CULTO Y SACRIFICIO DEL TORO… (TERCERA DE CINCO PARTES).

RECOMENDACIONES Y LITERATURA.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

CULTO Y SACRIFICIO DEL TORO VS. IGNORANCIA, RECHAZO Y REPUGNANCIA. Otras interpretaciones. Ángel Álvarez de Miranda, Francisco J. Flores Arroyuelo y Ramón Grande del Brío, con las acotaciones de quien suscribe.

III

 LA OBRA DE FRANCISCO J. FLORES ARROYUELO: DEL TORO EN LA ANTIGÜEDAD: ANIMAL DE CULTO, SACRIFICIO, CAZA Y FIESTA.[1]

 Página 26-30: La presencia del toro, aparte de sentirla y admitirla como vestigio de la existencia de una deidad propia del hombre perteneciente a las primeras etapas de la humanidad, como pudiera parecer al encontrar con profusión su figura, aunque su configuración como tal es sumamente difícil y limitada, junto a la de otros animales, es en los numerosos testimonios de las pinturas rupestres que nos han llegado en muchos lugares europeos, asiáticos y agricanos –lo que ya, de por sí, plantea un gran cúmulo de problemas sumamente difíciles de precisar y más aún de resolver-, pues, por lo que se desprende de esos grafismos, en gran parte, los podemos admitir como inmersos en los distintos y variados rituales lúdicos e integradores que bien pueden agruparse, en aquel primer momento, bajo la cartela que ampara a alguna variedad de los conocidos como de paso, y de los que alcanzamos a tener unas apreciaciones sumamente pobres pues los percibimos dentro de una correspondencia con aquellos otros que presentan escenas de caza propiamente dichas, y de significado diferente, al ser estos últimos, sin duda, pertenecientes a una etapa posterior, lo que nos conduce directamente a una situación diferente en la que debemos admitir al toro como un elemento referente, multiplicado y continuo, que sin duda nos puede permitir que profundicemos en un nuevo significado y valor, al contemplarlo ya, solamente, como un animal principal, pero que no pasa de ser sobresaliente entre otros muchos, y como tal idóneo y considerado como propicio para las prácticas sacrificiales, pues es en ellas donde parece haberse perpetuado desde que lo hallamos como objeto de la ofrenda preferida de los dioses, y como tal aparece ya en las primeras manifestaciones de la literatura occidental, o en las relaciones míticas en que se nos refieren las andanzas de dioses como Poseidón, deidad a la que fue equiparado en un paso anterior, posiblemente por su parangón con la fuerza devastadora de las olas del mar, y al que se le dedicó en exclusiva desde los primeros momentos como encontramos en la Odisea cuando los focios inmolaron en su honor doce de ellos (Odis., XIII, 180), por sólo recordar aquí uno de los muchos casos que refirió Homero, o en el momento en que Belfaron, su hijo, le ofreció un toro blanco, o cuando se arrojó al mar a uno de ellos desde los altos acantilados una vez conquistada la isla de Lesbos, e incluso lo podemos contemplar en la figura de su emisario y víctima a la vez, como sucedió en Corcira, cuando el peregrino Pausanias nos refiere que todos los días iba un toro hasta la orilla del mar y mugía largamente, lo que hizo que un pastor bajase hasta la playa donde permanecía atento y quieto, lo que le permitió poder descubrir en el mar un enorme banco de atunes que, inmediatamente una vez dado el aviso, intentaron pescar aunque ello resultó infructuoso cuantas veces lo intentaron a pesar de emplear todos los medios de que disponían, lo que les condujo a comprender que su esfuerzo siempre resultaría inútil pues la presencia de los peces en la costa conllevaba un mensaje que resultaba ininteligible para ellos. Con el fin de encontrar una solución a aquel problema maravilloso enviaron embajadores a Delfos para consultar al oráculo y así poder saber de su significado y de la conveniencia o de persistir en el intento de llevar a cabo la pesca. Cuando, al poco tiempo, la comisión estuvo de regreso con la respuesta, supieron que aquella pesca les había sido enviada por Poseidón aunque para llevarla a cabo felizmente debería serle sacrificado aquel toro, lo que cumplimentaron con rapidez, y así, a continuación, pudieron realizar la pesca sin contratiempos. Poco después, en agradecimiento por aquel bien entregado por el dios, llegaron a ofrecer en el templo de Apolo en Delfos una escultura de Teópropo de Egina que representaba un toro, y otra semejante en Olimpia, en lo que representaba la décima parte del valor de la pesquería (Pausanias, Descrip., X, 9, 3-4 y V., 27, 9).

   No faltaba tampoco la presencia del toro en ritos agrarios de otras ciudades dentro de una clara identificación con el concepto integrador que se comprendió bajo la fórmula de espíritu vegetal, tal como sabemos que sucedía en Magnesia, sobre el Meandro, cuando la comunidad compraba un toro en el momento de la siembra de los cereales para ser ofrendado a Zeus Sosípolis que pasaba a recibir la consideración de representarlo durante el tiempo que mediaba con el inicio de la recolección de la cosecha, lo que conllevaba que en ese tiempo se le tratase con toda clase de cuidados y consideraciones por portar en sí la condición de sagrado, y se le alimentara a expensas de cuantos se dedicaban a la agricultura, e incluso de los que acudían al mercado, a los que se les pedía que participasen también en una parte de los gastos, en la seguridad de que con ello realizaban un acto piadoso que les resultaría compensado con bienes por los dioses. El toro, en el momento de encrucijada en que se daba inicio a la recolección de las mieses, pasaba a ser sacrificado al dios en una fiesta, y su carne era cocinada y consumida en el banquete ritual por la comunidad.

   Y así, con estas pocas referencias pero sumamente representativas, llegamos a un punto en que vemos que el toro aparece como uno de los animales que era sacrificado con mayor frecuencia, y a la vez ser la ofrenda más considerada como ser doméstico y patrimonial, aparte del valor altamente pecuniario que tenía, y ello hecho dentro de un acto ritual que unas veces podemos comprenderlo incluso como caracterizado de mágico y otras, solamente, como propio de las prácticas normales dentro de la ritualidad religiosa; y es que el sacrificio, como tal, conllevaba una larga serie de condicionamientos que lo caracterizaba como un eslabón que unía al hombre con la divinidad de un modo muy particular, al poder ser comprendido, por un lado, como una especie de ritual por el que se verificaba la entrega de una víctima expiatoria que cumplía con el cometido de apartar las impurezas de un determinado ámbito, y, también, sobre otra perspectiva, como el medio acabado por el que se podía admitir que la víctima alcanzaba a idenfiticarse con la divinidad ya que sobre ella, que había adquirido el carácter de sagrada, podía llegar a darse una especie de transustanciación que permitía una especie de comunión, y hasta que sobre sus entrañas u otra parte muy precisa de sus despojos, se manifestaran unas señales que podían servir de augurio, o de que el sacrificio había sido admitido por los dioses o rechazado.

 Página 30-31: (…) encontramos el acto de ofrenda de un animal o de una prenda valiosa en acción de gracias o acción de aplacamiento, y como tal ha sido interpretado en diversas ocasiones, aunque en realidad el acto sacrificial de una víctima animal era algo más complejo pues debemos admitirlo como la unión con la divinidad, hecha sobre una acción de intimidad e integración por el hombre con la naturaleza, ya que ambos ámbitos, divino y humano, se daban en el banquete con que los fieles participaban sobre el cuerpo cocinado de la víctima sangrante, por el que pasaban a alimentarse y, también, a participar directamente de la divinidad.

 Página 31-32: Martín P. Nilssón (en Historia de la Religión Griega, Buenos Aires, 1961) encontró que en Grecia el sacrificio animal presentaba una larga serie de particularidades que deben ser tenidas en cuenta, como es el hecho de que el animal inmolado, desde el mismo momento en que era elegido, pasaba a la esfera de lo sagrado en virtud de una consagración especial que conducía a que los dioses tomasen para sí una parte, su parte, compuesta por los huesos y una pequeña porción de carne envuelta en grasa que se quemaba en el altar, mientras que el resto, la mayor parte, pasaba a cocinarse y consumirse en un banquete que se llevaba a cabo dentro del espacio sagrado del templo y antes del anochecer, y con ello rechazó con fuerza las interpretaciones que se habían hecho de este acto por varios autores positivistas al contemplar sus actos como propios de una comunión totémica sacrificada y los fieles consumían su carne para recibir sobre ellos la vitud y el poder propio de dicha divinidad ya que en la antigüedad, cualquiera de las maneras en que se verificaba el acto de comer, incluso fuera del ámbito religioso, poseía una significación trascendente…

 Página 36: Desde otra perspectiva, respecto a la variedad de los sacrificios en Grecia, debemos tener en cuenta que fueron clasificados en las categorías de sangrantes, que tenían sus momentos culminantes en la muerte del animal y en el banquete comunitario que seguía, y al que concurrían los dioses que eran invitados en el comienzo del rito con oraciones y súplicas, de modo semejante a los difuntos, y del que participaban en la parte que les correspondía, para continuar con el de los fieles repartidos en derredor del templo, y de no sangrantes o actos de ofrenda de frutos o productos elaborados en la cocina, debiéndose los primeros también, según una tradición tardía, a la iniciativa de la Atenea y de Erecteus…

 Página 37: Hesíodo, con su división del tiempo en una primera etapa o Edad de Oro en que los hombres de esta raza vivían en paz, disponían de los frutos necesarios dados por la tierra y por ello no tenían necesidad de alimentarse de carne, de lo que este autor deduce que en este tiempo, “por supuesto, no tenían pendencias ni revueltas entre ellos, porque no tenían expuesto a la vista ningún premio valioso, por el que se entablara una fuerte competencia”, aunque antes de llegar a enfrentamiento se pasó por una etapa de pastoreo en que ya se trató de encontrar y poseer bienes superfluos y se empezó a tener contacto con animales, advirtiendo que unos eran inofensivos, otros perversos, y otros violentos, lo que les condujo a domesticar a los primeros, e incluso a emplearlos en la alimentación, y a observar una actitud hostil frente a los otros, y la guerra, juntamente con este género de vida, se introdujo en ellos, y de este modo se llegó al tercer tipo de vida, el agrario.

 Página 40-41: (…) el origen del sacrificio, tal como lo propone Porfirio, nos conduce directamente a esa clasificación del pasado de la humanidad en diferentes edades en las que la primera, llamada de Oro, vendría a ser una etapa en que reinó la convivencia entre todas las criaturas que poblaban el mundo y se alimentaban de los frutos que de manera espontánea ofrecía sin fin la tierra, y cuya existencia ha sido admitida siempre como una especie de fantansía ensoñadora en que el hombre se sitúa como referencia limpia, inmaculada, y en que muy bien podríamos situar el mito del Paraíso Terrenal. Sin embargo, por nuestra parte preferimos unirnos a los autores que sostienen la tesis de que la creencia en la existencia de una primera Edad de Oro a la que continuó, en degradación, otra de Plata, para ir a desembocar en una tercera de Hierro, en la que continuamos viviendo los humanos, puede ser constatada con cierto fundamento pues, sin duda, cuando estos primeros autores se refieren a ella lo estaban haciendo en función de un sentimiento que les impulsaba a sostener que hubo una etapa inicial en que la naturaleza y el hombre estaban unidos, frente a otras posteriores en que el hombre se fue separando de ella hasta aparecer completamente distanciados, e incluso enfrentados. Sin duda, en esa primera etapa, en el hombre predominó una actitud zoomórfica, que los griegos no quisieron admitir como propia, y que fue evolucionando a favor de otra plenamente antropomórfica que les condujo a implantar unas formas completamente revolucionarias con su medio. El hombre-animal, casi completamente olvidado, dejó paso al hombre poseedor de imágenes que podía interrelacionar conforme a la utilización de una impronta y formulación que recibió el nombre de lógica, lo que condujo a que se desencadenasen largas series de consecuencias completamente imprevisibles entre las que debemos contemplar en lugar destacado la agrupación de ellos para dar lugar a la aparición de los primeros focos sociales como tales, y sobre todo ese sentido comunitario se manifestó el instintivo de poseer el dominio de un territorio y de cuanto se encontraba en él, que pasó a ser acotado.

 Página 44-48: (…) los sacrificios de un toro o un buey, o cualquier otro animal, en aquel primer momento de la Edad de Hierro, conllevaban en sí una discordancia que hacía que, desde nuestra perspectiva, debamos contemplarlos como portadores en sí mismos de un problema y una contradicción, ambos, de difíciles soluciones pues, desde el lado humano, sin la muerte del animal en dicho acto ritual no podía llevarse a cabo como tal el sacrificio, y con ello la correspondiente participación en el banquete que lo terminaba, tanto por parte de los dioses como por la de los fieles que lo habían propiciado, y también, sin la presencia del animal vivo y útil, tanto en la naturaleza como en el ámbito de la sociedad instaurada, no había caza, el eslabón que lo unía a un mundo perdido, ni trabajo, sobre el que se llevaba a cabo el consecuente y necesario acondicionamiento de la tierra para que se posibilitara la producción de cereales y demás bienes, indispensables en la alimentación humana.

   Sin duda alguna, donde mejor se puede apreciar esta conjunción de elementos contrapuestos en en las Diponia de Atenas, fiestas que muy pronto pasaron a ser más conocidas por el sobrenombre de Bufonia o muerte del buey, al tener como acto central el sacrificio de uno de estos animales, y que por su desarrollo y los numerosos relatos con diversas variantes que la describen en su momento inicial, hacen que se presente impregnada de un carácter que muestra una gran antigüedad y a la vez como un ritual enigmático que ha hecho que pueda ser interpretado de muy diferente manera según la perspectiva teórica desde la que se ha analizado, como encontramos en las obras de famosos autores del siglo XIX y comienzos del XX, y que hacemos de modo limitado, como Robertson Smith, W. Mannhardt, J. G. Frazer, L. R. Farnell, M. R. Nilson, etc.

   De las Bufonia sabemos que en sus primeros tiempos, mientras se daba muerte al animal, la muchedumbre profería toda clase de insultos al que lo llevaba a cabo, y con ellos, a su vez, se pretendía demostrar que la comunidad no aparecía como partidaria de sacrificar un animal que rendía un bien al hombre, como era aquel caso, con el buey en su trabajo, o en otros como en el de los corderos con su lana, etcétera, pero más tarde, en los tiempos históricos, colmados de miedos y acechanzas, la muerte del animal sacrificado llegó a considerarse como necesaria.

   Pero lo más importante que se debe destacar en las Bufonia es el reconocimiento de la contradicción que en sí encerraba el hecho del sacrificio por el cual se daba muerte a un animal de ganado perteneciente al dominio doméstico y, por ello, tenido como útil y necesario para el trabajo que producía el beneficio de las cosechas de cereales, frente al sentimiento de considerarlo necesario para llegar a la obtención de los favores de los dioses, y con todo ello, por nuestra parte, podemos alcanzar a vislumbrar el fondo del problema que conllevaba dicho acto de sacrificio en cuanto valor religioso de entrega de uno mismo, y de aparición de lo sagrado como necesidad para permanecer en la vida, individual y social.

 Página 62-63: En Creta, dentro de la cultura minoica, por las representaciones artísticas que nos han llegado, sabemos de diestras habilidades sumamente peligrosas en que tanto hombres como mujeres practicaban saltando sobre el toro al apoyarse en sus cuernos en el momento de la embestida, lo que hacía que evolucionase sobre él por el aire para caer sobre su lomo, ejercicio que ha hecho que sea interpretado por algunos autores como un rito religioso de significado desconocido, ypor otros como un juego deportivo. La imagen más conocida de las numerosas que reproducen este ejercicio es la de los frescos pertenecientes al período Minoico ültimo que adornan la sala conocida con el nombre del Toreador. Por otro lado sabemos que el toro debió de ser animal de culto pues en Cnosos, en la Casa de los Toros Sacrificados se encontraron dos grandes esculturas de cabezas de Uro con cuernos enormes, y dos escudos de ocho con su piel, y que era un animal sacrificial pues como tal figura en una tablilla de Pilos (Un 718) entre las ofrendas a Poseidón, todo lo cual nos dice de la estrecha afinidad que existió entre su religión y las del Próximo Oriente, así como de la gran diferencia que habría co la de la Grecia Clásica.

   En cuanto a la creencia del toro como animal simbólico referido a la generación tenemos en Creta el mito del Minotauro, ser con cuerpo de hombre y cabeza de toro, que nació de la unión de Pasifae, mujer del rey Minos, con un toro, una vez que ésta se introdujo en el ingenio ideado por Dédalo, y que era una estructura de madera que semejaba el cuerpo de una vaca y se cubría con una piel. Minotauro, figura monstruosa, fue encerrado en el laberinto donde murió a manos de Teseo, el héroe ateniense.

 Página 87: El ganado bovino, en sus diversas variantes de raza y edad, pasó a ser considerado, tanto por su relación con los dioses como por su valor simbólico de energía y poder fecundante, y junto a todo ello, también por su valor material, como los animales propicios que debían ser sacrificados a los dioses mayores como Júpiter, o en las ocasiones importantes, como en las fiestas del ciclo agrario en que se desarrollaban ritos de fecundidad, como en las llamadas Fordicidia, de Forda o Horda, que en lenguaje rústico o, mejor, arcaico, significaba “vaca preñada”, que se celebraban en honor de Tellus el 13 de abril, y según otros calendarios dos días más tarde.

 Página 89-90: Un aspecto de suma importancia en los sacrificios cruentos era la presencia de la sangre como elementos vivificador y de señal última que llegaba a convertirse en símbolo, pues en la sangre de la víctima aparecía la vida de los dioses, y como tal fue empleada en determinados rituales (…)

 Página 95-99:  En la religión romana, junto al sacrificio, debemos tener presente, dentro de ciertas correspondencias más o menos próximas, los juegos o ludi, pues, en un principio, como es bien sabido, también fueron ceremonias con un profundo significado religioso, aunque, poco a poco, dicho sentido llegó a perderse en gran parte, o mejor dicho, a quedar de manera un tanto velada y hasta, podríamos decir, como un remedo retórico con el que se guardaban las apariencias de una virtud piadosa, bien propia de una sociedad tradicional.

   Los primeros juegos romanos o magni, hechos por disposición de Tarquinio tras tomar al asalto la ciudad de Apíolas, comenzaron a celebrarse anualmente en los Idus de septiembre, y con una duración de cuatro días, que más adelante fue ampliada a siete, y por último a secuencias mayores, en el circo que se construyó en el valle que corría entre las colinas del Aventino y Palatino, y al que se le dio en apropiada correspondencia el nombre de máximo, aunque estos juegos, según parece, vinieron a sustituir, magnificados, a otros que se desarrollaban en el Capitolio en honor de Júpiter Ferestrius hechos por iniciativa de Rómulo.

   Los ludi romanos, conforme fue discurriendo el tiempo, se multiplicaron en número, tomando para ello los más diversos y banales motivos, entre los que destacaron los de carácter político en detrimento de los propiamente religiosos al tornarse su motivación en honor de determinados generales, en conmemoración y recuerdo de hechos sobresalientes o en la glorificación y divinización del emperador, lo que condujo en las regiones orientales del imperio a que éstos recibiesen una forma de culto provincial, entre los que podemos recordar los Demetria, los Augsteia, los Lucullia, los Caesarei, los Trajaneia… Algunas veces y siempre desde un punto de vista político, los juegos fueron considerados ocasiones idóneas para llevar a cabo determinados sacrificios que podían repercutir en la popularidad de ciertos patricios o generales, como sabemos que hicieron Augusto, Trajano, Agripa y otros, cuando, al día siguiente del sacrificios a los Moires, inmolaron un toro a Júpiter repitiendo la plegaria del día anterior en que se rogaba prosperidad para el Imperio y bienestar para el pueblo romano, y como tal sacrificio lo repitieron en las jornadas siguientes.

 Página 100: Verdaderamente, los ludi –que en un principio bien pudieron ser equiparados a los sacrificios y, como ellos, aparte del rescate que podían significar, como enunció Julio César al referirse, según su criterio, al fundamento que presumiblemente sostenían los realizados por los galos-, eran también portadores de un principio que podemos considerar mágico ya que por ellos se llevaba a cabo un intercambio en el que jugaban intereses tanto por parte de los dioses, a los que se pretendía entretener, como a los humanos que asistían a ellos, bien lo fuesen como participantes, bien lo hiciesen como espectadores, y por ello, ambas partes, se mantenían sobre un equilibrio en que dominaba el principio de correspondencia, lo que repercutió para que a partir del siglo II, la mayor parte de los escritores cristianos los atacasen con dureza al contemplarlos como actos religiosos sumamente crueles, a decir de Arnobio, por poner un ejemplo, y que lo recalcó una y otra vez en sus escritos.

 Página 101-102: Los ludi Troiani, con el tiempo fueron un enfrentamiento simulado en que tomaban parte los jóvenes de las familias patricias debidamente uniformados con armaduras completas y distribuidos en cuerpos de caballería que representaban a las partes enfrentadas.

A veces, también, había venationes[2] en determinadas fiestas como en las hechas en honor de Flora, o las Liberalia en honor de Dioniso, divinidad que, por otro lado, guardó una gran relación con los juegos de circo pues, precisamente el toro era la forma que tomaba el dios para presentarse ante sus fieles.

   Nos acercamos a la actitud mostrada por los romanos cuando al exteriorizar una especie de culto y entusiasmo por la crueldad, se mostraban insensibles ante las escenas de ejecuciones de los condenados a muerte cuando eran descuartizados de manera terrible y sangrienta, siempre vistas y admitidas con naturalidad como escenas propias de diversión y entretenimiento.

 Páginas 109-111: En el coliseo de Roma, los animales eran presentados agrupados según fuesen herbívoros, animalia herbatica, que en su mayor parte procedían de Europa, y entre los que figuraban jabalís, ciervos, cabras, etc., y los toros, que lo eran de Chipre, una vez que fueron exterminados en el suelo italo, y carnívoros, ferae libycae o bestiae Africanae por proceder en su mayor parte de este continente, y vulgarmente también conocidos por dentatae, entre los que destacaban las panteras junto a los leopardos, leones, elefantes, hienas, jirafas, antílopes, gacelas, avestruces,… y osos, aunque estos últimos procedían en su mayor parte de Dalmacia, Germania e Hispania, y a los que hay que añadir los que eran originarios en concreto de Egipto, como hipopótamos, ronocerontes, cocodrilos…, y de Etiopía, jirafas, monos… De Asia se traían tigres, mientras que la Galia proporcionaba lobos. Los animales comunes, por lo general procedían de la misma península itálica. Los animales, con frecuencia, eran presentados ante el público con adornos de colores o bractea, de modo semejante a como eran conducidos al sacrificio.

   La razón de ser de estos espectáculos, en buena parte, se apoyaba en la emoción que sentían los romanos ante la posibilidad de asistir a la ejecución de los condenados bajo las dentelladas y destrozos que les causaban las fieras salvajes, bien por ser considerados enemigos de Roma, como sucedió en el imperio con los cristianos cuando éstos no quisieron ofrecer sacrificios a sus dioses tutelares, y consecuentemente a rehusar integrarse en la condición propia del romano, o bien por haber sido castigados judicialmente con aquella pena por sus fechorías. Este fin tan atroz, según parece, tuvo su origen en el método seguido por los cartagineses para liberarse de la carga que suponía los enemigos capturados en la guerra, como sabemos que hizo Amílcar Barca cuando en el 241 a.C. siguió este procedimiento expeditivo con los mercenarios caídos en su poder. En el año 146 a.C. Escipión Emilio secundó este ejemplo arrojando a las fieras a los desertores del ejército romano una vez que éstos fueron capturados, y después esta práctica se convirtió en algo habitual, hasta que pasó a Roma donde se institucionalizó en los ludi revistiendo diversas formas en las que destacaron las puramente teatrales, así como las alzadas sobre referencias mitológicas como las anteriormente referidas, u otras sobre episodios que eran recordados, como el mismo titulado Laureolus, que según parece escribió Catulo, y en el que se describía la vida del bandolero Lauréolo que una vez hecho prisionero fue condenado a morir en la cruz y sufrir los zarpasos de un oso enfurecido. Este mismo se representó en el anfiteatro en tiempos de Domiciano en toda su crudeza y en él pereció un condenado al que se le crucificó y a continuación, cuando todavía no había expirado, se soltó un oso que destrozó su cuerpo y repartió sus despojos por la arena, ante el entusiasmo de los espectadores.

 Páginas 113-115: Uno de los animales más apreciados por los espectadores fue el toro bravo por su movilidad y las posibilidades que permitían sus acometidas ciegas, y a veces porque mostraba ciertas habilidades como la de levantarse sobre las patas traseras, como cuando permanecía en esta postura, como aurigas, en los carros en que eran paseados, o se mantenían a la expectativa mientras algunos acróbatas evolucionaban en su entorno dando saltos de pértiga que en ocasiones era para evitar al animal y otras para pasar por encima de él, e incluso, algunos llegaban a montarse sobre su lomo. A veces se les ofrecían peleles de paja (homo foeneus) que el toro corneaba o lanzaba al aire, y en otras ocasiones eran los condenados los que tenían que sufrir sus embestidas directamente sobre sus cuerpos indefensos tal como podemos contemplar en el mosaico de Silín (Libia) y en cerámicas sigillatas procedentes del norte de África, o eran encerrados en una red que colgaba en el aire para que fuesen atacados por el toro al que, para que estuviese furioso, se le aplicaba en el lomo un hierro candentes, como se hizo con muchos cristianos condenados a esta pena.

   Pero el juego de circo en que intervenía el toro que alcanzó mayor popularidad fue la taurokathapsia o “hacer caer a tierra al toro”, que era un juego que comenzó a ser practicado en Tesalia tal como nos indica Plinio, de donde pasó a Roma, al introducirlo Julio César, para llegar a alcanzar una gran popularidad. En este juego los venatores eran jinetes que marchaban en torno al toro para fatigarlo hasta que llegaba el momento en que podían saltar sobre él y asirlo por los cuernos, para, a continuación, doblegarlo torciéndole el pescuezo. Imágenes de este juego, de mancornar al toro, han llegado a nosotros también en varios relieves, como el grecorromano de Esmirna en el Ashmolen Museum o en el que se encuentra en el Museo Arqueológico de Estambul, e incluso en monedas de ciudades tesalias como Larisa.

   En otros juegos de toros, como los taurocentae, el animal estaba destinado a morir, para lo que se colocaba fuego en su lomo con que despertarle su furor que provocaba una larga serie de lances e incidentes entre los cazadores que corrían por los árboles espoleándoles con aguijones, llamándoles para desaparecer en el momento de la embestida, arrojándoles pequeños dardos, sujetándoles con fuertes cuerdas…, hasta que, por fin se les daba muerte.

 Página 127-128: Pero si alguna vez el toro fue considerado una divinidad, con su domesticación, con toda seguridad, este sentimiento decayó hasta el punto de que pasó a ser visto como un animal asimilado al ámbito familiar, que, como tal, podía ser empleado en múltiples labores domésticas o de labranza, e incluso en los campos de batallas, como sabemos que sucedió cuando en algunas ocasiones, manadas de estos animales fueron utilizadas sin ningún reparo en acciones de guerra, tal como nos refiere Estrabón cuando describe la resistencia hecha en tierras levantinas por los íberos que estaban bajo el mando del régulo Orisson, al valerse de la treta de conducir carros de paja incendiada que iban tirados por toros enfurecidos y que se adentraron en las filas cartaginesas sembrando el pánico, lo que a su vez sirvió para que éstos, años después, aprendida la lección, utilizasen este recurso estratégico de manera semejante en el episodio bélico de los pasos de Falerno, y también, en otro ámbito, como sucedía en Grecia y Roma, por ser considerado el animal más idóneo para ser sacrificado por su alto valor pecuniario y por los beneficios que procuraba su fecundidad, así como estar admitido en una tradición piadosa que se remontaba a la etapa indoeuropea.

 Página 131-132: Por otro lado, (los) vestigios de posibles cultos indígenas, vinculados con la ganadería y fecundación, también pueden ser vistos en algunas áreas como trasunto de reminiscencias indoeuropeas, y como tales los hallamos presentes en otras referencias arqueológicas como los bronces del Instituto de Valencia de Don Juan, en el mango del puñal votivo del Museo Arqueológico Nacional, en el carro votivo de Costa Figueira, etc., lo que nos podría conducir a admitir en algún grado la información debida a Didoro de Sículo, poeta griego del siglo I a.C., cuando se refiere al viaje de retorno de Kerakles con los bueyes ganados a los tres hijos de Crisaor (Gerión), y de los que se desprendió en parte al regalar algunas cabezas a un régulo del país que le había dado hospitalidad, y que le llevó a puntualizar que dicha punta de ganado fue conservada para sacar cada año el mejor emeplar que debía ser inmolado a dicha divinidad, posiblemente en su templo de Cádiz. El poeta termina diciendo que “con dicho motivo, desde aquel momento hasta el día presente las vacas son sagradas en Iberia”.

   El problema que plantea este texto ha dado lugar a que sea interpretado literalmente, como hace J. M. Blázquez en numerosas ocasiones (La religiosidad de los pueblos hispanos vista por los autores giregos y latinos”, en Emérita, XXVI, 1958, pág. 109), o el mismo Álvarez de Miranda, aunque quizás –advierte el autor-, que investigadores entre otros el propio Álvarez de Miranda no alcanza a comprender el hecho de que dado que se trata de un texto mítico, debamos hacerlo con más cautela (en torno a su interpretación) ya que es posible que no pase de ser más que una afirmación laudatoria del héroe con la que, al final, lo que únicamente se pretendía decir es que gracias a Heracles, por su donación, se permitió que hubiese animales destinados al sacrificio, sacros, y por ello que las vacas fuesen animales sagrados en Iberia hasta el día presente, como parece más ajustado a la posible realidad, aunque también podría relacionarse con algunas leyendas indoeuropeas que es fácil encontrar en otros lugares.

 Página 133-134: Pero el planteamiento del problema latente sobre la religiosidad del toro en la Península Ibérica, por lo que se desprende de estos testimonios, nos conduce a una situación en que nuestra mirada se orienta también hacia la presencia en ella de la influencia del Mediterráneo oriental, sobre todo griego, como ha quedado apuntado en la referencia hecha a la Bicha de Bazalote, y lo mismo podríamos decir de la cabeza mitrada del toro de Rojales (Alicante), hallada en un lugar en que abundan los restos de cerámica griega del siglo IV a.C., y sobre todo, aparte de otros muchos exvotos y testimonios como astas de bronce que se acoplaban a esculturas de madera, en el toro de Porcuna aparecido en el solar de Cástulo, como es bien sabido, el más importante centro minero de la alta Andalucía y en el que la presencia de la colonización griega está datada desde épocas muy antiguas.

 Página 136-137: Jorge Mainer Allende llega a afirmar que “es evidente que estos ejemplos nos hablan de una relación cultural en la Península, en torno al toro como expresión de un mundo de creencias y mitos propios de las culturas neolíticas y calcolíticas de la Vieja Europa” (“Notas anexas” de Jorge Mainer Allende, págs, 165 y ss. En: Pedro Romero de Solís (ed.), Sacrificio y Tauromaquia en España y América. Sevilla, 1995), basándose en las coincidencias señaladas por Marija Gimbutas como existente entre algunos de los santuarios de esta área con los minoicos dentro de las relaciones establecidas en los cultos a la Gran Diosa desde el Neolítico y Calcolítico hasta los días de la Grecia Clásica. (…) a esta etapa primera pertenecían aspectos como el propiamente genésico y de fertilidad, y de renovación, y que tienen su imagen en el poder de la embestida de este animal y que en muchas ocasiones es representado por el falo, y que, por otro lado, habrían quedado insertas en la configuración de Dioniso, una divinidad preindoeuropea, y que, como es bien sabido, se aparece una y otra vez bajo la forma de toro. Asimismo este arqueólogo, teniendo presente lo dicho por Marija Gimbutas, nos apunta que los aspectos que hacen referencia a la fuerza física que representa el toro pertenecen a una etapa posterior, indoeuropea, en la que las representaciones culturales del toro, y del rayo, simbólicas o realistas, aparecen las constantes de hierogamia con la Diosa Tierra en sus manifestaciones celestes como el trueno, la lluvia, el viento, etc., lo que dio origen en Oriente a la concepción de deidades como Min, Zeus, Hadad, Baal, Júpiter, etc., para llegar a la conclusión de que estos conceptos religiosos, posteriormente, fueron los que asimilaron los pueblos ibéricos dentro de un proceso en el que hay que distinguir varias fases y en los que su presencia puede ser constatada en mayor o menor grado.

 Página 144: Por otro lado debemos tener en cuenta que el toro, que había alcanzado la categoría de símbolo de fuerzas generadoras de vida, y por extensión, dentro de una mística trascendente que en aquellos momentos se sentía dentro de la configuración astral, de inmortalidad, estuvo también vinculado a referencias religiosas que se manifestaban en numerosas prácticas funerarias de modo semejante a lo apuntado en la localización de algunas de las esculturas de verracos, en las estelas funerarias en que figuras sus estampas con claro valor emblemático (…)

 Página 147: El toro, como animal salvaje, debió de tener una presencia importante en los montes del País Vasco, hasta el punto que fue mitificado de esta manera, lo que a su vez se tradujo en el lenguaje, pues, por ejemplo, en el caso de muerte de un toro o una vaca domesticados, también de gran importancia, al igual que otros animales, el término que designaba dicho suceso era diferente al referido en los mismos animales cuando permanecían en estado salvaje y, además, su empleo en inversión estaba rigurosamente prohibido ya que constituía un tabú fortísimo.

 Página 150-151: Pero junto a la caza, en Hispania, en la que el toro debió jugar un papel importante, tenemos el hecho de que este animal fue empleado como una de las fieras salvajes que aparecían en las venationes que se celebraban en los anfiteatros junto a los combates de gladiadores, Tarraco, Mérida, Itálica, Cartagena, Córdoba, Carmona, Écija, Sevilla, Cádiz, Ampudias, etc., fueron ciudades en las que hubo anfiteatros, y en ellos se desarrollaron combates de gladiadores que, también, secundaron tradiciones funerarias propias de los íberos como nos lo evidencian los combates que se llevaron a cabo en Cartagena en honor del padre y tío de Cneo Escipión Africano en el año 207, en los que se enfrentaron a muerte dos aspirantes al principado de su pueblo, tal como nos refiere Tito Livio, o propias de los turdetanos como sucedió en los funerales de Viriato, según la constancia que dejaron de ellos Diodoro Sículo y Apiano, y a los que hay que mostrar como su contrapunto plástico las esculturas de Porcuna.

CONTINUARÁ.


[1] FLORES ARROYELO, Francisco J.: Del toro en la antigüedad: Animal de culto, sacrificio, caza y fiesta. Madrid, Editorial Biblioteca Nueva, S.L., 2000. 153 pp. Biblioteca Nueva. (Colección la Piel de toro, dirigida por Andrés Amorós, 11).

[2] Página 108: En Roma, estas cacerías se hicieron en un primer momento en el Foro –de la misma manera que en numerosas ciudades se desarrollaron en sus plazas, lo que a su vez sirvió de motivo para que muchas de ellas fuesen remodeladas o se construyesen de nueva planta sobre trazados que cumplían las condiciones necesarias para la seguridad y comodidad de los espectadores-, hasta que por considerarlo necesario se pasó en el Imperio a hacerlas en el circo, a pesar de no terminar de reunir las condiciones necesarias por haber sido construidos éstos en función de las carreras de carros, y, por último, en el año 46 a.C., a llevarlas al gran anfiteatro o Coliseo, llegando a adquirir en la programación tal importancia y consideración que motivó que muy pronto se conociese a estos edificios con el nobrenombre de teatrum venatorium.

Y es que el coliseo de Roma fue construido en función de estos espectáculos, lo que obligó a que se acondicionase bajo la arena una larga serie de corredores que permitía a los animales que apareciesen en la superficie por diversos lugares que, por lo general, eran simulados para que así se pudieran conseguir determinados efectos de sorpresa entre los condenados que marchaban a la defensiva por el escenario haciendo el papel de cazadores, así como que se llegó a la instalación de tramoyas y diferentes decorados que eran cambiados con rapidez.

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