UNOS FELICES TURISTAS…

CRÓNICA.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

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    Cuatro turistas ocuparon sendas barreras en sombra. Se les veía felices. Seguramente era la primera vez que acudían a un espectáculo taurino. Tomaron fotos y videos ad nauseam; posaban para esta y otra fotografía. Permanecieron de pie casi todo el festejo, pues no habiendo a quien estorbar en esos lugares semivacíos, parece que esto no se convirtió en objeto de recriminarles algo. Éramos tan pocos en el tendido…

   Percibo que el trasfondo de todo lo anterior era, simple y sencillamente la ausencia de riesgo, esa sensación de peligro que habría si en el ruedo, en vez de esa novillada con escaso trapío y nula casta y bravura hubieran aparecido novillos fuertes, imponentes, con señas claras y manifiestas de embestidas codiciosas, y desde luego novilleros empeñosos, hambrientos de gloria, con ganas de acabar con todo. Es decir, que para los turistas, este cuadro desolador, con toque de fantasía, representaban la digna imagen –seguramente para ellos-, de un parque de diversiones, donde cada quien podría retratarse al pie de la jaula donde habitan los leones o los cocodrilos, sin que ello produzca más que un síntoma de compasión o de satisfacción, si se sabe y se confirma que esos animales, gozan de buenas atenciones.

   En aras de comulgar con la verdad, esta novillada fue insulsa, con un balance en el que los tres aspirantes siguen mostrando sus naturales defectos en esta etapa de aprendizaje, o camino a la alternativa o a la nada. Destacó la actuación de Antonio Mendoza, en la que por momentos mostró adelantos, pero sin “romper”, es decir, sin que se notaran en él esos “atrevidos vuelos” camino a la gloria, justo cuando se puede volcar la plaza, en la que solo priva el delirio, la emoción, el júbilo producido por una faena inolvidable, de esas que no surgen todos los días, pero cuando se da es porque prácticamente se ha producido un milagro. Y lo de ayer domingo, no fue tal.

LOS DE REAL DE VALLADOLID

   Desconozco las causas que el Juez de plaza tuvo para aprobar tamaño despropósito, donde la escasez de todas las condiciones privaban en este caso: edades sospechosas, trapío (¿qué cosa es el trapío?, se preguntaban espantados estos púberes), así como el consiguiente descastamiento que no tuvieron empacho en exhibir y que fue, seguramente el factor principal para que los turistas se lleven a su país todas aquellas fotografías en que por alguna razón confundieron la plaza con un parque de diversiones.

    Eso sí, terminó la novillada librados del aguacero inminente que ya hacía estragos por otras partes de la ciudad.

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