CULTO Y SACRIFICIO DEL TORO… (PRIMERA DE CINCO PARTES).

RECOMENDACIONES Y LITERATURA.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Pretendo presentar, en cinco partes, una serie de opiniones, quizá sólo citas, que provienen de varios libros escritos por diversos autores vinculados con estudios históricos o antropológicos, que permiten descubrir y aclarar ciertos pasajes que, en estos momentos cobran actualidad, debido al hecho de una malformación ideológica que están haciendo suya diversos adversarios a las corridas de toros, pensando que sus argumentos son los únicos que tienen validez. Sin embargo, con estos elementos, los taurinos contamos, o podríamos contar con la suficiente información, de primera mano, y que se puede entender como aquella que nos da suficientes luces al respecto de la manera en que el culto y sacrificio del toro se confunden con ignorancia, rechazo y repugnancia. Veremos si sale algo positivo de todo esto.

CULTO Y SACRIFICIO DEL TORO VS. IGNORANCIA, RECHAZO Y REPUGNANCIA. Otras interpretaciones. Ángel Álvarez de Miranda, Francisco J. Flores Arroyuelo y Ramón Grande del Brío, con las acotaciones de quien suscribe.

 I

    A menudo escuchamos las voces de muchos ciudadanos, voces convertidas en reclamo de porqué a esta altura del camino emprendido por la civilización, son permitidas una serie de circunstancias que, perteneciendo al pasado remoto –como son las corridas de toros-, aún sobreviven, ejerciendo –entre esos mismos ciudadanos-, una sensación de ignorancia, rechazo y repugnancia. Por ningún medio admiten que esta forma de diversión popular se mantenga vigente, pues en ellas va de por medio el sacrificio y muerte del toro, en un acto explícito y público que, en todo caso, debería quedar reducido a la terrible condición de los rastros donde mueren infinidad de cabezas de ganado mayor y menor en algunos casos, por medio de procedimientos inmediatos y no dolorosos; aunque persisten en otros, diversas prácticas que deben ser harto crueles, pero sobre todo lentas, de una lentitud capaz de doblegar a las almas más duras.

   Pues bien, la posición asumida por todos aquellos que repudian el espectáculo de los toros es, desde mi punto de vista, respetable. Sin embargo, cabe aclarar que detrás de ese escenario particular, existen una infinidad de motivos capaces de insuflar su pervivencia en tiempos que quizá, ya no correspondan a los que dieron origen a esta forma de enfrentamiento racional e irracional. Queda, en todo caso, ese conjunto de raíces y sustancias soterradas que se cobijan al amparo de ciclos agrarios, y toda la justificación del sacrificio a través de un entorno utópico, cuyo basamento principal es un tótem, esa figura inventada, recreada o construida de la que se sirvieron diversas civilizaciones antiguas para justificar no solo el fruto de la cosecha, sino el derramamiento de la sangre, en muchos casos con la muerte del sacrificado por consecuencia. Todo esto se remonta varios miles de años atrás. En ese espacio de tiempo se han venido construyendo con lento pero seguro paso, toda la estructura de la tauromaquia.

   Cuando es necesario justificar con mucho mayor fundamento esta presencia taurina, es lícito acudir a una serie de investigadores que han realizado labores muy serias en el campo de la antropología, la arqueología, la historia, e incluso la sociología de aquellas primeras sociedades que integraron en su espíritu, dichas formas de expresión que, por ningún motivo son resultado de la casualidad. Ellos, nos proporcionan las primeras herramientas que facilitan la entrada a un terreno difícil, pero no inaccesible. He de recordar en primera instancia, el trabajo de Julián Pitt-Rivers,[1] quien dio pie para que realizara, por mi cuenta un ensayo al respecto de su interpretación.[2]

   Entre otras cosas, planteaba este argumento:

   El solo término de “toreo” lleva implícito el sacrificio del toro. El sacrificio posee varias connotaciones (…). Sin embargo, el diccionario de la Real Academia Española, instrumento cuya autoridad resuelve las situaciones difíciles, nos proporciona las siguientes explicaciones:

 SACRIFICAR (Del lat. sacrificare) tr. Hacer sacrificios; ofrecer o dar una cosa en reconocimiento de la divinidad. //2. Matar, degollar las reses para el consumo. //3. fig. Poner a una persona o cosa en algún riesgo o trabajo, abandonarla a muerte, destrucción o daño, en provecho de un fin o interés que se estima de mayor importancia. //4. prnl. Dedicarse; ofrecerse particularmente a Dios. //5. fig. Sujetarse con resignación a una cosa violenta o repugnante.

 SACRIFICIO (Del lat. Sacrificium) m. Ofrenda a una deidad en señal de homenaje o expiación //2. Acto del sacerdote al ofrecer en la misa el cuerpo de Cristo bajo las especies de pan y vino en honor de su Eterno Padre. //3. fig. Peligro o trabajo graves a que4 se somete una persona. //4. fig. Acción a que uno se sujeta con gran repugnancia por consideraciones que a ello le mueven. //5. fig. Acto de abnegación inspirado por la vehemencia del cariño. //6. fig. y fam. Operación quirúrgica muy cruenta y peligrosa. // del altar, El de la misa.

Diccionario de la lengua española. 20ª edición. Madrid, Espasa-Calpe, S.A., 1984, T. III, p. 1208-1209.

    Al continuar la marcha, nos encontramos ahora en un ámbito estrictamente natural, que le incumbe al toro, por cuanto que al pasar un determinado tiempo, es motivo de selección para formar parte de un encierro, el más digno que en ese momento considera su criador, mismo que será conducido a la plaza, último sitio en el que, antes de su muerte, deberá cumplir con una serie de requisitos, considerados en el contexto del sacrificio mismo. Forzarlo a que los satisfaga, quizá sea una de las condicionantes a que está sujeto, y es ahí donde los malestares de quienes desprecian el espectáculo, se hagan más notorios. Puede que tengan razón, pero también la propia razón de su crianza y envío posterior a la plaza, sea otra forma de explicar y justificar el papel al que están sometidos. Su propia indefensión en el campo, como animales gregarios, libres de cualquier atropello humano (considerando que el destete sea forzoso, o que el herradero es una práctica dolorosa), permite que pasen un buen número de años antes de ser seleccionados, ya para una novillada, ya para una corrida; ora para el matadero –si no cumplen los rangos que exige el ganadero-, que es donde termina su auténtica libertad. Luego entonces, inicia el proceso que los pone, como quedó ya dicho, camino de la plaza o al alcance del matarife. Nuestro autor da un mejor panorama en el siguiente párrafo:

    El toro bravo, cuyo cometido es simbolizar la naturaleza salvaje, es un animal doméstico que sólo consigue cumplir correctamente su papel en la corrida moderna después de haber sido sometido a una selección tan rigurosa y larga como la de un caballo de pura sangre. Y hasta es preciso que este animal gregario sea aislado del rebaño y atemorizado para que se enfurezca. Además, en el momento de salir de la oscuridad para entrar en el ruedo, se le clava la divisa de su ganadero en la carne.

   Para que asuma mejor la figura del terrible dragón, los hombres atribuyen al toro un carácter que no tiene. Se supone que el rojo ha de excitarle, pero, realmente, es daltónico; se le imagina permanentemente feroz, y, sin embargo, se le puede acostumbrar a comer en la mano del mayoral; incluso se ha dicho que le gustaba la lidia. Se le toma por un monstruo, cuando suelto por el campo es un tranquilo rumiante. En definitiva, la cultura humana es la que ha fabricado la apariencia que presenta al entrar en el ruedo, la del enemigo de toda la Humanidad. Verdadero minotauro, mitad fiera, mitad producción humana, pertenece al mundo de los sueños más que al de la economía política.

    Esto último es un verdadero amasijo de complicaciones, pues si bien la “cultura humana” se ha hecho cargo de la fabricación de una “apariencia” transformada en el “enemigo de toda la Humanidad” que ciertamente no lo es, precisamente por su fabricación, es entonces cuando entendemos el trasvase del sueño histórico, del sueño mitológico al que se ha adherido la presencia de esa economía política que la cultura humana se empeña en seguir fabricando, sin importar el precio que representa la destrucción del elemento original, para convertirla en un bien de producción altamente costeable.

   Hasta aquí con lo apuntado en un texto que trabajé por varias semanas, hasta verlo concluido en febrero de 2003. Sin embargo, el tema tiene mucha, mucha tela de donde cortar. Por lo tanto, me parece oportuno, ocuparme de otros dos autores que también han abordado con el mismo interés este tema, y que son, a saber: Ángel Álvarez de Miranda y Francisco J. Flores Arroyuelo.

CONTINUARÁ.


[1] PITT-RIVERS, Julián: “El sacrificio del toro” Revista de Occidente. TOROS: ORIGEN, CULTO, FIESTA, Nº 36, mayo de 1984. (pp. 27-47).

[2] José Francisco Coello Ugalde: APORTACIONES HISTÓRICO-TAURINAS Nº 18. CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO, EXHUMADAS HOGAÑO Y OTRAS NOTAS DE NUESTROS DÍAS Nº 10. 4.-NOTAS AL ARTÍCULO DE JULIAN PITT-RIVERS: “EL SACRIFICIO DEL TORO”. 25 p.

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