EDITORIAL. 2 DE 2.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Es importante eliminarle al tercio de banderillas esa etiqueta peyorativa que dio, y no le faltaba razón a Felipe Sassone, cuando lo calificó como el “tercio breve pero inútil”. Breve y no, siempre y cuando (y no tanto los matadores que realizan tal suerte, casi siempre con el lucimiento esperado) sino por parte de las cuadrillas, esperando que estas realicen dicha labor en la forma más cabal posible. Lamentablemente juegan aquí una serie de elementos que si no se les maneja en auténtico equilibrio del propósito o propósitos que la suerte busca, es que nos vamos a enfrentar al caos, traducido en exceso de capotazos, en el intento una y otra vez provocando que eficacia y lucimiento desaparezcan para que se presente algo que no corresponde con lo que sería una suerte de banderillas de común acuerdo con la tradición, los usos y costumbres y ese afán de intentar mantener intocados sus valores, los que se encuentran asociados a la tradición.

   Lo que sigue viene a ser, en buena medida un asunto de capital importancia que, de no atenderlo como sería el caso, correríamos muchos riesgos, cuestionamientos y serias acusaciones, por lo cual la suerte de la estocada debe analizarse a profundidad.

   Dice la sentencia que “torero que no hace la cruz se lo lleva el diablo” y es cierto en la medida en que la suerte suprema tan eficientemente como sea ejecutada, permitirá que se cumplan los propósitos de un posible triunfo para el torero, siempre y cuando la faena así lo amerite. La estocada en un buen sitio permite que ese punto crítico en el cual se consuma toda la labor suceda en un tiempo relativamente corto. Con lo anterior, me refiero a ese delicadísimo segmento de la lidia donde el toro o novillo se convierte en el blanco de sacrificio, en el objeto donde termina el ritual de la representación y se vuelve, en cosa de unos instantes, en la abierta revelación de la agonía y muerte del toro mismo, hecho que ocurre a la vista de quienes asisten a un festejo taurino. Ese punto cobra especial significación en estos tiempos, donde diversos sectores de la sociedad han venido a cuestionar, fundados en el discurso de la violencia que aparentemente se registra en dicho instante. El sacrificio u holocausto del toro ha sido, a lo largo de los siglos una representación en la que la dimensión de una realidad concreta, tangible y dura como pueda ser la muerte, en el toro adquiere otra dimensión, pues dicho animal, en el proceso de domesticación o crianza se convirtió en un componente especialmente confeccionado para luchar, defender su vida a base de sustentos como la bravura, nobleza o codicia, objetos de su presencia en el ruedo, y estimulados estos principios por su belleza o trapío, a morir dignamente como ese guerrero simbólico que lucha cuerpo a cuerpo con aquella otra fuerza contraria –el matador de toros- y es entre ambos donde se gesta la solución de un conflicto: la muerte. Muerte superada o retocada por elementos técnicos y estéticos sometidos al azar. En cuanto el torero considera haberlo dominado, decide culminar aquella hazaña aplicando su decisión por propia mano. Es ahí donde la suerte de la estocada, o suerte de matar (nótese el significado que el adjetivo o el verbo adquieren en ese preciso momento) se materializa ¡ejecutando” al toro. Pera ello se utiliza un estoque que produce la herida fatal.

   Como decía al principio, si la estocada fue certera, es probable que el toro se entregue, doble, caiga incluso “patas pa´rriba”, lo cual significa que sus efectos fueron contundentes. En seguida vendrá la consagración del héroe.

   Todo hasta aquí parece tener tintes de gloria.

   El problema comienza donde intento enfatizar los efectos que produce una falla, la que el torero comete “pinchando en hueso”, una y otra vez y entonces el lapso de agonía se torna incluso doloroso para los aficionados, que en esos precisos momentos, en tanto alcanzamos un estado de sensibilidad, sentimos, sufrimos junto al toro por la provocación de un dolor, camino de la agonía totalmente innecesarios. Uno, dos o más viajes con la espada, incontables descabellos producen incomodidad gratuita e incómoda, misma que debería quedar sujeta a posibilidades inmediata de obviar ese dolor innecesario, evitando con ello dar elementos de prueba a los contrarios, que siempre encuentran en esta expresión, suficientes motivos para cuestionarla, y de ser necesario radicalizando sus afanes hasta poner en evidencia el maltrato hacia los animales. Por tanto, considero como innecesarias dichas prácticas hasta en tanto dicho pasaje no quede sometido a la modificación prudente en el reglamento taurino. Se necesita recortar considerablemente el tiempo que puede durar el efecto producido por las heridas, con objeto de simplificar un instante que per se podría significar otra cosa, puesto que es el culmen de todas las aspiraciones a que se ha encaminado el espectáculo taurino en tanto ritual.

   En ese sentido están obligados todos los novilleros y toreros de profesión a culminar dignamente dicho pasaje en los términos más apropiados posibles, sin que ello demerite el principio secular con que carga la fiesta desde que esta se pierde en la noche de los tiempos hasta hoy.

   En la figura y sentido del “matador” está fincada la idea y certeza de que tales personajes poseen la capacidad suficiente para culminar con el mayor peso de responsabilidad, pero también de certeza una suerte en la que la tauromaquia sigue teniendo hasta hoy día un sentido en el que se concentra gran parte de sus significados.

9 de agosto de 2014.

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