CULTO Y SACRIFICIO DEL TORO… (QUINTA Y ÚLTIMA PARTE).

RECOMENDACIONES Y LITERATURA.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 CULTO Y SACRIFICIO DEL TORO VS. IGNORANCIA, RECHAZO Y REPUGNANCIA. Otras interpretaciones. Ángel Álvarez de Miranda, Francisco J. Flores Arroyuelo y Ramón Grande del Brío, con las acotaciones de quien suscribe.

V

EL TOREO: NI ARTE, NI DEPORTE. SACRIFICIO.

    Calificar tan “violentamente” este “espectáculo” resulta un tanto cuanto iconoclasta. No, no se espanten porque mi propósito no es ni la provocación ni la polémica. Simplemente se trata de acudir a la razón para entender como esta manifestación milenaria ha entrañado en diversos pueblos –eso sí, muy pocos- aunque capaces de guardar con dicha estructura sacrificial un nexo derivado del espectro que proviene de sus raíces culturales, donde el culto juega un papel de suyo importante. Se una este cimiento la idiosincrasia distinta entre ellos, aunque afín cuando las multitudes se congregan en la plaza para comulgar con una misma religión. En otro momento, y en otro trabajo hubo oportunidad de hacer un reposado balance sobre el rito y sacrificio en el toreo, a partir de un texto fundamental de Julián Pitt-Rivers[1], revolucionador al menos hasta el momento en que fue publicado.

   Como vemos, el sendero va más allá cuando viene a sumarse a ese complejo contexto la condición ritual que deviene sacrificio, por la vía de varios procesos implícitos no solo de la lidia misma, convertida en un arquetipo de profundidades totémicas unidas al proceso estrictamente técnico y estético que opera desde hace por más de dos siglos y medio, momento en que la tauromaquia se deposita en los terrenos técnicos, matizados también por la estética. También aparece en escena el soporte de la tradición que mantiene vigente rito y magia, rito y misterio que son el vestido espiritual de una fiesta añeja, anacrónica; moderna, atemporal que aún deambula en nuestro tiempo, fascinando o causando disturbios, a favor o en contra.

   Esos disturbios son precisamente los desencuentros ocasionados por afectos y desafectos a este fenómeno. Puede percibirse a partir de este diferendo que la religión no solo es una. El amplio politeísmo forma diversas manifestaciones y reacciones ante cada una de las deidades creadas, inventadas o surgidas del misterio o de la figura encarnada en algún personaje terrenal que genera culto. Ahora bien, para hacer crecer y alimentar ese culto va implícito el sacrificio como ya se dijo anteriormente. En la medida en que él o los sacrificados –incluso hasta la muerte misma-, vaya en aumento para demostrar el radio de acción con el que puede crear su dimensión, en esa medida, el culto, la religión ganan en adictos potenciales, que, o se tornan fanáticos o renuncian a tal manifestación al no considerarla como satisfactoria a sus intereses.

   España, Portugal y Francia en Europa. México, Perú, Colombia, Ecuador y Venezuela de esta parte del mundo comparten la experiencia de tan antiguo ceremonial, cada nación con sus peculiares condiciones de idiosincrasia. En cada uno de estos pueblos se concibe una forma bastante particular de expresar y entender el toreo que es capaz de defender –hasta le es posible-, el fondo. Es decir, es la forma, no el fondo la condición mutante de este peculiar sacrificio al que por razones desconocidas o de desconocimiento han provocado que se tilde al toreo en muchos casos de deporte y en otros tantos como arte. De aquello no posee nada, solo un equivocado encajonamiento de su explicación en la mera nota mediática a que ha sido reducido en las secciones deportivas de los diarios de mayor circulación, y a veces no en todos. Verlo y entenderlo como arte, desde luego que en ello le va la vida, como rica condición que viene a matizar con el aspecto de luminosidad, creación o recreación implícitas a la hora en que se produce o brota el denominado arte efímero, connotación que ha alcanzado luego de no ser comprendido el sacrificio implícito. Detrás de la corrida moderna entendida como tal, existe un telón de fondo articulado por mecanismos complejos que, separados de aspectos crematísticos, o del mero negocio, revelan su origen más remoto, para lo cual ocurre un extraño proceso al que en extraño vértigo nos dejamos llevar, encantados, fascinados o embrujados por infinidad de esos pequeños matices que suman un todo en cuanto opera la realidad extrínseca de este sacrificio. Ocurre un desencadenamiento de fuerzas venidas de no sé dónde, convocadas por el aquelarre, ese rebelde, el faccioso del sacrificio que, aunque pudiera negarlo, lo anuncia. Así pues, tenemos un primer escenario de lo que significa el sacrificio en cuanto tal.

ORLAS

   Dar la mejor explicación sobre ese asunto es acudir, en primera instancia, a la autorizada opinión de un antropólogo, a sabiendas de que conseguiremos su primer argumento, partiendo del supuesto de la condición original del hombre en o dentro de las primeras sociedades trivales, donde tuvieron que establecerse códigos de supervivencia a partir de los ciclos agrícolas, ligados a los naturales cambios de estación. Ello implicaba una pronta adecuación para no ser rebasados por asuntos extraordinarios –de cara a las calamidades, por ejemplo-, lo que obligó a crear figuras de ámbito totémico para encontrar en ellas el respaldo a sus necesidades cotidianas. Por razones absolutamente misteriosas comenzó a cultivarse un culto que, ligado al sacrificio como respuesta para “forzar” a aquella figura creada y moldeada por esos mismos grupos con vistas a conseguir los mejores resultados, a partir de sus capacidades extraordinarias, fuera de lo común. No bastaba ofrecer el resultado de la cosecha. De ser necesario se daba paso a situaciones más extremas como ofrendar la sangre en medio de ciertos rituales creados bajo perfiles que pronto adquirieron una caprichosa estructura de desarrollo, en medio de vericuetos y complicaciones que poco a poco desencadenaban en aquel desollamiento o en la muerte potencial.

   Esta visión proyectada a un pasado muy remoto nos permite deslizar esa imagen sobre la que posee el toreo de nuestros tiempos. Observamos enormes semejanzas entre el ritual y el sacrificio, referidas al trasfondo que constituye a una y otra estructura. En todo caso es necesario separar elementos sustantivos, propios de cada unidad.

   Entre lo que ocurrió en aquellas primeras fiestas en el siglo XII y las que transcurren hasta el comienzo del siglo XXI ha habido enormes modificaciones que ya habrá momento de revisar. Pero todo aquello atrás de ese inicio de un toreo mucho más estructurado o articulado, tenemos que entenderlo como un proceso de situaciones ligadas al complejo horizonte de la mitología, especto que se adhirió a las condiciones de rito y sacrificio que ya mostraban una compleja evolución tejida con finos trazos, susceptibles y maleables al mismo tiempo.

   Sin pretender un complejo panorama, es preciso hacer algún muestreo entre las culturas antiguas más representativas, por ende vinculadas con las que hoy día son resultado, con su infaltable pizca de elementos soterrados, tanto de la pasada experiencia como del presente.

   Centraré esta justificación acudiendo al encuentro y fusión de dos culturas absolutamente contrarias, de las que resultó una nueva y distinta que no niega sus raíces. La cultura occidental católica, con su avanzada española tan luego culminó la guerra “de los ocho siglos” y la del entonces “nuevo mundo”, indígena, politeísta, en medio del desarrollo de una civilización absolutamente madura en cuanto a la aplicación concreta de técnicas y de artes muy refinadas.

   Al margen de la discusión y la polémica generadas a partir de si fue “encuentro” o “encontronazo”; “invención” o “invasión”, he de ocuparme de esa superposición que fue consecuencia. Y no se si tal superposición sea el término más adecuado.

   En “Los ritos: Un juego de definiciones” de Alfredo López Austin[2], encuentro las mejores condiciones para explicar este proceso, el que trataré de resumir hasta donde me sea posible, para luego pasar a todo el ámbito europeo y luego, transitar por lo que resultó concretamente aquella “superposición” o sincretismo.

   De entrada dice López Austin que debe establecerse una distinción previa y sencilla entre rito y ritual. El término ritual tiene dos acepciones diferentes. La primera, como adjetivo, es “lo perteneciente o relativo al rito”, y así puede utilizarse en los términos acto ritual, forma ritual, paso ritual o norma ritual. En su segunda acepción, como sustantivo, se refiere a un conjunto de ritos. Y va más allá.

   En el uso común, rito tiene un sentido muy amplio: “costumbre o ceremonia”. Así aparece en el Diccionario de la lengua española. Sin embargo, aquí necesitamos una definición más restringida, aplicable a pautas de conducta dirigidas a los seres sobrenaturales. En ese sentido, puede precisarse que “rito es toda práctica fuertemente pautada que se dirige a la sobrenaturaleza”. Aunque precisa, la definición anterior no es suficientemente explicativa. Es necesario que nos detengamos en sus elementos definitorios.

 a)La práctica puede ser tanto colectiva como individual. Sin embargo, es de naturaleza social. Por rito no puede entenderse cualquier práctica individual reiterada, sino la establecida por las costumbres o por la autoridad.

b)La práctica está dirigida a los entes sobrenaturales. Pretende afectarlos, ya sean dioses o fuerzas.

c)Una parte considerable de los ritos implica un intento de comunicación. Este sucede cuando se pretende afectar la voluntad de los dioses con expresiones verbales o no verbales.

d)Por lo regular, los ritos tienen fines precisos. De éstos, los más frecuentes son: 1)percibir las formas de acción sobrenatural sobre el mundo y 2)alcanzar un efecto o mantener un estado en el mundo por medio de la afectación al poder sobrenatural.

e)La pauta no está absolutamente taxada o sujeta a reglas. Con frecuencia los oficiantes operan bajo cánones cuya flexibilidad permite variables, sustituciones, omisiones o adiciones.

f)El carácter canónico del rito, es decir, precisamente regulado, lo hace apropiado y eficaz. Una acción libre no garantiza su efecto sobre los entes sobrenaturales[3].

    Luego de la primer lectura al estudio de López Austin, puede entenderse que de los seis incisos, existe un alto porcentaje de participación del ente sobrenatural concebido en la figura de un dios con una capacidad por encima del común denominador que, por complicadas estructuras que se van construyendo entre la parte terrenal y la espiritual, se hizo posible en las culturas indígenas del pasado una diversidad de formas rituales que pueden ser la oblación, ofrenda de fuego, ofrenda de copal, juramento “comiendo tierra”, ofrecimiento de comida y libación, hasta llegar a casos particulares como el rito de Tóxcatl, donde tan luego se tenía a un enemigo prisionero, se le preparaba, pintándolo y ataviándolo buscando sus captores encontrar en esa acción la imagen viva del dios Tezcatlipoca. El día de su muerte era llevado a un templo a las afueras de la ciudad, abandonando diversos objetos previamente proporcionados. Una vez en la parte superior del templo, se le sacrificaba para que el dios renaciera con nuevo vigor. Muerta esta imagen viva del dios, se elegía al sustituto para que viviera con los mismos honores y representación durante un año, hasta el día del sacrificio.

   El rito en cuanto tal, implicaba celebraciones rituales que daban origen a fiestas, proceso integrado a una liturgia del ritual mexica, siendo la occisión ritual, es decir, la extracción del corazón un paso ritual concreto.

   López Austin, se pregunta ¿por qué el rito es una práctica regulada? bajo la siguiente estructura:

    Entre las causas que hacen del rito una sucesión de actos cuidadosa, pero no absolutamente taxada, se encuentran los siguientes:

a)Todo rito es una expresión, y por ello debe quedar normado por las leyes especificas de las formas de expresión utilizadas. Cuando la expresión es comunicativa, debe ser, además, convincente, lo que implica una formalidad mayor. La comunicación puede obligar a la observación de estrictas reglas de cortesía, aun en el caso de que el mensaje sea agresivo.

b)La operación puede poseer un alto grado de dificultad o un costo elevado como requisitos de eficacia. A mayor bien solicitado –por ejemplo-, mayor debe ser el mérito del fiel. El costo no puede ser dejado a la libre determinación del fiel.

c)El rito supone formas de cumplimiento de obligaciones mutuas en una relación de reciprocidades estrictamente establecidas. El incumplimiento puede ocasionar consecuencias funestas. Por ejemplo, una mujer recién parida recompone su salud en el baño de vapor, pero debe recompensar a la diosa del temascal por ensuciar su morada con las impurezas del parto. Si la mujer no compensa a la diosa con la ofrenda usual, en los términos precisos que marca la costumbre, ella y el recién nacido estarán expuestos a la enfermedad y a la muerte.

d)El rito obedece a un conjunto de principios técnicos que se suponen que garantizan su eficacia. Estos principios pueden ser genéricos, pero los hay específicos, pues las características del ente al que se dirige el acto o la particularidad de la solicitud exigen precisión ritual.

e)La sobrenaturaleza es muy peligrosa. El ejecutante debe protegerse de sus peligros con actos que suponen un contacto seguro o, al menos, no demasiado riesgoso. Un rito que se ejecuta mal o parcialmente puede ocasionar un daño.

f)Los fieles suponen que el rito tiene una eficacia empíricamente demostrada por su práctica reiterada a través de las generaciones.

g)El rito adquiere sacralidad per se. En ocasiones su sacralidad deriva de que los fieles creen que determinados ritos fueron instituidos por los dioses mismos en el momento de la creación, y que fueron comunicados a los primeros seres humanos.

h)Se atribuye al rito una operatividad inmanente, más allá de su función vinculatoria entre los ámbitos humano y sobrenatural.

   En algunas ocasiones se estima que no sólo la falta, sino el exceso en el rito, puede ser contraproducente.

i)En términos prácticos –y psicológicos- el creyente debe justificar la falibilidad de su acción ritual. Si no alcanza los propósitos pretendidos, puede atribuir su fracaso no al rito mismo, en el cual sigue confiando, sino a alguna falla voluntaria o involuntaria, identificada o no, en su ejecución.

j)El rito suele cristalizarse como una forma obligatoria de conducta que liga al fiel y lo identifica, por un comportamiento taxado, como parte de una comunidad. Su conducta lo señala como individuo incluido y le crea responsabilidades sociales[4].

    Para todo ello, marca formas de ritualidad percibida como patrones de comportamiento establecidos básicamente por los mexicas, mayas y tarascos en los siguientes términos[5]:

LA TERMINOLOGÍA DE LA RITUALIDAD

   En contraste a todo lo anterior, veremos a continuación el tipo de ritualidad que operaba entre los europeos, luego los contrastes generados en el periodo de los encuentros entre españoles y mexicanos durante los meses que van de abril de 1519 a agosto de 1521, plagados de incruentas batallas y fascinantes realidades a cada momento reveladas, así como los primeros resultados que aportó ese sincretismo ritual. Con esta suma de factores habré de explicar –finalmente- cual fue la vestimenta espiritual que constituyó la aceptación, luego el gusto y lo que entre ambas circunstancias devino afición a los toros.

   Dice Bernal Díaz del Castillo

 Como nuestro capitán Cortés y el fraile de la Merced vieron que Montezuma no tenía voluntad que en el cu de su Uichilobos pusiésemos la cruz no hiciésemos iglesia, y porque desde que entramos en aquella ciudad de México, cuando se decía misa hacíamos un altar sobre mesas y le tornaban a quitar, acordóse que demandásemos a los mayordomos del gran Montezuma albañiles para que en nuestro aposento hiciésemos una iglesia, y los mayordomos dijeron que lo harían saber a Montezuma. Y nuestro capitán envió a decírselo con dona Marina y Aguilar y con Orteguilla su paje, que entendía ya algo la lengua, y luego dio licencia y mandó dar todo recaudo. Y en dos días teníamos nuestra iglesia hecha y la santa cruz puesta delante de los aposentos, y allí se decía misa cada día hasta que se acabó el vino, que como Cortés y otros capitanes y el fraile estuvieron malos cuando las guerras de Tlaxcala, dieron prisa al vino que teníamos para misas, y después que se acabó cada día estábamos en la iglesia rezando de rodillas delante del altar e imágenes; lo uno, por lo que éramos obligados a cristianos y buena costumbre, y lo otro, porque Montezuma y todos sus capitanes lo viesen y se inclinasen a ella, y porque viesen el adorar y vernos de rodillas delante de la cruz, especial cuando tañíamos el Avemaría[6].

 Por otro lado, y al respecto de los sacrificios indígenas, apunta el cronista-soldado:

 Dejemos hablar de esto y digamos cómo por la mañana, después que hacían sus oraciones y sacrificios a los ídolos, o almorzaba poco cosa, y no era carne, sino ají estaba empachado una hora en oír pleitos de muchas partes de caciques que a él venían de lejanas tierras (…)[7]

 Cortés le dijo (a Moctezuma) que mirase que no hiciese cosa con que perdiese la vida, (cuando ya Moctezuma ya estaba preso) y que para ver si había algún descomedimiento o mandaba a sus capitanes o papas que le soltasen o nos diesen guerra, que para aquel efecto enviaba capitanes y soldados para que luego le matasen a estocadas en sintiendo alguna novedad de su persona, y que vaya mucho en buena hora, y que no sacrificase ningunas personas, que era gran pecado contra nuestro Dios verdadero, que es el que le hemos predicado, y que allí estaban nuestros altares y la imagen de Nuestra Señora ante quien podría hacer oración. Y Montezuma dijo que no sacrificaría ánima ninguna; y fue en sus ricas andas muy acompañado de grandes caciques, que con gran pompa, como solía, y llevaba delante sus insignias, que era como vara o bastón, que era la señal que iba allí su persona real, como hacen a los visorreyes de esta Nueva España.[8]


[1] José Francisco Coello Ugalde: Véase APORTACIONES HISTÓRICO TAURINAS Nº 18, 9.-NOTAS AL ARTÍCULO DE JULIAN PITT-RIVERS: “EL SACRIFICIO DEL TORO”. 25 pp.

[2] Arqueología mexicana. Ritos del México prehispánico. México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Noviembre-diciembre, 1998 (Arquelogía mexicana, 38)., pp. 4-17.

[3] Op. Cit., p. 6.

[4] Ibidem., p. 12-13.

[5] Ibid., p. 15.

[6] Bernal Díaz del Castillo: Cortés y Moctezuma. México, Planeta/Joaquín Mortiz-Conaculta, 2002. 127 pp. (Ronda de Clásicos Mexicanos)., pp. 57-58.

[7] Op. Cit., p. 76.

[8] Ibidem., p. 78.

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