Archivo mensual: noviembre 2014

SOBRE LA HISTORIA DE LA PRENSA TAURINA EN MÉXICO.

PONENCIAS, CONFERENCIAS y DISERTACIONES.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 ORIGEN, DESARROLLO y CONSOLIDACIÓN DE LA PRENSA TAURINA EN MÉXICO. DEL SIGLO XVI A NUESTROS DÍAS.

    Recientemente, tuve oportunidad de participar en las Jornadas Internacionales TAUROMAQUIA. Historia, Arte y Literatura en Europa y América, celebradas del 5 al 8 de noviembre, en el Salón de Carteles de la Real Maestranza de Caballería, en Sevilla. Por razones que no vienen al caso mencionar no pude estar presente. Sin embargo, y gracias al apoyo de mi colega y amigo el Dr. Arturo Aguilar Ochoa, fue posible que realizara la lectura de mi ponencia, la cual lleva el título: “Origen, desarrollo y consolidación de la prensa taurina en México. Del siglo XVI a nuestros días”. 

JORNADAS INTERNACIONALES1 JORNADAS INTERNACIONALES2

 Ambos, compartíamos la misma mesa, la II. Tauromaquia en la historia de América, y su tema abordó “La mirada de los viajeros sobre la Fiesta de Toros en México en la primera mitad del siglo XIX”. Hasta donde tengo conocimiento, estos dos temas fueron motivo de un atento e interesado auditorio que llenó aquel espacio alterno a la emblemática plaza de toros, la “Maestranza de Sevilla”.

   Por tratarse de un tema que considero importante, y tras haberse realizado dicha actividad, me permito compartir con ustedes el texto que allí fue dado a conocer, con el objeto de que conozcan en su parte medular los propósitos de esta investigación en marcha. 

CARÁTULA FIJA

    Cronistas para menesteres taurinos, los ha habido desde tiempo inmemorial. Buenos y malos, regulares y peores. Recordamos aquí, a vuelo de pluma al mismísimo Capitán General Hernán Cortés, quien le envió recado a su majestad, en la Quinta Carta-Relación en 1526 de un suceso taurino ocurrido el día de San Juan… Y luego, las ocurrencias descritas por el soldado Bernal Díaz del Castillo (hoy día a punto de perder su jetatura o su condición de señor feudal en lo literario, sobre todo a partir de la aparición del trabajo de Christian Duverger, mismo que entregó hace relativamente poco una serie de conclusiones contundentes al respecto)[1] cuando se firmaron las paces de Aguas Muertas, en 1536. Ya en el siglo XVII, Bernardo de Balbuena nos legó en su Grandeza Mexicana un portento poético, descripción precisa de aquella ciudad que crecía, se hundía y volvía a crecer con su gente y sus bondades y su todo.

   Por fortuna, ciertos impresos virreinales dados por perdidos hoy día aparecen y el de María de Estrada Medinilla, escrito en 1640, curioso a cual más… es uno de ellos. Se trata de una joya, y me refiero a la descripción de las Fiestas de toros, juego de cañas y alcancías, que celebró la Nobilísima Ciudad de México, a 27 de noviembre de 1640, en celebración de la venida a este Reino, el Excmo. Señor Don Diego López Pacheco, Marqués de Villena, Duque de Escalona, Virrey y Capitán General de esta Nueva España. Y luego, las cosas que escribió el capitán Alonso Ramírez de Vargas, sobre todo su Romance de los rejoneadores… en 1677. Y entre las obras ya mencionadas, no podemos olvidar lo que publicaron Gregorio Martín de Guijo y Antonio de Robles, quienes hicieron del Diario de sucesos notables (1648–1664 y 1665–1703, respectivamente) la delicia de unos cuantos lectores, si para ello recordamos que los índices de legos eran bajos, como hoy día lo sigue siendo por una marcada ausencia de lectores. Aquí también cabe la posibilidad de agregar la Gazeta de México, cuyo responsable fue Juan Ignacio María de Castorena Ursúa y Goyeneche entre los años de 1722, 1728 y 1742 respectivamente.

PASAJES DE LA DIVERSIÓN

De la edición facsimilar realizada por Salvador García Bolio y Julio Téllez, citada en el presente texto.

    Y luego, ya en pleno siglo XVIII obras como las de Francisco José de Isla,[2] de 1701, o la de Cayetano Cabrera y Quintero, el Himeneo Celebrado, que dio a la luz en 1723, en ocasión de las Nupcias del Serenísimo Señor DON LUIS FERNANDO, Príncipe de las Asturias, con la Serenísima Señora Princesa de Orleáns. En 1732, entregaban a la imprenta, tanto Joseph Bernardo de Hogal como el propio Cabrera y Quintero y el bachiller Bernardino de Salvatierra y Garnica sendas obras que recordaban el buen suceso de la empresa contra los otomanos en la restauración de la plaza de Orán. Ya casi para terminar ese siglo, considerado como “el de las luces”, quien deja testimonio poético de otro suceso taurino es el misterioso Manuel Quiros y Campo Sagrado.[3]

   Para el siglo XIX, plumas célebres como las de José Joaquín Fernández de Lizardi, Guillermo Prieto o Luis G. Inclán dedican parte de su obra al tema taurino. Afortunadamente comenzaron a aparecer en forma más periódica ciertas crónicas, como la que, para Heriberto Lanfranchi es la primera en términos más formales. Data de la corrida efectuada el jueves 23 de septiembre de 1852, y que apareció en El Orden Nº 50 del martes 28 de septiembre siguiente. Ello es una evidencia clara de que ya interesaba el toreo como espectáculo más organizado o más atractivo en cuanto forma de su representación.

   Surge, casi al finalizar ese siglo apasionante un capítulo que, dadas sus características de formación e integración es difícil sintetizar en esta ocasión, pero trataré de hacer apretado informe.

   Es a partir de 1884 en que aparece el primer periódico taurino en México: El Arte de la Lidia, dirigido por Julio Bonilla, quien toma partido por el toreo “nacionalista”, puesto que Bonilla es nada menos que el representante del diestro Ponciano Díaz. Dicha publicación ejemplifica una crítica al toreo español que en esos momentos están abanderando diestros como José Machío; pero también por Luis Mazzantini, Diego Prieto, Ramón López o Saturnino Frutos.

LA VERDAD DEL TOREO

Curioso ejemplar de La Verdad del Toreo, que se publicó en la ciudad de México en el curso de 1887.

    La participación directa de una tribuna periodística diferente y a partir de 1887, fue la encabezada por Eduardo Noriega quien estaba decidido a “fomentar el buen gusto por el toreo”. La Muleta planteó una línea peculiar, sustentada en promover y exaltar la expresión taurina recién instalada en México, convencida de que era el mejor procedimiento técnico y estético, por encima de la anarquía sostenida por todos los diestros mexicanos, la mayoría de los cuales entendió que seguir por ese camino era imposible; por lo tanto procuraron asimilar y hacer suyos todos los novedosos esquemas. Eso les tomó algún tiempo. Sin embargo pocos fueron los que se pudieron adaptar al nuevo orden de ideas, en tanto que el resto tuvo que dispersarse, dejando lugar a los convenientes reacomodos. Solo hubo uno que asumió la rebeldía: Ponciano Díaz Salinas, torero híbrido, lo mismo a pie que a caballo, cuya declaración de principios no se vio alterada, porque no lo permitió ni se permitió tampoco la valiosa oportunidad de incorporarse a ese nuevo panorama. Y La Muleta, al percibir en él esa actitud lo combatió ferozmente. Y si ya no fue La Muleta, periódico de vida muy corta (1887-1889), siguieron esa línea El Toreo Ilustrado, El Noticioso y algunos otros más, que totalizan (entre 1884 y 1910), por ahora un número cercano a los 120 títulos. Para terminar de entender a Ponciano Díaz, eje fundamental del toreo de finales del XIX, debo agregar que este personaje, del que he estudiado por más de 25 años sus principales circunstancias, no sólo como torero. También como ser humano, ha representado un interesante caso de investigación, pues Ponciano jugó un papel en el que habiendo aprendido y aprehendido los quehaceres cotidianos en el ámbito rural, los puso en práctica ya estilizados, en las plazas de toros. Esas puestas en escena estuvieron colmadas de la natural y espontánea asimilación de quehaceres cuya impronta se desarrollaba en estado puro. Como “estado puro” me refiero a esa original ejecución de suertes como colear y lazar, poner banderillas a caballo (con silla o sin ella). Y luego, todo un conjunto de escenificaciones “parataurinas”, es decir, lo que se configuraba en mojigangas y demás aderezos propios del espectáculo que fue común denominador, sobre todo en la segunda mitad del siglo XIX mexicano.

   En 1887, y con la llegada de los españoles a México, comenzó lo que he definido como la “recoquista vestida de luces”. Ello significó la puesta en marcha de un proceso depurador en la tauromaquia mexicana (que era hasta entonces un híbrido a pie y a caballo), pues se impuso el toreo de a pie, a la usanza española en versión moderna. Ponciano, hizo suya esa manifestación, y al hacerlo se convirtió para muchos aficionados y seguidores en un auténtico “traidor”, pues muchos creyeron que renunciaba a sus orígenes. Tras la confirmación de alternativa en Madrid, ocurrida el 17 de octubre de 1889, comenzó para el “torero con bigotes” su auténtica decadencia, lo que significó para ese ser humano un duro conflicto existencial, mismo que resolvió alejándose paulatinamente de las plazas, y teniendo como nuevo aliciente o estímulo el alcohol. Buscó nuevas alternativas como convertirse en empresario, pero ese ejercicio no tuvo resultados satisfactorios, sino una constante crítica de parte de la prensa y el público en general. Muere de cirrosis hepática el 15 de abril de 1899, y con él también culmina la expresión del toreo a la mexicana, en la que Ponciano Díaz fue su último reducto.

EL VALEDOR TAURINO

Único ejemplar con tema taurino publicado en El Valedor, semanario publicado en 1888.

    A todo este conjunto de datos, no puede faltar una pieza importante, alma fundamental de aquel movimiento, que se concentró en un solo núcleo: el centro taurino “Espada Pedro Romero”, consolidado hacia los últimos diez años del siglo XIX, gracias a la integración de varios de los más representativos elementos de aquella generación emanada de las tribunas periodísticas, y en las que no fungieron con ese oficio, puesto que se trataba –en todo caso- de aficionados que se formaron gracias a las lecturas de obras fundamentales como el “Sánchez de Neira”, o la de Leopoldo Vázquez. Me refiero a personajes de la talla de Eduardo Noriega, Carlos Cuesta Baquero, Pedro Pablo Rangel, Rafael Medina y Antonio Hoffmann, quienes, en aquel cenáculo sumaron esfuerzos y proyectaron toda la enseñanza taurina de la época. Su función esencial fue orientar a los aficionados indicándoles lo necesario que era el nuevo amanecer que se presentaba –insisto en la definición- con el arribo del toreo de a pie, a la usanza española en versión moderna, el cual desplazó cualquier vestigio o evidencia del toreo a la “mexicana”, reiterándoles esa necesidad a partir de los principios técnicos y estéticos que emanaban vigorosos de aquel nuevo capítulo, mismo que en pocos años se consolidó, siendo en consecuencia la estructura con la cual arribó el siglo XX en nuestro país.

   A los nueve títulos que aparecieron en LECTURAS TAURINAS DEL SIGLO XIX,[4] antología preparada por Bibliófilos Taurinos de México en 1987, con motivo de los cien años de corridas de toros en la ciudad de México, debo sumar otra larga lista de cerca de 50 obras publicadas algunas, como fundamento político, otras, como discurso de repudio y rechazo al espectáculo mismo, pero todas, obras al fin y al cabo que tuvieron como caja de resonancia el pretexto taurino.

   Ahora bien, respecto a la actividad que han desempeñado las revistas literarias al acercarse al tema taurino, nos encontramos con escasa afluencia de datos. Así, el siglo XIX que acabamos de repasar no tiene, en todo ese balance, ningún registro y ni El Renacimiento, ni La revista azul, entre otras de notable memoria, tuvieron acercamiento con los toros, sobre todo debido a una causa elemental: sus ideologías de avanzada estaban comprometidas con el positivismo y el modernismo. En ello, el toreo era una especie de antítesis de tal condición. Pero más aún, por el hecho de que personajes como Ignacio Manuel Altamirano Manuel Gutiérrez Nájera eran antitaurinos, declaración de principios que compartieron con Francisco Sosa, Ciro B. Ceballos o Enrique Chavarri.

   El tema, por tratarse de algo novedoso, no nos permite más que detenernos en algunos ejemplos aislados que encuentran plena justificación para explicar que hoy día, han aparecido publicaciones como Castálida[5] o Cariátide,[6] sin olvidar la entrañable publicación de El hijo pródigo, en uno de cuyos números del año 1944 se publicó el interesante ensayo de Carlos Fernández Valdemoro que llevó por título: Disposición a la muerte,[7] ensayo que posteriormente daría forma y cuerpo a las ideas planteadas tanto en Los arquitectos del toreo moderno como en El Toreo, arte católico. En el caso de Disposición a la muerte, nos encontramos ante el gran acercamiento a la interpretación que, sobre este ejercicio esencial, debe ser entendido no solo como diversión popular. También como una expresión de nuestro tiempo que, en tanto anacrónica se acerca a los territorios del sacrificio. De ahí su polémico discurso que sigue siendo sometido a encontradas diferencias entre quienes de manera casi eterna son –para José Alameda- sus seguidores y sus contrarios.

   Por otro lado, se encuentra la revista científica del CONACYT que acogió el tema taurino allá por 1980 en una peculiar publicación denominada ¡A los toros![8] En dicho ejemplar, pudieron reunirse las plumas más emblemáticas que colaboraron en diversos periódicos y revistas cuya influencia temporal va de la tercera a la octava década del siglo pasado. No faltaron las opiniones de otros tantos intelectuales en pro o en contra del espectáculo que colaboraron en esa publicación hasta convertirla en referente y materia de consulta para entender diversas posiciones entre el dictamen evolutivo que estaba alcanzando, por entonces, la tauromaquia. Llama la atención el hecho de que una publicación, destinada generalmente a las ciencias exactas, dedicara por entonces ese número que rompió definitivamente con el encasillamiento de que no siempre el toreo es sólo arte. También, y por lo visto, también es ciencia, por aquello de la técnica que viene implícita desde los tiempos en que tanto José Delgado y Francisco Montes, dictaron sus Tauromaquias.

   A veces, y esto sólo quisiera lanzarlo como “cuarto a espadas” o dejar “una pica en Flandes”, en el hecho de que el toreo no es arte, ni deporte (como muchos quieren verlo ahora –y ojalá que nunca tengamos que ver enfundados a los toreros en calzoncillos o camisetas-). El toreo es sacrificio, holocausto, entendido como la razón de un ritual que nos lleva, por consecuencia a buscar la summa[9] de todos aquellos elementos que lo enriquecen o lo complementan.

   Casi treinta años separan ¡A los toros! de Castálida y un poco más de Cariátide, lo que significaba ya una necesidad de reencuentros interpretativos que permitieran establecer diversas perspectivas, conducidas por banderas de preocupaciones y tribulaciones derivadas del siempre deseable alumbramiento editorial en torno a los toros.

   Revistas de este orden aparecen de vez en vez, por lo que cada vez que salen a la luz debe celebrarse su presencia, misma que reafirma la perspectiva de diversos analistas, escritores, investigadores o historiadores quienes articulan, en conjunto, la nueva y fresca visión del anacrónico espectáculo que sigue sujeto a permanencia o supervivencia. Ese dilema, es fruto de la confrontación a que se ha visto sujeta la tauromaquia en tiempos recientes, y creo que en otras tantas etapas también, desde aquellos tiempos polémicos en que diversos jerarcas de la iglesia, monarcas o plumas de avanzada, lanzaron contra el toreo bulas papales, edictos, pragmáticas-sanciones y célebres editoriales como aquella de Ignacio Manuel Altamirano en 1867, apenas impuesta la pena de prohibición a las corridas de toros recién establecida la República Restaurada; o las ácidas críticas de José López Portillo y Rojas en su libro ¡Abajo los toros!, aparecido en 1907. Por fortuna, comentarios favorables también los ha habido gracias a la labor de Martín Luis Guzmán, Josefina Vicens, Edmundo O´Gorman entre otros.

   Así que, publicaciones como estas vienen a convertirse en auténticos aires de renovación literaria y de crítica en estos momentos en los cuales la fiesta, en pleno estado depresivo necesita alientos para levantarse y seguir andando bajo la marcha de un siglo XXI que contiene, entre muchas otras cosas la posibilidad respecto a la pervivencia de la tauromaquia ya no sólo como arte y técnica. También como un patrimonio cultural tangible (¿o intangible?), sostenido por unas cuantas naciones que buscan conservarla hasta su última consecuencia, y aquí cabe la observación preocupante, original también de Augusto Isla, quien lanza la siguiente sentencia:

 Nunca más pisaré una plaza de toros. Añoraré la fiereza del toro, las bellas suertes, las nupcias sensuales de sol y tabaco. Por solidaridad con mi pasado, no militaré contra la Fiesta. Morirá sola. A su debido tiempo. Como toda creación humana.[10]

    Ya no sabemos si habrá toros para rato. La fiesta, debemos ser congruentes, está sentenciada a desaparecer un día para convertirse en mero recuerdo, en tema de estudio para diversos investigadores que habrán de conservarla en la memoria viva de la humanidad como un testimonio de circunstancias que involucran la relación sostenida lo mismo por la mitología que por sus elementos de alto factor antropológico cuando se contemplan casos como el que significa entender los ciclos agrícolas y el sacrificio implícito a ellos. Pero también, no faltará quien recuerde las hazañas de tantos y tantos toreros, como los fugaces momentos, una larga cordobesa de Alfonso Ramírez Calesero o las locuras de madurez que Rodolfo Rodríguez El Pana fue capaz de realizar, cual ave fénix la tarde de su despedida que se convirtió, cosas del destino, en la de la resurrección.[11]

   Finalmente, no puede dejar de mencionarse toda aquella expresión reflejada en el ciberespacio, misma que se ve materializada en portales de internet, blogs, nanoblogs y demás formas de difusión que hoy adquieren, en medio del ritmo establecido por estos sistemas, otra manera de conocer el comportamiento, en lo particular, de este tipo de expresión de la cultura. Es por eso que su condición para el análisis también se incluye aquí, entendido desde la perspectiva de las tecnologías de información y comunicación.

   Antes de concluir, sólo deseo externar –a través de mi colega, el Dr. Arturo Aguilar Ochoa- mi agradecimiento a la organización de este evento que reviste una importancia capital sin precedentes, por el hecho de haber considerado un tema que hoy comparto con ustedes. Por tal motivo, pongo a su consideración el primer capítulo de este trabajo (inédito) que lleva, como ahora, el mismo título de la ponencia: ORIGEN, DESARROLLO y CONSOLIDACIÓN DE LA PRENSA TAURINA EN MÉXICO. DEL SIGLO XVI A NUESTROS DÍAS, con objeto de hacer extensivo el gozoso balance de un rico legado de publicaciones que han merecido ser recordadas, recreadas o recuperadas del olvido.

   Queden pues, invitados a la lectura que viene para las próximas páginas, en espera de que encuentren un viaje placentero por la historia del periodismo taurino en México, acumulado en casi cinco siglos de extraña y misteriosa convivencia cultural.

 Muchas gracias.

 Ciudad de México, septiembre 14 de 2014.

Sevilla, España, 6 de noviembre de 2014.


[1] Christian Duverger: Crónica de la eternidad. ¿Quién escribió la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España? México, 2ª reimpr. Santillana Ediciones Generales, S.A. de C.V., 2012. 335 p. + XI de ilustraciones.

[2] Isla, José. (1701): BUELOS de la Imperial Aguila Tetzcucana, A las radiantes Luzes, de el Luminar mayor de dos Efpheras. Nuestro Ínclito Monarca, el Catholico Rey N. Sr. D. Phelippe Qvinto [Que Dios guarde] (…) Tetzcuco, el día 26 de Junio de efte año de (…).

[3] García Bolio, S. y Julio Téllez García (1988): Pasajes de la Diversión de la Corrida de toros por menor dedicada al Exmo. Sr. Dn. Bernardo de Gálvez, Virrey de toda la Nueva España, Capitán General. 1786. Por: Manuel Quiros y Campo Sagrado. México, s.p.i., 1988.  50 h. Edición facsimilar.

[4] LECTURAS TAURINAS DEL SIGLO XIX (Antología). México, Socicultur-Instituto Nacional de Bellas Artes, Plaza & Valdés, Bibliófilos Taurinos de México, 1987. 222 p. facs., ils.

[5] Castálida. Revista del Instituto Mexiquense de Cultura. Invierno de 2007 Nº 33. 152 p. Ils., fots. El autor del presente trabajo, incluyó dos ensayos que, son a su vez, los siguientes: “Sor Juana en los toros: inteligencia y belleza juntas” (p. 7-20) y “Atenco, Bernardo Gaviño y Ponciano Díaz” (p. 67-79). Además:

Revista Castálida (Instituto Mexiquense de Cultura). Biblioteca Mexiquense del Bicentenario. Verano-otoño de 2010, Nº 41.190 p. Ils., fots., grabs. Del mismo modo, también tuve oportunidad de colaborar con el ensayo: “Atenco: entre lances Independientes y pases Revolucionarios” (p. 97-107).

[6] Cariátide. Brevedades literarias. Año 2, Núm. 5, otoño 2012. Número especial dedicado a los toros. Mi colaboración lleva el título: “Los blogs en el territorio de la tauromaquia”.

[7] Luis, Carlos, Fernández y López-Valdemoro (seud. José Alameda): “Disposición a la muerte”. En: El hijo pródigo, vol. VI, Núm. 20. Noviembre de 1944, p. 81-87. Edición facsimilar de El hijo pródigo, colección dirigida por José Luis Martínez. México, Fondo de Cultura Económica, 1983. Vol. VI – VII (Octubre/Diciembre de 1944 y Enero/Marzo de 1945)., p. 115-121. (Revistas literarias mexicanas modernas).

[8] ¡A LOS TOROS! México, comunidad CONACYT, abril-mayo 1980, año VI, núm. 112-113. (p. 45-176). Ils., retrs., fots.

[9] Summa: Reunión de datos que recogen el saber de una gran época.

[10] Castálida. Revista del Instituto Mexiquense de Cultura. Invierno de 2007 Nº 33. 152 p. Ils., fots. “Un legado familiar” (p. 147-150).

[11] Me refiero al acontecimiento que se registró la tarde del 7 de enero de 2007, en la plaza de toros “México”.

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LAS PRIMERAS CUADRILLAS ESPAÑOLAS EN MÉXICO.

ILUSTRADOR TAURINO MEXICANO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

   Si bien la presencia de los toreros españoles en México, a partir de la segunda mitad del siglo XIX no prosperó en forma positiva, sobre todo porque su presencia, era intermitente e inconsistente, con todo y que desde buen número de años atrás se encontraba el gaditano Bernardo Gaviño, quien fijó su residencia en el país. Allí está el caso de Antonio Duarte y Francisco Torregosa, que vinieron con muy pocas posibilidades y demasiados bloqueos a finales de 1851. En 1879, también arribó a nuestro país Manuel Hermosilla, quien sólo pudo actuar en Veracruz y Puebla. Pero a partir de 1882, una presencia lineal y constante de otros tantos toreros acompañados de sus respectivas cuadrillas permitió que el panorama cambiara poco a poco a su favor, no sin padecer la incomprensión de un público más apasionado que sensato, pero que también cambiaría sus actitudes explosivas por opiniones más razonadas. Luego llegaron entre otros, José Machío, Juan León “El Mestizo”, Francisco Jiménez “Rebujina” y Ramón López, de quien también recogeré algunos testimonios que tienen que ver con la presente colaboración.

   Lo que debe destacarse aquí es que como “teatro de acontecimientos” cumple cabalmente con dicha etiqueta, puesto que se representaron festejos llenos de una intensa fascinación, participando no solo los toreros de a pie o de a caballo que por costumbre eran conocidos, sino también por otro conjunto de actores que representaban mojigangas, ascensiones aerostáticas, fuegos de artificio y otra variedad muy pero muy interesante. Por ejemplo, durante los 18 años que funcionó como escenario taurino, la plaza del Paseo Nuevo estuvo al servicio de una independencia que así como enriqueció al espectáculo, probablemente también lo bloqueó porque no hubo un avance considerable, puesto que las representaciones se limitaban al sólo desarrollo de lo efímero. Con Bernardo Gaviño las condiciones no iban más allá de lo cotidiano Esto es, se convierte de pronto en un personaje que lo controla todo lo que, a los ojos del Dr. Carlos Cuesta Baquero

 originaba también que las corridas fuesen de identidad tan completa que llegaba a la monotonía. Todas estaban calcadas en el mismo estilo artístico. Toreando siempre el mismo espada, los mismos banderilleros y los mismos picadores, haciendo durante todo el año y por muchos años, en veinticinco ocasiones, porque ese número eran las corridas efectuadas en las poblaciones de importancia. Los aficionados asiduos, que los había igualmente que en la época actual, podían de antemano describir los lances taurinos que harían los toreros y el modo artístico que les imprimirían. Salvo algún incidente sangriento -afortunadamente excepcionales- los espectáculos taurinos eran completamente iguales unos a otros.

   Por tal acostumbrada monotonía, cuando algún “AS” andariego, se presentaba, acompañado de uno o dos banderilleros o de un banderillero y un picador, el público abarrotaba los billetes de entrada y llenaba las localidades del coso. Había la ilusión de lo novedoso, la promesa de contemplar algo diverso a lo ya conocido. Y cualquier detalle sin importancia pero que ofreciera desemejanza a lo habitual era inmediatamente notado y comentado exageradamente. Pero desafortunadamente tales detalles disímbolos eran muy escasos, pues todos los “ASES” tenían el mismo, igual pauta.

   Así eran las características de “nuestro nacionalismo taurino” en su primera etapa. Persistieron hasta el final, cuando la penúltima jornada artística de Ponciano Díaz, pero en el año de 1851 adquirió otro distintivo. Fue lo que en nuestro idioma nombramos PATRIOTERÍA y tomando neologismos del idioma inglés y del francés titulamos respectivamente “JINGOISMO” y “CHOVINISMO” (…)

    Como vemos, surgió además un síntoma de obsesiones que marcaron el comportamiento de una afición que sintió como suyo a Gaviño, torero que además de todo, aprovechó perfectamente dicha circunstancia al grado de que cuando sucedía alguna “invasión” como la de los supuestos Antonio Duarte “Cúchares” y Francisco Torregosa “El Chiclanero” estos prácticamente fueron expulsados por la afición; pero en el fondo, todo aquello fue arreglado por el gaditano quien no quería verse alterado por “intrusos” de esa naturaleza.

   Con todo y que Bernardo era español, pero un español avecindado de por vida en México, y quizá habituado a la forma de ser del mexicano, escuchó, de parte de los asistentes a varias de las corridas donde actuaban paisanos suyos, el grito intolerante de “¡Mueran los gachupines!” como una muestra de rechazo hacia el intruso, pero de afecto y apoyo hacia un torero que el mismo público -de su lado- terminó haciéndolo suyo, al grado de semejantes demostraciones de pasión extrema.

   Lo anterior viene al caso debido a una interesante crónica que encontré publicada en El Diario del Hogar, caja de resonancia para El Arte de la Lidia durante aquellos días en que no se publicó este semanario taurino, (es decir, entre los domingos 31 de mayo y 11 de octubre).

   Dicha crónica formará parte del “Anuario Taurino Mexicano 1885” que estoy preparando para presentarlo en breve, y del cual puedo adelantar que en aquel año, la actividad taurina en el país fue sumamente intensa y variada, por lo que el caudal de noticias es rico en información.

 PLAZA DE TOROS “EL PASEO NUEVO”, PUEBLA. 31 de mayo de 1885. Dice El Diario del Hogar del 7 de junio de 1885, p. 6 y 7:

 EL “MESTIZO” EN PUEBLA.

 Corrida celebrada en la Plaza de toros del Paseo Nuevo de la ciudad de Puebla, la tarde del domingo 31 de mayo de 1885.-Ganadería de San Diego de los Padres, propiedad de los Sres. Barbabosa. Cuadrilla hispano-mexicana. Primer espada Juan León (a) el Mestizo.

    (…) por parte de la redacción del “Arte de la Lidia”, marchó a Puebla el domingo pasado el cronista Gadea quien nos remite la revista de toros de la corrida verificada la tarde del 31 del pasado en aquella ciudad, por la cuadrilla que dirige el atrevido diestro Juan León (a) el “Mestizo”.

   Dice así:

   Poco antes de las doce del día, varios amigos llegamos a la capital del Estado de Puebla y después de tomar alojamiento, descansar y almorzar fuerte, a las cuatro de la tarde nos dirigimos rumbo al Paseo Nuevo, donde se halla situada la plaza de toros. Desde esta hora densos nubarrones cubrían el horizonte, lo que nos hizo comprender que pronto recibiríamos un baño desagradable. En efecto, a poco caía un soberbio aguacero, chubasco espantoso que hacía renegar a los numerosos aficionados a la lid taurina.

   La lluvia no fue obstáculo pues a las cuatro y media en punto, dio comienzo la diversión con una buena entrada.

   El toque del clarín dio la señal, y la cuadrilla salió al charcoso redondel a efectuar el saludo de ordenanza. La componían los siguientes diestros: Director y primer espada, el valiente Juan León (a) “El Mestizo”, Sobresaliente o segundo espada, Francisco Jiménez “Rebujina”; Banderilleros: Cuquito, Frasquito, Candela, Tovalo y resto de picadores, lazadores, muleros y Puntillero.

   Verificado el paseo y cambio de capotes se dio libertad al primer toro que fue:

   Josco, de poca edad, bravo, cornicorto y de muchos pies.

   Acometió sin miedo a la gente montada quienes no se lucieron como debían, a causa del mal piso del redondel. Sin embargo, recibieron buenos tumbos y la pérdida de dos caballos despanzurrados.

   “El Mestizo” puso una banderilla al quiebro que le debía haber salido mejor si el toro entra bien a la suerte. Cuquito cumplió con un par a la media vuelta.

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Juan León “El Mestizo” uno más del conjunto de toreros hispanos que actuaron en plazas mexicanas al reanudarse las corridas de toros en el Distrito Federal.

Fuente: “Revista de Revistas. El semanario nacional”, año XXVII, Nº 1439, 19 de diciembre de 1937.

    Llegar el momento de matar: “el Mestizo” con traje grana oro, saluda a la Presidencia y pasa a vérselas con el bicho, al que da con mucha confianza tres pases de muleta naturales, largando una buena estocada bajo que lo hizo rodar. El toro murió en el acto. Grandes aplausos y diana para el matador.

   Los aguaceros seguían arreciando hasta impedir, que la corrida continuase por lo que los diestros abandonaron por un momento el redondel. Mas no había remedio, el agua, se encaprichaba más y más y el Juez, que por cierto no se mojaba, dio un trompetazo, señal de que saliera el segundo toro.

   Toro y diestros aparecieron en el ruedo. El pelo del animal era negro, de buena estampa y libras, pero de menos juego que su antecesor.

   Salió buscando la defensa en las tablas, haciéndose difícil la suerte de varas, a pesar de la gran maestría del capote, al manejo del atrevido “Rebujina” que obtuvo muchas palmas. Cinco puyazos fue toda la faena de la caballería en cambio de varios batacazos y un potro que se acostó en la arena sin aliento.

   Frasquito clava dos pares de banderillas como Dios le dio a entender, metiéndose al efecto en cada charco que parecía una laguna. Fue aplaudido.

   Rebujina, con vestimenta morado y oro, sin temor a la fuerte lluvia que anegaba el redondeo, le toreo moviendo bien los brazos y con frescura, con tres pases naturales y dos cambiados para largar un pinchazo en hueso; un natural y un acoson (sic) para otro pinchazo y por conclusión de faena, dos pases con la derecha y una estocada de metisaca que hizo que el toro se echara en la arena. El puntillero a la primera lo concluyó.

   Prieto fue el tercero de la tarde y el mejor en juego, ley y bravura; grande, bien armado, de buena lámina y entron: recibió desde su salida el aplauso general de la concurrencia. (Un paréntesis: el aguacero seguía en todo su apogeo).

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Francisco Jiménez “Rebujina”. Fuente: “LA LIDIA. REVISTA GRÁFICA TAURINA”.

    Los piqueros la pasaron mal con este toro, pues a cada puyazo venían a tierra caballo y jinete. A un piquero que no conocemos, le dio tan soberbia caída, que lo hizo retirar a la enfermería todo descompuesto.

   “El Mestizo”, con este bonito animal, ejecutó con la maestría y valor que acostumbra, la difícil suerte de dar el cambio de rodillas con el capote, lo que le salió con todo lucimiento. Desconocida esta suerte para Puebla, el efecto, fue grandioso y la ovación unánime. Aplausos, dianas y entusiasmo general en todos los departamentos de la plaza. Bien por Juan León. Te lo mereces, chiquillo.

   Se oían aún las palmas y vivas al Mestizo, cuando este, con mucho aquel, tomó un par de palos para dar el quiebro metidos sus pies en un pequeño aro, suerte que no se pudo ejecutar, en atención a que el bicho, cuando fue llamado para la suerte, al clavar, se salió de ella. El diestro quedó en su sitio, es decir, dentro del aro. Muchos aplausos.

   Tovalo, en seguida, con mucho trabajo y huyendo, colocó un par a la media vuelta. A pesar de eso fue aplaudido.

   Rebujina, después de una crecida cantidad de pases, largó un pinchazo y una estocada baja. No queriendo morir el toro, se recurrió al cachetero. El agua seguía como Dios manda o mejor dicho, caía a cántaros.

   Negro fue también el cuarto y último que cerró plaza. De buenas condiciones, bien puesto y de ley, dejó como siempre espléndidamente enarbolado el pabellón de San Diego de los Padres. Aurelio Barbabosa gozaba, no obstante el baño de regadera que recibía. Los poblanos aplaudían. Los picadores, se acercan varias veces a descubierto o a media plaza, los hurras de los espectadores de sol son espantosos, los caballos y jinetes vienen a tierra y el Juez, azorado por la matanza de jamelgos, da la señal de banderillas.

   Candela clava dos pares, uno aprovechando y otros a la media vuelta. Hizo lo que pudo.

   Rebujina a la hora de matar, bien en los pases, y mucha confianza al herir, pues se arrancaba de cerca. Con más calma el atrevido matador se luce en la faena.

   Todavía con mucha agua se dio suelta al embolado, que por cierto, era un torete regular. El Juez estaba de guasa. Los pelados o plebe de Puebla lo hicieron bien y son muy superiores a los que vemos en el Huisachal supuesto que toman menos pulque. Solo se anotaron algunos insignificantes revolcones.

 DETALLES. Los toros de San Diego de los Padres en lo general, buenos y de ley. El tercero superior. La cuadrilla con gran aceptación en Puebla. “El Mestizo”, con muchas ovaciones, aplausos y con ganas de verlo trabajar en buena tarde. Picadores malos. Caballos fuera de combate, siete. Temperatura, indecente y mala, pues llovió todo el tiempo de la corrida. Público de Puebla contento y conocedor del arte. Empresa y servicio de plaza, regular. Presidencia, pasadera. Numerosa concurrencia.

 Gadea.

    Habiendo mencionado el nombre de Ramón López, sus “Memorias” sirven en esta ocasión para recordar parte de aquel duro andar, el de un primer acercamiento con los públicos mexicanos que, todavía bajo la influencia de Gaviño, pero sobre todo de la de Ponciano Díaz, concebían el toreo de otra manera a la que desde aquellos tiempos intentaron hacer adoptar los españoles, y que al paso de los años consiguieron imponerla, con lo que de algún modo se estableció el que para este servidor se convirtió en la presencia definitiva del toreo de a pie, a la usanza española en versión moderna. Veamos.

    El día 30 de octubre del año 1884 embarqué en un puerto español con destino a La Habana, acompañando a mi hermano Gabriel López “Mateíto”, que marchaba contratado para torear varias corridas. Mi hermano, como lo saben los aficionados, era un magnífico peón y banderillero, pero como matador resultaba deficiente. Sin embargo, este detalle no tuvo mayor importancia en aquellas corridas, ya que el ganado que se lidiaba en La Habana era chico y sin respeto, por lo que éxito nuestro fue definitivo y trascendental.

   Los resultados jugosos no se hicieron esperar. El empresario D. Vicente Mollado, un andaluz emprendedor, íntimo amigo mío, tuvo la feliz idea de ajustarnos al terminar la temporada de Cuba, para venir a la República de México con objeto de torear ocho corridas de toros. Y en unión de mi hermano “Mateito” vino la cuadrilla, de la que formamos parte, como banderilleros, José Pérez “Califa”, Rafael Rodríguez “Faillo” y el que esto escribe. Y como picadores figuraron José Rodríguez “El Nene” y Manuel Rodríguez “Cantares”. Como dato interesante habrá de advertir que fue esta la primera cuadrilla española completa que vino a la República.

   Desembarcamos en Veracruz. Y en aquel puerto toreamos desde luego dos corridas con bastante éxito. Inmediatamente salimos rumbo a México, a esta hermosa capital, en donde a la sazón estaban suspendidas las corridas de toros, por lo que nuestra presentación se hizo imposible. Y tuvimos que resignarnos a torear en la plaza de “El Huisachal”, cercana a esta capital, que por aquel entonces era de la propiedad de don Eduardo Cuevas. Cuatro toros de las dehesas de San Diego de los Padres lidiamos aquella tarde. Y salieron bravos, duros, con mucho poder y bastante nobles. Todo se deslizó tranquilamente hasta que llegó la hora de matar. Al primer toro le dio mi hermano tres pinchazos, sin que nosotros nos extrañásemos de nada, ya que en España y en Cuba aquello no resultaba anormal. Pero aquí, en “El Huisachal” en cuanto dio el tercer alfilerazo tocaron a lazo y los charros se llevaron al toro al corral.

   ¡Y entonces ardió Troya! No obstante que mi hermano “Mateito” había toreado muy bien de capa y ejecutado bonita faena de muleta, el público no justifico lo de los tres pinchazos. ¿Y la bronca fue catastrófica! Todo cuanto tenían a la mano aquellas gentes resultaba poco para tirárnoslo a la cabeza, con grave perjuicio de nuestras respetables personalidades toreras. Y de improperios nada digo porque no dejaron en paz a un solo miembro de nuestras familias. Y nosotros sin enterarnos de la causa de aquella bronca.

CARTEL_P. de T. EL TOREO_08.12.1926_BENEFICIO RAMÓN LÓPEZ_SANTÍN

La función de aquel cartel, el del 8 de diciembre de 1926 fue con motivo de que don Ramón López gozara del beneficio económico derivado de dicho festejo. Tan destacado personaje para la tauromaquia en nuestro país, murió en noviembre de 1928. Col. del autor.

    Después lo supimos. En aquellos tiempos el mérito radicaba en que el toro muriera por causa de la primera estocada, sin importar ni la calidad en la ejecución de la suerte ni mucho menos el sitio de la colocación.

   En el segundo toro ocurrió cosa parecida. Y gracias a que en el tercero mi hermano tomó las banderillas y clavó un estupendo par al cambio sentado en la silla, suerte que era totalmente desconocida por aquel público, la tempestad calmó convirtiéndose en grandiosa ovación momentánea. Sin embargo, al matar, la bronca continuó aunque en menor importancia en gracia al par de banderillas y también a que mi hermano tuvo mejor suerte con el estoque.

   Y el cuarto que me lo cedió mi hermano, tuve la suerte de despacharlo ¡horror! con un indecente bajonazo, atizada con premeditación, alevosía y ventaja. ¡Y cosa rara! Por esta felonía me tributaron una ovación.

   Al salir de la plaza, el público arremetió furiosamente contra todos nosotros. Y gracias a la oportuna intervención de los señores Antonio y Manuel Escandón, que nos condujeron rápidamente hasta el Hotel San Carlos en donde nos hospedábamos, aún puedo contar a ustedes estos sucesos. Y con esto se dio por terminada la temporada de las seis corridas contratadas para torear en la capital. (…)[1]

    Sirva lo anterior como un testimonio que permite entender el proceso de adaptación al que tuvieron que someterse no solo estas cuadrillas, sino la afición y la prensa que jugo, por aquellos tiempos una importante labor de disuasión primero. De formación después para con el concepto que comenzaba a imperar y que, desde aquel momento y hasta nuestros días, por obra y gracia de una evolución conveniente, logró asentarse de por vida en nuestro país.


[1] Ovaciones. El Semanario de la afición. México, D.F., octubre 11 de 1926, p. 2 y 7.

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EDITORIAL.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    México, nuestro querido y pobre país, pasa por estos días una de sus peores crisis de valores, a partir de dos situaciones extremas, tan penosa una como la otra. La desaparición de 43 estudiantes de la escuela rural “Raúl Isidro Burgos” en Iguala, Guerrero, se dice que confundidos con integrantes de un grupo de narcotraficantes, sigue siendo el peor sacudimiento social vivido en muchos años, y que se parece, por su dimensión a lo ocurrido en 1968. El otro asunto tiene que ver con esa irresponsable muestra de incapacidad, pero también de una burda representación de soberbia e intolerancia por parte de la mismísima cabeza principal que gobierna la nación, y quien, a pesar de haber firmado una “minuta” con los padres de los jóvenes desaparecidos simplemente no ha cumplido. Junto con él, su esposa también vino a sumarse al reparto de una auténtica “telenovela…” pero de la vida real, donde ese intento velado de decir que no es corrupción hacerse de una casa de muchos millones de pesos (94.5 para ser exactos), y que no representa ninguna ofensa para el pueblo, nos ha demostrado a todos los mexicanos de lo que es capaz el poder.

   Si ese ejemplo proviene de lo más alto y representativo no solo al interior, sino también más allá de nuestras fronteras, donde seguramente nos tienen etiquetados de todo, ¿qué estará sucediendo en los niveles medio o inferior de la sociedad en su conjunto? Ante un país que se desmorona, con solo un 2.6% en la expectativa de crecimiento, con un PIB en su tercer semestre al 2.2 % anualizado (lo que no significa nada respecto a países del primer mundo), con una gestión de cultura en su más baja influencia, lo cual significaría revalorar a muchos estudiantes para que estos alcancen la plenitud en su educación, garantizando con ello convertirlos en ciudadanos maduros y conscientes de la realidad, hasta entonces estaremos en condición de ostentar un significado como auténticos mexicanos. Cuando se logren condiciones como las señaladas hace unos días por el investigador Genaro Aguilar Gutiérrez, investigador de la Escuela Superior de Economía del Instituto Politécnico Nacional (IPN, por sus siglas), el cual apunta que uno de cada 10 mexicanos, cerca de 15 millones, vive con 1.25 dólares al día, es decir, unos 17 pesos, de acuerdo con la línea de pobreza más conservadora del Banco Mundial. Y sigue el investigador: Si en México se hubiera conservado el poder adquisitivo de los trabajadores, hoy el salario mínimo debería ser de 5 mil 683 pesos con 39 centavos al mes (333.14 €). Considera que el salario mínimo hoy debiera ser superior a los 6 mil pesos mensuales y que aquellos trabajadores que deberían obtener entre 12 mil y 18 mil pesos al mes, lo cual significaría apenas un ligero aumento del poder de compra que se tenía en México en 1980.

   ¿Bastarán estos casos para decir hasta qué punto de desastre se encuentra México?

   Evidentemente ese ejemplo se refleja en sus distintas escalas, tanto en las del ciudadano común y corriente que con todo lo anterior pierde esperanzas y se hunde en el desaliento, como de factores empresariales, alentados hoy día con reformas como la laboral o la energética, esta última uno de los sueños dorados del actual gobierno, empeñado en llevarla hasta sus últimas consecuencias.

   Y en los toros, ¿cómo se viven estos casos?

   Conviene una evaluación a profundidad de todas sus estructuras, con objeto de depurar un conjunto de defectos que han invadido sus cimientos. Una primera situación de conflicto es aquella relacionada con su insegura permanencia en el panorama multinacional, entendiendo que se trata de un legado cultural  vulnerable a los dictados impuestos no solo desde la modernidad, sino los que la postmodernidad y la globalización han venido estableciendo entre las sociedades que hoy entienden diversas culturas desde otro punto de vista, perdiendo la oportunidad de conocer su esencia. Para ello han crecido en diversas partes del mundo una serie de grupos opositores a su continuidad, mismos que demandan eliminar una expresión, dicen ellos, que estimula o alienta la violencia por vía del maltrato a los animales. En verdad, se necesita una explicación coherente y equilibrada para que los aficionados y todos aquellos integrantes de nuevas generaciones que han venido incorporando a su conciencia valores que significa aceptar la tauromaquia en cuanto tal, cuenten con un bagaje lo suficientemente claro para convertirse, en automático en auténticos defensores de esta expresión. No nos conviene el uso de lugares comunes, sino de algo más que eso, y al menos debería utilizarse el recurso de que avanzan las gestiones para alcanzar algún día, plenamente justificado, el que la tauromaquia se considere, por parte de la UNESCO, patrimonio cultural inmaterial de la humanidad.

   Es importante que la capacidad de compromiso prive entre empresarios, con objeto de que logren cumplir con un objetivo de primerísimo orden: montar desde un festejo hasta una temporada con objeto de que dicho pretexto se convierta en eje de atención de un sector de la sociedad, interesado en acercarse para presenciar la puesta en escena de un espectáculo que además sigue ligado a una serie de elementos rituales que lo hacen distinto de los demás. Esa “celebración” cobra hoy en día un significado muy especial que de no mantener su esencia original, termina convirtiéndose en una falsa versión de la realidad. Por eso también es importante que los ganaderos colaboren a cabalidad en ese mecanismo y ofrezcan un producto capaz de convertirlo en la materia prima más importante de dicho espectáculo: el toro. Sin él, o con un remedo no se alcanzan, por más que quieran, los propósitos que también una utópica tradición ha venido estableciendo, pues idealizar una corrida de toros o una novillada significa que en uno u otro caso, lo que debe aparecer en el ruedo son toros o novillos respectivamente. Eso lo sabe la afición que por años, e incluso reflejada en el paso de generación en generación, ha mantenido un afecto entrañable que se hereda, y esto genera síntomas evangelizadores que predican la pureza del espectáculo, síntomas que deben propagarse por vía de labor misionera con vistas a lograr que el convencimiento entre nuevos y potenciales aficionados a los toros garantice la permanencia y la continuidad de esos principios. A veces, el que pareciera un auténtico “decálogo” no es más que la suma de aspiraciones que permiten comprobar el punto de certeza con que se repite una vez más ese ritual idealizado.

   Con respecto a los medios masivos de comunicación, lo único que puedo traer a cuenta es el ejemplo, y no voy a decantarme con intenciones maniqueas, sabiendo si es bueno o es malo, pero el hecho es que la renuncia de Héctor Tajonar al diario “Milenio” en diciembre de 2011 es la mejor forma de demostrar que no se puede estar maniatado a ninguna condicionante si antes uno no se traza, al menos con el mínimo de sentido común, el código de ética que conviene en casos como el que muestro a continuación:

 Apreciado Carlos Marín:

He reflexionado acerca de la breve conversación telefónica que sostuvimos la semana pasada y he tomado la decisión de suspender mi colaboración semanal en MILENIO Diario.

Antes de exponer mis razones, quiero agradecerte el haberme invitado hace cinco años y medio a colaborar en este diario después de haber publicado, a solicitud mía y en calidad de columnista invitado, el texto titulado “¿La rebelión de las masas?”, fechado el 16 de julio de 2006.
Desde entonces he podido expresar con toda libertad mi visión personal, independiente y crítica acerca del acontecer político nacional. Tu proposición de modificar esas condiciones me obliga a escribir esta carta de renuncia, con la atenta solicitud de que sea publicada en el espacio que tuviste a bien asignarme en Acentos.

   Me has pedido que dejara de criticar a Televisa en mi columna, aduciendo que MILENIO Televisión está asociado con esa empresa para sus transmisiones en cable.

   Comprendo que en la actual coyuntura mis puntos de vista puedan resultar disfuncionales para los legítimos intereses empresariales de esta casa editorial; sin embargo, sabemos que en el ámbito de los medios de comunicación, los intereses empresariales se traducen en políticas editoriales. Ello me impide aceptar tu planteamiento. Permanecer en esas condiciones significaría no sólo coartar mi libertad de expresión sino convertirme en cómplice pasivo de una situación política con la cual no comulgo.
Ha llegado el momento de marcharme. Durante 40 años he estudiado la relación entre el poder político y los medios de comunicación, en especial la televisión, y como sabes trabajé en Televisa durante dos décadas. Por tanto, puedo decir sin el menor asomo de vanidad que cuento con las herramientas teóricas y empíricas para hablar acerca de estos temas con suficiente conocimiento. Así lo he hecho desde la soledad de mi escritorio y mi conciencia en este espacio del que hoy me despido.

   Ahora más que nunca cobra actualidad la conocida advertencia de Karl Popper: La televisión se ha convertido en un poder político colosal, el más importante de todos… Se ha vuelto un poder demasiado grande para la democracia. Ninguna democracia puede sobrevivir si no se pone fin al abuso de este poder.
Televisa es el ejemplo más claro del abuso de ese poder sin control, su inocultable vínculo con el PRI representa una burla a las leyes electorales del país y el riesgo de un grave retroceso democrático. La televisora y el tricolor constituyen un binomio político-electoral indivisible y, para muchos, invencible. Lo concesionarios de la televisión han pasado de ser soldados del presidente a inventores de presidenciables. Por ello, dejar de criticar a Televisa, como me lo has pedido, equivaldría a dejar de criticar a Peña Nieto. No puedo aceptar el ejercicio de un periodismo amordazado.

   Interpreto tu exhorto a la autocensura como el resultado de una presión de los estrategas de Peña Nieto, cuya función primordial es cuidar su imagen pública, la cual ha resultado un tanto dañada en días recientes. Entiendo que les haya incomodado mi texto publicado hace dos semanas en este espacio, titulado “Los dos Peña Nieto”, en el cual menciono que la popularidad del personaje está íntimamente vinculada al secreto mejor guardado por el PRI: el costo financiero y político de su alianza con Televisa.
Hace seis años, Santiago Creel fue derrotado en la elección interna del PAN por Felipe Calderón debido a que se dio a conocer que, siendo secretario de Gobernación, el delfín de Fox intercambió presencia en la pantalla televisiva por permisos de casas de apuestas para Televisa. Los artífices de esa táctica son los mismos que se han encargado de diseñar la hasta ahora exitosa estrategia de comunicación política de Peña Nieto. Es comprensible que la máxima prioridad de dichos estrategas sea impedir que el fracaso de la alianza de Televisa con Creel se repitiera con Peña. Si alguien estorba es preciso neutralizarlo. En consecuencia, se ha recurrido al método del PRI de siempre: cooptar o silenciar. El mismo que usaron antes Echeverría, López Portillo y Salinas. Surge ahora el neoautoritarismo peñista.

El disenso no debe equipararse con la enemistad. Felicidades.

   LO QUE ESTÁ HACIENDO TELEVISA, T.V. AZTECA Y MILENIO ES IMPONER A PEÑA NIETO PRIISTA. A CAMBIO DE QUE? DE CARRETADAS DE DINERO? MONOPOLIO TELEVISIVO? Ó AMBOS?

   RECUERDA TELEVISA, MILENIO Y T.V AZTECA MIENTEN.

 Héctor Tajonar.

22 de diciembre de 2011. [1]

    De lo anterior se puede sacar una sola conclusión: Así irá cayendo uno a uno de los más o menos sinceros, con lo que será más fácil admirar el horizonte y contemplar quien o quienes permanecen al servicio de intereses y prefieren seguir pensando que lo que escriben es “su verdad”.

 22 de noviembre de 2014.


[1] Adiós de Héctor Tajonar a Milenio (por hablar mal de Peña-Televisa). 28 de octubre de 2014 [en línea], 2014, http://www.horacero.com.mx/columnas/adios-de-hector-tajonar-milenio/ [consulta: 22 de noviembre de 2014]

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NO TODO SON FAENAS BONITAS, CORTADAS CON LA MISMA TIJERA.

LA CRÓNICA. 

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

Habiendo sido testigos todos los mexicanos que el interés de una buena parte de los políticos sólo está preparado para realizar negocios y no atender la ofendida sensibilidad en que se encuentran muchos ciudadanos, ese punto nos pone en un término de decepción absoluta. Solo se encuentran ahí la mayoría de ellos para eso que llaman el “bisne” y no aplicarse efectivamente bajo el principio por el cual el pueblo votó por ellos con objeto de que nos representen en las grandes decisiones a niveles que se encuentran en el poder legislativo, ejecutivo y federal, según el nivel donde cada uno de ellos queda ubicado. Si ese gran marco de referencia sirve como telón de fondo o modelo de lo que sucede ante la gran mirada de ese “argos” moderno, sucede que un ejemplo como el de la plaza de toros “México” es otra de esas muestras en donde quienes acudimos a ella para admirar espectáculos taurinos, estos no se corresponden con lo ofrecido. Y ya lo decía en la EDITORIAL anterior, si la materia prima se oculta, no se vende previamente, ¿qué podemos esperar de su oferta si esta no tiene sustento? Ya se vio el resultado del 9 de noviembre donde los “toros” ofrecidos fueron desiguales en presentación y juego, aunque prácticamente nadie de los que publicaron una nota se tomaron la molestia de no comulgar con la verdad, con la honestidad de su ejercicio y sobre aquella difusión que pretenden, contando para ello la que es hoy día una cobertura sin precedentes.

CABECERA DE ARGOS1

…ese “Argos” moderno…

¿Qué significa todo esto?

¿Estar al servicio del gran negocio porque todo lo demás es lo de menos?

¿Quién está detrás de todo esto y cuáles son los intereses que persigue en un negocio que reporta más pérdidas que ganancias?

Porque además no es el negocio próspero y la mejor señal es una plaza cuyo registro de entradas es bajo. ¿Qué buen empresario no aspiraría a tener en todas sus funciones taurinas el aviso de “No hay billetes”?

Claro, para eso deben apostar ofreciendo garantías de credibilidad, certeza así como una imagen de absoluto profesionalismo.

ORLAS

Ya metidos en la crónica y a punto de que concluyera el festejo de esta tarde-noche, la del 16 de noviembre, un público perdido en esa sed de entusiasmo, y con el deseo cuesta arriba de ver a Juan José Padilla, no importara cómo, demandaba entre gritos, aplausos, arengas y demás peticiones, cual circo romano para que regalara un “toro”. En tanto esto sucedía, José Mauricio oficiaba en el ruedo en medio de aquel aquelarre, de aquella indiferencia en que vox populi se frotaba las manos, se relamía los bigotes ante el hecho en el que prácticamente obligado, el jerezano tuviera que dirigirse a la autoridad y así, formalizar el anhelado obsequio. Ese momento representó, en muchos sentidos el extraño síntoma en que la soberana petición popular se decantaba por un torero al cual vio posibilidades de triunfar pero que, por causa del destino, no corrió con la suerte en el lote que le correspondió, independientemente de que en su primero, un torillo de casta ciega, digno para una faena poderosa, como esas las realizadas por Padilla mismo; este no se encontrara con aquel y hasta terminara siendo desarmado en varias ocasiones. La incomprensión del público llegó a tal punto que los despojos del que abrió plaza fueran despedidos en medio de notorio rechazo, fruto de un gran desconocimiento en el que el buena parte de los presentes en el tendido pierdan la oportunidad de enterarse a detalle sobre las condiciones de lidia de un toro con esos grados de dificultad. No todo son faenas bonitas, cortadas con la misma tijera.

Vuelvo con José Mauricio, quien en esos momentos se jugaba la vida, que es un decir con un novillo de Villa Carmela, como todos los que se lidiaron en tal ocasión y repito: salvo que la empresa misma nos demuestre lo contrario con exámenes “post mortem” debidamente certificados.

EL PROGRAMA_16.11.2014_3

Aquí la única evidencia gráfica del encierro que se lidió el domingo 16 de noviembre de 2014. EL PROGRAMA. Año 28, N° 959, 16 de noviembre de 2014.

En conjunto, el encierro resultó desigual en juego y presentación. Los hubo que salieron justos y otros de plano, descaradamente anovillados, e iban a capotes y muletas con embestidas que desentonaban al punto de dejar, como balance, el de una seria reflexión, misma que habrá de hacer, si así lo considera, el actual propietario de la ganadería guanajuatense.

Así las cosas, salió al ruedo “Sonajero”. Lo único que puedo decir al respecto, pues abandoné la plaza al concluir la lidia del sexto, previendo el enojo gratuito que se genera en estos capítulos que son y han sido por muchos años los “toros de regalo”. Abundando, en estos últimos tiempos esos “obsequios” representan la mejor forma de arreglar un triunfo forzoso gracias al hecho de que el mencionado “regalo” es motivo de arreglos previos que podrían consistir en escoger deliberadamente  alguno de los sobreros, los cuales llegan a la plaza con “recomendación” , ya sea por su comodidad en cuanto al escaso trapío o porque están en la plaza con un marbete de “nota buena”, con la absoluta certeza por parte de su criador de que proviene del mejor linaje, lo cual garantizará el triunfo en forma indiscutible. Y eso sucedió con el consiguiente y dudoso indulto del ejemplar. Perdonarle la vida a un toro significa haber cubierto todos los requisitos que no solo establece el reglamento taurino en vigor, sino los “usos y costumbres”. Evidentemente cuando la afición rebasa estas condiciones y la decisión del juez se armoniza con esos precisos momentos, ya nada queda por hacer. En el México taurino, el indulto es un paso relajado donde en muchas ocasiones suele confundirse casta con embestidas bobaliconas, bravura con ese toro que va y viene, que fue al caballo sin que se procure una suerte de varas, de conformidad a lo que establece tan indispensable como necesario capítulo en la lidia de ese toro. No basta con embestir 50, 70, 100 ocasiones a la muleta si antes no se confirmaron aquellos otros componentes a cabalidad. Indultar por indultar se está volviendo un método mal aplicado pues incluso, se ha sabido en varios casos, que ya curados esos ejemplares y habiendo retornado al campo, no han dejado buena descendencia y, por ende “buena reata”, refiriéndose con esto último al patrón de raza que se define en cada ganadería de bravo. Incluso, ciertos toros indultados ya no retornan a su antiguo origen, sino que son vendidos para padrear en otras ganaderías, entendiendo con esto la consolidación del circuito interno y vinculante habido entre las unidades de producción agrícolas y ganaderas y sus propietarios.

SONAJERO

El “dije” que “salvó” la vida. La imagen denota escasez de trapío…, de edad en consecuencia.

Complejo asunto de algo que pudiendo convertirse en digno reconocimiento al linaje entre los criadores de toros de lidia, posiblemente se convierte en un negocio, que no garantiza necesariamente continuidad de la raza, acompañada esta de virtudes tan naturales como casta y bravura, que lo demás viene por añadidura.

Y termino con la comparecencia de Fermín Rivera diciendo que le tocó en suerte el peor lote del encierro, dos ejemplares sin casta, a uno de los cuales materialmente lo obligó a pasar en la muleta, momento que representó para su ejercicio el grato sabor en que la afición entendió ese intento, al punto de que de aquel lienzo rojo salieron los mejores pases de la tarde. Por una buena estocada que siguió a un pinchazo en lo alto obtuvo una merecida oreja. Fermín ya requiere otro trato, y marginarlo o condenarlo a seguir por esa senda desde hace años, no trae consigo materializar sus hondas y personales aspiraciones. Creo que Fermín Rivera es una figura del toreo en potencia, pero hay razones o situaciones que han impedido encumbrarlo de manera definitiva. ¡Paso a Fermín Rivera!

18 de noviembre de 2014.

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INTERMINABLES AGRAVIOS.

EDITORIAL.

POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE. 

Ante los interminables agravios de que ha sido víctima el país. Ante los interminables agravios de que ha sido blanco la población en diversos sentidos: laboral, educativo, cultural, y otras tantas vertientes que de atenderse debidamente por el estado, no tendrían por qué estar ocasionando tamaño conflicto entre las sociedades todas, todavía tenemos que padecer en el medio taurino y a su escala, réplicas semejantes de agravio debido al deliberado y pésimo manejo que pretende seguir mostrando, al menos en la capital del país, la empresa de la plaza de toros “México”.

Volvieron a salirse con la suya este domingo 16 de noviembre cuando lo que se presentó en el ruedo fue un encierro de dudosa edad (salvo que la empresa misma nos demuestre lo contrario con exámenes “post mortem” debidamente certificados).

Como aficionado a los toros de muchos años, hago un extrañamiento a las autoridades de la plaza de toros “México” por no cumplir a cabalidad con el Reglamento Taurino del D.F. en vigor, así como a las autoridades de la delegación “Benito Juárez” que no han sido capaces de detener los incontables abusos, lo que se refleja entre otras cosas, como ya es evidente, en entradas irregulares. Del mismo modo, sorprende y espanta la actitud de buena parte de la prensa en haberse “desgarrado las vestiduras” en torno al indulto que mereció el todavía más pequeño ejemplar de “Villa Carmela”, de nombre “Sonajero”, lidiado en séptimo lugar por Juan José Padilla. El indulto es un alto honor para toros o novillos que, por su bravura, casta, fijeza, trapío y demás virtudes mostradas a lo largo de la lidia merecen ser tomados como elementos indiscutibles para llegar a una decisión de esa magnitud.

Padilla, lugar aparte, merece una especial atención ya que al brindar la muerte de su primer ejemplar, lo hizo aludiendo a los 43 estudiantes desaparecidos, y que pertenecen a la escuela rural “Raúl Isidro Burgos” de Iguala, Guerrero, desde el 26 de septiembre pasado, donde además murieron otros seis estudiantes. Ante semejante caso, se agradece un gesto tan “torero” y tan “humano” a la vez.

Este conflicto, el de Ayotzinapa ha despertado muchas conciencias, tal y como sucedió en octubre de 1968, tras la matanza de casi 350 estudiantes en la plaza de las “Tres Culturas”, o como el caso del “Halconazo” del 10 de junio de 1971, donde también otro grupo estudiantil fue sometido a la represión del estado. En nuestros días, junto con Ayotzinapa prevalece la más burda de las actitudes por parte del estado luego del terrible escándalo que supuso cancelar la licitación del tren “México-Querétaro”, ya que detrás de todo ese proceso se destapaba la impunidad en su más descarnada visión: la “Casa Blanca” que habitan o están por habitar la pareja presidencial, casa o mansión que, por sus dimensiones y costos nos han ofendido, nos han agraviado hasta el punto de considerar de que en cualquier país democrático que se precie, ese ya habría sido un escándalo que, por su sola circunstancia demandaría la dimisión del propio presidente de la República. Sin embargo, esas cosas no pasan en México.

Y si eso no ocurre a niveles cupulares de la mayor dimensión política, ¿imagínense ustedes lo que podría suceder en otros que, como el taurino también se maneja, en muchos casos a sus “anchas”?

Estos tiempos que corren son muy distintos a los de hace unos años. El imponente despliegue de las redes sociales actúa como muchas veces no había ocurrido en tan pocos meses y hoy, sobre todo los jóvenes se encuentran a un paso de actuar en forma contundente, incluso más allá de todo el significado que tuvo, hace cosa de dos años el movimiento “#yosoy132” el cual surgió en mayo de 2012 en la Universidad Iberoamericana, institución desde la cual se logró convocar a miles de estudiantes de instituciones públicas y privadas, para exigir el derecho a optar por una democracia auténtica y manifestar su repudio a la “dictadura mediática”.[1]

Considero que son suficientes las razones para pedir o demandar, en el territorio exclusivamente taurino el desarrollo de un espectáculo mucho más profesional, sobre todo en unos momentos en que se hace necesario fortalecer a la tauromaquia, expresión creada y recreada por el hombre a lo largo de los últimos siglos, misma que concentra manifestaciones técnicas y estéticas cuya culminación se materializa en el ritual del sacrificio y muerte del toro, elemento fundamental de su significado. Valorada más un espectáculo que deporte debido a sus peculiares componentes, ha sido motivo de diversas interpretaciones que han hecho suya las bellas artes en su conjunto. Por lo tanto, su puesta en escena no puede quedar reducida a representaciones indignas, sino que deben ser todas y cada una de ellas auténticas piezas que valores y revaloren su significado, con objeto de que se manifiesta la intención de protegerla y conducirla a uno de los más caros propósitos: que la UNESCO la considere como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad. De otra forma, es imposible que eso ocurra si sus más directos responsables siguen empeñándose en desvalorarla o devaluarla.

Estamos a tiempo de que ese objetivo, el de los oscuros intereses siga cubriendo de incertidumbre al toreo en nuestro país. Además, la presente advertencia debe extenderse a todas las empresas taurinas mexicanas, donde seguramente, como un sector privado, necesitan incentivarse con acciones cuya certeza y confiabilidad permitan que resurja una dinámica capaz de mover un mercado, la infraestructura toda para que con ello, ese engranaje hoy bloqueado por intereses detentados por grupos de poder, “destraben” esa maquinaria y permitan un desarrollo a la alza. ¿Quién no quiere ver a la tauromaquia resurgir de sus cenizas?

17 de noviembre de 2014.


[1] Reivindica #yosoy132 principios que le dieron origen hace un año. 12 de mayo de 2013 [en línea], 2014, http://www.jornada.unam.mx/2013/05/12/politica/005n1pol [consulta: 18 de noviembre de 2014]

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UNA CRÓNICA CERCANA AL “TRATADO DE LAS PASIONES DEL ALMA”…

A TORO PASADO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 DE LOS DIOSES FALLIDOS DE SAN MATEO, AL “TRATADO DE LAS PASIONES DEL ALMA”. Crónica para el quinto festejo de la temporada 2001-2002 en la plaza de toros “México”, la tarde del 2 de diciembre de 2001.

 México, D.F., 2 de diciembre de 2001.

Para la memoria. Envío Nº 3.

Desde la mortalidad que presenció la inmortalidad del arte.

    Mitología y religión, fueron la tarde del 2 de diciembre, dos factores que a través del tiempo se han unido, y se han separado, pero sometidas ambas a la eterna unidad que viene de entrañas y amalgamas sólo explicadas a la luz de la razón.

   El actual propietario de la ganadería de San Mateo, el Arq. Ignacio García Villaseñor no quiso que el retorno de los famosos toros a la plaza capitalina fuera un hecho sin más. A cada uno de ellos los bautizó con sendos nombres de dioses del Olimpo. Y no se trataba de simples nombres. No. Eligió para el caso seis de ellos con toda la pompa y circunstancia ubicada en la jerarquía, en la estatura de que fueron dueños conforme la dimensión por donde se movió cada uno. Fue un hecho lamentable que la afición reunida en la plaza de toros “México” (que apenas ocupó menos de la mitad del coso), se disgustara con el resultado del juego, no tanto el de su presencia, que no permitió las grandezas que teníamos previstas, sobre todo con tres toreros de corte artista: Fernando Ochoa, José Antonio “Morante de la Puebla” e Ignacio Garibay que tuvieron que empeñarse en la lidia y la técnica, más que desbordarse en sus territorios de la fascinación.

   APOLO, fue el primero. Apolo, dios griego que representa el ideal de la belleza masculina. Apolo era el más griego de todos los dioses. A veces se le identifica con el Sol y la luz. La ciudad de Rodas levantó una estatua en su honor, que fue considerada una de las siete maravillas del mundo. Fue un toro bien presentado, aunque con algunas señas de mansedumbre. Fernando Ocho estuvo muy lucido con el capote por verónicas, delantales y chicuelinas. Momentos y chispazos aislados. Momentos y chispazos cumbres enfrentando un toro remiso, probón, reculándose. Bien por Fernando. Pinchazo hondo y estocada, le valieron para salir al tercio.

   HÉRCULES fue el segundo de la tarde. Hércules, nombre con el que se conocía en Roma al dios griego Heracles. Parece ser el primer culto a un dios extranjero introducido en Roma. Era un dios popular entre los comerciantes. En un principio fue la verónica y media que cantara Joaquín Sabina por “Curro” Romero la que también expresó José Antonio “Morante de la Puebla”. Hércules no fue ni con mucho el poderoso, escaso de alegría y casta con el cual José Antonio no sólo no cumplió con la papeleta. Estuvo siempre en la cara del toro y se reveló como el diestro de poder que no conocíamos. Dos pinchazos y varios descabellos fue la ración final, a lo que enseguida se retiró entre silencios.

   POSEIDÓN, fue el dios griego del mar. Es el dios del terremoto, asociado con los caballos; su símbolo es el tridente. Este fue el tercero de la tarde, de menor catadura y cabeza, que no estuvo para fiestas. Ignacio Garibay lo analiza en algunas verónicas aseadas. Faena con tirabuzón, enfrentando a un toro que no permite nada, apenas los detalles de rigor de un Garibay muy valiente en la cara, que tampoco bajó la guardia. Estocada ligeramente tendida, al hilo de las tablas. Se amorcilla el de San Mateo, un aviso y un descabello. A faena garra bien valió una salida al tercio.

   ZEUS, el más importante de todos los dioses griegos, considerado protector de dioses y hombres y dios del cielo, fue un toro bien recordado, con cuajo, delantero de cuerna. Tampoco es el toro de entra y sal, el de fácil maniobra.

   De parte de Fernando Ochoa no hubo tregua, llegando al extremo de no irse de la cara, doblarse con él y sacar de esto todo lo más posible. ¾ tendidos y caídos, ración suficiente para que cayera desplomado este remedo de dios.

   ATLAS el incansable, apelativo muy justificado si se tiene en cuenta que había sido condenado por Zeus a sostener eternamente el mundo sobre sus hombros, fue otro toro con excelente presencia, bien despachado de cabeza, aunque bizco del derecho. Tampoco es otro toro fácil que “Morante de la Puebla” esperaba. Probón, rascando la arena. José Antonio pasa fatigas. Se cruza, busca un terreno para mejor colocación y resultado, y nada. Su rostro es el mejor reflejo de la desesperación. Pero aún así, y como guerrero busca un atisbo, una luz de embestida, pero nada. ¾ cruzados, perpendiculares y desprendidos. Silencio. Anuncia un regalo.

   ODISEO es un personaje de la Odisea, la cual en la epopeya de 24 cantos trata sobre las aventuras de Ulises (Odiseo), a su vuelta de la guerra de Troya. Este Odiseo sale abanto, calamocheando y aventando las manitas. Recibe un picotazo embistiendo y recargando con la cabeza arriba. Ignacio Garibay tuvo que sobreactuar para gusto y disgusto, frente a un toro que no ofreció un ápice de casta y bravura. Termina la tragedia con ¾ al volapié, labor celebrada con una salida al tercio.

   En estos días, leía un interesante ensayo de Rubén López Cano intitulado “La ineludible preeminencia del gozo. El Tratado de las pasiones del alma de Renè Descartes, en la música de los siglos XVII y XVIII” (Armonía, número 10-11, año 4 (enero-junio 1996). Órgano oficial de la Escuela Nacional de Música de la Universidad Nacional Autónoma de México, pp. 5-17). Dicho análisis dio luces muy sólidas que se armonizan con el maravilloso escenario ocurrido durante la faena del “toro de regalo” que ofreció José Antonio “Morante de la Puebla”.

   Dice el autor que, para comprender mejor el mecanismo del sistema cartesiano de generación de pasiones, presentamos algunos ejemplos que el propio filósofo nos ofrece:

 En el amor, se asienta en el Tratado, los espíritus animales provocan que la sangre “entre más abundante en el corazón y produzca en él un calor más intenso (…) lo cual hace que éste envié también espíritus al cerebro (…) y estos espíritus, fortaleciendo la impresión producida por el primer pensamiento del objeto amable, obligan al alma a detenerse en este pensamiento”. A nivel de la sintomatología somática, “el latido del pulso es igual y mucho más grande que de costumbre”, se siente un “dulce” calor en el pecho y la digestión se hace más rápidamente. Por eso “esta pasión es útil para la salud”.

   El odio, continúa Descartes, se origina cuando un individuo percibe un objeto que le causa aversión y sus espíritus animales se conducen inmediatamente hacia los músculos del estómago y del intestino. Entonces los espíritus animales se concentran en “los pequeños nervios del bazo y de la parte inferior del hígado donde se encuentra el receptáculo de la bilis”, asimismo se “fortalecen las ideas de odio” conduciendo al “alma a pensamientos llenos de acritud y de amargura”. En la somatización del odio, afirma el filósofo, el pulso es desigual, débil y a veces más rápido. “Se sienten fríos entreverados de no sé qué calor áspero y agudo en el pecho”. El estómago rechaza los alimentos y los vomita, los corrompe o, al menos, los transforma en malos humores.

   En la alegría los nervios más estimulados por los espíritus animales son los que están “en torno de los orificios del corazón”. La acción de los espíritus propicia una extrema dilatación de estos orificios facilitando que un mayor volumen de sangre circule constantemente un mayor número de veces. Así la sangre se filtra más finalmente hasta producir “espíritus muy sutiles”. En la alegría el movimiento de espíritus animales provoca que el pulso sea “igual” y más rápido que de costumbre aunque “no tan grande como en el amor”. Se siente un calor agradable en el pecho y en todas las partes que son recorridas por la sangre que fluye en abundancia. En ocasiones se pierde el apetito.

   En la tristeza, en cambio, la acción de los espíritus animales provoca que los orificios cardiacos se cierren, por lo que la sangre no se “agita” y no llega en abundancia al corazón. En la tristeza el pulso es débil y lento. “Se siente en torno del corazón como ataduras que le aprietan y témpanos que le hielan y comunican su frialdad al resto del cuerpo”. No se deja de tener buen apetito, a menos que la tristeza se combine con el odio, lo cual ocurre muy frecuentemente.

   El deseo, como fuerza vital de la voluntad, provoca un gran desplazamiento de espíritus animales del cerebro hacia todas las partes del cuerpo, en especial hacia el corazón para que el cerebro reciba un mayor volumen de sangre y de espíritus animales. En el deseo los movimientos de espíritus animales “avivan más todos los sentidos y hacen más móviles todas las partes del cuerpo”, pues esta pasión es la que mueve un mayor número de espíritus animales al cerebro y de éste a todos los músculos.

(…)

   Uno de los mayores atractivos de la teoría cartesiana de las pasiones es la naturaleza generativa de sus principios. Según Descartes todas las pasiones por completas que puedan parecer, pueden reducirse a seis fundamentales. Para el filósofo existen solo seis pasiones básicas: admiración, deseo, amor, odio, alegría y tristeza. De la interacción de estas seis pasiones, así como de la eventual intervención de otros elementos, se generan todas las demás pasiones. Por ejemplo: de la pasión básica admiración se derivan, según la grandeza o pequeñez del objeto admirado, la estimación o el desprecio; según la comparación que hagamos de nosotros mismos con el objeto que admiramos, el orgullo y la humildad; y según la capacidad de los objetos estimados o despreciados para hacer el bien o el mal, la veneración y el desdén.

    Hasta aquí con semejante y maravillosa apreciación cartesiana, para comprender la admirable y efímera obra de arte realizada por José Antonio “Morante de la Puebla”, que para entenderla, nada mejor que este marco de referencia.

   Ya había pasado todo. José Antonio daba evidencia de su profunda conmoción con un detalle que rubricaba la trascendencia apenas concluida unos momentos antes. Con paso lento fue hasta el centro del ruedo, enterró la espada de descabellar que quedó allí fija, como quedó para los pocos afortunados que decidimos esperar la revelación del misterio: totalmente acariciada por la gracia, experiencia que ocurre tan de vez en vez. Por lo menos en mi caso, yo no me había emocionado tanto desde 1986 cuando Pedro Gutiérrez Moya se consagró con SAMURAI y luego José Miguel Arroyo hizo lo mismo hace un par de temporadas. Y todo en el mismo escenario capitalino.

   Al solo anuncio del regalo que “Morante de la Puebla” ofreció para resarcir su labor apenas a medio tono con su lote en la lidia ordinaria, todo esto parecía avisarnos un nebuloso estallamiento, en el que la gracia tocada de delirio iba a causarnos tremenda alteración. El obsequio no fue ni en presencia ni en juego lo esperado. Sin embargo la obra de arte efímero que pudimos presenciar rebasó lo previsible. Es decir, ingresamos afortunados a uno de los territorios del privilegio convocado por los dioses fallidos de San Mateo, pero que dejaron su aroma encargado en la inspiración del sevillano, que no ocultó su raza. Al contrario, la trascendió, ¡y a qué esferas!

   CHARRITO se llamó el obsequio, un novillote castaño oscuro y cariavacado de Julio Delgado que sin ser bravo, que sin ser noble, al menos permitió que la grandeza del toreo volviera a afirmarse.

   El capote de José Antonio parecía tener alma propia. El temple de la verónica vibró en tonos de cante jondo, sacudiendo hasta lo más profundo de nuestro ser, porque además en su medio remate, y no conforme de consumarlo, todavía lo acentuó más con el hecho del profundo aviso que llegó con la sonora acentuación tridimensional que parecía empalmarse a la ya original. Fue un movimiento de más, exacto, pero también conmovedor, cuya fuerza se elevó al horizonte sin límites, infinito. Celestial.

   Las soberbias series de naturales, los adornos exquisitos entre una y otra, el toreo andándole por la cara, que “lleno era y fue de gracia”, como el Ave María, sacudieron el polvo que cubrió durante la tarde y hasta esos momentos todas las almas que soportaron inquietas y desilusionadas el llamado de los dioses sanmateínos que nunca llegó. Los trazos que se bordaron fueron el justo equilibrio de una gran faena, como hacía muchas tardes no llegaba, como no llegaban a nosotros los amores del pasado que conmovieron, que provocaron la pasión, la ilusión y también el desencanto. Amores que al fin y al cabo conservamos en la memoria restañada de sus heridas y de sus recuerdos.

   Esa fue la reacción provocada no solo por una faena, sin más. Fue la obra contemplada, que luego de recoger toda su dimensión hasta quedar fascinados, queremos recogerla, guardarla en la memoria, para no olvidar los colores y los matices. Los gestos y actitudes. El movimiento. Incluso la paz que se congregaron en apenas estos breves momentos espirituales que el infortunio quiso no fuera la dicha perfecta luego de dos pinchazos en lo alto.

   Recuperados lentamente, regresando a la realidad tras el orgasmo, la ovación surgió también desde las profundidades, lentamente, hasta desgranarse absolutamente entregada, sin miramientos. Sincera.

   Despiertos, otra vez en la realidad, pudimos darnos cuenta del manifiesto estético desbordado por obra y gracia de José Antonio “Morante de la Puebla” que, con paso lento pero victorioso, aunque en el fondo con el dolor de la amargura en su rostro, fue hasta los medios, clavó en la arena su espada y se retiró con un pedazo del alma herida, pero satisfecho tras la victoria.

   El símbolo de aquella espada parecía representar la herida postrera que un Olimpo en decadencia no pudo concederle el envidiable privilegio de la gloria. Nosotros mortales, se la concedemos.

   Ni una palabra más, memoria. Todo lo anotado me permite darle a usted la más cercana apreciación para explicarnos el misterio que se produjo tras la impresionante obra maestra de José Antonio “Morante de la Puebla”. No hay más, y hacerlo es pretender ir tras las más extrañas utopías.

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HOY, RECORDEMOS A DAVID SILVETI.

HAN TRANSCURRIDO ONCE AÑOS DE LA DESAPARICIÓN FÍSICA DE DAVID SILVETI. SU PRESENCIA ESPIRITUAL ESTÁ VIGENTE. HOY LO RECORDAMOS CON DOS MATERIALES PUBLICADOS HACE UNO Y DOS AÑOS RESPECTIVAMENTE EN ESTE BLOG, MATERIALES QUE COMPARTO CON USTEDES:

 

DAVID, ¿POR QUÉ TE ABANDONASTE? NUEVE AÑOS SIN DAVID SILVETI

https://ahtm.wordpress.com/2012/11/11/david-por-que-te-abandonaste-nueve-anos-sin-david-silveti/

DAVID SILVETI

 

EFEMÉRIDES DEL SIGLO XXI. DIEZ AÑOS SIN DAVID SILVETI

https://ahtm.wordpress.com/2013/11/11/efemerides-del-siglo-xxi-diez-anos-sin-david-silveti/

JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

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LA TRANSICIÓN EN LAS CORRIDAS DE TOROS, FINES DEL SIGLO XIX.

ILUSTRADOR TAURINO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

    Durante cierto número de años, sobre todo en la octava década del siglo XIX mexicano, hubo en el ambiente taurino un serio comportamiento de adaptación y readaptación, pero también de rechazo o resistencia a un nuevo estado de cosas que terminó afincándose en nuestro país, como esquema definitivo desde el cual se afirmó el toreo de a pie, a la usanza española en versión moderna. Pero para que eso ocurriera hubieron de pasar varias etapas, que mostraron efecto básicamente en las plazas provincianas, mientras en la ciudad de México seguía impuesta la sanción derivada del no cumplimiento a lo establecido en la Ley de Dotación de Fondos Municipales, desde noviembre de 1867 y hasta enero de 1887 en que se reanudaron los festejos taurinos.

   Uno de aquellos hechos que impactaron el cambio de expresión taurina eminentemente nacionalista a una de honda presencia hispana se dio en el estado de Veracruz. Afortunadamente existe la crónica de aquel episodio, misma que deseo incluir a continuación. Terminada su lectura, se antojan varios aspectos derivados de la misma. Mientras tanto, enterémonos de aquel sucedido.

 PLAZA DE TOROS EN VERACRUZ. 18 de enero. Hoy debe tener lugar en la plaza de toros de Veracruz la primera corrida en donde hará su debut la nueva cuadrilla española que ha llegado a ese puerto y de la cual, tan luego como nos escriba nuestro corresponsal, daremos cuenta a nuestros lectores.

El Arte de la Lidia, año I, del domingo 18 de enero de 1885, N° 8, p.4.

   El siguiente número de El Arte de la Lidia da cuenta de ese acontecimiento.

CORRIDA DE TOROS EN VERACRUZ.

   El “Ferrocarril” de aquella ciudad nos da una idea de la corrida en que trabajó por primera vez la cuadrilla española que dirije el espada Mateíto.

   La primera impresión era mala: la cuadrilla se presentaba cobrando precios que parecían exagerados, pues pedir dos y medio pesos por entrada y luneta, es demasiado. Eso se paga en las grandes compañías de ópera; y sin embargo, la plaza estaba completamente llena, pues aunque todo el mundo protestaba contra lo exorbitante del precio, todo el mundo lo pagó voluntariamente.

   A las cuatro y media de la tarde del domingo último ocupó el amigo D. Juan G. Zamora la presidencia de la plaza; la música tocó la marcha “Giralda” y aparecieron en la arena cinco gallardos toreros lujosamente ataviados y dos picadores, vestidos y montados a la usanza española, que fueron saludados con entusiastas aplausos y otras ruidosas manifestaciones, en las que no faltaron interjecciones muy expresivas, pero quizás no del caso.

   Salió el primer toro, animal corpulento, bonito, bien armado, puntal, y que pareció iba a tragarse la plaza; pero pronto abandonó estas veleidades, no tomó ninguna vara, se apoltronó, y, por último, dio muestras de ser el toro más cobarde de cuantos sustentan cuernos. Fue arrojado ignominiosamente de la plaza, sucediéndole otro bicho que fue menos malo, sin que por eso llegara a la categoría de regular siquiera; y para no cansar a los lectores, diremos que el tercer toro fue igual al primero, y se sacó de la plaza, y que el cuarto no valió lo que el segundo, y que el quinto… En fin, el ganado fue de lo peor, y el mayor enemigo de la Empresa no se lo hubiera traído igual, ni buscándolo con candil.

   El público estaba dividido: una parte del de sombra aplaudía frenético cuanto se hacía, bueno o malo; otra parte silbaba cuanto de bueno o de malo se hacía.

   Unos querían que picadores y toreros lidiaran a la usanza mexicana; otros que los lidiadores lo hicieran como tenían de costumbre, y por último, surgió cuestión de nacionalidad, aunque no muy a las claras, lo cual no puede ser más ridículo ni más extemporáneo; y de allí gritos, chocarrerías, aplausos, silbidos, frases destempladas y todo su séquito.

   La verdad es que no puede formularse juicio definitivo respecto a la cuadrilla, por lo flojo del ganado, y sabido es que sin ganado bueno, no hay corrida que valga la pena. Sin embargo, pudo notarse que los que la forman son toreros, es decir, que tienen arrojo, conocimiento del arte y serenidad. Mateíto debe ser un buen espada, tal vez de segundo orden en Madrid, pero de primera fuerza comparado con todos los que hemos visto aquí. Hay en él apostura, elegancia, sabe trastear al toro, no se precipita y dirige bien su cuadrilla. Los banderilleros hicieron cuanto era toreramente posible, y los picadores cumplieron con su deber.

   Esperamos ver la próxima corrida para hablar con más conciencia.

   Mientras tanto, no nos parece de más aconsejar prudencia al público, no echar a patriotería asuntos de esa naturaleza; aplaudir lo bueno, cualquiera que sea su origen, y censurar lo malo, de cualquiera parte que venga; pero con imparcialidad, con buen juicio; lo contrario es sentar plaza de indiscreto.

El Arte de la Lidia, año I, del domingo 25 de enero de 1885, N° 9, p.2-3. 

P. 93

Plaza de toros de Veracruz, anónimo, fresco, siglo XIX. En José N. Iturriaga, Martha Chapa y Alejandro Ordorica: Dentro y fuera del ruedo. Veracruz, Gobierno del Estado de Veracruz, Talleres gráficos de Editora la Voz del Istmo, S.A., 2010. 314 p. Ils., fots., grabs., p. 93.

    Si intentamos entender el mensaje que nos legó el cronista en turno, podremos analizar, en primera instancia las condiciones de lidia ofrecidas por un ganado que, a lo que se ve, no eran otra cosa que toros de media casta o criollos, los cuales huían hasta de su propia sombra, lo cual indicaba un denominador común de encierros que comúnmente deben haberse utilizado en decenas de festejos, lo cual arrojaba balances poco apropiados. En el estado de Veracruz la hacienda ganadera con capacidades para surtir de toros a las diversas plazas era la de Nopalapam. Quizá también la Estanzuela y algunas otras en las que definitivamente el perfil o juego del ganado criollo allí criado no daba para más. Con este elemento en contra, poco podía avanzar el desarrollo de una tauromaquia autóctona, más rural que urbana, de ahí la insistencia de que eran necesarios unos procedimientos que estaban puestos en práctica, resultado de aquella tauromaquia a la mexicana, de la que Ponciano Díaz y sus huestes eran auténticos representantes. A la par, surgió, y no podía ser de otra forma, un síntoma de nacionalismo a ultranza que defendía valores nacionales, produciendo auténticos fenómenos de patrioterismo mal entendido, respuesta que se impuso como un escudo para atacar a las cuadrillas españolas que por entonces empezaban a llegar en forma contundente y masiva a nuestro país, con objeto de establecerse primero, y después ofertar una puesta en escena que si bien, no correspondía con las costumbres, este nuevo concepto, de toreo a la española, iba a ser aceptado, no sin reproches, por aquellos nuevos cuadros de aficionados que sin saberlo, y gracias a una labor ascendente y frontal por parte de la prensa, acabarían siendo aleccionados con nuevas enseñanzas, fruto de lecturas y análisis con lo que las más recientes ediciones tauromáquicas presentadas en España permitían entender aquel nuevo estado de cosas.

   Llama la atención que estos hechos hayan ocurrido en plazas provincianas, pero recordemos que dichos espacios fueron quienes se convirtieron en la alternativa para el desarrollo del espectáculo entre los años 1867 y 1886, periodo del que ya se han indicados sus particularidades. Ahora bien, Veracruz se convierte en aquel entonces el primer punto de contacto en que, tierra adentro van a ir mostrando las cuadrillas llegadas de España, con escala en Cuba, sitio donde también tuvieron oportunidad de darse a conocer. A su llegada a México y luego durante su estancia, el tipo de ganado tenía un perfil muy parecido debido a la falta de un sentido profesional de la ganadería destinada a toros de lidia. Las haciendas ganaderas se enviaba lo que podría haber cumplido con ciertos requisitos, pero no todos, salvo algunas que habían venido formalizando sus alcances que se debían más a la inspiración o a la intuición que a aspectos rigurosamente cercanos a la crianza como tal. Ese fue el caso de unas cuantas, tales como Atenco, Santín, San Diego de los Padres, Tepeyahualco y alguna más. Es bueno recordar, que será a partir de 1887 en que, como lo apunte en Novísima grandeza de la tauromaquia mexicana: cuando los hacendados se volvieron ganaderos. Y así lo apuntaba:

 HACENDADOS QUE SE HICIERON GANADEROS

    Ya en el siglo XIX la presencia de decenas de ganaderías, refleja el giro que va tomando la fiesta, pero ningún personaje como ganadero es mencionado como criador en lo profesional. Es de tomarse en cuenta el hecho de que sus ganados estaban expuestos a degeneración si se les descuidaba, por lo que muy probablemente, impusieron algún sistema de selección que los fue conduciendo por caminos correctos hasta lograr enviar a las plazas lo más adecuado al lucimiento en el espectáculo. Los concursos de ganaderías que se dieron con cierta frecuencia son el parámetro de los alcances que se propusieron y hasta hubo toro tan bravo “¡El Rey de los toros!” de la hacienda de Xajay que se ganó el indulto en tres ocasiones: el 1 y 11 de enero de 1852; y luego el 25 de julio siguiente, acontecimiento ocurrido en la plaza de San Pablo. La bravura fue el nuevo concepto a desarrollar, la casta que hace embestir al toro en natural defensa de su vida. En 1887 comenzó la etapa de la exportación masiva de ganado español a México con lo que la ganadería de bravo se consolidó en nuestro país.

   Un siglo atrás, el virrey Conde de Gálvez trajo de las provincias salamanquina y castellana algunas cabezas de ganado que sirvieron como pie de simiente en la hacienda potosina de Guanamé, pero fue escasa la presencia de esta experiencia porque no llegó a desarrollarse.

   De ese modo se resuelve un pequeño pasaje con el que aun nos confundimos como aficionados, pues se sigue en esa creencia acerca de los toros navarros que llegaron a Atenco en el siglo XVI, pues de bravos no tenían nada y más bien se utilizaron para surtir al rastro de la ciudad.

   En 1888 la familia Barbabosa, propietaria de las haciendas de Atenco, San Diego de los Padres y Santín, adquiere un semental de Zalduendo, típico de la línea navarra, poniéndolo a padrear en terrenos atenqueños.

   Ganado criollo en su mayoría fue el que pobló las riberas donde nace el Lerma, al sur del Valle de Toluca. Y Rafael Barbabosa Arzate -que la adquiere en 1879- al ser el dueño total de tierras y ganados atenqueños, debe haber seguido como los Cervantes, descendientes del condado de Santiago de Calimaya, las costumbres de seleccionar toros cerreros, cruzándolos a su vez con vacas de esas regiones. Si bien, restablecidas las corridas de toros en el Distrito Federal de 1887 en adelante, algunos toros navarros -ahora sí- llegaron a Atenco, aunque dicha ganadería adquirió importancia a comienzos de nuestro siglo mezclándose con sangre de  la ganadería de Pablo Romero, consistente en cuatro vacas y dos sementales.

   Ante este panorama Atenco siguió lidiando en cantidades muy elevadas, según los registros con que dispone la historia del toreo en México. Justo es recordar que la ganadería desde sus inicios estuvo en poder del lic. Juan Gutiérrez Altamirano y de su descendencia, conformada por la encomienda, mayorazgo y más tarde condado de Santiago de Calimaya; esto desde 1528 y hasta 1879, año en que es adquirida por la familia Barbabosa.

   Otras ganaderías que lidiaron durante el XIX -en su primer mitad- fueron:

 -El Cazadero

-Guanamé

-Huaracha

-Tlahuelilpan

-Del Astillero

-Sajay

-Queréndaro

-Tejustepec

-Guatimapé

   En este caso, se trata de ganado criollo en su totalidad.

Iniciada la segunda mitad del siglo que nos congrega, puede decirse que las primeras ganaderías sujetas ya a un esquema utilitario en el que su ganado servía para lidiar y matar, y en el que seguramente influyó poderosamente Bernardo Gaviño, fueron San Diego de los Padres y Santín, enclavadas  en el valle de Toluca. En 1835 fue creada Santín y en 1853 San Diego que surtían de ganado criollo a las distintas fiestas que requerían de sus toros.

   Durante el periodo de 1867 a 1886, el ganado sufrió un descuido de la selección natural hecha por los mismos criadores, por lo que para 1887 dio inicio la etapa de profesionalismo entre los ganaderos de bravo, llegaron procedentes de España vacas y toros gracias a la intensa labor que desarrollaron diestros como Luis Mazzantini y Diego Prieto. Fueron de Anastasio Martín, Miura, Zalduendo, Concha y Sierra, Pablo Romero, Murube y Eduardo Ibarra los primeros que llegaron por entonces.

   En 1874 don José María González Fernández adquirió todo el ganado -criollo- de San Cristobal la Trampa y lo ubicó en terrenos de Tepeyahualco en el estado de Tlaxcala. Catorce años más tarde este ganadero compró a Luis Mazzantini un semental de Benjumea y es con ese toro con el que de hecho tomó punto de partida la que más tarde sería la famosa ganadería de Piedras Negras la que, a su vez, conformó otras tantas de igual renombre. Por ejemplo: Zotoluca, La Laguna, Coaxamaluca y Ajuluapan.

   Santín, administrada por don Rafael Barbabosa y Arzate desde 1847 mantuvo su ganado sin cruza española, por lo que en las épocas del auge poncianista se le conoció como la ganadería “nacionalista”.

   El toro “Garlopo” de Santín, lidiado el 28 de marzo de 1880 en Puebla por Bernardo Gaviño, es recordado por su bravura al tomar 9 puyazos, hiriendo de muerte a 6 caballos. Actualmente don Salvador Barbabosa García conserva su cuerpo disecado en Toluca.

   Por otro lado el Dr. Carlos Cuesta Baquero apunta:

 Haber consultado viejos papeles del Ex-Ayuntamiento con los nombres de los ganaderos españoles y el lugar de su residencia en la Madre Patria, por haber sido los vendedores de las primeras reses con las que se formaron las ganaderías establecidas en nuestro siglo (puede tratarse de las actas de Cabildo).

Prácticamente, para el conocimiento del origen de las ganaderías mexicanas, esos documentos no tienen mayor importancia, pues no especifican cuáles camadas eran de reses bravas y cuáles no lo eran. Fueron todas globalmente enviadas con la finalidad de utilizarlas en el abasto de la Nueva España y en los servicios agrícolas. No hicieron elección de algunas para destinarlas a la diversión tauromáquica, a ser lidiadas en las plazas públicas.

Las reses que llegaron a nuestro suelo procedieron, en su mayoría, de las regiones de Castilla, Salamanca y Navarra, y algunas también de Andalucía. Esa es la única deducción exacta y cierta, que hice por la lectura y estudio de esos legajos. Ni aún en la propia España había en esa época ganaderías exprofesamente dedicadas a la cría de toros de lidia; pues la tauromaquia, entonces, era un arte embrionario, concretándose a las suertes de rejonear a caballo. El toreo a pie aun no era establecido. Y esta manera fué la que originó la especialización de las castas de reses bravas, de ganaderías dedicadas a criar toros de lidia en México.

    Coincido con el recordado Roque Solares Tacubac puesto que, como ya he dicho, el concepto de la ganadería en cuanto sentido profesional aún no formaba parte de la vida común en la fiesta de los toros en México. Para España comenzó a fines del siglo XVIII. En nuestro país ocurrió un siglo después. Es un hecho de que el ganado se desarrollará de maneras muy distintas en nuestro territorio y que habiendo un carácter específico para las fiestas, en todo caso, pudieron aplicar -los señores dedicados a la posible selección- un criterio en el que se aprovechara cierta “bravuconería” de toros que finalmente embestían en las plazas.

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TOROS EN TLALNEPANTLA EN MARZO DE 1886. LA CRÓNICA.

CURIOSIDADES TAURINAS DE ANTAÑO EXHUMADAS HOGAÑO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 UNA INTERESANTE Y CURIOSA CRÓNICA PARA EL SEGUNDO FESTEJO DE INAUGURACIÓN DE LA PLAZA DE TOROS EN TLALNEPANTLA, EDO. DE MÉX., EN MARZO DE 1886, REGISTRADA EN EL PERIÓDICO ESPAÑOL EL TOREO.

    Desde 1884 comenzó a circular en la ciudad de México el periódico El arte de la Lidia, comandado por Julio Bonilla. Seguramente los hechos que ocurrieron la tarde del 21 de febrero de 1886, en que se notifican los acontecimientos celebrados en la plaza de toros de Tlalnepantla, no fueron ajenos entre la afición mexicana, y con toda seguridad se dieron a conocer en la publicación dirigida por Bonilla. Sin embargo, Gadea, del que por cierto no se ha encontrado mayor información, aunque pudo ser un corresponsal mexicano de El Toreo, debe haber tomado el alias del célebre Ignacio Gadea, quien todavía para esos años estaba en activo, luego de tres décadas de permanencia, no dudó en enviar a España su propia interpretación, apoyada por aquella necesidad del sustento teórico y técnico que empezaba a notarse con mayor relevancia, justo en unos momentos en que la introducción del toreo de a pie, a la usanza española en versión moderna está ocurriendo con todos sus ímpetus. Es más, esta crónica es una muestra de ello, pues los espadas que actuaron aquella tarde, son dos españoles, que ejercieron una influencia definitiva. Pusieron en práctica una estrategia que soportó al principio de su aplicación demasiadas críticas, pues enfrentaban la potencia del orgullo taurómaco nacional, que por esos días se encontraba a la alza, debido a Ponciano Díaz, el torero híbrido que se apersonó para enfrentar semejante provocación. Por aquellos días, la afición mexicana se unió al duelo por la muerte de Bernardo Gaviño, el patriarca del toreo mexicano quien, por cincuenta años impuso sus influencias. Todo este panorama no era impedimento para que José Machío y Antonio González, ambos españoles, se presentaran en la nueva plaza de toros de Tlalnepantla, para enfrentar a cuatro toros de Atenco y otros dos de Venadero.

   No se tiene una clara idea de lo que pasaba entonces respecto a que un cartel estuviera constituido por extranjeros, como hoy se discute tanto, contando para ello con un reglamento que establece condiciones muy claras. El caso es que donde no se dejaba escapar detalle era en el desarrollo de la lidia, pues “notamos desde luego que los espadas no se colocaron donde debían estar”. Y, ¿dónde debían estar?

   ¿Dónde normalmente se instalaban las cuadrillas mexicanas, o donde las normas revolucionarias de la tauromaquia –hasta entonces desconocidas en nuestro país con tanta profundidad- establecían?

   La larga reseña explora con detalles muy precisos diversas ocurrencias, entre las cuales destaca la manera en que son descritos uno a uno los toros y su respectivo juego y presencia, que por cierto no fueron notables, a excepción del quinto de la tarde, el mejor presentado y el de Gadea no deja de mencionar las lacónicas faenas acordes a la época, apenas unos cuantos pases preparatorios para dar paso a la suerte suprema. Destaca, eso sí, como era la costumbre, el largo episodio de la suerte de varas, importante sustento de la lidia, pues era común todavía que los caballos fueran sin peto, lo que ocasionaba numerosos tumbos, intervenciones de parte de las infanterías traducidas en los incesantes quites que evitaban mayores daños a los jamelgos.

   No faltan aquí las especificidades del tercio de banderillas, con lo que la crónica se afirma como un perfecto tratamiento técnico de la lidia.

   Por cierto, y tras el incómodo brindis que Machío hizo a una estrella española, Gadea anota el siguiente incidente, luego de concluir la lidia del tercero de la tarde

 La concurrencia en general se indignó, gritó y silbó a más no poder. Algunas naranjas y jarros de pulque fueron tirados al redondel por el público del sol, en el que Machío no tiene en nuestro concepto ninguna simpatía. Horror y escándalo.

   Y es que

 A Machío, lo hemos visto otras veces mejor y aunque conocemos que es un torero, por más que se diga no tiene simpatías en Méjico. Se le criticó y con razón que siendo él un matador de categoría brindara, como lo hizo a una de esas señoras, lo cual repugna en Méjico.

    Esa falta de simpatías trajo a José Machío un alto costo como víctima del sacrificio, un sacrificio que dos años más tarde se convirtió en un auténtico triunfo de la torería española, que consumaba con la presencia de Luis Mazzantini y Diego Prieto “Cuatro dedos” la reconquista vestida de luces. No era fácil ganar un territorio tan difícil, el cual defendía a capa y espada los profundos valores del nacionalismo taurino que, como quedó dicho, su más destacado representante era Ponciano Díaz, mismo que tuvo que enfrentar la consistente operación española durante esos primeros años. Al paso de los años, Ponciano no imaginó que aquella empresa lo abatiría, ya que se convirtió en el último reducto que defendió lo poco que quedaba de un maltrecho emblema taurino nacional. La gran mayoría de los espadas aborígenes no tuvo más remedio que aceptar y adecuarse a los nuevos tiempos, lo mismo que toda la afición, misma que asumió ese carácter gracias a la labor sistemática de la prensa que aleccionó como nunca antes a quienes entonces tenían una vaga idea de lo que significaba la tauromaquia, entendida como factor donde se daban la mano técnica y arte al mismo tiempo.

   Explicadas algunas apreciaciones sobre lo que pasaba en aquel entonces, pasemos a la lectura integral de la crónica, publicada, además en El Toreo, periódico español que no se sustraía a los acontecimientos de un país tan lejano geográficamente como México, pero que ponía al tanto a la afición española del desarrollo y evolución que entonces empezaba a darle forma y cuerpo a lo que más tarde sería una auténtica realidad de este ejercicio técnico y espiritual.

   Como última observación, es de tomarse en cuenta las gélidas cifras que dan un panorama telegráfico del reflejo general del festejo:

             Han tomado los toros 42 puyazos.

            Han dado 15 caídas.

            Caballos muertos, 8.

            Les han puesto 7 pares. Medios, 8.

            Pases de muleta, 19.

            Pinchazos, 3.

            Estocadas, 7.

            La corrida en general, mala.

            El servicio de caballos, bueno.

            El de plaza muy bueno.

            La entrada un lleno.

            La Presidencia acertada.

            La tarde magnífica.

 El Toreo. Año XIII. Madrid, lunes 22 de marzo de 1886, Nº 579.

 MÉJICO.

 NUEVA PLAZA DE TOROS DE TLALNEPANTLA.

 Segunda corrida verificada el Domingo 21 de Febrero de 1886.

Cuatro toros de la ganadería de Atenco, propiedad de D. Rafael Barbabosa, vecino de Toluca, y de dos más de la hacienda del Venadero, Estado de Aguas Calientes.

CARTEL_21.02.1886_TLALNEPANTLA_JOSÉ MACHÍO_ATENCO y VENADERO

 PRIMER ESPADA, JOSÉ MACHÍO.-SEGUNDO, ANTONIO GONZÁLEZ (FRASQUITO).

 Presidencia dl Sr. Lic. José Zubieta.

    A la hora anunciada y con un lleno completo igual al de la corrida de inauguración, dio comienzo la fiesta.

   A las cuatro en punto, que apareció en el palco presidencial la autoridad que debía presidir la bien construida plaza de Tlalnepantla, estaba llena de gente y toda muy dispuesta a pasar un buen momento. A esta hora se presentó la cuadrilla y hecho el saludo de ordenanza, cada uno tomó su puesto. Notamos desde luego que los espadas no se colocaron donde debían estar.

   Dada la señal salió a la arena el primer toro de Atenco.

   Amarillo, flaco y de mala estampa, desde luego dio a conocer que esta huido.

   Por más que hicieron los piqueros para acosarlo y buscarlo en todas partes, procurando taparle la salida, no les fue posible hacerle entrar a la pelea.

   El público, indignado, pidió que volviera al corral, y el Presidente accedió con justicia a la petición. El buey fue lazado volviendo al corral al son de una gritería y rechifla espantosas.

   Sonó el clarín de la presidencia y abrióse el toril, dando paso al sustituto, que pertenecía a la misma raza.

   Era enchilado, de bonita estampa, ligero y de muchos pies. A fuerza de buscarlo embistió a los piqueros, recibiendo ocho puyazos. Guillermo Morón sufrió un batacazo y perdió el potro.

   Frasquito hizo varios quites con bastante arte y valentía.

   Al propio diestro tocó banderillar este toro, adornándole el morrillo con un buen par al cuarteo, otro superior de frente aprovechando y un medio par de igual modo entrando bien y por derecho. El público, siendo justo, aplaudió frenéticamente a Frasquito.

   Llega el momento de matar, José Machío, con traje verde y oro, brinda ante el presidente y pasa a vérselas con el cornúpeto. Retirado más de lo regular, lo pasa de muleta con un natural y uno de pecho para una malísima estocada baja; más pases y un pinchazo precipitado, concluyendo por fin la faena con una estocada regular por todo lo alto, pero fuera de regla. Algunas palmas y una silba espantosa.

   Pasemos al segundo. Pertenecía a la ganadería del Venadero, estado de Aguascalientes. Su color, lo mismo que su nombre, era Moro, salió blanco y receloso.

  De Varguitas y el Gorrión tomó de cada uno cuatro puyazos, sufriendo los piqueros cinco caídas.

   Candela clavó un par de frente, otro al cuarteo y medio a la media vuelta.

JOSÉ MACHÍO

 Machío se presenta por segunda vez con los tratos, y después de brindar a una estrella española, lo pasa de muleta cuatro veces con dos naturales y dos de pecho para una estocada que podremos decir baja, con lo que a poco se echó el toro. El puntillero lo remató a la segunda. Machío podría haber lucido si no hubiera tenido tanta desconfianza.

   Parte del público de la sombra aplaudió, el del sol obsequió al matador con una gran ovación de silbidos.

   Y salió el tercero, que pertenecía a la ganadería de Atenco, y era hosco, chico y de alguna ley.

   Recibió con muchas fatigas siete varas de Anastasio y seis de Anguiano. Ocasionó cinco caídas, dejando en la arena un jamelgo difunto.

   Antonio González, el Orizabeño, lo banderilló muy mal, el público silbó y con razón. Sólo pudo colocar un par a la media vuelta y dos medios pares de igual manera.

   Machío coge la espada y la muleta, y dirigiéndose al cornúpeto, desde muy lejos lo pasa cinco veces al natural, dos con la derecha y dos de pecho, dando, durante su faena, una estocada alta trasera, un pinchazo regular, otro pinchazo muy malo y bajo que hizo cojear al toro, concluyendo con una estocada a volapié, con la que se echó el animal. El puntillero lo remató.

   La concurrencia en general se indignó, gritó y silbó a más no poder. Algunas naranjas y jarros de pulque fueron tirados al redondel por el público del sol, en el que Machío no tiene en nuestro concepto ninguna simpatía. Horror y escándalo.

   Se llamaba el cuarto Catrín, y era prieto, con cola y patas blancas, de bonita lámina y bien armado. Pertenecía a la raza de Aguascalientes.

  Salió hecho un buey y huyendo de la gente montada, de quien no recibió más que tres cariños.

   Fue necesario prenderle banderillas de fuego para alegrarlo y volverlo retozón. Mochilón fue el encargado de la suerte. En el primer par quedó mal, pero volviendo después por su crédito, clavó dos buenos pares aprovechando. El chico escuchó palmas y música.

   A Frasquito, que vestía azul y seda negra, correspondía matar este toro. Después de los cumplimientos de rúbrica, emplea parando y con mucho aquél, cuatro naturales y dos de pecho para una estocada alta, otros dos pases naturales para otra estocada de igual manera, rematando con otra buena, con la que fue suficiente para acabar con la vida del bicho. El puntillero lo remató.

   La faena de Frasquito fue buena y corta.

   Aunque al herir no estuvo el diestro muy certero, al pasar de muleta lo vimos hecho un valiente, y los aplausos que el público le prodigó fueron merecidos.

   El quinto que saltó a la arena fue el mejor de la tarde, dando a conocer desde luego por su bravura y ley que era legítimo de Atenco. Sus señas: alazán, bien puesto, bragao y cornicorto.

   Recibió del Gorrión dos puyazos, cayendo una vez el jinete; otros tres de Anguiano, con tumbo y pérdida del potro; tres más de Guillermo Morón, también con caída, y dos de Varguitas, con batacazo y jaca difunta.

   El toro mostró gran poder en varas.

   Guillermo Morón, estando montado, dejó el penco y se echó sobre la cabeza del toro y abalanzándose a las astas logró dominarlo. Al quite toda la cuadrilla. El valiente picador fue aplaudido frenéticamente y la música tocó varias veces diana. Morón recibió algunos pesos por su guapeza.

   Otro picador de Atenco que no recuerdo su nombre ejecutó la misma suerte, lo que vino a dar por resultado que el toro quedara humillado e inservible para la lucha.

   Aconsejamos a la Empresa que en lo sucesivo prohíba esta suerte, pues no es posible que un toro, por bravo que sea, recibiendo este castigo sirva después para cualquiera otra suerte, así como también que se ejecuten cosas que no estén anunciadas.

   Felipe Hernández a caballo, clavó un buen par de banderillas que mereció aplausos.

   Antes de llegar el toro a la muerte se echó e tierra y fue preciso indultarlo. Fue lazado y volvió al corral.

   El sexto y último que cerró plaza fue de Atenco, amarillo, blando y enfermo.

   Fue imposible lidiarlo, pues no entraba a nada y no hacía más que huir, no mereciendo en consecuencia los honores de una reseña.

   Siguió después el embolado y concluyó la fiesta con disgusto de los espectadores.

DETALLES

   Los toros de Atenco, con excepción del quinto que se jugó, resultaron blandos, huidos y recelosos. A nuestro entender, esto consistió en la mala conducción y poco cuidado que se ha tenido al traerles de la Hacienda a la Plaza de Tlalnepantla.

   Los dos toros de la ganadería del Venadero, Estado de Aguascalientes, tampoco dieron buen juego mostrando esta raza que es muy inferior en ley y bravura a la de Atenco, Santín y San Diego de los Padres.

   A Machío, lo hemos visto otras veces mejor y aunque conocemos que es un torero, por más que se diga no tiene simpatías en Méjico. Se le criticó y con razón que siendo él un matador de categoría brindara, como lo hizo a una de esas señoras, lo cual repugna en Méjico.

   Frasquito en banderillas y pasando de muleta lo hizo perfectamente.

   Pusieron algunas buenas varas Anastasio, el Gorrión y Varguitas. Fueron los únicos que picaron en el morrillo.

     Han tomado los toros 42 puyazos.

     Han dado 15 caídas.

     Caballos muertos, 8.

     Les han puesto 7 pares. Medios, 8.

     Pases de muleta, 19.

     Pinchazos, 3.

     Estocadas, 7.

     La corrida en general, mala.

     El servicio de caballos, bueno.

     El de plaza muy bueno.

     La entrada un lleno.

     La Presidencia acertada.

     La tarde magnífica.

   La Empresa no fue culpable del mal éxito de la corrida, y procuró satisfacer hasta donde le fue posible los deseos del público. El orden se mantuvo inalterable.

 GADEA

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 OCULTAMIENTO DE INFORMACIÓN.

EDITORIAL.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

   Cualquier consumidor, antes de adquirir el producto que pretende, necesita conocer la mercancía, saber si esta cumple con los principios elementales para generar certeza y credibilidad y de ahí, proceder al mecanismo de compra-venta. Tal circunstancia parecía entenderla la empresa de la plaza de toros “México”, y así se publicitó la materia prima, es decir el encierro de Barralva, con lo que hubo un punto de confianza. Sin embargo, y a partir del segundo festejo de la temporada el ocultamiento de esa materia prima volvió a ser el común denominador, pues el sólo anuncio de 6 ejemplares, 3 La Estancia y 3 de San Isidro significó no conocerlos en la realidad hasta la hora del sorteo y luego más tarde, cuando los ejemplares fueron saliendo uno a uno al ruedo de “Insurgentes”. La misma situación se presenta ahora con los ejemplares de Marrón, a lidiarse el próximo domingo 9 de noviembre.

   En México, y durante muchos años, la costumbre fijada por diversas empresas es publicitar, dar a conocer las imágenes de los toros que serán lidiados, como forma de atraer potenciales asistentes a las plazas, convencidos de lo que se les ofrece es un encierro de toros y no otra cosa. Pero cuando no hay forma de corroborar ese aspecto, lo único que va a suceder es que arriesgamos nuestro dinero, pues lo único que podría suceder es que nos ofrezcan, como se dice coloquialmente “kilos de a 800 gramos” o peor aún, “gato por liebre”. A eso está apostando la empresa capitalina, y por ende a seguir desconfiando no solo de este procedimiento sino de muchos otros que suceden sobre la marcha, al desarrollarse el festejo, o previo a este, cuando la “autoridad” tendría que estar aprobando un encierro que, en la lógica no cumple con lo indicado en el reglamento, sobre todo en la confirmación que debe darse con registro de edades, peso (ese famoso problema del peso donde la PROFECO nada ha podido hacer) y luego toda una serie de anomalías a lo largo de la tarde, precisamente cuando se trata de que la “autoridad” imponga el reglamento… pero si se relaja y lo hace estando al servicio de la empresa, las cosas empeoran y se desmorona la credibilidad. A todo ello, hay que agregar el desaparecido procedimiento del examen “post mortem” que, siendo la última alternativa de confirmación para encontrar razonamientos científicos que avalen o confirmen la edad de los toros lidiados, lo anterior provoca reducir a su mínima expresión las posibles razones de reclamo por parte de una afición indefensa que además de todo terminó pagando sin enterarse, como ya se dijo, de una materia prima en duda.

   Yo no sé en qué medida los últimos y graves acontecimientos que ocurren en el país puedan reflejarse en un espectáculo como el de los toros, no como causa para reclamar si se deben permitir o no tales espectáculos (lo que ya es una práctica común de los grupos contrarios), sino como forma de su procedimiento, mismo que ocurre bajo los viejos y viciados métodos que, como vemos, les resultan efectivos y contundentes. El problema también está entre quienes deciden asistir, pues el conformismo puede ser peligroso en la medida en que se acepta un producto sin saber el grado de calidad que pudiera tener. Ese mismo riesgo lo tenemos a la vuelta de la esquina con la que será la tercera corrida de la temporada, y es hora en que desconocemos esa información básica, esencial relativa a los toros. No basta con un informe lacónico de sus nombres, números o pelaje. Es necesaria la imagen para saber si el trato al que finalmente llegó la empresa adquiriendo un encierro a través de su “veedor” cumple con lo que la lógica y el sentido común pueden decirnos o confirmarnos al respecto. En la prensa digital, al menos se han dado a conocer esta semana las fotografías de aquellos toros que se lidiarán tanto en Querétaro como en Saltillo en los próximos días. ¿Por qué no aparecen por ningún lado los toros que se van a lidiar en la plaza de toros “México”? ¿Qué pretenden ocultar?

   Lamento que la empresa no aspire a más, no quiere ganarse la confianza de los aficionados y de seguir así, el mejor reflejo seguirá siendo el de unas irregulares entradas, tanto en el tendido numerado como en el general, sobre todo en este, donde queda de manifiesto que a él acude una mayoría de asistentes cuya capacidad económica quizá no permita pagar más que esos precios. Por ejemplo, muchos años atrás, cuando la “México” se llenaba, el mejor síntoma que aseguraba aquel buen balance era cuando los tendidos generales se ocupaban hasta la parte más elevada de la plaza. Hoy, el panorama en tal espacio del recinto es en muchos casos, desolador y desalentador. Si en eso no tiene fija su atención la empresa, es que algo está funcionando mal. Cualquier empresario tendría que reunirse con su equipo de trabajo y rehacer el esquema hasta llegar a un punto de solución satisfactoria, pretendiendo con ello tener en cada festejo, el lleno garantizado. No basta esperar el festejo conmemorativo del 5 de febrero y convertirlo en “tabla de salvación”. Incluso, es posible entender que otras diversiones públicas tienen una mejor organización, quizá porque sus responsables se han fijado propósitos muy claros: ofrecer un espectáculo de calidad, no importa el precio que se imponga al boletaje, pero quien acude a los mismos, sabe que, de antemano se le está ofreciendo c-a-l-i-d-a-d.

   Finalmente, sepa la empresa de la plaza de toros capitalina que habemos aficionados de muchos años, desencantados por un conjunto de malos resultados, con ganas de reencontrarnos con una fiesta mejor, más organizada en términos de aplicaciones mercadotécnicas que no afecten los “usos y costumbres” establecidos en el toreo de mucho tiempo para acá, lo cual resultaría si no grave, en todo caso riesgoso, pero no por ello imposible de aplicar, siempre en aras de proporcionar un servicio, que se traduce en el espectáculo mismo, revestido de infinidad de elementos que confirmen su importancia, la de una fiesta que en estos precisos momentos necesita aliento, impulso… credibilidad.

 6 de noviembre de 2014.

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