SOBRE CIRCOS, MOJIGANGAS y TOROS EMBOLADOS.

ILUSTRADOR TAURINO MEXICANO.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

  Casamiento de Indios.

 (Mojiganga)[1]

 La mojiganga el gentío

Pide ya impaciente a coro

Después del último toro

Que mató Pepe Machío.

Al público daba envidia

y hasta al mismo toro asombra

Oir gritar en la sombra

Al regente de La Lidia.

Las palmas de Echeverría

Anuncian que ya los novios,

Traviesos como microbios

Llegan con la chirimía.

La novia es la vieja “Voz

de México”, y Victoriano

Agüeros, el novio: ufano

Muestra su facha feroz.

Tras ellos viene el padrino

Enteco, flaco sombrío…

¡Todititito a don Darío

Se parece el muy indino!

Toda la plaza se fija

En la madrina, la Theo,

Muy maestra en el toreo

De la gente lagartija.

Con sus indígenas trazas

Y en medio de grita inmensa

Siguen los suegros: “La Prensa”

Y José Joaquín Terrazas.

Testigos, “Juan Panadero”.

Y Gregorio Jardón

Que salió de su prisión

Alegre como un pandero

Es alcalde el “Socialista”

Mozo, el “Hijo del Trabajo”,

Que apenas se ve debajo

De la cazuela, ya lista.

Con su facha estereotípica

El cura, el buen Gabilondo,

Viene luego muy orondo

Con la música, la Típica.

Piden la venia los vales

Y de la plaza en el centro

Siéntanse gritando ¡adentro

Al mole y a los tomales!

Mas suena el clarín agudo

Que corta la bendición

Del cura, y el atracón

De mole, y brama el carnudo.

Del Chiquero el embolado

Sale listo y juguetón:

Por aquí coge a Jardón

y lo mete al estofado;

A la enronquecida Voz

De las enaguas levanta;

Agüeros ¡pobre! se espanta

Y corre más que veloz.

Muy cerca el toro le atiza,

Da un encontrón a la Theo[2]

Y viene a caer el neo

De hocicos en la ceniza.

Síguele el toro porfiado;

“La Prensa” en tanto batalla,

Pero atrapa al fin la valla

Y sale de su cuidado…

Terrazas o te rasuras,

A quien ha cogido el toro,

Grita, cual gritaba el loro

Del cuento, ¡pobres criaturas!

En medio de este alboroto

Asoma “Juan Panadero”

Cubriendo con el sombrero

Lo que muestra el calzón roto.

Llama al toro, lo trastea

Y le arroja el chilapeño,

Le mira frunciendo el ceño,

Arrogante, cual Gadea;

Mas el toro, sin misterio,

A la Típica acomete,

Un cuerno embolado mete

Al bandolón y al salterio;

Sálvase solo el del bajo,

“El Valedor”, don Darío,

Y temblando, y no de frío,

Huye el “Hijo del Trabajo”.

Aulla el pueblo en las gradas

Y hace crecer el jaleo

Y que empiece el naranjeo

Y acaben las bufonadas.

La mojiganga, maltrecha,

Sale al fin del redondel

Y el toro pasea por él

Su mirada satisfecha.

 

GIROFLE-GIROFLA.[3]

    Y es que las imágenes acompañantes son en esta ocasión, una auténtica delicia. Al observarlas, se recrea perfectamente la narración en verso que un asistente anónimo, pero que firmó su crónica con el acostumbrado seudónimo que se utilizaba por entonces, nos deja ver y entender en qué consistía no sólo la mojiganga, sino otros elementos complementarios, como el toro embolado. De esta escena, hay dos instantes que me parece oportuno agregar para apreciar de mejor manera su circunstancia.

   La primera de ellas, corresponde a una publicación llamada El Tecolote, T. I, N° 20, del 29 de octubre de 1876,[4] y es de la autoría de Santiago Hernández:

EL TECOLOTE_ESTE ES EL DE LOS MUCHACHOS...

De la misma, apunta “El Fisgón”:

 Porfirio Díaz es retratado como un toro manso en cuyos cuernos se han colocado para restarles filos, dos bolas enormes que dicen “Revolución”. El toro es lanzado a un ruedo, en las tribunas, sólo le aplauden las viejas señoritas conservadoras del periódico Regeneración y, para significar que no representa ningún peligro, se anuncia que este es el novillo con el que pueden jugar los muchachos.[5]

COLEO Y EL EMBOLADO

“Toro embolado”, por Ernesto de Icaza. (Ca. 1900).

 Esta otra, procede de una interesante publicación, la que realizan –y así se llama- Los aficionados de los Ángeles (E.U.A.), en cuyo número, el de junio y julio de 2012, p. 27 se incluye (en blanco y negro) uno más de esos inimitables trabajos de este artista mexicano de lo popular, tan importante como los del propio José Guadalupe Posada, contemporáneos los dos, y que ambos se encargaron junto a otra pléyade importante, limitada pero importante insisto, en destacar “lo mexicano” a partir de sus registros sobre diversos acontecimientos ocurridos en la vida cotidiana, donde las diversiones públicas pasaron a formar parte de sus catálogos y expresiones. En ese sentido, también no puedo dejar de pasar por alto un acontecimiento que hoy es motivo y centro de discusión. Me refiero a las medidas que viene aplicando una ley, todavía no aprobada, que restringe el uso de los animales en los circos. Por tal motivo y a continuación, dedicaré algunas notas al respecto.

 II

   Con la reciente medida que pretende prohibir el empleo de especies animales en circos, misma que aún no ha sido aprobada, el circo en cuanto espectáculo, se encuentra amenazado de restringir sus funciones a la sola presencia de acróbatas, maromeros, payasos y otras evoluciones, donde los animales como elefantes, caballos, caballos percherones, osos, tigres y demás especies que han sido empleadas para dar forma a la representación.  Sabemos que desde 1802 hay registros de actividades circenses en nuestro país, justo a la llegada del caballista inglés Philip Lailson, el cual incluyó en su gira que había iniciado en E.U.A. algunas ciudades mexicanas. Más tarde, el circo de Giuseppe Chiarini también se constituyó en un atractivo importante, sobre todo en el Distrito Federal. Con los años, se constituyó el circo “Atayde” que hasta la fecha sigue ofreciendo funciones.

CIRCO ATAYDE_2014

Programa de sus funciones que van del 11 de julio al 31 de agosto de 2014.

    Desde hace unos días, diversas “compañías” de cirqueros vienen organizándose, y en tal circunstancia, sus movilizaciones de protesta, constituyen un acto de defensa y justicia, no sólo por lo que representa la medida que, de llegar a aprobarse, los sentenciará a diversas limitaciones, sino al hecho de que su materia de trabajo queda en riesgo. Sobre todo en la de aquellos circos marginales que sostienen familias y generaciones, pero que no han alcanzado la fama del “Atayde” o el “Fuentes”, aunque también merecedoras, como estos últimos, de preservar una costumbre.

   Apenas el martes 22 de julio, estos últimos tuvieron el detalle de montar una función de obsequio a cuanta persona pasara por la plaza de la Constitución, sitio en el que fijaron un pequeño redondel, y allí se dieron a realizar una megafunción, la cual consistió espectaculares actos de acrobacia, ejecución de maromas “que alcanzaban varios metros de altura”, y el acto de acróbatas sobre caballos percherones.

   Sabemos, según la nota que publicó La Jornada del miércoles 23 de julio de 2014, p. 31, que cerca de 40 circos se ampararon contra le ley y (que) posteriormente recurrirán a la Suprema Corte de Justicia de la nación, “para que sean ellos (los ministros” quienes tomen la decisión final”.

LA JORNADA_23.07.2014_p. 31bis

   En otra imagen que da testimonio de dicho acontecimiento, se indica en su pie de foto lo que sigue:

LA JORNADA_23.07.2014_p. 36bis3

…pie que corresponde con este semblante:

LA JORNADA_23.07.2014_p. 36bis

Es decir, conscientes del riesgo que enfrentan, cuestionan el hecho de que “Ya empezaron las novilladas en la Plaza México, acaban de inaugurar un gran acuario en Polanco, siguen las carreras de caballos en el Hipódromo de las Américas y nadie dice nada”. La Ley que se quiere aplicar “es privativa y atenta contra cientos de familias”, concluyeron.

   Sepan todos ustedes que desde aquí, encontrarán mi apoyo, marginal si cabe por la cobertura que tiene el presente blog, pero que significa la forma de comprender de manera imparcial, y sin la carga de significados sobre ese discurso atentatorio que viene atacando no solo a los circos, las carreras de caballos o las corridas de toros. Ustedes se han convertido o pueden convertirse en la “primera víctima” de algo que puede culminar con esos otros espectáculos que se ya son blanco de propósitos impulsados por un sólido sector de la sociedad que se niega a aceptar el enorme peso de las costumbres, los usos y costumbres, e incluso, para decirlo de una vez, de aquella enorme configuración de lo ritual, que ya no se corresponden con el tiempo presente. Menos con el futuro. Estas representaciones que caen en el terreno de las diversiones públicas son cada vez menos aceptadas por determinados segmentos sociales cuyo pensamiento se ha venido forjando en función de nuevas maneras de pensar que respeto, pero que no comparto pues sin el uso debido de una mejor reflexión, sólo intentan mutilar tales circunstancias, sin entender todo lo que está detrás de ellas, como ese complejo conjunto de componentes que las han constituido a lo largo de siglos. Es lícito, es legítimo el que circos, hipódromos, plazas de toros y otros espacios donde son utilizados, como parte de la representación diversas especies animales, hoy tengan que enfrentar tamaña sentencia. También es probable que la domesticación a que son sujetos los animales en estos espectáculos sea revisada para tratarla y adecuarla en las leyes y reglamentos que las regulan, con objeto de encontrar un trato más racional, y donde se apliquen responsabilidades compartidas entre quienes organizan y quienes participan, para con ello encontrar el equilibrio deseable, con lo que, a final de cuentas, puede ser el remate de toda esta campaña opositora.


[1] José Francisco Coello Ugalde: Las Mojigangas: Aderezos imprescindibles y otros divertimentos de gran atractivo en las corridas de toros en el mexicano siglo XIX. Aportaciones Histórico Taurinas Mexicanas Nº 29. México, 1998-2001. 201 p. Ils., fots., retrs. (Inédito), p. 5-6.

Mojiganga: Como una constante, el conjunto de manifestaciones festivas, producto de la imaginaria popular, o de la incorporación del teatro a la plaza, comúnmente llamadas “mojigangas” (que en un principio fueron una forma de protesta social), despertaron intensas con el movimiento de emancipación de 1810. Si bien, desde los últimos años del siglo XVIII y los primeros del XIX ya constituían en sí mismas un reflejo de la sociedad y búsqueda por algo que no fuera necesariamente lo cotidiano, se consolidan en el desarrollo del nuevo país, aumentando paulatinamente hasta llegar a formar un abigarrado conjunto de invenciones o recreaciones, que no alcanzaba una tarde para conocerlos. Eran necesarias muchas, como fue el caso durante el siglo pasado, y cada ocasión representaba la oportunidad de ver un programa diferente, variado, enriquecido por “sorprendentes novedades” que de tan extraordinarias, se acercaban a la expresión del circo lo cual desequilibraba en cierta forma el desarrollo de la corrida de toros misma; pues los carteles nos indican, a veces, una balanceada presencia taurina junto al entretenimiento que la empresa, o la compañía en cuestión se comprometían ofrecer. Aunque la plaza de toros se destinara para el espectáculo taurino, este de pronto, pasaba a un segundo término por la razón de que era tan vasto el catálogo de mojigangas y de manifestaciones complementarias al toreo, -lo cual ocurría durante muchas tardes-, lo que para la propia tauromaquia no significaba peligro alguno de verse en cierta media relegada. O para mejor entenderlo, los toros lidiados bajo circunstancias normales se reducían a veces a dos como mínimo, en tanto que el resto de la función corría a cargo de quienes se proponían divertir al respetable.

   Desde el siglo XVIII este síntoma se deja ver, producto del relajamiento social, pero producto también de un estado de cosas que avizora el destino de libertad que comenzaron pretendiendo los novohispanos y consolidaron los nuevos mexicanos con la cuota de un cúmulo de muertes que terminaron, de alguna manera, al consumarse aquel propósito.

 [2] Se refiere a Mme. Theo, una artista y cantante de la época, que hizo varias apariciones en el Teatro Nacional.

[3] El arte de la Lidia, Año I, 4 de enero de 1885, Nº 11, p. 2.

[4] Rafael Barajas Durán “El Fisgón”: El país de “El Ahuizote”. La caricatura mexicana de oposición durante el gobierno de Sebastián Lerdo de Tejada (1872-1876). México, Fondo de Cultura Económica, 2005. 324 p. Ils., facs. (Colección Tezontle), p. 240.

[5] Op. Cit., p. 303.

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