Mario Vargas-, en el sentido de que aunque Macondo es una fantasía que la novela hace suyo hasta el punto del delirio y de la invención, pero que es tan real que no la hace ajena de considerarla en el mismísimo espacio latinoamericano, espejo vívido de la otra realidad, la que vio Gabriel García y que, para no apesadumbrarse en una posible acumulación de apuntes que derivaran en la decepcionante descripción de la realidad de su propio mundo, del que proviene, se convenció de que era mejor trasladarlo a los términos de la novela, matizada, como ya vimos de todos esos efectos que dice haber visto Vargas Llosa tras la lectura –siempre gozosa- de Cien años de soledad.

   Esta intervención bien pudo haberse titulado, en declarado despojo de tan maravillosa frase, como que “…la historia de Macondo es la de la familia Buendía y al revés”. Van asociadas, no se separan y a ambas se unen otro cúmulo de diversas y distintas historias que van haciendo cada vez más y más complejo el asunto en el curso de la escritura de ese siglo que no necesariamente es de soledad. Es el recuento de tantos y tantos hombres y mujeres que nos muestran cada uno no solo el rostro que los identifica. También su cara de la que parten y se retratan sus sentimientos. Así que ocurre, nos sigue develando Vargas Llosa que la novela no solo describe una realidad social y una familiar, sino, simultáneamente, una realidad individual; es también la historia de ciertos individuos concretos, a través de los cuales vemos encarnada de manera específica esa suma de posibilidades de grandeza y de miseria, de felicidad y de desdicha, de razón y de locura que es el hombre, unidad básica de la vida ficticia. Y es entonces cuando se dan los términos para la exhaustiva revisión de condiciones y características extraordinarias de este o aquel personaje, de esa o aquella otra circunstancia; sumidos en lo mágico, en lo milagroso, en lo mítico-legendario y en lo fantástico. ¿Qué se aprende de esto último?

   Que a veces la historia no es un recuento fascinante de datos que asombran pero que no conmueven porque falta a todo ello el espíritu humano, las sensaciones más entrañables y siempre necesarias de quien, en este caso, concibe el hecho histórico: el hombre. Las dimensiones que ahora mismo provienen de una reflexión estrictamente literaria para entregarse a otra condición que celebra el cúlmen de esa gran producción en las letras –y que han ingresado a su condición de universal-, nos permite relajar a la historia de sus camisas de fuerza, separarla de rigores (eso sí siempre necesarios), pero que no puede quedar distante del mero disfrute que produce su lectura, la de una historia novelada a partir de los principios mágicos, milagrosos, mítico-legendarios y fantásticos que Vargas Llosa descubre tras haber ingresado hasta cada minuto, cada hora, cada día de esos Cien años de soledad…

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Disponible en internet, junio 17, 2014 en: http://www.letraslibres.com.ar/category/librorecomendado/

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