UNA CRÓNICA CERCANA AL “TRATADO DE LAS PASIONES DEL ALMA”…

A TORO PASADO.

 POR: JOSÉ FRANCISCO COELLO UGALDE.

 DE LOS DIOSES FALLIDOS DE SAN MATEO, AL “TRATADO DE LAS PASIONES DEL ALMA”. Crónica para el quinto festejo de la temporada 2001-2002 en la plaza de toros “México”, la tarde del 2 de diciembre de 2001.

 México, D.F., 2 de diciembre de 2001.

Para la memoria. Envío Nº 3.

Desde la mortalidad que presenció la inmortalidad del arte.

    Mitología y religión, fueron la tarde del 2 de diciembre, dos factores que a través del tiempo se han unido, y se han separado, pero sometidas ambas a la eterna unidad que viene de entrañas y amalgamas sólo explicadas a la luz de la razón.

   El actual propietario de la ganadería de San Mateo, el Arq. Ignacio García Villaseñor no quiso que el retorno de los famosos toros a la plaza capitalina fuera un hecho sin más. A cada uno de ellos los bautizó con sendos nombres de dioses del Olimpo. Y no se trataba de simples nombres. No. Eligió para el caso seis de ellos con toda la pompa y circunstancia ubicada en la jerarquía, en la estatura de que fueron dueños conforme la dimensión por donde se movió cada uno. Fue un hecho lamentable que la afición reunida en la plaza de toros “México” (que apenas ocupó menos de la mitad del coso), se disgustara con el resultado del juego, no tanto el de su presencia, que no permitió las grandezas que teníamos previstas, sobre todo con tres toreros de corte artista: Fernando Ochoa, José Antonio “Morante de la Puebla” e Ignacio Garibay que tuvieron que empeñarse en la lidia y la técnica, más que desbordarse en sus territorios de la fascinación.

   APOLO, fue el primero. Apolo, dios griego que representa el ideal de la belleza masculina. Apolo era el más griego de todos los dioses. A veces se le identifica con el Sol y la luz. La ciudad de Rodas levantó una estatua en su honor, que fue considerada una de las siete maravillas del mundo. Fue un toro bien presentado, aunque con algunas señas de mansedumbre. Fernando Ocho estuvo muy lucido con el capote por verónicas, delantales y chicuelinas. Momentos y chispazos aislados. Momentos y chispazos cumbres enfrentando un toro remiso, probón, reculándose. Bien por Fernando. Pinchazo hondo y estocada, le valieron para salir al tercio.

   HÉRCULES fue el segundo de la tarde. Hércules, nombre con el que se conocía en Roma al dios griego Heracles. Parece ser el primer culto a un dios extranjero introducido en Roma. Era un dios popular entre los comerciantes. En un principio fue la verónica y media que cantara Joaquín Sabina por “Curro” Romero la que también expresó José Antonio “Morante de la Puebla”. Hércules no fue ni con mucho el poderoso, escaso de alegría y casta con el cual José Antonio no sólo no cumplió con la papeleta. Estuvo siempre en la cara del toro y se reveló como el diestro de poder que no conocíamos. Dos pinchazos y varios descabellos fue la ración final, a lo que enseguida se retiró entre silencios.

   POSEIDÓN, fue el dios griego del mar. Es el dios del terremoto, asociado con los caballos; su símbolo es el tridente. Este fue el tercero de la tarde, de menor catadura y cabeza, que no estuvo para fiestas. Ignacio Garibay lo analiza en algunas verónicas aseadas. Faena con tirabuzón, enfrentando a un toro que no permite nada, apenas los detalles de rigor de un Garibay muy valiente en la cara, que tampoco bajó la guardia. Estocada ligeramente tendida, al hilo de las tablas. Se amorcilla el de San Mateo, un aviso y un descabello. A faena garra bien valió una salida al tercio.

   ZEUS, el más importante de todos los dioses griegos, considerado protector de dioses y hombres y dios del cielo, fue un toro bien recordado, con cuajo, delantero de cuerna. Tampoco es el toro de entra y sal, el de fácil maniobra.

   De parte de Fernando Ochoa no hubo tregua, llegando al extremo de no irse de la cara, doblarse con él y sacar de esto todo lo más posible. ¾ tendidos y caídos, ración suficiente para que cayera desplomado este remedo de dios.

   ATLAS el incansable, apelativo muy justificado si se tiene en cuenta que había sido condenado por Zeus a sostener eternamente el mundo sobre sus hombros, fue otro toro con excelente presencia, bien despachado de cabeza, aunque bizco del derecho. Tampoco es otro toro fácil que “Morante de la Puebla” esperaba. Probón, rascando la arena. José Antonio pasa fatigas. Se cruza, busca un terreno para mejor colocación y resultado, y nada. Su rostro es el mejor reflejo de la desesperación. Pero aún así, y como guerrero busca un atisbo, una luz de embestida, pero nada. ¾ cruzados, perpendiculares y desprendidos. Silencio. Anuncia un regalo.

   ODISEO es un personaje de la Odisea, la cual en la epopeya de 24 cantos trata sobre las aventuras de Ulises (Odiseo), a su vuelta de la guerra de Troya. Este Odiseo sale abanto, calamocheando y aventando las manitas. Recibe un picotazo embistiendo y recargando con la cabeza arriba. Ignacio Garibay tuvo que sobreactuar para gusto y disgusto, frente a un toro que no ofreció un ápice de casta y bravura. Termina la tragedia con ¾ al volapié, labor celebrada con una salida al tercio.

   En estos días, leía un interesante ensayo de Rubén López Cano intitulado “La ineludible preeminencia del gozo. El Tratado de las pasiones del alma de Renè Descartes, en la música de los siglos XVII y XVIII” (Armonía, número 10-11, año 4 (enero-junio 1996). Órgano oficial de la Escuela Nacional de Música de la Universidad Nacional Autónoma de México, pp. 5-17). Dicho análisis dio luces muy sólidas que se armonizan con el maravilloso escenario ocurrido durante la faena del “toro de regalo” que ofreció José Antonio “Morante de la Puebla”.

   Dice el autor que, para comprender mejor el mecanismo del sistema cartesiano de generación de pasiones, presentamos algunos ejemplos que el propio filósofo nos ofrece:

 En el amor, se asienta en el Tratado, los espíritus animales provocan que la sangre “entre más abundante en el corazón y produzca en él un calor más intenso (…) lo cual hace que éste envié también espíritus al cerebro (…) y estos espíritus, fortaleciendo la impresión producida por el primer pensamiento del objeto amable, obligan al alma a detenerse en este pensamiento”. A nivel de la sintomatología somática, “el latido del pulso es igual y mucho más grande que de costumbre”, se siente un “dulce” calor en el pecho y la digestión se hace más rápidamente. Por eso “esta pasión es útil para la salud”.

   El odio, continúa Descartes, se origina cuando un individuo percibe un objeto que le causa aversión y sus espíritus animales se conducen inmediatamente hacia los músculos del estómago y del intestino. Entonces los espíritus animales se concentran en “los pequeños nervios del bazo y de la parte inferior del hígado donde se encuentra el receptáculo de la bilis”, asimismo se “fortalecen las ideas de odio” conduciendo al “alma a pensamientos llenos de acritud y de amargura”. En la somatización del odio, afirma el filósofo, el pulso es desigual, débil y a veces más rápido. “Se sienten fríos entreverados de no sé qué calor áspero y agudo en el pecho”. El estómago rechaza los alimentos y los vomita, los corrompe o, al menos, los transforma en malos humores.

   En la alegría los nervios más estimulados por los espíritus animales son los que están “en torno de los orificios del corazón”. La acción de los espíritus propicia una extrema dilatación de estos orificios facilitando que un mayor volumen de sangre circule constantemente un mayor número de veces. Así la sangre se filtra más finalmente hasta producir “espíritus muy sutiles”. En la alegría el movimiento de espíritus animales provoca que el pulso sea “igual” y más rápido que de costumbre aunque “no tan grande como en el amor”. Se siente un calor agradable en el pecho y en todas las partes que son recorridas por la sangre que fluye en abundancia. En ocasiones se pierde el apetito.

   En la tristeza, en cambio, la acción de los espíritus animales provoca que los orificios cardiacos se cierren, por lo que la sangre no se “agita” y no llega en abundancia al corazón. En la tristeza el pulso es débil y lento. “Se siente en torno del corazón como ataduras que le aprietan y témpanos que le hielan y comunican su frialdad al resto del cuerpo”. No se deja de tener buen apetito, a menos que la tristeza se combine con el odio, lo cual ocurre muy frecuentemente.

   El deseo, como fuerza vital de la voluntad, provoca un gran desplazamiento de espíritus animales del cerebro hacia todas las partes del cuerpo, en especial hacia el corazón para que el cerebro reciba un mayor volumen de sangre y de espíritus animales. En el deseo los movimientos de espíritus animales “avivan más todos los sentidos y hacen más móviles todas las partes del cuerpo”, pues esta pasión es la que mueve un mayor número de espíritus animales al cerebro y de éste a todos los músculos.

(…)

   Uno de los mayores atractivos de la teoría cartesiana de las pasiones es la naturaleza generativa de sus principios. Según Descartes todas las pasiones por completas que puedan parecer, pueden reducirse a seis fundamentales. Para el filósofo existen solo seis pasiones básicas: admiración, deseo, amor, odio, alegría y tristeza. De la interacción de estas seis pasiones, así como de la eventual intervención de otros elementos, se generan todas las demás pasiones. Por ejemplo: de la pasión básica admiración se derivan, según la grandeza o pequeñez del objeto admirado, la estimación o el desprecio; según la comparación que hagamos de nosotros mismos con el objeto que admiramos, el orgullo y la humildad; y según la capacidad de los objetos estimados o despreciados para hacer el bien o el mal, la veneración y el desdén.

    Hasta aquí con semejante y maravillosa apreciación cartesiana, para comprender la admirable y efímera obra de arte realizada por José Antonio “Morante de la Puebla”, que para entenderla, nada mejor que este marco de referencia.

   Ya había pasado todo. José Antonio daba evidencia de su profunda conmoción con un detalle que rubricaba la trascendencia apenas concluida unos momentos antes. Con paso lento fue hasta el centro del ruedo, enterró la espada de descabellar que quedó allí fija, como quedó para los pocos afortunados que decidimos esperar la revelación del misterio: totalmente acariciada por la gracia, experiencia que ocurre tan de vez en vez. Por lo menos en mi caso, yo no me había emocionado tanto desde 1986 cuando Pedro Gutiérrez Moya se consagró con SAMURAI y luego José Miguel Arroyo hizo lo mismo hace un par de temporadas. Y todo en el mismo escenario capitalino.

   Al solo anuncio del regalo que “Morante de la Puebla” ofreció para resarcir su labor apenas a medio tono con su lote en la lidia ordinaria, todo esto parecía avisarnos un nebuloso estallamiento, en el que la gracia tocada de delirio iba a causarnos tremenda alteración. El obsequio no fue ni en presencia ni en juego lo esperado. Sin embargo la obra de arte efímero que pudimos presenciar rebasó lo previsible. Es decir, ingresamos afortunados a uno de los territorios del privilegio convocado por los dioses fallidos de San Mateo, pero que dejaron su aroma encargado en la inspiración del sevillano, que no ocultó su raza. Al contrario, la trascendió, ¡y a qué esferas!

   CHARRITO se llamó el obsequio, un novillote castaño oscuro y cariavacado de Julio Delgado que sin ser bravo, que sin ser noble, al menos permitió que la grandeza del toreo volviera a afirmarse.

   El capote de José Antonio parecía tener alma propia. El temple de la verónica vibró en tonos de cante jondo, sacudiendo hasta lo más profundo de nuestro ser, porque además en su medio remate, y no conforme de consumarlo, todavía lo acentuó más con el hecho del profundo aviso que llegó con la sonora acentuación tridimensional que parecía empalmarse a la ya original. Fue un movimiento de más, exacto, pero también conmovedor, cuya fuerza se elevó al horizonte sin límites, infinito. Celestial.

   Las soberbias series de naturales, los adornos exquisitos entre una y otra, el toreo andándole por la cara, que “lleno era y fue de gracia”, como el Ave María, sacudieron el polvo que cubrió durante la tarde y hasta esos momentos todas las almas que soportaron inquietas y desilusionadas el llamado de los dioses sanmateínos que nunca llegó. Los trazos que se bordaron fueron el justo equilibrio de una gran faena, como hacía muchas tardes no llegaba, como no llegaban a nosotros los amores del pasado que conmovieron, que provocaron la pasión, la ilusión y también el desencanto. Amores que al fin y al cabo conservamos en la memoria restañada de sus heridas y de sus recuerdos.

   Esa fue la reacción provocada no solo por una faena, sin más. Fue la obra contemplada, que luego de recoger toda su dimensión hasta quedar fascinados, queremos recogerla, guardarla en la memoria, para no olvidar los colores y los matices. Los gestos y actitudes. El movimiento. Incluso la paz que se congregaron en apenas estos breves momentos espirituales que el infortunio quiso no fuera la dicha perfecta luego de dos pinchazos en lo alto.

   Recuperados lentamente, regresando a la realidad tras el orgasmo, la ovación surgió también desde las profundidades, lentamente, hasta desgranarse absolutamente entregada, sin miramientos. Sincera.

   Despiertos, otra vez en la realidad, pudimos darnos cuenta del manifiesto estético desbordado por obra y gracia de José Antonio “Morante de la Puebla” que, con paso lento pero victorioso, aunque en el fondo con el dolor de la amargura en su rostro, fue hasta los medios, clavó en la arena su espada y se retiró con un pedazo del alma herida, pero satisfecho tras la victoria.

   El símbolo de aquella espada parecía representar la herida postrera que un Olimpo en decadencia no pudo concederle el envidiable privilegio de la gloria. Nosotros mortales, se la concedemos.

   Ni una palabra más, memoria. Todo lo anotado me permite darle a usted la más cercana apreciación para explicarnos el misterio que se produjo tras la impresionante obra maestra de José Antonio “Morante de la Puebla”. No hay más, y hacerlo es pretender ir tras las más extrañas utopías.

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo A TORO PASADO

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s