LA MIRADA DE EDWARD B. TAYLOR, VIAJERO EXTRANJERO Y LOS TOROS EN 1856…. LA SEGUNDA.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 II

    Edward B. Tylor comienza su fascinante descripción como sigue:

 Regresamos a México a tiempo para la corrida de toros. El corral de toros era grande y había miles de gentes, pero el espectáculo, evaluado por sus propios méritos o comparado con las corridas en la Vieja España, era abominable. Los toros eran cautelosos y cobardes y solamente con dificultad se dejaron provocar a pelear, y los matadores casi todo el tiempo se equivocaron en el acto de matarlos, parcialmente por falta de capacidad y parcialmente porque es realmente más difícil matar a un toro quieto que a un toro valiente que se lanza directamente a su asaltante. Para completar la medida de toda la función inicua dejaron entrar a una persona despreciable con una daga que le dio mate al animal desdichado que el matador no había logrado matar de la manera legítima. Evidentemente era el fin regular del evento, pues los espectadores no expresaron ninguna sorpresa al respecto.

MÉXICO y LOS MEXICANOS... E. B. TYLOR_1877_p. 162

 Después de terminar la corrida de toros propiamente siguieron dos o tres espectáculos netamente mexicanos que bien valía la pena ver. Un toro muy salvaje fue inducido en el corral donde dos lazadores montados en pequeños caballos hermosos lo estaban esperando. El toro arrancó a toda velocidad persiguiendo a uno de los jinetes que con facilidad se movía delante de él a medio galope, mientras que el otro sin prisa desligó su lazo, lo colgó sobre su brazo izquierdo y luego, agarrando el extremo del lazo con su mano derecha, dejó la cuerda caer a través de la atadura y produjo un nudo corredizo que hizo girar rápidamente dos o tres veces alrededor de su cabeza, y luego lo lanzó con tanta precisión que se acomodó suavemente sobre el cuello del toro. En un momento el otro extremo del lazo fue enrollado varias veces alrededor del pomo de la silla, y el pequeño caballo arrancó a toda velocidad para adelantarse al toro. Pero mientras tanto, el primer jinete había dado vuelta y tirado su lazo al piso, y exactamente en el momento que el toro pisó dentro del nudo subió el lazo alrededor de sus piernas traseras y arrancó a galope en sentido contrario. En el momento que el primer lazo se apretó alrededor de su cuello, el segundo captó su pierna y el animal cayó indefenso en la arena. Luego le quitaron los lazos, lo que no es una tarea fácil si uno no está acostumbrado, y lo dejó correr de nuevo, atrapándolo por las piernas delanteras o traseras como le diera la gana cada vez que pasaba, e inevitablemente dejándolo caer hasta que estuviera cansado y ya no opusieron resistencia. Al final los dos colocaron su lazo sobre sus cuernos y lo sacaron del corral entre los vitoreos de los espectadores. La diversión terminó con el colear, que es una especialidad mexicana y se hace de la siguiente manera. El coleador, montado a caballo, sigue al toro que tiene una idea de que algo está a punto de suceder, y arranca a galope tan rápido como le es posible, echando al lado sus piernas traseras del modo zopenco tan característico de los toros. Ahora el coleador, sentado en su silla picuda mexicana que se levanta adelante y atrás, de manera que el jinete se queda en su lugar sin esfuerzo alguno, se lanza a todo galope tras el toro, y cuando lo alcanza frena a su caballo lo más fuerte que pueda para retenerlo. Pues si el caballo está acostumbrado al deporte, como lo son casi todos los caballos mexicanos, entonces más que cualquier cosa desea repasar al toro, sin haberse dado cuenta de que su jinete no ha agarrado el toro. Bueno, estaba justo detrás del toro, un poco a la izquierda, y fuera del alcance de sus piernas traseras que harían caer el caballo si no se cuida; quita la pierna derecha del estribo, agarra el punto de la cola del toro (que es muy larga), echa su pierna sobre ella y la retuerza alrededor de su pierna debajo de la rodilla. Tiene la brida entre los dientes o la ha soltado por completo, y con la mano izquierda le da al caballo un latigazo, así que se lanza hacia delante con un brinco y el toro, que pierde el equilibrio por el fuerte jalón hacia atrás se cae y rueda sobre la arena, y se levanta con una mirada profundamente a disgusto. Entre más rápido corra el toro, más fácil es hacerlo caer; dos chamacos de entre doce y catorce años colearon unos jóvenes toros en la pista, con gran estilo, tirándolos a todos lados. A los granjeros y los terratenientes les gustan inmensamente esos dos deportes que a los toros, a propósito, aparentemente no les gustan en absoluto. Pero esta función en el lienzo era mejor de lo que por lo regular se ve, y los léperos aplaudieron ruidosamente.

MÉXICO y LOS MEXICANOS... E. B. TYLOR_1877_p. 260

Las ilustraciones aquí incluidas, provienen de la misma edición de 1877.

    Lo que nos cuenta Tylor, al margen de la breve impresión que le produjo el desarrollo de festejo taurino que “comparado con las corridas en la Vieja España, era abominable”, lo cual permite observar que entre la que pudo ser una apreciación previa del mismo viajero que también estuvo en España; y haber presenciado algunos festejos taurinos; estos debieron convertirse en referente tal que lo llevaron a afirmar semejante impresión.

   Sobre la plaza, como espacio para el desarrollo del espectáculo la considera como “corral de toros”, poblado por miles de gentes, lo cual significa que las corridas de toros tenían, por entonces, un enorme poder de convocatoria. Desde su punto de vista, “Los toros eran cautelosos y cobardes y solamente con dificultad se dejaron provocar a pelear, y los matadores casi todo el tiempo se equivocaron en el acto de matarlos, parcialmente por falta de capacidad y parcialmente porque es realmente más difícil matar a un toro quieto que a un toro valiente que se lanza directamente a su asaltante”. Esto es muy interesante, pues indica el alto grado de comprensión habido por nuestro viajero para con la tauromaquia que se practicaba entonces, la cual guardaba, con respecto a España una diferencia notable. También no deja de sorprendernos la impresión que despliega al respecto de los toros: “…eran cautelosos y cobardes y solamente con dificultad se dejaron provocar a pelear…” lo cual deja ver que por entonces se desarrollaba una lidia desordenada, la cual no estaba siguiendo ni por casualidad los parámetros establecidos al menos en las “Tauromaquias” de José Delgado “Pepe Hillo” (1796) y de Francisco Montes “Paquiro” (1836), con lo que entonces debe entenderse que bastaba algunos principios o nociones para llevar a cabo una puesta en escena concebida como corrida de toros. Por lo tanto, habría que ir más allá de la sola idea que se tiene hasta ahora sobre el tipo de toreo, pues con el señalamiento de Tylor, aunque no del todo riguroso, con su sola visión, nos deja ver que entre la española y la mexicana observa dos diferentes interpretaciones de una misma razón: la tauromaquia de a pie.

   Sobre la “persona despreciable” que hizo acto de presencia con una daga (seguramente el “verduguillo” que utilizan los puntilleros… “le dio mate al animal desdichado que el matador no había logrado matar de la manera legítima” es interesante su apreciación, pues por aquella época debió existir ese integrante de la cuadrilla, aunque también era común el uso del “lazo” en cuanto el toro se convertía en blanco de heridas por desacierto del espada en turno.

   Por otro lado no deja ocultar su inclinado interés por circunstancias de fuerte carga rural, mismos que pudieron ser apreciados en este otro ambiente, el urbano. Me refiero al coleadero, ese conjunto de suertes que se practicaron de manera intermitente a lo largo del siglo XIX mexicano en muchas plazas de toros. Apenas habiendo visto esa novedosa escena, disfrutó de ella y la describió de manera afortunada, como si para ello se hubiese adelantado a lo que cuatro años más tarde Luis G. Inclán publicaría en Reglas con que un colegial puede colear y lazar (1860), sin olvidar a Domingo Revilla, para lo cual el bloguero que administra “Aculco, lo que fue y lo que es” y en la siguiente liga (https://www.blogger.com/profile/16810224864405123811) recoge las impresiones de Revilla mismo, para lo cual realiza un amplio análisis al respecto.

   Creo que por todos estos motivos, es de agradecer la reciente ubicación de esos valiosos apuntes del que siendo “cuaderno de viaje” terminaron conociéndose como Anahuac o México y los Mexicanos, antiguos y modernos, cuyo autor: Edward Burnett Tylor, ya es para nosotros un bien identificado personaje en el amplio abanico de los viajeros extranjeros que visitaron nuestro país durante el siglo XIX.

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