APRECIACIONES A LA OBRA DE DOMINGO IBARRA: HISTORIA DEL TOREO EN MÉXICO. TERCERA ENTREGA.

RECOMENDACIONES y LITERATURA.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Por lo que se va observando hasta aquí, ello permite entender a un Domingo Ibarra crítico de las circunstancias que privaban en la época que le toca ser testigo presencial, misma en la que ocurren infinidad de festejos cuyo desarrollo ocasionó diversas reacciones de rechazo o repugnancia. Bien vale separar las posturas personales que podrían haber influido en lectores contemporáneos o posteriores a su obra, pues de lo que se trata aquí es separar la posible manipulación lingüística donde se deja notar su desaprobación, la cual se sustenta en la “tortura”. De esto ha escrito con acierto algunas cosas José Morente en su blog: “Larazónincorpórea.blogspot.mx) en el sentido de explicar que “Términos como tortura no deberían ser utilizados fuera de contexto pues con eso sólo se consigue banalizar la gravedad de la tortura real (la que se produce contra un ser humano indefenso). Tampoco debería ser objeto de utilización o manipulación política.[1]

IBARRA_p. 6-7

    En páginas como la 6 y la 7 de la obra de Ibarra, y recuperado el hilo conductor de sus propósitos, menciona la presencia masiva de plazas de toros cuya construcción comenzó con la de San Rafael, inaugurada el 20 de enero de 1887, a la cual le siguieron otras tantas, hasta el punto de alcanzar a ser ocho, levantadas entre 1887 y 1888. Pero para escribir de plazas nada mejor que citar algunos antecedentes, los cuales remonta hasta la presencia de la plaza del Volador, la cual, entre diversos comportamientos estuvo presente en el espacio que actualmente ocupa la Suprema Corte de Justicia de la Nación, y cuyas más antiguas noticias datan de 1580. La del Volador, todavía funcionó hasta el año de 1815, justo cuando su maderamen pasó a integrarse a otra plaza que ya acumulaba un historial muy particular. Me refiero a la Real Plaza de toros de San Pablo. Dice al respecto Domingo Ibarra que ésta última contaba con tres pisos, un cercado de piedra, y del mismo material el palco donde asistía la autoridad. Evoca la presencia de un famoso toro llamado “Chicharrón”, del cual no menciona su procedencia exacta ni tampoco la fecha,[2] pero sí apunta que este sería toreado por “un diestro caporal venido de una de las haciendas del interior, y que tenía el apodo de Caparratas de quien lamentablemente no hay mayor información, y cuyo perfil encaja en el de otro personaje que 70 años más tarde haría las delicias de muchos aficionados a la fiesta taurina. Me refiero a Ponciano Díaz.

   el resultado para tanta expectación fue de desilusión, y el famoso Chicharrón no fue sino un “buey de carreta”, lo que para la época representó un modelo que hizo suya la política, pues un personaje como José Joaquín Fernández de Lizardi lo incorporó a sus “Alacenas de Frioleras” como emblema de una supuesta maravilla que al final se convierte en un fraude, síntoma que tiene mucho parecido precisamente en el territorio de quienes detentan el arte de la política, tema del que se ocupó frecuentemente el “Pensador Mexicano” en sus incontables textos.

   Ibarra, compara el hecho con la expectación que causó la presentación de Luis Mazzantini, el 16 de marzo de 1887, la cual trajo consigo la consigna de “tarde expectación, tarde de desilusión”, pues aquello fue el escándalo más notorio que hasta entonces había ocurrido en una plaza de toros. Aquella ocasión, el de Elgóibar lidiaba un encierro de Santa Ana la Presa, una de esas haciendas que hoy denominaríamos como del “agarradero”, es decir sin el reconocimiento testimonial de un trayecto, sino más bien de un espacio que pudo haber tenido en sus potreros ganado de media casta o algo parecido, pues en el ruedo resultó ser una mansada de solemnidad, lo que devino en gran bronca y una parcial destrucción de la plaza de toros de San Rafael, donde ocurrieron los hechos. Las crónicas hablan de que Mazzantini salió escoltado por la policía hacia la estación central del ferrocarril, con objeto de salir de la ciudad, pero en esos momentos no valieron ni la policía ni nada que protegiera a don Luis del desacuerdo popular, traducido en gritos, insultos y el lanzamiento de objetos en su camino. Al llegar a los andenes de aquella estación, todavía vestido de luces, se cuenta que tomó una zapatilla, y sacudiéndola con desdén sentenció: “¡De México, ni el polvo…!” Claro, la prensa hizo de la misma frase todo un disfrute de sus descargas plumíferas, pues no hubo quien dijera: “¿Pero qué tal las talegas de dinero?”

   En un nuevo segmento, Ibarra se ocupa del caso en que la plaza de toros de San Pablo fue intencionalmente incendiada por algunos fanáticos que detestaban el espectáculo, o estaban en contra de las intenciones del empresario. De igual forma también refiere algunos aspectos de la Plaza Nacional de Toros, de la que saldrán a flote algunas ideas párrafos más adelante. El hecho es que hasta Carlos María de Bustamante, declarado antitaurino escribió en su “Diario Histórico de México” apuntes relativos a aquellos acontecimientos, de ahí que me permita traer hasta aquí algunas notas mías alusivas al caso.

 OPINIÓN QUE TUVO DE LOS TOROS CARLOS MARÍA DE BUSTAMANTE.

    Al anuncio de la coronación de Agustín de Iturbide, como Agustín I, no podían faltar las corridas de toros, de las que apenas existen algunas evidencias, contadas por la pluma de uno de los más importantes historiadores de aquel momento: Carlos María de Bustamante.

   El “libertador” de México y la primera cabeza del Estado independiente de este país (primero como presidente de la regencia, luego como emperador), gobernó desde septiembre de 1821 hasta marzo de 1823, ciclo de los más fascinantes de la historia de México, puesto que en ese lapso enfrentó el reto de crear un gobierno y forjar una nación a partir de un vasto territorio que hasta entonces había sido una colonia de España, un territorio al que también se sumaba Centroamérica. Luego de la emancipación, el problema fundamental de México estaba fincado en cómo organizarse a sí mismo como una entidad separada, asunto este que se encontraba en manos -fundamentalmente- de nuestro personaje. Sin embargo, Iturbide fue un fenómeno que no merece el estatus de no-persona. Tanto él como su imperio no son populares y hacia ambas figuras el odio popular fue sintomático. Finalmente, era un hombre de carne, hueso y espíritu, pero el pueblo y las figuras más importantes del ambiente político -Bustamante entre ellas-, lo atacaron de tal forma que acabaron destruyéndolo.

   En esta breve revisión que nos sirve para conocer el perfil de aquel periodo, vayamos ahora a conocer lo que Bustamante escribió en su Diario Histórico de México, larga reseña de varios años y de la que apenas se ha publicado lo escrito de diciembre de 1822 a diciembre de 1825. Otros cuarenta volúmenes aproximadamente, permanecen inéditos en una biblioteca zacatecana. La primer nota de tinte taurino, escrita por Bustamante -que tiene un carácter severamente crítico, puesto que el historiador mexicano no era aficionado y hasta repudiaba el espectáculo-, aparece el sábado 1º de febrero de 1823. En ella se desborda sobre los acontecimientos cotidianos que narra de la siguiente manera:

    Llegamos al tercer mes de la tercera revolución; quisiera abrir la escena dándote, hermana muy querida, una sinfonía tan alegre, como la que precede a la ópera del Barbero de Sevilla; pero no es dado a mi lira, ni tampoco a mi pincel trazarte un cuadro divertido; sin embargo, tu imaginación muy apta para fingirse monos, podrá trasladarse hasta la plaza de toros de México (ubicada en la ahora Plaza de la Constitución, y a un costado de la estatua de Carlos IV), que verá presidida de un Emperador por la Divina Providencia (si tal puede llamarse la voluntad del sargento Pío Marcha, Marqués del Bodegón, Conde S. Pedro del Alamo y chusma de borrachos del barrio del Salto del Agua), más gordo y cebón que un gato viejo del refectorio… porción de banderilleros y picadores, puestos de hinojos ante su Majestad Imperial implorando su bendición; no de otro modo que los hidalgos de Castilla, de los días de Sancho el Bravo, prestaban pleito homenaje; o sea como un Provincial del Carmen a quien saludan diciéndole su fraile: Benedicite… y él les responde, con gentil continente y gran mesura: id en paz… Tal es, pues, la escena que ha visto la gran México en estos días y que ha arrancado lágrimas a corazones sensibles, precisándolos a decir con un romano: ¡Oh! pueblo inmoral, encenegado en la apestosa cuitla (cuitla en idioma mexicano equivale a suciedad) de los vicios, formados en la escuela de los españoles, ¿cómo toleráis esta escena de ignominia?… ¡Ah!, mientras esto pasa a vuestra vista, los Bravos, los Guerreros, los Castros, los Espinosas, los Santa Anna, los Victorias y los Gómez, sostienen los derechos de vuestra libertad en los campos, y desafían a la tiranía cuerpo a cuerpo; esto hacen, mientras que vos, presidido de lo que llamáis nobleza magnaticia de los Leoneles y Cervantes, os humilláis a las plantas de un tirano, y quemáis vuestros inciensos ante ese ídolo de fatuidad… ¡Mexicanos! mirad el papel que representáis en la escena del mundo ilustrado! ¡conoced por estos trazos de mi torpe pluma todo el fondo de vuestra ignominia!… ¡Ah! ¡llenáos de mengua y confusión! Desaparezca México del rango de los pueblos libres… Húndase en el fondo de sus lagunas, y paseése por sobre ellas el lívido y espantoso genio de Maxtla y de Tezozomoc, de aquellos tiranos que cuatro siglos ha que la enseñorearon, y cuyo espíritu anima a sus degradados hijos… Basta de digresión y digamos que lo que está en boca de todos y de quienes sólo soy un eco.[3]

   Don Carlos representa la figura de aquellos mexicanos deseosos de nuevos destinos, su espíritu es semejante al de fray Servando Teresa de Mier. Solo que la presencia obstaculizadora de un “tirano” como Iturbide en las aspiraciones en el nuevo destino de México, inspiraron en Bustamante un ambiente de animadversión y desacuerdo que iba moldeándose en cada una de las páginas del DIARIO durante el periodo reinante de Agustín I. Por supuesto que las notas relativas al acontecimiento reseñado, dejan ver también su rechazo a la costumbre y tradición española de los toros, que pasa a ser parte de “aquellos tiranos (también) que cuatro siglos ha que la enseñorearon, y cuyo espíritu anima a sus degradados hijos…”, escuela y escena de ignominia, tremendas y pesadas razones establecidas por los hispanos.

   Al mencionar la “plaza de toros de México” se refiere, como ya nos ha dicho, a la que se instaló de 1822 a 1825 aproximadamente en el espacio imponente de la “Plaza de la Constitución”, compartiendo hasta 1823 con la famosa estatua de Manuel Tolsá, conocida popularmente como “El Caballito” en que fue enviada al claustro de la Universidad. De los pocos datos existentes al respecto del coso “efímero”,[4] y uno de ellos nos remite a la corrida efectuada el domingo 15 de agosto de 1824[5] mientras sirve como sucedánea de la plaza de san Pablo, misma que se quemó en 1821.

   Respecto a algunos datos de la Real Plaza de toros de san Pablo me encuentro con un dilema: en 1815 se reconstruyó -en una de sus permanentes rehabilitaciones-, a partir del maderamen que dejó disponible el desmantelamiento de la plaza del Volador, ocurrido un año atrás. Al parecer en abril de 1821 sufre un incendio y no se sabe más noticia que hasta su nueva reinauguración, en 1833. Bustamante aporta un dato interesante:

 Domingo 4 de enero de 1824 (Bello tiempo).

   Esta tarde ha habido una excelente corrida de Toros en la Plazuela de S. Pablo, cuios productos serán aplicados al reparo de la Plaza mayor. La función ha estado muy concurrida.[6]

    Es decir, el Ayuntamiento interesado en la continuidad del espectáculo o algún asentista de la época se propusieron remozar el coso y así dar continuidad a las fiestas, para permitir con ello el arreglo de la Plaza mayor misma que, seguramente, presentaba un panorama de descuido.

   Se ubicaba en la manzana formada al norte, por la Iglesia de San Pablo el Nuevo, al oriente, callejón del Topacio, hoy tercera calle del Topacio, y por el poniente, con la segunda calle de Cuevas, hoy novena de Jesús María.[7]

   Sin embargo, la Plaza Nacional de toros ¿o la de San Pablo? tuvieron un mismo destino: se quemaron. Fue el 9 de mayo de 1825, día de horrible calor, según Bustamante, que se incendió la Plaza de Toros “que la ha reducido a pavezas”. Un día después el mismo autor del Cuadro Histórico apunta:

    Mucho da que decir y pensar el incendio de la Plaza de Toros: a lo que parece se le prendió fuego por varias partes, pues ardió con simultaneidad y rapidez. ¿Quién puede haver causado esta catástrofe? He aquí una duda suscitada con generalidad, y atribuida con la misma a los Gachupines para hacerlos odiosos y que cayga sobre ellos el peso de la odiosidad y persecución, opinión a que no defiero, no por que no los crea yo muy capaces hasta de freirnos en aceyte, sino por que ellos obran en sus intentonas con el objeto de sacar la utilidad posible, y de éste ninguna sacarían. Otros creen que algún enemigo del asentista Coronel Barrera fué el autor de este atentado, y aún él mismo ministra fuertes presunciones para creerlo; en la postura a la Plaza se la disputó un Poblano tenido por hombre caviloso y enredador, y tanto como encargado por el Ayuntamiento de esta Capital de plantear la Plaza de Toros para la proclamación de Yturbide fué necesario quitarle la encomienda por díscolo: en el calor de la disputa dixo con énfasis a Barrera… Bien, de V. es la Plaza, pero yo aseguro a V. que la gozará por poco tiempo -expresiones harto significantes y que las hace valer mucho el cumplimiento extraordinario de este vaticinio. Se asegura que fueron aprendidos dos hombres con candiles de cebo: veremos lo que resulta de la averiguación judicial que se está haciendo; por desgracia no tenemos luces generalmente de Letras sino de letras muy gordas y incapaces de llevar la averiguación acompañada de aquella astucia compatible con el candor de los juicios, ni hay un escribano como aquel Don Rafael Luaro que supo purificar el robo de Dongo en los primeros días de la administración del Virey Revillagigedo de un modo que asombró a los más diestros curiales.

   En el acto del Yncendio ocurrió la compañía de granaderos del número Primero de Ynfantería la que oportunamente cortó la consumación del fuego con la Pulquería inmediata de los Pelos el que pudo haverse comunicado al barrio de Curtidores: esta tropa al mando del Teniente Coronel Borja trabajó tanto que dexó inutilizadas sus herramientas. Del edificio no ha quedado más que el Palo de en medio donde estaba la asta bandera, e incendiado en la puerta, lo demás es un cerco de ceniza que aun no pierde la figura de la plaza. Desde el día anterior se notó que en la tarde procuraron apagar con el cántaro de agua de un vendedor de dulces el fuego que aparecía en un punto de la Plaza. Dentro de ella había quatro toros vivos, y tres mulas de tyro; todas perecieron, y ni aún sus huesos aparecen. De los pueblos inmediatos ocurrieron muchas gentes a dar socorro, pues creyeron que México perecía; tal era la grandeza de la flama que se elevaba a los cielos. El daño para el asentista es gravísimo, pues a lo que parece en la escritura de arrendamiento estipuló que respondía la Plaza si pereciese por incendio u otro caso fortuito. ¡Cosa dura vive Dios! que pugna con los principios de equidad y justicia. Además tenía contratada una gruesa partida de toros para lidiar al precio de 50 pesos al administrador del Condado de Santiago Calimaya de los famosos toros de Atengo. Todo esto nos hace sentir esta desgracia, y pedir fervorosamente al cielo no queden impunes los autores de un crimen de tanta trascendencia, y que envalentonará con su impunidad a los malvados a cometer otros de la misma especie.[8]

 Por otro lado me amparo en Enrique de Olavarría y Ferrari quien nos dice:

 En cambio las lides de toros sufrieron un rudo golpe con la completa destrucción de la Plaza Nacional taurina, que en la madrugada del 9 de Mayo (de 1825) comenzó a incendiarse, cebándose las llamas en aquella enorme construcción de apolillada madera, con tal actividad, que en poco tiempo quedó reducida a cenizas.[9]

    La confusión a que se expone el presente material es que se dice que estaba en servicio la plaza de san Pablo en 1824 (justo el 4 de enero), cuando sólo sabemos que era la Plaza Nacional de Toros (1821-1825), junto a las de don Toribio y Necatitlán, las que funcionaban por aquel entonces.

   Pero el hecho de que la plaza de toros de San Pablo, junto a la Plaza Nacional de toros, don Toribio y Necatitlán dieran corridas en aquellas fechas, significa que la ciudad de México y su población, gozaban del espectáculo.

   Bien. El hecho de la mencionada “confusión” parte en el momento en que Bustamante cita la Pulquería inmediata de los Pelos (lugar donde ocurre el incendio) el que pudo haverse comunicado al barrio de Curtidores. Dicho barrio colindaba al de san Pablo mismo, según revisión hecha a plano de la época. Además Del edificio no ha quedado más que el Palo de en medio donde estaba la asta bandera ornamento que no tenía la Plaza Nacional de Toros, según grabado de la época, pero que otros si lo ilustran para la de san Pablo. Esto es, que la plaza incendiada resulta ser la de san Pablo (misma que sufrió ese accidente en 1821), inmueble que seguramente movió a fuertes disputas por su regencia, como se aprecia a la hora en que Otros creen que algún enemigo del asentista Coronel Barrera fué el autor de este atentado, y aún él mismo ministra fuertes presunciones para creerlo; en la postura a la Plaza se la disputó un Poblano tenido por hombre caviloso y enredador, y tanto como encargado por el Ayuntamiento de esta Capital de plantear la Plaza de Toros para la proclamación de Yturbide fué necesario quitarle la encomienda por díscolo: en el calor de la disputa dixo con énfasis a Barrera… Bien, de V. es la Plaza, pero y aseguro a V. que la gozará por poco tiempo -expresiones harto significantes y que las hace valer mucho el cumplimiento extraordinario de este vaticinio-.

   La Plaza Nacional de Toros también de madera, seguramente cumplió el ciclo de su vida en ese mismo 1825 -justo el 9 de mayo-, fecha que como ya vimos, nos facilita de pasada para información de su perecedera existencia; pues muchas de las plazas levantadas para celebrar corridas tenían una vida efímera al quedar inservible el material con que se construían y ambas plazas -ya desaparecidas en el mismo año- fueron sustituidas por otra que se levantó a un costado de la Alameda (en los rumbos de la Mariscala). Recordemos que en tiempos coloniales hubo alguna plaza que colindaba también con la Alameda y estaba a un lado del “quemadero” de san Diego (actualmente la Pinacoteca Virreinal). Años después, de nuevo funciona la de san Pablo (a partir de 1833), cuya vida se extenderá hasta 1864, año definitivo en que desaparece, no sin faltar otras interrupciones, como aquella de 1847, cuando la ciudad de México sufrió la invasión del ejército norteamericano y hubo necesidad de utilizar gran parte de tablas y tablones colocados en el coso para la defensa de dicha invasión. Creo que el propósito por aclarar estos datos alcanza alguna luz, luego de separar la historia de cada plaza, que, por consecuencia se juntan en un momento muy cercano.

   Esto es apenas una parte del estudio que se realiza para conocer -entre la basta obra de don Carlos- la parte taurina que se encarga de reseñarnos, aún a pesar de su rechazo totalmente declarado.

   El Diario Histórico de México reúne una serie de datos que dan idea del entorno social, político y económico del México que ya es independiente pero que vive los primeros años de dicha etapa en medio de todos los contrastes posibles. No dudo que entre los 20 años que aprehendió en dicha obra (1820-1840 aproximadamente) se encuentren otros valiosos informes de un antitaurino, pero no de un personaje consciente de su realidad actual: la de dejar registro de todo cuanto sucedía a su alrededor. Ojalá que existiera un proyecto que intente ese nuevo reencuentro iniciado por Edmundo O´Gorman hace ya buen número de años, pero que puede rescatarse si el estado apoya a algún grupo de investigadores con propósitos de publicación y estudio del resto de la citada obra.

   Con todo lo anterior dejo entrever mi interés y preocupación por estudiar otros terrenos de la historia de México, junto con otra que es la que en lo particular me compromete.

   No queda sino mencionar la enorme posibilidad de enriquecer estas visiones con otros apuntes del notable historiador oaxaqueño quien, en el resto de su obra no soslayó, aunque fuera con observaciones antitaurinas a este interesante espectáculo popular. Creo que será en otros trabajos de estas mismas características, donde el lector podrá encontrar esas otras rarezas o curiosidades, esbozadas por pluma tan significativa.

CONTINUARÁ.


[1] “Toros en Alicante (I) De Alcalá-Zamora a Pedro Sánchez [en línea], 2014, http://larazonincorporea.blogspot.mx/ [consulta: 6 de octubre de 2014]

[2] Lo cual pudo haber sucedido entre 1814 o 1815.

[3] Carlos María de Bustamante: DIARIO HISTORICO DE MEXICO. DICIEMBRE 1822-JUNIO 1823. Nota previa y notas al texto Manuel Calvillo. Edición al cuidado de Mtra. Rina Ortiz. México, SEP-INAH, 1980. 251 pp. Tomo I, vol. 1., p.123.

[4] Puede hablarse de un cambio de concepciones en cuanto a la posibilidad de hacer permanente el espectáculo en plazas que no guardan el síntoma de la permanencia-, debido a que se construyeron sus edificios a partir del apoyo de madera y nunca como posible escenario definitivo, sea este de mampostería, piedra u otros materiales.

   Se trata, en todo caso, de algo que puede ser calificado como de arquitectura efímera. Véase de Guillermo Tovar de Teresa: “Arquitectura efímera y fiestas reales. La jura de Carlos IV en la ciudad de México, 1789”. Artes de México, nueva época, Nº 1, otoño de 1988, p. 42-55.

   Otras plazas.-Sin afán de profundizar con detalles y minucias en plazas efímeras, dedicaré un poco de atención a aquellas que prestaron sus servicios de manera provisional. 

CUADRO_PLAZAS DE TOROS_BFH

Benjamín Flores Hernández: “Sobre las plazas de toros en la Nueva España del siglo XVIII”. México, ESTUDIOS DE HISTORIA NOVOHISPANA, vol. 7. (México, 1981). pp. 99-160, fots., p. 158-160.

[5] PLAZA NACIONAL DE TOROS

Domingo 15 de agosto de 1824

(Si el tiempo lo permite)

La empresa, deseando tomar parte en los justos regocijos por los felices acontecimientos de Guadalajara, no menos que en la debida celebridad del EXMO. SR. D. NICOLAS BRAVO, á cuya política y acierto se han debido, determina en la tarde de este día una sobresaliente corrida, en la que se lidiarán ocho escogidos toros de la acreditada raza de Atenco, incluso el embolado, con que dará fin.

   Con tan plausible objeto las cuadrillas de á pie y á caballo ofrecen llenar el gusto de los espectadores en cuanto les sea posible, esforzando sus habilidades.

ENTRADAS

Sombra: Con boletines que se espenderán á cuatro reales en la primera casilla

Sol: Con boletines que se espenderán á 2 reales en las casillas 7ª y 8ª, y se entregaran en la puerta.

   Las lumbreras por entero se arrendarán a cuatro pesos cada una con boletines de ocho personas en la alacena de D. Anacleto González en el portal de Mercaderes, desde el día anterior hasta la una de este, y de esta hora en adelante en la puerta principal de la misma plaza.

[6] Bustamante, Carlos Ma. de: Op. cit., T. I., Vol. 2, enero-diciembre 1824, p. 11.

[7] Lauro E. Rosell: Plazas de toros de México. Historia de cada una de las que han existido en la Capital desde 1521 hasta 1936. México, Talleres Gráficos de EXCELSIOR, 1945. 192 pp. ils., fots., p. 18.

[8] Diario Histórico de México. Enero-Diciembre 1825. Tomo III Vol. 1: p. 72-3.

[9] Enrique de Olavarría y Ferrari: Reseña histórica del Teatro en México por (…). 2ª edición, México, Imprenta, Encuadernación y papelería “La Europea”, 1895. Tomo I. 383 p., p. 222.

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