CONTEMPLACIÓN TAURINA DE ANTONIO GARCÍA CUBAS.

RECOMENDACIONES y LITERATURA.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    El texto escogido para este capítulo, no es propiamente una crónica periodística. Pertenece al alucinante y anecdótico libro que Antonio García Cubas publicó al comenzar el siglo XX como una forma de recordar pasajes de todas las edades de nuestro autor, quien vivió largo tiempo en un México lleno de contrastes, debido a que se siguen presentando síntomas de profunda convulsión social y política. Aunque han pasado algunos años, el orgullo nacional todavía se encuentra sensible, luego de la invasión norteamericana, y lo que es peor, de que muchos de aquellos habitantes de la capital del país tuvieron que soportar el 13 de septiembre de 1847 la ignominia de ver izada la bandera de las barras y las estrellas en el Palacio Nacional.

   Sin embargo, cada uno de los hechos allí narrados parecen entresacados de las páginas del Siglo XIX o del Monitor Republicano, que fueron las publicaciones de mayor trascendencia y de más amplio tiraje conocidas en el México decimonónico. García Cubas destaca un festejo celebrado en el mes de octubre de 1853, en la todavía joven muy joven plaza de toros del Paseo Nuevo, apenas inaugurada en noviembre de 1851, escenario que sirvió para dar paso a una fastuosa función en la que intervino Bernardo Gaviño y Mariano González “La Monja” con sus respectivas cuadrillas. Entre los asistentes se contó con la presencia de S.A.S. el General Santa-Anna y su esposa la Sra. Doña Dolores Tosta, lo que representó un hecho extraordinario. Fueron épocas en que la presencia de los mandatarios en la plaza era un hecho normal, y no como hoy, donde la plaza de toros se convierte en un espacio difícil, en un auténtico termómetro que mide las tensiones sociales y los públicos son capaces de calificar con su aplauso sincero, su silencio incómodo o la rechifla del malestar la forma en como perciben el gobierno en turno. La democracia del vox populi es en muchas ocasiones, uno de los parámetros más certeros, por lo que de pronto, quienes son responsables en los destinos de una ciudad o de un país no deben soslayar que allí, junto al ciudadano común y corriente van a encontrar la calificación más adecuada, sin necesidad de emplear encuestas tendenciosas.

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   Es curiosa la observación que hace nuestro autor sobre la disminuida importancia de la autoridad que preside el espectáculo, “durante el cual no se le guardan por el público los miramientos debidos”, contraste que pudo haberse dado por la presencia de S.A.S., motivo más que suficiente para que la asistencia estuviera entretenida en la curiosa observación de cada uno de sus movimientos, o porque definitivamente quienes presidían los espectáculos no gozaban de una estable reputación, ya por el hecho de que lo hicieran como juez nombrado por el Ayuntamiento; ya por la razón de que siendo personajes conocidos y no ajenos a lo que significaba el espectáculo en esos momentos, no fueran capaces de controlar el desarrollo de la corrida. En 1853, aunque ni se menciona ni se insinúa, seguía percibiéndose el espíritu del reglamento expedido el 6 de abril de 1822 por Luis Quintanar, quien ocupaba entonces el cargo de Capitán-General. No se nos olvide que ya eran los años de mando y control establecidos por el propio Gaviño, español que en México hizo del toreo una expresión mestiza, lo que representó un reencuentro con la tauromaquia española en manos del gaditano, quien al decidir su residencia definitiva en nuestro país, lo hizo pensando que aquí había un maravilloso caldo de cultivo que mantener. Y no se equivocó.

   García Cubas se sincera y apunta

 Al hablar de toros, según costumbre establecida, no me preocupo con la gramática, ni me intimida la impropiedad de las figuras, y tal vez a estas circunstancias se debe la falta de sindéreses en este párrafo (…)

señal de su desacuerdo a la fiesta y toda su simbología. El Antonio García Cubas joven, testigo de aquella célebre jornada, tuvo que salir de su lumbrera tras la sangrienta escena que se presentó en la suerte de varas, por lo que lamentamos la descripción completa de esta corrida, la cual tuvo lugar el (…). Mientras allá adentro seguían desarrollándose uno a uno los pasajes de la tauromaquia, García Cubas, en los pasillos exteriores de la plaza, apreciaba la imagen espectacular del Paseo de la Reforma, deteniendo su vista en la inmediata glorieta donde se encontraba la estatua de Carlos IV, terminando de admirar el espectáculo con el bosque de Chapultepec, que entonces debe haber tenido otros esplendores, gozando de una vista envidiable, sin poluciones, inversiones térmicas ni imecas de por medio.

    La salida de Santa-Anna al concluir la corrida, fue simplemente espectacular, en medio de un aparato solo entendido bajo su mandato. Por lo demás. Y sin otra cosa que agregar, ante la magnitud de apreciaciones hechas por nuestro autor, es preciso darle turno a su completa revisión, nutrida de diversas sensaciones. Así que, don Antonio, pase usted por aquí y háganos el favor de darnos a conocer las impresiones personales que nos deja de aquella tarde otoñal de 1853.

 De la función que en honor del General Santa-Anna se dio por el mes de Octubre de 1853 sólo te hablaré, caro, lector, de lo que produjo en mí agradables impresiones.

   La plaza del Paseo era hermosa y de gran extensión; todo lo más granado de la sociedad ocupaba las lumbreras y el tendido de la sombra, como henchidas por el pueblo estaban los lumbreras (sic) y el tendido del sol. Todo era allí alegría y animación, avivadas por las bulliciosas sonatas que ejecutaba una excelente música militar. El aspecto de aquella plaza era, como siempre en tales momentos, grandioso e imponente, y a la vez la imagen más neta y fiel de la seducción. La fiesta era de gala, y como a ella concurría S.A.S. el General Santa-Anna y su esposa la Sra. Doña Dolores Tosta, hacía la partición o despejo de la plaza el famoso Cuerpo de Granaderos de la Guardia, con sus casacas encarnadas y altas gorras de pelo y chilillo rojo. La desaparición en nuestras costumbres, de este acto ejecutado por los cuerpos militares, es un adelanto, por cuanto a que el ejército, por su alta y noble misión, debe apartarse de servir de diversión al público, por más que aquel acto fuese muy vistoso y agradable. Consistía dicha partición en dichas evoluciones ejecutadas al son de la música por los soldados, que iban y venían en columnas, apartándose unas veces y juntándose otras, o girando sobre sus flancos en diversas direcciones para representar diferentes figuras, como en las cuadrillas lanceras, con sólo la diferencia de ser el paso tardo y mesurado.

   Concluidas dichas evoluciones y al agudo toque de una corneta, ordenado por la autoridad que, en tales momentos desciende de su alto solio para constituirse en directora de un espectáculo durante el cual no se le guardan por el público los miramientos debidos, salió la numerosa cuadrilla capitaneada por el famoso torero Bernardo Gaviño, quien traía a su lado al segundo espada, Mariano González, conocido comúnmente con el nombre de “Mariano la Monja”, al mismo tiempo que varios caporales salieron por otras puertas de la valla para ofrecer a Bernardo y a su segundo, hermosas capas de raso rojo, en cuyos bordados brillaban monedas de oro. La cuadrilla, por el orden que guardaba y por los ricos y vistosos trajes que ostentaban los toreros, echadas al hombro sus capas de diferentes y vivísimos colores, causóme una sensación indescriptible. Por delante venían los dos locos, que por sus sandeces y simplezas, han sido con justicia suprimidos, y por detrás los picadores con sus sombreros de ancha ala y copas semiesféricas y sus abigarrados trajes de charro, recargados de bordados y alamares de plata, y a lo último, el vistoso tiro de mulitas.

   Después del saludo acostumbrado a las autoridades y al público, dividiéronse en diversos grupos los toreros, tomando por distintos rumbos; las mulitas a todo correr, desaparecieron detrás de la valla por las puertas que a su paso se cerraron, y los picadores se lanzaron hacia el toril, al galope de sus caballos, para colocarse a uno y otro lado de la puerta.

   Entre tanto, los locos, vestidos como los payasos de los circos, empezaron a ejecutar sus gracejadas, ya tirando por lo alto una naranja para recibirla en su enharinada frente, en la que aquélla se estrellaba, ya poniéndose a bailar, gesticulando y haciendo grotescas contorsiones. Otras de sus gracias consistían en acostarse al lado del toro, muerto ya, o en montarse en el vientre de éste para ser juntamente con él arrastrado por las mulas. Sonó la trompeta y casi al mismo tiempo se abrieron las puertas del toril. Un arrogante toro de Atenco, de esos de frente china, salió disparado como fecha, y no bien hubo visto a un picador, preparado ya con la pica en ristre, cuando se arrojó sobre él con ímpetu violento y tomó la primera vara, dando un airoso y oblicuo salto por el flanco del caballo; mas a la segunda, destripó a éste e hizo dar al jinete un soberano tumbo. Ya ves, querido lector, cómo también me permito el lujo de soltar algunas frases propias de la jerigonza taurina.

   Al hablar de toros, según costumbre establecida, no me preocupo con la gramática, ni me intimida la impropiedad de las figuras, y tal vez a estas circunstancias se debe la falta de sindéreses en este párrafo.

   Muy natural es que la suerte de la pica sea casi siempre desgraciada, pues ¿qué otra cosa puede resultar, caro lector, de un tallarín montado en un fideo, como generalmente son, entre nosotros, el jinete y su cabalgadura, que se ponen frente a frente de una fiera de tanta pujanza como el toro? La muerte segura del caballo y los frecuentes tumbos del picador, cuando bien librado sale. Lo mismo te digo respecto del mal éxito de las demás suertes, a causa de la misma ineptitud y desconocimiento del arte, que constantemente oigo echar en la  cara a los toreros.

   No daré cuenta de todo lo que aconteció en aquella corrida, porque mi ánimo apocado, al decir, de los amantes de ese espectáculo, obligóme a salir de la lumbrera después de la desgracia referida, y a permanecer retirado en el corredor exterior, recargado en la barandilla y entregado a la contemplación de los hermosos panoramas que me ofrecía el nunca bien ponderado Valle de México y a la observación de aquel ir y venir de rodar de los carruajes en el paseo de Bucareli, monótona costumbre en que consistía el desahogo de aquellos mis contemporáneos, en el escuálido lugar tan escaso de árboles como de paseantes pedestres, y tan abundante de agua sucia en sus acequias limítrofes, como falto de la limpia en sus dos mezquinas fuentes.

   ¡Cuán diferente es el aspecto que hoy ofrece el hermoso Paseo de la Reforma tan extenso, tan provisto de árboles, de hermosas quintas y de elegantes monumentos, que da principio en la grandiosa plaza de Carlos IV y termina en el sitio mágico de Chapultepec.

   Tiempo de sobra tengo para dar rienda suelta a las reflexiones que me sugieren las corridas de toros, e interrumpido ya el relato, poco importa que la digresión sea más o menos larga.

   No era poca la diversión que me proporcionaba el lento movimiento de los carruajes por aquella calzada llena de hoyancos que hacían saltar sobre sus muelles las cajas de los carruajes, tanto que una vez vi desprenderse de uno de ellos el asiento posterior de su lujoso lacayo quien, todo empolvado y maltrecho, hubo de seguir al coche, abarcando trabajosamente con sus brazos el estorboso mueble. ¡Una de tantas diversiones que nos proporcionan gratis, en todos tiempos, nuestros Ayuntamientos!

   Volvamos al relato de los toros.

   Sólo presencié de aquella función que se daba a beneficio del primer espada Bernardo Gaviño, el principio de que ya hable, el medio y el fin. Como a las cinco de la tarde, entró en la arena una elegante carretela abierta, tirada por frisones, y en cuyos asientos posteriores iban dos preciosas niñas vestidas de azul y blanco. La carretela, a todo correr de los caballos dio una vuelta por el circo y se detuvo cerca del lugar en que se hallaba el primer espada. Las niñas descendieron del carruaje y se acercaron a éste para ofrecerle una hermosa corona cuajada de monedas de oro, en los momentos en que los atronadores aplausos y los vivas de la multitud espectadora se mezclaban con los alegres acordes de la música. Bernardo subió al carruaje con las niñas e hizo su paseo triunfal en aquella plaza, durante el cual no cesó el palmoteo y el entusiasmo del público. Día de un triunfo espléndido para aquel que millares de veces expuso su vida luchando con el toro, y la cual, ya anciano, predio al fin a causa de una tremenda cogida en la plaza de Texcoco, hace pocos años.

   Al terminar la función, el Presidente Santa-Anna, acompañado de su esposa, montó en otra elegantísima carretela, que lo condujo al paseo de Bucareli. Como de costumbre, iba por delante del carruaje un piquete de lujosos granaderos de la guardia, montados en soberbios alazanes; por detrás, un regimiento del mismo cuerpo sirviéndole de escolta, y a los lados, a caballo, los edecanes llenos de relumbrones. Toda aquella aparatosa comitiva dio velozmente una vuelta en el paseo, fuera de la línea de los coches particulares y se alejó después con igual velocidad y en dirección al Palacio.

   Al reanudar mi relación, empiezo por advertirte, caro lector, que yo pertenezco a esa minoría que, con ofensa de la gramática y del buen sentido, han dado en llamar “sensiblera”, y por tanto, me permito decirte, en uso de la facultad que me concede nuestra gran Carta, que el espectáculo de la corrida de toros es para mí horripilante, y lo considero como indigno de la cultura de un pueblo, tanto como la bárbara costumbre de los boxeadores de la ilustrada Inglaterra, y de la no menos culta nación norteamericana. Tal es mi opinión y si con ella te conformas, querido lector, mucho me holgaré de ello, mas si fuera mi parecer contrario al tuyo, que los dioses inmortales de la Roma de Nerón te concedan el galardón merecido por tu ánimo esforzado, y déjame, ¡triste de mí!, sumido en la condición del ciego que no puede apreciar las excelencias de los fuegos fatuos.

   Nunca, por agradar, he de decir lo que no siento, pues amo la verdad y odio el fingimiento, aunque persuadido estoy de que mi conducta ha de acarrearme el desagrado de muchos, de mil dicterios, mas he anticipádome en la aplicación de todos cuantos pudieran darme los taurómacos, como el de pusilánime, apocado, etc.

   Justas son las lamentaciones del toro y del caballo, y, además, hay que decir de éste que, olvidando el hombre sus nobles servicios, no se contente con sujetarlo al cruento sacrificio, sino que aún después de herido, lo martirice, introduciéndole de nuevo en el vientre los intestinos, cosiéndole la herida y levantándolo a puntapiés para que, débilmente movido por los últimos alientos vitales, vuelva a la arena. ¡Cuanta sensibilidad la tuya, me dirán, y cuánta crueldad la vuestra, contestaré!

   ¿Y el torero? Ese me causa doble pena, porque a la vez tiene que atender a la fiera toro y a la fiera público. Este nunca se halla contento, por más que aquél demuestre valentía y arrojo y se esfuerce en complacerle procurando ejecutar las suertes con la mayor limpieza. Una cogida que le dé el toro puede acabar con su vida; pero una cogida del público lo lastima y lo ultraja con sobrada injusticia.

   Dícese en descargo de esa, para mí, fiera costumbre, que ella aparta al público del vicio de la embriaguez, impidiéndole que gaste todo su jornal en la bebida, y para probar tal aserción, se echa mano de la estadística criminal, y, por otra parte, se nos quiere demostrar que los espectáculos sangrientos infunden un valor esforzado y una poderosa energía en el hombre, cualidades indispensables de todo ciudadano que ha de aprestarse a la defensa de la patria. ¡Qué bellas teorías si fuesen ciertas! Dígaseme simplemente que el espectáculo es del gusto de muchos, y punto en boca, pues hay gustos para todo, ¡y vaya si los hay!

   Para mí lo mismo da que el famoso licor de la reina Xóchitl, se tome en la calle de las Damas, que en las barracas situadas en las inmediaciones de las plazas de toros, y que se lleve en jarros, para beberlo en el tendido durante la corrida, y que se apuren copas de cognac en las cantinas de la misma plaza; mas no queriendo ofender a la estadística desconfiando de sus cifras, ni a la policía negándole la exactitud de sus cómputos, acepto los benéficos resultados obtenidos en pro del pueblo durante las dos o tres horas que dura una corrida. ¿Para reprimir, qué digo, para dar tregua por corto tiempo, a uno de los vicios populares más degradantes, se cree alcanzar mucho en la mejora social de ese pueblo con las corridas de toros? La observación demuestra lo contrario. ¿Acaso otras diversiones más nobles y honestas, como el teatro, por ejemplo, no alcanzarían resultados más provechosos? Honda pena causaría en mi ánimo una respuesta negativa, pues ella vendría demostrarme la falta absoluta de cultura del pueblo.

   Dénsele, con ofensa de la civilización, para que vocifere y se enloquezca, las corridas de toros, pero no como escuela de sobriedad y patriotismo. Estas cualidades sólo se adquieren en planteles especiales y con el buen ejemplo. Edúquesele convenientemente e instrúyasele en todo aquello que deba saber, pero tanto en la parte educativa como en la instructiva, han de estar infiltrados los grandes principios de la moral, freno de oro de las pasiones humanas, sin los cuales sólo se conseguiría que el hombre, en el caso de que se trata, en lugar de tomar el blanco “neutli” en escudilla de barro, lo apure en copa de cristal y que veamos en las calles, en vez de un borracho de frazada, a un ebrio de levita. Lo que comúnmente se observa.

   ¿Ni cómo puede ser escuela de buenas costumbres, una diversión en la que hasta la gente decente pierde el decoro que exige su educación, y se cree autorizada para vociferar profiriendo palabras inconvenientes y nivelándose con la hez del pueblo? Ya que tal espectáculo está a la orden del día, procure aquélla ser tan correcta como en sus otras reuniones, o por lo menos no rebaje su dignidad al dar rienda suelta a su expresión.

   Si el argumento referente a la tregua que se da al vicio de la embriaguez es falso, igualmente trivial y engañoso es el relativo al esforzado valor que se dice adquiere el espectador en presencia de las sangrientas escenas de la lidia. El luchador, sí posee un valor temerario al ponerse frente a frente de la fiera embravecida, a pesar de las ventajas que sobre ella tiene; pero el espectador no aumenta su ardimiento, lo que adquiere es la fiereza de ánimo. Por eso grita desaforadamente el pueblo y se enloquece a cada tremendo episodio de la lucha, para ahogar, en su nacimiento, los nobles impulsos del corazón que tienen que iniciarse en todo ser humano, y para acallar los justos clamores de la conciencia. ¡Voces desentonadas y estrepitosas que contestan a los salvajes y terribles bramidos del toro, que piden venganza!

   Los espectadores en las plazas de toros me producen el mismo efecto que los padrinos en los duelos.

   La patria tiene necesidad del valor de sus hijos, pero no de ese valor brutal, sino el que infunde la dignidad, bellísimo don que sólo se adquiere por medio de las virtudes cívicas.

   Los romanos eran en extremo valientes y estaban habituados a la guerra; mas al perder las virtudes que en un tiempo fueron el sello de su carácter, esterilizaron aquellas grandes facultades. Por cientos de miles acudían a los grandes circos para presenciar los tremendos combates de las fieras y las inhumanas luchas de los gladiadores, sangrientas escenas todas a que el pueblo romano habíase connaturalizado desde que dio principio su nacionalidad. Habituado estaba su oído a los espantosos rugidos de las fieras, su vista a las repugnantes luchas en que se despedazaban los hombres con aquéllas, y sus corazones insensibles, a sus tradiciones guerreras y de su enérgico talante, bastó que Odoacro, jefe de los hérulos, sonase desde Rávena las manos, para que viniese a tierra el poderoso Imperio de Occidente. ¿Y sabéis por qué? Porque el valor digno y el patriotismo estaban refrenados por la corrupción, el perjurio, el latrocinio y tantos vicios como tenían enervada a la sociedad.

   Cuidemos de que la nuestra no llegue, por el desprecio de los principios morales, a esa extrema degeneración.

   Hase dicho en favor de las corridas de toros, parodiando la primera proposición de la famosa ley de la gravitación, que “la virilidad de un pueblo está en razón directa de sus espectáculos”, falsa proposición, porque en el presente caso, la segunda, que se ha omitido, destruye por completo a la primera enunciada. Esa segunda proposición es: “y en razón inversa del cuadrado de la inmoralidad”, la que tiene su comprobación en los mismos hechos declarados, que fueron la causa de la destrucción del poderoso imperio, minado en sus cimientos por la moral cristiana y herido de muerte por los pueblos germanos, viriles y vigorosos, sin estar habituados a los sangrientos espectáculos de los Calígulas, Nerones y Domicianos.

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Antonio García Cubas: El libro de mis recuerdos. Narraciones históricas, anecdóticas y de costumbres mexicanas anteriores al actual estado social. Ilustradas con más de trescientos fotograbados. 7a. edición. México, Patria, S.A., 1978. (Colección “México en el siglo XIX”)., pp. 356-361.

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